Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Edward Bryant - Transferencias


Algo no marcha bien.
Me llamo Doris Ruth MacKenzie, y tengo cuarenta y tres años. Cuando era niña, todo el mundo me llamaba Dorrie. Lo odiaba. Hoy en día, sólo unos pocos amigos lo recuerdan (y aún me llaman así), pero no importa.
Y está también Jim. Me parece bien que Jim me llame Dorrie. No he amado a muchas personas, pero a los que he amado... pueden hacer cualquier cosa.
¿Jim? Jim. ¿Dónde estás?
James Gordon MacKenzie ha sido mi marido durante veintidós años. Nos conocemos desde hace un poco más. Es un hombre alto, ligeramente encorvado, y amable. Siempre muy amable. Y lleva una máscara roja. Algo no marcha bien en absoluto.
¿Jim? Noto las muñecas entumecidas. Hay demasiadas cosas que no puedo tocar. Tras mis ojos, el dolor zigzaguea locamente. Parece que hay fragmentos de cristales rotos rechinando dentro. No puedo ver nada, excepto aquello en lo que pienso.
Jim... ¿Dónde estás?
Háblame, amor.
¿No me va a hablar nadie? Estoy hablando sola.
Pero no me estoy volviendo loca. ¡No!
Lleva una máscara escarlata. Brilla, resplandece como... ¿Qué es lo que no veo?
Aún puedo sentir. La gente decía siempre que tengo empatía. Incluso al principio, cuando por primera vez expresé las ideas con palabras, sabía que podía sentir por los otros, sentir realmente a los demás. «Potenciales igualados», decía mi profesor de física en el instituto, aunque nunca supo lo que significaban para mí aquellas palabras. Hablaba de
alguien completamente diferente. Era una metáfora que yo no podía acuñar, pero sabía que era adecuada.
-Un área de altas presiones generada en el oeste de las ciudades del cuadrante...
Esa era la aplicación práctica de las palabras de mi profesor. Leía del monitor:
-El sistema de bajas presiones del centro de Illinois se mantiene. Sonreía de nuevo y usaba mi voz velada de niña pequeña.
-La tormenta se aproxima rápidamente, amigos. Metan en casa sus
perritos y gatitos. La Oficina Meteorológica dice...
Aún la llamábamos la Oficina Meteorológica entonces. Era 1963, yo tenía veintitrés años y trabajaba en la WWHOTV, en Aurora. Aún no había llegado a Chicago (no profesionalmente), pero al menos ya había salido de Peoría.
Pensaba que el tiempo era aún variable.
Oh, Dios. El informe del tiempo. Los dibujos con sus suaves espirales. Las transparencias de energía, a veces violentas. Las formas de los mapas girando a mi alrededor, zumbando monótonamente, distorsionando todos los ángulos claros...
Me contrataron en la WWHO porque era guapa. El director de la emisora me lo hizo saber inmediatamente. No quise salir a cenar con él, pero insistió mucho, y yo tenía hambre.
-Voy a decirle lo que va a pasar -dijo por encima de su plato de hígado encebollado medio hecho-. Serás la chica del tiempo más sexy del Medio Oeste. Podrás decidir tu propio ticket a Nueva York o Los Angeles, lo que prefieras.
Pero antes, por supuesto, él tenía que perforar mi ticket en Aurora.
El olor del hígado, las cebollas y el sexo me hizo sentir ganas de vomitar. Dije que no. Pero estuve cerca, peligrosamente cerca. La compulsión por tocar su alma, satisfacer su necesidad, acercarme y mezclarme con él, ser él en realidad, tal vez convertirme en algo peor que él... Aquello me asustó tanto que me retiré.
Entonces no lo habría expresado de esta forma, pero quise seguir siendo mi propia persona.
La noche siguiente aparecieron mensajes en mi mesa; eran cosas obscenas y terribles. La pantalla no los captaba, de modo que sólo el equipo técnico y yo pudimos verlos. Terminé el bloque de noticias y luego dimití. No tenía muchas elecciones, pero al menos podía tomar aquella decisión.
Así terminé en Chicago más pronto de lo que había esperado, buscando otro trabajo en las calles; tal vez podría volver a ser la chica del tiempo. No creo que ahora haya muchas. Todas las emisoras tienen su propio personal meteorológico y normalmente son hombres. Pero entonces el aspecto era importante.
Al menos mucho más que ahora. Creo. No he intentado aprovecharme de mi aspecto desde hace mucho, mucho tiempo, y supongo que lo digo por eso.
