Nota del autor:El siguiente relato es un fragmento de un manuscrito romano del siglo I descubierto recientemente, atribuido a Caius Plinius Secundus, conocido como Plinio el Viejo. Parece ser un apéndice a su gran Enciclopedia de Historia Natural, escrita poco antes de su muerte, acaecida en el año 79 después de Cristo durante la erupción del monte Vesubio. Cómo fue a parar a manos de este escritor sería otra historia en sí, y es algo que no incumbe a nadie más que a él.
Empecemos por una criatura que conocemos únicamente
a través de relatos de aquellas tierras semimíticas que se encuentran más allá
del Indo, donde habitan muchos dragones y unicornios. Mercaderes como los que
viajan
entre la India y las provincias romanas de Mesopotamia describen la naga como una enorme serpiente de siete cabezas, bestia que nosotros conocemos por el nombre de hidra. Aparte de las historias sobre la conquista de Hércules de la Hidra de Lerna, se han escrito relatos sobre los numerosos enfrentamientos con estos animales habidos cerca de las costas de Grecia y Gran Bretaña. La hidra tiene entre siete y diez cabezas, que son como testas de perro. Según dicen,
estas cabezas crecen en las extremidades de unos cuellos o brazos prodigiosamente musculosos, y no devoran a su presa sino que la arrastran hasta una cabeza central, mucho mayor, que la desgarra con un
pico parecido al del monstruoso loro africano. Además, se cuenta que
estas cabezas y cuellos vuelven a crecer una vez partidos; al momento,
según los escritores griegos, aunque la capacidad de éstos para mentir o para creerlo todo va más allá de lo imaginable. Sin embargo, no hay duda de que la hidra existe realmente. Yo mismo he hablado con marineros que habían perdido a compañeros suyos ante la voracidad de esas bestias y que, como venganza, habían hervido una viva y la habían devorado ellos mismos una vez capturada. Según parece, la hidra tiene un sabor bastante similar al de las botas con que los soldados hacen sopa en el desierto en situaciones extremas. Es un sabor difícil de olvidar.
entre la India y las provincias romanas de Mesopotamia describen la naga como una enorme serpiente de siete cabezas, bestia que nosotros conocemos por el nombre de hidra. Aparte de las historias sobre la conquista de Hércules de la Hidra de Lerna, se han escrito relatos sobre los numerosos enfrentamientos con estos animales habidos cerca de las costas de Grecia y Gran Bretaña. La hidra tiene entre siete y diez cabezas, que son como testas de perro. Según dicen,
estas cabezas crecen en las extremidades de unos cuellos o brazos prodigiosamente musculosos, y no devoran a su presa sino que la arrastran hasta una cabeza central, mucho mayor, que la desgarra con un
pico parecido al del monstruoso loro africano. Además, se cuenta que
estas cabezas y cuellos vuelven a crecer una vez partidos; al momento,
según los escritores griegos, aunque la capacidad de éstos para mentir o para creerlo todo va más allá de lo imaginable. Sin embargo, no hay duda de que la hidra existe realmente. Yo mismo he hablado con marineros que habían perdido a compañeros suyos ante la voracidad de esas bestias y que, como venganza, habían hervido una viva y la habían devorado ellos mismos una vez capturada. Según parece, la hidra tiene un sabor bastante similar al de las botas con que los soldados hacen sopa en el desierto en situaciones extremas. Es un sabor difícil de olvidar.
