El hombre
y la mujer despertaron con los huesos fríos, como dos arañas inútiles expuestas
al sol. Estaban tendidos en la expresión donde los había dejado el deseo,
fatigado en una interminable reiteración mecánica de un impulso iniciado hacía
tiempo. Lo único visible del hombre era un largo brazo caído hacia el piso de
tierra, y de la mujer un mechón negro de cabellos. El resto era una
construcción topográfica de huesos puntiagudos debajo de la frazada, que latía
en su fragilidad impulsada por cuatro pulmones. Últimamente cada acto de amor les sabía a duelo, pero lo ocultaban ante el
temor de que fuese verdad. Estaban ambos boca arriba, casi juntos. Pensaban.
El
problema que tenían era cómo decirles a por lo menos dos de los nueve hijos,
los mayores, que ese día los entregarían a otras familias que pudiesen
alimentarlos. Para los siete restantes, menores y sin entendimiento, era un
simple problema de combinar palabras, que para ellos, más que significados, serían
simplemente sonidos.
Los hijos,
desparramados en el suelo, tendidos sobre prendas caballares, dormían en
desorden al pie del catre de Gracimiano. El viento de la mañana se filtraba por
las paredes vegetales. El menor tenía un fin de sonrisa en la cara aceitunosa.
Los demás mostraban sus manos sin el temblor cotidiano de los últimos tiempos,
finalmente vencido por el sueño, que también era un alimento, pero aturdidas a
veces por visiones internas que jugueteaban en las cabecitas desordenadas. De
un modo o de otro, salvo quizás el menor, sabían que ese era el día de la
separación.
Los hijos
de Gracimiano habían roto las cáscaras de los nueve huevos primordiales
eludiendo la cifra cien que se le resta a cada mil niños que nacen en esta
tierra del cacto, y pasando por el territorio de las vacunas y de la leche en
polvo lograron inscribirse valientemente en el censo del último año, para
gloria eterna de la patria. En adelante sólo tendrían que afrontar lo que
afronta cualquier hombre, contando entre ellos al Gracimiano y a la Gracimiana.
El
Gracimiano padre y la Gracimiana madre no les habían dicho nada todavía sobre
el destino que pudiera tener cada uno de ellos a partir de ese día en las casas
de quienes pudiesen alimentarlos. Tampoco ellos habían hablado sobre eso. Lo
pensaban separadamente. O quizás no lo habían pensado todavía, pero el hecho de
la separación estaba en el aire, era la consecuencia de los pequeños actos que
se sucedían día tras día, aparentemente inconexos entre ellos, destinados a
unirse, sin embargo, para formar un desgarramiento, o nueve desgarramientos,
como lo estaba intuyendo ella en ese momento:
“Nosotros
no lo pensamos nunca. Fue don Pedro cuando dijo al verlos temblar que esto no
podía seguir así. En los pueblos de abajo hay todavía familias que pueden
alimentarlos. Y usted señora no lo provoque más a su marido. No se acuesten
juntos durante un tiempo. Ustedes mismos están quedando puro hueso. Pronto
comenzarán a temblar como ellos”. Pero lo que más les preocupaba, a medias,
porque pensaban con mitades de palabras, era la cronología de las separaciones.
Primero uno, después el otro, y así hasta nueve. Porque además no era justo dar
algunos solamente y condenar a los otros. El bien probable debía repartirse
equitativamente, como aquella vez que con un hilo dividió un huevo en nueve
partes exactamente iguales. El hombre se había opuesto a la división del huevo.
Había que dárselo al menor para que no temblara como los otros. “Lo único que
has logrado con esa geometría es dejar con hambre a los nueve”.
