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James Blish - Rey de la colina


Al coronel Hal Gascoigne no le hizo absolutamente ningún bien saber que era el único hombre a bordo del vehículo satélite nº 1. Ningún bien. Hacía ya algún tiempo que había dejado de recordarse a sí mismo tal detalle.
Y ahora, mientras sudaba sentado en el perfectamente equilibrado aire ante el tablero del bombardero, uno de los hombres le volvió a hablar:
—Coronel, señor...
Gascoigne giró en redondo en su asiento y el sargento —Gascoigne casi pudo recordar el nombre de aquel tipo— le dirigió un brioso saludo del más rancio estilo de las Fuerzas Aéreas.
—¿Bien?
—La bomba uno está lista, señor. ¿Cuáles son sus órdenes?
—¿Mis órdenes? —repitió Gascoigne extrañado. Pero el hombre ya se había ido. Gascoigne no pudo en realidad, ver cómo salía el sargento de la cabina de control, pero el caso es que ya no estaba allí.
Mientras trataba de recordar, otra voz sonó en la cabina, tan llana e importuna como suelen sonar todas las voces por el intercomunicador.
—Sala de radar. Sobre el objetivo.
Un piar uniforme y sin significado alguno. El circuito de cronometraje se había puesto en marcha.
¿Se había puesto? No había nadie en la sala de radar. Tampoco había nadie en el depósito de bombas. No había habido nunca nadie a bordo del VS-1, excepto Gascoigne por lo ¡menos desde que relevó a Grinnell... y fue Grinnell quien hizo ascender hasta allí a la estación entera, por primera vez desde su construcción.
¿Entonces, quién fue el sargento? Su nombre era... Era...
El martilleo del teletipo se lo borró de la mente. El ruido sonaba tan alto como una serie de rápidos mazazos en la resonante cueva metálica. Se levantó y orilló del escritorio a la máquina, volando y deslizándose por la cabina sin gravedad con la soltura de un hombre para quien la caída libre es casi una segunda naturaleza.
El teletipo estaba en silencio cuando llegó a él, al principio la cinta le pareció en blanco. Se limpió el sudor de sus ojos. Allí estaba el mensaje.
MNBVCXZ LKJ HGFDS PYTR AOIU EUIO QPALZM.
Sacó su ejemplar del libro «Blancanieves y los siete enanitos» y repasó los parlamentos del enano refunfuñón hasta hallar la letra clave de la secuencia que permitiría descifrar el mensaje en clave. No tardó mucho tiempo. Lo puso en claro en menos de diez minutos.
BOMBA UNO EN WASHINGTON 17:00 HORAS CENTRO POLÍTICO DEMÓCRATA.
Eso era. Aquel era el objetivo de la bomba. Pero deberían haber habido órdenes anteriores, dándole el visto bueno para la preparación y ajuste de las bombas. Comenzó a rebobinar la cinta de papel.
Estaba toda en blanco.
¿Y... Washington! ¿Por qué le ordenaba la Junta de Jefes del Estado Mayor que...?
—Coronel Gascoigne, señor. Gascoigne giró en redondo sobresaltado y devolvió el saludo.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó.
—Sweeney, señor —dijo el cabo. En verdad no sonó muy parecido a Sweeney o a algo semejante; fue sólo un ruido. Sin embargo, el rostro del hombre parecía familiar—. Preparada la bomba dos, señor.
El cabo saludó, se volvió, dio dos pasos y se desvaneció. Bueno, no se esfumó, pero tampoco salió por la puerta. Simplemente se oscureció y se hizo cada vez más difícil de distinguir hasta perderse por completo. Era como si él y Gascoigne estuvieran en desacuerdo con los efectos de la perspectiva a la luz del resplandor de la Tierra y que fuera Gascoigne quien andaba equivocado.
Con torpeza finalizó de rebobinar la cinta de papel. No había la menor duda. Allí estaba la orden, negro sobre amarillo, con toda claridad. Bombardee la capital de su propio país a las 17:00 horas. Incidentalmente bombardee su propio hogar, pero no se lo piense dos veces. Sea concienzudo, deje caer dos bombas; no se preocupe si falla por unos pocos segundos y alcanza a Baltimore en su lugar, o a Silver Spring o a Milford, Delaware. El GCI le dará las coordenadas, pero sea como sea arrase la zona. Es una orden de máxima prioridad.