Pero la naga es claramente de una naturaleza
distinta de la hidra, por mucho que se parezcan superficialmente. Los relatos
que han llegado hasta mí indican que los habitantes de la India y de las tierras
de más allá suelen venerar a este animal, y de hecho lo consideran casi como un
dios, aunque al mismo tiempo algo inferior a los humanos. Esta no es la única
contradicción, ya que, aunque se dice que un mordisco de la naga es venenoso
para todo ser viviente, sólo algunas de ellas son consideradas peligrosas para
el hombre. (La verdad es que mis fuentes de información no coinciden en cuanto
a la presa habitual de la naga: algunos libros llegan incluso a sugerir que la
bestia ni siquiera come, sino que vive de la leche del elefante salvaje, al que
cuida y protege como nosotros al ganado.) El elemento de las nagas es el agua;
se cree que tienen el poder de provocar la lluvia o de impedir que llueva, y
por tanto se las debe aplacar con sacrificios v otras ofrendas y tratar siempre
con respeto. Al igual que los dragones de aquí, poseen gran-des tesoros en
profundas guaridas. Pero, a diferencia de los dragones que conocemos, al
parecer las nagas construyen palacios subterráneos de una inmensa riqueza y
belleza, donde residen a la manera de los reyes y reinas de este mundo. Sin
embargo, cuentan que a menudo se inquietan y suspiran por algo que no pueden
conseguir, y entonces abandonan sus mansiones y se desplazan por los ríos y
arroyos de la India. Los filósofos de esa región dicen que van en busca de
sabiduría, y existen sectas en Roma que jurarían que ansían un alma humana. Yo
no sabría dar mi opinión al respecte
Para aquellos que han servido al emperador en
Britania, puede ser de interés conocer los rumores de que existe una criatura
similar a la naga en las lejanas marcas del norte de aquella isla, donde se la
venera por ser portadora de fertilidad; quizá porque se pasa los meses de invierno
durmiendo bajo tierra, y no aparece hasta el primer día de la primavera. Pero
desconozco si esas serpientes acumulan tesoros del mismo modo que las nagas,
ni cuántas cabezas tienen.
Se dice que todas las nagas poseen una joya de un
valor incalculable, situada en su frente o en su garganta, que genera su gran
poder. Al igual que el elefante, son de una naturaleza religiosa e incluso
reverencial, y con frecuencia poseen un lugar sagrado donde rendir culto a los
dioses de la India y hacerles ricas ofrendas como las que ellas mis-mas
reciben. Existen incluso relatos de reyes nagas que hacen de suscuerpos lechos
para los dioses, desplegando sus capuchas para protegerlos de la lluvia y el
sol. Sean ciertas o no estas historias, el hecho de que alguien crea en ellas
muestra sin duda la atención que reciben las nagas en estas tierras.
Otra sorprendente contradicción acerca de las
nagas es la creencia general de que la serpiente hembra -que recibe el nombre
de naguinies capaz de tomar forma humana, lo cual no sucede en el caso del
macho de la especie. Una vez adoptada esta forma, la naguini es con frecuencia
de una extraordinaria belleza, y se dice que existen familias reales cuya
ascendencia se remonta al enlace de un príncipe mortal con una naguini. El
siguiente relato, basado en este tema, me lo contó un mercader de sedas y tintes
que ha viajado mucho tanto por la India como por el reino vecino oriental que
sus gentes denominan Kambuja. Lo voy a repetir, lo mejor posible, tal y como él
me lo contó.
En Kambuja, cerca del palacio de los reyes, se
alza una torre completamente revestida en oro, como acostumbra ser el estilo
de la realeza por aquellas tierras. Esta torre la construyó hace mucho tiempo
un joven rey en cuanto accedió al poder, para que sirviera de aposentos para
él y su reina cuando contrajeran matrimonio. Pero, con la arrogancia propia de
su juventud, se impacientaba y no se contentaba con nada: esta doncella era
demasiado vulgar, aquélla demasiado apagada, esta otra lo suficientemente
bella pero demasiado locuaz, y aquella otra no sólo no convenía como esposa por
motivos familiares, sino que además olía a pescado muerto. Por consiguiente, su
primera juventud transcurrió en la soledad de la realeza, que -según me
comen-tan a menudo- no puede de ningún modo sustituir a la compañía y tierna
sabiduría de una verdadera esposa, ya sea reina o sirviente. Y el rey se sentía
cada vez más solo, aunque se negara a admitirlo, y por ello siempre andaba
malhumorado. Y, aunque no era cruel ni voluble a la hora de gobernar,
manifestaba una actitud indiferente, sin hacer nada malo pero tampoco el bien,
al no tener entrañas ni para lo uno ni para lo otro. Y la torre dorada
permaneció vacía, año tras año, a excepción de las arañas y mochuelos que
criaban a sus propias familias en lo más alto de los chapiteles.
