Algo no marcha bien.
Me llamo Doris Ruth MacKenzie, y tengo cuarenta y
tres años. Cuando era niña, todo el mundo me llamaba Dorrie. Lo odiaba. Hoy en
día, sólo unos pocos amigos lo recuerdan (y aún me llaman así), pero no
importa.
Y está también Jim. Me parece bien que Jim me
llame Dorrie. No he amado a muchas personas, pero a los que he amado... pueden
hacer cualquier cosa.
¿Jim? Jim. ¿Dónde estás?
James Gordon MacKenzie ha sido mi marido durante
veintidós años. Nos conocemos desde hace un poco más. Es un hombre alto,
ligeramente encorvado, y amable. Siempre muy amable. Y lleva una máscara roja.
Algo no marcha bien en absoluto.
¿Jim? Noto las muñecas entumecidas. Hay demasiadas
cosas que no puedo tocar. Tras mis ojos, el dolor zigzaguea locamente. Parece
que hay fragmentos de cristales rotos rechinando dentro. No puedo ver nada,
excepto aquello en lo que pienso.
Jim... ¿Dónde estás?
Háblame, amor.
¿No me va a hablar nadie? Estoy hablando sola.
Pero no me estoy volviendo loca. ¡No!
Lleva una máscara escarlata. Brilla, resplandece
como... ¿Qué es lo que no veo?
Aún puedo sentir. La gente decía siempre que tengo
empatía. Incluso al principio, cuando por primera vez expresé las ideas con
palabras, sabía que podía sentir por los otros, sentir realmente a los demás.
«Potenciales igualados», decía mi profesor de física en el instituto, aunque
nunca supo lo que significaban para mí aquellas palabras. Hablaba de
alguien completamente diferente. Era una metáfora
que yo no podía acuñar, pero sabía que era adecuada.
-Un área de altas presiones generada en el oeste
de las ciudades del cuadrante...
Esa era la aplicación práctica de las palabras de
mi profesor. Leía del monitor:
-El sistema de bajas presiones del centro de
Illinois se mantiene. Sonreía de nuevo y usaba mi voz velada de niña pequeña.
-La tormenta se aproxima rápidamente, amigos.
Metan en casa sus
perritos y gatitos. La Oficina Meteorológica
dice...
Aún la llamábamos la Oficina Meteorológica
entonces. Era 1963, yo tenía veintitrés años y trabajaba en la WWHOTV, en
Aurora. Aún no había llegado a Chicago (no profesionalmente), pero al menos ya
había salido de Peoría.
Pensaba que el tiempo era aún variable.
Oh, Dios. El informe del tiempo. Los dibujos con
sus suaves espirales. Las transparencias de energía, a veces violentas. Las
formas de los mapas girando a mi alrededor, zumbando monótonamente,
distorsionando todos los ángulos claros...
Me contrataron en la WWHO porque era guapa. El
director de la emisora me lo hizo saber inmediatamente. No quise salir a cenar
con él, pero insistió mucho, y yo tenía hambre.
-Voy a decirle lo que va a pasar -dijo por encima
de su plato de hígado encebollado medio hecho-. Serás la chica del tiempo más
sexy del Medio Oeste. Podrás decidir tu propio ticket a Nueva York o Los
Angeles, lo que prefieras.
Pero antes, por supuesto, él tenía que perforar mi
ticket en Aurora.
El olor del hígado, las cebollas y el sexo me hizo
sentir ganas de vomitar. Dije que no. Pero estuve cerca, peligrosamente cerca.
La compulsión por tocar su alma, satisfacer su necesidad, acercarme y mezclarme
con él, ser él en realidad, tal vez convertirme en algo peor que él... Aquello
me asustó tanto que me retiré.
Entonces no lo habría expresado de esta forma,
pero quise seguir siendo mi propia persona.
