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Peter Beagle - La naga

Nota del autor:
 
 
El siguiente relato es un fragmento de un manuscrito romano del siglo I descubierto recientemente, atribuido a Caius Plinius Secundus, cono­cido como Plinio el Viejo. Parece ser un apéndice a su gran Enciclopedia de Historia Natural, escrita poco antes de su muerte, acaecida en el año 79 después de Cristo durante la erupción del monte Vesubio. Cómo fue a parar a manos de este escritor sería otra historia en sí, y es algo que no incumbe a nadie más que a él.




Empecemos por una criatura que conocemos únicamente a través de relatos de aquellas tierras semimíticas que se encuentran más allá del Indo, donde habitan muchos dragones y unicornios. Mercaderes como los que viajan
entre la India y las provincias romanas de Mesopotamia describen la naga como una enorme serpiente de siete cabezas, bestia que nosotros conocemos por el nombre de hidra. Aparte de las historias sobre la conquista de Hércules de la Hidra de Lerna, se han escrito relatos sobre los numerosos enfrentamientos con estos animales habidos cerca de las costas de Grecia y Gran Bretaña. La hidra tiene entre siete y diez cabezas, que son como testas de perro. Según dicen,
estas cabezas crecen en las extremidades de unos cuellos o brazos prodigiosamente musculosos, y no devoran a su presa sino que la arrastran hasta una cabeza central, mucho mayor, que la desgarra con un
pico parecido al del monstruoso loro africano. Además, se cuenta que
estas cabezas y cuellos vuelven a crecer una vez partidos; al momento,
según los escritores griegos, aunque la capacidad de éstos para mentir o para creerlo todo va más allá de lo imaginable. Sin embargo, no hay duda de que la hidra existe realmente. Yo mismo he hablado con ma­rineros que habían perdido a compañeros suyos ante la voracidad de esas bestias y que, como venganza, habían hervido una viva y la ha­bían devorado ellos mismos una vez capturada. Según parece, la hidra tiene un sabor bastante similar al de las botas con que los soldados hacen sopa en el desierto en situaciones extremas. Es un sabor difícil de olvidar.
Pero la naga es claramente de una naturaleza distinta de la hidra, por mucho que se parezcan superficialmente. Los relatos que han lle­gado hasta mí indican que los habitantes de la India y de las tierras de más allá suelen venerar a este animal, y de hecho lo consideran casi como un dios, aunque al mismo tiempo algo inferior a los humanos. Esta no es la única contradicción, ya que, aunque se dice que un mordisco de la naga es venenoso para todo ser viviente, sólo algunas de ellas son consideradas peligrosas para el hombre. (La verdad es que mis fuentes de información no coinciden en cuanto a la presa habitual de la naga: algunos libros llegan incluso a sugerir que la bestia ni siquiera come, sino que vive de la leche del elefante salvaje, al que cuida y pro­tege como nosotros al ganado.) El elemento de las nagas es el agua; se cree que tienen el poder de provocar la lluvia o de impedir que llueva, y por tanto se las debe aplacar con sacrificios v otras ofrendas y tratar siempre con respeto. Al igual que los dragones de aquí, poseen gran-des tesoros en profundas guaridas. Pero, a diferencia de los dragones que conocemos, al parecer las nagas construyen palacios subterráneos de una inmensa riqueza y belleza, donde residen a la manera de los reyes y reinas de este mundo. Sin embargo, cuentan que a menudo se inquietan y suspiran por algo que no pueden conseguir, y entonces abandonan sus mansiones y se desplazan por los ríos y arroyos de la India. Los filósofos de esa región dicen que van en busca de sabiduría, y existen sectas en Roma que jurarían que ansían un alma humana. Yo no sabría dar mi opinión al respecte
Para aquellos que han servido al emperador en Britania, puede ser de interés conocer los rumores de que existe una criatura similar a la naga en las lejanas marcas del norte de aquella isla, donde se la venera por ser portadora de fertilidad; quizá porque se pasa los meses de in­vierno durmiendo bajo tierra, y no aparece hasta el primer día de la primavera. Pero desconozco si esas serpientes acumulan tesoros del mis­mo modo que las nagas, ni cuántas cabezas tienen.
