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James Bish - Plexo solar


Brant Kittinger no oyó la alarma cuando ésta comen­zó a sonar. Ciertamente, sólo después que un golpe suave sacudiera su observatorio de flotación libre levan­tó la mirada, súbitamente consciente del interferómetro. Después, el sonido de la campana de alarma llegó a su conciencia.
Aunque Brant no era cosmonauta sino astrónomo, sa­bía que la campana sólo podía significar la proximidad de otra nave. No tendría sentido que la campana sonara ante un meteoro..., éste podía haber pasado a su lado antes que el badajo trazara su primer ciclo. Era pro­bable que sólo una nave que se acercara accionara el detector y, además, tendría que estar cerca.
Un segundo golpe seco le demostró cuán cerca se en­contraba. El raspado de metal que oyó después, mientras la otra nave se deslizaba junto a la propia, apartó total­mente de su cerebro la bruma de los tensores. Dejó caer el lápiz y se irguió.
Al principio pensó que su año en la órbita alrededor del nuevo planeta transplutoniano había concluido y que el remolque del Instituto había ido a buscarlo para tras­ladarlo a casa, con el telescopio y todo lo demás. Un vis­tazo al reloj le tranquilizó, pero después se sintió aún más desconcertado. Todavía le faltaban cerca de cuatro meses.
Obviamente, ninguna nave comercial podía haberse alejado tanto de los planetas interiores; y los cruceros policiales de la ONU no iban más lejos que las líneas co­merciales. Además, era imposible que alguien encontrara por casualidad el observatorio orbital de Brant.
Se acomodó más firmemente las gafas en la nariz, retrocedió torpemente de la cámara del foco principal y bajó por la red mural hasta el escritorio de mandos, en la planta de observación. Una rápida mirada a los table­ros le demostró que cerca había un campo magnético de cierta fuerza, que no pertenecía al invisible gigante de gas que giraba a ochocientos mil kilómetros de distancia.
La nave extraña estaba magnéticamente unida a la suya; en consecuencia, se trataba de una nave antigua, ya que ese método de conexión había sido descartado años atrás por ser demasiado brusco para los delicados instrumentos. Y la fuerza del campo indicaba que se tra­taba de una gran nave.
Demasiado grande. Por lo que Brant recordaba, la única nave de esa época que podía sustentar generadores de semejante tamaño era el «Astrid» de la Fundación Cibernética. Brant recordaba con claridad el pesaroso anuncio de la Fundación respecto a que Murray Bennett había destruido tanto el «Astrid» como a sí mismo antes de en­tregar la nave a un equipo de inspección de la ONU. Ha­bía ocurrido hacía sólo ocho años. Algún escándalo...
Bueno, ¿quién, entonces?
Conectó la radio. No hubo ningún sonido. Era un sen­cillo equipo de transistores adaptado a la frecuencia del Instituto y, puesto que la otra nave evidentemente no pertenecía al Instituto, no esperaba otra cosa. Claro que tenía un fotofono, pero estaba diseñado para la comuni­cación en una distancia razonable, no para susurros en el oído.
Después se acordó de desconectar la insistente cam­pana de alarma. Inmediatamente surgió otro sonido: un golpecito delicado y rítmico en el casco del observatorio. Alguien quería entrar.
No encontró motivos para negar la entrada, salvo una duda vaga y totalmente irracional con respecto al hecho que el extraño fuera o no amigo. Él carecía de enemi­gos, y la idea de algún fugitivo que le hubiese encontrado allí por casualidad resultaba ridícula. Sin embargo, había algo en la nave anónima y sin voz que le inquietaba.
Los delicados golpecitos se apagaron y volvieron a co­menzar, con insistencia uniforme y mecánica. Durante un instante, Brant se preguntó si debía o no intentar esca­par mediante los pocos cohetes de maniobra del observa­torio..., pero aunque ganara una batalla tan desigual, colocaría al observatorio fuera de la órbita donde el Ins­tituto pensaba encontrarlo, y no sabía tanto de navega­ción astral como para retornar a ella.
Toc, toc. Toc, toc.
-Está bien -murmuró malhumorado.
