Los Muyins [1]
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n la época en que Kenzo Kobayashi vivía en Tokyo y era un muchachito acaso
de tu misma edad, no existía la luz eléctrica. Ni calles, ni caminos, ni
carreteras estaban iluminados como hoy en día.
Por eso, a partir del anochecer, quienes salían fuera de
las casas debían hacerlo provistos de sus propias linternas. Era así como
bellos faroles de papel podían verse aquí o allá, encendiendo la negrura con
sus frágiles lucecitas. Y como decían que la negrura era especialmente negra en
las lomas de Akasaka -cerca de donde vivía Kenzo- y que se oían por allí
-durante las noches- los más extraños quejidos, nadie se animaba a atravesarlas
si no era bajo la serena protección del sol.
De un lado de las lomas había un antiguo canal, ancho y
de aguas profundas y a partir de cuyas orillas se elevaban unas barrancas de
espesa vegetación. Del otro lado de las lomas, se alzaban los imponentes
paredones de uno de los palacios imperiales.
Toda la zona era muy solitaria no bien comenzaba a
despegarse la noche desde los cielos. Cualquiera que -por algún motivo- se veía
sorprendido cerca de las lomas al oscurecer, era capaz -entonces- de hacer un
extenso rodeo, de caminar de más, para desviarse de ellas y no tener que
cruzarlas.
Kenzo era una criatura muy' imaginativa. Lo volvían loco
los cuentos de hadas y cuanta historia extraordinaria solía narrarle su abuela.
Por eso, cuando ella le reveló la verdadera causa debido
a la cual nadie se atrevía a atravesar las lomas durante la noche, Kenzo ya no
pensó en otra cosa que en armarse de valor y hacerlo él mismo algún día.
-Los muyins. Por allá andan los muyins entre las sombras
-le había contado su abuela, al considerar que su nieto ya era lo
suficientemente grandecito como para enterarse de los misterios de su tierra
natal-. Son animales fantásticos. De la montaña
Bajan para sembrar el espanto entre los hombres. Les
encanta burlarse mediante el terror. Aunque son capaces de tomar apariencias
humanas, no hay que dejarse engañar, Kenzo; las lomas están plagadas de muyins.
A los pocos desdichados que se les aparecieron, casi no viven -después- para
contarlo, debido al susto. Que nunca se te ocurra cruzar esa zona de noche,
Kenzo; te lo prohíbo, ¿entendiste?
La curiosidad por conocer a los muyins crecía en el chico
a medida que su madre iba marcando una rayita más sobre su cabeza y contra una
columna de madera de la casa, como solía hacerlo para medir su altura dos o
tres veces por año.
Una tarde, Kenzo decidió que ya había crecido lo suficiente
como para visitar las lomas que tanto lo intrigaban. (En secreto -claro- no
iban a darle permiso para exponerse a semejantes riesgos.)
Los muyins... Podría decirse que Kenzo estaba obsesionado
por verlos, a pesar de que le daba miedo -y mucho- que se cumpliera su deseo. Y
con esa sensación doble partió aquella tarde rumbo a las famosas lomas de
Akasaka, con el propósito de recorrerlas sin otra compañía que la de su propia
linterna.
Obviamente, a su mamá le mintió y así consiguió que lo
dejara salir solo: -Encontré al tío Kentaro en el mercado; me pidió que lo
ayude a trenzar bambúes. También se lo pidió a los primos Endo. Está atrasado
con el trabajo y dice que así podrá terminarlo para mañana, como prometió. Me
voy a quedar a dormir en su casa, madre.
El tío Kentaro vivía en las inmediaciones del antiguo
canal, por lo que la mamá de Kenzo no dudó en permitirle que pasara la noche
allá.
-Ni sueñes con volver hoy. Mañana, cuando el sol ya esté
bien alto, ¿eh?
En aquella época, tampoco existían los teléfonos, de
modo que la mentira de Kenzo tenía pocas probabilidades de ser descubierta.
