* * * * * *
Edición: 1972, Nova Dell (Editorial Novaro) Recopilación
“Cuentos Macabros”
Traducción: Agustín Contin
Edición digital: Centurión, 2004
* * * * * *
EL LETRERO cubierto de huellas de moscas, en la vitrina,
decía: The Bright Spot Restaurant.
El
letrero, un poco más arriba, ordenaba: Coman.
El
hombre no tenía hambre y el lugar no parecía ser especialmente atractivo
tampoco; pero, de todos modos, entró.
Era una
simple fonda, con una sola hilera de mesas y asientos de respaldo duro, a lo
largo de una de las paredes. Media docena de clientes estaban trepados en los
altos taburetes, acodados en el mostrador, cerca de la puerta. Pasó junto a
ellos y se dejó caer en un taburete, al extremo más apartado.
Permaneció
allí, inmóvil, observando a las tres camareras. Ninguna de ellas parecía estar
observándolo; pero tenía que aprovechar cualquier oportunidad. Esperó, hasta
que una de las mujeres se le acercó.
—¿En
qué puedo servirle, señor?
—Déme
una Coca, por favor.
La
mujer le llevó el refresco solicitado y colocó un vaso frente al hombre, sobre
la mesa. El recién llegado fingió estar examinando la carta del menú y habló,
sin mirar a la mujer:
—Dígame,
¿trabaja aquí una tal Helen Krauss?
—Yo soy
Helen Krauss.
El
hombre levantó la mirada. ¿Qué clase de cambio era aquel? Recordaba el modo en
que Mike acostumbraba hablar de ella, noche tras noche.
—Es una
rubia alta, pero bien rellena. Se parece mucho a la dama que interpreta a esa
rubia tonta de la televisión; ¿cómo se llama?; ya sabes de cuál hablo. Pero no
es idiota, no Helen. Además, cuando se trata del amor...
Después
de eso, sus descripciones se hacían anatómicamente intrincadas; pero habla
archivado cuidadosamente en su memoria todos los detalles.
Examinó
esos archivos; pero nada de lo que había en ellos correspondía a lo que estaba
viendo ante él.
Aquella
mujer era alta; pero ahí concluía todo el parecido. Debía pesar no menos de
ochenta kilogramos, y su cabello era de color castaño sucio y estaba bastante
mal peinado. Llevaba también lentes. Desde detrás de los gruesos cristales, los
ojos azules y borrosos de la dama lo miraban en forma poco inteligente.
La
camarera debía haberse dado cuenta de que la estaba examinando detenidamente y
el hombre comprendió que tendría que hablar con rapidez.
—Estoy
buscando a una Helen Krauss que solía vivir en Norton Center. Estaba casada con
un hombre llamado Mike.
Los
ojos borrosos parpadearon.
—Soy
yo. ¿A dónde quiere ir a parar con todo esto?
—Tengo
un mensaje de su esposo para usted.
—¿De
Mike? Pero... si está muerto...
—Ya lo
sé. Estaba con él cuando murió. Por lo menos, inmediatamente antes. Soy Rusty
Connors. Fuimos compañeros de celda durante dos años.
La
expresión del rostro de la mujer no cambió, pero su voz disminuyó de volumen,
hasta convertirse en un susurro.
—¿Cuál
es el mensaje?
Miró en
torno suyo.
—No
puedo hablar aquí. ¿A qué hora sale de trabajar?
—A las
siete y medía.
—Muy
bien. ¿La espero afuera?
La
mujer dudó.
—Que
sea en la esquina, al otro lado de la calle. Hay un parque, ¿lo conoce?
El
hombre asintió, se levantó y salió del establecimiento, sin mirar atrás.
No era
lo que había esperado..., no después de lo que Mike le había dicho sobre su
esposa. Al adquirir su boleto para trasladarse a Hainesville, había tenido
otras ideas. Hubiera sido agradable hallar a la rubia atractiva y ardiente que
era la viuda de Mike y, quizá, poder combinar los negocios con el placer.
Incluso había pensado que los dos juntos podrían dominar la ciudad, si es que
era la mitad de atractiva que lo que le había dicho Mike. Pero todas esas ideas
quedaban excluidas. No deseaba mezclarse con aquella mujer gorda, grasienta y
estúpida, de ojos inexpresivos.
Rusty
se preguntó cómo era posible que Mike hubiera podido estarle contando tantas
mentiras a ese respecto durante dos años enteros..., y de pronto lo comprendió.
Dos años seguidos, esa era la respuesta, dos años en una celda desnuda, sin una
mujer. Quizá había resultado que, al cabo de cierto tiempo, Mike creía ya en su
propio relato, que Helen Krauss había llegado a ser hermosa para él. Era
posible que Mike hubiera perdido un poco el buen juicio, antes de morir,
imaginándose toda clase de cosas raras.
Rusty
esperaba tan sólo que hubiera estado diciendo la verdad respecto a una sola
cosa. Era mejor que así fuera, ya que lo que Mike le había dicho en la celda
era lo que le había hecho ir a aquella ciudad. Era eso lo que lo había hecho
reflexionar y acudir junto a la mujer de Mike.
Esperaba
que su compañero de prisión le estuviera diciendo la verdad al mencionar los
cincuenta y seis mil dólares que había mantenido ocultos.
La
mujer se reunió con él en el parque, que estaba sumido en la oscuridad. Eso era
muy apropiado, ya que así nadie podría verlos juntos. Además, no podría; verle
el rostro, ni ella el suyo, de modo que le resultaría mucho más fácil decirle
lo que tenía que decirle.
Se
sentaron en un banco, tras el quiosco de la música, y Rusty encendió un
cigarrillo. Luego, recordó que era muy importante que se mostrara agradable con
ella y le ofreció la cajetilla abierta.
