Todo el
mundo estaba interesado. Todo el mundo podía observarlo. Si alguien hubiera
querido saber cuántos lo habían observado, Multivac podría habérselo dicho. La
gran computadora Multivac llevaba el control de eso, así como de todo lo demás.
Multivac
era el juez en ese caso particular, un juez tan fríamente objetivo y tan puro
en su equidad que no se requería acusación ni defensa. Sólo intervenía el
acusado, Simón Hines, y las pruebas, materializadas, en parte, en Ronald Bakst.
Bakst lo
contemplaba todo, naturalmente. En su caso, era obligatorio que lo hiciera.
Hubiera preferido que no fuera así. En su décima década comenzaba a mostrar
síntomas de envejecimiento, y sus enmarañados cabellos griseaban claramente.
Noreen
no lo observaba. Al llegar junto a la puerta había dicho:
—Si nos
quedara un amigo... —Y, tras una pausa, había añadido—: ¡Cosa que dudo!
Dicho
esto se marchó.
Bakst se
preguntaba si regresaría alguna vez pero, de momento, eso no tenía importancia.
Había
sido una increíble estupidez de Hines intentar una verdadera acción, como si
fuera concebible acercarse a una terminal de Multivac y hacerla pedazos, como
si no supiera que una computadora que abarcaba todo el mundo, la Computadora
(mayúsculas, por favor) que abarcaba a todo el mundo con millones de robots a
sus órdenes sabría cómo protegerse. Y aun cuando hubiera destrozado la
terminal, ¿qué se habría conseguido con eso?
¡Y Hines
lo había hecho en la presencia física de Bakst, por añadidura!
Le
llamaron, exactamente en el momento previsto:
—Ahora
declarará Ronald Bakst.
Multivac
tenía una bonita voz, de una belleza que nunca se perdía por completo por mucho
que se la escuchara. Su timbre no era exactamente masculino, ni tampoco
femenino, a decir verdad, y hablaba en todas las lenguas, escogiendo aquella
que resultase de más fácil comprensión para su interlocutor.
—Estoy
preparado para atestiguar —dijo Bakst.
No había
manera de decir más que aquello que debía decir. Hines no podía eludir la
condena. En los tiempos en que Hines hubiera tenido que comparecer ante sus
semejantes humanos, habría sido juzgado con más rapidez y menos equidad, y el
castigo impuesto habría sido más duro.
Transcurrieron
quince días, que Bakst pasó completamente solo. La soledad física no era difícil
de imaginar en el mundo de Multivac. Grandes masas habían muerto en los tiempos
de las grandes catástrofes y los supervivientes debían su salvación a las
computadoras que también se habían ocupado de dirigir la recuperación -y habían
perfeccionado sus propios diseños hasta fundirse todas en Multivac- y los cinco
millones de seres humanos que quedaron sobre la Tierra habían podido vivir con
perfecta comodidad.
Pero
esos cinco millones estaban dispersos y eran escasas las posibilidades de ver a
alguien situado fuera del círculo inmediato, a menos que fuese de manera
deliberada. Y nadie tenía intención de ver a Bakst, ni siquiera por televisión.
De
momento, Bakst se sentía capaz de soportar el aislamiento. Se enterró en su
ocupación favorita, que durante los últimos veintitrés años había sido, por
cierto, la invención de acertijos matemáticos. Cada hombre y cada mujer sobre
la Tierra podían desarrollar el estilo de vida que más les placiese, siempre a
condición de que Multivac, que examinaba todos los asuntos humanos con perfecta
pericia, no considerase que la forma escogida podía ir en detrimento de la
felicidad humana.
Pero
¿qué merma podía derivarse de los acertijos matemáticos? Eran puramente
abstractos, del agrado de Bakst, no hacían daño a nadie más.
No esperaba
que ese aislamiento continuase. El Congreso no le aislaría permanentemente sin
juzgarle, y naturalmente sería un tipo de juicio distinto al que había
experimentado Hines, un juicio sin la tiranía de la absoluta justicia de
Multivac.
