Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Elsa Bornemann - La del 11 "J"


Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ningu­no de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del acci­dente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humilla­ciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth -la más pequeña de los hermanos acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido -por supuesto- porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero -al menos- sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y -por lo tanto- a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que -no bien crecieron y pudieron trabajar- alquilaron un de­partamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.



Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó solita en aquel 11 "J", contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.
Lili era vendedora en una tienda Y -a partir del atardecer- estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche -no bien acababa de caer rendida en su cama- se despertó sobresal­tada. Una pesadilla que no lograba recordar, aca­so. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco minu­tos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó -fugazmente- la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos: -Liiilibeeeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth...  Liiiii... Ag.
La jovencita encendió el velador, la radio y aban­donó el lecho. Indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, des­pués de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero a la mañana siguiente lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro a través del teléfono le anunciaron:
Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tie­ne que hacerse cargo de... Quedate tranquila, ne­na... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11 "J" la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara mezcla de pena e inquietud a la par unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.
Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela se había comprado tv color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultra modernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como aton­tada. Y como atontada recibió el sábado siguien­te los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible. (La otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?)



Más de dos meses transcurrieron en los almana­ques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día, superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y finalmente empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth como su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar también la lustradora... enchufó la lujosa heladera con free­zer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acos­tumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía era el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento -des­pués de su jornada de trabajo y estudio- lo encen­día y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se des­pertaba antes del amanecer a causa del "schschsch" que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces -cerca de la madrugada de un sábado como otros- la jovencita tanteó el cu­brecama -medio dormida- tratando de ubicar la cajita del control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chi­rriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía -sin sus dientes- desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron -de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera -siquiera- rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 "J" como un huésped favorito.



La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.
-¿Me estaré volviendo loca? -se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que to­dos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desa­rrollado desde un principio.
Y anotó -entonces entre muchas otras cosas que...
"La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo... (...) El aparato pone en acción "sus propios planes", moviéndose hacia donde se le an­ja... (...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha "por su cuenta", mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (...) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador... (...) La desdentada imagen de la abuela continúa aparecien­do y desapareciendo -de pronto- en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche... (...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante esta siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa..."
(AQUÍ CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILI­BETH. ABRUPTAMENTE, Y UN TRAZO DE BOLÍGRA­FO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA "A" HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)
Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a esa "sies­ta dominguera".
Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 "J", mien­tras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.
-No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su co­rrespondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desespera­ción. Y -con desesperación- comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento -pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora- enervaba con su zumbido.
En la cocina, "la montaña" de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor girato­rio y medio colgando hacia afuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, ade­más de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y empa­pando los pisos.



Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de dia­rios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía. (Se lo llevó
Leandro.)
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que "vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros"... "una loca suelta más"... "La loca del 11 Jota"... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para la que yo trabajo me envió a hacer esta nota.



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.