Gracimiano
eludía las cronologías inevitables y trataba de reducir las nueve separaciones
a una sola. “Después de todo, los hijos no son de uno sino de quienes les dan
la leche. Iremos en la carreta, ellos bajarán por atrás y entrarán en las casas
de quienes sean”. Después él y Gracimiana seguirían hacia adelante, lo único
que había que hacer entonces era no mirar para atrás, y sobre todo no decir
nada cuando los niños fuesen bajando porque eso sería repetir nueve veces un
montón de palabras inútiles, y a uno le quedaba siempre la posibilidad de dar
un grito, un solo grito que incluyese a los nueve. En eso oyó más o menos
claramente el ruido de las patas del caballo de don Pedro, el encargado de la
Sala de Primeros Auxilios, y enseguida el ruido metálico del tarro de leche en
polvo que el hombre dejaba caer al suelo sin bajarse del caballo. Esperó unos
instantes el ruido del otro tarro, “pero nunca más volverá a repetirse, una
sola vez me dejó dos tarros, después fue siempre uno solo”, y con eso debía
estar más que agradecido a don Pedro, porque en realidad no le correspondía
ningún tarro de esa leche que repartía el Gobierno para niños menores de dos
años y madres en situación. Después abrió los ojos y vio que afuera no había ni
tarros ni caballos y que los ruidos estaban en su memoria.
El hombre
sabía que la mujer tampoco dormía, que estaba pensando mientras esperaba que
amaneciese, pero se levantó muy despacio no tanto como para no despertarla sino
para que no advirtiera lo que iba a hacer. Al bajar del catre tanteó con un pie
la cabeza de Anita (sabía que era ella por lo suave del pelo), y luego,
levantando los pies como un gato mientras caminaba entre los niños, alzó con
cuidado el tarro de leche que estaba sobre la mesita y salió al campo. Allá vio
que quedaba polvo como para hacer medio litro, encendió fuego, sacó agua del
cántaro, preparó un poco de leche y en cuatro patas volvió hasta el lugar que
ocupaba el menor en la cama común y se la dio. “Tómela sin hacer ruido, no vaya
a ser que se despierten los otros”. Hecho esto se acostó nuevamente. Quizás
amaneciese enseguida.
Conocí a
Gracimiano cuando él era soltero. Un buen tipo, fuerte, el mejor hachero del
departamento. Sus padres eran de Ilisca, pero él no se acordaba nunca del
pueblo. Las cosas comenzaron a andar mal para él cuando se fue a Chepes y se
enredó con la Gracimiana. No era una mujer para él: demasiado hermosa. Desde el
mismo día que la conoció no pararon de acostarse juntos y de echar hijos al
mundo. Ella lo fue secando poco a poco. Por ese tiempo vivían cerca de Ñoqueve
y el gobierno acababa de prohibir la tala de los montes. En los obrajes no
había trabajo y las cosas se pusieron feas para todos. Yo era comisario
entonces en Ñoqueve y me ordenaron detenerlo porque le había robado una cabra a
un vecino. Cuando llegué ya se la habían comido y vi cómo los cuatro hijos que
tenía entonces se reían junto al horno tratando de reconstruir la cabra con los
huesos que habían quedado de ella. Me entregó el cuero y dijo que podía
devolverla con trabajo. Como los dueños, que siempre fueron buenos patrones,
aceptaron la propuesta, no fue necesario detenerlo ni remitirlo a la Capital, y
Gracimiano, en un par de semanas, no sólo hachó todo lo que había que hachar en
el campo de los Pastrana, sino que arregló y dejó como nuevos los techos y las
paredes de las viviendas de la peonada. Ahora ha vuelto a Ilisca, dicen, y
sigue tumbando árboles, aunque ya está un poco viejo para eso.
Gracimiana
caminó en puntas de pie entre los niños para no despertarlos. Vio que en el
tarro había apenas un resto de leche y después de vacilar un instante la arrojó
al suelo. “No quiero que haya peleas además de tristeza”, hubiera pensado, pero
su pensamiento había sido la acción misma. Cuando tiró la leche sintió una
larga mirada de Gracimiano, que a poca distancia ataba la mula para el viaje.
Estuvo por decirle “no alcanzaba ni para uno solo”, pero advirtió que el hombre
comprendía. En los últimos tiempos podían vivir sin palabras.
