Sólo
los muertos conocen Brooklyn.
Thomas Wolfe fue quien lo
dijo, y ahora ya está muerto, de modo que debe conocerlo.
Pero Londres es otra historia.
Por lo menos, así se lo
pareció a Hilary Kane. No una historia, sino más bien una novela picaresca
enorme y anticuada, en la que cada calle era como un capítulo donde se
amontonaban personajes e incidentes propios. Cada manzana era una página, cada
edificio un párrafo, dentro del complicado y extenso texto... Así entendía
Hilary Kane la ciudad, y la conocía muy bien.
Hacía muchos años que
deambulaba por sus calles, leyéndola frase a frase, hasta que cada línea llegó
a serle familiar: se había aprendido Londres de memoria.
Y por ello se quedó tan
sorprendido cuando, en un gris atardecer de finales de noviembre, descubrió
aquella tienda en Saxe-Coburg Square.
-¡Que me condene! -dijo.
-Es muy probable que así sea
-Lester Woods, su acompañante, suavizó tal afirmación con una sonrisa de
indulgencia- ¿Qué sucede?
-Esto.
Kane hizo un gesto en
dirección al diminuto escaparate del establecimiento, que pasaba casi
desapercibido entre dos reliquias residenciales de la era victoriana.
-Una tienda de antigüedades
-asintió Woods-. Con la velocidad que brotan, debe haber ya por lo menos una
por cada turista que visita Londres.
-Pero no aquí -dijo Kane,
frunciendo el ceño-. Da la casualidad de que he pasado por aquí hace menos de
una semana, y aseguraría que en esta plaza no había ninguna tienda.
-Pues deben haberla abierto
después.
Los dos hombres se encaminaron
hacia la entrada, contemplando de pasada el escaparate.
El ceño de Kane se acentuó.
-¿Esto es lo que dices que es
nuevo? Mira el polvo que tienen esas copas.
-¿Ya vuelves a jugar a los
detectives? -Woods sacudió la cabeza-. El problema contigo, Hilary, es que
tienes demasiadas aficiones. -Miró hacia el otro lado de la plaza. Una ráfaga
de viento helado anunciaba la inminencia del crepúsculo-. Se hace tarde, será
mejor que nos vayamos.
-No hasta que me entere de lo
que es esto.
Kane estaba abriendo ya la
puerta, y Woods lanzó un suspiro.
-Supongo que ya ha empezado el
juego. Está bien. Acabemos cuanto antes.
La campanilla de la puerta sonó,
y los dos amigos penetraron en la tienda. La puerta se cerró, el campanilleo
cesó, y se encontraron sumergidos en las sombras y el silencio.
Pero una de las sombras no era
totalmente silenciosa. Se levantó de detrás del único mostrador, colocado en el
reducido espacio que quedaba ante la pared posterior.
-Buenas tardes, caballeros
-dijo la sombra, y encendió una bombilla que colgaba del techo.
Un tenue nimbo de luz se
proyectó sobre la superficie del mostrador e hizo cobrar una nueva dimensión a
la sombra, revelando que se trataba de una diminuta silueta, con un rostro
anodino y una calvicie incipiente.
Kane se dirigió al
propietario.
-¿Le importa que echemos un
vistazo?
-¿les interesa algo en
especial? -El propietario hizo un gesto en dirección a los estantes que cubrian
la pared, a su espalda-. Libros, mapas, porcelana. cristal...
-No exactamente -dijo Kane-.
Lo que ocurre es que una tienda nueva como ésta siempre me hace sentir
curiosidad.
El propietario negó con la
cabeza.
-Le ruego que me perdone. pero
no creo que pueda considerársela nueva.
Woods se quedó mirando a su
amigo, reprimiendo con dificultad una sonrisa, pero Kane le ignoró.
-¡Qué raro! -dijo-. No me
había dado cuenta antes de que estuviera aquí.
-No es extraño. Llevo mucho
tiempo en este negocio. pero no en este lugar.