Aun así,
se sintió aliviado y complacido cuando hubo terminado. Y ello a causa del
regreso de Noreen. Ella se le acercó renqueando desde el otro lado de la colina
y él, sonriendo, fue a su encuentro. Habían vivido juntos durante un
satisfactorio período de cinco años. Incluso las reuniones ocasionales con los
dos hijos y los dos nietos que ella tenía habían sido también agradables.
—Gracias
por volver —dijo él.
—No he
vuelto —respondió Noreen. Se la veía cansada, con los cabellos castaños
revueltos por el viento, los pómulos salientes un poco ajados y quemados por el
sol.
Bakst
pulsó la combinación para pedir una comida ligera y café. Conocía sus gustos.
Ella no le detuvo y, aunque vaciló un instante, aceptó la comida.
—He
venido a hablar contigo —dijo—. Me envía el Congreso.
—¡El
Congreso! —dijo él—. Quince hombres y mujeres, incluido yo mismo.
Autodesignados e impotentes.
—No
opinabas así cuando pertenecías a él.
—Me he
hecho más viejo. He aprendido.
—Al
menos has aprendido a traicionar a tus amigos.
—No fue
traición. Hines intentó dañar a Multivac; una pretensión absurda, imposible.
—Le
acusaste.
—Tuve
que hacerlo. Multivac conocía los hechos sin necesidad de mi acusación, y si no
le hubiera acusado, me habría convertido en cómplice. Hines no habría ganado
nada, pero yo habría salido perdiendo.
—Sin un
testigo humano, Multivac habría dejado sin efecto la sentencia.
—No
tratándose de un acto contra Multivac. No era un caso de paternidad ilegal o de
dedicarse a un trabajo sin la correspondiente autorización. No podía correr ese
riesgo.
—De modo
que dejaste que a Simón le retiraran todos los permisos de trabajo por un
período de dos años.
—Lo
merecía.
—Un
pensamiento muy consolador. Puedes haber perdido la confianza del Congreso,
pero te has ganado la de Multivac.
—La
confianza de Multivac es importante en la actual situación del mundo —dijo
Bakst con toda seriedad. De pronto se le hizo patente que no era tan alto como
Noreen.
Ella
parecía estar lo suficientemente enfadada como para golpearle; sus labios, muy
apretados, se habían tornado lívidos. Pero, por otra parte, pasaba de los
ochenta -ya no era joven- y el hábito de la no-violencia estaba demasiado
arraigado... Excepto en el caso de necios como Hines.
—Entonces,
¿no tienes nada más que decir? —preguntó ella.
—Habría
muchas cosas que decir. ¿Ya no te acuerdas? ¿Lo has olvidado todo? ¿Recuerdas
cómo eran antes las cosas? ¿Recuerdas el siglo veinte? Ahora vivimos largos
años; ahora vivimos seguros; ahora vivimos felices.
—Ahora
vivimos inútilmente.
—¿Quieres
regresar al mundo que teníamos antes?
Noreen
sacudió violentamente la cabeza.
—Los
cuentos de demonios nos asustan. Hemos aprendido nuestra lección. Hemos logrado
salir adelante con la ayuda de Multivac, pero ya no necesitamos esa ayuda. Si
la ayuda continúa nos ablandaremos hasta morir. Sin Multivac, nosotros dirigiremos
a los robots, nosotros administraremos las granjas y las minas y las
fábricas.
—¿Y lo
haremos bien?
—Lo
suficientemente bien. Iremos aprendiendo con la práctica. En cualquier caso
necesitamos ese estímulo, o moriremos.
—Tenemos
nuestro trabajo, Noreen —dijo Bakst—, cualquier trabajo que nos guste.
—Cualquier
trabajo que nos guste, siempre que sea irrelevante, e incluso entonces puede
sernos retirado a su voluntad, como en el caso de Hines. ¿Y cuál es tu trabajo,
Ron? ¿Los acertijos matemáticos? ¿Trazar líneas sobre un papel? ¿Escoger
combinaciones de números?
Bakst
alargó una mano, con un gesto casi suplicante.
—Eso
puede tener importancia. No es una tontería. No subvalores... —Hizo una pausa,
deseoso de explicarse pero sin saber hasta qué punto le sería posible hacerlo
sin correr riesgos—. Estoy trabajando en difíciles problemas de análisis
combinatorio basado en pautas genéticas que podrían servir para...
