Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Alfredo Bryce Echenique - El amor juvenil


 Los jóvenes, con tremenda audacia, se sumergen en el mar de su intimidad 
 oscura sin ahogarse nunca, pero no es para yacer ahi ni aletargarse en la 
 melancolía. Dentro del yo cerrado y en continua vuelta sobre si mismo, crean 
 las condiciones de la posibilidad de su amor. 
 A esta pasión pura la denomina Kant empatía, por la que el joven va 
 configurando su amor desinteresado, ajeno a criaturas concretas. 
 Sin embargo Kant sosotiene que no existe una pasión totalmente pura, porque 
 todas ellas estan dirigidas a la búsqueda de algo que, por deseado, es mas 
 valioso. Asombrosamente, el amor juvenil es una armoniosa conciliación o 
 síntesis de la pasión pura, solitaria, creadora, y la pasión impura, ardorosa, 
 posesiva. 
 En su reclusa subjetividad, el joven comienza idealmente el gran viaje hacia 
 el otro. Es allí, en ese hontanar interior, donde fragua la idea sobre la 
 imagen perfecta mediante una reflexión, un unilateralismo apasionado. Por 
 intrínsica necesidad el joven es el mas metafísico, un especulador incesante 
 que el psicólogo Vigotski denomina "un vivir para sí". 
 El amor que concibe, ajeno al cuerpo y al deseo, es una satisfacción del 
 sentimiento, como la que experimentan los protagonistas de la novela La puerta 
 estrecha de André Gide. 
 La etapa de ensoñación íntima finaliza al crear el joven un proyecto amoroso 
 definido, concreto, y se lanzará a buscarlo afanosamente por los caminos de la 
 vida. 
 Arrebatado por la idea platónica que tiene en mente, cometerá torpezas, 
 errores, pues la movilidad y dispersión son propias de la agitación amorosa 
 que vive. 
 En realidad, estas primeras experiencias le resultan decepcionantes por 
 exigente, pues espera que el otro se adapte a los imperativos ideales de su 
 yo. 
 Y estalla el drama de su amor juvenil: por una parte, se empeña en encontrar 
 la realidad exacta de su figura ideal que no acierta a descubrir, y, por otra, 
 sigue soñando el amor al que aspira desesperadamente. 
 De esta contradicción nace al ansia amorosa, hambre avasalladora de vivir el 
 amor. 
 Esta ansiedad sitúa al joven en la vida, en su integración desordenada y 
 dolorosa en la sociedad. 
 A la concentración y repliegue en sí le sucede la expansión activa, 
 multiplicandose en afanes. Ya no es el programador ideal, y quiere, busca 
 concretamente. No puede esperar, como el joven danés Malde Lauridde Brigge, 
 desde la ventana de un hotel de París, el sereno y consolador advenimiento del 
 amor. 
 En realidad el amante juvenil no quiere ser amado, sino amar sucesivamente a 
 través de distintos objetos amorosos, ya sean imaginados o reales. 
 El joven vive sus amores como fragmentos de una melodía apenas iniciada que, 
 al interrumpirse bruscamente por el fracaso, desencadena una gran melancolía. 
 La insatisfacción que sufre el joven la define Locke con la palabra 
 uneasiness, estado desabrido y carente de seguridad. 
 La melancolía se genera de esta ansiedad íntima que experimenta con mayor 
 fuerza el joven, porque está rico de deseos. Es característica de un ser que 
 busca un objeto necesario vitalmente y, al no lograr la posesión plena, 
 permanece en un estado de tendencia que no lleva a ninguna parte. 
 La melancolía juvenil tropieza con la misma problemática del ansioso, que 
 sabiendo lo que busca no acierta a percibirlo. Abraza una criatura, siempre la 
 protagonista de su idea, pero no logra descubrir la persona real que ama, y 
 como tampoco pretende conocerla, es natural que sufra múltiples fracasos. Sin 
 embargo, y pese a su fugacidad, estas aventuras amorosas lo van obligando a 
 objetivizar su búsqueda errabunda, que abandona para concentrarse en lo único 
 que desea. 

 Pero el drama de esta melancolía consiste en que al joven, en el decurso de 
 sus tentativas amorosas, se le ha ido borrando la imagen ideal creada. Desde 
 este momento sólo la presencia de otro ser le descubrirá realmente lo que 
 busca. 
 El encuentro con ella o con él suele ser un fortuito acontecimiento. Entonces 
 el joven amante se empeñará en unirse al otro para salir de su melancolía. Sin 
 embargo, la ansiedad le impide entregarse totalmente. La posesión siempre 
 posible, esperada y nunca realizada plenamente, lleva a un paroxismo 
 subjetivo, que a la vez, demuestra la capacidad de donación del joven, su 
 torrente de energía interior. 
 La pureza ideal del amor juvenil coexiste con un deseo ardiente, imperativo. 
 Sin embargo este deseo no tiene un término definitivo, se niega a ser cumplido 
 y se recrea en la mera actitud de desear. 
 De aquí proviene el permanente desasosiego erótico de los amantes juveniles. 
 Dominado por su deseo febril, el cuerpo del otro permanece oscuro y lo percibe 
 como una realidad independiente, un ser por si mismo; es tan solo un mero 
 objeto apetecible para satisfacer el deseo cósmico que lo arrastra en su fluir 
 incontenible. 
 Por esta razón, el joven no puede vivir una pasión real que es la 
 identificación e integración de los cuerpos diferentes. 
 "Amantes que os bastais el uno al otro. ¿Tienen prueba de su realidad 
 recíproca?", preguntaba Rilke, pues el deseo vertiginoso del joven le impide 
 conocer concretamente a la persona amada. 
 Los jóvenes viven el amor impulsados por los deseos múltiples de la corriente 
 fluvial de su sangre y, una vez satisfechos o no, pueden caer en una profunda 
 melancolía. Sin embargo, estos amores, aun los más decepcionantes, revelan al 
 joven las posibilidades infinitas de su ser. Y es cuando la angustia comienza 
 a insinuarse en su corazón, porque la mera posibilidad le descubre también la 
 nada que es esta etapa de su vida. Dolorosos y humillantes son los fracasos 
 amorosos de los jóvenes porque evidencian su realidad incompleta. 
 Paradójicamente, a la vez sienten la potencialidad de su riqueza íntima, el 
 poder que tienen de ser todo lo que quieren y alcanzarlo en el ancho horizonte 
 sin la menor duda. 
 Por ello los fracasos amorosos, si bien pueden melancolizar al joven, no lo 
 encierran en una pasiva melancolía, ya que es consciente de su energía natural 
 y del dinámico futuro que está presente en él. 
 En consecuencia, el amor juvenil es una dichosa desdicha o una desdichada 
 dicha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.