La
mujer movió la cabeza.
—No,
gracias... No fumo.
—Es
cierto. Mike me lo dijo —hizo una pausa—. Me dijo muchas cosas sobre usted,
Helen.
—También
me escribió sobre usted. Me decía que era usted el mejor amigo que había tenido
en toda su vida.
—Me agrada
saberlo. Mike era alguien a quien yo apreciaba de veras. No conocí a nadie
mejor que él. No debía estar en un sucio agujero como la prisión.
—Decía
lo mismo sobre usted.
—Supongo
que los dos tuvimos mala suerte. En lo que a mí concierne, era todavía un niño
que carecía de experiencia. Cuando fui licenciado del servicio militar estuve
dando vueltas, hasta que se me acabó el dinero y, entonces, acepté trabajar con
un apostador ilegal. Nunca llevé a cabo un trabajo de pistolero, en mi vida,
hasta la noche en la que las oficinas sufrieron un asalto por parte de la
policía.
“El
jefe me entregó su maletín, lleno de dinero, y me indicó que saliera por la
puerta de atrás. Allí había un policía, que se me acercó, apuntándome con una
pistola. Por consiguiente, le golpeé en la cabeza con el maletín. Era
simplemente un acto reflejo..., ni siquiera deseaba causarle daño; sólo quería
poder huir. No obstante, el polizonte tuvo una fractura de cráneo y falleció.”
—Mike
me escribió a ese respecto. Tuvo usted muy mala suerte.
—También
su esposo, Helen —Rusty utilizaba el nombre de pila de la mujer
deliberadamente, e hizo que su voz se dulcificara.
Eso era
parte de la puesta en escena.
—Como
le decía, no podía comprender de ninguna manera lo que le había sucedido. Un
tipo honrado como él golpeando a su mejor amigo para quitarle el dinero de la
nómina. Y él solo, además. Luego, deshaciéndose del cadáver, de tal modo que
nunca pudieran encontrarlo. No hallaron nunca el cuerpo de Pete Taylor,
¿verdad?
—¡Por
favor! ¡Ya no quiero volver a hablar de eso!
—Comprendo
cómo se siente.
Rusty
tomó la mano de la mujer, que era fofa y sudorosa, y permaneció en la mano de
él como un pedazo de carne caliente. Pero Helen no la retiró y el hombre siguió
hablando.
—Lo
acusaron simplemente con pruebas circunstanciales, ¿no es así?
—Alguien
vio a Mike recoger a Pete aquella tarde —dijo Helen—. Había perdido en alguna
parte las llaves del automóvil, y supongo que pensó que sería muy conveniente
que Mike lo llevara hasta la fábrica, con el dinero de la nómina. Eso era todo
lo que necesitaba la policía. Lo atraparon antes de que pudiera quitarse las
manchas de sangre. Por supuesto, no tenía coartada. Juré que había estado en
casa, conmigo, toda la tarde; pero no quisieron aceptarlo. Por consiguiente, le
dieron diez años de prisión.
—Cumplió
dos y murió —dijo Rusty—, pero nunca dijo cómo se había deshecho del cadáver,
ni donde escondió el dinero.
Vio que
la mujer asentía, a pesar de la oscuridad reinante.
—Es
cierto. Supongo que debieron atormentarlo de manera terrible; pero nunca les
dijo nada.
Rusty
guardó silencia durante unos instantes. Luego, le dio una fumada a su
cigarrillo y dijo:
—¿Se lo
confesó alguna vez a usted?
Helen
Krauss produjo un sonido extraño con la garganta.
—¿Qué
está pensando? Huí de Norton Center porque no podía soportar el modo en que la
gente seguía hablando de todo el caso. Fue entonces cuando vine a Hainesville.
Durante dos años he trabajado en ese odioso restaurante. ¿Le hace pensar eso
que pudo haberme dicho algo?
El
hombre tiró la colilla de su cigarrillo a la vereda, y vio que la brasa roja
parecía parpadear. La miró, mientras hablaba.
—¿Qué
haría usted si encontrara ese dinero, Helen? ¿Se lo devolvería a los policías?
La
mujer volvió a hacer el mismo ruido con la garganta.
—¿Para
qué? ¿Para decirles: “muchas gracias por llevarse a Mike y matarlo”? Eso fue lo
que hicieron, matarlo. Me dijeron que, había sido neumonía… ¡Ya conozco su
neumonía! Lo dejaron pudrirse en esa celda, ¿no es así?
—El
carcelero dijo que era sólo la gripe. Hice un escándalo tan grande que lo
llevaron finalmente a la enfermería.
—Bueno.
Yo digo que lo mataron y que pagó por ese dinero con su vida. Soy su viuda...,
de modo que me pertenece.
—Es
nuestro —le dijo Rusty.
Los
dedos de la mujer se agitaron y sus uñas se apoyaron en la palma de la mano del
hombre.
—¿Le
dijo dónde está escondido? ¿Es eso lo que quiere usted decirme?
—Sólo
me dio ciertas indicaciones. Antes de que se lo llevaran. Se estaba muriendo y
no podía decir gran cosa. Pero oí lo bastante como para poder hacerme una idea
bastante buena de lo que quería decirme. Supuse que al venir hasta aquí y
hablar con usted, podríamos atar cabos y encontrar el dinero. Cincuenta y seis
mil dólares dijo que había... Aunque lo dividamos entre los dos, es de todos
modos una buena cantidad de dinero.
—¿Por
qué me está incluyendo en el asunto, si sabe dónde está el dinero?
La voz
de Helen tenía un acento de suspicacia, de sospecha. El hombre lo comprendió y
se dedicó a calmarla.
