Nacido en Polonia, en 1904, hijo y nieto de rabinos. Emigró a Estados Unidos desde 1935, nacionalizándose allí. Se convierte en el escritor contemporáneo en lengua yiddish más famoso al recibir el Premio Nobel de Literatura 1978. Entre sus novelas más apreciadas figuran La familia Moskat (1950), La casa Jampol (1967) y Los herederos (1969). Es famoso también por sus libros para niños y por sus cuentos, reunidos en El Spinoza de Market Street (1961) y Un amigo de Kafka (1973). Su tema más característico es la vida tradicional de comunidades judías y los cambios que se operan en ellas. La Academia Sueca, al otorgarle el más ambicionado premio literario, señaló: "El choque entre lo tradicional y lo nuevo, entre las costumbres, la fe y el misticismo antiguos, por una parte, y el libre pensamiento, la duda y el nihilismo por la otra, es un terna esencial de los cuentos y novelas de Singer. El tema judío, colocado en lugar preponderante por los bárbaros conflictos de nuestra época... Pero también es la preocupación por la humanidad, por todos nosotros actualizada por las luchas modernas de la cultura occidental entre la preservación y la renovación".
Taibele
y el diablo
En la población
de Lashnick, no lejos de Lublin, vivía un hombre con su esposa. Se llamaba Chaim Nossen y ella, Taibele. No tenían hijos.
No era que el matrimonio fuese estéril; Taibele le había dado a su marido un hijo y dos hijas, pero los tres
habían fallecido en su infancia, uno de tos ferina, otro de fiebre
escarlatina y la tercera de difteria.
Después, el vientre de la madre se había cerrado y nadie había podido
abrirlo: ni plegarias, encantamientos o pociones. El dolor había arrastrado a Chaim Nossen a retirarse del mundo. Se había separado de su mujer, había dejado de comer,
y no dormía en su casa, sino en un
banco de la sinagoga.
Taibele poseía una tienda de lencería, heredada de
sus padres, y estaba en ella sentada todo el
día, con una vara de medir en la mano derecha,
un par de tijeras en la otra, y el libro de rezos de las mujeres, en yiddish, delante de los ojos. Chaim
Nossen, alto, delgado, con ojos negros
y un asomo de barba, siempre había sido un hombre meditabundo, silencioso, aun en sus mejores épocas. Taibele era bajita y rubia, con ojos azules y carirredonda.
Aunque castigada por el Altísimo, seguía
sonriendo, formándosele unos lindos hoyuelos en las mejillas. Ahora no tenía que guisar para nadie, pero encendía el fogón o el trípode cada día y hacía un poco de
gachas o sopa para sí misma. También
continuaba haciendo calceta, ya un par de medías, ya una blusa; o bordaba en una lona. No entraba en su carácter
maldecir al destino ni apesadumbrarse.
Un día, Chaim Nossen puso su manto de oraciones y
sus pergaminos, una muda y una hogaza de
pan en un saco y abandonó el hogar. Los vecinos
le preguntaron adonde iba y él contestó:
—Adonde me lleven mis ojos.
Cuando le dijeron a Taibele que su marido la había
abandonado, era ya demasiado tarde para ir
en su busca. Ya había cruzado el río. Luego se averiguó que había alquilado una tartana que le llevase a Lublin.
Taibele envió un mensajero en su busca, pero no volvió a verse ni al marido ni al mensajero. A los treinta
y tres años, Taibele se vio convertida
en una esposa abandonada.
Tras un período de búsqueda, comprendió que no le
quedaba la menor esperanza. Dios le había
arrebatado los hijos y el esposo. No podría volver a casarse: a partir de entonces, tendría que vivir sola.
Sólo le quedaba la casa, la tienda y sus pertenencias. La gente del pueblo la compadeció, ya que era una buena mujer, de
buen corazón y honesta en su
negocio. Todo el mundo se preguntaba:
—¿Qué ha hecho para
merecer tanto infortunio?
Pero los designios de Dios son
inescrutables.
