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Como siempre que
cambia el programa, el Tío Joaquín —sombrero negro, palillo entre los dientes
de oro, pelliza con cuello de piel, garrota colgada del antebrazo, la parentela
detrás de su espalda— se planta ante la cartelera media hora antes de que abra
la taquilla y uno de sus nietos, apartándose los tufos de los ojos, deletrea
para los demás lo que la cartelera anuncia: dos grandiosos reestrenos, Recuerda,
con la maravillosa «In-gri-Ber-man», y La guerra de Dios, con el
gran Francisco Rabal; luego, para matar el frío y la espera, la tribu hace
palmas por bulerías, una vieja sin dientes canturrea «Por la calle abajito va
el que yo quiero», su bisnieta empieza a bailar, algunos jalean sin ningún
convencimiento «Viva el arte», «Lo que sabe la niña», «Toma, toma, pastillas de
goma» y los demás se juegan la honra a los chinos.
Ya está ahí esa
gentuza, deduce la taquillera, empeñada en la tarea de
encajar en su angosto cuchitril la considerable masa de sus ochenta y cinco
kilos de peso, el termo de café con leche y el bocadillo de mortadela que le ha
preparado su hermana, el bolso con sus cosas, el jersey que le está tejiendo a
un sobrino y el envase de dulce de membrillo que acaba de recoger en el
despacho de Dirección con los tacos de entradas y el dinero para cambios; a
Manolita, la taquillera, los gitanos no le gustan ni en la pantalla, una vez
hasta probó a ponerse guantes para no tocar su dinero, lo malo fue que luego,
al lavarlos, la lejía le abrasó la cabritilla, Amalio debería negarles la
entrada, que para eso está el derecho de admisión, pero ése sería capaz de
venderle una entrada al bacilo del cólera, piensa la opulenta cuarentona
mientras se libera de la faja sin quitarse la falda ni el abrigo; luego enchufa
la estufita que le caldeará los bajos durante las siete horas largas de jornada
laboral, se sienta en su silla, coloca los tacos de entradas sobre el mínimo
mostrador, pasa al cajón el dinero para cambios y se pone a hacer punto hasta
que falten cinco minutos para la apertura: según Amalio —don Amalio para el
resto del personal— así se ahorra luz y hasta agua, que parece mentira la
cantidad de gente que espera la hora del cine para hacer sus necesidades.
En Dirección
—eso pone en la puerta, pero en realidad es el almacén donde se custodian,
junto a unos archivadores y una vieja Underwood, las patatas fritas y las pipas
de los descansos, un bidón de ozonopino y su pulverizador, dos sacos con
recortes de película y una caja fuerte— don Amalio cuelga del perchero la
gabardina y la bufanda, pero no la boina, que conserva puesta, pues los
resfriados los coge siempre por la cabeza, abre la caja fuerte, se sirve una
copa de la botella de Anís Las Cadenas que hay junto a una caja de farias,
selecciona el cigarro que fumará, masticará y ensalivará durante toda la tarde,
y encendiéndolo y dándole chupitos al anís vuelve al vestíbulo para esperar la
llegada del resto del personal, y allí sorprende a la puñetera gata,
acuclillada bajo la sonrisa de Miguel Ligero, de sombrero cordobés y clavel
tras la oreja en una de las fotos de la vieja colección de Cifesa; como primera
providencia don Amalio le suelta una patada al minino, luego coge de detrás del
bar en desuso una bolsa de azufre, todo lo tiene que hacer uno, se
congestiona al agacharse para esparcirlo a lo largo del zócalo, y una vez que
recupera el aliento se concentra en la tarea de avivar la combustión del
farias, que tira mal; primero hurga en sus entrañas con un mondadientes sin
obtener grandes resultados, y después, tras metérselo invertido en la boca con
mucho cuidado para no quemarse ni los labios ni la lengua, pega un par de
formidables soplidos y ya soltando nubes de humo les franquea la entrada a
Jimeno y a su hijo Paquito, que entran ateridos.
—Paquito: un duro te doy si le echas
mano a la gata y la tiras al Ebro.