La noche siguiente aparecieron mensajes en mi
mesa; eran cosas obscenas y terribles. La pantalla no los captaba, de modo que
sólo el equipo técnico y yo pudimos verlos. Terminé el bloque de noticias y
luego dimití. No tenía muchas elecciones, pero al menos podía tomar aquella
decisión.
Así terminé en Chicago más pronto de lo que había
esperado, buscando otro trabajo en las calles; tal vez podría volver a ser la
chica del tiempo. No creo que ahora haya muchas. Todas las emisoras tienen su
propio personal meteorológico y normalmente son hombres. Pero entonces el
aspecto era importante.
Al menos mucho más que ahora. Creo. No he
intentado aprovecharme de mi aspecto desde hace mucho, mucho tiempo, y supongo
que lo digo por eso.
Cuando por fin conseguí trabajo, fue en una
agencia de publicidad al norte de Michigan. La compañía se llamaba Martin,
Metzger y Mulcahy, y desde luego allí las apariencias contaban. Los hombres que
dirigían la agencia tenían una visión cristalina de cómo teníamos que actuar y
el aspecto que debíamos tener, estuviéramos en la oficina o no. Siempre
representan ustedes a la agencia, decían. Todos teníamos que estar a la altura
de lo que esperaban.
No era fácil definirse una misma de aquella
manera, pero lo intenté. Trabajé duro e hice lo que querían durante seis meses,
casi hasta que cumplí los veinticuatro años. Fui una secretaria bastante buena.
Pareció funcionar. Estaba esperando un ascenso. Entonces conocí a Cody.
«Eso es sangre, ¿verdad? Sangre manando... ¡Para,
Dorrie! Piensa. Recuerda...»
Mis padres, mi padre especialmente, solían decirme
que no fuera tan impresionable. Usa la cabeza, Dorrie. Pero ¿cómo podía hacerlo
cuando usaba las cabezas de los demás? Cuando veía a través de sus ojos y
sentía lo que sentían. Y, y...
¿Qué, Dorrie? Miré hacia atrás, confronté a la
niña que fui entonces, la persona que soy ahora.
Yo... me hice igual que... No, me convertí...
Por favor... Maldita sea. Por favor, no. Soy yo.
Yo, Doris MacKenzie. Tengo cuarenta y tres años, aunque una vez oía una de mis
vecinas en el supermercado hablando con una mujer de la calle de enfrente y
diciendo que tenía cincuenta. Esa es la edad de Jim, mi marido. No sabían que
las estaba escuchando, porque había una pirámide de papel higiénico entre
nosotras.
No es que me importe ser tan vieja. No, es
recordarlo. E' ramos tan parecidos. Mi querido, querido. Su cara está tan roja.
Y chorrea. Oh, Jim.
Conocí a Cody Anderssen durante una pausa para
almorzar, cuando caminaba lentamente por la orilla del lago. Al principio pensé
que sólo era otro hippy. No había muchos hippies allá en Macomb, al menos que
yo hubiera visto, y desde luego nunca había conocido a ninguno ni mucho menos
había llegado a hablarle. Si mi madre hubiera estado allí, estoy segura de que
se habría dado la vuelta y se habría puesto a caminar a toda velocidad en
sentido contrario, posiblemente llamando a gritos a la policía al mismo tiempo.
Yo era más valiente. Cuando el hombre de aspecto extraño me dijo: «Hola», seguí
andando al mismo paso.
Me siguió.
-Eres muy guapa -dijo-. ¿No puedes pararte a
charlar un minuto?
Me detuve y le miré. Era joven, tal vez más que
yo. Ojos azules..., los recuerdo tan bien. Eran del mismo azul profundo que a
veces veo en el cielo invernal, sobre el lago. Llevaba un sombrero de cuero de
ala ancha y una chaquetilla también de cuero que parecía cosida en casa. Su
pelo y su perilla eran rubios. El cabello me hizo sentir incómoda, pero su
limpieza me impulsó a hablar.
