Brant Kittinger no oyó la alarma cuando ésta comenzó a
sonar. Ciertamente, sólo después que un golpe suave sacudiera su observatorio
de flotación libre levantó la mirada, súbitamente consciente del
interferómetro. Después, el sonido de la campana de alarma llegó a su
conciencia.
Aunque Brant no era cosmonauta
sino astrónomo, sabía que la campana sólo podía significar la proximidad de
otra nave. No tendría sentido que la campana sonara ante un meteoro..., éste
podía haber pasado a su lado antes que el badajo trazara su primer ciclo. Era
probable que sólo una nave que se acercara accionara el detector y, además,
tendría que estar cerca.
Un segundo golpe seco le demostró
cuán cerca se encontraba. El raspado de metal que oyó después, mientras la
otra nave se deslizaba junto a la propia, apartó totalmente de su cerebro la
bruma de los tensores. Dejó caer el lápiz y se irguió.
Al principio pensó que su año en
la órbita alrededor del nuevo planeta transplutoniano había concluido y que el
remolque del Instituto había ido a buscarlo para trasladarlo a casa, con el
telescopio y todo lo demás. Un vistazo al reloj le tranquilizó, pero después
se sintió aún más desconcertado. Todavía le faltaban cerca de cuatro meses.
Obviamente, ninguna nave
comercial podía haberse alejado tanto de los planetas interiores; y los
cruceros policiales de la ONU no iban más lejos que las líneas comerciales.
Además, era imposible que alguien encontrara por casualidad el observatorio
orbital de Brant.
Se acomodó más firmemente las
gafas en la nariz, retrocedió torpemente de la cámara del foco principal y bajó
por la red mural hasta el escritorio de mandos, en la planta de observación.
Una rápida mirada a los tableros le demostró que cerca había un campo
magnético de cierta fuerza, que no pertenecía al invisible gigante de gas que
giraba a ochocientos mil kilómetros de distancia.
La nave extraña estaba
magnéticamente unida a la suya; en consecuencia, se trataba de una nave
antigua, ya que ese método de conexión había sido descartado años atrás por ser
demasiado brusco para los delicados instrumentos. Y la fuerza del campo
indicaba que se trataba de una gran nave.
Demasiado grande. Por lo que
Brant recordaba, la única nave de esa época que podía sustentar generadores de
semejante tamaño era el «Astrid» de la Fundación Cibernética. Brant recordaba
con claridad el pesaroso anuncio de la Fundación respecto a que Murray Bennett
había destruido tanto el «Astrid» como a sí mismo antes de entregar la nave a
un equipo de inspección de la ONU. Había ocurrido hacía sólo ocho años. Algún
escándalo...
Bueno, ¿quién, entonces?
Conectó la radio. No hubo ningún
sonido. Era un sencillo equipo de transistores adaptado a la frecuencia del
Instituto y, puesto que la otra nave evidentemente no pertenecía al Instituto,
no esperaba otra cosa. Claro que tenía un fotofono, pero estaba diseñado para
la comunicación en una distancia razonable, no para susurros en el oído.
Después se acordó de desconectar
la insistente campana de alarma. Inmediatamente surgió otro sonido: un
golpecito delicado y rítmico en el casco del observatorio. Alguien quería
entrar.
No encontró motivos para negar la
entrada, salvo una duda vaga y totalmente irracional con respecto al hecho que
el extraño fuera o no amigo. Él carecía de enemigos, y la idea de algún
fugitivo que le hubiese encontrado allí por casualidad resultaba ridícula. Sin
embargo, había algo en la nave anónima y sin voz que le inquietaba.
Los delicados golpecitos se
apagaron y volvieron a comenzar, con insistencia uniforme y mecánica. Durante
un instante, Brant se preguntó si debía o no intentar escapar mediante los
pocos cohetes de maniobra del observatorio..., pero aunque ganara una batalla
tan desigual, colocaría al observatorio fuera de la órbita donde el Instituto
pensaba encontrarlo, y no sabía tanto de navegación astral como para retornar
a ella.
Toc, toc. Toc, toc.
-Está bien -murmuró malhumorado.