Taibele tenía varias amistades entre las comadronas
de la población, a las que había conocido
desde la infancia. Durante el día, como buenas
amas de casa se hallaban muy atareadas, pero por las tardes las amigas de Taibele solían ir por la tienda para charlar.
En verano se sentaban en un banco delante de
la tienda, murmurando y contándose todos los
chismes de la vecindad.
Una
noche de verano, sin luna, cuando la población estaba tan oscura como Egipto, Taibele se sentó con sus
amigas en el banco, contándoles una
historia que había leído en un libro comprado a un buhonero. Trataba de
una joven judía, y un demonio que la había
deshonrado y vivía con ella como marido y mujer. Taibele contó la historia con
todo detalle. Las mujeres estaban agrupadas a su alrededor, las manos juntas, escupiendo a la
mención del diablo, y riéndose con la
risa que denota el temor. Una de ellas preguntó:
—¿Por qué no lo exorcisó ella con un
amuleto?
—Ningún diablo se asusta de los
amuletos— contestó Taibele.
—¿Por qué no fue a
ver a un sagrado rabino?
—El diablo la
advirtió que la ahogaría si revelaba el secreto.
—¡Ay de mí, que el Señor nos proteja, que no nos
ocurra una cosa igual! —exclamó gimiendo
una mujer.
—Ahora tendré miedo
de irme a casa —dijo otra.
—-Yo iré contigo
—le prometió una tercera.
Mientras estaban charlando, Alchonon, el ayudante
del maestro, que pensaba llegar a casarse
algún día, pasó por allí. Alchonon, que llevaba ya cinco años de viudez, gozaba
de la reputación de ser un bromista
empedernido, incluso de tener un tornillo flojo. Sus pasos eran silenciosos porque las suelas de sus zapatos estaban completamente destrozadas y en realidad andaba con las
plantas de los pies tocando el suelo. Cuando
escuchó la historia contada por Taibele, prestó suma atención. Las tinieblas
eran ya tan densas, y las mujeres se hallaban
tan embobadas con el cuento, que no repararon en él. Alchonon era un individuo disipado, poseedor de muchos recursos
y triquiñuelas. Y en un instante perfiló su malicioso plan.
Cuando todas las mujeres se hubieron marchado,
Alchonon penetró en el patio de Taibele.
Se ocultó detrás de un árbol y espió a través de la ventana. Cuando vio que Taibele se metía en cama y
soplaba la vela, se deslizó al interior de la vivienda. Taibele no había
pasado el cerrojo a la puerta, ya que en el pueblo nunca había habido ningún ladrón. En el pasillo se despojó del "caftán",
la chaqueta, los pantalones y se quedó tan desnudo como le
había parido su madre. Luego fue de puntillas hacia la cama de Taibele. Ésta se hallaba casi dormida, y de repente distinguió la
sombra oscura a su lado. Se quedó muda de
espanto.
—¿Quién es?
—susurró, temblorosa.
—No grites, Taibele —le contestó Alchonon, fingiendo
la voz, engolándola—. Si gritas te
destruiré. Soy el diablo Hurmizah, el señor de las tinieblas, la lluvia, el pedrisco, el trueno y los
animales salvajes. Soy el espíritu del mal que se casó con la
joven de quien has hablado esta noche. Y
contaste la historia con tal realismo, que oí tus palabras desde el abismo y sentí apetencia de tu cuerpo. No intentes resistirte porque suelo llevarme a
quienes me rechazan hacia los montes
de las tinieblas, el monte Sair, a un paraje agreste desconocido del hombre, donde ni las fieras se
atreven a penetrar, donde la tierra es de hierro y el cielo de cobre. Y arrojo
a mis víctimas entre las zarzas y
el fuego, entre los escorpiones y las arañas, hasta que todos los huesos del cuerpo se convierten en polvo y se pierden
en los abismos tenebrosos por toda la eternidad. Pero si accedes a mis deseos,
ni un cabello de tu cabeza sufrirá el menor daño,
y te concederá la fortuna en todo cuanto emprendas. . .