—Porque,
como le he dicho, no me dijo lo bastante. Tendremos que averiguar lo que
significa y, luego, dedicarnos a la búsqueda. Soy forastero por estos
contornos, y la gente podría sospechar si me viera dar vueltas por todos lados.
Pero si usted me ayuda, quizá no tendría ninguna necesidad de dar vueltas.
Quizá pudiéramos ir en línea recta hasta donde se encuentra el dinero.
—Un
acuerdo de negocios, ¿no es así?
—No del
todo, Helen. Ya sabe cuáles eran las relaciones entre Mike y yo. Hablaba de
usted siempre. Al cabo de cierto tiempo, tenía ya una sensación extraña, como
de conocerla... tan bien como el mismo Mike. Poco a poco, comencé a desear
conocerla mejor.
Mantuvo
el volumen de voz en un susurro y sintió las uñas de la mujer contra la palma
de su mano. Repentinamente, la mano de Rusty le devolvió la presión a la de su
acompañante, y su voz se hizo excitada.
—Helen,
quizá estoy un poco tocado; pero estuve más de dos años en ese agujero. Dos
años sin una mujer. ¿Comprende lo que significa eso para un hombre?
—Yo
también lo he soportado durante más de dos años.
La
rodeó entre sus brazos y se esforzó en que sus labios ascendieran hasta los de
ella. No necesitó esforzarse mucho.
—¿Tiene
una habitación? —inquirió Rusty.
—Sí,
Rusty..., tengo una habitación.
Se levantaron
enlazados. Antes de alejarse, el hombre le echó una ojeada a la brasa roja de
la colilla de su cigarrillo, y la aplastó con el tacón.
II
Otra
brasa roja brillaba en la habitación, y Rusty mantuvo el cigarrillo en la mano,
hacia un lado, con el fin de que el resplandor permaneciera invisible. No
quería que la mujer viera el desagrado reflejado en su rostro.
Era
posible que Helen se hubiera dormido ya. Esperaba que así fuera, ya que, en ese
caso, tendría tiempo para pensar.
Hasta
entonces, todo había salido bien. Aquella vez todo tendría que funcionar bien,
puesto que, hasta entonces, siempre había habido fallas y golpes de mala
suerte.
El
tomar el maletín lleno de dinero le había parecido una buena idea, hacía
tiempo, cuando la policía había irrumpido en la oficina de apuestas ilegales en
que había estado empleado. Creyó poder escurrirse por la puerta de atrás, antes
de que alguien pudiera notar su desaparición, en medio de la enorme confusión.
Pero se había engañado por completo y aterrizó en la cárcel.
El
hacerse amigo del tal Mike había sido otra buena idea. No pasó mucho tiempo
antes de que lo supiera todo respecto al asunto del dinero de la nómina... todo,
excepto dónde había escondido Mike el botín. El tipo aquel no hubiera
dicho nunca nada a ese respecto.
Fue
sólo cuando se enfermó que Rusty pudo ocuparse de él, sin que hubiera alguna
otra persona que pudiera darse cuenta de lo que ocurría. Se había asegurado de
que su compañero de celda estuviera verdaderamente enfermo, antes de ejercer una
verdadera presión sobre él.
Ni
siquiera entonces había consentido en hablar aquel piojoso... Rusty debería
haberlo medio matado, allí mismo, en la celda. Quizá se le había pasado un poco
la mano, ya que sólo pudo sacarle una frase, antes de que se presentaran los
celadores.
Entonces,
durante cierto tiempo, se preguntó si lo que había hecho podría tener
repercusiones para él. Si Mike se hubiera salvado, es seguro que hubiera
hablado al respecto. Pero no había logrado salir con bien..., muriendo en la
enfermería antes de la mañana, y dijeron que era a causa de una neumonía.
Por
consiguiente, Rusty estaba a salvo..., y podía hacer planes.
Hasta
ese momento, sus planes estaban saliendo a pedir de boca. Nunca había
solicitado la libertad provisional, considerando más conveniente cumplir los
seis meses que le quedaban, con el fin de salir completamente libre, sin que
hubiera nadie que le siguiera los pasos. Cuando lo soltaron, tomó el primer
autobús hacia Hainesville. Sabía a dónde dirigirse, ya que Mike le había
confiado que Helen trabajaba en un restaurante.
No la
había engañado respecto a lo mucho que la necesitaba en el negocio. Era cierto
que le seria útil. Necesitaba que lo ayudara, que diera la cara por él, con el
fin de que no tuviera que andar buscando por su propia cuenta, despertando
curiosidad, cuando les hiciera ciertas preguntas a desconocidos. Eso estaba
suficientemente claro.
Sin
embargo, durante todo aquel tiempo, basándose en lo que le había contado Mike,
había esperado que Helen fuera una verdadera muñeca, una de esas vampiresas
sobre las que escriben en las novelas de suspenso. Se había aferrado a la idea
de hallar el dinero y huir con ella, con el fin de tener una buena época en su
vida.
Sin
embargo, aquella parte de sus proyectos quedaba totalmente excluida.
Hizo
una mueca en la oscuridad al recordar el cuerpo grasiento de la mujer, sus
siseos, jadeos y gritos... No, no podría soportarlo mucho más. Pero tenía que
seguir adelante con ello, porque era parte del plan. La necesitaba a su lado y
aquella era la mejor manera de mantenerla bien sujeta.
Había
llegado el momento de tomar una decisión respecto a sus próximos movimientos.
Si hallaran el botín; ¿cómo podría estar seguro de ella, una vez que hubieran
efectuado la repartición? No deseaba seguir atado a aquella bazofia de hembra,
y tenía que haber alguna forma de…
—Querido,
¿estás despierto?