Cuenta el mercader que, en los cálidos
crepúsculos, el rey solía pasear disfrazado entre su pueblo por las calles y
el mercado. Suponía que de este modo llegaría a conocer mejor sus vidas
cotidianas, lo cual no era cierto en absoluto. En primer lugar, porque no había
golfillo que no lo reconociera a primera vista, por muy ingenioso que fuera su
disfraz; y, en segundo lugar, porque en realidad no deseaba adquirir ese
conocimiento. Sin embargo, siguió fiel a esta costumbre, y una tarde, mientras
divagaba, una mendiga con el rostro sucio se le acercó y le preguntó en un
dialecto vulgar:
-Perdone, señor alfarero -ya que así iba vestido-,
¿qué es aquello de allí que brilla? -Y señaló la torre dorada que el rey había
diseñado para su felicidad hacía tanto tiempo.
Al parecer al rey no le faltaba humor, aunque se
tratase de un humor crudo e incómodo. Respondió cortésmente a la mendiga,
diciendo:
- Aquello es
un museo consagrado a la memoria de alguien que nunca existió, y yo no soy
alfarero sino su guardián. ¿Le gustaría satisfacer su curiosidad? Aceptamos
visitantes, la torre y yo.
La mendiga asintió enseguida, y el rey la cogió de
la mano y la condujo por los jardines que había plantado con sus propias manos
hasta la enorme puerta brillante, cuya llave siempre llevaba consigo, aun-que nunca
hasta ese día la había abierto.
El rey escoltó a la mendiga de habitación en
habitación, de chapitel en chapitel, conversando con ella todo el tiempo y
burlándose seria-mente de sus propios sueños del pasado.
- Aquí es
donde habría cenado, ese hombre que nunca fue, y en esta sala se habría sentado
con su mujer y sus amigos a escuchar tocar a los músicos. Y este lugar debería
haber sido para las doncellas de su mujer, y éste otro para los niños..., como
si los que no han nacido pudieran engendrar hijos.
Pero, cuando llegaron al dormitorio real, el rey
retrocedió ante la puerta y se negó a entrar, diciendo bruscamente:
- Aquí hay
serpientes, y peste. Vayámonos.
Pero la mendiga avanzó con resolución y entró en
la alcoba, como quien ha abandonado un lugar durante largo tiempo y aun así lo
re-cuerda perfectamente. El rey la llamó, indignado, y cuando ella se giró vio
que no era una miserable mendiga sino una gran reina, con un traje y unas joyas
mucho más valiosos que todo lo que él poseía. Y ella le dijo:
- Soy una
naguini, y he dejado mi palacio y mis posesiones en el interior de la tierra
por el amor y la compasión que siento por ti. A partir de esta noche, ni tú ni
yo dormiremos en otro lugar que no sea esta torre, nunca jamás.
Y el rey la abrazó, ya que su exquisita belleza lo
impulsaba a hacer-lo; y, además, se había sentido muy solo.
Bien pronto, cuando su júbilo dio paso a una
cierta serenidad, el rey empezó a hablar de su boda, de festejos que durarían
meses, y de cómo gobernarían y mantendrían su corte. Pero la naguini replicó:
- Querido, ya
nos hemos casado en dos ocasiones: primero cuando te vi por primera vez, y
luego cuando nos abrazamos por primera vez. En cuanto a consejeros, ejércitos y
decretos, todo eso representa tu mundo de día, pero no me concierne. Mi propio
reino, mi propia gente, necesitan mi atención y mi gobierno tanto como los
tuyos te necesitan a ti. Pero en nuestro mundo nocturno, nos cuidaremos el uno
al otro aquí, y ¿como podrían no ser felices nuestros días si siempre nos
aguarda la noche?
Esto no agradó al rey, ya que deseaba presentar a
su pueblo su tan esperada reina, tenerla a su lado en todo momento del día.