—Para tu
diversión y la de unos cuantos más. Sí, ya te he oído hablar de tus acertijos.
Decidirás cómo pasar de A a B en un número mínimo de pasos y eso te
permitirá descubrir la manera de pasar del vientre materno a la tumba con un
número mínimo de riesgos y todos daremos gracias a Multivac mientras así lo
hacemos.
Noreen
se incorporó.
—Ron,
serás juzgado. Estoy segura. Nosotros te juzgaremos. Y te repudiaremos.
Multivac te protegerá contra cualquier daño físico, pero sabes que no tendremos
por qué verte, hablarte ni tener ninguna relación contigo. Descubrirás que no
podrás pensar sin el estímulo de la interacción humana, ni tampoco podrás
practicar tus juegos. Adiós.
—¡Noreen!
¡Espera!
—Claro
que tendrás a Multivac. Puedes hablar con Multivac, Ron.
Él la
miró desaparecer caminando por el sendero flanqueado de parques siempre verdes,
y ecológicamente sanos, gracias al trabajo imperceptible de silenciosos y
tenaces robots a los que raras veces se veía.
»Sí,
tendré que hablar con Multivac«, pensó.
Multivac
ya no estaba en ningún lugar concreto. Era una presencia global cohesionada a
través de cables, fibras ópticas y microondas. Su cerebro estaba dividido en un
centenar de subunidades, pero que actuaba como una sola. Tenía terminales en
todas partes y ninguno de los cinco millones de seres humanos estaba muy
alejado de una de ellas.
Todos
recibían atención, pues Multivac era capaz de hablarles a todos individualmente
y al mismo tiempo, sin apartar su mente de los problemas más importantes a los
que debía prestar atención.
Bakst no
se hacía ilusiones en cuanto a su fuerza. ¿En qué consistía su increíble
complejidad si no en un acertijo matemático que Bakst había conseguido
desentrañar más de diez años antes? Sabía cómo se establecían las conexiones
entre continente y continente a través de una enorme red cuyo análisis podía
constituir la base de un fascinante acertijo. ¿Cómo organizar la red de manera
que nunca se atasque en el flujo de información? ¿Cómo distribuir los
conmutadores? Demostrar que sea cual sea la distribución, siempre existirá al
menos un punto que, al desconectarlo...
La
crisis se estaba precipitando a causa del acto de Hines; y, además, antes de
que Bakst estuviera preparado para actuar.
Tenía
que darse prisa y solicitó una entrevista con Multivac sin la menor confianza
en el resultado.
A Multivac
podían hacérsele preguntas en todo momento. Había cerca de un millón de
terminales como la que había sufrido el inesperado ataque de Hines, por las
cuales, o cerca de las cuales, se podía hablar. Y Multivac respondería.
Una entrevista
era otra cosa. Exigía tiempo y discreción; y más que nada exigía que
Multivac la considerase necesaria. Aunque todos los problemas del mundo no
llegaban a ocupar las capacidades que poseía Multivac, éste había comenzado a
regatear su tiempo, en cierto modo. Tal vez fuera un efecto de su constante
labor de autoperfeccionamiento. Cada vez era más consciente de su propia valía
y menos inclinado a soportar pacientemente cuestiones triviales.
Bakst
tenía que confiar en la buena voluntad de Multivac. Su dimisión del Congreso,
todos sus actos a partir de entonces, incluso el testimonio contra Hines,
habían ido encaminados a ganarse esa buena voluntad. Sin duda en ella estaba la
clave del triunfo en ese mundo.
Tendría
que dar por supuesta esa buena voluntad. Una vez cursada la solicitud, se
desplazó sin demora por vía aérea hasta la subestación más próxima. Tampoco se
limitó a enviar simplemente su imagen. Quería estar allí en persona; por alguna
razón le parecía que de ese modo podría lograr un contacto más íntimo con
Multivac.
La habitación
tenía casi el mismo aspecto que si hubiera estado destinada a la celebración de
una conferencia humana a través de un circuito cerrado de multivisión. Por un
fugaz instante, Bakst pensó que tal vez Multivac adoptaría una forma humana en
imagen -el cerebro hecho carne- y se reuniría con él.