-Pareces Buffalo Bob...
-Bill -dijo él, corrigiéndome, al parecer sin ver
la gracia. Me eché a reír. Un momento después, él hizo lo mismo.
Me dijo su nombre y luego deletreó «Anderssen».
-No es tan remarcable de donde vengo, el norte de
Minnesota, pero al menos aquí las y la e son algo diferente. Es agradable.
Parpadeé. Quise preguntarle si se llamaba de
verdad Cody, pero era demasiado tímida.
Al principio, Cody llevó toda la conversación. Me
habló de cómo se había marchado de Minnesota y había venido aquí, y cómo había
vivido en las calles durante meses antes de encontrar empleo en una tienda de
animales y un apartamento que pudiera permitirse. Habló sobre las drogas, un
tema que me daba miedo. Estaba el asunto del control.
- ¿Y tú? -dijo
por fin.
Le hablé de mi vida en Macomb, de lo poco que
había ido a la ciudad, y cómo, cuando me gradué en el instituto, me rebelé
contra mis padres y no me matriculé en la universidad de Western Illinois. La
primera cosa valiente que había hecho en mi vida fue coger el autobús para
Peoria, y luego venirme a Chicago.
Mis padres habían hablado tan a menudo de mi
independencia que pensé que eso era lo que querían realmente de mí. El
conflicto me hizo sentir enferma durante días. Como siempre, almacené la
tensión como una batería.
Pero terminé en Aurora como chica del tiempo en
una pequeña emisora de televisión. Y luego me había zambullido en la gran
ciudad.
- Eso es
magnífico -dijo Cody, y luego se echó a reír-. Deberías hacerte también hippy.
Tienes el espíritu de la libertad en tu interior.
No, no lo tenía, pero no expresé mis dudas en voz
alta.
- Es tarde -dije,
mirando mi reloj-. Se ha terminado la hora de mi almuerzo. Tengo que regresar a
la oficina.
- Reúnete
conmigo después del trabajo -dijo Cody-. ¿Quieres? Le miré. Nunca había
conocido a nadie como él.
Después del trabajo, en la multitud de la hora
punta, le encontré. La mañana del día siguiente, que era sábado, quedé otra vez
con él y fuimos al Museo de Ciencias e Industria y visitamos la mina de carbón.
Esa noche le acompañé a su apartamento y perdí mi virginidad.
Y dos décadas después quisiera estar de nuevo en
Chicago. En una cama diferente de la que estoy ahora.
Dos semanas después me trasladé al apartamento de
Cody. Mi apartamento era más grande, pero era demasiado tímida para dejar que
él se mudara. Seguí regresando a mi apartamento durante un mes para recoger el
correo. Finalmente, Cody me convenció de que le dijera a mis padres que me
había trasladado a un piso mejor. Saqué un apartado de correos y esperé que a
mis padres no les diera por venir a visitarme en Chicago. Les dije que volvería
a casa en Navidad.
Renuncié a mi empleo. Usé el mismo tipo de ropas
que Cody usaba.Me dejé crecer el pelo. Empecé a aprender a tocar la guitarra.
Tomé las mismas drogas que tomaba él. Vendí las mismas cosas que vendía él.
Acabábamos las frases uno del otro. Lo pasamos muy bien.
Cody sentía un raro placer siendo especial,
diferente. Era su nombre, sus ropas, todo. Pero ahora los dos éramos similares
en muchos sentidos. El también lo advirtió.
-Es tan sorprendentemente extraño -dijo una noche-.
Tú y yo. Es casi como mirarse en un espejo, excepto que la imagen del espejo es
al revés. Tú eres yo, querida.
Sacudió la cabeza.
No pude contradecirle. Sólo una porción de aquello
ansiaba ser lo que él deseaba que fuera. Parte también era él. No sabía lo que
significaba..., sólo que siempre había sido así. Y funcionaba por dentro y por
fuera. Cody tuvo una úlcera. Yo también.