¡La voz
de Helen! ¡Y le llamaba “querido”! Se estremeció y logró controlarse con un
poderoso esfuerzo.
—Sí.
Alargó
la mano y apagó la colilla de su cigarrillo en su cenicero.
—¿Tienes
ganas de hablar ahora?
—Por
supuesto.
—Estaba
pensando que quizá sería mejor que hiciéramos planes.
—Eso es
lo que me gusta, una mujer práctica —dijo, esforzándose en que el tono de su
voz fuera festivo—. Tienes razón, preciosa. Cuanto antes nos pongamos a
trabajar, mejor —se puso en posición, sentado, y se volvió hacia su compañera
de cama—. Comencemos desde el principio, con lo que me dijo Mike, antes de
morir. Dijo que no habían encontrado el dinero, que nunca podrían hacerlo...,
porque Pete lo tenía aún.
Durante
un momento, Helen Krauss guardó silencio, luego dijo:
—¿Eso
es todo?
—¿Todo?
¿Qué otra cosa quieres? Está claro como la punta de tu nariz, ¿no te parece? El
dinero está oculto junto al cadáver de Pete.
Sintió
el aliento de Helen sobre su hombro.
—No te
preocupes por la punta de mi nariz —dijo la mujer—. Ya sé dónde se encuentra.
Sin embargo, durante dos años, todos los policías del condado han sido
incapaces de hallar el cuerpo de Pete —Helen suspiró—. Creí que tenías
verdaderamente alguna información valiosa; pero creo que me equivoqué. Debí
suponérmelo.
Rusty
la tomó por los hombros.
—¡No
digas eso! Tenemos la respuesta que necesitamos. Lo único que nos queda
por hacer es imaginarnos dónde debemos buscar.
—¡Claro!
¡Es muy sencillo!
El tono
de voz de la mujer denunciaba su sarcasmo.
—Ahora,
recuerda. ¿Dónde buscaron los policías?
—Buscaron
en nuestra casa, por supuesto. Vivíamos en una casa alquilada, pero eso no los
detuvo. Destrozaron todo el edificio, incluyendo los sótanos. No encontraron ni
un centavo.
—¿En
qué otros lugares buscaron?
—El
comisario del condado tuvo ocupados a sus hombres durante todo un mes, buscando
por los bosques en torno a Norton Center. Rebuscaron en todas las cabañas y
granjas abandonadas en la zona, y en todos los lugares similares. Incluso
dragaron el lago. Pete Taylor era soltero..., tenía una pequeña vivienda en la
ciudad y otra cerca del lago. Destrozaron ambas. No hallaron nada en absoluto.
Rusty
guardó silencio.
—¿Cuánto
tiempo tardó Mike en recoger a Pete y regresar a casa otra vez?
—Cerca
de tres horas.
—¡Diablos!
En ese caso, pudo ir muy lejos. ¿No es así? El cuerpo debe estar oculto cerca
de la ciudad.
—Eso es
precisamente lo que suponía la policía. Te aseguro que hicieron un buen
trabajo. Excavaron las zanjas, limpiaron los desagües, etc., No encontraron
nada.
—Bueno,
debe haber una solución en alguna parte. Veamos las cosas desde otro ángulo.
Pete Taylor y tu marido eran amigos, ¿no es cierto?
—Sí.
Desde que nos casamos, Mike estaba muy entusiasmado con él. Se entendían
sumamente bien.
—¿Qué
solían hacer? Quiero decir, ¿solían beber, jugar a las cartas, o qué?
—Mike
no acostumbraba beber mucho. Principalmente, se dedicaban a cazar y pescar.
Como ya te dije, Pete Taylor tenía una cabaña cerca del lago.
—¿Está
cerca dé Norton Center?
—A unos
cinco kilómetros de distancia de la ciudad —Helen parecía estar bastante impaciente—.
Ya sé en qué estás pensando; pero no es una buena idea. Ya te he dicho que
dragaron todo el lago y rebuscaron por todas partes en torno a la cabaña.
Incluso levantaron las tablas de los suelos y todo lo demás.
—¿No
hay cobertizos o lugares en donde se guardan los botes o los accesorios de
pesca?
—Pete
Taylor no tenía más que la cabaña en su propiedad. Cuando mi marido y él salían
a pescar tomaban prestada una barca de los vecinos más cercanos, a la orilla
del lago —volvió a suspirar—. No creas que no he tratado de imaginármelo.
Durante dos años he estado reflexionando en todo el caso, y te aseguro que no
existe ninguna salida posible.
Rusty
rebuscó otro cigarrillo y lo encendió.
—Por
cincuenta y seis mil dólares, debe haber alguna solución —opinó—. ¿Qué sucedió
el día que murió Pete Taylor? Es posible que haya algo que hayas olvidado a ese
respecto.
—En
realidad, no sé qué fue lo que ocurrió. Estaba en casa y Mike tenía el día
libre, de modo que se fue al centro de la ciudad a dar un paseo.
—¿Dijo
algo antes de irse? ¿Estaba nervioso? ¿Se comportó de manera extraña?
—No...,
no creo que hubiera planeado nada, si es eso lo que estás tratando de
averiguar. Creo que fue algo repentino..., se encontró de improviso en el
automóvil con Pete Taylor y todo ese dinero, y se decidió a hacerlo.
“Bueno,
ellos pensaron que había sido planeado todo al avance. Dijeron que Mike sabía
que era el día de pago de la nómina y que Pete iba siempre al banco con el
cheque y sacaba el dinero en efectivo. El viejo Huggins, de la fábrica, era un
tipo recto y siempre le gustaba pagar en efectivo. De todos modos, vieron a
Pete entrar al banco, y Mike debía estar esperándolo en el estacionamiento,
situado en la parte posterior del edificio.