Accionó el botón que hacía girar la cámara de aire. Los golpes cesaron. Dejó abierta la puerta exterior más tiempo del suficiente para que alguien entrara y accio­nara el botón de la cámara que invertía el proceso, pero nada ocurrió.
Después de lo que pareció una larga espera, volvió a apretar el botón. La puerta exterior se cerró, las bombas llenaron de aire la cámara, y la puerta interior se abrió. Pero no apareció ningún fantasma: en la cámara no ha­bía nadie.
Toc, toc. Toc, toc.
Se limpió distraídamente las gafas en la manga. Si no querían entrar en el laboratorio, seguramente deseaban que él saliera. Eso era posible: aunque el telescopio tenía un foco Coudé que le permitía trabajar en la atmósfera de la nave la mayor parte del tiempo, en ocasiones le re­sultaba necesario vaciar la cúpula, y para ello contaba con un traje espacial. Pero nunca había estado fuera del casco con el traje, y la idea le perturbó. Brant no era un cosmonauta.
Les lanzó una maldición. Se acomodó las gafas y echó otro vistazo a la cámara de aire vacía. Seguía vacía y ahora la puerta exterior se abría con suma lentitud...
Un cosmonauta habría comprendido que ya estaba muerto, pero las reacciones de Brant no fueron tan rá­pidas. Su primer movimiento consistió en tratar de ce­rrar la puerta interior mediante la fuerza muscular pura, pero aquélla no se movió. Después se aferró simplemen­te al puntal más próximo, a la espera que el aire sa­liera del laboratorio y, con él, su vida.
La puerta exterior de la cámara de aire seguía pláci­damente abierta, pero no había salida de aire..., sólo una especie de entrada débil e indiscernible de olor, como si el aire de Brant se mezclara con el de otra persona. Cuan­do las dos puertas de la cámara quedaron por último to­talmente abiertas, Brant descubrió que miraba el inte­rior de un tubo flexible y hermético, semejante al que una vez había visto para la transferencia de un pequeño carguero desde una nave hasta una de las diversas esta­ciones espaciales de la Tierra. Este tubo conectaba la cá­mara de aire del observatorio con la de la otra nave. En el otro extremo brillaban luces amarillas con el matiz inequívoco y sombrío de los focos incandescentes.
Sin duda alguna, se trataba de una nave antigua.
Toc. Toc.
-Váyase al infierno -dijo en voz alta. No obtuvo res­puesta.
Toc. Toc.
-Váyase al infierno -repitió. Se internó en el tubo, que se flexionó sinuosamente cuando su cuerpo compri­mió el aire estático.
Se detuvo y miró hacia atrás en la cámara de aire del desconocido. No se sorprendió al ver que la puerta exte­rior de la cámara de aire se cerraba presuntuosamente. En ese momento, la cámara de aire del desconocido co­menzó a girar; se metió en la nave en el momento pre­ciso.
Delante de él se extendía un corredor metálico vacío. Mientras miraba, la primera bombilla que tenía sobre la cabeza se apagó. Después la segunda. Luego la tercera. Cuando se apagó la cuarta, la primera volvió a encenderse, de modo que ahora había una lenta cinta de oscuri­dad que se alejaba de él por el pasillo. Evidentemente, le pedían que siguiera la línea de bombillas que se apaga­ban a lo largo del pasillo.
Puesto que ya había llegado tan lejos, no le quedaba alternativa. Siguió las luces parpadeantes.
La pista conducía directamente hasta la sala de man­dos de la nave. Allí tampoco había nadie.
El lugar se encontraba opresivamente silencioso. Podía oír el suave zumbido de los generadores -un rui­do más potente que el que escuchaba a bordo del obser­vatorio-, pero no era posible que una nave estuviera tan tranquila. Deberían percibirse las voces humanas apaga­das, el crujido de los sistemas de comunicación, el im­pacto de las suelas en el metal. Alguien tenía que operar una nave..., no sólo sus cámaras de aire, sino sus mo­tores..., y sus cerebros. El observatorio sólo era una bar­ca y no necesitaba más tripulación que Brant, pero una nave de verdad debía estar tripulada.
Estudió el compartimiento de metal vacío y reparó en la antigüedad aparente del equipo. En su mayor parte era manual, pero no había manos que lo operaran.