Se dice que todas las nagas poseen una joya de un valor incalculable, situada en su frente o en su garganta, que genera su gran poder. Al igual que el elefante, son de una naturaleza religiosa e incluso reveren­cial, y con frecuencia poseen un lugar sagrado donde rendir culto a los dioses de la India y hacerles ricas ofrendas como las que ellas mis-mas reciben. Existen incluso relatos de reyes nagas que hacen de suscuerpos lechos para los dioses, desplegando sus capuchas para prote­gerlos de la lluvia y el sol. Sean ciertas o no estas historias, el hecho de que alguien crea en ellas muestra sin duda la atención que reciben las nagas en estas tierras.
Otra sorprendente contradicción acerca de las nagas es la creencia general de que la serpiente hembra -que recibe el nombre de naguini­es capaz de tomar forma humana, lo cual no sucede en el caso del macho de la especie. Una vez adoptada esta forma, la naguini es con frecuencia de una extraordinaria belleza, y se dice que existen familias reales cuya ascendencia se remonta al enlace de un príncipe mortal con una naguini. El siguiente relato, basado en este tema, me lo con­tó un mercader de sedas y tintes que ha viajado mucho tanto por la India como por el reino vecino oriental que sus gentes denominan Kambuja. Lo voy a repetir, lo mejor posible, tal y como él me lo contó.
En Kambuja, cerca del palacio de los reyes, se alza una torre com­pletamente revestida en oro, como acostumbra ser el estilo de la reale­za por aquellas tierras. Esta torre la construyó hace mucho tiempo un joven rey en cuanto accedió al poder, para que sirviera de aposen­tos para él y su reina cuando contrajeran matrimonio. Pero, con la arrogancia propia de su juventud, se impacientaba y no se contentaba con nada: esta doncella era demasiado vulgar, aquélla demasiado apa­gada, esta otra lo suficientemente bella pero demasiado locuaz, y aquella otra no sólo no convenía como esposa por motivos familiares, sino que además olía a pescado muerto. Por consiguiente, su primera ju­ventud transcurrió en la soledad de la realeza, que -según me comen-tan a menudo- no puede de ningún modo sustituir a la compañía y tierna sabiduría de una verdadera esposa, ya sea reina o sirviente. Y el rey se sentía cada vez más solo, aunque se negara a admitirlo, y por ello siempre andaba malhumorado. Y, aunque no era cruel ni voluble a la hora de gobernar, manifestaba una actitud indiferente, sin hacer nada malo pero tampoco el bien, al no tener entrañas ni para lo uno ni para lo otro. Y la torre dorada permaneció vacía, año tras año, a excepción de las arañas y mochuelos que criaban a sus propias familias en lo más alto de los chapiteles.
Cuenta el mercader que, en los cálidos crepúsculos, el rey solía pa­sear disfrazado entre su pueblo por las calles y el mercado. Suponía que de este modo llegaría a conocer mejor sus vidas cotidianas, lo cual no era cierto en absoluto. En primer lugar, porque no había golfillo que no lo reconociera a primera vista, por muy ingenioso que fuera su disfraz; y, en segundo lugar, porque en realidad no deseaba adquirir ese conocimiento. Sin embargo, siguió fiel a esta costumbre, y una tarde, mientras divagaba, una mendiga con el rostro sucio se le acercó y le preguntó en un dialecto vulgar:
-Perdone, señor alfarero -ya que así iba vestido-, ¿qué es aquello de allí que brilla? -Y señaló la torre dorada que el rey había diseñado para su felicidad hacía tanto tiempo.
Al parecer al rey no le faltaba humor, aunque se tratase de un hu­mor crudo e incómodo. Respondió cortésmente a la mendiga, diciendo:
- Aquello es un museo consagrado a la memoria de alguien que nun­ca existió, y yo no soy alfarero sino su guardián. ¿Le gustaría satisfa­cer su curiosidad? Aceptamos visitantes, la torre y yo.
La mendiga asintió enseguida, y el rey la cogió de la mano y la con­dujo por los jardines que había plantado con sus propias manos hasta la enorme puerta brillante, cuya llave siempre llevaba consigo, aun-que nunca hasta ese día la había abierto.
El rey escoltó a la mendiga de habitación en habitación, de chapitel en chapitel, conversando con ella todo el tiempo y burlándose seria-mente de sus propios sueños del pasado.
- Aquí es donde habría cenado, ese hombre que nunca fue, y en esta sala se habría sentado con su mujer y sus amigos a escuchar tocar a los músicos. Y este lugar debería haber sido para las doncellas de su mujer, y éste otro para los niños..., como si los que no han nacido pudieran engendrar hijos.
Pero, cuando llegaron al dormitorio real, el rey retrocedió ante la puerta y se negó a entrar, diciendo bruscamente:
- Aquí hay serpientes, y peste. Vayámonos.