Con dedos desmañados Gascoigne comenzó a pulsar las teclas del teletipo. Emitiendo en la frecuencia del Grupo Civil de Inteligencia, escribió:
AYUDA CON URGENCIA REPITO DIFICULTADES PERSONALES AQUÍ MUY GRAVES PUNTO NO SE CUANTO TIEMPO PODRE MANTENERME PUNTO URGENTE GASCOIGNE VS UNO PUNTO.
Tras él, el oscilador emitía pitidos rítmicamente, cronometrando el momento de impulsión de las bombas en sus respectivas cámaras de lanzamiento.
—Sala de radar. Sobre el objetivo.
Gascoigne no se volvió. Siguió sentado ante el tablero de control de mandos de bombardeo, sudando aún en el aire ambiente perfectamente equilibrado. Dentro de su cráneo, su propia voz le gritaba:
—ALTO... ALTO... ALTO...

Eso, como lo reconstruiremos después, fue el principio del asunto VS-1. Fue pura suerte, supongo, que Gascoigne nos enviara directamente a nosotros su mensaje. En rarísimas ocasiones se llama al Grupo Civil de Inteligencia cuando en una emergencia esta acaba de producirse. De ordinario Washington trata de intervenir primero. Luego, cuando Washington descubre que pese a sus disposiciones el barco sigue hundiéndose, nos traslada a nosotros el encarguito.. soliéndonos exigir que nuestra intervención sea rápida, decisiva y satisfactoria.
No nos importa. El fracaso de Washington en desarrollar un departamento gubernamental similar en funciones al GCI es la razón de que sigamos haciendo negocio. Los beneficios, claro, van a Empresas Afiliadas, S. A., la relajada comunidad de universidades e industrias que invirtieron dinero en la construcción del ULTIMAC... y el ULTIMAC es, a su vez, el motivo de que Washington recurra tan a menudo al GCI.
Esta vez, sin embargo, no parecía que el gran cerebro electrónico fuese a sernos de mucha utilidad. Así se lo dije a Joan Hadamard, nuestra jefe de sección de ciencias sociales, cuando le entregué el mensaje.
—Hum —dijo ella—. ¿Dificultades personales? ¿Con el personal? ¿Qué significa eso? No hay más tripulante que él en esa estación.
Eso no era nuevo para mí. El GCI suministró las cifras que sirvieron para poner en órbita al VS-1 por primera vez y nuestro consejo fue que llevase un único tripulante. La dotación de un navío espacial o ha de ser numerosa o de un solo hombre; no hay término medio. Y el VS-1 no era lo suficientemente grande como para albergar una extensa tripulación... es decir, no para alojarlos con la separación e intimidad superficiales, que impidieran que tarde o temprano se agrediesen unos a otros presos de ataques de nervios.
—Se refiere a sí mismo —dijo—. Por eso no crea que sea un trabajo adecuado al cerebro electrónico. Tiene que resolverse de persona a persona. Apuesto a que se trata del psicopatismo llamado «satisfacción feliz de la responsabilidad de un hombre»; ese peligro iba implícito en la recomendación de tripulación unipersonal.
—La única solución decente es un complemento total —asintió Joan—. Cuando el Pentágono pueda obtener del Congreso bastante dinero como para construir una estación grande.
—Lo que me asombra es ¿por qué nos llamó a nosotros en vez de a sus superiores?
—Eso es fácil. Nosotros elaboramos sus cifras. Se fía de nosotros. El Pentágono cree que somos infalibles y él se ha contagiado de la misma creencia.
—Malo —dije.
—Nunca dije lo contrario.
—No, lo que yo quiero decir es que mala cosa es que nos haya llamado a nosotros en lugar de ¡seguir el conducto reglamentario. Eso significa que el problema de emergencia es cuanto menos tan grave como él dice.
Pensé en aquello durante otro precioso momento mientras Joan efectuaba unas cuantas y rápidas maniobras de ajuste. Como todo el mundo sabía ya en la Tierra —a excepción quizá de unos cuantos tibetanos— el hombre que viajaba en el VS-1 llevaba consigo bajo el suelo de la estación tres bombas de hidrógeno... bombas que podían caer con enorme precisión sobre cualquier lugar del planeta. Gascoigne era en efecto la suma total de la política extranjera americana; del mismo modo podía haber llevado estampado en su frente el letrero: «Supremacía espacial».