-Veo que no acabaremos bien -le dijo-. Tú te
cansarás de viajar continuamente de un mundo a otro y me abandonarás por algún
caballero naga, ya que a su lado pareceré un barrendero, un don nadie. Y yo,
afligido, recurriré a una cantante callejera, a una cortesana común, o, lo que
es peor, a una mujer de la corte, y me sentiré más solo y más extraño que nunca
por haberte amado. ¿Es éste el presente que has venido a ofrecerme desde tan
lejos?
Al oír esto, los bellos y grandes ojos de la
naguini centellearon, y tomó al rey por las muñecas, diciendo:
-No me hables nunca de celos y traición, ni
siquiera en broma. Mi pueblo es fiel durante toda la vida. ¿Acaso puedes decir
lo mismo del tuyo? Y te diré algo más, mi señor, mi único señor: si alguna vez
llegara la noche a esta torre sin traerte con ella, no amanecerá sin que
acontezca una terrible catástrofe en tu reino. Si una vez siquiera dejas de
reunirte aquí conmigo, nada salvará a Kambuja de mi ira. Así somos nosotras
las nagas.
Y, si no vienes a mí todas las noches -dijo el rey
sin más-, moriré. Entonces los ojos de la naga se llenaron de lágrimas, y lo
rodeó con sus brazos, diciendo:
-¿Por qué nos herimos hablando de algo que no
sucederá jamás? Por fin estamos en casa juntos, amigo mío, esposo mío.
Y no es necesario hablar de su felicidad en la
torre dorada, salvo añadir que las arañas, serpientes y mochuelos habían
abandonado el lugar antes del amanecer.
Fue de este modo, pues, que el rey de Kambuja tomó
a una naguini como esposa, aunque sólo la viera al anochecer, y siempre en la
torre dorada. No le habló a nadie de esto, como ella le había ordenado; pero,
como abandonaba todos los asuntos de estado, desfiles y ceremonias en cuanto se
ponía el sol, para apresurarse a llegar a la torre, no tardó en correrse la voz
por todo el país de que se encontraba allí todas las noches con una mujer. Los
curiosos lo seguían tan de cerca y hasta tan lejos como se atrevían. Y algunos
esperaban toda la noche fuera de la torre con la esperanza de espiar a la
amante secreta cuando llegara o se marchara. Pero nadie consiguió ver jamás ni
la sombra de la naguini; tan sólo al rey, caminando despacio en el nuevo día,
tranquilo y pensativo, su rostro brillando con los últimos reflejos de la
luna.
Con el tiempo, estas habladurías y curiosidad de
la gente dieron paso a su asombro frente al cambio que experimentó el rey, ya
que gobernaba de una forma cada vez más apasionada, consciente de la verdadera
existencia de su pueblo, como si hubiera despertado al verlos por primera vez,
con toda su humana inocencia, perversidad y sufrimiento. De no preocuparse más
que de su amarga soledad, pasó a intentar mejorar su suerte, con la misma
intensidad con la que ellos trabajaban únicamente para sobrevivir. No había
nadie en el reino que no pudiera verlo y hablarle libremente; ningún criminal
condenado, ningún comerciante oprimido por los impuestos, ningún sirviente
azotado, ninguna hija vendida en matrimonio sin derecho a protestar ni a ser
escuchada. Esta profunda preocupación del rey por su pueblo desconcertó a
muchos que estaban acostumbrados a otro tipo de gobernantes, y surgió en el
país un dicho burlón: «De noche tenemos una reina, pero de día tenemos por lo
menos cinco reyes». Poco a poco el amor del rey se vio correspondido por el de
su pueblo, aunque no lo comprendieran, y se llegó a decir también que, a pesar
de que la justicia no existiera en ningún otro lugar del universo, había sido
in-ventada en Kambuja.
Este cambio, como bien sabía el rey, se debía a
dos razones: por un lado, se sentía feliz por primera vez en su vida y deseaba
ver felices a los demás; y, por otro, tenía la sensación de que, cuanto más
trabajaba, más rápido transcurría el día, dando paso al anochecer y a su reina
naguini. A su vez, como ella le había dicho, la felicidad que le inspiraba su
amor hacía que disfrutara incluso de las horas en que se separaban; sucedía
como por reflejo, al igual que el sol, aun habiéndose puesto horas atrás, sigue
iluminando nuestras noches gracias a la luna. De este modo uno aprende a
valorar, sin confundirlos, el día, la noche y el crepúsculo, con todo lo que
encierran.
