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Mucho antes de leer sus obras, supe de la existencia de Kafka por boca
de su amigo Jacques Kohn, quien fue actor del Teatro Yiddish. Y he dicho «fue»,
porque cuando le conocí llevaba ya años retirado de su profesión. Corrían los
primeros años treinta, y el Teatro Yiddish de Varsovia había perdido gran parte
de su público. El propio Jacques Kohn era un hombre viejo y derrotado. Pese a
que aún vestía como un pisaverde, sus ropas presentaban el aspecto de las
prendas muy usadas ya. Lucía monóculo en el ojo izquierdo, anticuado cuello
alto (del tipo llamado, en aquel entonces, «matapadres»), zapatos de charol y
sombrero hongo. Los cínicos del club de escritores yiddish de Varsovia, que
tanto él como yo frecuentábamos, le habían dado el mote de «el Lord». Pese a
que su espalda se le encorvaba cada vez más, hacía titánicos esfuerzos para
andar con los hombros echados hacia atrás. Peinaba los escasos restos de su
amarillento cabello de manera que formara un puente que le cubriera la calva
cabeza. Siguiendo las tradiciones teatrales de pasados tiempos, de vez en
cuando hablaba en un yiddish germanizante, lo cual hacía de un modo muy
principal cuando contaba su amistad con Kafka. Ultimamente, Jacques Kohn había
comenzado a escribir artículos para los periódicos, pero los directores se los
rechazaban unánimemente. Vivía en una buhardilla de la calle Leszno, y estaba
siempre enfermo. Los miembros del club le aplicaban la siguiente frase mordaz:
Pasa el día en una tienda de oxígeno, de la que sale al anochecer hecho un
donjuán.
Siempre coincidíamos en el
club, al caer la tarde. La puerta se abría lentamente y daba paso a Jacques
Kohn. Entraba con el aire de una importante celebridad europea que se dignaba
visitar el ghetto. Miraba a su alrededor, y en su rostro se dibujaba una mueca,
indicativa de que los olores de ajo, arenques y tabaco barato no eran
precisamente sus favoritos. Con desdén paseaba la mirada por las mesas
cubiertas de periódicos, viejas y rotas piezas de ajedrez, y ceniceros
rebosantes de colillas, a cuyo alrededor los miembros del club discutían sin
cesar, a gritos, temas literarios. Jacques Kohn sacudía la cabeza, como
diciendo: ¿qué cabe esperar de semejantes palurdos? Tan pronto le veía entrar,
me metía la mano en el bolsillo para coger entre mis dedos el zloty que
siempre me pedía, en concepto de préstamo.
Aquella tarde, Jacques parecía
de mejor humor de lo usual en él. Esbozó una sonrisa, mostrando los falsos
dientes de porcelana, que no encajaban debidamente en sus encías, por lo que se
movían cuando hablaba, y avanzó lentamente hacia mí, como si se encontrara en
mitad de un escenario. Me ofreció su huesuda mano de largos dedos y me dijo:
‑¿Qué tal? ¿Cómo está hoy la
gran promesa de nuestra literatura?
‑¿Ya empezamos?
‑En modo alguno, mi querido
amigo. Se lo he dicho con toda seriedad. Descubro a los hombres con talento tan
pronto les echo la vista encima, pese a que yo carezco de él. En 1911, cuando
estábamos actuando en Praga, nadie había oído hablar de Kafka. Pues bien, Kafka
vino a los camerinos, y en el mismo momento en que le vi comprendí que me
encontraba en presencia de un genio. Lo olí de la misma manera que un gato
huele las ratas. Y así comenzó nuestra gran amistad.
