Hay los que siguen escribiendo esos relatos anticuados
sobre Tratos con el Demonio. Ya saben, azufre, conjuros y pentagramas; engaños,
burlas y ensueños. No saben lo que dicen. El demonismo del siglo veinte es liso
y aerodinámico como los ascensores automáticos, la televisión, las máquinas
tragaperras y el resto de los aparatos y servicios modernos que te dejan
desvalido y furioso.
Hace un año me echaron por tercera vez
en diez meses de mi trabajo. Tuve que enfrentar el hecho de que era un
fracasado. Estaba además sin un céntimo. Decidí vender mi alma al Diablo; el
único problema era encontrarlo. Acudí a la sala principal de referencia de la
biblioteca y leí todo lo que había sobre demonología. Como dije, pura
palabrería. De cualquier modo, si hubiese podido permitirme disponer de los
costosos ingredientes que, según decían, podían servir para conjurar al Diablo,
no habría tenido en realidad necesidad alguna de tratar con él. No veía salida
alguna, así que hice lo más natural: me dirigí al Servicio de Celebridades. Un
delicado joven contestó a mi llamada.
—¿Puede decirme usted dónde está el
Diablo?—pregunté.
—¿Es usted suscriptor del Servicio de
Celebridades?
—No.
—Entonces no puedo proporcionarle ninguna información.
—Entonces no puedo proporcionarle ninguna información.
—Puedo pagar una pequeña cuota por una
sola información.
—¿Quiere usted un servicio limitado?
—Sí.
—¿Quién es la celebridad, por favor?
—¿Quién es la celebridad, por favor?
—El Demonio.
—¿Quién?
—El Demonio... Satanás, Lucifer, Belcebú... el Demonio.
—El Demonio... Satanás, Lucifer, Belcebú... el Demonio.
—Un momento, por favor—al cabo de
cinco minutos estaba de vuelta, muy enojado—. Lo siento mucho. El Demonio ya no
es una celebridad.
1
Colgó. Hice lo más razonable, mirar en
la guía telefónica. En la misma página decorada con anuncios del Restaurante
Sardi encontré Satán, Shaitan, Carnage & Bael,477 Madison Avenue, Judson
3-1900. Llamé. Una clara voz femenina contestó.
—SSC & B. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán, por
favor?
—La línea está ocupada. ¿Quiere usted
esperar?
Esperé y perdí mi moneda. Discutí con
la telefonista y perdí otra moneda, pero obtuve la promesa de un reintegro en
sellos de correos.
Llamé de nuevo a Satán, Shaitan,
Carnage & Bael.
—SSC & B. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán? Le
suplico que no me deje colgado del teléfono. Estoy llamando desde una...
Hubo una conexión y sonó un timbre.
Esperé. Mi aparato emitió un clic de aviso. Al fin se despejó la línea.
—Oficina de la señorita Hogan.
—¿Puedo hablar con el señor Satán?
—¿Quién llama?
—El no me conoce. Es una cuestión
personal.
—Lo siento. El señor Satán ya no está
en nuestra organización.
—¿Puede decirme usted dónde puedo
encontrarlo? Hubo una apagada discusión y luego la señorita Hogan dijo:
—El señor Satán está ahora con
Belcebú, Belial, Demonio & Orgía. Los localicé en la guía telefónica. 383
Madison Ayenue, Murray Hill 2-1900. Marqué.
Sonó el teléfono una vez y alguien descolgó. Una voz metálica habló en un
sonsonete:
—El número que ha marcado ha sido
suprimido. Tenga la bondad de consultar su guía para dar con el número
correspondiente. Este es un mensaje grabado. Consulté mi guía. Decía
Murray Hill 2-1900. Marqué
de nuevo y recibí la misma respuesta grabada.
Al final comuniqué con una telefonista a la que convencí para que me diese el número de Belcebú, Belial, Diablo & Orgía. Llamé. Una alegre voz femenina contestó.
Al final comuniqué con una telefonista a la que convencí para que me diese el número de Belcebú, Belial, Diablo & Orgía. Llamé. Una alegre voz femenina contestó.