Los años transcurrieron rápidamente, con sus días
y sus noches. No hubo una sola noche que el rey no pasara en la torre dorada,
lo que significaba, entre otras muchas cosas, que durante su reinado Kambuja
nunca se vio envuelta en una guerra. Y la naguini siempre estaba allí para recibirlo
cuando él llegaba, y lo llamaba por el nombre secreto que le habían puesto los
sacerdotes de niño, nombre que nadie más conocía. A su vez ella le había dicho
su nombre naga (y se reía con ternura cada vez que él intentaba pronunciarlo
correctamente), pero nunca permitió que él la viera tal y como era en realidad,
entre su propio pueblo.
-Lo que soy contigo es mi ser más auténtico -le
dijo (según juraba el mercader)-. Nosotras las nagas siempre estamos pasando
del agua a la tierra, de la tierra al aire, de una forma a la otra, de un mundo
a otro, de este deseo a aquel otro, de un sueño a otro. Aquí en nuestra torre
soy como me conoces, ni más ni menos; y yo no pido ver qué forma adoptas tú
cuando te sientas a juzgar la vida y la muerte. Aquí los dos somos libres, como
si tú no fueras un rey y yo no fuera una naga. Dejémoslo así, querido.
El rey respondió:
-Será lo que tú digas, pero debes saber que muchos
rumorean que su reina de noche es en realidad una naga. La tierra se ha vuelto
demasiado abundante, la lluvia es demasiado perfecta y segura. ¿Quién si no
una naga podría estar detrás de tan buena fortuna? La mayoría de mi pueblo ha
creído durante años que eres tú quien gobierna realmente Kambuja, aunque seas
también algo más. La verdad es que me cuesta no darles la razón.
-Yo nunca te he dicho cómo debes gobernar tu país -le
contestó la naguini-. No necesitabas que yo te enseñara a ser rey.
-¿Crees que no? -replicó él-. Pero yo no era un
rey en absoluto hasta que tú viniste a mí, y mi pueblo lo sabe tan bien como
yo. Puede que nunca me enseñaras a construir una calle o un granero, a crear
un impuesto justo o a mantener las fronteras de mi tierra libres de enemigos,
pero sin ti nunca me habría interesado por hacer esas cosas. Hubo un tiempo en
que Kambuja sólo se hacía soportable porque contenía nuestra torre dorada.
Ahora, poco a poco, la torre ha llegado a acoger a toda Kambuja, y todo mi
pueblo ha entrado en ella con nosotros, tan valiosos como nosotros. Eso ha
ocurrido gracias a ti, y por ello eres tú quien gobierna aquí, tanto de día
como de noche.
De vez en cuando él le decía:
-Hace tiempo, cuando te dije que moriría si alguna
vez no te reunías aquí conmigo, tu rostro cambió y supe que había hablado demasiado.
Ahora sé, con lo sabio que me ha hecho el amor, que si no vienes una noche
moriré de veras, y no me importa que sea así. Te he conocido. He vivido.
Pero la naguini nunca lo dejaba proseguir, ya que
se deshacía en lágrimas, prometiéndole que jamás llegaría esa noche, y
entonces el rey la consolaba hasta el amanecer. Así permanecieron juntos, y
pasaron los años.
El rey envejeció con la naguini, del mismo modo en
que habían compartido su juventud, con alegría y sin temor. Pero sus más
allegados envejecieron también, y murieron o se retiraron de la corte. Entretanto,
surgió un rebelde grupo de jóvenes soldados y cortesanos que se lamentaban cada
vez más de que el rey no le hubiera proporcionado un heredero al trono, ya que
cuando él muriera las disputas de sus primos acabarían con el reino. Se
quejaban también de que el rey es-tuviera tan esclavizado por su naguini, o
hechicera, o mujer-leopardo (ya que en Kambuja es común creer en este tipo de
cambios), de que se preocupara poco de la gloria y el renombre del reino, por
lo que Kambuja era conocida por su gran timidez entre las naciones. Y, aun-que
nada de eso fuera cierto, es bien sabido que una paz duradera in-quieta a
muchos, dispuestos a seguir a cualquiera que prometa cambios tumultuosos. Así
ha sucedido incluso en Roma.