Había oído aquella historia mil
veces, con otras tantas variantes, pero sabía que no me quedaba más remedio que
escucharla otra vez. Se sentó a mi mesa, y Manya, la camarera, nos sirvió
sendos vasos de té y galletas. Jacques Kohn alzó las cejas, dejándolas como
elevados arcos sobre sus ojos pardoamarillentos, con el blanco cruzado por
sanguinolentas venillas. Su expresión parecía decir: ¿Este líquido es lo que
los bárbaros denominan té? Echó cinco terrones de azúcar al té y lo removió en
movimientos circulares, de dentro afuera, con la cucharilla de hojalata. Con
índice y pulgar, de uñas insólitamente largas, partió una galleta y se llevó la
porción a la boca, diciendo Nu ja, lo que significaba: El pasado no
sirve para llenar el estómago.
Era todo comedia. Jacques Kohn
había nacído en el seno de una familia hasidim, en un pueblecito de Polonia. No
se llamaba Jacques, sino Jankel. Sin embargo, había vivido largos años en
Praga, Viena, Berlín y París. No siempre había pertenecido a la compañía
yiddish, sino que también había actuado en París y Alemania. Fue amigo de
muchos hombres célebres. Ayudó a Chagall a encontrar un estudio en Belleville.
Israel Zangwill le había invitado a menudo a su casa. Actuó en una obra
dirigida por Reinhardt, y más de una vez comió fiambres con Piscator. Me había
mostrado cartas a él dirigidas, no sólo por Kafka, sino también por Jakob
Wassermann, Stefan Zweig, Romain Rolland, Ilya Ehrenburg y Martin Buber. Todos
le tuteaban. Cuando nuestra amistad se hizo más íntima, Jacques Kohn me
permitió ver fotografías y cartas de famosas actrices con las que había tenido
aventuras.
Para mí, «prestar» un zloty
a Jacques Kohn significaba entrar en contacto con la Europa Occidental. Incluso
el modo como esgrimía su bastón de puño de plata me parecía cosa de lejanas
tierras. Hasta los cigarrillos fumaba con un estilo insólito en Varsovia. Tenía
modales en extremo corteses. En las raras ocasiones en que se creyó obligado a
reprocharme algo, consiguió ahorrarme la consiguiente humillación por el medio
de añadir un cumplido elegante. Lo que más admiraba en Jacques Kohn era su
manera de tratar a las mujeres. Yo era muy tímido en mi trato con las
muchachas, me ruborizaba, y su sola presencia bastaba para inhibirme, pero
Jacques Kohn se mostraba ante ellas con el aplomo de un príncipe. Siempre
encontraba algo agradable que decir a las mujeres menos atractivas. Las
halagaba a todas, aunque siempre con cierto tonillo de bonachona ironía,
adoptando la actitud del hedonista estragado que a lo ha probado todo.
A mí me habló con franqueza.
‑Mi joven y querido amigo, la
verdad es que soy prácticamente impotente. La impotencia siempre comienza con
la aparición de unos gustos en exceso refinados. Cuando uno tiene hambre de
veras no necesita caviar y turrón. Y yo he llegado ya a un punto en que no hay
mujer que me parezca realmente atractiva. No hay defecto que se oculte a mi
vista. Y esto es impotencia. Los vestidos y los corsés son transparentes para
mí. No hay perfume ni colorete que me engañe. No me queda ni un diente, pero
cuando una mujer abre la boca veo el más leve empaste. Lo cual, dicho sea
incidentalmente, era el gran problema de Kafka en cuanto escritor. Kafka veía
todos los defectos, los ajenos y los propios. En su mayor parte, la literatura
es obra de plebeyos y chapuceros tales como Zola y D'Annunzio. En el teatro, yo
veía los mismos defectos que Kafka veía en la literatura, y esto nos unió
mucho. Kafka ensalzaba hasta extremos increíbles nuestras lamentables obras en
yiddish. Se enamoró locamente de una actriz pedante y melodramática, madame
Tschissik. Cuando pienso que Kafka amó a aquel ser y lo hizo objeto de sus
sueños, siento lástima hacia los humanos y sus ilusiones. En fin, la
inmortalidad no es demasiado remilgada. Todos los que, por una razón u otra,