2
—BBDO. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán, por
favor?
—¿Quién?
—El señor Satán.
—El señor Satán.
—Lo siento. No hay nadie de ese nombre
en nuestra organización.
—Entonces póngame con Belcebú o con el
Diablo.
—Un momento, por favor.
Esperé. Cada medio minuto ella me
decía: "Aún continúo llamando al Diablo..." y luego cortaba antes de
que yo pudiese contestar. Al fin se oyó una alegre y juvenil voz femenina.
—Oficina del señor Diablo.
—¿Puedo hablar con él?
—¿Quién llama?
Di mi nombre.
—Está hablando por otra línea. ¿Quiere
usted esperar?
Esperé. Me había provisto de una buena
reserva de monedas. A los veinte minutos, la alegre y juvenil voz femenina
habló de nuevo:
—Acaba de acudir a una reunión de
emergencia. ¿Puede llamarle él a usted?
—No. Ya llamaré yo.
Nueve días después le localicé por
fin.
—Sí, dígame, ¿En qué puedo servirle?
Tomé aliento.
—Quiero venderle mi alma.
—¿Tiene usted algo sobre el papel?
—¿Qué quiere decir con algo sobre el
papel?
—La Propiedad, hijo mío. No esperará
usted que BBDO vaya a comprar a ciegas. Tráiganos su Presentación. Mi
secretaria concertará una cita.Preparé una Presentación de mi alma. Luego llamé
a su secretaria.
3
—Lo siento, está en la Costa. Vuelva a
llamar dentro de dos semanas. Cinco semanas después me concedió una cita. Acudí
y me senté en la sala de recepción de BBDO durante dos horas, con mi
Presentación sobre las rodillas. Por último me pasaron a una oficina decorada
con hierros de marcar reses tejanos de resplandeciente neón. El Demonio estaba
sentado en su sillón. Era un hombre alto con voz teatral de ejecutivo de
ventas; de esos que hablan alto en los ascensores. Me dio un Sincero apretón de
manos e inmediatamente se puso a leer mi Presentación.
—No está mal—dijo—. No está nada mal.
Creo que podremos llegar a un acuerdo. Bueno, ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Lo
normal?
—Dinero, éxito, felicidad.
Asintió.
—Lo normal. Sepa que en esta firma no engañamos a nadie. Es una empresa respetable. Garantizamos dinero éxito y felicidad.
—Lo normal. Sepa que en esta firma no engañamos a nadie. Es una empresa respetable. Garantizamos dinero éxito y felicidad.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por todo el período normal de vida
del individuo. Aquí no se hacen trampas, hijo mío. Hacemos nuestros cálculos
según las estadísticas oficiales. Y, de pasada, yo diría que a usted le quedan
todavía de cuarenta a cuarenta y cinco años. Podemos incluir eso en el contrato
más tarde.
—¿Y no hay ninguna trampa?
Hizo un gesto de impaciencia.
—Lo que usted piensa es todo cuestión
de malas relaciones públicas. Se lo aseguro, no hay ningún truco.
—¿Garantizado?
—No sólo garantizamos el servicio; insistimos en proporcionarlo. BBDO no quiere que vaya nadie al Comité de Prácticas Mercantiles Justas. Tendrá que visitarnos para el servicio por lo menos dos veces al año, si no quedará rescindido el contrato.
—No sólo garantizamos el servicio; insistimos en proporcionarlo. BBDO no quiere que vaya nadie al Comité de Prácticas Mercantiles Justas. Tendrá que visitarnos para el servicio por lo menos dos veces al año, si no quedará rescindido el contrato.
—¿Qué clase de servicios?
Él se encogió de hombros.
—De cualquier clase. Limpiar sus
zapatos; vaciar ceniceros; llevarle chicas. Eso puede concretarse más tarde.
Sólo insistimos en que nos utilice por lo menos dos veces al año. Nosotros nos
comprometemos a proporcionarle un quid por su quo. Quid
pro quo. ¿De acuerdo?
4
—¿Y sin trucos?
—Sin trucos. Haré que nuestro
departamento legal redacte el contrato. ¿Quién es su representante?