Como
obedeciendo a los pensamientos de Gracimiano, ella le dijo al primer niño que
despertó: “vaya subiendo a la carreta”, y ellos iban subiendo a medida que
despertaban, y se quedaban allá arriba, mientras Gracimiano ataba todavía
algunas correas al animal para sujetarlo a las varas del carro. Algunos volvían
a dormirse, apoyándose entre ellos, otros miraban sin asombro un gran sol que
subía ya por el cielo como un gigantesco y lejano padre, haciendo dar a cada
jarilla, a cada musgo del desierto, su pequeña cuota de sombra, incluso a los
cabellos de Anita, que proyectaban una sombra idéntica sobre sus propias
mejillas paspadas.
Yo conocí
a Gracimiana cuando ella todavía era una niña. Tenía la piel tan suave que se
le paspaba con cualquier brisa. Vivía en el campo y vino a Chepes para ir a la
escuela, aunque ya era un poco grande para eso. La admití lo mismo y le tomé
cariño. Aprendió rápidamente y si no hubiera sido porque era linda, habría
pasado desapercibida. No hablaba casi nunca y se movía como una sombra. Los
obrajeros y los turcos más ricos de la zona querían casarse con ella. Su
desgracia fue Gracimiano. Todavía iba a la escuela cuando lo conoció.
Gracimiana envejeció a los treinta años, gastado por él y por los hijos.
Después la perdimos de vista, pero quien tuvo la suerte de conocer a Anita, su
hija, podía ver otra vez a Gracimiana con las mejillas paspadas por el aire.
El último
en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor, los brazos
de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía
todavía. Las frazadas recogidas por Gracimiana cubrían a a casi todos los niños
y parte del perro. Los que iban despertando se despojaban de su parte de
frazada, porque ya el sol calentaba bastante fuerte. Cuando pasaron frente al
primer paraje el hombre y la mujer se miraron un instante como para considerar
la posibilidad de la primera entrega, aunque quizá no se miraron para eso sino
para probarse, porque no hubo ninguna vacilación en las manos de Gracimiano al
sostener las riendas; en ningún momento sus músculos se alteraron para
trasmitirle a la mula una orden de detención. Lo que sí pudo vacilar, en vez de
las manos, fue el pensamiento de Gracimiano, antes de mirar a la mujer. El
pensamiento o el deseo de ejecutar lo que había pensado señalaban que allí
había un posible lugar para uno de los hijos, pero enseguida la posibilidad
desapareció porque el pensamiento ahora claro del hombre, corporizado casi en
una media sonrisa, le decía que en vez de pedir ayuda podían darla, podían
ofrecerle al habitante de esa casa un lugar en la carreta para que intentase
una posibilidad similar a la de ellos en otros lugares. Las riendas siguieron
flojas, entregando el destino de la gente al instinto de la mula, que buscaría
los únicos parajes posibles en ese costado del desierto.
Y
justamente cuando el sol estuvo bien caliente y el sueño desapareció, los niños
comenzaron a temblar, más o menos en el mismo orden con que habían subido a la
carreta. El primero en temblar fue José. “Usted es grandecito ya y puede
aguantar más”, dijo Gracimiana con una voz no apta para decir eso. “Dentro de
esta bolsita hay algo para matar eso, pero hay que compartirlo”. Salvo el
menor, que aunque despierto permanecía normal, los otros ocho temblaban manos y
caras con ritmo de hambre gesticulada. José le pidió que abriera la bolsa, pero
ella ensayó bien su voz diciendo que había que tener todavía un poquito de
paciencia, acaso dividiendo mentalmente el tiempo del día con las provisiones
que tenía. Después observó con pausas a cada uno, y envolviendo al menor en una
larga mirada de sospecha, le dijo, con otra voz, a Gracimiano: “Había más leche
en el tarro; lo que pasa es que se la diste a él solo”. Había ira en su voz
cambiada, como si la voz de ahora estuviese mordida por algo. Gracimiano asintió
con uno de sus silencios y ella sacó la manzana de la bolsa y dijo con la voz
de un tercer personaje desconocido: “Ahora no tendré un trabajo difícil, no
habrá necesidad de dividirla en nueve partes iguales. Cualquiera sabe cortar
una manzana en ocho partes”. La rabia, como un viento contenido, le había
encendido las mejillas, que parecían paspadas. “Usted no come”, recitó después
mirando al menor y entregando una octava parte de la manzana a cada uno de los
otros.