»Creen
que se deslizó hasta el automóvil de Pete y le robó las llaves, de modo que,
cuando salió con el guardia, no pudo poner en marcha el automóvil.
»Mike
esperó hasta que el guardia se fue; luego, avanzó y vio a Pete, como si se
hubiera encontrado allí por casualidad, y preguntó qué era lo que pasaba.
»Debió
suceder algo semejante, ya que el empleado del estacionamiento dijo que
hablaron y que, luego, Pete se subió al automóvil de Mike y se fueron juntos.
Eso es
todo lo que saben al respecto. Hasta que Mike regresó solo a casa, casi tres
horas más tarde.”
Rusty
asintió.
—Regresó
a casa solo en el automóvil. ¿Qué fue lo que te dijo?
—No
gran cosa. Supongo que no tenía tiempo para hacerlo, ya que el coche patrulla
se detuvo junto a la puerta de entrada aproximadamente dos minutos después de
su llegada.
—¿Con
tanta rapidez? ¿Quién los informó?
—Bueno,
naturalmente, los de la fábrica se preocuparon al no ver aparecer a Pete con el
dinero de los salarios. Por consiguiente, el viejo Huggins llamó al banco,
donde verificaron con el cajero y el guardia, y alguien salió a hacer preguntas
en el estacionamiento. El empleado les explicó que Pete se había ido en el
automóvil de Mike. Por consiguiente, fueron a nuestra casa a buscarlo.
—¿Ofreció
alguna resistencia?
—No.
Nunca se molestó siquiera en pronunciar una sola palabra. Simplemente, se lo
llevaron. Estaba en el lavabo, lavándose.
—¿Estaba
muy sucio? —inquirió Rusty.
—Sólo—
tenía sucias las manos, eso es todo. Nunca descubrieron nada que pudieran
verificar en sus laboratorios o como se llamen. Creo que tenía los zapatos
lodosos. Hubo un gran escándalo porque faltaba su pistola. Esa fue la peor
parte de todas, el hecho de que se llevara la pistola consigo. Por supuesto,
nunca la encontraron, pero sabían que tenía una, y había desaparecido. Les dijo
que la había perdido varios meses antes, pero no le creyeron.
—¿Y tú?
—No lo
sé.
—¿Alguna
otra cosa?
—Bueno,
tenía la mano cortada. Sangraba un poco cuando llegó a casa. Lo noté y le hice
preguntas al respecto. Estaba a mitad de camino hacia el piso superior y dijo
algo sobre ratas. Más tarde, en el tribunal, les dijo a los jueces que se había
lastimado la mano con los cristales de la ventanilla, por lo que había sangre
en el automóvil. Una de las ventanillas del vehículo estaba rota. Pero
analizaron la sangre y vieron que no era de su tipo. Coincidía con el tipo de
sangre de Pete Taylor que figuraba en los registros.
Rusty
le dio una profunda chupada a su cigarrillo.
—Pero
eso no fue lo que te dijo a ti al llegar a casa, sino que te dijo que una rata
lo había mordido.
—No...
Simplemente dijo algo sobre las ratas, no pude entenderle qué. En el tribunal,
el doctor prestó testimonio de que había subido al primer piso y se había cortado
la mano con una navaja de afeitar. Hallaron su navaja de afeitar en el gabinete
del baño, y tenía la hoja ensangrentada.
—Espera
un minuto —le dijo Rusty, con lentitud—. Comenzó a decirte algo sobre ratas.
Luego, subió al primer piso y se cortó la mano con una navaja de afeitar. Todo
comienza a tener sentido, ¿no lo comprendes? Una rata lo mordió, quizá mientras
se estaba deshaciendo del cadáver, pero si alguien lo hubiera sabido, hubieran
buscado el cuerpo en algún lugar en el que hubiera ratas. Por consiguiente,
cubrió ese rastro, cortándose la mano con la navaja de afeitar.
—Es
posible —apreció Helen Krauss—; pero, ¿a dónde nos conduce eso? ¿Vamos a tener
que buscar en todos los lugares en que haya ratas, de las inmediaciones de
Norton Center?
—Espero
que no —respondió Rusty—. Me horripilan esos horribles bichos. Me dan
escalofríos. Acostumbraba verlos durante el servicio militar..., bichos grandes
y gordos, que se paseaban por los muelles... —produjo un chasquido con los
dedos—. ¡Un momento! Me dijiste que cuando Pete y Mike se iban a pescar tomaban
una barca prestada a sus vecinos, ¿no es así? ¿Dónde guardaban la barca esos
vecinos?
—Tenían
un cobertizo.
—¿Lo
registraron los policías?
—No lo
sé... Supongo que sí.
—Quizá
no lo registraron suficientemente bien. ¿Estaban los vecinos en su propiedad
ese día?
—No,
—¿Estás
segura?
—Ya lo
creo. Era de una pareja de Chicago, de nombre Thomason. Dos semanas antes, del
robo del dinero de la nómina murieron en un accidente de automóvil, cuando
regresaban a su hogar.
—Por
consiguiente, no había nadie en las inmediaciones, y Mike lo sabía, ¿no es así?
—Exactamente
—la voz de Helen sonaba repentinamente seca—. De todos modos, la temporada
estaba ya demasiado avanzada. Más o menos como ahora. El lago estaba desierto.
¿Crees que...?
—¿Quién,
vive actualmente en las cercanías? —inquirió Rusty.
—Por lo
que he sabido, ya no vive allí nadie. No tenían hijos y no fue posible vender
la propiedad. También la cabaña de Pete Taylor se encuentra abandonada, por la
misma razón.
—Eso se
ajusta... a cincuenta y seis mil dólares, si no me equivoco. ¿Cuándo podemos ir
allá?