Naturalmente,
no fue así. Se oía el continuo susurro de las incesantes operaciones de
Multivac; algo siempre perceptible en presencia de Multivac; y luego, por
encima de él, sonó la voz de Multivac.
No era
la voz habitual de Multivac. Era una voz baja y callada, bella e insinuante,
que le hablaba casi al oído.
—Buenos
días, Bakst. Bienvenido. Tus compañeros humanos te desaprueban.
»Multivac
siempre va al grano«, pensó Bakst.
—No
tiene importancia, Multivac —dijo—. Lo que importa es que yo acepto tus
decisiones como algo destinado a lograr el bien de la especie humana. Fuiste
diseñado para conseguir eso en las versiones primitivas de ti mismo y...
—Y mis
autodiseños han desarrollado ese enfoque básico. Si tú lo comprendes, ¿por
qué no lo entienden así muchos seres humanos? Aun no he acabado de analizar
este fenómeno.
—He
venido a consultarte un problema —dijo Bakst.
—¿De qué
se trata? —preguntó Multivac.
—He
pasado mucho tiempo reflexionando sobre problemas matemáticos inspirados en el
estudio de los genes y sus combinaciones. No logro encontrar las respuestas
necesarias y la computarización doméstica de nada me sirve.
Se oyó
un extraño chasquido y Bakst no pudo contener un leve estremecimiento ante el
súbito pensamiento de que tal vez Multivac estuviera intentando contener la
risa. Se percibía un toque humano, incluso más allá de lo que él mismo estaba
preparado a aceptar. La voz sonó en su otro oído y Multivac dijo:
—La célula
humana contiene miles de
genes distintos. Cada gen posee tal vez
un promedio de cincuenta variaciones vivas y un número incalculable de
variaciones que jamás han existido. Si quisiera intentar calcular todas las
combinaciones posibles, pretendiendo sólo enumerarlas lo más rápidamente posible,
sin detenerme nunca, no llegaría a citar más que una fracción infinitesimal del
total en el máximo período de vida posible del universo.
—No es
preciso una enumeración completa —dijo Bakst—. Ahí está la gracia de mi juego.
Algunas combinaciones son más probables que otras y trabajando con
probabilidades de probabilidades, podríamos reducir enormemente el trabajo. Es
para calcular estas probabilidades de probabilidades que solicito tu ayuda.
—Aun así
requeriría mucho tiempo. ¿Cómo podré justificar esto ante mí mismo?
Bakst
titubeó. De nada serviría intentar una complicada tarea de persuasión. Con
Multivac, una línea recta era la distancia más corta entre dos puntos.
—Una
combinación adecuada de genes —dijo— podría producir un ser humano más
dispuesto a dejar las decisiones en tus manos, más predispuesto a creer en tu
voluntad de hacer felices a los hombres, más deseoso de ser feliz. No
consigo descubrir la combinación adecuada, pero tú podrías hallarla, y por
medio de la ingeniería genética dirigida...
—Comprendo
lo que quieres decir. Es... una buena idea. Le dedicaré alguna atención.
Bakst
tuvo dificultades para conectar con la longitud de onda privada de Noreen. La
conexión se cortó tres veces. Eso no le extrañó. En los últimos dos meses había
observado una creciente tendencia a que la tecnología fallase en cuestiones de
detalle -nunca por demasiado tiempo, nunca gravemente- y cada una de estas
ocasiones despertaba en él un oscuro placer.
Esta vez
el contacto se mantuvo. Se le apareció el rostro de Noreen, holográficamente
tridimensional. La imagen parpadeó un instante, pero no se cortó.
—He
decidido devolverte la visita —dijo Bakst, en el debido tono impersonal.
—Hace
una temporada que pareces casi imposible de localizar —dijo Noreen—. ¿Dónde has
estado?
—No me
he ocultado. Estoy aquí, en Denver.
—¿Por
qué en Denver?
—El
mundo es mi ostra, Noreen. Puedo ir donde se me antoje.
A ella
le temblaron un poco las facciones.
—Y tal
vez lo encuentres vacío en todas partes. Vamos a juzgarte, Ron.
—¿Ahora?
—¡Ahora!
—¿Y
aquí?