Accionó el botón que hacía girar
la cámara de aire. Los golpes cesaron. Dejó abierta la puerta exterior más
tiempo del suficiente para que alguien entrara y accionara el botón de la
cámara que invertía el proceso, pero nada ocurrió.
Después de lo que pareció una
larga espera, volvió a apretar el botón. La puerta exterior se cerró, las bombas
llenaron de aire la cámara, y la puerta interior se abrió. Pero no apareció
ningún fantasma: en la cámara no había nadie.
Toc, toc. Toc, toc.
Se limpió distraídamente las
gafas en la manga. Si no querían entrar en el laboratorio, seguramente deseaban
que él saliera. Eso era posible: aunque el telescopio tenía un foco Coudé que
le permitía trabajar en la atmósfera de la nave la mayor parte del tiempo, en
ocasiones le resultaba necesario vaciar la cúpula, y para ello contaba con un
traje espacial. Pero nunca había estado fuera del casco con el traje, y la idea
le perturbó. Brant no era un cosmonauta.
Les lanzó una maldición. Se
acomodó las gafas y echó otro vistazo a la cámara de aire vacía. Seguía vacía y
ahora la puerta exterior se abría con suma lentitud...
Un cosmonauta habría comprendido
que ya estaba muerto, pero las reacciones de Brant no fueron tan rápidas. Su
primer movimiento consistió en tratar de cerrar la puerta interior mediante la
fuerza muscular pura, pero aquélla no se movió. Después se aferró simplemente
al puntal más próximo, a la espera que el aire saliera del laboratorio y, con
él, su vida.
La puerta exterior de la cámara
de aire seguía plácidamente abierta, pero no había salida de aire..., sólo una
especie de entrada débil e indiscernible de olor, como si el aire de Brant se
mezclara con el de otra persona. Cuando las dos puertas de la cámara quedaron
por último totalmente abiertas, Brant descubrió que miraba el interior de un
tubo flexible y hermético, semejante al que una vez había visto para la
transferencia de un pequeño carguero desde una nave hasta una de las diversas
estaciones espaciales de la Tierra. Este tubo conectaba la cámara de aire del
observatorio con la de la otra nave. En el otro extremo brillaban luces amarillas
con el matiz inequívoco y sombrío de los focos incandescentes.
Sin duda alguna, se trataba de
una nave antigua.
Toc. Toc.
-Váyase al infierno -dijo en voz
alta. No obtuvo respuesta.
Toc. Toc.
-Váyase al infierno -repitió. Se
internó en el tubo, que se flexionó sinuosamente cuando su cuerpo comprimió el
aire estático.
Se detuvo y miró hacia atrás en
la cámara de aire del desconocido. No se sorprendió al ver que la puerta exterior
de la cámara de aire se cerraba presuntuosamente. En ese momento, la cámara de
aire del desconocido comenzó a girar; se metió en la nave en el momento preciso.
Delante de él se extendía un
corredor metálico vacío. Mientras miraba, la primera bombilla que tenía sobre
la cabeza se apagó. Después la segunda. Luego la tercera. Cuando se apagó la
cuarta, la primera volvió a encenderse, de modo que ahora había una lenta cinta
de oscuridad que se alejaba de él por el pasillo. Evidentemente, le pedían que
siguiera la línea de bombillas que se apagaban a lo largo del pasillo.
Puesto que ya había llegado tan
lejos, no le quedaba alternativa. Siguió las luces parpadeantes.
La pista conducía directamente
hasta la sala de mandos de la nave. Allí tampoco había nadie.
El lugar se encontraba
opresivamente silencioso. Podía oír el suave zumbido de los generadores -un ruido
más potente que el que escuchaba a bordo del observatorio-, pero no era
posible que una nave estuviera tan tranquila. Deberían percibirse las voces
humanas apagadas, el crujido de los sistemas de comunicación, el impacto de
las suelas en el metal. Alguien tenía que operar una nave..., no sólo sus
cámaras de aire, sino sus motores..., y sus cerebros. El observatorio sólo era
una barca y no necesitaba más tripulación que Brant, pero una nave de verdad
debía estar tripulada.
Estudió el compartimiento de
metal vacío y reparó en la antigüedad aparente del equipo. En su mayor parte
era manual, pero no había manos que lo operaran.