Además, no era un muchacho mentiroso: ¿por qué dudar de sus palabras?
Apenas comenzaba a esconderse el sol cuando Kenzo arribó
a las lomas. Debió aguardar un buen rato para encender su linterna. Pero cuando
la encendió, ya se encontraba en la mitad de aquella zona y de la oscuridad.
Se desplazaba muy lentamente, un poco debido al temor de
ser sorprendido por algún muyin y otro poco, a causa de que la lucecita de su linterna
apenas si le permitía ver a un metro de distancia.
De pronto, se sobresaltó. Unas pisadas ligeras, unos
pasitos suaves parecían haber empezado a seguirlo.
Kenzo se volvió varias veces, pero no bien se daba vuelta
los pasos cesaban. Y él no alcanzaba a descubrir nada ni a nadie. Era como si
alguien se ocultara en el mismo instante en que el muchacho intentaba tomarlo
desprevenido con su luz portátil.
Sí, era indudable que alguien se escondía entre los
arbustos. Y que desde los arbustos podía observarlo claramente a él: el
simpático rostro de Kenzo se destacaba entre aquella negrura, cálidamente
iluminado por la linterna.
Durante dos o tres fines de semana más, este episodio se
repitió tal cual. Kenzo continuaba con las mentiras a su madre para poder
volver a las lomas. ¿Sería un muyin esa silenciosa y perturbadora presencia que
lo seguía y lo espiaba? Y si era así, ¿por qué se mantenía oculto?, ¿por qué no
lo atacaba de una buena vez, apareciéndosele -de golpe- para darle un susto
mortal, como decían que a esos seres les divertía hacer?
Al fin, una noche, Kenzo iluminó una pequeña silueta
femenina que se mantenía agachada junto al canal. La veía de espaldas a él.
Estaba sola allí y sollozaba con infinita tristeza. Parecía la voz de un pájaro
desamparado.
Con desconcierto pero igualmente conmovido, el muchacho
prosiguió con su inesperada inspección, mientras ella aparentaba no tomar en
cuenta su proximidad: continuaba de rodillas junto a la orilla del canal,
gimiendo.
Era una niña de la edad de Kenzo. Estaba vestida con sumo
refinamiento. También su peinado era el típico de las jovencitas de muy
acomodada familia.
La confusión de Kenzo se iba convirtiendo en gigante:
¿Qué hacía esa mujercita allí, sola, nada menos que en aquella zona y a esas
horas de la noche?
De pronto, se animó y caminó hacia ella. Si una nena era
capaz de internarse en las lomas, con más razón él, ¿no?
El muchacho le habló, entonces, pero ella tampoco se dio
vuelta.
Ahora ocultaba su carita entre los pliegues de una de las
mangas de su precioso kimono y su llanto había crecido. ¿Un pichón de hada
perdido a la intemperie, tal vez?
Kenzo le rozó apenas un hombro, muy suavemente.
-Pequeña dama le dijo entonces. No llore, así, por favor,
¿Qué le pasa? ¡Quiero ayudarla! ¡Cuénteme qué le sucede!
Ella seguía gimiendo y tapándose el rostro. Distinguida
señorita, le suplico que me conteste.
Aunque proveniente de una modesta familia campesina, la
educación de Kenzo no había dependido de la mayor o menor riqueza, que poseyeran
sus padres sino de que ellos valoraban por sobre todo la educación de sus
hijos. Por eso, él podía expresarse con modales gentiles y palabras elegidas
para acariciar los oídos de cualquier damita. Insistió, entonces:
-Le repito, honorable señorita, permita que le ofrezca mi
ayuda. No llore más, se lo ruego. O al menos dígame por qué llora así.
La niña se dio vuelta muy lentamente, aunque mantenía su
carita tapada por la manga del kimono.
Kenzo la alumbró de lleno con su linterna y fue en ese
momento que ella dejó deslizar la manga apenas, apenitas.
El muchacho contempló entonces una frente perfecta,
amplia, hermosa.
Pero la niña lloraba, seguía llorando.