Seguramente, una nave fantasma.
-Está bien -dijo. Su voz resonó en sus propios oídos-. Salga. Quería que yo viniera aquí... ¿Por qué se oculta?
Inmediatamente se oyó un ruido en el aire cerrado e inmóvil, un ligero suspiro eléctrico. Después, una voz serena afirmó:
-Usted es Brant Kittinger.
-Efectivamente -dijo Brant, y giró infructuosamen­te hacia la fuente aparente de la voz-. Usted sabe quién soy yo. No es posible que me haya encontrado por casua­lidad. Muestre la cara. No tengo tiempo para jugar.
-No estoy jugando -agregó serenamente la voz-. Y no puedo aparecer, porque no me oculto. No puedo verle. Necesitaba oír su voz antes de cerciorarme del hecho que era usted.
-¿Por qué?
-Porque no puedo ver dentro de la nave. Podría en­contrar con facilidad su bote de observación, pero hasta que le oí hablar no podía estar seguro que era usted el que se encontraba a bordo. Ahora lo sé.
-De acuerdo -dijo Brant con desconfianza-. Toda­vía no comprendo por qué se oculta. ¿Dónde está?
-Exactamente aquí -replicó la voz-. A su alrededor.
Brant miró a su alrededor. Se le pusieron los pelos de punta.
-¿A qué se debe esta tontería? -inquirió.
-Usted no ve lo que mira, Brant. Mire donde mire, me está mirando directamente. Yo soy la nave.
-Ah -exclamó Brant suavemente-. De modo que es así. Usted es una de las naves dirigidas por compu­tadora de Murray Bennett. Después de todo, ¿es usted el «Astrid»?
-Éste es el «Astrid» -declaró la voz-. Pero no me comprende. Yo también soy Murray Bennett.
Brant quedó boquiabierto.
-¿Dónde está? -preguntó poco después.
-Aquí -replicó la voz con impaciencia-. Yo soy el «Astrid». También soy Murray Bennett. Bennett está muerto, de modo que no puede entrar en la cabina y es­trecharle la mano. Ahora yo soy Murray Bennett. Le re­cuerdo muy bien, Brant. Necesitaba su ayuda, así que le busqué. No soy tan Murray Bennett como quisiera.
Brant se sentó en el asiento vacío del piloto.
-Usted es una computadora -afirmó temblorosa­mente-. ¿No es así?
-Sí y no. Ninguna computadora puede copiar el des­empeño de un cerebro humano. Intenté introducir me­canismos neurales humanos verdaderos en las compu­tadoras, concretamente para que las naves volaran, y me proscribieron a causa de las dificultades. Considero que no fui tratado justamente. Exigía una enorme capacidad quirúrgica realizar los cientos y cientos de conexiones de nervios a circuitos que se necesitaban..., y, antes de estar por la mitad, la ONU llegó a la conclusión que lo que yo hacía era vivisección humana. Me proscribieron y la Fundación dijo que tendría que destruirme a mí mismo. Después de eso, ¿qué podía hacer? Me destruí. Transfe­rí la mayor parte de mi sistema nervioso a las compu­tadoras del «Astrid», trabajé al final con asistentes dro­gados y bajo control telepático, y finalmente confié en las computadoras para que cerraran herméticamente las últimas conexiones. Esa cirugía no había existido con anterioridad y yo la creé. Funcionó. Ahora yo soy el «As­trid»..., y también Murray Bennett, a pesar que él está muerto.
Brant cruzó cuidadosamente las manos en el borde del tablero de mandos apagado.
-¿Y de qué le sirvió? -preguntó.
-Demostré lo que me proponía. Intentaba construir una nave espacial casi viva. Tuve que incorporar una parte de mí mismo a ella para lograrlo..., porque me proscribieron para que dejara de utilizar otros seres hu­manos como una fuente de piezas. Pero aquí está el «As­trid», Brant, casi tan vivo como yo podría pedir. Soy tan inmune a una nave espacial, por ejemplo a un crucero de la ONU, como usted ante una carretilla furiosa. Mis reflejos son rápidos como los humanos. Siento las cosas directamente, no a través de los instrumentos. Yo mismo vuelo: soy lo que buscaba..., la nave que casi vuela por sí misma.