Seguramente, una nave fantasma.
-Está bien -dijo. Su voz resonó
en sus propios oídos-. Salga. Quería que yo viniera aquí... ¿Por qué se oculta?
Inmediatamente se oyó un ruido en
el aire cerrado e inmóvil, un ligero suspiro eléctrico. Después, una voz serena
afirmó:
-Usted es Brant Kittinger.
-Efectivamente -dijo Brant, y
giró infructuosamente hacia la fuente aparente de la voz-. Usted sabe quién
soy yo. No es posible que me haya encontrado por casualidad. Muestre la cara.
No tengo tiempo para jugar.
-No estoy jugando -agregó
serenamente la voz-. Y no puedo aparecer, porque no me oculto. No puedo verle.
Necesitaba oír su voz antes de cerciorarme del hecho que era usted.
-¿Por qué?
-Porque no puedo ver dentro de la
nave. Podría encontrar con facilidad su bote de observación, pero hasta que le
oí hablar no podía estar seguro que era usted el que se encontraba a bordo.
Ahora lo sé.
-De acuerdo -dijo Brant con
desconfianza-. Todavía no comprendo por qué se oculta. ¿Dónde está?
-Exactamente aquí -replicó la
voz-. A su alrededor.
Brant miró a su alrededor. Se le
pusieron los pelos de punta.
-¿A qué se debe esta tontería?
-inquirió.
-Usted no ve lo que mira, Brant.
Mire donde mire, me está mirando directamente. Yo soy la nave.
-Ah -exclamó Brant suavemente-.
De modo que es así. Usted es una de las naves dirigidas por computadora de
Murray Bennett. Después de todo, ¿es usted el «Astrid»?
-Éste es el «Astrid» -declaró la
voz-. Pero no me comprende. Yo también soy Murray Bennett.
Brant quedó boquiabierto.
-¿Dónde está? -preguntó poco
después.
-Aquí -replicó la voz con
impaciencia-. Yo soy el «Astrid». También soy Murray Bennett. Bennett está
muerto, de modo que no puede entrar en la cabina y estrecharle la mano. Ahora
yo soy Murray Bennett. Le recuerdo muy bien, Brant. Necesitaba su ayuda, así
que le busqué. No soy tan Murray Bennett como quisiera.
Brant se sentó en el asiento
vacío del piloto.
-Usted es una computadora -afirmó
temblorosamente-. ¿No es así?
-Sí y no. Ninguna computadora
puede copiar el desempeño de un cerebro humano. Intenté introducir mecanismos
neurales humanos verdaderos en las computadoras, concretamente para que las
naves volaran, y me proscribieron a causa de las dificultades. Considero que no
fui tratado justamente. Exigía una enorme capacidad quirúrgica realizar los
cientos y cientos de conexiones de nervios a circuitos que se necesitaban...,
y, antes de estar por la mitad, la ONU llegó a la conclusión que lo que yo
hacía era vivisección humana. Me proscribieron y la Fundación dijo que tendría
que destruirme a mí mismo. Después de eso, ¿qué podía hacer? Me destruí.
Transferí la mayor parte de mi sistema nervioso a las computadoras del
«Astrid», trabajé al final con asistentes drogados y bajo control telepático,
y finalmente confié en las computadoras para que cerraran herméticamente las
últimas conexiones. Esa cirugía no había existido con anterioridad y yo la
creé. Funcionó. Ahora yo soy el «Astrid»..., y también Murray Bennett, a pesar
que él está muerto.
Brant cruzó cuidadosamente las
manos en el borde del tablero de mandos apagado.
-¿Y de qué le sirvió? -preguntó.
-Demostré lo que me proponía.
Intentaba construir una nave espacial casi viva. Tuve que incorporar una parte
de mí mismo a ella para lograrlo..., porque me proscribieron para que dejara de
utilizar otros seres humanos como una fuente de piezas. Pero aquí está el «Astrid»,
Brant, casi tan vivo como yo podría pedir. Soy tan inmune a una nave espacial,
por ejemplo a un crucero de la ONU, como usted ante una carretilla furiosa. Mis
reflejos son rápidos como los humanos. Siento las cosas directamente, no a
través de los instrumentos. Yo mismo vuelo: soy lo que buscaba..., la nave que
casi vuela por sí misma.