Ahora, su voz sonaba más que nunca como la de un pájaro
desamparado.
Kenzo reiteró su ruego; su corazón comenzaba a sentirse
intensamente atraído por esa voz, por esa personita. Una sensación rara que
jamás había experimentado antes lo invadía.
-Cuénteme qué le sucede, por favor...
Salvo la frente que mantenía descubierta ella seguía
ocultándose cuando por fin le dijo:
-Oh... Lamento no poder contarte nada... Hice una promesa
de guardar silencio acerca de lo que me pasa... Pero lo que sí puedo decirte es
que fui yo quien te ha estado siguiendo durante estos días. No me animaba a
hablarte, pero ahora siento que podemos ser amigos... ¿No es cierto?
Kenzo le tocó apenitas el pelo: pura seda.
En ese instante fue cuando ella dejó caer la manga por
completo y el chico horrorizado- vio que su rostro carecía de cejas, que no
tenía pestañas ni ojos, que le faltaban la nariz, la boca, el mentón...
Cara lisa. Completamente lisa. Y desde esa especie de
gran huevo inexpresivo partieron unos chillidos burlones y enseguida una
carcajada que parecía que no iba a tener fin.
Kenzo dio un grito y salió corriendo entre la negrura que
volvía a empaquetarlo todo.
Su linterna, rota y apagada, quedó tirada junto al canal.
Y Kenzo, corrió, corrió, corrió. Espantado. Y corrió y
corrió, mientras aquella carcajada seguía resonando en el silencio.
Frente a él y su carrera, solamente ese túnel de la oscuridad
que el chico imaginaba sin fondo, como su miedo.
De repente y cuando ya lo perdían las fuerzas vio las
luces de varias linternas a lo lejos, casi donde las lomas se fundían con los
murallones del castillo imperial.
Desesperado, se dirigió hacia allí en busca de auxilio.
Cayó de bruces cerca de lo que parecía un campamento de vendedores ambulantes,
echados a un costado del camino.
Todos estaban de espaldas cuando Kenzo llegó. Parecían
dormitar, sentados de caras hacia el castillo.
-¡Socorro! ¡Socorro! exclamó el muchacho. ¡Oh! ¡Oh! y no
podía decir más.
-¿Qué te pasa? -le preguntó, bruscamente- el que visto
por detrás- parecía el más viejo del grupo. Los demás, permanecían en silencio.
-¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Qué horror! ¡Yo!... Kenzo no lograba
explicar lo que le había sucedido, tan asustado como estaba.
- ¿Te hirió alguien?
-No... No... Pero... ¡Oh!
- ¿Te asaltaron, tal
vez?
- No... Oh, no...
- Entonces, sólo te
asustaron, ¿eh? -le preguntó nuevamente con aspereza- ése que parecía el más
viejo del grupo.
- Es que... ¡Suerte
encontrarlos a ustedes! ¡Oh! ¡Qué espanto! Encontré una niña junto al canal y
ella era... ella me mostró... Ah, no; nunca podré contar lo que ella me
mostró... Me congela el alma de sólo recordarlo... Si usted supiera...
Entonces, como si todos los integrantes de aquel grupo se
hubieran puesto de acuerdo a una orden no dada, todos se dieron vuelta y
miraron a Kenzo, con sus rostros iluminados desde los mentones con las luces
de las linternas. El viejo se reía a carcajadas, estremecedoras como las de
aquella niña, mientras le decía:
- ¿Era algo como
esto lo que ella te mostró? Las carcajadas de los demás acompañaron la
pregunta.
Kenzo vio entonces -aterrorizado- diez o doce caras tan
lisas como las de la niña del canal. Durante apenas un instante las vio porque
-de inmediato- todas las linternas se apagaron y el coro -como de pajarracos-
cesó y el muchacho quedó solo, prisionero de la oscuridad y del silencio,
hasta que el sol del amanecer lo devolvió a la vida y a su casa.
Los muyins jamás volvieron a recibir su visita.
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