Escuchándole, Taibele estaba inmóvil en el lecho. Le
latía violentamente el corazón y a
veces le daba saltos. Creyó llegado su final. Haciendo acopio de valor, logró murmurar:
—¿Qué quieres de mí? ¡Soy una mujer
casada!
—Tu marido ha muerto. Estuve en su entierro —la voz
del ayudante de maestro se ahuecó—.
Claro, no pude ir a notificárselo al rabino para que permita que vuelvas a casarte, porque los rabinos no se fían de los de mi especie, y además no me
atrevo a cruzar el umbral de la sinagoga y me asustan los
libros sagrados. Pero no miento. Tu esposo
falleció en una epidemia, y los gusanos ya le han dejado sin nariz. Pero, aunque estuviese vivo,
nada te prohibiría acostarte
conmigo, ya que las leyes de Shulhan Aruch no nos conciernen a nosotros.
Hurmizah, el ayudante de maestro, continuó un buen
rato con voz persuasiva, amenazando y
conmoviendo a la pobre Taibele. Invocó los nombres de ángeles y demonios, de bestias demoníacas y vampiros. Juró que Asmodeo, el rey de los diablos, era
su tío. Afirmó que Lilith, la reina de los
espíritus del mal, iba de coronilla por él y hacía cuanto fuese por complacerle. Shibatah, la diablesa que les robaba los bebés a las mujeres en el parto, cocinaba
pasteles para él en los hornos del infierno,
con grasa de lagartos y perros negros. Tanto argüyó, con tantas parábolas y proverbios, que Taibele se vio, finalmente, obligada a sonreír. Hurmazah
aseguró haber amado a Taibele desde
largo tiempo. Le describió los vestidos y mantos que ella había
llevado el año anterior y aún más atrás. Le repitió los secretos pensamientos que la asaltaban cuando amasaba la pasta,
preparando la comida del sábado, cuando se bañaba, y cuidaba de la casa. También le habló de la mañana en que se había
despertado con una señal azulada en
sus pechos. Taibele había creído que se trataba del pinchazo de un abejorro. En realidad, era la marca de los labios de Hurmizah al darle un beso.
El diablo no tardó en meterse en la cama de Taibele,
consiguiendo que la mujer se doblegase a
su voluntad. Le comunicó que seguiría
visitándola dos veces por semana, los miércoles y sábados por la noche, ya que eran éstas las noches que los espíritus
del mal pueden vagar libres por la tierra. Le advirtió que no debía
divulgar sus relaciones, bajo ningún
pretexto, bajo pena de un tremendo castigo; él, Hurmizah, le arrancaría los
pelos del cráneo, uno a uno, le atravesaría los ojos, y le mordería el
ombligo. Luego la arrojaría a las desoladas tinieblas, donde el pan eran
excrementos y el agua sangre, y donde se escuchaban a todas horas los
sollozos de Zalmaveth. Obligó a Taibele a
jurarle por los huesos de su madre que conservaría el secreto hasta el último día. Taibele comprendió que no tenía escapatoria,
puso una mano sobre un muslo del diablo y pronunció el juramento, y a continuación hizo todo cuanto el monstruo quiso.
Antes
de desaparecer el diablo, la besó larga y voluptuosamente, y como era un demonio y no un hombre, Taibele le
devolvió los besos y le humedeció la
barba con sus lágrimas. Aunque se tratase del espíritu del mal, la había tratado con suma amabilidad.
Cuando Hurmizah se hubo marchado, Taibele sollozó
hasta el amanecer sobre la almohada.
Hurmizah volvió cada miércoles y cada sábado por la
noche. Taibele temía que pudiera
quedar embarazada y dar a luz un monstruo con cola y cuernos. . . , un chivo o un lagarto. Pero Hurmizah prometió protegerla de la vergüenza. Taibele le
preguntó si necesitaba acudir a los baños
rituales para purificarse después de los días de impureza, pero Hurmizah le
contestó que las leyes relativas a la menstruación no se aplicaban a quienes se aparejaban con un compañero impuro.