Cuando por fin conseguí trabajo, fue en una agencia de publicidad al norte de Michigan. La compañía se llamaba Martin, Metzger y Mulcahy, y desde luego allí las apariencias contaban. Los hombres que dirigían la agencia tenían una visión cristalina de cómo teníamos que actuar y el aspecto que debíamos tener, estuviéramos en la oficina o no. Siempre representan ustedes a la agencia, decían. Todos teníamos que estar a la altura de lo que esperaban.
No era fácil definirse una misma de aquella manera, pero lo intenté. Trabajé duro e hice lo que querían durante seis meses, casi hasta que cumplí los veinticuatro años. Fui una secretaria bastante buena. Pareció funcionar. Estaba esperando un ascenso. Entonces conocí a Cody.
«Eso es sangre, ¿verdad? Sangre manando... ¡Para, Dorrie! Piensa. Recuerda...»
Mis padres, mi padre especialmente, solían decirme que no fuera tan impresionable. Usa la cabeza, Dorrie. Pero ¿cómo podía hacerlo cuando usaba las cabezas de los demás? Cuando veía a través de sus ojos y sentía lo que sentían. Y, y...
¿Qué, Dorrie? Miré hacia atrás, confronté a la niña que fui entonces, la persona que soy ahora.
Yo... me hice igual que... No, me convertí...
Por favor... Maldita sea. Por favor, no. Soy yo. Yo, Doris MacKenzie. Tengo cuarenta y tres años, aunque una vez oía una de mis vecinas en el supermercado hablando con una mujer de la calle de enfrente y diciendo que tenía cincuenta. Esa es la edad de Jim, mi marido. No sabían que las estaba escuchando, porque había una pirámide de papel higiénico entre nosotras.
No es que me importe ser tan vieja. No, es recordarlo. E' ramos tan parecidos. Mi querido, querido. Su cara está tan roja. Y chorrea. Oh, Jim.
Conocí a Cody Anderssen durante una pausa para almorzar, cuando caminaba lentamente por la orilla del lago. Al principio pensé que sólo era otro hippy. No había muchos hippies allá en Macomb, al menos que yo hubiera visto, y desde luego nunca había conocido a ninguno ni mucho menos había llegado a hablarle. Si mi madre hubiera estado allí, estoy segura de que se habría dado la vuelta y se habría puesto a caminar a toda velocidad en sentido contrario, posiblemente llamando a gritos a la policía al mismo tiempo. Yo era más valiente. Cuando el hombre de aspecto extraño me dijo: «Hola», seguí andando al mismo paso.
Me siguió.
-Eres muy guapa -dijo-. ¿No puedes pararte a charlar un minuto?
Me detuve y le miré. Era joven, tal vez más que yo. Ojos azules..., los recuerdo tan bien. Eran del mismo azul profundo que a veces veo en el cielo invernal, sobre el lago. Llevaba un sombrero de cuero de ala ancha y una chaquetilla también de cuero que parecía cosida en casa. Su pelo y su perilla eran rubios. El cabello me hizo sentir incómoda, pero su limpieza me impulsó a hablar.
-Pareces Buffalo Bob...
-Bill -dijo él, corrigiéndome, al parecer sin ver la gracia. Me eché a reír. Un momento después, él hizo lo mismo.
Me dijo su nombre y luego deletreó «Anderssen».
-No es tan remarcable de donde vengo, el norte de Minnesota, pero al menos aquí las y la e son algo diferente. Es agradable.
Parpadeé. Quise preguntarle si se llamaba de verdad Cody, pero era demasiado tímida.
Al principio, Cody llevó toda la conversación. Me habló de cómo se había marchado de Minnesota y había venido aquí, y cómo había vivido en las calles durante meses antes de encontrar empleo en una tienda de animales y un apartamento que pudiera permitirse. Habló sobre las drogas, un tema que me daba miedo. Estaba el asunto del control.
- ¿Y tú? -dijo por fin.
Le hablé de mi vida en Macomb, de lo poco que había ido a la ciudad, y cómo, cuando me gradué en el instituto, me rebelé contra mis padres y no me matriculé en la universidad de Western Illinois. La primera cosa valiente que había hecho en mi vida fue coger el autobús para Peoria, y luego venirme a Chicago.
Mis padres habían hablado tan a menudo de mi independencia que pensé que eso era lo que querían realmente de mí. El conflicto me hizo sentir enferma durante días. Como siempre, almacené la tensión como una batería.
Pero terminé en Aurora como chica del tiempo en una pequeña emisora de televisión. Y luego me había zambullido en la gran ciudad.