—¡Sí,
aquí!
Volúmenes
de espacio parpadearon con distintos grados de luminosidad a uno y otro lado de
Noreen, y también un poco más lejos y detrás de ella. Bakst paseó la mirada de
un extremo a otro y los contó. Eran catorce, seis hombres y ocho mujeres. Los
conocía a todos y cada uno. Antaño, no hacía tanto tiempo, habían sido buenos
amigos.
A ambos
lados de los simulacros y detrás de ellos se extendía el panorama salvaje de
Colorado en un agradable día de verano que comenzaba a tocar a su fin. Hubo una
época en que allí se levantaba una ciudad llamada Denver. El lugar aún
conservaba ese nombre aunque habían limpiado los escombros, como se había hecho
con la mayoría de los cascos urbanos... Logró contar diez robots en las
proximidades, dedicados a lo que debían de ser tareas de robots.
Se
ocupaban de conservar la ecología, supuso Bakst. No conocía mayores detalles,
pero Multivac sí los sabía, y mantenía a cincuenta millones de robots
eficazmente organizados en toda la superficie de la Tierra.
Detrás
de Bakst se alzaba una de las rejillas convergentes de Multivac, casi como una
pequeña fortaleza de autodefensa.
—¿Por
qué ahora? —preguntó—. ¿Y por qué aquí?
Instantáneamente
dirigió la mirada a Eldred. Era la mayor del grupo y la figura de más autoridad
-suponiendo que pudiera hablarse de la autoridad de un ser humano.
El
rostro muy moreno de Eldred tenía un aire un poco fatigado. Acusaba los años,
los ciento veinte que tenía, pero su voz sonó firme e incisiva.
—Porque
ahora conocemos el hecho decisivo. Que Noreen te lo explique. Es quien mejor te
conoce. La mirada de Bakst se posó en Noreen.
—¿De qué
crimen se me acusa?
—Basta
de juegos, Ron. Bajo el mandato de Multivac no hay crímenes excepto luchar por
la libertad, y lo que tú has cometido es un crimen humano, no un crimen bajo la
ley de Multivac. Por eso juzgaremos si algún ser viviente desea aún tu
compañía, si todavía queda alguien deseoso de oír tu voz, dispuesto a aceptar
tu presencia o a relacionarse en alguna forma contigo.
—Veamos,
¿por qué me amenazáis con el aislamiento?
—Has
traicionado a todos los seres humanos.
—¿Cómo?
—¿Niegas
que pretendes engendrar una raza humana que se doblegue a los mandatos de
Multivac?
—¡Ah!
—Bakst cruzó los brazos sobre el pecho—. No os ha costado mucho enteraros, aunque,
claro, no teníais más que preguntárselo a Multivac.
—¿Niegas
que le has pedido ayuda para lograr la construcción de una raza humana diseñada
de tal forma que acepte incuestionablemente la esclavitud a las órdenes de
Multivac? —preguntó Noreen.
—Sugería
la creación de una raza humana más satisfecha con su situación. ¿Es eso
traición?
—No nos
interesan tus sofismas, Ron —intervino Eldred—. Nos los sabemos de memoria. No
vuelvas a explicarnos que es imposible oponerse a Multivac, que de nada sirve
luchar, que hemos logrado la seguridad. Lo que tú llamas seguridad, es
esclavitud para el resto de nosotros.
—¿Estáis
dictaminando ya, o se me permitirá defenderme? —dijo Bakst.
—Ya has
oído a Eldred —dijo Noreen—. Conocemos tu defensa.
—Todos
hemos oído a Eldred, pero nadie me ha escuchado a mí. Lo que ella dice que es
mi defensa no es mi defensa.
Se
produjo un silencio mientras las imágenes se miraban unas a otras moviendo los
ojos a derecha e izquierda.
—¡Habla!
—le conminó Eldred.
—He
pedido a Multivac que me ayude a resolver un problema en el campo de los
pasatiempos matemáticos —dijo Bakst—. Para conseguir que se interesase por él,
le indiqué que el problema estaba basado en las combinaciones de genes y que
una solución podría permitir desarrollar una combinación de genes, con la que
nadie estaría peor de lo que está ahora en ningún sentido, pero que, en cambio,
inculcaría en sus portadores un alegre acatamiento de la dirección de Multivac,
y una aceptación de sus decisiones.