Como dice el refrán, que Dios nos preserve de todo
aquello a que nos acostumbramos. Esto le
ocurrió a Taibele. Al principio, temía a su visitante nocturno, pensando que podría perjudicarla de algún
modo, contaminándole alguna enfermedad, haciéndola ladrar como un perro, o
beber orina, y acarreando la desgracia sobre su cabeza. Pero Hurmizah nunca la escupió ni la pinchó. Por el
contrario, la acariciaba, le susurraba ternezas, y le componía versos. A veces
le contaba chistes y tonterías con tanto donaire,
que se veía forzada a reír. La tironeaba del lóbulo de la oreja y le pegaba bocados amorosos en la espalda, y por la mañana ella observaba
las huellas de los dientes en su piel.
El diablo la convenció para que llevase el pelo
suelto bajo el gorrito, y él mismo le hizo
unas trenzas después. Le enseñó encantamientos y conjuros, le habló de sus noches de vigilia, de los diablos
con quienes volaba sobre los marjales de Sodoma, y por las vastas llanuras del mar de los Hielos. No negó
que tenía otras esposas, pero todas
eran diablesas. Taibele era su única esposa humana. Y cuando Taibele le preguntó los nombres de sus
mujeres, él se las nombró: Namah, Machlath, Aff, Chuldah, Zluchah, Nafkah y
Chei-mah. Siete en total.
Le habló de Namah, que era tan negra como la pez y
llena de furia. Cuando discutían, ella
escupía veneno y echaba fuego y humo por la nariz.
Machlath tenía la cara de una sanguijuela, y a
quienes tocaba con su lengua quedaban marcados.
A Aff le gustaba adornarse con plata, esmeraldas y
diamantes. Sus trenzas eran de oro
hilado. En los tobillos llevaba campanillas y brazaletes; y
cuando bailaba, repiqueteaban todos sus adornos.
Chuldah tenía forma de gata. Maullaba en vez de
hablar. Sus ojos eran verdes como uvas. Y
cuando copulaba, siempre masticaba hígado de
oso.
Zluchah era la enemiga de las novias y recién
desposadas. Les robaba siempre los
novios en potencia. Si una novia salía sola durante las siete
bendiciones nupciales, Zluchah danzaba a su alrededor, y la novia perdía el habla o sufría un ataque.
Nafkah era malvada, siempre traicionándole con otros
demonios, aunque Hurmihaz la amaba por su
insolente y maliciosa charla, que le alegraba el corazón.
Cheimah, según su nombre, habría sido tan viciosa
como Namah, de haber sido blandengue, pero
lo contrario era lo cierto. Cheimah era una
diablesa sin hígado. Era muy caritativa y solía amasar la pasta de las amas de casa que estaban enfermas, ó
llevaba su pan ál hogar de los pobres.
Fue
así como Hurmizah describió a sus esposas, añadiendo un vivido relato de cómo él se comportaba con ellas, jugando por los
tejados y realizando toda clase de bromas pesadas. Ordinariamente, una mujer se
siente celosa cuando un hombre se acuesta cqn otras mujeres, pero, ¿cómo podía
una mujer humana tener celos de las diablesas?
Por el contrario, los chismes de Hurmizah divertían mucho a Taibele, la cual
siempre le estaba atosigando a preguntas. A veces, él le revelaban misterios desconocidos por los mortales, sobre Dios, los ángeles y serafines, sus mansiones celestiales, y los siete
cielos. También le hablaba de cómo los pecadores, hombres y mujeres, eran torturados en los negros pozos de pez y
en las coladeras puestas sobre brasas al rojo vivo, en lechos llenos
de clavos y en simas de nieve, y cómo los
ángeles negros apaleaban los cuerpos de los pecadores con pértigas de
fuego.
El mayor tormento del infierno eran las cosquillas.
En el infierno existía cierto diablo llamado
Lekish. Cuando éste le hacía cosquillas a una adúltera, en las plantas de los pies o en las axilas, su atormentada
risa podía oírse hasta en la isla Madagascar.
De este modo, Hurmizah entretenía a Taibele durante
toda la noche, y no tardó en echarle de
menos cuando no acudía a su lado. Las noches
de verano le parecían demasiado cortas, ya que Hurmizah se marchaba siempre después del canto del gallo. Ni
siquiera eran bastante largas las noches de
invierno. Lo cierto es que Taibele había acabado
por amar a Hurmizah, y aunque comprendía que una mujer no debe amar a un demonio, suspiraba por él día y noche.