han sido íntimos de un gran hombre entran con él en el ámbito de la
inmortalidad, y, a veces, lo hacen calzados con las más burdas botas. A
propósito, ¿me preguntó usted, mi querido amigo, cuál es la fuerza que me
impele a seguir luchando? ¿Sí, o son imaginaciones mías? ¿Me preguntó acaso qué
es lo que me permite soportar la pobreza, la enfermedad, y, peor todavía, la
desesperanza? ¡Buena pregunta, mi joven y querido amigo! Es la misma que me
formulé cuando leí por vez primera el Libro de Job. ¿Por qué siguió viviendo y
sufriendo? ¿Para tener más hijas, más asnos y más camellos? No. La verdad es
que Job siguió adelante por amor al juego de vivir, al juego en sí mismo. Todos
jugamos al ajedrez con el Destino. El Destino mueve una pieza, y nosotros
movemos otra. El Destino intenta darnos jaque mate en tres jugadas, y nosotros
intentamos impedírselo. Nos consta que no podemos ganar, pero sentimos la
necesidad de oponer resistencia. Mi adversario en este juego de ajedrez es un
ángel muy duro de pelar. Ataca a Jacques Kohn con todos los medios, todos los
trucos y las argucias a su disposición. Ahora, estamos en pleno invierno;
incluso con la estufa encendida hace frío; pues bien, mi estufa lleva meses
estropeada, y el casero se niega a repararla. Además, si la estufa funcionara,
de nada me serviría porque no tengo dinero para comprar carbón. Mi querido y
joven amigo, si no ha vivido en una buhardilla ignora usted la fuerza de los
vientos. Los cristales de las ventanas retiemblan incluso en verano. A veces,
un gato vagabundo se sube al tejado debajo de mi ventana y se pasa la noche
gimiendo como una mujer en parto. Yo me quedo bajo las mantas, tiritando de
frío, mientras el gato maúlla llamando a una gata, aunque quizá sean tan sólo
lamentos provocados por el hambre. Cierto es que podría darle algo que comer
para que se tranquilizara un poco, y que también podría asustarle, pero no lo
hago porque temo quedarme helado si abandono el lecho, ya que me envuelvo con
cuantos harapos tengo, incluso con periódicos viejos, de modo y manera que me
encuentro metido dentro de un capullo que el más leve movimiento puede
desbaratar. De todos modos, mi querido amigo, debe usted reconocer que, caso de
jugar al ajedrez, más vale hacerlo con un adversario de nota que con un maleta.
Admiro a mi adversario. A veces su ingenio me pasma. Está ahí sentado, en un
despacho del tercero o séptimo cielo, en ese departamento de la Providencia que
rige nuestro minúsculo planeta, y sólo tiene una misión: atrapar a Jacques
Kohn. Las órdenes que ha recibido son: raja el tonel, pero no permitas que el
vino se derrame. Y esto es exactamente lo que hace. No sé cómo se las arregla
para mantenerme vivo, es un milagro. Me avergouzaría decirle, mi querido amigo,
la cantidad de medicamentos que tomo, la cantidad de píldoras que me trago.
Suerte que tengo un amigo farmacéutico, ya que si no fuera así no podría
comprar tanto potingue. Antes de acostarrne, me trago las píldoras esas, de una
en una, en seco. Sí, porque si bebo orino. No ando muy bien de la próstata, e
incluso sin beber tengo que levantarme varias veces, por la noche. En la
oscuridad, las categorías de Kant dejan de tener aplicación. El tiempo deja de
ser tiempo y el espacio deja de ser espacio. De noche, uno sostiene algo en la
mano, y, de repente, deja de sostenerlo. Encender mi lámpara de gas no es una
tontería, ni mucho menos. Las cerillas desaparecen constantemente. La
buhardilla está atestada de demonios. De vez en cuando, me dirijo a alguno de
ellos: «¡Eh, tú, Vinagre, hijo del Vino! ¿Quieres dejar de gastarme tus pesadas
bromas?» No hace mucho, en plena noche, oí que golpeaban la puerta de mi
buhardilla, y con los golpes una voz de mujer. No pude discernir si la mujer
reía o lloraba. Y para mis adentros, me dije: «¿Quién será? ¿Será Lilith?