Entonces le llegó el turno a
Kane de lanzar una ojeada rápida a Woods, y sin reprimir la sonrisa. Pero Woods
estaba inspeccionando ya los artículos expuestos, y Kane le imitó al cabo de un
instante.
Hizo un inventario superficial
de lo que se veía baio el cristal del mostrador. Advirtió una lámpara de
"boudoir", con flecos de cuentas, una bandeja con botones perlados,
un programa recuerdo de un "durbar", y un marco con una fotografía
dedicada de Matilda Alice Victoria Wood. También había una miscelánea de joyas
viejas, sabonetas, cubiletes de peltre, servilleteros, una miniatura del
Crystal Palace, y un poster de Lord Kitchener, con unos formidables mostachos,
y su dedo enguantado extendido en un gesto imperioso.
Se dijo que era la mezcla
habitual. Nada fuera de lo acostumbrado, y la mayoría de ello -como el poster
de Kitchener-, ni tan siquiera adecuadamente antiguo, sino sólo pasado de moda.
Aquellos abanicos del estante interior, por ejemplo, las cubiertas de seda, los
gemelos de ópera, el maletín negro del extremo más alejado hecho de lo que en
otros tiempos se llamó "Tela Americana".
Aquella denominación hizo que
Kane se inclinara para examinarlo más de cerca. Tela Americana. Ahora
estaba llena de polvo, pero antes había sido brillante, como la deslustrada
placa de plata con el nombre de su propietario. Leyó la inscripción.
J.
Ridley. D.M.
(Doctor en Medicina).
Kane alzó la vista, procurando
disimular la excitación que le había invadido repentinamente.
¡Imposible!
¡No podía ser!... Pero era.
Esforzándose en mantener un tono de voz casual, y unos modales indiferentes,
señaló el maletín al propietario de la tienda.
-¿Un equipo médico?
-Sí, eso creo.
-¿Puedo preguntar dónde lo
adquirió?
El hombrecillo se encogió de
hombros.
-No es posible acordarse. En
este tipo de comercio, uno va adquiriendo los artículos raros dónde y cuándo se
le presentan.
-¿Me permite que le eche un
vistazo?
El propietario alzó el maletín
hasta el mostrador. Woods se lo quedó mirando asombrado, pero Kane le ignoró,
con los ojos fijos en la placa que colgaba bajo la cerradura.
-¿Le importaría abrirlo?
-dijo.
-Me temo que no tengo la
llave.
Kane extendió la mano y apretó
el cierre; estaba oxidado pero firmemente sujeto. Frunciendo el ceño, alzó el maletín
y lo sacudió suavemente.
Algo se movió en su interior,
y al oir el ruido de objetos metálicos que se entrechocaban en su interior, el
júbilo de Kane no tuvo límites. De cualquier forma, intentó reprimirlo al
hablar.
-¿Cuánto pide por él?
El propietario se mostró
igualmente desprovisto de emoción.
-No está a la venta.
-Pero...
-Lo siento, señor. No
acostumbro a vender artículos a ciegas. Y puesto que no podemos saber lo que
tiene dentro...
-Vamos, vamos. No es más que
un maletín de un médico. Se hace difícil suponer que guarde en su interior las
joyas de la corona.
Woods soltó una risita a su
espalda, pero el propietario le ignoró.
-Se lo concedo -dijo-. Pero
tampoco estamos seguros de cuál es su contenido. -El hombrecillo alzó a su vez
el maletín, y se oyó de nuevo un tintineo metálico-. Quizá sean monedas.
-Probablemente simples
instrumentos quirúrgicos -dijo con impaciencia Kane- ¿Por qué no fuerza la
cerradura y solventamos esta cuestión?
-¡Oh!, no puedo hacer eso. El
maletín ya no tendría ningún valor.
-¿Y qué valor tiene?
Kane había bajado la guardia.
Supo que había cometido un error táctico, pero no se pudo reprimir.
-Ya le he dicho que este
maletín no está a la venta -dijo el propietario, con una sonrisa.
-Todo tiene un precio.
