Mari-Tere, Taquimeca
Como el novio de cada mecanógrafa, el
timbre de salida había acudido con puntualidad a la cita de las seis. Todas las
tardes, al sonar seis campanadas iguales en el reloj, el timbre —apresurado,
por evitarse un enjambre de reproches— las subrayaba con su trazo eléctrico.
Era la última firma del director, rubricando el trabajo del día.
Tere alzó
la cabeza y dejó caer los brazos. Sus piernas se extendieron —fugitivas en frío
carmín, fluviales— bajo el puente de la mesita, y sus ojos descendieron a la
máqúina que se abría en un bostezo definitivo. El ruido de la oficina había
saltado, mecanismo roto, en ruidos disociados y anárquicos. Los ficheros
recomponían la vertical correcta; las carpetas giraban sobre su eje, y las
máquinas se cubrían, alegres, con sus impermeables charolados, como si ellas
también hubieran de echarse a la calle...
Tere
encerró su typewriter
en rizada
concha de madera. «Ya, hasta mañana —pensó—, su triple fila de botones no
salpicará violetas pequeñas; no cantará en su jaula, ni se mecerá de un lado a
otro con voluptuosidad de piano. Ya, hasta mañana...»
Iban
saliendo los compañeros. Ella se aproximó al lavabo, abrió ambos grifos en
competencia de climas y entregó las manos a la delicia curva del agua: los
dedos, penetrados de agujas, se creían peces en su pecera, volvían el rosado
vientre, se enlazaban y se desprendían hasta caer desmayados al fondo.
Resucitaron
en la toalla y se rehicieron en los guantes.
Mari-Tere
bajó la escalera a saltos. (A saltitos dactilográficos.) Y la calle la recogió
devanando el ajedrez veloz del tránsito.
Sobre su
cabeza, el cielo era un cielo verdoso de grasa consistente, con algunas vedijas
de cotón sucio. Al fondo de cada perspectiva aparecía cárdeno, encerrado entre
las aristas de los edificios; se desangraba —boxeador vencido—- apoyándose en
los más altos rascacielos. Ella andaba siguiendo el ritmo del jazz urbano: a un
paso variable, tan pronto fácil y ligero como solicitado por un cartel o
suspenso ante la pupila inyectada de la Providencia municipal.
Los
escaparates desfilaban a su lado como una galería de naturalezas muertas: unos, gritando su ansia en las
flores tropicales de la radio; otros, mostrando sus entrañas con elocuencia
muda.
Se asomó
al misterio de un cuarto de baño —folletín posible—, y luego se detuvo ante el
escaparate de una tienda de modas, donde un maniquí de cera, entre banderas
leves, ofrecía un ademán de buen precio y color. El zapato adelantaba hacia el
cristal su punta nueva, y la pierna se evidenciaba perfecta. Perfectos los
hombros de limón y nácar. Una dalia (de trapo) en la mano.
Siguió.
No le gustaba aquella rigidez teatral, aquel impudor. El maniquí de su hermana,
por ejemplo —su hermana era modista—, resultaba menos presuntuoso y evitaba
perfidias y espejismos. No trataba de seducir: era un maniquí sin pies ni
cabeza. Pero, éste...
Tere
andaba, esquivando la canción de los escaparates que le hacían guiños. Llevaba
prisa: no podía detenerse. Y, sin embargo...
La
curiosidad le tiró de la ropa, y se sintió arrastrada como si hubiera resbalado
al borde de un estanque. De un estanque helado: el nuevo escaparate era un
estanque helado. Apoyó la mano en la superficie y contempló los témpanos de
níquel y cristal que en él flotaban. Cristal esmerilado, níquel reluciente y
blancas manos de suicidas. En el centro —en el fondo—, quieto, con los ojos
desorbitados del frío y los músculos casi desprendidos, como un ave del polo,
el hombre
plástico, fámulo
de Esculapio, soñando —sueño glacial— con la peletería de la esquina.
La
muchacha notó como si el hielo se hubiera quebrado bajo sus pies. El frío la
invadía, lento, ascendente, hasta ceñirle la cintura. Estuvo a punto de gritar.
Pero se rehizo viendo la sonrisa del hombre anatómico, que parecía convencido
de ser nuestro primer padre y se esforzaba por infundir confianza.