En la cabina, el
señor Fede, electricista jubilado y hombre mañoso, carga el Nodo y las
películas del programa en los proyectores; el hombre opina que La guerra de
Dios, como todas las de asunto Iglesia, es un sermón de mucho cuidado que
no interesa más que a las beatas, y don Amalio, el cigarro en una mano y la
copa de anís en la otra, se consuela aseverando que la Bergman siempre gusta
mucho al público; el proyeccionista admite que la sueca puede ser una buena
actriz, pero deja claro que como mujer a él no le dice nada, y el patrón
proclama que aparte el aspecto artístico, la Bergman está cojonuda; el señor
Fede, picado, insiste en que ni como mujer ni como artista resiste la
comparación con la Amparito Rivelles pongamos por ejemplo; a ésa sí que le
pegaría yo un revolcón, puntualiza, y don Amalio, después de dar por
supuesto que al viejo no se le levanta desde hace siglos, y de recomendarle
mucho ojo con el orden de los rollos, corta el interesante debate al advertir
que se echa encima la hora de apertura:
—Bueno, bueno, tengo que abrirle al
público.
Desde que vendió
en su pueblo el Salón Contreras y el rebaño de ovejas heredados de su padre, y
se trasladó a la capital para comprar el Ideal Cinema y progresar, Amalio se
adjudicó el «don» y dejó de referirse a los espectadores como «la gente»,
aunque, eso sí, a los de su pueblo sigue denominándolos «aquellos tíos», me
acuerdo cuando en el invierno metíamos las ovejas en el Salón para caldearlo;
lo dejaban lleno de cagarrutas, pero aquellos tíos entraban y veían la película
sin decir ni mu, no como el público de aquí, siempre protestando de la
calefacción, rumia bajo la boina a la vez que alarga una mano para
comprobar el grado de calor de los radiadores.
Ya ha llegado
Pachi, que charla con Jimeno mientras se uniforman con las resudadas y
descoloridas chaquetillas, en otro tiempo rojas y ahora color calabaza; portero
y acomodador coinciden en que si no nieva es porque está helando, y Paquito,
con la caja de las patatas y las pipas colgada del cuello, sigue a la gata, que
se desliza hacia los servicios.
—¿Se ha acordado de la pila, jefe?
Jimeno acciona
el interruptor de su linterna, que parpadea débilmente, y don Amalio le da una
pila que saca del bolsillo mientras, con un gesto, le indica a Pachi que ya
puede abrir la puerta.
—Que aproveche, don Contreras.
Don Amalio
corresponde al saludo alzando su copa de anís, y el patriarca, que se ha tocado
el ala del sombrero con dos dedos muy tiesos, presenta ostentoso su manojo de
entradas; Pachi cuenta quince mientras gruñe que cada espectador debe llevar la
suya, controla luego el paso de los derechohabientes, y finalmente se las
devuelve, ya con un pico arrancado no sin trabajo, porque Pachi tiene las manos
deformadas por el reuma, la artritis, la artrosis o lo que sea. El Tío Joaquín,
recogiendo las entradas, le da otras tres con el mismo ademán aparatoso de
antes:
—Las de mis nueras, para cuando vengan
con la cena.
No es que a don
Amalio le haga feliz que los gitanos disfruten de los tres pases del programa
por el precio de uno, pero docena y media de espectadores son dieciocho
entradas vendidas, y además los calés son tan considerados que para cenar sin
molestar a nadie se instalan en las butacas de la primera fila, localidades
invendibles incluso cuando el público se pega por entrar, cosa que sucede pocas
veces, pero sí siempre que se repone Lo que el viento se llevó, sobre
todo desde que el señor Fede tuvo la idea de aligerar la gran película
cortándole el incendio de Atlanta, que, verdaderamente —reconoce don
Amalio— era un aburrimiento. Y cabecea, incapaz de comprender que los
americanos, con lo que saben de cine, tiren el dinero de aquella manera.