- Eso es magnífico -dijo Cody, y luego se echó a reír-. Deberías hacerte también hippy. Tienes el espíritu de la libertad en tu interior.
No, no lo tenía, pero no expresé mis dudas en voz alta.
- Es tarde -dije, mirando mi reloj-. Se ha terminado la hora de mi almuerzo. Tengo que regresar a la oficina.
- Reúnete conmigo después del trabajo -dijo Cody-. ¿Quieres? Le miré. Nunca había conocido a nadie como él.
Después del trabajo, en la multitud de la hora punta, le encontré. La mañana del día siguiente, que era sábado, quedé otra vez con él y fuimos al Museo de Ciencias e Industria y visitamos la mina de carbón. Esa noche le acompañé a su apartamento y perdí mi virginidad.
Y dos décadas después quisiera estar de nuevo en Chicago. En una cama diferente de la que estoy ahora.
Dos semanas después me trasladé al apartamento de Cody. Mi apartamento era más grande, pero era demasiado tímida para dejar que él se mudara. Seguí regresando a mi apartamento durante un mes para recoger el correo. Finalmente, Cody me convenció de que le dijera a mis padres que me había trasladado a un piso mejor. Saqué un apartado de correos y esperé que a mis padres no les diera por venir a visitarme en Chicago. Les dije que volvería a casa en Navidad.
Renuncié a mi empleo. Usé el mismo tipo de ropas que Cody usaba.Me dejé crecer el pelo. Empecé a aprender a tocar la guitarra. Tomé las mismas drogas que tomaba él. Vendí las mismas cosas que vendía él. Acabábamos las frases uno del otro. Lo pasamos muy bien.
Cody sentía un raro placer siendo especial, diferente. Era su nombre, sus ropas, todo. Pero ahora los dos éramos similares en muchos sentidos. El también lo advirtió.
-Es tan sorprendentemente extraño -dijo una noche-. Tú y yo. Es casi como mirarse en un espejo, excepto que la imagen del espejo es al revés. Tú eres yo, querida.
Sacudió la cabeza.
No pude contradecirle. Sólo una porción de aquello ansiaba ser lo que él deseaba que fuera. Parte también era él. No sabía lo que significaba..., sólo que siempre había sido así. Y funcionaba por dentro y por fuera. Cody tuvo una úlcera. Yo también.
- No quiero que seas yo -dijo.
- ¿No?
Volvió a sacudir la cabeza.
-Todos somos libres -dijo Cody-. Es el tiempo de la liberación. Me quedé mirándole. El me miró y por fin me besó largamente. La mirada de sus ojos azules fija en mí.
- Me gusta lo que veo -dijo Cody.
Pero una semana más tarde, murió. Nunca llegué a saber qué había tomado. Lo más difícil que he hecho nunca fue evitar no seguir a Cody al abismo. No fue fácil, pero intenté absorber la compulsión en mi interior.
Aún tenía las ropas que había traído a Chicago. Reemprendí mi presencia incolora, invisible. No más abalorios. No más flecos. La úlcera desapareció.
Me llamo Dorrie MacKenzie y ahora soy mayor. Hay canciones que casi puedo recordar, imágenes que casi puedo ver. El retrato de Jim sobre mi mesa de noche en casa aparece. Pero no es Jim. Es algo que miro en mi mente y luego descarto. Sea lo que sea, no puede ser él. El es agradable, atractivo. Y esta cosa sobre la mesilla es..., no sé. Podría ser cualquier cosa. Me recuerda la cabeza despellejada de una liebre. Descarto la imagen. No quiero pensar en ella.
La mesilla y la imagen se evaporan. Nuestra casa en Kansas City se disuelve en fragmentos y luego se hace la oscuridad.
No veo nada. Pero puedo escuchar. Lo que oigo parece un hombre descorriendo una cinta Velero.
Probablemente pienso eso a causa de Jim. Hay una férula hinchable con sellos de Velero en su bolsa. Es médico, y de vez en cuando atiende todavía a domicilio. Lleva su bolsa a todas partes, incluso de vacaciones.
Vacaciones... Ver a las bestias salvajes. No lo pienses. Bestias rojas. Escarlata. Escarlata chorreando, brillando...
Mojado.
Puedo sentir el área de altas presiones atravesándome. Mi cráneo quiere explotar. La energía fluye, profundiza, se prepara a desbordarse. Tengo tan poco control ya.
Avisos de tormenta.