La frase de Kane había sido un
desafío, y el propietario lo aceptó con una amplia sonrisa.
-Cien libras.
-¿Cien libras por eso?
Woods sonrió... y luego se
quedó con la boca abierta al oír la respuesta.
-Trato hecho.
-Pero, señor...
Por toda respuesta, Kane sacó
su cartera, y extrajo de ella cinco billetes de veinte libras. Los dejó sobre
el mostrador, tomó el maletín. y se encaminó hacia la puerta. Woods se apresuró
a seguirle, cerrando la puerta a su espalda.
El propietario gesticulaba
alocadamente.
-¡Esperen! ¡Vuelvan...!
Pero Kane caminaba ya a
grandes zancadas calle abajo, llevando fuertemente apretado bajo el brazo el
maletín negro.
Todavía lo llevaba cogido
media hora más tarde, cuando Woods se trasladó con él al espacioso estudio del
piso de Kane, desde donde se divisaba la florida Cadogan Square. Kane depositó
el maletín sobre la mesa. En la tela encerada se reflejó la luz del sol, al
limpiarla Kane con un paño húmedo. Sonrió triunfalmente a su amigo.
-Ya tiene mejor aspecto, ¿no
te parece?
-A mí no me parece nada -dijo
Woods, sacudiendo la cabeza-. Cien libras por un maletín viejo de médico...
-Un maletín muy viejo
-dijo Kane-. Se remonta al siglo pasado, si no me equivoco.
-Aun así, no veo...
-¡Claro que no ves! Apartate
de mí, no creo que haya otra persona que conceda gran importancia al nombre de
J. Ridley, D. M.
-Nunca he oido hablar de él.
-Es comprensible -sonrió
Kane-. Prefería hacerse llamar Jack el Destripador.
-¿Jack el Destripador?
-Estoy seguro de que conoces
el caso. Whitechapel, 1888... El salvaje asesinato y mutilación de diversas
prostitutas, realizado por un astuto asesino maníaco que se mofaba de la
policía... Una sombra, que acechaba a su presa en las calles.
Woods frunció el ceño.
-Pero no llegaron a cogerle, ¿no
es cierto? Ni tan siquiera a identificarle.
-En eso te equivocas. Ningún
asesino ha sido identificado con tanta frecuencia como Jack el Rojo. En la
época de los asesinatos, y durante los años transcurridos después, fueron
señalados muchos sospechosos. Uno de los principales candidatos fue el polaco
Klosowski, alias George Chapman, que mató a varias esposas... pero él utilizaba
el veneno, y el lucro era su motivo, mientras que las víctimas del Destripador
eran todas prostitutas sin un céntimo, que murieron bajo su cuchillo. Otro
criminal convicto, Neil Cream, llegó a proclamar públicamente que él era el
Destripador...
-¿Y no sería verdad?
Kane se encogió de hombros.
-Por desgracia, Cream estaba
en América cuando el Destripador cometió sus crímenes. Su egomanía le impulsó a
esa falsa confesión. -Sacudió la cabeza-. Y luego estuvo John Pizer, un
encuadernador de libros, conocido por el apodo de "Delantal de
Cuero". Llegó a ser arrestado, pero pronto se aclaró todo y le soltaron.
Algunos creen que los crímenes fueron obra de un ruso llamado Konovalov, que
también se hacía llamar Pedachenko, y trabajaba como barbero y cirujano; se
suponía que era un agente secreto del zar, que perpetró los homicidios para
desacreditar a la policía inglesa.
-A mí me parece muy rebuscado.
-Exacto -sonrió Kane-. Pero
todavía hay otros candidatos, igualmente improbables. Por ejemplo, Montague
John Druitt, un abogado desequilibrado, que se suicidó lanzándose al Támesis,
poco después de que el Destripador cometiera su última fechoría. Pero por
desgracia se ha comprobado que vivía en Bournemouth, y que en los días que
precedieron y siguieron al último asesinato no se movió de la localidad, y
estuvo jugando al cricket. Y luego está el duque de Clarence...
-¿Quién?