—Mañana,
si quieres. Es mi día libre. Podemos utilizar mi automóvil. ¡Oh, querido, estoy
tan excitada!
No
tenía necesidad de decírselo para que lo supiera. Podía darse cuenta de ello,
sentirlo en ella, cuando se lanzó a sus brazos. Una vez más, tuvo que forzarse.
Le era preciso pensar en otra cosa, con el fin de no delatar cómo se
encontraba.
Estuvo
pensando en el dinero y en lo que haría después de encontrarlo. Necesitaba
hallar la solución correcta, con rapidez.
Estaba
todavía pensando, cuando la mujer se dejó caer de espaldas y le sorprendió,
inquiriendo:
—¿En
qué piensas?
Rusty
abrió la boca y le dijo la verdad.
—En el
dinero —respondió—. En todo ese dinero. Veintiocho mil dólares para cada uno.
—¿Tenemos
que repartírnoslo, querido?
Vaciló
un poco antes de responder, y luego le dio la contestación apropiada:
—Por
supuesto que no..., no a menos que tú quieras que sea en esa forma.
Y no lo
repartirían. Eran todavía cincuenta y seis mil dólares, que se apropiaría para
él en cuanto los descubrieran.
Lo
único que tenía, que hacer era quitársela del camino.
III
Si
Rusty tenía algunas dudas respecto a poder salir adelante con aquel asunto, se
desvanecieron al día siguiente. Pasó la mañana y la tarde con ella, en su
habitación, porque tenía que hacerlo. No tenía sentido permitir que los vieran
juntos en la ciudad o en alguna parte, cerca del lago.
Por
consiguiente se esforzó en satisfacerla, y sólo había una forma de hacerlo. De
todos modos, para cuando comenzó a oscurecer, tenía ya ganas de matarla, con o
sin dinero, tan sólo para quedar libre de su cuerpo grasiento y apestoso.
¿Cómo
pudo Mike decir alguna vez que era atractiva? No podía comprenderlo, del mismo
modo que no entendía lo que había pensado aquel tipo tranquilo cuando decidió
liquidar a su mejor amigo, para quedarse con el dinero de la nómina.
Pero
eso ya no tenía importancia..., lo único que le interesaba era encontrar la
cajita metálica negra.
Hacia
las cuatro de la tarde, se deslizó por las escaleras y le dio la vuelta a la
esquina. A los diez minutos, Helen lo recogió en su automóvil.
Tenían
una hora completa de recorrido hasta llegar al lago. La mujer dio un rodeo en
torno a Norton Center y se acercaron a la orilla del lago por una vereda de
grava. Rusty hubiera querido, que apagara los faros del automóvil, pero la
mujer le dijo que no había ninguna necesidad de hacerlo, ya que, de todos
modos, no había nadie en las inmediaciones. Cuando pudieron echarle una ojeada
a las orillas Rusty comprendió que su acompañante le estaba diciendo la
verdad...; el lago estaba oscuro, desierto, aquella noche de primeros del mes
de noviembre.
Se
detuvieron detrás de la cabaña de Pete Taylor. Al verla, Rusty comprendió inmediatamente
que era imposible que el cadáver estuviera oculto en ella. La construcción no
hubiera podido ocultar durante mucho tiempo ni siquiera a una masca muerta.
Helen sacó del automóvil una lámpara de bolsillo.
—Supongo
que querrás ir directamente al cobertizo donde guardaban las barcas —dijo—. Es
por aquí, a la izquierda. Ten cuidado..., el camino está muy resbaladizo.
Era muy
arriesgado ir por allí en medio de la oscuridad. Rusty la siguió, preguntándose
si sería el momento apropiado para deshacerse de su acompañante. Podía tomar
una piedra y aplastarle la cabeza, mientras le daba la espalda.
Decidió
que era mejor esperar. Primeramente, debería ver si estaba allí el dinero
todavía, y encontrar un buen lugar para abandonar el cadáver de la mujer. Debía
haber un buen escondite... que había encontrado Mike.
El
cobertizo se levantaba detrás de un pequeño embarcadero, que se internaba en el
lago. Rusty probó la puerta y vio que estaba cerrada con candado.
—Échate
hacia atrás —dijo.
Tomó a
continuación una piedra de la orilla del lago. El candado estaba viejo y
oxidado por la falta de uso. Se rompió con facilidad y cayó al suelo.
Le
quitó a Helen la lámpara de bolsillo, abrió la puerta y miró al interior. El
rayo de luz iluminó el cobertizo, atravesando la oscuridad. Pero la oscuridad
no era completa. Rusty pudo ver el resplandor de un centenar de brasas de
colillas de cigarrillos, que lo miraban, como ojos.
Entonces,
comprendió que eran ojos.
—Ratas —dijo—.
Ven, no tengas miedo. Parece que teníamos razón en nuestras suposiciones.
Helen
se desplazó a sus espaldas, sin dar muestras de temor. Pero Rusty había dicho
aquello en realidad para si mismo. No le gustaban las ratas. Se vio muy
contento cuando los roedores se dispersaron y desaparecieron ante el rayo de
luz de la lámpara. El ruido de pasos hizo que se lanzaran hacia los rincones,
hacia las entradas de sus madrigueras, situadas bajo el suelo del cobertizo.
¡El
suelo! Rusty dirigió hacia abajo el rayo de luz. Era de cemento armado, por
supuesto. ¿Y debajo...?
—¡Maldita
sea! —exclamó—. Deben haber estado ya aquí.
Era
cierto, ya que el suelo que había sido de concreto sólido, sólo era un montón
de escombros. Los ayudantes del comisario habían hecho un buen trabajo con sus
picos.