Despachados los
billetes al primer golpe de espectadores —los gitanos, tres matrimonios
jubilados, media docena de quintos, un ciego con su lazarillo, tres parejas de
novios cada una por su lado, una pandilla de adolescentes, cinco tipos sueltos,
y dos señoras mayores— la taquillera vuelve al jersey de su sobrino, y dándole
a las agujas recuerda asqueada que aquella noche, como la película es de Ingrid
Bergman, Amalio se empeñará en que lo masturbe mientras ven un trozo de la
cinta; hace ya años que Manolita está harta de aquel cabrito: aparte de que no
ha dejado a su mujer, como le prometió cuando la sedujo al poco tiempo de darle
el puesto de taquillera, se está volviendo un pervertido, sólo a un maníaco
sexual se le ocurre ponerse cachondo viendo a Ingrid Bergman, con aquella cara
que tiene de no haber roto un plato en su vida.
2
Hacia las diez
de la noche, en el último pase del Nodo, el Caudillo inaugura otro pantano, y
justo en el momento en el que el locutor dice lo de siempre sobre el salvador
de España, al Ideal Cinema llegan las nueras del Tío Joaquín cargadas con una
garrafa de vino, una palangana llena de lechuga, cebolla y aceitunas negras, y
un perol de arroz con conejo. Ya en el vestíbulo, las mujeres sacuden sus
mantones para librarlos de unos copos de nieve, y precedidas por el haz de luz
de la linterna de Jimeno entran en la sala medio vacía dejando tras ellas un
rastro de sofrito y ropa mojada.
—Si quiere hacer
aprecio —invita el Tío Joaquín en voz queda al acomodador, que después de
aceptar un trago de vino, mejor que me diera una propina, pero algo es algo,
remonta el pasillo mientras a su espalda empieza a oírse el ruido de las
cucharas; como cada vez que vuelve hacia el vestíbulo, Jimeno lanza ráfagas de
luz a uno y otro lado del pasillo, él dice que por obligación, pero la verdad
es que descubrir a las parejas manoseándose, enfocarles la linterna a la cara y
amenazarlas con echarlas a la calle le produce una gran satisfacción —el
acomodador fue guardia municipal hasta que lo expulsaron del cuerpo por un
malentendido— y aparte del gustazo de volver a sentirse autoridad no olvida los
cinco duros que un tío le metió en la mano para que se callara, cosa que no ha
vuelto a suceder desde entonces. Pero Jimeno no desespera.
Paquito, que
salía del despacho después de consignar el producto de las ventas y la caja con
la mercancía no vendida, sigue a su padre hacia la puerta preguntándole a qué
hora se van a ir a casa: en la calle sigue nevando, a Pachi le avisa el reuma
que la nevada va a ser de órdago, y Jimeno está de acuerdo en que aquella noche
ya no vendrá ni un alma, pero mejor esperar a que empiece la primera película
para decírselo al jefe, no sea que le salga la mala leche y los tenga allí
hasta las tantas.
—Entonces voy a ver si cojo a la gata
—decide Paquito.
Unos golpecitos
en el cristal de la taquilla despiertan a Manolita, que roncaba con la cabeza
caída hacia atrás, las nalgas rebosando de la silla y el jersey de su sobrino
entre las manos: desde fuera le sonríe un hombre con unos dientes sanísimos
—cosa rara, a la ventanita sólo se asoman mellas, caries o dentaduras postizas—
y la taquillera, antes de abrirla, recompone su postura e incluso se echa una
mirada en el espejito que cuelga bajo el horario de los pases.
—Una butaca, por favor.
Como el hombre
es guapo además de simpático, Manolita se cree obligada a advertirle que la
primera película del programa ha empezado hace ya unos minutos, pero al hombre,
que debe de tener unos cuarenta años, habla con una voz abaritonada y huele a
Varón Dandy, no le importa: es igual, dice, el tren que tiene que coger trae
retraso y no pasará hasta las dos o las tres de la madrugada, y no vale la pena
meterse en un hotel para tan poco rato; Manolita le da la butaca, se la cobra,
y con un suspiro se acuerda de Breve encuentro, una película que no le
gustó demasiado cuando la vio la primera vez, pero que luego, con el pasar de
los años, le ha gustado más y más cada vez que la ha visto, la última hasta
lloré con aquella música tan bonita que tiene, es que yo soy una tonta,
imagínate que cojo y me voy a la estación y que llega él a coger su tren y me
ve allí, con mi maleta, y nos enamoramos, y de pronto nos damos cuenta de que
nuestro amor es imposible, a ver qué hace una después, a mí me pasa eso y me
tiro al Ebro, cualquier cosa antes que volver a casa de mi hermana, que cada
día está más insoportable con que deje a Amalio y busque a un hombre como es
debido. Sobreponiéndose a su tristeza, Manolita le echa una mirada al
relojito —regalo de Amalio— y se dispone a hacer arqueo.