-El nieto de la reina Victoria,
perteneciente a la línea directa de sucesión al trono.
-Supongo que no hablas en
serio.
-No, pero otros sí. Se ha
afirmado que Clarence era un conocido pecador, que se había vuelto loco como
resultado de una infección venérea contraída, y que su muerte, en 1892, se
debió en realidad a los estragos que produjo en su cuerpo la enfermedad.
-Pero eso no demuestra que se
tratara del Destripador.
-Claro que no. No parece muy
probable que él escribiera aquellas cartas, llenas de modismos americanos y
enormes errores gramaticales y de ortografía, que el Destripador enviaba a las
autoridades. Y aún más: Clarence estaba en Escocia cuando se produjo uno de los
asesinatos, y en Sandringham mientras se cometían otros. Y existen razones
igualmente fundadas para exonerar a sospechosos relacionados con él... como su
amigo James Stephen, y su médico, sir William Gull.
-Pareces conocer muy bien el
tema -murmuró Woods-. No tenía idea de que te interesara tanto.
-Y por muy buenas razones. No
quiero pasar por un estúpido, apuntando una teoría que no pueda apoyarse en
nada. Yo no creo que el Destripador fuera un marinero, como han dicho algunos,
porque no hay nada que lo demuestre. Ni tampoco que trabajara en un matadero,
fuera una comadrona, un hombre disfrazado de mujer, o un policía londinense. Y
hasta dudo de la existencia de ese misterioso doctor llamado Stanley, dispuesto
a vengarse de la mujer que les había contagiado la infección a él o a su hijo.
-Pero entre los sospechosos
parece haber gran número de médicos -dijo Woods.
-Sí, y con razón. Considera la
naturaleza de los crímenes... la rápida y diestra extracción de los órganos
vitales, realizada en la oscuridad de la calle, y bajo el peligro constante de
ser descubierto de un momento a otro. Eso implica que debía tratarse de alguien
versado en anatomía, alguien con los nervios acerados de un cirujano. Luego
está el modo como evitaba ser capturado. Es obvio que el Destripador conocía
los callejones y escondites del East End tan a fondo, que podía deslizarse a
través de los cordones de la policía y de las patrullas sin ser descubierto.
Pero si llegaba a ser visto, ¿qué coartada mejor que presentarse como un
respetable médico, portador de su maletín, al que habían hecho salir de noche
para una llamada de urgencia?
»Teniendo en cuenta todo esto,
me puse a investigar, y comencé por revisar las listas de personal del London
Hospital, en Whitechapel Road. Repasé los nombres de médicos y cirujanos que
aparecían en el Registro Médico de aquella época.
-¿Todos?
-No fue necesario. Sabía lo
que andaba buscando... Un cirujano que viviera y trabajara en la zona de
Whitechapel. Siempre que me fue posible, realicé una investigación sobre la
vida de mis sospechosos, estudiando su afiliación a hospitales y clínicas, e
incluso sus aficiones y actividades normales, a través de las revistas médicas,
los artículos de los periódicos, y los recuerdos de la familia. Claro que para
todo esto se necesita mucho dinero y paciencia. Pasé cinco años luchando contra
los molinos de viento, hasta dar con mi hombre.
Woods se quedó mirando la
placa del maletín.
-J. Ridley. D.M.
-John Ridley... Jack,
para sus amigos... si es que tuvo alguno. -Kane guardó silencio unos instantes.
con expresión reflexiva-. Pero ahí estriba la cuestión. Al parecer, Ridley no
tuvo amigos, ni familia. Era huérfano, y se graduó en Edimburgo. en 1878, diez
años antes de la comisión de los crímenes. Trabajaba como médico particular
aquí, en Londres. pero oficialmente no consta la dirección de ningún consultorio.
Ni tampoco es posible hallar información alguna que le concierna; es como si
hubiese tenido especial cuidado en suprimir cualquier detalle sobre su vida
personal. Y eso fue precisamente lo que me hizo sospechar. J. Ridley vivió y
trabajó durante toda una década en el East End, sin que apareciera impreso ni
una sola vez su nombre en lugar alguno, excepto en el Registro. Y después de
1888, hasta eso desapareció.