—¿Qué dice la Fuerza Aérea? —pregunté a Joan cuando ella colgó el teléfono.
—Que están un poco preocupados por Gascoigne. Es un hombre muy estable, pero le han dejado de servicio un mes más del tiempo estipulado para su relevo... el por qué no me lo han explicado. Últimamente, la semana pasada, comenzó a mandar informes deslavazados. Piensan darle una buena regañina.
—¡Piensan! Será mejor que tengan mucho cuidado con ese material o se harán daño ellos mismos. Joan, alguien va a tener que subir hasta allí. Dispondré un medio rápido de transporte y diré a Gascoigne que la ayuda está en camino. ¿Quién deberá ir?
—No me han recomendado nada —dijo Joan—. Será mejor que se lo pregunte al computador. Así lo hizo... con urgencia. ULTIMAC dijo «Harris».
—Buena... suerte, Peter —me deseó Joan, tranquila. Demasiado tranquila.
—Sí —repuse—. O buenas noches...

No recuerdo ahora qué es exactamente lo que esperaba que ocurriera mientras el cohete transbordador se acercaba al VS-1. Decidí no llevar conmigo ningún destacamento de hombres. Si Gascoigne estaba chiflado de remate, no permitiría que desembarcara un grupo de militares; un hombre solo, por otra parte, podría pasar. Pero supongo que yo confiaba en que él accediese primero a discutir.
No pasó nada. No desafió al transbordador ni respondió a los saludos protocolarios. El contacto con la estación se efectuó mediante el radar automático y yo entré a bordo tan rutinariamente como si entrase en un cine... pero con una pizca más de rapidez.
La sala de control estaba a oscuras y en desorden, y al principio no pude ver a Gascoigne por ninguna parte. La luz terrestre penetrando por el ventanal de observación era brillante, pero fuera de su camino la oscuridad era casi absoluta, rota sólo por las estrellitas de los lentes indicadores del panel de instrumentos.
Un débil sonido como de sorber, hizo que mis ojos se volvieran en la dirección adecuada. Allí estaba Gascoigne. Inclinado sobre el tablero de mandos del dispositivo de bombardeo, dándome la espalda. En una mano tenía una pequeña herramienta parecida a las tenacillas que emplean los revisores ferroviarios para perforar los billetes. La empleaba para agujerear la tensa superficie de una cinta que estaba enrollada por cada uno de sus extremos en un correspondiente córrete; ese fue el sonido que me había llamado la atención. Reconocí el dispositivo sin dificultad; era la cinta de un programador automático.
¿Por qué Gascoigne no me había oído entrar? Yo no traté de subir a bordo furtivamente, aunque de todas formas no hay manera de penetrar en silencio por una escotilla doble de aire, hermética. Pero siguió perforando rápida y concienzudamente.
—Coronel Gascoigne —dije. No hubo respuesta. Di un paso adelante—. Coronel Gascoigne, soy Harris, del GCI. ¿Qué está usted haciendo?
El paso adicional dio resultado.
—No se acerque —gruñó Gascoigne con voz salida de algún lugar hacia el centro de su pecho—. Estoy programando la bomba. Perforo las órdenes yo mismo. No puedo fiarme de mi tripulación. No se me acerque.
—Concédame un minuto. Deseo hablarle.
—Eso es una novedad —dijo Gascoigne, sin moverse—. La mayor parte de ustedes se precipita a preparar lanzamientos antes siquiera de informarme a mí. De todas maneras, ¿quién diablos es usted? No hay nadie a bordo, lo sé perfectamente.
—Soy Peter Harris —contesté—. Del GCI, usted nos llamó, ¿recuerda? Nos pidió que le enviáramos ayuda.
—Eso no prueba nada. Dígame algo que yo no sepa. Entonces puede que crea en su existencia. De otro modo.. lárguese.
—Ni hablar de irme. Suelte ese perforador. Gascoigne se incorporó despacio y se volvió para mirarme.