Aunque Alchonon llevaba varios años de viudez, las
casamenteras todavía intentaban atraparle.
Las jóvenes que le proponían eran de familias
modestas, viudas o divorciadas, ya que un ayudante de maestro era una pobre proporción y, además, Alchonon tenía la reputación de estar un poco chiflado. Alchonon
iba desdeñando las proposiciones con
diversas excusas: una mujer era demasiado fea, la otra tenía una lengua muy larga, la tercera era una puerca. Las casamenteras
se preguntaban:
"¿Cómo es posible que un ayudante de maestro,
que gana nueve groschen por semana, presuma tanto y quiera escoger? ¿Cómo
puede vivir solo un hombre?"
Pero ninguna
lograba arrastrarle al tálamo nupcial.
Alchonon
era bien conocido en el pueblo: alto, delgado, andrajoso, una enmarañada barba roja, una camisa deshilachada, con una
nuez muy prominente, siempre subiendo y bajando. Esperaba que muriese Reb Zekele, el secretario, para
sucederle en el empleo. Pero Reb Zekele no tenía prisa por morirse; seguía
cumpliendo sus deberes con el mismo
celo de sus tiempos juveniles. Alchonon trató de dar clases por su cuenta a los párvulos, pero ninguna madre quiso confiarle a sus hijos. Por las mañanas y las
tardes, acompañaba a los niños a la
escuela, a la ida y a la vuelta. Durante el día se sentaba en el patio del maestro Reb Itchele, afilando
indolentemente punteros de madera, o
recortando papeles de adorno que sólo se usaban en Pentecostés, o modelando figuritas de arcilla. No lejos de la tienda de Taibele había un pozo, y Alchonon acudía a
él tres veces al día para sacar un
cubo de agua o beber unos sorbos derramando agua por éntrelos pelos de su barba roja. En tales ocasiones, miraba disimuladamente
a Taibele. Y ésta le compadecía:
—¿Por qué tiene que ser tan descuidado?
Alchonon, por su
parte, se decía cada vez:
"¡Ah,
Taibele, si supiese la verdad . . .!"
Alchonon vivía en un desván, en la casa de una viuda, ya anciana, medio
sorda y medio ciega. La vieja a menudo le increpaba por no ir a la sinagoga a orar como los demás judíos. Lo
cierto era que tan pronto como Alchonon había acompañado a los niños a sus
casas, rezaba una oración de manera apresurada, y se metía en cama. A veces, la vieja creía oír los pasos del ayudante
del maestro en medio de la noche, al salir de su habitación. Luego le
preguntaba adonde había ido a
aquellas horas, pero Alchonon le respondía que lo había soñado todo. Las mujeres que se sentaban en los
bancos al atardecer, para zurcir
calcetines y cotillear, esparcieron el rumor de que, pasada la medianoche, Alchonon se convertía en una
especie de lobo. Algunas llegaron a
afirmar que tenía tratos con un súcubo.
De lo contrario, ¿cómo iba un hombre a vivir tantos
años sin contacto con una mujer? Los ricos
dejaron de confiarle a sus hijos. Por fin, sólo acompañó a la escuela a los niños pobres, y muy raras veces comía una cucharada de sopa caliente, teniendo que
contentarse con los mendrugos secos.
Alchonon fue adelgazándose con el transcurso del
tiempo, aunque sus pies continuaron tan firmes
como antes. Con sus delgadas piernas, parecía caminar como sobre
unos zancos. Debía de sufrir una sed constante, ya que continuamente iba al
pozo a beber. A veces, sin embargo, ayudaba
simplemente a una mujer o a un aldeano a abrevar su caballo. Un día en que Taibele vio, desde lejos, que llevaba el caftán excesivamente destrozado,
le llamó desde la tienda. Alchonon la miró asustado y se puso pálido.