-Supón que muriera.
-Su óbito no consta
oficialmente.
Woods se encogió de hombros.
-Quizá se mudó, emigró,
enfermó, o dejó la medicina.
-Entonces, ¿por qué tanto
secreto? ¿Por qué ocultar su paradero? ¿No comprendes que la falta de detalles
tan comunes es lo que me induce a sospechar lo extraordinario?
-Pero no hay ninguna prueba.
Nada que demuestre que tu doctor Ridley era el Destripador.
-Por eso es tan importante eso
-dijo Kane, indicando el maletín que se hallaba sobre la mesa-. Si conociésemos
su historia.
Mientras hablaba, Kane tomó un
abrecartas de la mesa, y se acercó al maletín.
-Espera -le dijo Woods,
poniéndole una mano en el hombro-. Puede que eso no sea necesario.
-¿Qué quieres decir?
-Creo que el dueño de la
tienda nos ha mentido. Que sabía muy bien lo que contiene el maletín... Tiene
que ser así, de lo contrario, ¿por qué iba a fijar un precio tan ridículo?
Claro que nunca se le ocurrió que fueras a pagárselo. Pero creo que no hay
necesidad de que fuerces la cerradura, del mismo modo que él tampoco tenía por
qué hacerlo. Opino que tiene él la llave.
-Tienes razón -convino Kane,
dejando a un lado el abrecartas-. Debí haberlo comprendido, teniendo en cuenta
que no quería venderlo. Debe tener la llave. -Tomó el brillante maletín, y dio
medio vuelta-. Vamos... Volvamos allí antes de que cierre. Y ahora no
admitiremos excusas.
Estaba anocheciendo. Kane y su
amigo avanzaron apresuradamente por las calles, y cuando llegaron a Saxe-Coburg
Square la oscuridad se iba enseñoreando lentamente de la plaza.
Se detuvieron y buscaron la
tienda por entre las sombras, orientándose hacia el lugar en que quedaba medio
escondida, entre las dos mansiones, que se alzaban una a cada lado. Las sombras
parecían amontonarse en aquel punto, y se acercaron más, para convencerse de
que entre las dos casas no había más que un espacio vacío.
La tienda habla desaparecido.
Woods pestañeó. Luego se
volvió y gesticuló mirando a Kane.
-¡Pero si hemos estado
aquí...! ¡La hemos visto...!
Kane no contestó. Contemplaba
fijamente el suelo polvoriento y sembrado de cascotes del espacio que quedaba
entre los dos edificios, y las hierbas que brotaban de la tierra. El helado
viento nocturno murmuraba lúgubremente a través de aquel vacio. Kane se
inclinó, y tomó un poco de polvo con los dedos. Estaba frío, como el viento,
que se lo arrebató de la mano, proyectando sus finos granos hacia la oscuridad.
-¿Qué ha ocurrido? -murmuraba
Woods- ¿Es posible que lo hayamos soñado los dos?
Kane se puso en pie, y se
quedó mirando a su amigo.
-Esto no es un sueño -dijo,
señalando el maletín negro.
-Entonces, ¿qué explicación
tiene?
-No lo sé -dijo pensativamente
Kane-. Pero sólo hay un lugar en el que quizá podamos hallarla.
-¿Dónde?
-En el Registro Médico de 1888
aparece como domicilio de John Ridley el número 17 de Dorcas Lane.
El taxi que los llevó a Dorcas
Lane no pudo penetrar por el estrecho callejón de acceso. La oscura calle que
quedaba detrás era sombría y silenciosa, y estaba vacía, pero Kane se dirigió
hacia ella sin vacilar, por el oscuro callejón, flanqueado por sólidas hileras
de viejos ladrillos. Al pisar los adoquines, a Woods le parecía que iba a
penetrar en otra edad, pero el avance de Kane era rápido y decidido.
-¿Has estado antes aquí?