-No deja de decir «casi» -comentó Brant.
-Por eso vine a buscarle -dijo la voz-. Aquí no tengo bastante de Murray Bennett para saber qué es lo próximo que debo hacer. Usted me conoció bien. ¿Inten­taba utilizar cada vez más cerebros humanos y cada vez menos mecanismos de computadoras? Me parece que era así. Puedo recoger fácilmente los cerebros, del mis­mo modo que lo capté a usted. El Sistema Solar está re­pleto de personas aisladas en pequeños botes de investi­gación que se podrían recoger e incorporar a máquinas efi­caces como el «Astrid». Pero no estoy seguro. Me parece que he perdido mi creatividad. Cuento con una base don­de tengo algunas naves con maravillosas computadoras, y con unas pocas personas que utilizar como animales de investigación podría crear naves aún mejores que el «Astrid». Pero, ¿es eso lo que quiero hacer? ¿Es eso lo que me propuse hacer? Ya no lo sé, Brant. Aconséjeme.
La máquina con nervios humanos habría resultado conmovedora si no se hubiese parecido tanto a Bennett. La combinación de los dos era decididamente horrible.
-Ha hecho un mal trabajo consigo mismo, Murray -dijo-. Me ha permitido entrar en su cerebro sin pen­sar sensatamente en el peligro. ¿Qué me impide aposen­tarme ante sus viejos mandos manuales y llevarlo hasta el puesto más cercano de la ONU?
-Usted no puede pilotar una nave.
-¿Cómo lo sabe?
-Por simple computación. Y existen otros motivos. ¿Qué me impediría hacer que usted se corte la garganta? La respuesta es la misma. Usted domina su cuerpo y yo el mío. El «Astrid» es mi cuerpo. Los mandos son inútiles, a menos que yo los accione. Los nervios a través de los cua­les lo hago están revestidos con un acero excelente. El úni­co modo en que podría destruir mi control sería arruinan­do algo necesario para la dirección de la nave. En cierto sentido, eso me mataría, del mismo modo que la destruc­ción de su corazón o sus pulmones lo mataría. Pero sería inútil, porque entonces, al igual que yo, usted no podría conducir la nave. Y si efectuara reparaciones, yo..., bueno, resucitaría. -La voz guardó silencio un instante. Des­pués agregó, con toda naturalidad-: Como es obvio, pue­do protegerme.
Brant no replicó. Tenía los ojos entrecerrados, cosa que generalmente hacía ante un problema de las trans­formaciones de Milne.
-Nunca duermo -prosiguió la voz-, pero gran parte de mi navegación y pilotaje se realiza con un autopiloto que no exige mi atención consciente. Es el mismo y anti­guo autopiloto Nelson que estaba originalmente a bordo del «Astrid», por lo que es necesario controlarlo. Si usted toca los mandos mientras están en autopiloto, éste se des­conecta y yo mismo tomo el mando.
Brant estaba sorprendido e instintivamente asqueado por el torrente constante de información. Era un recorda­torio forzoso de cuánto había de computadora en la inte­ligencia que se denominaba a sí misma Murray Bennett. Respon­día a una pregunta con la riqueza de detalles casi estúpida de un selector de la biblioteca pública..., y no había botón de «Suficiente» que Brant pudiera apretar.
-¿Piensa responder a mi pregunta? -inquirió súbita­mente la voz.
-Sí -replicó Brant-. Le aconsejo que se entregue. El «Astrid» demuestra su teoría..., y también que su inves­tigación era un callejón sin salida. Es inútil que continúe creando más naves semejantes al «Astrid»; usted mismo es consciente del hecho que ahora es incapaz de mejorar el modelo.
-Eso va en contra de lo que yo he registrado -agregó la voz-. Mi fin último como hombre consistía en cons­truir máquinas como ésta. No puedo aceptar su respues­ta: está en conflicto con mi directiva primaria. Por favor, siga las luces hasta su cuarto.
-¿Qué va a hacer conmigo?
-Llevarlo a la base.
-¿Para qué? -inquirió Brant.