-No deja de decir «casi» -comentó
Brant.
-Por eso vine a buscarle -dijo la
voz-. Aquí no tengo bastante de Murray Bennett para saber qué es lo próximo que
debo hacer. Usted me conoció bien. ¿Intentaba utilizar cada vez más cerebros
humanos y cada vez menos mecanismos de computadoras? Me parece que era así.
Puedo recoger fácilmente los cerebros, del mismo modo que lo capté a usted. El
Sistema Solar está repleto de personas aisladas en pequeños botes de investigación
que se podrían recoger e incorporar a máquinas eficaces como el «Astrid». Pero
no estoy seguro. Me parece que he perdido mi creatividad. Cuento con una base
donde tengo algunas naves con maravillosas computadoras, y con unas pocas
personas que utilizar como animales de investigación podría crear naves aún
mejores que el «Astrid». Pero, ¿es eso lo que quiero hacer? ¿Es eso lo que me
propuse hacer? Ya no lo sé, Brant. Aconséjeme.
La máquina con nervios humanos
habría resultado conmovedora si no se hubiese parecido tanto a Bennett. La
combinación de los dos era decididamente horrible.
-Ha hecho un mal trabajo consigo
mismo, Murray -dijo-. Me ha permitido entrar en su cerebro sin pensar
sensatamente en el peligro. ¿Qué me impide aposentarme ante sus viejos mandos
manuales y llevarlo hasta el puesto más cercano de la ONU?
-Usted no puede pilotar una nave.
-¿Cómo lo sabe?
-Por simple computación. Y
existen otros motivos. ¿Qué me impediría hacer que usted se corte la garganta?
La respuesta es la misma. Usted domina su cuerpo y yo el mío. El «Astrid» es mi
cuerpo. Los mandos son inútiles, a menos que yo los accione. Los nervios a
través de los cuales lo hago están revestidos con un acero excelente. El único
modo en que podría destruir mi control sería arruinando algo necesario para la
dirección de la nave. En cierto sentido, eso me mataría, del mismo modo que la
destrucción de su corazón o sus pulmones lo mataría. Pero sería inútil, porque
entonces, al igual que yo, usted no podría conducir la nave. Y si efectuara
reparaciones, yo..., bueno, resucitaría. -La voz guardó silencio un instante.
Después agregó, con toda naturalidad-: Como es obvio, puedo protegerme.
Brant no replicó. Tenía los ojos
entrecerrados, cosa que generalmente hacía ante un problema de las transformaciones
de Milne.
-Nunca duermo -prosiguió la voz-,
pero gran parte de mi navegación y pilotaje se realiza con un autopiloto que no
exige mi atención consciente. Es el mismo y antiguo autopiloto Nelson que
estaba originalmente a bordo del «Astrid», por lo que es necesario controlarlo.
Si usted toca los mandos mientras están en autopiloto, éste se desconecta y yo
mismo tomo el mando.
Brant estaba sorprendido e
instintivamente asqueado por el torrente constante de información. Era un
recordatorio forzoso de cuánto había de computadora en la inteligencia que se
denominaba a sí misma Murray Bennett. Respondía a una pregunta con la riqueza
de detalles casi estúpida de un selector de la biblioteca pública..., y no
había botón de «Suficiente» que Brant pudiera apretar.
-¿Piensa responder a mi pregunta?
-inquirió súbitamente la voz.
-Sí -replicó Brant-. Le aconsejo
que se entregue. El «Astrid» demuestra su teoría..., y también que su investigación
era un callejón sin salida. Es inútil que continúe creando más naves semejantes
al «Astrid»; usted mismo es consciente del hecho que ahora es incapaz de
mejorar el modelo.
-Eso va en contra de lo que yo he
registrado -agregó la voz-. Mi fin último como hombre consistía en construir
máquinas como ésta. No puedo aceptar su respuesta: está en conflicto con mi
directiva primaria. Por favor, siga las luces hasta su cuarto.
-¿Qué va a hacer conmigo?
-Llevarlo a la base.
-¿Para qué? -inquirió Brant.