-Naturalmente.
Kane se detuvo ante la puerta
del número 17, en el que no brillaba ninguna luz, y llamó.
La puerta se abrió... No del
todo; sólo lo suficiente para permitir a la persona que estaba al otro lado
echarles un vistazo. Tanto su mirada como las palabras que pronunció parecieron
cautelosas.
-¿Qué quieren?
Kane se adelantó hacia la luz
que brotaba por la abertura de la puerta.
-Buenas noches. ¿Me recuerda?
-Sí.
La puerta se abrió algo más, y
Woods pudo divisar la rechoncha silueta de una mujer de media edad, que asentía
con la cabeza, mirando a su amigo.
-Usted es el que alquiló la
habitación vacía de atrás hace algún tiempo, ¿verdad?
-Exacto. Quisiera saber si
puedo volver a tomarla.
-No sé.
La mujer se quedó mirando a
Woods.
-Es sólo por unas cuantas
horas. -Kane echó mano a su cartera-. Mi amigo y yo tenemos que hablar de
negocios.
-Negocios, ¿eh?-. Woods creyó
sentir físicamente la mirada de desaprobación de los ojuelos de la mujer-. Le
costará uno de cinco.
-Tenga.
La mujer extendió
apresuradamente una mano y tomó el billete. Luego, la puerta se abrió del todo,
permitiendo ver el sucio vestíbulo.
-Cuidado con la escalera -dijo
la mujer.
La escalera era muy empinada,
y al llegar al peldaño superior la mujer iba ya resoplando. Les condujo a lo
largo de un pasillo que crujía bajo sus pies, hasta la puerta del cuarto de la
parte de atrás, mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su delantal.
-Ya estamos.
La puerta se abrió, revelando
una mohosa oscuridad, que apenas consiguió vencer la luz que colgaba del techo,
cuando la encendió la propietaria.
-Ya no la alquilo para
huéspedes -le dijo ésta a Kane-. No está bien arreglada.
-No importa. Está muy bien
-dijo sonriendo Kane, con la mano apoyada en la puerta.
-Si van a necesitar algo, será
mejor que me lo digan ahora. Tengo que ir a ver a la vecina... Se ha puesto
enferma.
-No. Creo que ya lo tenemos
todo.
Kane cerró la puerta, y luego
se quedó escuchando unos instantes, mientras los pasos de la mujer se perdían
por el pasillo.
-Bueno -dijo después- ¿Qué te
parece?
Woods se quedó mirando la
mugrienta habitación, con su única ventana, enmarcada por unas cortinas amarillentas.
Observó la gastada alfombra, de la que se había borrado el dibujo, la
superficie deslucida y llena de quemaduras del viejo y voluminoso escritorio,
el pesado sillón; la cama metálica, cubierta por una colcha profusamente
remendada; la vieja estufa de gas, metida en el hueco de una chimenea de
mármol, en la que se veían varias rajas. Y también el lavabo de pie, igualmente
rajado, que estaba en un rincón.
-Creo que estás loco -dijo
Woods- ¿Es que he entendido mal, o tú has estado ya antes aquí?
-Así es. Vine hace varios
meses, tan pronto como descubrí la dirección en el Registro. Quería echar un
vistazo.
Woods arrugó la nariz.
-Creo que aquí se huele más de
lo que se ve.
-¡Usa tu imaginación, amigo!
¿Es que no te dice nada el hecho de estar en la misma habitación que en otro
tiempo ocupara Jack el Destripador?
Woods sacudió la cabeza.
-En esta choza debe haber por
lo menos una docena de habitaciones para alquilar. ¿Qué te hace creer que se
trata precisamente de ésta?
-En el Registro se
especificaba que era la de "atrás". Y en la parte de abajo no hay
habitaciones traseras, porque es donde está la cocina. De modo que tiene que
ser ésta.
-Piénsalo -prosiguió Kane,
haciendo un gesto grandilocuente-. Puedes estar contemplando el sitio donde el
Destripador se lavaba, después de haber perpetrado sus carnicerías, la cama en
que descansaba tras cometer sus crímenes. ¿Quién sabe lo que ha visto y oído
esta habitación?... Su voz, gritando entre espantosas y atormentadas
pesadillas...