Varios intentaron advertir al rey de que tal era
la situación en su corte, pero él no prestaba atención y prefería pensar que
todos a su alrededor estaban tan serenos como él. Por ello, cuando un apacible
mediodía se vio bruscamente truncado por la sangre, los gritos y el entrechocar
de las espadas, al rey lo cogió totalmente desprevenido, y se encontró de
repente en la sala del trono luchando por su vida.
Si el mejor tercio de su ejército, compuesto por
los veteranos más fuertes, no se hubiera mantenido leal, la batalla habría
terminado en aquellos primeros minutos, y aquí finalizaría la historia del
mercader. Pero las tuerzas del rey resistieron tenazmente, luego se replegaron,
y a media tarde estaban a la ofensiva. Con lo cual, cuando empezó a ponerse el
sol, la insurrección había quedado reducida a unos pocos rebeldes desesperados
que luchaban como locos, conscientes de que la rendición sería inaceptable.
Fue en un combate con uno de ellos que el rey de Kambuja recibió su herida
mortal.
El no sabía que la herida era mortal. Sólo sabía
que estaba cayendo la noche y que seguía habiendo hombres que se interponían
entre él v la torre, hombres que se habían pasado la tarde gritando que lo matarían
a él primero y luego a su mujer-leopardo, su mujer-serpiente, el monstruo que
había corrompido el reino durante tanto tiempo. Por ello los iba matando con
toda la fuerza que le quedaba, mientras se dirigía, medio desnudo,
ensangrentado y cojeando, hacia la torre. Si algún hombre se interponía en su
camino, lo mataba. Pero se desplomaba a menudo, y cada vez le costaba más
levantarse, lo cual lo enfurecía. Parecía que la torre no llegaba nunca, y
sabía que ya hubiera debido estar con su naguini.
Nunca habría alcanzado la torre si no llega a ser
por el coraje de un jovencísimo oficial, mucho más joven que los niños de Roma
que han conseguido entrar al servicio del emperador. El comendador de este
niño, encargado de la seguridad del rey, había muerto antes durante la
rebelión, por lo que el niño se había proclamado protector del rey en su lugar,
y lo seguía por la polvorienta confusión de la batalla, siempre luchando a su
lado o tras él. Ahora corría para incorporarlo y ayudarlo, y lo llevó casi en
brazos hasta la lejana puerta a la que hacía mucho tiempo el rey había
conducido en broma a una mendiga. Ninguno de los dos bandos se acercó a ellos
mientras avanzaban con dificultad en el crepúsculo. Ninguno osaba hacerlo.
Cuando por fin llegaron a la puerta de la torre,
el niño sabía que el rey se estaba muriendo. Este no tenía fuerzas para girar
la llave en la cerradura ni podía hablar, salvo con los ojos, para ordenarle al
niño que lo hiciera. Sin embargo, una vez dentro, se puso en pie y subió la
escalera como cualquier joven ansioso por reunirse con su amada. El niño lo
siguió, asustado por este lugar de los relatos de sus padres, por esta gran
oscuridad llena de susurros de reinas endemoniadas. Pero el afecto que sentía
por su rey fue más fuerte que todos estos horribles temores, y se encontraba de
nuevo junto al viejo hombre cuando llegaron al umbral del dormitorio, cuya
puerta estaba entreabierta.
La naguini no estaba allí. El niño se apresuró a
encender las antorchas de las paredes, y vio que en la alcoba no había más que
sombras, sombras y un ínfimo, ínfimo olor a jazmín y sándalo. Tras él, el rey
dijo claramente:
-No ha venido.
El niño no tuvo tiempo de impedir que cayera al
suelo. Tenía los ojos abiertos cuando el pequeño lo cogió en brazos, y señaló
la cama sin decir nada. Después de que el niño lo estiró allí y le vendó las heridas
lo mejor que pudo, el rey le indicó que se acercara y murmuró:
-Vigila la noche. Vigila conmigo.