- No quiero
que seas yo -dijo.
- ¿No?
Volvió a sacudir la cabeza.
-Todos somos libres -dijo Cody-. Es el tiempo de
la liberación. Me quedé mirándole. El me miró y por fin me besó largamente. La
mirada de sus ojos azules fija en mí.
- Me gusta lo
que veo -dijo Cody.
Pero una semana más tarde, murió. Nunca llegué a
saber qué había tomado. Lo más difícil que he hecho nunca fue evitar no seguir
a Cody al abismo. No fue fácil, pero intenté absorber la compulsión en mi
interior.
Aún tenía las ropas que había traído a Chicago.
Reemprendí mi presencia incolora, invisible. No más abalorios. No más flecos.
La úlcera desapareció.
Me llamo Dorrie MacKenzie y ahora soy mayor. Hay
canciones que casi puedo recordar, imágenes que casi puedo ver. El retrato de
Jim sobre mi mesa de noche en casa aparece. Pero no es Jim. Es algo que miro en
mi mente y luego descarto. Sea lo que sea, no puede ser él. El es agradable,
atractivo. Y esta cosa sobre la mesilla es..., no sé. Podría ser cualquier
cosa. Me recuerda la cabeza despellejada de una liebre. Descarto la imagen. No
quiero pensar en ella.
La mesilla y la imagen se evaporan. Nuestra casa
en Kansas City se disuelve en fragmentos y luego se hace la oscuridad.
No veo nada. Pero puedo escuchar. Lo que oigo
parece un hombre descorriendo una cinta Velero.
Probablemente pienso eso a causa de Jim. Hay una
férula hinchable con sellos de Velero en su bolsa. Es médico, y de vez en
cuando atiende todavía a domicilio. Lleva su bolsa a todas partes, incluso de
vacaciones.
Vacaciones... Ver a las bestias salvajes. No lo
pienses. Bestias rojas. Escarlata. Escarlata chorreando, brillando...
Mojado.
Puedo sentir el área de altas presiones
atravesándome. Mi cráneo quiere explotar. La energía fluye, profundiza, se
prepara a desbordarse. Tengo tan poco control ya.
Avisos de tormenta.
Llovía copiosamente cuando conocí a Jim. Él nunca
llegó a darse cuenta de las melodramáticas circunstancias en que sucedió. Todo
lo que supo fue que se había encontrado con una mujer manchada de barro, que se
dirigía hacia la mitad del puente sobre el río Chicago, en medio de una
tormenta. Pensó que tal vez había tenido problemas con el coche, y se detuvo a
ver si podía ayudarme. Lo que hizo fue salvarme la vida, ya que había planeado
saltar a la corriente fangosa. Nunca se lo hice saber. Habría rehusado su
oferta de llevarme si no hubiera sido por sus ojos. Eran ojos amables, de un
profundo color castaño líquido, e inteligentes.
Subí a su coche. Ese fue el principio. Olvidé la
atracción del abismo, la fatal tentación que había continuado asaltándome
después de la muerte de Cody.
Fue amor, o algo parecido. Al menos fue la
necesidad, la necesidad que siempre me empuja hacia los demás.
No es que yo sea un camaleón. No lo soy.
Transferencia y transformación..., ésas son las palabras clave. Lo que
significan los demás es menos importante que lo que siento. En realidad, me
adapto a mi entorno. Es la forma en que sobrevivo.
Jim y yo vivimos en Chicago durante otros dos
años. Luego nos trasladamos a Cleveland, cuando le ofrecieron un buen puesto en
la clínica. No salió tan bien como habíamos esperado, así que regresamos a
Chicago. Por fin, nos fuimos a Kansas City, donde algunos amigos de facultad de
Jim habían establecido una sociedad y le habían invitado a formar parte de
ella.