¿Namah quizá? ¿O Machlath, la hija de Ketev M'riri?» En voz alta, grité:
«Señora, se equivoca, no es aquí.» Pero la mujer siguió con sus golpes.
Entonces, oí un gemido y el sonido de un cuerpo desplomándose. No me atrevía a
abrir la puerta. Comencé a buscar las cerillas, y, por fin, descubrí que las
tenía en la mano. Salté de la cama, encendí la lámpara de gas, y me puse la
bata y las zapatillas. Sin querer, vi por un instante mi cuerpo reflejado en el
espejo, y la visión me asustó. Tenía la cara verde y sin afeitar. Abrí la
puerta, y vi a una mujer joven, descalza, con abrigo de piel de marta y
camisón. Estaba pálida, y llevaba en desorden su larga cabellera rubia. Le
dije: «Señora, ¿qué le ocurre?» Y ella repuso: «Cierta persona ha intentado
asesinarme, por favor déjeme entrar, me iré tan pronto amanezca.» De buena gana
le hubiera preguntado quién era esa persona que la quería matar, pero no lo
hice porque vi que estaba medio helada. Y también borracha, prabablemente. La
dejé entrar, y advertí que llevaba una pulsera con grandes diamantes. Le
advertí: «No tengo calefacción...» Y ella repuso: «Más vale esto que morir en
la calle.» Bueno, y allí quedamos los dos. ¿Qué iba yo a hacer con aquella
mujer? Sólo tengo una cama. No bebo, ya que el médico me lo ha prohibido, pero
un amigo me había regalado una botella de cognac y aún me quedaban unas
cuantas galletas resecas y rancias. Le di una copa y una galleta. El alcohol
pareció reanimarla un poco. Le pregunté: «¿Vive usted en esta casa, señora?»
Dijo: «No; vivo en el bulevar Ujazdowskie.» Al momento comprendí que se trataba
de una aristócrata. Sin apenas darnos cuenta trabamos conversación, y supe que
era condesa, viuda, y que su amante vivía en mi casa. También era miembro de la
nobleza, aunque por su mal vivir había sido excluido de los ambientes
nobiliarios. Había cumplido un año de presidio en la Ciudadela por intento de
asesinato. Este hombre no podía visitar a su amante porque ésta vivía con su
suegra, y, en consecuencia, ella era quien le visitaba a él. Aquella noche, en
un arranque de celos, aquel hombre la había golpeado y le había puesto la boca
del revólver junto a la sien. Para abreviar, diré que la mujer consiguió coger
el abrigo y salir corriendo de la casa de su amante. Llamó a la puerta de
varios vecinos, pero ninguno la dejó entrar, y así llegó a la buhardilla. Le
dije: «Señora, su amante seguramente sigue buscándola... ¿y si la encuentra?,
yo he dejado de ser lo que se llama un guerrero, ¿sabe?» Repuso: «No se atreverá
a armar escándalo, porque está en libertad vigilada; he terminado con él para
siempre; por favor no me abandone en plena noche...» Le pregunté: «¿Y cómo se
las arreglará para ir mañana a su casa?» Contestó: «No lo sé; estoy harta de
vivir, sí, pero no quiero morir a manos de este hombre.» Le dije: «En fin, de
todos modos no vov a poder dormir, asi es que le ruego acepte mi cama y yo
descansaré en una silla.» Se negó: «No, no puedo aceptarlo, usted ya no es
joven y tiene mal aspecto, vaya a su cama, y yo me sentaré en la silla.»
Discutimos largamente el asunto, y, al fin, decidimos acostarnos juntos. La
tranquilicé: «No tema, soy viejo, y ya no puedo satisfacer a una mujer.» Quedó
convencida de la verdad de mis palabras... Bueno... ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí!