—¿Quiere decir un agente? No he
buscado ninguno.
Pareció sorprenderse.
—¿No ha buscado agente? Hijo mío, vive
usted peligrosamente. En realidad, podríamos despellejarle. Consígase un agente
y dígale que me llame.
—Sí, señor. ¿Puedo... podría hacer una
pregunta?
—Desde luego. Estoy a su disposición.
—¿Qué me sucederá... cuando el
contrato termine?
—¿Quiere saberlo realmente?
—Sí.
—No se lo aconsejo.
—Quiero saberlo.
Me lo mostró. Era como una odiosa
sesión con un sicoanalista a perpetuidad... una auto acusación eterna y
torturante. Era el infierno. Me quedé estremecido.
—Yo habría preferido que enemigos
inhumanos me torturaran —dije.
Se echó a reír.
—Su inhumanidad no podría compararse
con la inhumanidad del hombre para consigo mismo. Bien... ¿Cambió de opinión, o
cierra el trato?
—Cierro el trato.
Nos dimos la mano y me acompañó hasta
la puerta.
—No lo olvide—me advirtió—. Protéjase.
Consígase un agente. El mejor. Firmé con Sibila & Esfinge. Esto fue el tres
de marzo. Llamé a S & S el quince de marzo. La señorita Esfinge dijo:
—Oh, sí, ha habido un cambio. La
señorita Sibila estaba negociando en nombre de usted con BBDO, pero tuvo que
coger el avión para Sheol. Me he hecho cargo yo de todo.
Llamé a primeros de abril.
5
—Oh sí—dijo la señorita Sibila—ha
habido una ligera demora. La señora Esfinge tuvo que irse a Salem. Hay una
quema de brujas. Volverá la semana próxima.
Llamé el quince de abril. La alegre
voz de la joven secretaria de la señorita Sibila me dijo que había ciertas
dilaciones en la trascripción de los contratos. Al parecer BBDO andaba reorganizando
su departamento legal. El día uno de mayo Sibila & Esfinge me dijo que
habían llegado los contratos y que su departamento legal estaba estudiándolos.
En junio tuve que aceptar un trabajo
servil para mantener juntos alma y cuerpo. Trabajé en el departamento de
grabación de una cadena de radio. Por lo menos una vez a la semana llegaba un
guión sobre un contrato con el Diablo firmado, sellado y aceptado. Yo solía
reírme de ellos. Pero al cabo de cuatro meses de negociación yo aún seguía
igual.
Vi una vez al Demonio bajando por Park
Avenue. Iba corriendo hacia el Congreso, muy ocupado en tratar cordial y
animosamente al electorado. Saludó a todos los policías y porteros por el
nombre. Cuando hablé con él se asustó un poco, pensando que yo era un comunista
o algo peor. No me recordaba en absoluto.
En julio, todas las negociaciones se
paralizaron; todos se habían ido de vacaciones. En agosto todos estaban en
ultramar en un Festival de Misa Negra. En septiembre Sibila & Esfinge me
llamaron a su oficina para firmar el contrato. Tenía treinta y siete páginas y
estaba lleno de correcciones y añadidos. Había media docena de adiciones al
margen de cada página.
—¡Si usted supiese el trabajo que ha
llevado este contrato! —me dijo Sibila & Esfinge con satisfacción.
—Muy largo, ¿verdad?
—Son los contratos cortos los que
causan más problemas. Ponga las iniciales en las adiciones que hay al margen y
firme en la última página. Hágalo en las seis copias, por favor.
Puse las iniciales y firmé. Cuando
acabé, no percibí ninguna diferencia. Yo esperaba empezar a recibir dinero,
éxito y felicidad.
—¿Está cerrado el trato ya? —pregunté.
—No, hasta que no lo firme él.
—No puedo aguantar ya más.
—Se lo enviaremos por un mensajero.
Esperé una semana y luego llamé.
6
—Se olvidó usted de escribir las
iniciales en una de las adiciones —me dijeron.
Fui a la oficina y puse mis iniciales.
Tras otra semana llamé.
—Él se olvidó de poner las iniciales
en una de las adiciones—me dijeron esta vez.