Para los
niños, los sucesivos desgarramientos fueron apenas un poco de sueño
interrumpido con un descenso por la parte trasera de la carreta. El primero
correspondió a José, con un principio de adultez en sus pantalones todavía
cortos y las palabras tranquilas de su padre: “Bueno amigo, usted se queda acá.
El compadre Britos se hará cargo de usted hasta que pueda valerse por sus
propias manos. Las cosas no fueron tan malas hasta ahora, más o menos pudimos
vivir juntos, pero eso ahora ya no es posible y hay que ser hombre y aguantarse
todo lo que venga. Déme la mano en señal de que ha comprendido”.
José se quedó parado mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos
volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó
ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después que
el ladrido, y sintió una gruesa mano de Britos que le acariciaba la cabeza y lo
felicitaba porque no lloraba. Más allá, en la carreta, Gracimiana había
aprendido a usar bien su voz y decía con seguridad las cosas que había que decir
en esos momentos.
Durante el
resto del día la mula los guió sabiamente por distintos parajes, y en todos los
lugares a que los llevó, salvo en uno, nadie rechazó hacerse cargo de un niño.
Anita y su hermana menor pudieron quedarse juntas en la misma casa. “Y cuando
sean grandes les buscaremos novios”, se dijo. En la radio que había en esa
casa, una gran orquesta llenaba todo el espacio con su música. Millares de
instrumentos desconocidos, y otros conocidos o percibidos, desparramaban una
música extraña y total en lo que quedaba del día. La música venía a través del
aire desde ciudades ricas y distantes, desde una Capital no entrevista pero
poderosamente existente, donde habían vivido personajes históricos, el Creador
de la Bandera, el Libertador de América y también Carlos Gardel. La música que
salía de la radio era extraña y abundante, parecía adaptarse a las
circunstancias, era larga y no cesaba. Y no cesaba porque cuando partieron, ya
solamente con el menor de los hijos, y el alcance de la radio se perdió, la
música siguió todavía resonando en ellos, en Gracimiano y Gracimiana, y eso fue
bueno porque sustituyó los pensamientos y todo lo demás.
Cuando lo
dejaron en la más segura de las casas que habían visto, el menor había
comenzado a temblar, y Gracimiano, al verlo así, se puso a disminuirse y
empequeñecerse y tender a desaparecer, pero el dueño de casa, viendo su
deliberado empequeñecimiento, le dijo que no tuviera miedo, que el niño se
recuperaría en seguida y que dentro de poco se lo podría ver en los corrales
domando potros y reventando toros. Y aunque ni Gracimiano ni Gracimiana
creyeran esas afirmaciones, no podían pensar lo contrario porque ahora la
música oída en la radio los acompañaba.
El perro
no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que
degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la
congruencia que había en su brillo. Cuando todo estuvo más o menos muerto, el
hombre y la mujer sintieron que el carro iba liviano de equipaje. También la mula,
que al no sentir ninguna carga importante inició una carrera enloquecida hacia
algún posible final de la geografía, donde la provincia termina en unas salinas
que son su horizonte.
Durante la
carrera de la mula ellos reconstruyeron sus desgarramientos y lo único que
había más allá de ellos era el deseo de que el animal no parase más y los
llevase siempre hacia alguna parte. La mula se paró dudando ante un barranco
que separaba a esa llanura de otra, más vasta y más blanca, como si fuese toda
de sal, dobló el cuello hacia atrás y los miró como preguntando, los vio juntos
sentados en una tabla que atravesaba el carro. Gracimiano, que había soltado
las riendas hacía mucho, se tomó las rodillas y miró hacia el sur. Gracimiana,
apoyando su espalda contra la del hombre, lloraba y miraba hacia el norte. Lo
que ella lloraba y pensaba le llegaba a él por los músculos de la espalda y las
cavernas de las costillas, en sucesivos zumbidos, en resonancias que le
envolvían las vísceras bajas y luego pasaban al corazón llenándolo de un
incomprensible dolor.