-Como provisión de piezas -respondió la voz-. Por favor, siga las luces, o tendré que emplear la fuerza.
Brant siguió las luces. Al entrar en la cabina a la que le condujeron, una figura despeinada se levantó de una de las dos literas. Retrocedió alarmado. La figura sonrió iró­nicamente y mostró un fragmento de galón dorado de la manga.
-No soy tan terrible como parezco -dijo-. Teniente Powell, del explorador «Iapetus» de la ONU, a su ser­vicio.
-Soy Brant Kittinger, astrofísico del Instituto Plane­tario. A decir verdad, se le ve ligeramente maltrecho. ¿Se peleó con Bennett?
-¿Así se llama? -El policía de patrulla de la ONU asintió sombríamente-. Sí. En esta vieja bañera había algunos cañones. Le di el alto y destrozó mi nave antes que yo tuviera tiempo de levantar la mano. Apenas logré calzarme el traje..., y comienzo a desear no haberlo hecho.
-No lo culpo. Supongo que sabe para qué quiere uti­lizarnos.
-Sí -dijo el piloto-. Parece gozar al fanfarronear sobre sus logros... Dios sabe que son sorprendentes, aun­que sólo fuera verdad la mitad de las cosas que dice.
-Todo es verdad -aseguró Brant-. Como usted sabe, él es esencialmente una máquina y, como tal, no creo que pueda mentir.
Powell parecía sorprendido.
-Eso empeora las cosas. He intentado encontrar una salida...
Brant levantó bruscamente una mano y con la otra se tanteó los bolsillos en busca de un lápiz.
-Si encontró algo, apúntelo, no lo diga en voz alta. Creo que él puede oírnos. ¿No es así, Bennett?
-Sí -dijo la voz en el aire. Powell dio un salto-. Mi audición se extiende a lo largo y a lo ancho de la nave.
Nuevamente, el silencio. Powell, con expresión torva, apuntó en un arrugado billete de viaje de la ONU:
«No importa. No se me ocurre nada.»
«¿Dónde está la computadora principal? -escribió Brant-. Allí deben encontrarse los residuos de la perso­nalidad.»
«Debajo. No hay posibilidades sin un desintegrador. Debe estar rodeada por veinte centímetros de acero. Lo mismo con los nervios de los mandos.»
Se sentaron desesperanzados en la litera de abajo. Brant mordisqueó el lápiz.
-¿A qué distancia de aquí está su base nodriza? -pre­guntó al final.
-¿Dónde queda «aquí»?
-En la órbita del nuevo planeta.
Powell chistó:
-En ese caso, su base no puede encontrarse a más de tres días de distancia. Yo subí a bordo apenas salir de Titán y no ha tocado la base desde entonces, por lo que el combustible no durará mucho más. Conozco muy bien este tipo de nave. Y a juzgar por lo que he visto, los im­pulsores no han sido alterados.
-Eso concuerda -musitó Brant-. Si Bennett en per­sona nunca alteró la dirección, este sustituto de Bennett que tenemos aquí jamás podrá hacerlo -descubrió que le resultaba más fácil ignorar la presencia atenta mientras hablaba; controlar su discurso constantemente mientras pensaba en Bennett era demasiado arduo para sus ner­vios-. Eso nos da tres días para salir..., o menos.
Al menos durante veinte minutos, Brant no volvió a abrir la boca, mientras el piloto de la ONU se agitaba y observaba esperanzado su rostro. Finalmente, el astróno­mo volvió a recoger el papel.
«¿Puede pilotar esta nave?», escribió.
El piloto asintió y garabateó: «¿Por qué?»
Sin responder, Brant se echó en la litera, giró hasta que su cabeza quedó dirigida hacia el centro de la cabina, dobló las rodillas y se dio un empujón con ambos pies. Éstos chocaron contra el casco, y los tacos magnéticos de sus zapatos dejaron marcas brillantes en el metal. El cho­que hizo que navegara como un desgarbado pez por la cabina.
-¿Para qué hizo eso? -preguntaron simultáneamen­te Powell y la voz del aire. El tono del apresador era lige­ramente curioso, pero no alarmado.
Brant ya había preparado la respuesta.