Llovía copiosamente cuando conocí a Jim. Él nunca llegó a darse cuenta de las melodramáticas circunstancias en que sucedió. Todo lo que supo fue que se había encontrado con una mujer manchada de barro, que se dirigía hacia la mitad del puente sobre el río Chicago, en medio de una tormenta. Pensó que tal vez había tenido problemas con el coche, y se detuvo a ver si podía ayudarme. Lo que hizo fue salvarme la vida, ya que había planeado saltar a la corriente fangosa. Nunca se lo hice saber. Habría rehusado su oferta de llevarme si no hubiera sido por sus ojos. Eran ojos amables, de un profundo color castaño líquido, e inteligentes.
Subí a su coche. Ese fue el principio. Olvidé la atracción del abismo, la fatal tentación que había continuado asaltándome después de la muerte de Cody.
Fue amor, o algo parecido. Al menos fue la necesidad, la necesidad que siempre me empuja hacia los demás.
No es que yo sea un camaleón. No lo soy. Transferencia y transformación..., ésas son las palabras clave. Lo que significan los demás es menos importante que lo que siento. En realidad, me adapto a mi entorno. Es la forma en que sobrevivo.
Jim y yo vivimos en Chicago durante otros dos años. Luego nos trasladamos a Cleveland, cuando le ofrecieron un buen puesto en la clínica. No salió tan bien como habíamos esperado, así que regresamos a Chicago. Por fin, nos fuimos a Kansas City, donde algunos amigos de facultad de Jim habían establecido una sociedad y le habían invitado a formar parte de ella.
Fue pacífico. Durante años, el único conflicto auténtico fue tener que convencer a Jim de que no podía tener hijos. No quise decirle la verdad: que no quería tenerlos. Esa era nuestra única diferencia, y creo que sólo pude llevarlo adelante porque en secreto, en el fondo de su corazón, él no quería compartir su vida con nadie más. De todas formas, iba a cumplir cuarenta y cuatro años dentro de una semana, el día siete; procrear se convertía en una posibilidad cada vez menos real.
Durante todos estos años, Jim me animó para que fuera yo misma. Sólo tuvo éxito en parte. Había almacenado demasiado.
El informe meteorológico... ¿Tormentas? ¿Terremotos? ¿Inundaciones? ¿Apocalipsis? La verdad es que no lo sé. Todo lo que sé es que me duele la cabeza, como si el cráneo quisiera separárseme.
¿Jim? Tócame, abrázame, dime que todo marcha bien. Si pudiera volver a verte.
Pero entonces tendría que abrir los ojos.
Algo que aprendí a advertir con Cody y con Jim: no era sólo que me pareciera a ellos en tantos aspectos importantes; en cierto grado, a serellos según me definía cada uno. Había siempre algo más, una recompensa.
Según me percibían, tenían lo que querían, y un poco más.
La simple proximidad física era suficiente para disparar el proceso, la cercanía de cuerpos y almas llevada a cabo. Descubrí que el sexo la aceleraba. Compartir servía como acelerador. Y el trauma...
Ya que Jim, gracias a su trabajo, conocía a muchas personas, nos relacionábamos mucho, y nuestros amigos recalcaban a veces que nos parecíamos mucho.
Jim dejaba escapar su risita del medio oeste y contaba el chiste de los estudios psicológicos referidos a lo mucho que llegaban a parecerse los seres humanos a sus animalitos de compañía. Transferencia.
¿Y quién era quién?, decía. Todo el mundo se echaba a reír.
La tormenta está rompiendo.
Y aquí estamos, en el motel Sleepaway, en Bishop, California. Voy a abrir los ojos. Lo voy a hacer.
Aquí estamos, en una ciudad olvidada y desierta que nunca había visto antes y que espero no volver a ver jamás. Jim. Dorrie. Y el nuevo hombre en mi vida. Parezco tan tranquila porque mantengo la histeria a raya. Ya he tratado de gritar lo suficiente á través de la mordaza.
Oscurecía en las montañas cuando hicimos las reservas. Un día más y estaríamos en San Diego. Nuestras primeras vacaciones en años. El Parque de Animales Salvajes por mi cumpleaños..., ésa fue la promesa de Jim. Nos registramos en el motel, el condenado motel, el motel de los condenados, y entonces... ¡Calla, Dorrie! Ya no queda nada por hacer. Sólo una cosa.
La llamada a la puerta.
Tiene que ser el encargado, había dicho Jim. Probablemente no ha conseguido una impresión clara de la tarjeta de crédito o algo por el estilo. Cuando abrió la puerta...
No grites, Dorrie, no grites.