—Bueno, por lo menos usted no se desvanece, es un mérito a su favor que le reconozco —dijo—. ¿Cómo se llama? Repítalo, por favor.
—Harris. Aquí tiene mi tarjeta de identidad.
Gascoigne tomó el documento plastificado con aire de duda y luego se quitó las gafas y las limpió. El gesto en sí era perfectamente normal y no me habría sorprendido... a no darse el caso de que Gascoigne no llevaba gafas.
—Hay mala visibilidad aquí dentro —se quejó—. Todo se empaña. Humm. Está bien, usted es un ser real. ¿Qué es lo que quiere?
Su dedo rozó un botón. En silencio la cinta comenzó a pasar de un carrete a otro.
—Gascoigne, pare ese chisme. Si deja caer alguna bomba, ahí abajo se producirá un infierno. Ya está bastante tensa la situación en el mundo. Y no hay motivo para bombardear a nadie.
—Hay motivos de sobras —murmuró Gascoigne. Se volvió hacia el teletipo, mostrándome por primera vez la enfundada forma de una automática negra pendiendo de una cadera. No dudé de que fuera capaz de desenfundarla con rapidez fabulosa y de colocar las balas donde se lo propusiera—. Tengo órdenes. Aquí están. Véalas usted mismo.
Con precaución me acerqué al teletipo y miré. Excepto el propio mensaje de Gascoigne al GCI, y otro de Joan anunciando que yo estaba en camino, la cinta se hallaba totalmente en blanco. No se habían recibido otros mensajes aquel día, a menos que Gascoigne hubiera cambiado el rollo de cinta y no había razón para que lo hubiese hecho. Aquellos rollos tenían prácticamente una duración eterna.
—¿Cuándo recibió esa orden?
—A alguna hora de esta mañana, no recuerdo exactamente cuando. ¡Sweeney! —bramó de repente, tan alto que el papel se rompió en mis manos—. ¿A qué hora nos llegó la orden?
Nadie contestó. Pero Gascoigne dijo casi inmediatamente:
—¿Ves? Ya lo ha oído.
—No he oído a nadie excepto a usted —dijo—, y voy a parar esa cinta. Apártese.
—Ni pensarlo, caballero —contestó ceñudo Gascoigne—. La cinta seguirá funcionando.
—¿Cual es el objetivo?
—Washington —fue la respuesta de Gascoigne, y se pasó la mano por la cara. Pareció como si hubiese olvidado sus imaginarias gafas.
—Ahí es donde está su casa, ¿verdad?
—Verdad —dijo Gascoigne—. Por todos los diablos, allí está, caballero. Gracioso, ¿no?
Sí, de acuerdo, era gracioso. Los chicos de las Fuerzas Aéreas del Pentágono iban a tener diez milésimas de segundo para arrepentirse por no haber enviado conmigo el relevo de Gascoigne. ¿Relevarlo con quién? No podemos enviarle su segundo relevo hasta por lo menos una semana. Ese hombre necesita completar su adiestramiento y el primer experto a quien relevó Gascoigne se halla en el hospital con una crisis de hipocondría. Además, Gascoigne es el mejor hombre para esa tarea; tiene que ser vuelto a la normalidad sea como sea y permanecer en su puesto.
Claro. Con la celeridad posible de una bomba centrífuga, sin duda. Mientras tanto, la cinta seguía funcionando.

—Podía usted dejar de secarse el sudor de la cara y en su lugar accionar el reductor de humedad —dije—. Ya se le han vuelto a empañar las gafas.
—¿Gafas? —murmuró Gascoigne. Cruzó lentamente la cabina, flotando rígido como un caballito de mar, hasta el vidrio blanquinoso de uno de los ventanales. Dudé que pudiera ver en él su imagen reflejada, pero quizá no quería verla—. Sí, me las volví a ensuciar. Gracias—. Y se dedicó a la rutina de limpiarlas de nuevo.
Un hombre que cree que lleva gafas también piensa que sin ellas no puede ver. Me deslicé hasta el programador y corté el movimiento de la cinta. Me hallaba ahora entre los carretes y Gascoigne... pero no podía quedarme siempre allí.
—Hablemos un minuto, coronel —dije—. Seguramente que eso no podrá causar ningún daño.
Gascoigne sonrió con una especie de malicia infantil.