-Forma parte de una pregunta que deseo hacer -dijo. Se irguió contra la pared del extremo y forcejeó hasta apoyar los pies en la cubierta-. Bennett, ¿puede de­cirme qué hice?
-Bueno, específicamente, no. Como le expliqué, no puedo ver dentro de la nave. Pero recibo una sacudida táctil de los nervios de los mandos, las luces, los suelos, el sistema de ventilación, etcétera, y también un sonido resonante de los audios. Esas cosas me indican que usted zapateó el suelo o golpeó con los puños en la pared. A juz­gar por la intensidad de todas las impresiones, computo que zapateó el suelo.
-Usted oye y siente, ¿no?
-Así es -dijo la voz-. También puedo captar su ca­lor corporal por los receptores del sistema de control de la temperatura de la nave... Una forma de ver, pero sin definición.
Con mucha suavidad, Brant recuperó el billete usado y apuntó: «Sígame».
Salió al pasillo y comenzó a caminar hacia la sala de mandos, mientras Powell le pisaba los talones. La nave viviente sólo permaneció en silencio un instante.
-Regresen a su cabina -dijo la voz.
Brant aceleró el paso. ¿Cómo cumpliría sus órdenes el vicioso parto del ingenio de Bennett?
-He dicho que regresen a su cabina -repitió la voz. Ahora, su tono era alto y áspero y sin el más mínimo in­dicio de sentido; por primera vez Brant supo que provenía de un sintetizador de voz y no de un vocabulario grabado de la voz de Bennett. Brant apretó los dientes y avanzó. La voz agre­gó-: No quisiera desperdiciarlos. Por última vez...
Un segundo después, Brant recibió un fuerte golpe en el coxis. Le derribó como a un árbol y lo lanzó por la cu­bierta del pasillo como una piedra roma. Apenas una frac­ción de segundo después se produjo un siseo y un fogo­nazo y el aire estaba caliente y ahogaba a causa del olor penetrante del ozono.
-Acérquese -murmuró serenamente la voz de Po­well-. Evidentemente, las cabezas de algunos de esos re­mates de las paredes son electrodos de alta tensión. Por suerte vi el nimbo que se formaba en uno de ellos. Repte hasta aquí, pero hágalo con rapidez.
Reptar en un pasillo carente de gravedad era mucho más difícil que caminar. Brant se retorció decididamente hasta la sala de mandos y recurrió a todos los trucos que había aprendido en el espacio a fin de mantenerse en el suelo. Podía oír que Powell serpenteaba detrás de él.
-Él no sabe qué estoy tramando -afirmó Brant en voz alta-. Bennett, ¿lo sabes?
-No -dijo la voz en el aire-. Pero sé que, mientras esté boca abajo, no puede hacer nada peligroso. Y cuando se levante, Brant, lo destruiré.
-Hum -murmuró Brant.
Se acomodó las gafas, que había estado a punto de perder durante la breve y resbaladiza carambola por la cubierta. La voz había sintetizado la situación con mor­tífera precisión. Sacó del bolsillo de la camisa el billete casi destrozado, escribió algo y lo lanzó por la cubierta hasta Powell:
«¿Cómo podemos llegar al autopiloto? Tenemos que destrozarlo.»
Powell se apoyó en un codo y, con el ceño fruncido, es­tudió el trozo de papel. Debajo, más abajo de la cubierta, se oyó un brusco sonido de energía y Brant sintió que el frío metal en el que estaba apoyado se hundía. Bennett cambiaba de rumbo e intentaba colocarlos dentro del al­cance de sus defensas. Ambos hombres comenzaron a des­lizarse de costado.
Powell no parecía preocupado; evidentemente, sabía cuánto tiempo llevaba recorrer una nave de ese tamaño y de esa época. Pasó el papel. En el último espacio libre, en pequeñísima letra, había apuntado: «Arrójele algo».
-Ah -murmuró Brant.
Mientras seguía deslizándose, se quitó uno de los pe­sados zapatos y lo sopesó críticamente. Serviría. Lo arro­jó con una súbita convulsión de movimiento.