Pues el caso es que me encontré en cama, en compañía de una condesa cuyo amante
podía derribar la puerta de un momento a otro. Nos cubrimos con mis dos únicas
mantas, y no me preocupé de formar el usual capullo dentro del que duermo. Me
sentía tan nervioso e inquieto que hasta del frío me olvidé. Además, no dejaba
de tener conciencia de que la mujer estaba allí, a mi lado. De su cuerpo
emanaba un extraño calor distinto a cuanto había yo conocido hasta entonres, o
quizá todo se debía a que ya había perdido el recuerdo de esas cosas. ¿Acaso mi
adversario en la constante partida de ajedrez me tendía una nueva celada?
Durante los últimos años, mi adversario había jugado sin gran encono. Sí,
porque, como usted sabe muy bien, mi querido amigo, también hay lo que
podríamos llamar ajedrez humorístico. Según me han dicho, Nimzowitsch a veces
gastaba bromas a sus adversarios. Y en los viejos tiempos, Morphy tuvo fama de
ser un humorista del ajedrez. In mente, dije a mi adversario: «Buena jugada,
jugada de maestro...» Y, entonces, me di cuenta de que sabía quién era el
amante de la condesa. Me había cruzado con él en la escalera más de una vez.
Era un gigante con cara de asesino: Qué final tan divertido... ¡Jacques Kohn,
despeñado por un Otelo polaco! Me eché areír y la condesa se echó también a
reír. La abracé y la retuve junto a mí. No se resistió. De repente, ocurrió un
milagro. ¡Volvía a tener vigor viril! En cierta ocasión, al atardecer de un
jueves, me encontraba yo ante el matadero de un pueblecito, y vi como un toro
cubría a una vaca, antes de que uno y otra fueran sacrificados para la
celebración de la fiesta del Sábado. Nunca sabré la razón por la que la condesa
consintió. Quizá lo hizo para vengarse de su amante. La condesa me besaba y
musitaba dulces frases a mi oído. Entonces oímos unos pesados pasos. Alguien
golpeó con el puño la puerta de la buhardilla. La mujer rodó por la cama y cayó
al suelo. Sentí deseos de recitar la oración de los moribundos, pero me daba
vergüenza presentarme ante Dios hallándome en aquellas circunstancias. Bueno,
más que vergüenza de presentarme ante Dios era vergüenza a presentarme ante mi
burlón adversario en la partida de ajedrez. ¿Cómo iba yo a darle semejante
placer? Incluso el melodrama tiene sus límites. El animal al otro lado de la
puerta seguía golpeando, y yo me maravillaba de que la puerta no hubiera cedido
ya a sus golpes. Ahora le propinaba patadas. La puerta gemía, pero seguía
resistiendo. Entonces el ruido cesó. Otelo se había ido. La mañana siguiente
llevé la pulsera de la condesa a una casa de empeños. Con el dinero obtenido,
compré a mi heroína un vestido, ropa interior y zapatos. El vestido no le caía
bien y los zapatos tampoco eran de su medida pero, a fin de cuentas, lo único
que tenía que hacer era cruzar la acera y subir a un taxi a menos que su amante
la estuviera acechando en la escalera. Pero, cosa curiosa, el individuo
desapareció aquella noche, y nunca más se supo de él. Antes de irse, la condesa
volvió a besarme y me rogó encarecidamente que la visitara pero, a pesar de
todo, no soy tan insensato como eso. El Talmud dice: «Los milagros no ocurren
todos los días.» Bueno, y lo curioso es que Kafka, pese a su juventud, vivía
atormentado por esas mismas inhibiciones que son la tortura de mi ancianidad. A
Kafka estas inhibiciones le tenían paralizado, tanto en materia literaria como
en cuestiones carnales. Ansiaba amar, pero huía del amor. Escribía una frase e
inmediatamente la tachaba. También Otto Weininger era así, loco y genial. Le