-Como provisión de piezas
-respondió la voz-. Por favor, siga las luces, o tendré que emplear la fuerza.
Brant siguió las luces. Al entrar
en la cabina a la que le condujeron, una figura despeinada se levantó de una de
las dos literas. Retrocedió alarmado. La figura sonrió irónicamente y mostró
un fragmento de galón dorado de la manga.
-No soy tan terrible como parezco
-dijo-. Teniente Powell, del explorador «Iapetus» de la ONU, a su servicio.
-Soy Brant Kittinger, astrofísico
del Instituto Planetario. A decir verdad, se le ve ligeramente maltrecho. ¿Se
peleó con Bennett?
-¿Así se llama? -El policía de
patrulla de la ONU asintió sombríamente-. Sí. En esta vieja bañera había
algunos cañones. Le di el alto y destrozó mi nave antes que yo tuviera tiempo
de levantar la mano. Apenas logré calzarme el traje..., y comienzo a desear no
haberlo hecho.
-No lo culpo. Supongo que sabe
para qué quiere utilizarnos.
-Sí -dijo el piloto-. Parece
gozar al fanfarronear sobre sus logros... Dios sabe que son sorprendentes, aunque
sólo fuera verdad la mitad de las cosas que dice.
-Todo es verdad -aseguró Brant-.
Como usted sabe, él es esencialmente una máquina y, como tal, no creo que pueda
mentir.
Powell parecía sorprendido.
-Eso empeora las cosas. He
intentado encontrar una salida...
Brant levantó bruscamente una
mano y con la otra se tanteó los bolsillos en busca de un lápiz.
-Si encontró algo, apúntelo, no
lo diga en voz alta. Creo que él puede oírnos. ¿No es así, Bennett?
-Sí -dijo la voz en el aire.
Powell dio un salto-. Mi audición se extiende a lo largo y a lo ancho de la
nave.
Nuevamente, el silencio. Powell,
con expresión torva, apuntó en un arrugado billete de viaje de la ONU:
«No importa. No se me ocurre
nada.»
«¿Dónde está la computadora
principal? -escribió Brant-. Allí deben encontrarse los residuos de la
personalidad.»
«Debajo. No hay posibilidades
sin un desintegrador. Debe estar rodeada por veinte centímetros de acero. Lo
mismo con los nervios de los mandos.»
Se sentaron desesperanzados en la
litera de abajo. Brant mordisqueó el lápiz.
-¿A qué distancia de aquí está su
base nodriza? -preguntó al final.
-¿Dónde queda «aquí»?
-En la órbita del nuevo planeta.
Powell chistó:
-En ese caso, su base no puede
encontrarse a más de tres días de distancia. Yo subí a bordo apenas salir de
Titán y no ha tocado la base desde entonces, por lo que el combustible no
durará mucho más. Conozco muy bien este tipo de nave. Y a juzgar por lo que he
visto, los impulsores no han sido alterados.
-Eso concuerda -musitó Brant-. Si
Bennett en persona nunca alteró la dirección, este sustituto de Bennett que
tenemos aquí jamás podrá hacerlo -descubrió que le resultaba más fácil ignorar
la presencia atenta mientras hablaba; controlar su discurso constantemente
mientras pensaba en Bennett era demasiado arduo para sus nervios-. Eso nos da
tres días para salir..., o menos.
Al menos durante veinte minutos,
Brant no volvió a abrir la boca, mientras el piloto de la ONU se agitaba y
observaba esperanzado su rostro. Finalmente, el astrónomo volvió a recoger el
papel.
«¿Puede pilotar esta nave?»,
escribió.
El piloto asintió y garabateó: «¿Por
qué?»
Sin responder, Brant se echó en
la litera, giró hasta que su cabeza quedó dirigida hacia el centro de la
cabina, dobló las rodillas y se dio un empujón con ambos pies. Éstos chocaron
contra el casco, y los tacos magnéticos de sus zapatos dejaron marcas
brillantes en el metal. El choque hizo que navegara como un desgarbado pez por
la cabina.
-¿Para qué hizo eso? -preguntaron
simultáneamente Powell y la voz del aire. El tono del apresador era ligeramente
curioso, pero no alarmado.
Brant ya había preparado la
respuesta.