Al
retraer la mirada hasta la superficie del cristal encontró Tere el reflejo de
la calle, y sobre las direcciones encontradas, su rostro en gran plano.
Continuó
la marcha, acompañada por los anuncios luminosos que patinaban ya sobre los
edificios.
La Anunciación
Llegada ante la puerta de la peluquería
empujó una de las hojas —inquietas, oscilantes alas de arcángel (Gabriel. Peluquero de señoras.)—. El
maestro, de blancos pliegues, estaba acariciando una peluca nazarena que
temblaba —nido desgajado y suave— entre sus manos.
Tere se abandonó en brazos del sillón, y
recibió, por medio del espejo, un saludo de Gabriel, que se acercaba, solícito.
Un saludo blando, celeste, cosmético. Después del cual extendió sobre su busto
y ciñó a su garganta un campo de nieve. Una montaña pura. Ella experimentó
sorda delicia contemplando sus propias rodillas bajo la falda, flores de unas
piernas lacustres, sumergidas en el espejo.
Fue entornando los ojos hasta pinzar sus
miradas más finas, que vagaban por los vasares y las mesas, adaptándose a los
contornos, resbalando por las superficies, deteniéndose en los obstáculos.
Se iba cuajando una atmósfera cargada de tedio,
en que los ruidos insistentes —las tijeras, el ventilador— reproducían el ritmo
de la oficina. La imagen del reloj giraba a sensu contrario, guardándose
en el bolsillo el tiempo perdido. Y Tere se entregaba, insensible, sin sujetar
la memoria ni el pensamiento, a un abandono de cuerdas rotas. Se dejaba llevar
de la corriente. La corriente —igual, caudalosa de tedio— la conducía hacia el
estanque helado del escaparate, como el film conduce a la estrella sobre
el écran.
Arriba el ventilador —cometa enjaulado—
pedía socorro con un desmelenamiento de colores, mientras ella flotaba,
ingrave.
Flotaba. Ingrave.
...Hasta que —¡final previsto!— se sintió
agarrada por el pelo. Las manos benéficas de Gabriel se encrespaban sobre su
cabeza, escalonando los bucles con un esmero impecable, almidonado y barroco.
—Señorita Tere —le dijo, con su voz más
rara y ajena—. Voy a hacerle un rizado flexible. Cables enrollados. Señorita:
podrá electrocutar a los hombres. La voy a convertir en una mujer peligrosa. O
mejor: en una mujer fatal.
Ella trató de rebajar la hipérbole con una
sonrisa, al mismo tiempo que murmuraba, de modo impreciso:
—Cables enrollados..., en el hielo..., si
usted quiere... ¡Bah!
Y recordó, hasta con su mismo tonillo,
cierta frase truncada que alguna vez había oído sin prestar atención: Las
muchachas en Oslo, según el corresponsal...
Gabriel sentenció con un dedo en alto:
—No exagero; cualquier hombre que la mire
se quedará de piedra. Mi ondulación es permanente.
Ella:
—¡Eso es un mito! —exclamó con rapidez.
Se había puesto roja como si en su cuello
se hubiera tronchado un tallo de coral. Cruzó los brazos y escondió las
piernas, evasivas. Reparaba por primera vez en la multiplicación frutal de los
espejos, que convertían la sala en un trópico de bombillas en ramos
equidistantes.
—Un mito, si usted quiere —replicó
Gabriel—, pero mi ondulación es garantizada. Los hombres se quedarán de piedra,
y a mí me cumple advertirla del peligro. No sería el primer caso.
—Ya. Ya lo sé.
Quedó pensativa, lejana: su cabeza, aislada
en el halo rubio de un pulverizador.
El tiempo había forzado la marcha sin que
nadie se diese cuenta; había escapado por todas las rendijas.
Tere se contempló, encantada: su pelo se
revolvía en bucles torcidos como reptiles.
(Salvada del naufragio, sí; pero convertida
en medusa.)
Gabriel —peluquero de señoras— la despidió
con una reverencia, y las puertas oscilaron, coincidentes, a su espalda.