Pero la mendiga avanzó con resolución y entró en la alcoba, como quien ha abandonado un lugar durante largo tiempo y aun así lo re-cuerda perfectamente. El rey la llamó, indignado, y cuando ella se giró vio que no era una miserable mendiga sino una gran reina, con un traje y unas joyas mucho más valiosos que todo lo que él poseía. Y ella le dijo:
- Soy una naguini, y he dejado mi palacio y mis posesiones en el interior de la tierra por el amor y la compasión que siento por ti. A partir de esta noche, ni tú ni yo dormiremos en otro lugar que no sea esta torre, nunca jamás.
Y el rey la abrazó, ya que su exquisita belleza lo impulsaba a hacer-lo; y, además, se había sentido muy solo.
Bien pronto, cuando su júbilo dio paso a una cierta serenidad, el rey empezó a hablar de su boda, de festejos que durarían meses, y de cómo gobernarían y mantendrían su corte. Pero la naguini replicó:
- Querido, ya nos hemos casado en dos ocasiones: primero cuando te vi por primera vez, y luego cuando nos abrazamos por primera vez. En cuanto a consejeros, ejércitos y decretos, todo eso representa tu mundo de día, pero no me concierne. Mi propio reino, mi propia gente, necesitan mi atención y mi gobierno tanto como los tuyos te necesi­tan a ti. Pero en nuestro mundo nocturno, nos cuidaremos el uno al otro aquí, y ¿como podrían no ser felices nuestros días si siempre nos aguarda la noche?
Esto no agradó al rey, ya que deseaba presentar a su pueblo su tan esperada reina, tenerla a su lado en todo momento del día.
-Veo que no acabaremos bien -le dijo-. Tú te cansarás de viajar continuamente de un mundo a otro y me abandonarás por algún ca­ballero naga, ya que a su lado pareceré un barrendero, un don nadie. Y yo, afligido, recurriré a una cantante callejera, a una cortesana co­mún, o, lo que es peor, a una mujer de la corte, y me sentiré más solo y más extraño que nunca por haberte amado. ¿Es éste el presente que has venido a ofrecerme desde tan lejos?
Al oír esto, los bellos y grandes ojos de la naguini centellearon, y tomó al rey por las muñecas, diciendo:
-No me hables nunca de celos y traición, ni siquiera en broma. Mi pueblo es fiel durante toda la vida. ¿Acaso puedes decir lo mismo del tuyo? Y te diré algo más, mi señor, mi único señor: si alguna vez llegara la noche a esta torre sin traerte con ella, no amanecerá sin que acontezca una terrible catástrofe en tu reino. Si una vez siquiera dejas de reunirte aquí conmigo, nada salvará a Kambuja de mi ira. Así so­mos nosotras las nagas.
Y, si no vienes a mí todas las noches -dijo el rey sin más-, moriré. Entonces los ojos de la naga se llenaron de lágrimas, y lo rodeó con sus brazos, diciendo:
-¿Por qué nos herimos hablando de algo que no sucederá jamás? Por fin estamos en casa juntos, amigo mío, esposo mío.
Y no es necesario hablar de su felicidad en la torre dorada, salvo añadir que las arañas, serpientes y mochuelos habían abandonado el lugar antes del amanecer.
Fue de este modo, pues, que el rey de Kambuja tomó a una naguini como esposa, aunque sólo la viera al anochecer, y siempre en la torre dorada. No le habló a nadie de esto, como ella le había ordenado; pero, como abandonaba todos los asuntos de estado, desfiles y ceremonias en cuanto se ponía el sol, para apresurarse a llegar a la torre, no tardó en correrse la voz por todo el país de que se encontraba allí todas las noches con una mujer. Los curiosos lo seguían tan de cerca y hasta tan lejos como se atrevían. Y algunos esperaban toda la noche fuera de la torre con la esperanza de espiar a la amante secreta cuando llega­ra o se marchara. Pero nadie consiguió ver jamás ni la sombra de la naguini; tan sólo al rey, caminando despacio en el nuevo día, tranqui­lo y pensativo, su rostro brillando con los últimos reflejos de la luna.