-Forma parte de una pregunta que deseo
hacer -dijo. Se irguió contra la pared del extremo y forcejeó hasta apoyar los
pies en la cubierta-. Bennett, ¿puede decirme qué hice?
-Bueno, específicamente, no. Como
le expliqué, no puedo ver dentro de la nave. Pero recibo una sacudida táctil de
los nervios de los mandos, las luces, los suelos, el sistema de ventilación,
etcétera, y también un sonido resonante de los audios. Esas cosas me indican
que usted zapateó el suelo o golpeó con los puños en la pared. A juzgar por la
intensidad de todas las impresiones, computo que zapateó el suelo.
-Usted oye y siente, ¿no?
-Así es -dijo la voz-. También
puedo captar su calor corporal por los receptores del sistema de control de la
temperatura de la nave... Una forma de ver, pero sin definición.
Con mucha suavidad, Brant
recuperó el billete usado y apuntó: «Sígame».
Salió al pasillo y comenzó a
caminar hacia la sala de mandos, mientras Powell le pisaba los talones. La nave
viviente sólo permaneció en silencio un instante.
-Regresen a su cabina -dijo la
voz.
Brant aceleró el paso. ¿Cómo
cumpliría sus órdenes el vicioso parto del ingenio de Bennett?
-He dicho que regresen a su
cabina -repitió la voz. Ahora, su tono era alto y áspero y sin el más mínimo indicio
de sentido; por primera vez Brant supo que provenía de un sintetizador de voz y
no de un vocabulario grabado de la voz de Bennett. Brant apretó los dientes y
avanzó. La voz agregó-: No quisiera desperdiciarlos. Por última vez...
Un segundo después, Brant recibió
un fuerte golpe en el coxis. Le derribó como a un árbol y lo lanzó por la cubierta
del pasillo como una piedra roma. Apenas una fracción de segundo después se
produjo un siseo y un fogonazo y el aire estaba caliente y ahogaba a causa del
olor penetrante del ozono.
-Acérquese -murmuró serenamente
la voz de Powell-. Evidentemente, las cabezas de algunos de esos remates de
las paredes son electrodos de alta tensión. Por suerte vi el nimbo que se
formaba en uno de ellos. Repte hasta aquí, pero hágalo con rapidez.
Reptar en un pasillo carente de
gravedad era mucho más difícil que caminar. Brant se retorció decididamente
hasta la sala de mandos y recurrió a todos los trucos que había aprendido en el
espacio a fin de mantenerse en el suelo. Podía oír que Powell serpenteaba
detrás de él.
-Él no sabe qué estoy tramando
-afirmó Brant en voz alta-. Bennett, ¿lo sabes?
-No -dijo la voz en el aire-.
Pero sé que, mientras esté boca abajo, no puede hacer nada peligroso. Y cuando
se levante, Brant, lo destruiré.
-Hum
-murmuró Brant.
Se acomodó las gafas, que había
estado a punto de perder durante la breve y resbaladiza carambola por la
cubierta. La voz había sintetizado la situación con mortífera precisión. Sacó
del bolsillo de la camisa el billete casi destrozado, escribió algo y lo lanzó
por la cubierta hasta Powell:
«¿Cómo podemos llegar al
autopiloto? Tenemos que destrozarlo.»
Powell se apoyó en un codo y, con
el ceño fruncido, estudió el trozo de papel. Debajo, más abajo de la cubierta,
se oyó un brusco sonido de energía y Brant sintió que el frío metal en el que
estaba apoyado se hundía. Bennett cambiaba de rumbo e intentaba colocarlos
dentro del alcance de sus defensas. Ambos hombres comenzaron a deslizarse de
costado.
Powell no parecía preocupado;
evidentemente, sabía cuánto tiempo llevaba recorrer una nave de ese tamaño y de
esa época. Pasó el papel. En el último espacio libre, en pequeñísima letra,
había apuntado: «Arrójele algo».
-Ah -murmuró Brant.
Mientras seguía deslizándose, se
quitó uno de los pesados zapatos y lo sopesó críticamente. Serviría. Lo arrojó
con una súbita convulsión de movimiento.