conocí en Viena. No cesaba de prodigar aforismos y paradojas. Dijo una frase
que jamás olvidaré: «Dios no creó las chinches.» Es preciso haber vivido en
Viena para comprender estas palabras. ¿Quién creó a las chinches? ¡Mire, ahí
llega Bamberg! Fíjese en su modo de avanzar, inseguro, con esas piernecillas
tan cortas, como un cadáver que se negara a bajar a la tumba... ¿Por qué andará
ese hombre zascandileando por ahí toda la noche? ¿Por qué se empeña en ir a los
cabarets cuando ya no pueden divertirle? Los médicos le desahuciaron hace ya
años, cuando aún estábamos en Berlín. Pero esto no le impidió estar sentado en
el Romanisches Café hasta las cuatro de la madrugada, charlando con las
rameras. Una vez, Granat, el actor, anunció que iba a dar una fiesta ‑una
verdadera orgía‑ en su casa, y, entre otros, invitó a Bamberg. Granat encomendó
a todos los hombres que acudieran con una señora, fuese la propia, fuese una
amiga. Pero Bamberg no tenía esposa ni amante, por lo que contrató a una furcia
para que le acompañara. Tuvo que comprarle también un vestido de noche. Los
invitados eran, exclusivamente, escritores, profesores, filósofos, y los
clásicos individuos que van siempre detrás de los intelectuales. Todos habían
tenido la misma idea que Bamberg y vinieron con prostitutas. También fui. Acudí
en compañía de una actriz de Praga, vieja amiga mía. ¿Conoce usted a Granat, mi
querido y joven amigo? ¿No? Pues es un salvaje. Bebe el cognac como si
fuera agua, y es capaz de comerse como si tal cosa una tortilla de diez huevos.
Tan pronto los invitados hubimos llegado, Granat se desnudó y comenzó a bailar
como un loco con las furcias, sólo para impresionar a los invitados
intelectuales. Al principio, éstos estuvieron sentados, mirando el espectáculo.
Al cabo de un rato comenzaron a hablar de sexualidad. Nietzche decía esto o
decía lo otro... Quienes no lo hayan presenciado difícilmente podrán imaginar
lo ridículos que pueden llegar a ser los genios esos. Y, de repente, Bamberg se
sintió enfermo. Se puso verde como el césped y echó a sudar. Me dijo: «Jacques,
todo ha terminado para mí, ¡buen sitio en el que morir!» Padecía un ataque de
riñón o de hígado. Le saqué de allí y le llevé a un hospital. A propósito, mi
querido y joven amigo, ¿puede prestarme un zloty?
‑No uno, sino dos.
‑¡Qué! ¿Es que ha asaltado el
Banco Polski?
‑He vendido un cuento.
‑Enhorabuena. Cenemos juntos.
Le invito.
2
Mientras cenábamos, Bamberg se
acercó a nuestra mesa. Era un hombre menudo, con palidez de tuberculoso,
encorvado y patizambo. Calzaba zapatos de charol, con botines. En su cráneo
puntiagudo aún quedaban algunos cabellos grises. Tenía un ojo mayor que el
otro, y el ojo mayor era saltón, rojo, y como aterrado por la visión de sí
mismo, a cargo del otro ojo. Apoyó sus manos pequeñas y huesudas en la mesa, e
inclinándose hacia delante, dijo con voz cascada:
‑Jacques, ayer leí ese libro
que me prestaste. El castillo de Kafka. Interesante, muy interesante,
pero ¿qué pretende decir? Es demasiado largo para tratarse de un sueño. Las
alegorías deben ser cortas.
Jacques Kohn tragó rápidamente
la comida que estaba masticando y dijo:
‑Siéntate. Los grandes maestros
no están obligados a plegarse a la preceptiva.
‑Hay ciertas reglas que incluso
los grandes maestros deben seguir. Ninguna novela debe ser más larga que Guerra
y paz. Incluso Guerra y paz es demasiado larga. Si la Biblia tuviera
dieciocho volúmenes, habría caído en el olvido hace ya tiempo.
‑El Talmud tiene treinta y seis
volúmenes, y los judíos no lo han olvidado.