-Es mejor
que se calle; todavía falta saber qué haremos con nosotros. Algo tendremos que
hacer, en alguna parte tendremos que parar.
-Yo no
quiero parar ni seguir. Que la mula haga lo que quiera.
-A la mula
hay que matarla también. No quiero que quede nada de todo esto.
-Sin la
mula estaremos perdidos porque no sabremos qué hacer.
-Lo que
usted debe hacer -susurró él con la boca, y ella sintió que el zumbido de sus
palabras le atravesaba a ella también la espalda, le corría hasta la nuca y
desde allí le velaba los ojos por dentro-, lo que usted debe hacer es dejar de
llorar.
La mujer
separó su espalda de la de él, lo miró de frente, impaciente, y gritó:
-Le diste
toda la leche a él; los otros ocho temblaban, pero se la diste a él.
La mula,
impaciente ante ese diálogo que interrumpía sus impulsos, cerró los ojos y se
arrojó hacia abajo en un salto que pretendía ser el encuentro con alguna
realidad que no fuese la de ese momento y de todos los momentos que durante el
día precedieron a ese. Uno de los propios hijos de Gracimiano, desde lejos, vio
volar a la mula y cerró los ojos para no ver dónde caía. Los músculos del
animal mantuvieron al carruaje y su carga en conjunción con la caída, de modo
que por ese equilibrio llegaron abajo sin deshacerse, y con pocos vestigios del
carro. El hombre y la mujer se miraron un momento, como borrándose mutuamente,
y aunque no lo necesitaban parece que quisieron hablar para que cada uno
después, en el tiempo, usase esas palabras como mejor le pareciese. Pero no
pudieron y entonces ella le preguntó con un gesto qué podían hacer.
Gracimiano
acercó la mula hacia ellos, ató las correas sueltas desprendidas de la carreta
y tomó la mano de Gracimiana para ayudarla a montar el animal.
-Usted se
va para allá, yo para ese otro lado -le dijo.
Ella
asintió cubriéndose las mejillas ante el viento de la noche vecina.
La mula
inició un trote rápido hacia el sur y se perdió en la sombra creciente, tanto
que Gracimiano, si se hubiera dado vuelta para mirarla, no habría podido. Metió
las manos en los bolsillos y empezó a caminar despacio, hacia el norte, hacia
Ilisca, donde sin duda quedaban muchos árboles para tumbar.
Y desde
los primeros pasos no pudo pensar ni sentir nada, porque la cabeza se le llenó
de música, de la misma música de la radio de la casa donde había dejado a sus
hijas. Extraños instrumentos expresaban cada frase musical y adormecían sus
sentidos, incluido el que pudiera recordarle la voz nunca aprendida de
Gracimiana.
Y del
destino ulterior de sus hijos lo salvaba el tiempo porque José el mayor fue
destruido por una bala policial en una ciudad populosa adonde lo había llevado
la interrogación y la desesperación de la violencia. Otros quedaron ciegos en
el norte, sin poder vencer un hambre primordial. La hermana menor de Anita se
salvó de la prostitución gracias a un viajante de comercio, pero no pudo hacer
nada para rescatar a su hermana de un burdel del oeste, donde terminó sus días
y sus noches con las mejillas insensibles.
De los
demás hijos nada se sabe, pero de cualquier modo sus historias no hubieran
tenido importancia para Gracimiano, que cayó antes que ellos, como uno de sus
árboles, pero con dos remordimientos: no poder recordar la voz de Gracimiana y
no haber compartido con todos los hijos la última leche que quedaba en el tarro
el día de la separación.
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