Unas chispas gruesas y
crepitantes surcaron la habitación; el ruido era ensordecedor. Aunque Bennett
no podía saber qué hacía Brant, evidentemente había sentido la repentina
agitación de movimiento y accionado la corriente de alta tensión como
precaución general. Pero era demasiado tarde. El taco del zapato volador se
hundió en el autopiloto con un estruendo desgarrador.
Del sintetizador de voz salió un
descentrado trompetazo de sonido..., más semejante al ruido de una sirena que a
un grito humano. El «Astrid» giró en forma desenfrenada una vez, después hubo
silencio.
-Está bien -dijo Brant mientras
se ponía de rodillas-. Powell, pruebe los mandos.
El piloto de la ONU se irguió con
cautela. No hubo chispas. Cuando accionó los mandos, la nave respondió
inmediatamente con un ronroneo de energía.
-Funciona -aseguró-. Ahora
dígame, ¿cómo demonios supo qué había que hacer?
-No resultó difícil -replicó
Brant complacido al tiempo que recuperaba el zapato-. Pero todavía no estamos
a salvo. Tenemos que llegar a los depósitos con toda rapidez y encontrar un par
de antorchas. Quiero desconectar todos los canales-nervios que podamos
encontrar. ¿Me acompañará?
-Por supuesto.
La tarea se cumplió más rápidamente
de lo que Brant se había atrevido a suponer. Evidentemente, la nave viviente
no había pensado en aligerarse echando por la borda todo el equipaje que su
tripulación humana otrora había necesitado. Mientras Brant y Powell se abrían
camino entusiasmados entre la maraña de troncos-nervios conductores que
surgían de la computadora central, el astrónomo comentó:
-Él nos dio demasiada
información. Me dijo que había conectado los nervios artificiales de la nave,
los nervios de mando, a las terminaciones nerviosas que salían de las partes
de su propio cerebro que había utilizado. Y agregó que se habían realizado cientos
de esas conexiones. Ése es el problema cuando se permite que una computadora
actúe como un agente independiente: no sabe lo suficiente acerca de las
relaciones interpersonales para dominar su lengua... Ya está. Él se recuperará
en poco tiempo, pero no creo que ahora pueda interferimos. -Dejó la antorcha
con un suspiro-. ¿Qué decía? Ah, sí. Hablaba de las conexiones nerviosas: si
hubiese separado los nervios transmisores de dolor de los demás nervios
sensitivos, tendría que haber hecho no cientos, sino miles de
conexiones. Si realmente hubiese sido el ser humano viviente, Bennett, el que
me dio esa pista, la habría descartado, porque tal vez estaba haciendo una
declaración incompleta. Pero como fue el doble de Bennett, una computadora,
calculé que la magnitud de la cifra era correcta. Las computadoras no hacen
exposiciones incompletas. Además, pensé que Bennett no pudo realizar miles de
conexiones, sobre todo si trabajaba telepáticamente a través de un sustituto.
Hasta la neurocirugía más fantástica tiene un límite. Bennett se había
limitado a hacer las conexiones generales y había confiado en los segmentos de
su propio cerebro que incorporó para que éstos seleccionaran los impulsos a
medida que entraban..., lo mismo que haría cualquier cerebro humano en
circunstancias semejantes.
-Y cuando usted pateó la pared...
-murmuró Powell.
-Sí, ya ha descubierto lo
esencial del problema. Cuando pateé la pared, quise cerciorarme de si él podía
sentir el impacto de mis zapatos. Si lo hacía, yo estaría seguro que
él no había eliminado los nervios sensitivos cuando instaló los nervios
motores. Si no lo había hecho, también era probable que se encontraran
presentes los axones de dolor.
-¿Y qué tiene que ver con esto el
autopiloto? -preguntó Powell quejumbrosamente.
-El autopiloto es un centro
importante de su red nerviosa -replicó Brant sonriente-. Debió protegerlo con
la misma fuerza con que protegió a la computadora principal. Cuando lo golpeé,
fue como hundir un puño en el plexo solar de un hombre.
Powell también sonrió
-K.O. -afirmó.
F I N
Título Original: Solar Plexus. © 1941
by Fictioneers, Inc.
Traducción de
Horacio González Trejo.
Edición Digital de
Arácnido.
Revisión 2.
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