Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

John Berry - El que vuelve



¿Sabía usted que "yeti" no significa en realidad "abominable hombre de las nieves"? ¿No? Pues, lea, lea...


El padre Ryan había desaparecido completa y misteriosamente unos dos meses antes de mi lle­gada a la estación montañosa de Rampoche, el 25 de abril de 1952. Había salido del monasterio en compañía de otros cuatro sacerdotes europeos, y estaba en algún lugar del Himalaya, cerca de la frontera de Nepal. Por su calidad de botánico, se apartó un poco del resto de la partida, con la intención de identificar cierta clase de árbol. Sus compañeros no volvieron a verle, aunque estuvie­ron buscándole el resto de aquel día por todas partes. Sherpas, lepchas, tibetanos, nepaleses y varias compañías de soldados indios registraron toda la zona durante una semana, sin resultado.
Me sorprendía que una desaparición misterio­sa causara tanta impresión en Rampoche. La po­blación estaba rodeada por profundas gargantas y enormes selvas, donde en cierta oca­sión vi a una pitón alargarse más de tres metros desde un árbol para apresar una cosa que chillaba, y que parecía un gran perezoso, que es un animal herbóreo de América del Sur.
Allí estaban también los yetis, los seres semi­legendarios, peludos, medio humanos, que, estoy convencido de ello, habitan en las laderas superio­res del Himalaya. Por lo que re­cuerdo, los yetis no tienen nada de divertido, excepto la traducción al inglés de esta palabra tibetana (que, a decir verdad, no es yeti), hecha por un hombre encanta­dor cuya lengua na­tiva no era el inglés. «El terro­rífico ser que vive entre las nieves» se convirtió así en «el abominable hombre de las nieves», nombre que hizo furor, no entre los verda­deros escépticos, sino entre los que estaban determina­dos a no creer; sin embargo, éstos no eran más que simples extranjeros.
La gente de las montañas lo sabe con certeza. Muestran una curiosidad cortés delante de las innumerables fotografías que se poseen hoy día de las enormes huellas de los yetis en la nieve. Se trata de yetis comunes, aunque es poco probable que un extranjero los vea, ya que son maestros en mantener el misterio de su intimidad. Hay otros yetis, no obstante, muy avanzados en los secretos del yoga.
Y existe el Gran Yeti, que es un Iluminado. No hay que mencionar jamás su nombre.
Conocí la historia gradualmente, a lo largo de un período de tiempo, en varios lenguajes, a tra­vés de varios hombres y mediante diversos suce­sos. A menudo, de manera impercepti­ble: una palabra captada al azar, pronunciada casualmente por algún aldeano, tendero, por­teador o lama en tránsito. Porque eran los extranjeros, como yo mismo, los únicos que no conocían la verdad.
Una mañana, no muy temprano, pero antes de que el sol iluminara el Himalaya, estaba partiendo leña junto a mi cabaña, en la ladera montañosa que corona Rampoche. Un lama tibetano, cubier­to de harapos y con un gorro picudo, bajaba por el sendero. Plantado delante de mí, sonrió y em­pezó a tocar una campanita que llevaba en la mano. Con la otra hizo girar un tambor, sostenido por un asa, de modo que era golpeado a cada lado por dos pesas col­gantes. Luego, cantó. Recuerdo la canción perfectamente, tras aquella única audi­ción, aun­que cuando una vez intenté interpretarla, comprendí que era sólo del lama... tal vez porque no poseía nada más en el mundo.
Después de cantar, me bendijo hasta que me sentí bendecido.
Nos acuclillamos en el suelo, sin mirarnos, sin dejar de mirarnos, sin poder concentrarnos ni ignorar las nieves perpetuas del Kinchinjunga, ya brillantemente coloreado por el sol naciente. Mi sonrisa y la del lama eran iguales. No pertenecían a ninguno de los dos. Yo experimentaba una sen­sación de libertad y contento, las invisibles rique­zas de aquel vaga­bundeo mendicante.
Durante un ataque de locura causado por la disentería, el sentimentalismo y el estudio de la gramática sánscrita, insulté en cierta ocasión a un lama tibetano que me mendigó con excesiva insis­tencia. Le empujé, le maldije, le amenacé y casi le pegué con mi pipa de latón para opio. ¡Y él se rió! Retrocediendo con cómico terror, aquel gi­gante atontado –el loco de Dios– me dio las gracias por la experiencia. Se alejó riendo, más feliz, si ello era posible, que al llegar.