-¡Basta ya, Hilary! -dijo
Woods, con impaciencia-. Una cosa es que te sirvas de tu imaginación, y otra
que dejes que sea ella la que te gobierne a ti.
-Mira -dijo Kane, señalando la
parte más alejada de la habitación- ¿Ves esas marcas en la alfombra? Ya las
observé durante mi primera visita. ¿Qué te sugieren?
Woods se quedó contemplando
obedientemente la gastada superficie de la alfombra, y vio cuatro marcas
redondas, distanciadas regularmente.
-En ese rincón debía haber
otro mueble. Yo diría que algo pesado.
-¿Qué clase de mueble?
-Bueno... -empezó Woods-. A
juzgar por el espacio, no era un sofá ni un sillón. Podría haber sido un
armario, o quizás un escritorio grande...
-¡Exactamente! Un escritorio
de tapa corredera. En aquel tiempo, todos los médicos tenían uno -suspiró
Kane-. Daría cualquier cosa por saber dónde ha ido a parar. Podría contener la
respuesta a todas nuestras preguntas.
-¿Después de tantos años? Yo
diría que no es muy probable. -Woods miró a su alrededcr- ¿No encontraste nada
más?
-No, nada más. Como tú dices
muy bien, ha pasado mucho tiempo desde que el Destripador estuvo aquí.
-Yo no he dicho eso -dijo
Woods, sacudiendo la cabeza-. Es posible que tengas razón en lo del escritorio.
y no dudo de que el Registro Médico te haya proporcionado una dirección
correcta. Pero eso sólo significa que esta habitación fue alquilada en algún
tiempo por un tal doctor John Ridley. Si ya la has inspeccionado antes, ¿por
qué te has molestado en volver?
-Porque ahora tengo esto -Kane
colocó el maletín negro sobre la cama-. Y esto.
Sacó una navaja de bolsillo.
-¿Te propones forzar la
cerradura por fin?
-No tengo más remedio, ante la
imposibilidad de obtener una llave. -Kane metió la hoja por debajo del cierre
metálico, y comenzó a aplicar fuerza hacia arriba-. Es muy importante que
abramos este maletín aquí. Su contenido puede estar relaciónado con esta
habitación. Si llegamos a establecer esa relación, podría ser una prueba más,
un eslabón que demostrara...
El cierre emitió un chasquido.
Cuando el maletín se abrió de
golpe, los dos hombres se quedaron contemplando su contenido: un revoltijo de
frascos y cajas de píldoras, un anticuado estetoscopio, cánulas y pinzas, un
rollo de gasas. Y encima de todo, el bisturí acerado, cubierto de unas resecas
motas de un color amarronado.
Todavía lo estaban
contemplando cuando la puerta se abrió silenciosamente a sus espaldas, y el
hombrecillo calvo de la tienda penetró en la habitación.
-Veo que no me he equivocado,
caballeros. Ustedes también deben haber mirado en el Registro Médico. -Asintió
con la cabeza-. Tenía la esperanza de encontrarles aquí.
-¿Qué quiere? -preguntó Kane,
frunciendo el ceño.
-Me temo que tengo que
pedirles que me devuelvan mi maletín.
-Ahora es mío... Se lo he
comprado.
El hombrecillo suspiró.
-Sí, y fui un tonto al
permitirlo. Creí que con aquel precio le disuadiría de hacerlo. ¿Cómo iba a
adivinar que es usted un coleccionista, como yo?
-¿Coleccionista?