Fue pacífico. Durante años, el único conflicto
auténtico fue tener que convencer a Jim de que no podía tener hijos. No quise
decirle la verdad: que no quería tenerlos. Esa era nuestra única diferencia, y
creo que sólo pude llevarlo adelante porque en secreto, en el fondo de su
corazón, él no quería compartir su vida con nadie más. De todas formas, iba a
cumplir cuarenta y cuatro años dentro de una semana, el día siete; procrear se
convertía en una posibilidad cada vez menos real.
Durante todos estos años, Jim me animó para que
fuera yo misma. Sólo tuvo éxito en parte. Había almacenado demasiado.
El informe meteorológico... ¿Tormentas?
¿Terremotos? ¿Inundaciones? ¿Apocalipsis? La verdad es que no lo sé. Todo lo
que sé es que me duele la cabeza, como si el cráneo quisiera separárseme.
¿Jim? Tócame, abrázame, dime que todo marcha bien.
Si pudiera volver a verte.
Pero entonces tendría que abrir los ojos.
Algo que aprendí a advertir con Cody y con Jim: no
era sólo que me pareciera a ellos en tantos aspectos importantes; en cierto
grado, a serellos según me definía cada uno. Había siempre algo más, una recompensa.
Según me percibían, tenían lo que querían, y un
poco más.
La simple proximidad física era suficiente para
disparar el proceso, la cercanía de cuerpos y almas llevada a cabo. Descubrí
que el sexo la aceleraba. Compartir servía como acelerador. Y el trauma...
Ya que Jim, gracias a su trabajo, conocía a muchas
personas, nos relacionábamos mucho, y nuestros amigos recalcaban a veces que
nos parecíamos mucho.
Jim dejaba escapar su risita del medio oeste y
contaba el chiste de los estudios psicológicos referidos a lo mucho que
llegaban a parecerse los seres humanos a sus animalitos de compañía.
Transferencia.
¿Y quién era quién?, decía. Todo el mundo se
echaba a reír.
La tormenta está rompiendo.
Y aquí estamos, en el motel Sleepaway, en Bishop,
California. Voy a abrir los ojos. Lo voy a hacer.
Aquí estamos, en una ciudad olvidada y desierta
que nunca había visto antes y que espero no volver a ver jamás. Jim. Dorrie. Y
el nuevo hombre en mi vida. Parezco tan tranquila porque mantengo la histeria a
raya. Ya he tratado de gritar lo suficiente á través de la mordaza.
Oscurecía en las montañas cuando hicimos las
reservas. Un día más y estaríamos en San Diego. Nuestras primeras vacaciones en
años. El Parque de Animales Salvajes por mi cumpleaños..., ésa fue la promesa
de Jim. Nos registramos en el motel, el condenado motel, el motel de los
condenados, y entonces... ¡Calla, Dorrie! Ya no queda nada por hacer. Sólo una
cosa.
La llamada a la puerta.
Tiene que ser el encargado, había dicho Jim.
Probablemente no ha conseguido una impresión clara de la tarjeta de crédito o
algo por el estilo. Cuando abrió la puerta...
No grites, Dorrie, no grites.
...la puerta se abrió de golpe. Jim cayó hacia un
lado, el hombre sin nombre con la pistola, la pistola, el metal oscuro y brillante,
la amenaza y la oscuridad.
Son nuestras vacaciones. Mi cumpleaños es dentro
de unos pocos días. Estas cosas no le pasan a la gente. No a la gente normal, a
la gente buena.
Oh, pero pasan, Dorrie, dijo el hombre. Conozco tu
nombre. Tu marido (¿Jim?) lo dijo antes de que me encargara de su lengua. ¿No
agradeces que le suministrara Demerol antes de trabajarle la cara?
No, a la gente normal, no. Yo no soy normal.
Oh, dijo el hombre, para mí eres bastante normal,
tan normal como cualquier otra mujer atada a la cama con dos corbatas de su
marido, una venda y un rollo de gasa. Le gustan las corbatas un poco clásicas,
¿no? Supongo que actuarás de manera bastante normal cuando me dedique a ti. Eso
es. Abre los ojos.