—Hablaré —accedió—. Tan pronto como ponga usted en marcha de nuevo esa cinta. Le vi pararla por el espejo, antes de quitarme las gafas.
El muy embustero. Yo no me había movido en lo más mínimo mientras él estuvo mirando al ventanal. Sus pobres, lastimeros y viejos y cegatos ojos habían captado cada movimiento que realicé mientras él se limpiaba las «gafas». Me encogí de hombros y me separé del programador.
—Usted lo puso en marcha —dije—. No quiero cargar con la responsabilidad.
—Son órdenes —repuso Gascoigne con rigidez. Volvió a poner en marcha la cinta—. La responsabilidad es de ellos. De todas maneras, ¿de qué quiere usted hablarme?
—Coronel Gascoigne, ¿ha matado usted a alguien alguna vez? Pareció asombrarse.
—Sí, en una ocasión —dijo, casi con ansiedad—. Me estrellé con mi avión contra una casa. Maté a toda una familia. Yo salí sólo con quemaduras en una pierna... quedé como nuevo con un par de estabilizaciones musculares. Eso es lo que me hizo que me trasladaran del servicio de pilotaje al de armas suspendidas; mi pierna no me quedó en condiciones de seguir pilotando aviones.
—Malo.
Respondió de súbito, casi explosivamente.
—Y míreme ahora —dijo—. Voy a matar a mi propia familia dentro de un rato. Y a millones de otras personas. Quizá al mundo entero.
¿Cuánto tiempo sería «dentro de un rato»?
—¿Qué tiene usted contra ellos? —dije.
—¿Contra qué... contra el mundo? Nada. Ni pizca. Míreme; aquí arriba soy el rey de la colina. No puedo quejarme.
Hizo una pausa para pasarse la lengua por los labios.
—Era diferente en mi niñez —prosiguió—. No tan aburrido, entonces. En aquellos días uno podía conseguir un verdadero periódico para desplegarlo por primera vez antes que nadie y elegir lo que uno quería leer. No como ahora, cuando las noticias te vienen predigeridas al sacar de la radio tu pedazo de papel impreso electrónicamente. Si usted me lo pregunta, esa es la cuestión.
—¿Qué es la cuestión y con qué?
—Con las noticias... por eso las cosas siempre fueron malas estos días. Todo, absolutamente todo, ha sufrido alguna intervención. La leche es homogeneizada, el pan cortado en rebanadas, los coches poseen autodirección, los fonógrafos producen sonidos que ningún instrumento musical podría producir. Demasiada manipulación, demasiada gente incapaz de abstenerse de meter sus manazas en las cosas. ¿Ha encendido usted una mufla alguna vez?
—¿Yo? —exclamé sorprendido.
—No, me parece que no. Nadie hace cerámica en esta época. Por lo menos artesanalmente. Y si la hicieran, ¿quién la compraría? La gente no quiere nada fabricado manualmente. Desea cualquier cosa preparada científicamente y esterilizadamente.
La cinta seguía circulando. Allá abajo había un pesado murmullo, difícil de identificar específicamente: algo había sido trasladado por sus carriles, o quizá una escotilla del depósito de bombas que se había abierto.
—Así que usted va a hacer una manipulación también a la Tierra... va a «esterilizarla» —dije despacio.
—Yo no. Son órdenes.
—Ordenes del interior, coronel Gascoigne. No hay nada en los carretes —¿qué otra cosa podía yo hacer? No tenía tiempo de conducirle a través de un par de años de psicoanálisis y hacerle ver su propio interior. Además, no tengo licencia para practicar la medicina... por lo menos no en la Tierra—. No quería decir eso, pero ahora no me queda más remedio.
—¿Decir qué? —preguntó receloso Gascoigne—. ¿Que estoy loco o algo por el estilo?
No. Yo no lo dije. Lo dijo usted —aclaré—. Pero sí le diré que toda esa monserga de no gustarle el mundo actual es pura tontería. O racionalización, si prefiere una palabra más suave. Está usted sobrellevando una estridente carga de culpa, coronel, dese usted cuenta o no.
—No sé de qué me habla. ¿Por qué no lo deja estar ya?