Unas chispas gruesas y crepitantes surcaron la habita­ción; el ruido era ensordecedor. Aunque Bennett no podía saber qué hacía Brant, evidentemente había sentido la re­pentina agitación de movimiento y accionado la corriente de alta tensión como precaución general. Pero era dema­siado tarde. El taco del zapato volador se hundió en el autopiloto con un estruendo desgarrador.
Del sintetizador de voz salió un descentrado trompetazo de sonido..., más semejante al ruido de una sirena que a un grito humano. El «Astrid» giró en forma desenfrenada una vez, después hubo silencio.
-Está bien -dijo Brant mientras se ponía de rodillas-. Powell, pruebe los mandos.
El piloto de la ONU se irguió con cautela. No hubo chispas. Cuando accionó los mandos, la nave respondió inmediatamente con un ronroneo de energía.
-Funciona -aseguró-. Ahora dígame, ¿cómo demo­nios supo qué había que hacer?
-No resultó difícil -replicó Brant complacido al tiempo que recuperaba el zapato-. Pero todavía no esta­mos a salvo. Tenemos que llegar a los depósitos con toda rapidez y encontrar un par de antorchas. Quiero desconec­tar todos los canales-nervios que podamos encontrar. ¿Me acompañará?
-Por supuesto.
La tarea se cumplió más rápidamente de lo que Brant se había atrevido a suponer. Evidentemente, la nave vi­viente no había pensado en aligerarse echando por la bor­da todo el equipaje que su tripulación humana otrora había necesitado. Mientras Brant y Powell se abrían cami­no entusiasmados entre la maraña de troncos-nervios conductores que surgían de la computadora central, el astróno­mo comentó:
-Él nos dio demasiada información. Me dijo que ha­bía conectado los nervios artificiales de la nave, los ner­vios de mando, a las terminaciones nerviosas que salían de las partes de su propio cerebro que había utilizado. Y agregó que se habían realizado cientos de esas conexio­nes. Ése es el problema cuando se permite que una com­putadora actúe como un agente independiente: no sabe lo suficiente acerca de las relaciones interpersonales para dominar su lengua... Ya está. Él se recuperará en poco tiempo, pero no creo que ahora pueda interferimos. -Dejó la antorcha con un suspiro-. ¿Qué decía? Ah, sí. Hablaba de las conexiones nerviosas: si hubiese separado los nervios transmisores de dolor de los demás nervios sensitivos, tendría que haber hecho no cientos, sino miles de conexiones. Si realmente hubiese sido el ser humano viviente, Bennett, el que me dio esa pista, la habría descar­tado, porque tal vez estaba haciendo una declaración in­completa. Pero como fue el doble de Bennett, una compu­tadora, calculé que la magnitud de la cifra era correcta. Las computadoras no hacen exposiciones incompletas. Además, pensé que Bennett no pudo realizar miles de co­nexiones, sobre todo si trabajaba telepáticamente a través de un sustituto. Hasta la neurocirugía más fantástica tie­ne un límite. Bennett se había limitado a hacer las cone­xiones generales y había confiado en los segmentos de su propio cerebro que incorporó para que éstos selecciona­ran los impulsos a medida que entraban..., lo mismo que haría cualquier cerebro humano en circunstancias seme­jantes.
-Y cuando usted pateó la pared... -murmuró Po­well.
-Sí, ya ha descubierto lo esencial del problema. Cuan­do pateé la pared, quise cerciorarme de si él podía sen­tir el impacto de mis zapatos. Si lo hacía, yo estaría segu­ro que él no había eliminado los nervios sensitivos cuando instaló los nervios motores. Si no lo había hecho, también era probable que se encontraran presentes los axones de dolor.
-¿Y qué tiene que ver con esto el autopiloto? -pre­guntó Powell quejumbrosamente.
-El autopiloto es un centro importante de su red ner­viosa -replicó Brant sonriente-. Debió protegerlo con la misma fuerza con que protegió a la computadora prin­cipal. Cuando lo golpeé, fue como hundir un puño en el plexo solar de un hombre.
Powell también sonrió
-K.O. -afirmó.


F I N


Título Original: Solar Plexus. © 1941 by Fictioneers, Inc.
Traducción de Horacio González Trejo.
Edición Digital de Arácnido.

Revisión 2.

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