Con el tiempo, estas habladurías y curiosidad de la gente dieron paso a su asombro frente al cambio que experimentó el rey, ya que gober­naba de una forma cada vez más apasionada, consciente de la verdade­ra existencia de su pueblo, como si hubiera despertado al verlos por primera vez, con toda su humana inocencia, perversidad y sufrimien­to. De no preocuparse más que de su amarga soledad, pasó a intentar mejorar su suerte, con la misma intensidad con la que ellos trabajaban únicamente para sobrevivir. No había nadie en el reino que no pudie­ra verlo y hablarle libremente; ningún criminal condenado, ningún comerciante oprimido por los impuestos, ningún sirviente azotado, ninguna hija vendida en matrimonio sin derecho a protestar ni a ser escuchada. Esta profunda preocupación del rey por su pueblo descon­certó a muchos que estaban acostumbrados a otro tipo de gobernan­tes, y surgió en el país un dicho burlón: «De noche tenemos una rei­na, pero de día tenemos por lo menos cinco reyes». Poco a poco el amor del rey se vio correspondido por el de su pueblo, aunque no lo comprendieran, y se llegó a decir también que, a pesar de que la justicia no existiera en ningún otro lugar del universo, había sido in-ventada en Kambuja.
Este cambio, como bien sabía el rey, se debía a dos razones: por un lado, se sentía feliz por primera vez en su vida y deseaba ver felices a los demás; y, por otro, tenía la sensación de que, cuanto más trabaja­ba, más rápido transcurría el día, dando paso al anochecer y a su reina naguini. A su vez, como ella le había dicho, la felicidad que le inspira­ba su amor hacía que disfrutara incluso de las horas en que se separa­ban; sucedía como por reflejo, al igual que el sol, aun habiéndose puesto horas atrás, sigue iluminando nuestras noches gracias a la luna. De este modo uno aprende a valorar, sin confundirlos, el día, la noche y el crepúsculo, con todo lo que encierran.
Los años transcurrieron rápidamente, con sus días y sus noches. No hubo una sola noche que el rey no pasara en la torre dorada, lo que significaba, entre otras muchas cosas, que durante su reinado Kambu­ja nunca se vio envuelta en una guerra. Y la naguini siempre estaba allí para recibirlo cuando él llegaba, y lo llamaba por el nombre secre­to que le habían puesto los sacerdotes de niño, nombre que nadie más conocía. A su vez ella le había dicho su nombre naga (y se reía con ternura cada vez que él intentaba pronunciarlo correctamente), pero nunca permitió que él la viera tal y como era en realidad, entre su propio pueblo.
-Lo que soy contigo es mi ser más auténtico -le dijo (según juraba el mercader)-. Nosotras las nagas siempre estamos pasando del agua a la tierra, de la tierra al aire, de una forma a la otra, de un mundo a otro, de este deseo a aquel otro, de un sueño a otro. Aquí en nuestra torre soy como me conoces, ni más ni menos; y yo no pido ver qué forma adoptas tú cuando te sientas a juzgar la vida y la muerte. Aquí los dos somos libres, como si tú no fueras un rey y yo no fuera una naga. Dejémoslo así, querido.
El rey respondió:
-Será lo que tú digas, pero debes saber que muchos rumorean que su reina de noche es en realidad una naga. La tierra se ha vuelto dema­siado abundante, la lluvia es demasiado perfecta y segura. ¿Quién si no una naga podría estar detrás de tan buena fortuna? La mayoría de mi pueblo ha creído durante años que eres tú quien gobierna realmen­te Kambuja, aunque seas también algo más. La verdad es que me cues­ta no darles la razón.
-Yo nunca te he dicho cómo debes gobernar tu país -le contestó la naguini-. No necesitabas que yo te enseñara a ser rey.
-¿Crees que no? -replicó él-. Pero yo no era un rey en absoluto hasta que tú viniste a mí, y mi pueblo lo sabe tan bien como yo. Pue­de que nunca me enseñaras a construir una calle o un granero, a crear un impuesto justo o a mantener las fronteras de mi tierra libres de enemigos, pero sin ti nunca me habría interesado por hacer esas cosas. Hubo un tiempo en que Kambuja sólo se hacía soportable porque contenía nuestra torre dorada. Ahora, poco a poco, la torre ha llegado a acoger a toda Kambuja, y todo mi pueblo ha entrado en ella con nosotros, tan valiosos como nosotros. Eso ha ocurrido gracias a ti, y por ello eres tú quien gobierna aquí, tanto de día como de noche.
De vez en cuando él le decía:
-Hace tiempo, cuando te dije que moriría si alguna vez no te reu­nías aquí conmigo, tu rostro cambió y supe que había hablado dema­siado. Ahora sé, con lo sabio que me ha hecho el amor, que si no vie­nes una noche moriré de veras, y no me importa que sea así. Te he conocido. He vivido.