—No. Y usted lo sabe muy bien. Hace unos momentos se derrumbó ante mí para contarme lo de la familia que mató en su accidente aéreo —le dejé diez segundos de silencio y luego le disparé la pregunta con tanta dureza como pude—. ¿Cómo se llamaban?
—¿Cómo quiere que lo sepa? Sweeney o algo parecido. Algo así. No me acuerdo.
—Claro que se acuerda. ¿Piensa usted que matando a su propia familia podrá devolver la vida a los Sweeney?
La boca de Gascoigne se retorció, pero no pareció darse cuenta de la mueca.
—Paparruchas —dijo—. Nunca tuve fe en esa clase de trampas psicológicas. Es usted quien habla tonterías, no yo.
—¿Entonces por qué se muestra tan vituperativo con respecto a ello? Paparruchas, monsergas, tonterías... está usted luchando con ahínco para derrumbar con razonamientos unos conceptos tan simples.. con demasiado ahínco para un hombre que no cree en ellos.
—Márchese —replicó malhumorado—. Tengo mis órdenes. Voy a obedecerlas.
Tablas por rey ahogado. Pero allí no había tablas por ahogamiento. Derrota era la palabra más adecuada.

La cinta viajaba. Yo no sabía qué hacer. El último problema de bombas que abordó el GCI fue puesto por nosotros mismos; habíamos preparado un falso proyectil para dejarlo caer en la bahía de Nueva York, para probar nuestras facilidades y velocidad en determinar la naturaleza del misil. La situación a bordo del VS-1 era completamente diferente...
¡Uf! ¿Lo era? Quizá ahí había dado con algo.
—Coronel Gascoigne —dije despacio—, debe saber ahora muy bien que eso no funcionará. Ni siquiera aún cuando usted deje caer esas bombas.
—Sí, puedo. ¿Qué va a impedírmelo? —enganchó un pulgar en su cinturón, un poco más arriba de la funda de la pistola, de manera que las yernas de los dedos descansaran en la empuñadura de la automática.
—Sus bombas. Están descargadas. Gascoigne soltó una áspera carcajada y señaló los controles con un ademán.
—Dígale eso al calculador electrónico del depósito de las bombas. Adelante. Ahí mismo en el tablero de instrumentos hay un manómetro que usted puede leer.
—Seguro —dije—. Las bombas son radioactivas, de acuerdo. ¿Ha comprobado usted su vida media?
Fue un disparo a ¡ciegas. Gascoigne era un experto en armas; si era posible revisar la vida media de las bombas a bordo de VS-1, lo habría hecho ya. Pero no creí que fuera posible.
—¿Y por qué ibas a hacerlo?
—Es que no lo haría, siendo un aviador leal. Usted cree en lo que le dicen sus superiores. Pero yo soy un paisano, coronel. En esas bombas no hay elementos fisionables o fusibles. La vida media es demasiado larga para el tritio o el litio 6 y demasiado corta para el uranio 235 o el radio-torio. El material probablemente es estroncio 90... en resumen, nada excepto un bluff.
—Para cuando termine yo de comprobar —dijo Gascoigne—, la bomba, de todas maneras, habrá sido lanzada. Y usted tampoco lo ha podido revisar. Pruebe con otro truquito, ande.
—Yo no necesito hacerlo. No es preciso que usted me crea. Nos sentaremos aquí y esperaremos que caigan las bombas y entonces ese punto quedará suficientemente probado. Después, claro, usted comparecerá ante un Consejo de Guerra por disparar sin órdenes. Claro que si usted está preparado para borrar a su propia familia, no le importará ni lo más mínimo que le condenen a veinte años de prisión.
—Seguro —dijo—. De todas maneras, tengo órdenes. Lo mismo me ocurrirá si no las obedeciese. Mucho mejor si nadie sufre el menor daño.
Gascoigne miró la cinta en movimiento.
Un súbito espasmo de emoción —yo lo tomé por pesar, pero puedo equivocarme— sacudió momentáneamente todo su cuerpo. Una vez más no pareció advertirlo.
—Es verdad —dije—. Ni siquiera su familia sufrirá daño alguno. Claro que después, todo el mundo sabrá que la estación es un engaño, una fanfarronada, pero si tiene esas órdenes...