Accidente
Avanzaba por la galería de su casa cuando
sintió que la mirada del padre le salía al encuentro: le enganchaba los pies,
lazo hábil, y le hacía perder el paso. Luego, ascendía con lentitud desde el
filo de su vestido, hasta detenérsele entre los pechos, queriendo clavar el
corazón agitado. Tere perdió el color. (La sangre, sorprendida, se refugiaba en
su concha.)
Se detuvo, y apareció ante ellos (estaban
ya en el comedor el padre y la hermana) como un cuerpo decapitado. La cabeza se
le perdía entre los lienzos de la pared, igual que una estampa entre las
páginas de un libro. Godofredo —se llamaba así; tenía nombre de rey de baraja—
inquirió, mientras su índice enhiesto se orientaba hacia la redonda lámpara:
—¿Dónde has estado desde las seis?
—En la peluquería, sencillamente, padre.
Volvió a preguntar, ahora con la copa
detenida a la altura de los labios:
—¿De dónde vienes?
—De la peluquería. No es demasiado tarde.
Se disculpaba sin levantar la vista.
—¿No? Será a lo juicio. A lo poco juicio.
Miró a la otra hija, y ésta le sostuvo con
una mirada negra y enteriza. Tenía motivo —honrada artesana para escandalizarse.
(Eulalia: honrada artesana, con taller en casa.)
Insistió Godofredo:
—Pero mi juicio es el que vale... ¿Con
quién has hablado?
—Con nadie.
Tere estaba llena de vacilaciones.
—¡Con nadie! Pero ¿es eso posible? ¿Se
puede hablar con nadie? ¿Con la pared, acaso...? Me engañas.
Ella rompió a llorar. Su garganta amenazaba
quebrarse de congoja. Unas lágrimas —florecillas mecanográficas— cayeron al
plato, desordenadas, abiertas en teclas. Cayeron, engendrando círculos de
expectación creciente.
Había en el aire un paréntesis de párpados
bajos que nadie se atrevía a forzar. .
Notaban, con alarma difusa, que el calor
iba encendiendo a raudales el rostro de Tere: su carne adquiría reflejos de
cobre, y su cabeza, centro de un campo magnético, estaba cargada de bobinas.
Por fin se produjo el temido accidente. Una
chispa. Dos miradas azules, secas, luminosas...
Godofredo vertió el vino sobre el mantel y
se llevó ambas manos al pecho.
(Trasluz)
Coro: He aquí al héroe convertido en piedra, según el aviso del cielo.
Víctima de fatal imprudencia.
Los mortales, como ciegos, extienden el
pie, sin saber dónde se esconde el peligro: y cuando caminan bajo el dedo de un
presagio, las estrellas se les convierten en ascuas, y el amor en un crimen
espantoso.
Bien es verdad que a los reyes de naipes
—¡justificado privilegio!— les está permitido amar a sus propias hijas. Pero,
aun así, este sentimiento torcido no suele quedar completamente impune: aquí
tenemos al héroe paladeando un sabor amargo de corteza de laurel. Su corazón es
una fruta madura. La cabeza filial —hoguera verde— tiembla ante sus ojos con un
hervor de reptiles.
Hemos de presenciar una tragedia
precipitada.
Martirio En La Cocina
Tere, en la cocina, presidía, con impavidez
romana, el martirio del pescado, que —bañado en claro aceite— presentaba uno de
sus flancos a la caricia del fuego lento. Sin protestar —¡resignado
besugo!—contra el resuelto inalterable de la gasolina. (Dentro de su maillot, la carne rosa se le iría
convirtiendo en carne de jazmín. Eso era todo.)
Lo cambió de costado —entonces se reveló el
besugo como arlequín de los mares, mitad rojo y mitad nácar—. En el lago de
aceite, entre una constelación de pimientas, relucían tres ruedas de limón. (3
de oros, para sus ocios de gladiador.) El pez mostraba sus líneas gentiles de
bañista en el rubio líquido.
Pero Godofredo, apoyado en el quicio de la
puerta, se complacía en las de su propia hija, comparándole los brazos con el
mármol de la fuente, vetado de frías transparencias.
Ella, a su vez, repasaba con deleite
mórbido el perfil de los sueños cosechados durante la noche anterior,
volviéndolos despacio como un catálogo de grabados donde no faltaba el del
hombre desollado, capaz de practicarse en cualquier momento un harakiri
docente, y de conducirla de la mano por un laberinto de columnas de números que
salían en enjambre del vientre de una calculadora, hasta el infinito...