Ahora, los sentimientos de culpa me permitie­ron calcular la felicidad del lama presente por la del de antaño. Parecían iguales, aunque yo había insultado al otro, y éste, Lama-ji, estaba compar­tiendo mi desayuno. Evidentemente, yo no ejercía efecto alguno sobre nin­guno de los dos.
Lama-ji agitó su té, y se lo bebió con respeto, fijos sus ojos en mí.
–La Tierra Llana debe de ser un sitio muy interesante –aventuró.
Mencioné los océanos, los desiertos y sus gen­tes, el perfeccionamiento de los medios de trans­porte, de comunicación y los gobiernos.
–Vuestro Gran Lama –murmuró él–, es lla­mado «Papa», ¿verdad? Sin duda goza de una ele­vada condición espiritual.
Le dije que así era, en efecto, aunque tenía muchos problemas respecto al pecado que preva­lece aún en la Tierra Llana.
–Cierto –murmuró Lama-ji con simpatía–. El padre Ryan me enseñó un retrato del Papa Lama, y también una del Iluminado Jesús, en su niñez.
Cambiamos de tema varias veces y al final callamos. De pronto, en medio de aquella pausa, recordé que el padre Ryan era el sacerdote des­aparecido.
–El padre Ryan... –rememoré.
–Nos encontramos en un monte antes de ama­necer –respondió Lama-ji, y al mirarle com­pren­dí que hablaba en metáfora.
Continué mirándole.
–Fue siete días antes de que le apresaran –añadió.
–Lo ignoro todo –mentí–. Cuénteme, por fa­vor, lo ocurrido.
Lama-ji me miró sorprendido.
–El Gran Yeti se lo llevó –explicó luego–. El yeti Gurú.
Supuse que aquel yeti se habría comido al pa­dre Ryan.
Lama-ji se echó a reír alegremente.
–Usted está pensando en las grandes pisadas en la nieve –expresó–. Son diferentes. No, el Gran Yeti es un espíritu.
–¿Encarnado?
–Sí, pero no necesita comer. El padre Ryan vive todavía.
–¿Cómo es ese yeti?
–Como un yogui grande y bueno, aunque es un boddhisattya, mucho mayor que los hom­bres. Vive en una cueva, arriba, muy arriba, en las nie­ves.
–¿Por qué se llevó al padre Ryan?
Lama-ji se puso serio.
–A veces –manifestó con expresión de te­rror–, el Gran Yeti desciende de las nieves para echar una ojeada a la gente. Usualmente, regresa solo. Pero si encuentra a un ser humano con el alma pura, se lo lleva consigo. En la cueva, el yeti Gurú enseña al hombre y éste recibe la Ilu­minación.
–¿Y el hombre no regresa al mundo?
–Al término de seis meses vuelve entre los humanos para impartirles sus enseñanzas. Tiene un mes para ello, y cuando concluye este plazo, si vive para entonces, muere rápida­mente y vuelve al polvo. En ese mes debe permanecer en sitios obscuros, ya que no arroja sombra, y los seres hu­manos se asustan ante la proximidad del Ilumi­nado... Además, éste les pone en graves aprietos.
–¿Qué clase de aprietos?
–Ah... –murmuró Lama-ji. A los hombres les provoca la verdad, como en tu país sintié­ronse provocados por el Iluminado Jesús antes de que se convirtiera en un boddhisattva. ¿No le quema­ron?
–No, le crucificaron.
–Esto no es mortal para El que Vuelve –ob­servó Lama-ji–. Todo el mundo sabe que hay que quemarlo hasta reducirlo a cenizas, como a un papiro. De lo contrario, sigue enseñando y pertur­bando a la gente. Verás qué sucede cuando el padre Ryan-boddhisattva baje de las nieves.
El rostro de Lama-ji estaba sereno, aunque con cierta sugerencia de ironía interna, como una combinación de ingenuidad y sofisticación.
–¿De qué lado está usted? –le pregunté con cierta aspereza.
Lama-ji reprimió la risa.
–Hijo mío, no hay lados. Todo es ritual.