—No sé —murmuró Gascoigne, con aspereza—. No sé siquiera si recibí las órdenes. No me acuerdo dónde las puse. Quizá no sean reales —me miró confuso y su expresión era impresionante, igual a la de una criatura que hace una confesión de culpa.
—¿Sabe usted algo? —dijo—. Me veo incapaz de distinguir lo real de lo irreal. Desde ayer no me ha sido posible asegurarme en un sentido u otro. No soy capaz ni aún de saber si es usted real, ni si es auténtica su tarjeta de identidad. ¿Qué piensa usted de eso?
—Nada —contesté.
—¡Nada! ¡Nada! Ese es mi problema. ¡Nada! No puedo distinguir entre nada y algo. Dice usted que las bombas son proyectiles simulados. De acuerdo. ¿Pero qué si es usted lo único falso y las bombas reales? ¡Contésteme a eso!
Su expresión ahora era casi triunfal.
—Las bombas no son verdaderas —dije—. Y a usted se le han vuelto a empañar las gafas. ¿Por qué no corta la humidificación para que pueda ver sin dificultades ni empañamientos tres minutos seguidos?
Gascoigne se inclinó hacia delante, tanto que estaba peligrosamente a punto de caer y me miró a la cara directamente.
—No me venga con esas... —dijo con rudeza—. No me... venga con... esos cuentos.
Me quedé petrificado donde estaba. Gascoigne me miró a los ojos durante un rato. Luego, despacio, se llevó la mano a la frente y comenzó a secársela dando barridas hacia abajo. Pasó la palma hasta la barbilla, en una lenta moción.
Luego apartó la mano y se la miró, como si ella acabase de estrangularle y no pudiera entender por qué. Y por último habló.
—No.. no es verdad —dijo con torpeza—. No llevo gafas. No las llevo desde que cumplí los diez años. No desde que se me rompió el último par... jugando al Rey de la Colina.
Se sentó ante el tablero de instrumentos de bombardeo y colocó la cabeza entre las manos.
—Usted gana —dijo con voz ronca—. Debo de estar más loco que una cabra. No sé lo que veo ni lo que no veo. Será mejor que se haga cargo de esta pistola. Si disparara podría dar a algo.
—Tiene usted razón —contesté. Y lo pensaba; pero no perdí el tiempo. Primero la automática; luego la cinta. En ese orden, la secuencia no podía ser revertida después.
Pero el sonido del mecanismo del programador dando un chasquido hasta parar, sonó tan alto en la cabina como un tiro de escopeta.

—Se pondrá bien —le dije a Joan, después—. Logró reanimarse. No me hubiera atrevido a meterme tan de prisa y a fondo con otro hombre... pero Gascoigne tiene redaños.
—Por eso mismo —respondió Joan—, será mejor que releven a los capitanes de la estación más de prisa que hasta ahora. El próximo hombre puede no ser tan duro... ¿y qué pasaría si fuera sonámbulo?
No dije nada. Ya tenía mi buena parte de preocupaciones para aquella semana.
—Has hecho sólito una montaña de trabajo, Peter —dijo Joan—. Desearía poder registrar tu proeza en la máquina. Más tarde quizá podríamos necesitar esos datos.
—Bueno, ¿y por qué no podemos?
—La Junta de Jefes del Estado Mayor dijo que no. No quisieron explicar la razón. Pero no desean que ninguna parte del hecho sea registrada en el ULTIMAC... ni en ninguna otra parte.
La miré con fijeza. Al principio aquello no parecía tener sentido. Y de pronto lo tuvo... y fue aún peor.
—Aguarda un minuto —dije—. Joan... ¿significa eso lo que creo que significa? ¿La «Supremacía Espacial» es tan fracaso como la «Represalia Masiva» lo fue? ¿Es posible que el satélite... y las bombas?... ¿Es posible que lo que le dije a Gascoigne acerca de que las bombas eran simuladas fuese la pura verdad?
Joan se encogió de hombros.
—Aquél que sin sabiduría se oscurece el criterio —respondió—, no se gana el sueldo que cobra.


FIN


Título original: King of the Hill.
Traducción: F. Sesen.
Publicado en: Grupo galáctico, Ediciones Vértice, 1964.
Edición digital: Umbriel.
Revisión: Watco Watson Codorniz.

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