Entró un poco de aire, y Tere comenzó a
parpadear, continuo. Se pasó el brazo desnudo; se frotó con la mano. (Una mota,
o una coma descarriada.)
—¿Qué es eso? —inquirió el padre. Y se
acercó para empujarla a la ventana. —A ver. Mira.
Levantó con su dedo el párpado indócil y
pudo asomarse a saciar en la pupila su avidez de paisajes inéditos. El ojo
giraba, rebelde y evasivo. Perseguido por los dedos crueles, escapaba con
agilidad hacia un ángulo de su cielo encarnado, desde donde rebotaba contra la
cancha en veloz regreso.
—Mírame fija.
Por fin, entre dos redes de vegetación
microscópica, el globo quedó cautivo, quieto en un mediodía turbador. Poco más
de un segundo.
Mientras Godofredo se recreaba en aquel
azul de mapa, Tere, con la cabeza colgando en la ventana, guardaba silencio.
Los caracoles de su pelo temblaban de miedo sobre la calle, como farolillos de
verbena. (Farolillos apagados ya; sin carga, sin luz.)
La mano abandonó su presa, que sonreía de
humedad como un liquen.
El pez, en su salsa, callaba con mutismo
desesperado. Por impulso de sus sentimientos cristianos hubiera querido pedir
socorro, a pesar de todo; pero no podía. Estaba perfeccionando el sustancioso
martirio.
Tere estranguló la llama de la gasolina.
Se sentía sin nervios, hueca, ausente.
Expiación
Todo el bar sonreía, ajeno, traspasado de
sol. Godofredo, en una fila de consumidores, meditaba sobre el posible final de
su tragedia. Una tragedia no puede deshacerse en el aire como tormenta que pasa
sin descargar. Esto clama al cielo, si alguna vez sucede...
Se oyó el grito de vapor desmelenado que la
cafetera exhalaba, mientras Godofredo salía a la calle con una resolución
súbita.
Coro: Ya se acerca la hora de la expiación incruenta, pero inexorable.
La venganza ejecutada en efigie, semejante al ardid de Perseo, basta para
calmar a los benévolos dioses.
Entró en su casa. Eulalia, cosiendo a la
máquina —recortado cartel en el marco de la puerta—, era la Eva doméstica, sin Paraíso y
sin Serpiente. Entre sus manos pasaba un friso ligero, fruncido en una margen,
pespunteado con gorjeos pajizos por el pico del canario. Tras ella, el maniquí
destacaba su perfil acéfalo: era un busto de raso grosella que cerraba en dos
rosas de madera el lugar de los brazos.
—He pensado —dijo Godofredo (y la máquina
enmudeció con la aguja en alto)—, he pensado, hija, que necesito lo ayuda para
llegar al desenlace de nuestra tragedia. Esa tragedia que ayer surgió...
—Te quedaste pálido.
—De piedra. Tú pudiste verlo.
Se acercó al maniquí y acarició la suave
cintura. El maniquí meneó las caderas, agradecido.
—Lo vestiremos con ropa de ella. Le
atravesaré el corazón —yo, su padre— con un alfiler de acero. Así se habrán
cumplido las exigencias de la justicia... Llévalo, ven, a la alcoba.
Eulalia obedeció sin replicar. Cubrió el
suave maniquí con un vestido blanco de Tere y lo tendió en la cama. (Decúbito
supino, se entiende.)
Godofredo se detuvo ante la cortina del
dormitorio, mientras su hija buscaba una aguja de acero. Era una cortina de
percal, estampada de pájaros iguales, que parecían dispuestos a escapar al
primer ruido. Godofredo aplicó el rostro, escuchando la confidencia de una de
aquellas aves expectantes o el rumor lejano de floresta que la cortina
prometía. Hasta que vino una ráfaga de viento a enrollarla, como gruesa
serpiente que en un segundo se tragaba todos los pájaros.
Entonces —era el momento indicado— avanzó
hasta la cama y clavó una aguja larga en las entrañas homogéneas del maniquí .
...El viento, emocionado, le aplaudió en todas las ventanas.
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