‑Los judíos recuerdan
demasiado. Esta es nuestra mayor desgracia. Hace dos mil años nos echaron de
Tierra Santa y ahora intentamos volver. ¿No crees que es una locura? Si nuestra
literatura reflejara este demencial estado de nuestras mentes sería una gran
literatura. Pero nuestra literatura es increíblemente sensata. En fin, más vale
dejarlo.
Bamberg se irguió, y, con un
esfuerzo, frunció el entrecejo. A pasos menudos, arrastrando los pies, se alejó
de nuestra mesa. Se acercó al gramófono y puso un disco de baile. En el club de
escritores se sabía que Bamberg no había escrito ni media palabra en muchos
años. En su ancianidad, aprendía a bailar, influido por la filosofía de su
amigo, el doctor Mitzkin, autor de La entropía de la razón. En esta
obra, el doctor Mitzkin intentaba demostrar que la inteligencia humana está en
quiebra, y que la verdadera sabiduría sólo puede alcanzarse por la pasión.
Jacques Kohn sacudió pesaroso
la cabeza:
‑Un Hamlet de vía estrecha.
Kafka temía llegar a ser un Bamberg, y esto fue lo que le impulsó a
autodestruirse.
Le pregunté:
‑¿Le ha llamado la condesa?
Jacques Kohn extrajo el
monóculo del bolsillo, se lo encajó y dijo:
‑Y si hubiera llamado, ¿qué? En
mi vida, todo se deshace en palabras. Todo palabras, palabras... En realidad,
esta es la teoría del doctor Mitzkin: el hombre terminará siendo una máquina de
palabras. Sí, y ahora recuerdo que el doctor Mitzkin también asistió a la orgía
de Granat. Llegó a practicar lo que predicaba, pero también fue capaz de
escribir La entropía de la pasión. Pues sí, la condesa me visita de vez
en cuando. También ella es una intelectnal, aunque sin intelecto. En realidad,
pese a que las mujeres hacen cuanto pueden para poner de relieve los encantos
de sus cuerpos, saben tan poco acerca del significado de la sexualidad como acerca
del significado del intelecto. Por ejemplo, fijémonos en la señora Tschissik.
¿Qué tuvo aquella mujer, salvo su cuerpo? Ahora bien, más valía no preguntarle
qué es un cuerpo, en realidad. Actualmente, es una mujer fea. Cuando era
actriz, en los tiempos de Praga, aún conservaba un algo... Yo era el primer
actor. Ella era una actriz de segundo orden, con apenas una chispita de
talento. Fuimos a Praga con la idea de ganar algún dinero, y allí encontramos a
un genio, a un homo sapiens en su cumbre de actividad de autotortura.
Kafka quería ser judío, pero no sabía cómo. Quería vivir, pero tampoco sabía
cómo. En cierta ocasión le dije: «Franz, eres joven, haz lo que todos hacemos.»
Había en Praga un prostíbulo en el que me conocían bien, y convencí a Kafka de que
fuera conmigo a ese sitio. Kafka todavía era virgen. Prefiero no hablar de la
muchacha con la que estaba prometido en matrimonio. Kafka vivía hundido hasta
el cuello en el barro burgués. Los judíos de su círculo tenían un ideal, el
ideal de convertirse en gentiles, y no en gentiles polacos, sino en gentiles
alemanes. En resumen, convencí a Kafka de que debía intentar aquella aventura.
Le llevé a una oscura calleja, en el ghetto antiguo, en donde se encontraba el
prostíbulo. Subimos los empinados peldaños. Abrí la puerta. Parecía un
escenario, con las rameras, los chulos, los visitantes y la madama. Jamás
olvidaré aquel instante. Kafka se echó a temblar y me tiró de la manga. Luego
dio media vuelta y bajó las escaleras tan de prisa que temí se quebrara una pierna.
Al llegar a la calle se detuvo y vomitó como un colegial. De regreso, pasamos
ante una vieja sinagoga, y Kafka comenzó a hablar del golem. Kafka creía en el
golem e incluso estaba convencido de que el futuro nos depararía otro golem.