—He visto que tu caftán está roto —le dijo
Taibele—. Si quieres, puedo prestarte
unas yardas de tela. Ya me las pagarás, a un grivnic por
semana.
—No.
—¿Por qué no? —exclamó Taibele, admirada—. No te
atosigaré por el pago. Me darás el dinero cuando puedas.
—No.
Y salió de prisa de la tienda, temiendo que ella
pudiera reconocer su voz.
En verano era más fácil visitar a Taibele en medio
de la noche. Alchonon se abría paso por
entre los caminos vecinales, arrebujándose en su destrozado caftán. En invierno, el tener que desnudarse y
volver a vestirse en el helado pasillo de la casa de Taibele, le resultaba bastante penoso. Pero peor eran aún las noches de nieve.
Alchonon también estaba preocupado por si Taibele o uno de sus vecinos llegaba a observar sus pisadas. Se resfrió y
empezó a toser. Una noche se metió en la cama de Taibele entrechocando los
dientes, y tardó mucho rato en
calentarse. Temiendo que ella llegase a descubrir el engaño, inventó explicaciones y excusas. Pero Taibele no deseaba descubrir nada. No había tardado en
averiguar que aquel diablo poseía todas
las costumbres y fragilidades de un hombre. Hurmizah sudaba, estornudaba, hipaba y bostezaba. A veces, el aliento
le olía a cebolla y otras a ajo. Su cuerpo se asemejaba al de su esposo,
huesudo y velludo, con una nuez en la garganta y un ombligo. A veces, Hurmizah estaba de buen humor y otras, en cambio, no hacía más que suspirar. Sus pies no eran
los de un ganso sino humanos, con
uñas y callos. Una vez, Taibele le preguntó el significado de todo esto, y Hurmizah le explicó:
—Cuando
uno de nosotros se apareja con una mujer, asume la forma de un hombre. De otro modo, ella se moriría de miedo.
Sí, Taibele se había acostumbrado a Hurmizah y le
amaba. Ya no le temía, ni tampoco a sus
impías exclamaciones. Sus cuentos eran
inexcusables, si bien Taibele solía hallar en los mismos algunas
contradicciones. Como todos los embusteros, Alchonon poseía poca memoria. Al principio había asegurado que los
diablos eran inmortales. Pero una noche le preguntó a
Taibele:
—¿Qué harás cuando yo me muera?
—¡Pero los diablos
no mueren!
—¡Son llevados a
otros abismos más profundos!
Aquel invierno hubo una epidemia en la población.
Los vientos helados soplaron del río, los bosques y las
marismas. No sólo los niños, sino los adultos fueron diezmados por el mal
tiempo. Llovió y granizó. Las aguas
rompieron la presa del río El vendaval le arrancó un aspa al molino. La noche del miércoles, cuando Hurmizah se metió en el lecho de Taibele, ésta se dio
cuenta de que el diablo tenía el cuerpo ardiendo, aunque con los pies helados.
Se estremecía y se quejaba. Intentó
entretenerla con los chismes de las diablesas,
de cómo seducían a los jóvenes, cómo se acoplaban con otros demonios, cómo tomaban los baños de ritual,
cómo ataban los pelos de las barbas
de los viejos. . . pero se sentía débil y no pudo poseerla. Taibele jamás le había visto en tal
estado. El corazón le dio un salto.
—¿Quieres que te dé
un poco de leche caliente?
—Estos remedios no
son para los de nuestra especie.
—¿Qué hacéis cuando enfermáis?
—Nos rascamos.
Apenas dijo nada más. Cuando besó a Taibele, le olía
el aliento. Siempre se quedaba a su lado hasta el canto del gallo, pero aquella
noche se marchó antes. Taibele permaneció en la cama, en silencio, escuchando sus movimientos en el pasillo. Él siempre
le había jurado que salía volando por la
ventana, aunque estuviera cerrada, pero esta vez le
pareció a Taibele oír crujir la puerta. Taibele sabía que era un pecado rezar por los demonios, que se les
debe maldecir y arrojarles de la memoria; y sin embargo, le suplicó a
Dios en favor de Hurmizah.