...la puerta se abrió de golpe. Jim cayó hacia un lado, el hombre sin nombre con la pistola, la pistola, el metal oscuro y brillante, la amenaza y la oscuridad.
Son nuestras vacaciones. Mi cumpleaños es dentro de unos pocos días. Estas cosas no le pasan a la gente. No a la gente normal, a la gente buena.
Oh, pero pasan, Dorrie, dijo el hombre. Conozco tu nombre. Tu marido (¿Jim?) lo dijo antes de que me encargara de su lengua. ¿No agradeces que le suministrara Demerol antes de trabajarle la cara?
No, a la gente normal, no. Yo no soy normal.
Oh, dijo el hombre, para mí eres bastante normal, tan normal como cualquier otra mujer atada a la cama con dos corbatas de su marido, una venda y un rollo de gasa. Le gustan las corbatas un poco clásicas, ¿no? Supongo que actuarás de manera bastante normal cuando me dedique a ti. Eso es. Abre los ojos.
Estoy fuertemente atada. Los hombros contra la cabecera, las piernas separadas, el cuerpo abierto y vulnerable. No tengo otra elección, sino mirar a Jim. Está atado a la silla de madera al pie de la cama.
El tiempo, Dorrie. Mi voz está ahora solamente en mi cabeza. La tormenta está estallando. Los suaves contornos giran. Vendrán la lluvia y el viento. Si descargaran y limpiaran...
Oh, sí, Dorrie, dice el hombre. Me alegra que tu marido fuera médico. Qué amable por traer su instrumental. Me ha ahorrado muchos problemas. Blande en una mano el escalpelo de un solo uso, la máscara que llevaba Jim en la otra. No. No, Dorrie. No es una máscara.
Los hemostatos, las brillantes grapas están colocadas sobre la cama. El molde de fábrica está diseñado para esconder cualquier cosa. Pero puedo ver los instrumentos. Miro el maletín..., los largos fórceps curvos. A su lado están las pinzas de incisión, estilizadas pinzas llenas de dientes.
Estamos los tres en la habitación, pero en cierto sentido estoy sola. Empiezo a saber con certeza definitiva qué va a pasar.
Y, sin embargo... Sin embargo, sé que no soy la persona que era durante mis primeros años. Sé que en alguna parte en mi interior tengo un corazón que no será doblegado, que no puede ser deformado, y tal vez, sólo tal vez, pueda aprovecharme de ello.
Pero el informe meteorológico es desapacible.
Lo que siento es como arrancar una uña desde la raíz. No, Dorrie, me digo, eso es demasiado amable, demasiado gentil. Es más como si me arrancaran el corazón.
Los besos de Jim siempre fueron amables. Los de este hombre serán rudos.
Los abrazos de Jim... Sus caricias eran amables. Las de este hombre serán brutales.
Cuando Jim entraba en mí, todo era alegría. Este hombre... No puedo imaginar su contacto. Todavía no. Rasgará. Quemará. Como el rayo, pero sucio.
El escarlata, el brillo, la máscara, la sangre. Le diré adiós a Jim en mi alma y miraré hacia adelante. El hombre con la pistola y el bisturí. He leído sobre asesinos semejantes, aunque no pensaba que la gente como nosotros llegara a conocerlos nunca. Siempre era otra historia deprimente en las noticias, antes del informe meteorológico.
Algunas personas ganan loterías.
Jim y yo... Olvídalo, Dorrie.
Miro otra vez hacia adelante. Frentes tormentosos. Potenciales iguales... El hombre me mira. ¿Es una sonrisa amable? Es una sonrisa. Tiene la máscara de Jim en su mano libre.
Creo que estoy lista para soltarlo. Me poseerá aquí. en esta cama empapada del motel Sleepaway de Bishop, California, antes de apretar el gatillo o empujar la hoja.
Sus labios, brillantes, se abren. Quiero que lleves la máscara, dice. Por nosotros. Sólo por nosotros, Dorrie. Se inclina hacia mí.
Entonces es cuando me decido.
Qué sorpresa para él. Comprenderá el trauma de mi transformación. Francamente, ni siquiera yo sé la extensión del poder, la energía liberada por la colisión de los frentes tormentosos.
Me pregunto qué encontrará más allá de la máscara: ¿algo con cuernos, colmillos, escamas, pelo? ¿Algo tan bestial como él solo puede imaginar? ¿O simplemente él ampliado? Sea cual sea la suma, sólo será el resultado de su terrible adición.
Adiós, Jim. Adiós, amor. Este hombre sin nombre del motel, no importa cómo me transforme, no obtendrá más que lo que se merece. Y probablemente más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.