Forzosamente tenía que haber palabras mágicas capaces de convertir un montón de
arcilla en un ser vivo. ¿Acaso Dios, según nos dice la Cábala, no creó el mundo
por el medio de pronunciar sagradas palabras? Al principio era el Logos. Sí,
todo no es más que un inmenso juego de ajedrez. Siempre temí a la muerte, pero
ahora que estoy con un pie en la tumba he dejado de temerla. No cabe duda de
que mi adversario planea jugar lentamente. Seguirá con su táctica de quitarme
todas mis piezas, una a una. Primero, me quitó mi arte de actor, luego me
convirtió en pseudoescritor. Y tan pronto hizo esto último, me dio esa
parálisis que afecta a algunos artistas de la pluma, incapaces de escribir
media palabra. A continuación, me privó de mi vigor viril. Sí, ya sé que aún
falta mucho para el jaque mate, y esto me da cierta fuerza. Que hace frío en mi
dormitorio, pues bien, que siga haciendo frío. Que hoy no tengo ni para cenar,
pues bien, nadie se muere por no cenar un día. Él me ataca y yo contraataco.
Hace algún tiempo, regresé a casa a última hora de la noche. Hacía un frío
terrible, y, de repente, me di cuenta de que me había olvidado la llave.
Desperté al portero, pero resultó que no tenía llave. El portero apestaba a
vodka y su perro me mordió un pie. En otros tiempos me hubiera desesperado,
pero en esta ocasión dije a mi adversario: «Si quieres que coja una pulmonía,
te diré que no tengo nada que objetar.» Me alejé de casa y me fui a la estación
de Viena. El viento casi me llevó en volandas. Fui a pie porque, a aquella hora
de la noche, hubiera tenido que esperar tres cuartos de hora para coger el
tranvía. Al pasar ante la asociación de actores ví luz en una ventana. Cuando
subí los peldaños, la punta de mi pie tropezó con algo que produjo un sonido
metálico. Me incliné y vi que era una llave. ¡Mi llave! Las probabilidades de
que encontrara la llave de mi casa en aquella oscura escalera eran una entre
mil millones, pero, al parecer, mi adversario temía que rindiera el alma antes
de que él estuviera dispuesto a recibirla. ¿Fatalismo? Bueno, pues sí, también
se le puede llamar fatalismo.
Jacques Kohn se levantó,
excusándose, para efectuar una llamada telefónica. Me quedé sentado, y observé
a Bamberg quien, con las piernas temblorosas, bailaba con una dama del mundo
literario. Bamberg tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en el pecho de
la señora, como si fuera una almohada. Causaba la impresión de bailar y dormir,
al mismo tiempo. Jacques Kohn tardó mucho en volver, mucho más de lo que es
necesario para llamar por teléfono. Cuando regresó, su monóculo rebrillaba.
Dijo:
‑¿A que no adivina quién se
encuentra en la otra sala? ¡Madame Tschissik! ¡El gran amor de Kafka!
‑¿De veras?
‑Efectivamente. Creo que ya le
he hablado de ella... Vamos allá, quiero que la conozca.
‑No.
‑¿Por qué? ¡Una mujer amada por
Kafka merece ser conocida!
‑No me interesa.
‑Es usted un hombre tímido,
ésta es la razón de su actitud. También Kafka era tímido, tímido como un
estudiante de yeshiva. En cambio, yo nunca he sido tímido, y quizá sea ésta la
razón de que nunca haya llegado a nada. Mi querido y joven amigo, necesito
veinte groschen más, diez para el portero de este edificio y diez para
el portero del mío. Sin dinero no puedo volver a casa.
Saqué unas monedas del bolsillo
y se las di.
‑¿Tanto me da? Realmente parece
que haya asaltado un banco... ¡Cuarenta y seis groschen! ¡Así, como si
tal cosa! En fin, si hay Dios, no tengo la menor duda de que le recompensará. Y
si no hay Dios, ¿quién es ése que juega al ajedrez con Jacques Kohn?
***
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