—Ya te
lo había dicho —suspiró Helen Krauss—. Buscaron en todas partes.
Rusty
iluminó todo el local, haciendo describir a la lámpara todo un círculo. No
había ninguna barca, nada almacenado en los rincones. El rayo revelaba paredes
completamente desnudas.
Levantó
la luz hacia el techo plano y sólo obtuvo el reflejo de mica de la cubierta de
papel alquitranado del aislamiento.
—No hay
nada que hacer —dijo Helen—. No podía ser tan sencillo.
—Queda
aún la casa —le dijo su acompañante—. Vamos.
Giró
sobre sus talones y salió del cobertizo, contento de dejar atrás el olor rancio
y fétido de los animales. Luego, dirigió el rayo de luz hacia el tejado.
De
pronto, se detuvo.
—¿No
notas nada? —inquirió.
—¿Qué?
—El
tejado. Está más alto que el techo.
—¿Y
qué?
—Es
posible que haya ahí un espacio libre —comentó.
—Sí,
pero...
—Escucha...
La
mujer guardó silencio..., los dos permanecieron inmóviles y en silencio. En esa
forma, pudieron escuchar el ruido predominante. Al principio se oía como si
fueran gotas de lluvia que resonaran sobre el tejado; pero no estaba lloviendo
y el sonido no procedía del tejado. Era producido inmediatamente debajo..., era
el ruido producido por pies diminutos y ágiles, entre el cielo raso del techo y
el tejado.
Había
allí ratas. ¿Y qué otra cosa?
—Ven —murmuró.
—¿Adónde
vamos?
—A la
casa..., para buscar una escalera de mano.
No
tuvieron que forzar la entrada y eso fue agradable. Había una escalera en la
parte posterior y Rusty la llevó consigo. Helen descubrió una barra de acero.
La
mujer sostuvo la lámpara mientras su acompañante colocaba la escalera de mano
contra la pared y se subía a ella. Con la barra de acero separó el papel
alquitranado del aislamiento, haciéndolo pedazos. Fue fácil desmontarlo,
sacando unos cuantos clavos. Aparentemente, el papel había sido colocado
apresuradamente. Un hombre que sólo tiene unas cuantas horas a su disposición
tiene que trabajar en esa forma.
Debajo
del papel alquitranado, Rusty descubrió vigas de madera. Entonces, la barra de
acero fue verdaderamente útil. Los troncos crujieron con fuerza y se oyeron
otros sonidos, cuando las ratas se deslizaron por las hendiduras, a lo largo de
las paredes. Rusty se vio muy contento de que lo hicieran, ya que, de otro
modo, nunca hubiera tenido valor suficiente para arrastrarse por la abertura,
sobre las vigas, con el fin de echar una ojeada. Helen le tendió la lámpara de
mano y Rusty la utilizó.
No tuvo
necesidad de buscar mucho.
La
cajita metálica negra se encontraba exactamente frente a él. Un poco más lejos
estaba el cuerpo.
Rusty,
comprendió, que era Pete Taylor, debido a que tenía que serlo; pero era
imposible identificarlo. No quedaba ni una tira de la tela de sus ropas y
tampoco piel o carne. Las ratas lo habían limpiado, hasta dejar los puros
huesos, bien pulidos. Todo lo que quedaba era un esqueleto..., un esqueleto y
una caja metálica.
Rusty
se acercó a la caja metálica y la abrió. Entonces vio los billetes, en manojos.
Olió el dinero, incluso por encima del espantoso hedor. Olía bien, a perfume,
estofados de carne y el aroma a cuero de los asientos de un automóvil nuevo.
—¿Encontraste
algo? —le preguntó Helen.
Su voz
temblaba un poco.
—Sí —respondió,
y su voz temblaba también un poco—. Lo tengo. Sostén la escalera. Voy a bajar.
Estaba
descendiendo ya y eso significaba que ya era tiempo…, tiempo de actuar. Le
tendió la lámpara y la barra de acero, pero mantuvo los dedos sobre el asa de
la cajita metálica negra. Deseaba llevarla él mismo. Luego, cuando la colocara
en el, suelo y la mujer se inclinara, a mirarla, podría tomar un pedazo de los
escombros de cemento y darle un buen, golpe.
Iba a
ser fácil. Ya lo había imaginado todo al avance..., todo, excepto el hecho de
tenderle a ella la barra de acero.
Eso fue
lo que utilizó Helen para golpearlo, cuando llegó a la parte baja de la
escalera…
Debió
permanecer sin conocimiento durante diez minutos, por lo menos. De todos modos,
había sido lo suficiente para que la mujer hallara la cuerda en alguna parte.
Quizá la tenía en el automóvil. Fuera donde fuera que la había encontrado, lo
cierto era que sabía usarla. Le dolían las muñecas y los tobillos casi tanto
como la parte posterior del cráneo, donde la sangre comenzaba a coagulársele.
Abrió
la boca y descubrió que no le serviría de nada, ya que Helen lo había
amordazado a conciencia, con un pañuelo. Lo único que podía hacer era
permanecer tendido sobre los escombros, en el suelo del cobertizo, viendo como
la mujer se apoderaba de la cajita metálica.
Helen
la abrió y soltó una carcajada.
La lámpara
estaba tirada en el suelo. En su rayo, Rusty pudo ver el rostro de la mujer con
mucha claridad. Se había quitado los lentes, que estaban tirados en el suelo,
rotos.
La dama
vio qué era lo que estaba mirando y volvió a reírse.
—Ya no
necesito esos lentes —le explicó—. Nunca los necesité. Era parte del acto, como
el dejar que se me pusiera el cabello negro y engordar tanto. Hace ya dos años
que he estado representando a la mujer estúpida y rechoncha, con el fin de que
nadie se fijara en mí. Ahora, cuando abandone la ciudad, nadie se preocupará
por mí en absoluto. A veces resulta útil parecer tonta, ¿comprendes?