-No era una súplica, sino una orden.
El niño se pasó toda la noche sentado en la gran
cama donde el rey v la reina de Kambuja habían dormido, felices, durante tanto
tiempo, y nunca supo cuándo murió el rey. Luchó por permanecer despierto tan
duramente como había luchado contra sus enemigos ese día, pero estaba fatigado,
y herido a su vez, y se dormía y se despertaba y se dormía de nuevo. La última
vez que se despertó fue porque todas las antorchas se apagaron de golpe, con un
ruido similar al de las velas de un barco agitadas por la brisa; y también
porque oyó otro ruido, pesado y lento, como si estuvieran arrastrando una carga
fría y rugosa sobre la piedra fría. La vio con la última luz de la luna: un
inmenso cuerpo que llenaba la alcoba como una humareda de negro verdoso, con
sus siete cabezas balanceándose como si fueran una, y un cierto fulgor a su
alrededor, como si estuviera titilando entre dos mundos a una velocidad que sus
ojos no lograban comprender. Se hallaba lo bastante cerca de la cama como para
que él pudiera observar que tenía heridas recientes y sangrantes (dijo más
tarde que su sangre resplandecía tanto como el sol, y lo cegaba). Cuando el
niño se apartó de un salto y se revolcó hasta un rincón, ella ni siquiera lo
miró. Inclinaba sus siete cabezas sobre el rey yaciente, y su cálida sangre
caía y se mezclaba con la de él.
-Mi pueblo intentó alejarme de ti -dijo.
El niño no podía distinguir si hablaban todas las
cabezas o tan sólo una. Contó que su voz estaba llena de otras voces, como un
acorde musical. La naguini prosiguió:
-Me dijeron que hoy era el día designado para tu
muerte, fijado en los átomos del universo desde el inicio de los tiempos, y así
ha sido, y yo siempre lo he sabido, al igual que tú. Pero no podía permitir que
ocurriera, estuviera escrito o no, así que luché contra ellos y vine aquí.
Aquel que se esconde entre las sombras cantará que tú y yo nunca nos fallamos,
ni en la vida ni en la muerte.
Entonces llamó al rey por un nombre que el niño no
reconoció, y lo colocó en los anillos de su cuerpo, ya que según la gente de
estas tierras una naga llamada Muchalinda protege este mundo y los que quedan
por venir. Y no abandonó la estancia por la puerta, sino que se desvaneció
lentamente en la oscuridad y desapareció sin dejar más rastro que el del aroma
a jazmín y a sándalo, llevando consigo la música de todas sus voces. Y lo que
fue de ella, o de los restos del rey, nunca más se supo.
Considero que esta historia abre algún
interrogante. Se cuenta con más testimonios sobre la existencia de las nagas
que con pruebas rea-les de que no existen. Pero, en cuanto a su relación con
los hombres, ciertamente se podría poner en duda. Aun así lo dejo por escrito,
en honor a aquel niño que aguardó hasta el amanecer en aquella torre dorada y
silenciosa antes de atreverse a salir entre el clamor de las gentes y las
lamentaciones de los afligidos, para anunciarle al pueblo de Kambuja que su rey
había muerto. Fue uno de sus descendientes -o así me lo juró- quien me contó la
historia.
Y, si este relato
encierra algún tipo de mensaje o metáfora, quizá sea que el dolor y el hambre,
la compasión y el amor, forman parte de este mundo más de lo que imaginamos.
Son los ríos subterráneos que las nagas atraviesan sin cesar; son la lluvia que
nos renueva cuan-do se ha profesado el debido respeto, ya sea a las nagas o al
prójimo. Y, si no existen los dioses ni otros mundos más que éste, si no
existen la sabiduría o el alma, siempre nos quedan esos cuatro ríos: el dolor y
el hambre, la compasión y el amor. Nosotros los humanos podemos sobrevivir
durante muchísimo tiempo sin comida, sin cobijo, sin ropas o medicinas, pero
no hay duda de que moriremos muy pronto si nos falta la lluvia.
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