— ¡Hay tantos demonios. . . —rogó, angustiada— que
uno más no importa!
Al sábado siguiente, Taibele esperó en vano a
Hurmizah hasta el amanecer; no llegó. Le llamó
interiormente y murmuró los encantamientos
que él le había enseñado, pero el pasillo continuó silencioso. Taibele yació
en cama como atontada. Hurmizah se había ufanado una vez de haber bailado para Tubal-Cain y Enoch, que había estado sentado en el tejado del Arca de Noé,
que había lamido la sal de la nariz de la
esposa de Lot, y tirado de la barba de Asuero. Había
profetizado que Taibele se reencarnaría dentro de cien años en una princesa y que él, Hurmizah, la capturaría
con ayuda de sus esclavas Chittim y Tachtim, llevándosela al palacio de
Bashemath, la mujer de Esaú. Pero ahora
seguramente estaba enfermo, un denonio
desamparado, un huérfano solitario... sin padre ni madre, sin una fiel esposa que le atendiese. Taibele
recordó cómo su respiración habíale
parecido el jadeo de una sierra la última vez que habían estado juntos; cuando se había sonado,
habíanle silbado los oídos. Del
domingo al miércoles, Taibele apenas pudo esperar hasta que el reloj dio la medianoche, pero pasó toda la
noche y Hurmizah no apareció.
Taibele se volvió de cara a la pared.
Brilló el día, triste como la noche. Del entoldado
firmamento caía una nieve fina. El humo no
podía salir de las chimeneas y se esparcía sobre los tejados como sábanas deshilachadas. Las peñas rechinaban
ásperamente. Los perros ladraban. Después de la desdichada noche, Taibele no tuvo fuerzas para ir a la tienda. Sin
embargo, se vistió y salió. Fue entonces
que vio a cuatro individuos llevando una camilla. Por debajo de la manta cubierta de nieve salían los pies de un cadáver. Sólo el enterrador seguía al difunto. Taibele
le preguntó quién era, y el enterrador le
respondió:
—Alchonon, el ayudante del maestro.
A Taibele le pasó una idea extraña por el cerebro:
escoltar a Alchonon, al desgraciado que
había vivido solo, muriendo solo también, en su último
viaje. ¿Quién iba a entrar en la tienda en un día tan pésimo? ¿Y qué le importaba a ella su negocio? Taibele lo había perdido todo. Al menos, podía realizar una buena obra. Siguió al difunto por la larga ruta del cementerio. Esperó
mientras el sepulturero quitó la nieve y cavó
una fosa en la tierra helada. Envolvieron a Alchonon, el ayudante del maestro,
en una túnica de rezos y una cogulla, le
colocaron tejoletas en los ojos, y entre las manos una ramita de mirto que le serviría para abrirse camino
hacia la Tierra Sagrada, cuando viniese el
Mesías. Luego cerraron la fosa y el sepulturero recitó
el Kaddish. Taibele exhaló un sollozo. Alchonon había llevado una vida solitaria, igual que ella. Como ella, no dejaba herederos. Sí, Alchonon, el ayudante del maestro
había ejecutado su última danza. Por
los cuentos de Hurmizah, Taibele sabía que el difunto no iría derecho al cielo. Cada pecado origina un demonio, y
éstos son los hijos del hombre después de su muerte. Y vienen a exigir su parte. Llaman padre al muerto y lo llevan
al bosque y a la aspereza selvática
hasta haber apurado su castigo y estar dispuesto a pasar por la
purificación del infierno.
A partir de entonces, Taibele continuó sola,
doblemente abandonada por un asceta y por un
diablo. Envejeció rápidamente. No quedaba nada de su pasado excepto aquel secreto que jamás podría ser revelado y que nunca nadie creería. Hay secretos que
el corazón no puede revelar a los labios. Se llevan a la tumba. Los sauces los
murmuran, las rocas los cuchichean, las losas
funerarias conversan de ellos
silenciosamente, en el lenguaje de las piedras. Los muertos despertarán un día, pero sus secretos permanecerán
con el Altísimo y Su Juicio hasta el fin de todas las
generaciones.
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