-De curiosidades relacionadas
con crímenes -El hombrecillo sonrió-. Es una lástima que no puedan ver algunas
de las piezas que he adquirido. No cosas vulgares, como esas que se encuentran
en el llamado Museo Negro de Scotland Yard, sino verdaderos ejemplares raros,
con una importancia histórica. -Hizo un gesto-. El cuenco de plata en el que la
notable bruja francesa La Voisin guardaba sus ungüentos venenosos; los
auténticos puñales que acabaron con los infortunados sobrinos de Ricardo III en
la Torre... Sí, incluso el atizador causante de la atroz muerte de Eduardo II
en Berkeley Castle, la noche del veintiuno de septiembre de 1327. Tuve bastante
trabajo para localizarlo, hasta que me di cuenta de que la fecha había sido
calculada siguiendo el antiguo calendario juliano.
Kane frunció el ceño con
impaciencia.
-¿Quién es usted? ¿Qué ha
pasado con su tienda?
-Mi nombre no le diría nada.
En cuanto a la tienda, digamos que existe espacial y temporalmente, como yo...
cuando y donde resulta conveniente para mis propósitos. Para que pueda
comprenderlo, desde su punto de vista común y limitado, digamos que se trata de
una especie de máquina del tiempo.
Woods sacudió la cabeza.
-Todo esto no tiene sentido.
-¡Claro que lo tiene! Yo me
precio de mi buen sentido. ¿Cómo creen que hubiese podido obtener las cosas que
me interesan, a menos de disponer de la libertad de moverme con el tiempo? Me
causa un placer particular regresar a determinados momentos de ese primitivo
pasado suyo, visitar los lugares donde se cometieron crímenes famosos e
infamantes, y obtener nuevas piezas para mi colección.
»Esa tienda, naturalmente, no
es más que una excusa de la que me valí para esta misión concreta. Ahora ya ha
desaparecido, y yo también me iré. tan pronto como recobre lo que es mío. Es un
recuerdo de uno de los crímenes menos corrientes que se han cometido.
-¿Lo ves? -le dijo Kane a Woods-
¡Te dije que este maletín había pertenecido al Destripador!
-No exactamente -contradijo el
hombrecillo-. El arma que empleaba el Destripador ya está en mi poder. La
conseguí inmediatamente después de la muerte de su última víctima, el 9 de
noviembre de 1888. Y puedo asegurarle que ese doctor Ridley no era el
Destripador, sino pura y simplemente un cirujano excéntrico...
Mientras hablaba, se iba
acercando a la cama.
-¡No lo toque!
Kane se movió rápidamente para
cortarle el paso, pero el hombrecillo ya estaba a punto de coger el maletín.
-¡Suéltelo! -gritó Kane.
El hombrecillo intentó
escapar, pero Kane metió rápidamente la mano en el interior del maletín, y la
sacó empuñando el bisturí.
El hombrecillo pegó un tirón
del maletín, y agarrándolo fuertemente empezó a retroceder hacia la puerta,
pero Kane se precipitó furiosamente sobre él.
-¡Alto! -gritó Woods.
Saltó hacia delante, y se
colocó entre los dos hombres, precisamente en la trayectoria de la hoja del
bisturí, que bajaba ya.
Se oyó un gorgoteo, un ruido
sordo, y cayó al suelo.
El escalpelo se desprendió de
entre los dedos inertes de Kane, y fue a parar junto a la alfombra, en la que
se iba formando una gran mancha roja.
El hombrecillo se inclinó y
recogió el bisturí.
-Gracias -dijo en tono bajo-.
Ya me ha dado lo que venia a buscar.
Metió el arma dentro del
maletín, y luego pareció empezar a desprenderse un extraño resplandor.
Para desaparecer a
continuación.
Pero el cuerpo de Woods no
desapareció. Kane se le quedó contemplando... Tenía la garganta abierta de
oreja a oreja.
Todavía seguía mirándole
cuando llegaron y se lo llevaron.
Como es natural, el juicio
constituyó toda una sensación. No tanto por la insensata historia que contaba
Kane, como por el hecho de que fuera imposible encontrar el arma homicida.
Fue un crimen muy poco
corriente...
Un crimen fuera de lo
corriente.
Robert Bloch
A Most Unusual Murder. Traducción: Aurora Rodríguez
Ellery Queen's magazine de
misterio 9
Ediciones Aura, 1977
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