El uno de octubre recibí un paquete
por entrega especial. Recibí también una carta certificada. El paquete contenía
el contrato firmado y sellado entre el Diablo y yo. Al fin podía ser rico,
tener éxito, ser feliz. La carta certificada era de BBDO y me informaba de que
en vista de que yo no había cumplido la cláusula 27-A del contrato, lo
consideraban rescindido y yo debía someterme al pago según su conveniencia.
Acudí rápidamente a Sibila & Esfinge.
—¿Cuál es la cláusula 27-A?—me
preguntaron.
La buscamos. Era la cláusula que me
obligaba a utilizar los servicios del Demonio por lo menos una vez cada seis
meses.
—¿Qué fecha tiene el
contrato?—preguntó Sibila & Esfinge.
Lo miramos. El contrato tenía fecha de
primero de marzo, el día de mi primera entrevista con el Diablo en su oficina.
—Marzo, abril, mayo...—contó con los
dedos la señorita Sibila—. Es cierto. Han pasado siete meses. ¿Está usted
seguro de que no pidió ningún servicio?
—¿Cómo iba a hacerlo? No tenía el
contrato.
—Intentaremos resolverlo —dijo
agriamente la señora Esfinge.
Llamó a BBDO y tuvo una acalorada
discusión con el Demonio y su departamento legal. Luego colgó.
—Él dice que cerraron el trato el
primero de marzo—informó—. Estaba dispuesto a seguir adelante de buena fe con
su parte del compromiso.
—¿Y cómo podía saberlo yo? No tenía el
contrato.
—¿No pidió usted nada?
—No. Yo estaba esperando el contrato.
Sibila & Esfinge llamó a su
departamento legal y planteó la cuestión.
—Tendrá usted que someterse a un
arbitraje —dijo el departamento legal, y explicó que los agentes tenían prohibido
actuar como procuradores de sus clientes.
7
Acudí a la firma legal Brujo,
Hechicero, Vudú Zahorí & Hechicera (99 Wall Street, Exchange 3-1900) para
que me representase ante el Comité de Arbitraje (479 Madison Avenue, Lexington
5-1900). Pidieron un anticipo de doscientos dólares más el veinte por ciento de
los beneficios del contrato. Yo había conseguido ahorrar treinta y cuatro
dólares durante los cuatro meses que llevaba trabajando en el departamento de
grabación. Pasaron por alto el anticipo e iniciaron los preliminares del
arbitraje.
El quince de noviembre en la cadena de
radio me rebajaron de categoría enviándome a la sala de correspondencia, y yo
pensé seriamente en el suicidio. Sólo me detuvo el hecho de que mi alma se
hallase pendiente del arbitraje.
El caso se vio el doce de diciembre.
Fue juzgado por tres árbitros imparciales que estuvieron todo el día analizando
la cuestión. Me dijeron que se me comunicaría por correo el fallo. Esperé una
semana y llamé a Brujo, Hechicero, Vudú, Zahorí & Hechicera.
—Es que están en vacaciones de
Navidad—me dijeron.
Llamé el dos de enero.
—Uno de ellos está fuera de la ciudad.
Llamé el diez de enero.
—Ha vuelto ya, pero los otros dos
están fuera de la ciudad.
—¿Cuándo sabré el fallo?
—Quizás tarde meses.
—¿Cree usted que tengo posibilidades
de ganar?
—Bueno, nosotros no hemos perdido
nunca un arbitraje.
—Eso es animador.
—Pero siempre puede ser la primera
vez.
Esto parecía menos animador. Cogí miedo
y pensé que sería mejor cubrirme. Hice lo que me pareció más razonable: recorrí
la guía telefónica hasta dar con Serafín, Querubín & Ángel, 666 Quinta
Avenida, Templeton 4-1900. Llamé. Una alegre voz juvenil femenina contestó.
—Serafín, Querubín & Ángel. Buenos
días.
—¿Puedo hablar con el Ángel, por
favor?
—Está hablando por otra línea. ¿Quiere
usted esperar?
8
Aún sigo esperando.
FIN
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