—Don Amalio, ya tengo a la gata.
Paquito le ha echado mano cuando el
animal estaba ocupado con los restos del arroz de los gitanos, y don Amalio,
que cena en la mesa de su despacho las chuletitas de cordero con patatas fritas
que, como todas las noches, le han servido de la taberna de la esquina, levanta
la mirada y ve al chico, que sostiene en vilo un saco manteniéndolo apartado de
su cuerpo: por su expresión parece que don Amalio no creía al chico capaz de la
hazaña, y que ahora, viendo cómo bufa, salta y maúlla lo que hay dentro del
saco, se arrepiente de haberlo condenado a muerte; bueno, estupendo, porque la
gata, de puro vieja, ya no tiene a raya a los ratones, pero no hace falta que
la tire al río, mejor que la deje en un solar, lejos del cine, eso sí, porque
si no es capaz de volver a la querencia.
—¿Y el duro?
Don Amalio se sirve lo que queda en la
botella de Viña Tondonia y regatea: como Paquito ya no debe darse la caminata
hasta el Ebro, con una peseta va que arde; el chico protesta, muestra los
arañazos que tiene en una mejilla, a punto de sacarme un ojo ha estado, dice,
pero su padre, que ha aparecido con el portero, le da un capón y parlamenta con
el jefe: son cerca de las once, la nevada va a más, y Pachi y él han pensado
que lo mejor es que se vayan a casa cuanto antes, no sea que se queden
bloqueados; el jefe masculla algo como camastrones, no pensáis más que en
cobrar, pero se levanta rechupando el hueso de la última chuletita y los
sigue hacia la puerta de la calle.
Manolita ha
guardado en la caja de dulce de membrillo el dinero de la recaudación y los
tacos de entradas, ha metido en su bolso el jersey del sobrino y el termo
vacío, y ha apagado la estufa; cuando se disponía a ponerse la faja recuerda
que aquella noche van a ver a Ingrid Bergman, y con un suspiro de los suyos
mete la faja en el bolso —al cerdo de Amalio le gusta encontrarle las carnes
sueltas— y sale de la taquilla dándole vueltas a la cabeza, con lo fácil que
resulta en las películas matar a la mujer del hombre que una quiere, no digo
matarla así, a sangre fría, sino que tenga un accidente de coche o que se muera
del corazón, y no es que yo tenga nada contra la mujer de Amalio, al fin y al
cabo qué culpa tiene la pobre, otra víctima como yo, pero él debería comprender
que así no podemos seguir, mucho decirme que estaba muy enferma y que nos
casaríamos cuando se muriera, y en los siete años que llevo con él han tenido
cinco hijos más, se dice pronto, y los tres últimos mellizos para más inri, mi
hermana lleva razón, su mujer tan campante y yo cada día más fea y más gorda.
Amalio, que
después de cerrar la puerta de la calle se dirigía a su despacho, al ver a
Manolita saliendo de su cubículo se interesa por el importe de la recaudación,
tuerce el gesto al conocerlo, se hace cargo de la caja de dulce de membrillo, y
cuando la taquillera ya se volvía para dirigirse a la sala, le da una palmada
en la grupa y le dice:
—Anda, vete a tu casa, que está nevando
mucho, y además me duele la cabeza.
Manolita se
vuelve, estupefacta; no comprende nada, pero se teme lo peor, éste se ha
cansado de Ingrid Bergman y de mí, y se echa a llorar. Amalio, ignorándola,
acciona un interruptor en el cuadro eléctrico, y fuera, en la calle, el
luminoso Ideal Cinema, que ha parpadeado durante toda la noche, se apaga —como
en las películas— para que se vea mejor lo mucho y lo bien que está nevando.
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