Pero la naguini nunca lo dejaba proseguir, ya que se deshacía en lá­grimas, prometiéndole que jamás llegaría esa noche, y entonces el rey la consolaba hasta el amanecer. Así permanecieron juntos, y pasaron los años.
El rey envejeció con la naguini, del mismo modo en que habían com­partido su juventud, con alegría y sin temor. Pero sus más allegados envejecieron también, y murieron o se retiraron de la corte. Entretan­to, surgió un rebelde grupo de jóvenes soldados y cortesanos que se lamentaban cada vez más de que el rey no le hubiera proporcionado un heredero al trono, ya que cuando él muriera las disputas de sus primos acabarían con el reino. Se quejaban también de que el rey es-tuviera tan esclavizado por su naguini, o hechicera, o mujer-leopardo (ya que en Kambuja es común creer en este tipo de cambios), de que se preocupara poco de la gloria y el renombre del reino, por lo que Kambuja era conocida por su gran timidez entre las naciones. Y, aun-que nada de eso fuera cierto, es bien sabido que una paz duradera in-quieta a muchos, dispuestos a seguir a cualquiera que prometa cam­bios tumultuosos. Así ha sucedido incluso en Roma.
Varios intentaron advertir al rey de que tal era la situación en su corte, pero él no prestaba atención y prefería pensar que todos a su alrededor estaban tan serenos como él. Por ello, cuando un apacible mediodía se vio bruscamente truncado por la sangre, los gritos y el entrechocar de las espadas, al rey lo cogió totalmente desprevenido, y se encontró de repente en la sala del trono luchando por su vida.
Si el mejor tercio de su ejército, compuesto por los veteranos más fuertes, no se hubiera mantenido leal, la batalla habría terminado en aque­llos primeros minutos, y aquí finalizaría la historia del mercader. Pero las tuerzas del rey resistieron tenazmente, luego se replegaron, y a me­dia tarde estaban a la ofensiva. Con lo cual, cuando empezó a ponerse el sol, la insurrección había quedado reducida a unos pocos rebeldes desesperados que luchaban como locos, conscientes de que la rendi­ción sería inaceptable. Fue en un combate con uno de ellos que el rey de Kambuja recibió su herida mortal.
El no sabía que la herida era mortal. Sólo sabía que estaba cayendo la noche y que seguía habiendo hombres que se interponían entre él v la torre, hombres que se habían pasado la tarde gritando que lo ma­tarían a él primero y luego a su mujer-leopardo, su mujer-serpiente, el monstruo que había corrompido el reino durante tanto tiempo. Por ello los iba matando con toda la fuerza que le quedaba, mientras se dirigía, medio desnudo, ensangrentado y cojeando, hacia la torre. Si algún hombre se interponía en su camino, lo mataba. Pero se desplo­maba a menudo, y cada vez le costaba más levantarse, lo cual lo enfu­recía. Parecía que la torre no llegaba nunca, y sabía que ya hubiera debido estar con su naguini.
Nunca habría alcanzado la torre si no llega a ser por el coraje de un jovencísimo oficial, mucho más joven que los niños de Roma que han conseguido entrar al servicio del emperador. El comendador de este niño, encargado de la seguridad del rey, había muerto antes du­rante la rebelión, por lo que el niño se había proclamado protector del rey en su lugar, y lo seguía por la polvorienta confusión de la ba­talla, siempre luchando a su lado o tras él. Ahora corría para incorpo­rarlo y ayudarlo, y lo llevó casi en brazos hasta la lejana puerta a la que hacía mucho tiempo el rey había conducido en broma a una men­diga. Ninguno de los dos bandos se acercó a ellos mientras avanzaban con dificultad en el crepúsculo. Ninguno osaba hacerlo.
Cuando por fin llegaron a la puerta de la torre, el niño sabía que el rey se estaba muriendo. Este no tenía fuerzas para girar la llave en la cerradura ni podía hablar, salvo con los ojos, para ordenarle al niño que lo hiciera. Sin embargo, una vez dentro, se puso en pie y subió la escalera como cualquier joven ansioso por reunirse con su amada. El niño lo siguió, asustado por este lugar de los relatos de sus padres, por esta gran oscuridad llena de susurros de reinas endemoniadas. Pero el afecto que sentía por su rey fue más fuerte que todos estos horribles temores, y se encontraba de nuevo junto al viejo hombre cuando lle­garon al umbral del dormitorio, cuya puerta estaba entreabierta.