A finales de junio bajé a las llanuras del Gan­ges. Hasta el siguiente abril no regresé a Rampoche para huir del calor. Esta vez conocí a Joan Venkataramanan, una inglesa vale­rosa, bonita y muy inteligente, casada con un indio. Asaltaba diaria­mente el Everest de su existencia, y ni ella ni el monte podían jamás sentirse derrotados.
Ella, sus dos hijos y yo íbamos por un sendero montañoso una tarde, cuando nos detuvi­mos para sentarnos en unas peñas y recobrar el aliento. Joan no era muy charlatana, aunque aquel día ha­bló bastante, por la sencilla razón de que sabía muchas cosas que debían ser contadas... excepto a un extranjero. Nos sentamos, pues, contemplan­do el panorama a través de las inmensas profun­didades y alturas, en toda su indescriptible gran­deza. Un punto en la base de una montaña a nues­tra izquierda atrajo mi atención. Parecía un edifi­cio blanco...
Los niños, un chico de siete años y una niña de diez, correteaban por la ladera detrás de nos­otros. Joan hablaba de la libertad. Según ella, no sería mala cosa hacerse monja por el beneficio del esprit de corps, sólo que temía quedar estan­cada sin mucho esprit y nada de corps.
–Conocí a un sacerdote irlandés, que era un espíritu libre –recordó Joan–. Vivía en un mo­nasterio ahí abajo, por donde se divisa aquel punto. Se quemó en octubre pasado, con el prior dentro, y posiblemente con alguien más. Los otros eran belgas y había un par de polacos. El padre Ryan...
Supongo que la miré con suma atención, ya que Joan se concentró al momento en el tema con el fin de eliminar cualquier pretexto que yo pudiera tener para entrometerme en su oblicua confesión. En realidad, no deseaba inmiscuirme en absoluto. Joan estaba creando un mundo con sus palabras. Era como la bola de nieve.
–El prior –continuó Joan– era un hombre formidable. Fui a verle para tratar de la educación de los niños, y casi nos peleamos. Era uno de esos varones de rostro de granito, un converso, supongo. Los conversos siempre son extremosos al recordar su pasado herético.
El padre Ryan, por otra parte, parecía un in­dividuo de buen corazón. Había enseñado a los niños ciencias naturales hasta que su superior, que pudo temer la posible influencia de Joan en el profesor, le prohibió continuar la amistad con. los niños y la madre.
Entonces, el padre Ryan desapareció en aquella expedición.
–¿Y el monasterio?
–En octubre pasado –explicó Joan–, el prior hizo algo terrible y heroico. Yo estaba avergonza­da desde nuestra discusión. Después de anochecer, se declaró el incendio. Debió empezar en la celda del prior, porque fue el único que se dio cuenta de lo que ocurría.
«Hizo sonar la campana, la oímos en varios kilómetros a la redonda, tremenda y desafiante, y ordenó que todo el mundo saliera del monaste­rio. Después cerró las puertas para que nadie pudiese volver a entrar. Se quedó solo luchando contra el fuego, y allí falleció. Fue una tontería, sí, pues con ayuda habría logrado quizá extinguir el incendio, pero no quiso arriesgar las vidas de los otros. Apenas comprendo este valor. Al cabo de una hora, el monasterio no era más que un montón de cenizas.
«Naturalmente, ya se sabe cómo la gente em­brolla todo lo más sencillo. Algunos monjes afir­maron haber visto una figura sombría, al anoche­cer, avanzando majestuosamente por el bosque, entrando en el monasterio y subiendo a la celda del prior, situada en una especie de torreón. Esto fue, según ellos, antes de iniciarse el incendio.
«También hubo en monje polaco, una especie de servidor. Cuando las llamas estaban en su pun­to álgido, tuvo en ellas una visión de Cristo... son­riendo levemente, sentado en padmasana, o sea la postura del loto. Tenía las manos levantadas en el mudra de la Enseñanza Divina.
Los niños venían hacia nosotros. Empecé a transmitirle a Joan, por gestos, la inquietud que se había apoderado de mí. Era ya tarde, y al anochecer los senderos de aquellas montañas lle­nas de precipicios no son muy seguros, especial­mente para el extranjero cuya mirada puede que­dar atraída momentáneamente por la vista de la luna haciendo brillar la nieve sobre una extensión de terreno considerable, a gran altura.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.