Estoy fuertemente atada. Los hombros contra la
cabecera, las piernas separadas, el cuerpo abierto y vulnerable. No tengo otra
elección, sino mirar a Jim. Está atado a la silla de madera al pie de la cama.
El tiempo, Dorrie. Mi voz está ahora solamente en
mi cabeza. La tormenta está estallando. Los suaves contornos giran. Vendrán la
lluvia y el viento. Si descargaran y limpiaran...
Oh, sí, Dorrie, dice el hombre. Me alegra que tu
marido fuera médico. Qué amable por traer su instrumental. Me ha ahorrado
muchos problemas. Blande en una mano el escalpelo de un solo uso, la máscara
que llevaba Jim en la otra. No. No, Dorrie. No es una máscara.
Los hemostatos, las brillantes grapas están
colocadas sobre la cama. El molde de fábrica está diseñado para esconder
cualquier cosa. Pero puedo ver los instrumentos. Miro el maletín..., los largos
fórceps curvos. A su lado están las pinzas de incisión, estilizadas pinzas
llenas de dientes.
Estamos los tres en la habitación, pero en cierto
sentido estoy sola. Empiezo a saber con certeza definitiva qué va a pasar.
Y, sin embargo... Sin embargo, sé que no soy la
persona que era durante mis primeros años. Sé que en alguna parte en mi
interior tengo un corazón que no será doblegado, que no puede ser deformado, y
tal vez, sólo tal vez, pueda aprovecharme de ello.
Pero el informe meteorológico es desapacible.
Lo que siento es como arrancar una uña desde la
raíz. No, Dorrie, me digo, eso es demasiado amable, demasiado gentil. Es más
como si me arrancaran el corazón.
Los besos de Jim siempre fueron amables. Los de
este hombre serán rudos.
Los abrazos de Jim... Sus caricias eran amables.
Las de este hombre serán brutales.
Cuando Jim entraba en mí, todo era alegría. Este
hombre... No puedo imaginar su contacto. Todavía no. Rasgará. Quemará. Como el
rayo, pero sucio.
El escarlata, el brillo, la máscara, la sangre. Le
diré adiós a Jim en mi alma y miraré hacia adelante. El hombre con la pistola y
el bisturí. He leído sobre asesinos semejantes, aunque no pensaba que la gente
como nosotros llegara a conocerlos nunca. Siempre era otra historia deprimente
en las noticias, antes del informe meteorológico.
Algunas personas ganan loterías.
Jim y yo... Olvídalo, Dorrie.
Miro otra vez hacia adelante. Frentes tormentosos.
Potenciales iguales... El hombre me mira. ¿Es una sonrisa amable? Es una
sonrisa. Tiene la máscara de Jim en su mano libre.
Creo que estoy lista para soltarlo. Me poseerá
aquí. en esta cama empapada del motel Sleepaway de Bishop, California, antes de
apretar el gatillo o empujar la hoja.
Sus labios, brillantes, se abren. Quiero que
lleves la máscara, dice. Por nosotros. Sólo por nosotros, Dorrie. Se inclina
hacia mí.
Entonces es cuando me decido.
Qué sorpresa para él. Comprenderá el trauma de mi
transformación. Francamente, ni siquiera yo sé la extensión del poder, la
energía liberada por la colisión de los frentes tormentosos.
Me pregunto qué encontrará más allá de la máscara:
¿algo con cuernos, colmillos, escamas, pelo? ¿Algo tan bestial como él solo
puede imaginar? ¿O simplemente él ampliado? Sea cual sea la suma, sólo será el
resultado de su terrible adición.
Adiós, Jim. Adiós, amor. Este hombre sin nombre
del motel, no importa cómo me transforme, no obtendrá más que lo que se merece.
Y probablemente más.
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