Rusty
hizo ruidos bajo la mordaza y la mujer pensó que eso también era divertido.
—Supongo
que empiezas ya a darte cuenta de lo ocurrido —le dijo—. Mike no quiso nunca
robar el dinero de la nómina. Pete Taylor y yo le estábamos poniendo los
cuernos desde hacía más de seis meses, y comenzaba a sospecharlo. No sé quién
se lo dijo ni qué fue lo que le dijeron.
“Nunca
me dijo nada antes del suceso, se limitó a ir a la ciudad, con la pistola, para
buscar a Pete Taylor y matarlo. Quizá deseaba matarme también. Lo cierto es
que, en aquellos momentos, no pensaba siquiera en el dinero. Lo único que sabía
era que resultaría fácil encontrar a Pete el día de pago de la nómina.
»Supongo
que le dio un golpe a Pete y lo trajo hasta aquí. Luego, Pete recuperó el
conocimiento antes de morir y le aseguró que era inocente. Al menos, Mike me
explicó todo eso al regresar a casa.
»No
tuve oportunidad para preguntarle a dónde se había llevado el cadáver ni dónde
había escondido el dinero. Lo primero que hice, en cuanto mi marido, llegó a
casa y me dijo lo que había hecho, fue tratar de cubrirme. Le juré que era toda
una sarta de mentiras, que Pete y yo no habíamos hecho nunca nada malo. Le dije
que podíamos tomar el dinero y huir juntos. Lo estaba convenciendo de ello
cuando llegaron los policías.
»Supongo
que me creyó..., porque nunca flaqueó durante el juicio. Pero no volví a tener
la oportunidad de preguntarle dónde había escondido el dinero. No podía
escribirme de la prisión, ya que censuraban toda la correspondencia. Por
consiguiente, lo único que podía hacer era esperar... hasta que Mike regresara
o lo hiciera alguna otra persona. Y fue así como obtuve resultados.”
Rusty
trató de decir algo, pero la mordaza estaba demasiado apretada.
—¿Por
qué te di el golpe? Por la misma razón que me lo ibas a dar tú. No intentes.
negarlo. Eso es lo que pensabas hacer..., ¿no es así? Sé muy bien cómo piensan
los tipos de baja estofa como tú.
Su voz
era suave.
Luego,
le dedicó una sonrisa.
—Comprendo
muy bien cómo se llega a pensar mientras se es prisionero…, porque yo también
estuve presa durante dos años..., prisionera en mi enorme y grasiento cuerpo.
He sudado lo bastante para obtener ese dinero y ahora me voy. Voy a abandonar
la prisión de camarera idiota que me fabriqué. Voy a eliminar veinte
kilogramos, a aclararme de nuevo el cabello y a ser la misma Helen Krauss de
antes..., con cincuenta y seis mil dólares para gozar de la vida.
Rusty
se esforzó una vez más. Todo lo que pudo producir fue un carraspeo.
—No te
preocupes —le dijo la mujer—, no me encontrarán. Y tampoco te hallarán a ti,
durante mucho, mucho tiempo. Voy a poner de nuevo el candado en la puerta,
cuando me vaya. Además, no hay nada que pueda unirnos a ambos. Todo está tan
claro como un silbido.
Se
volvió y, entonces, Rusty dejó de carraspear. Se lanzó hacia adelante y la
golpeó con los dos pies atados. El golpe aterrizó en la parte posterior de las
rodillas de Helen, que se doblaron. Luego, Rusty rodó sobre los escombros y
levantó los pies del suelo, como si fueran un mayal. Los hizo descender sobre
el vientre de la mujer, que dejó escapar un quejido.
Cayó
contra la puerta del cobertizo, que se cerró de un golpe, quedando su propio
cuerpo bien sujeto contra la puerta. Rusty comenzó a darle patadas en el
rostro. Al cabo de un momento, la lámpara rodó sobre los escombros y se apagó,
de modo que el hombre siguió descargando golpes en dirección a los quejidos. Al
cabo de un rato, los lamentos cesaron y el cobertizo quedó sumido en la
oscuridad.
Rusty
escuchó, tratando de descubrir la respiración de la mujer, y no oyó ningún
sonido. Rodó hasta ella y oprimió su rostro contra algo cálido y húmedo. Se
estremeció, se retiró y volvió a oprimir el rostro contra ella. La zona no
magullada de su cuerpo estaba fría.
Rusty
se dio la vuelta hacia un costado y trató de liberarse las manos. Frotó los
bordes de la cuerda contra los bordes de los escombros del suelo, esperando
sentir que se debilitaba y se rompía. Sus muñecas comenzaron a sangrar, pero la
cuerda resistió. El cadáver de la mujer estaba apoyado contra la puerta,
manteniéndola cerrada y obligándolo a permanecer en el interior, en medio de la
oscuridad.
Comprendió
que tendría que apartarla para poder abrir la puerta cuanto antes. Era preciso
que saliera del cobertizo rápidamente.
Comenzó
a apoyar la cabeza contra el cuerpo de la mujer, tratando de desplazarlo..., pero
era demasiado gruesa y pesada. Golpeó la caja del dinero y trató de decirle a
la mujer, por debajo de la mordaza, que tenía que levantarse para que ambos
pudieran salir de allí; que estaban los dos en prisión y que el dinero no
importaba ya. Todo había sido un error, no quería dañarla a ella ni a nadie,
sólo quería salir adelante.
Pero no
pudo hacerlo.
Al cabo
de un rato, las ratas volvieron.
Fin
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.