La naguini no estaba allí. El niño se apresuró a encender las antor­chas de las paredes, y vio que en la alcoba no había más que sombras, sombras y un ínfimo, ínfimo olor a jazmín y sándalo. Tras él, el rey dijo claramente:
-No ha venido.
El niño no tuvo tiempo de impedir que cayera al suelo. Tenía los ojos abiertos cuando el pequeño lo cogió en brazos, y señaló la cama sin decir nada. Después de que el niño lo estiró allí y le vendó las he­ridas lo mejor que pudo, el rey le indicó que se acercara y murmuró:
-Vigila la noche. Vigila conmigo.
-No era una súplica, sino una orden.
El niño se pasó toda la noche sentado en la gran cama donde el rey v la reina de Kambuja habían dormido, felices, durante tanto tiempo, y nunca supo cuándo murió el rey. Luchó por permanecer despierto tan duramente como había luchado contra sus enemigos ese día, pero estaba fatigado, y herido a su vez, y se dormía y se despertaba y se dormía de nuevo. La última vez que se despertó fue porque todas las antorchas se apagaron de golpe, con un ruido similar al de las velas de un barco agitadas por la brisa; y también porque oyó otro ruido, pesado y lento, como si estuvieran arrastrando una carga fría y rugosa sobre la piedra fría. La vio con la última luz de la luna: un inmenso cuerpo que llenaba la alcoba como una humareda de negro verdoso, con sus siete cabezas balanceándose como si fueran una, y un cierto fulgor a su alrededor, como si estuviera titilando entre dos mundos a una velocidad que sus ojos no lograban comprender. Se hallaba lo bastante cerca de la cama como para que él pudiera observar que tenía heridas recientes y sangrantes (dijo más tarde que su sangre resplande­cía tanto como el sol, y lo cegaba). Cuando el niño se apartó de un salto y se revolcó hasta un rincón, ella ni siquiera lo miró. Inclinaba sus siete cabezas sobre el rey yaciente, y su cálida sangre caía y se mez­claba con la de él.
-Mi pueblo intentó alejarme de ti -dijo.
El niño no podía distinguir si hablaban todas las cabezas o tan sólo una. Contó que su voz estaba llena de otras voces, como un acorde musical. La naguini prosiguió:
-Me dijeron que hoy era el día designado para tu muerte, fijado en los átomos del universo desde el inicio de los tiempos, y así ha sido, y yo siempre lo he sabido, al igual que tú. Pero no podía permitir que ocurriera, estuviera escrito o no, así que luché contra ellos y vine aquí. Aquel que se esconde entre las sombras cantará que tú y yo nun­ca nos fallamos, ni en la vida ni en la muerte.
Entonces llamó al rey por un nombre que el niño no reconoció, y lo colocó en los anillos de su cuerpo, ya que según la gente de estas tierras una naga llamada Muchalinda protege este mundo y los que quedan por venir. Y no abandonó la estancia por la puerta, sino que se desvaneció lentamente en la oscuridad y desapareció sin dejar más rastro que el del aroma a jazmín y a sándalo, llevando consigo la músi­ca de todas sus voces. Y lo que fue de ella, o de los restos del rey, nun­ca más se supo.
Considero que esta historia abre algún interrogante. Se cuenta con más testimonios sobre la existencia de las nagas que con pruebas rea-les de que no existen. Pero, en cuanto a su relación con los hombres, ciertamente se podría poner en duda. Aun así lo dejo por escrito, en honor a aquel niño que aguardó hasta el amanecer en aquella torre dorada y silenciosa antes de atreverse a salir entre el clamor de las gentes y las lamentaciones de los afligidos, para anunciarle al pueblo de Kambuja que su rey había muerto. Fue uno de sus descendientes -o así me lo juró- quien me contó la historia.

Y, si este relato encierra algún tipo de mensaje o metáfora, quizá sea que el dolor y el hambre, la compasión y el amor, forman parte de este mundo más de lo que imaginamos. Son los ríos subterráneos que las nagas atraviesan sin cesar; son la lluvia que nos renueva cuan-do se ha profesado el debido respeto, ya sea a las nagas o al prójimo. Y, si no existen los dioses ni otros mundos más que éste, si no existen la sabiduría o el alma, siempre nos quedan esos cuatro ríos: el dolor y el hambre, la compasión y el amor. Nosotros los humanos podemos sobrevivir durante muchísimo tiempo sin comida, sin cobijo, sin ro­pas o medicinas, pero no hay duda de que moriremos muy pronto si nos falta la lluvia.

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