Discurso de Albert Camus al recibir el
Premio Nobel
Publicado originalmente por: “El Tiempo” de Bogotá, Enero 5 de 1.958 y reproducido en “El Comercio” de Quito, Enero 12 del mismo año. Con traducción de José Ballester-Gonzalvo.
Albert Camus, el insigne laureado del Premio Nobel que noblemente encarna los ideales, deberes y anhelos de las juventudes libres del mundo entero, envió muy generosamente al doctor Eduardo Santos el texto del discurso que pronunciara al recibir el Premio Nobel. EL TIEMPO tiene así el honor altísimo de publicarlo por primera vez en lengua castellana. Lo que es este discurso —todo un altísimo programa para los escritores dignos de serlo— lo dirán nuestros lectores. El honra para siempre nuestras columnas.
Al recibir la distinción con que vuestra libre Academia ha
querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que yo mido hasta
qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.
Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se
reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer
vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que
realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo de sus dudas, con
una obra apenas en desarrollo, habituado a ‘vivir en la soledad del trabajo o
en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un
galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de
espíritu podía recibir ese honor a tiempo que, en tantas partes, otros
escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y
cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conocer incesantes desdichas?
Sinceramente he sentido esa inquietud, y ese malestar. Para
recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino
harto generoso. Y como era imposible igualarme a él con el solo apoyo de mis
méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a
lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he
forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme, aunque sólo sea en
prueba de reconocimiento y amistad, que os diga, con la sencillez que me sea
posible, cuál es esa idea.,
Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he
puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es
necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, al
nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de
emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de
dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a
la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han
elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que
no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con
todos.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo,
a los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la
comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no
desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar un
partido en este mundo, sólo puede ser de una sociedad en la que, según la gran
frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o
intelectual.
Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de
difíciles deberes. Por la definición no puede ponerse al servicio de quienes
hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría
solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus
millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en
acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de
un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo
del mundo basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que
logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y
trata de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los
recurso del arte.
Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante
vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o
provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre poder expresarse,
el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le
justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas
que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad, y el
servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible
de hombres, no puede acomodarse a la servidumbre que, donde reina, hace
proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales,
la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de
mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la
opresión.
Durante más de veinte años de una historia demencial,
perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del
tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un
honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba,
especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con
todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos
hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte
años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros
procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados
luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los
campos de concentración, la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy
obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción
nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego
a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el
error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al
deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la
mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el
nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.
Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos
catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara
descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.
Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer
el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es
quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una
historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las
técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la
que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en
la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la
opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar,
partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de
vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros
grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte,
sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar
entre las naciones una paz que no sea la de servidumbre, reconciliar de nuevo
el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de
la alianza.
No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa
labor inmensa, pero lo cierto sí es que, por doquier en el mundo, tiene ya
hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y
que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la
que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde
se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo
declinar hoy el honor que acabais de hacerme.
Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio
de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros
títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero
tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni
orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza;
consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta
levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.
¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente
soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa,
huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa,
tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa
pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo
largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse
orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no
soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la
vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis
errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor
mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres
silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por
el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de
volverlos a vivir.
Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos
limites, a mis dudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para
destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais
de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje
rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido
privilegio alguno y si, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones.
Solo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros
publicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de
fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos
los días.

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