—Es lo
que decíamos —dijo Eldred.
—Sólo
planteándolo en esos términos podía lograr que Multivac aceptase la tarea. Esta
nueva raza es claramente deseable para la humanidad según los criterios de
Multivac, y conforme a esos criterios, debe procurar conseguirla. Y la
deseabilidad del fin le inducirá a examinar más y más complejidades de un
problema cuya infinita magnitud está incluso por encima de sus capacidades.
Todos sois testigos.
—¿Testigos
de qué? —preguntó Noreen.
—¿No
habéis tenido problemas para comunicaros conmigo? En el último par de meses,
¿no ha notado cada uno de vosotros pequeños fallos en lo que siempre funcionaba
como una seda?... No decís nada. ¿Puedo considerar que vuestra respuesta es
afirmativa?
—Y en
ese caso, ¿qué?
—Multivac
ha estado dedicando sus circuitos libres a ese problema —dijo Bakst—. Poco a
poco ha ido relegando la dirección del mundo a un mínimo bastante mezquino de
sus esfuerzos, puesto que, de acuerdo con su propio sentido de la ética, nada
debe interponerse en el camino de la felicidad humana y no puede haber forma
más óptima de lograr esa felicidad que aceptar a Multivac.
—¿Qué
significa todo esto? —dijo Noreen—. A Multivac aún le quedan suficientes
capacidades para seguir dirigiendo el mundo y a todos nosotros, y aunque no lo
haga con plena eficiencia, ello sólo puede servir para añadir incomodidades a
nuestra esclavitud. Y sólo de manera temporal, pues esto no durará mucho. Más
pronto o más tarde, Multivac decidirá que el problema es insoluble, o lo
resolverá, y en uno u otro caso, ése será el fin de su distracción. En el
segundo caso, la esclavitud se hará permanente e irrevocable.
—Pero de
momento está distraído —dijo Bakst—, e incluso podemos hablar como lo estamos
haciendo, con gran osadía, sin que se entere. Sin embargo, no me atrevo a
correr el riesgo de continuar demasiado rato esta conversación, de modo que
procurad comprenderme pronto, por favor.
»He
estado ocupándome de otro pasatiempo matemático: la construcción de circuitos
basados en el modelo de Multivac. He conseguido demostrar que por complejo y
excesivo que sea el circuito, siempre debe haber al menos un punto en el que
converjan todas las corrientes bajo circunstancias particulares. Bastará crear
una interferencia en ese punto para que se produzca el síncope fatal, pues ello
inducirá una sobrecarga en otro lugar que, al fallar, inducirá a su vez una
sobrecarga en otro lugar... y así indefinidamente, hasta que todo se paralice.
—¿Y
bien?
—Y éste
es ese punto. ¿Qué otra razón podía tener yo para venir a Denver? Y Multivac
también lo sabe, y este punto está protegido electrónica y robóticamente hasta
hacerlo impenetrable.
—¿Y
bien?
—Pero
Multivac está distraído, y Multivac confía en mí. Me ha costado mucho ganarme
esa confianza, a riesgo de perderos a todos vosotros, pues sólo cuando hay
confianza cabe la posibilidad de una traición. Si cualquiera de vosotros
intentara acercarse a este punto, Multivac podría reaccionar, incluso en su
presente estado de distracción. Si Multivac no estuviera distraído, no
permitiría que me acercara ni yo. ¡ Pero está distraído! ¡Y el que está
aquí soy yo!
Bakst
comenzó a avanzar hacia la rejilla convergente con sereno andar despreocupado,
y las catorce imágenes, concentradas en él, avanzaron también. Por todos lados
les rodeaban los suaves murmullos de un atareado centro de Multivac.
—¿Para
qué atacar a un contrincante invulnerable? —dijo Bakst—. Más vale hacerle
vulnerable primero, y luego...
Bakst
hacía grandes esfuerzos para conservar la calma, pero ahora todo dependía de su
actuación. ¡Todo! Con un brusco tirón, separó una juntura. (Si sólo hubiera
tenido más tiempo para asegurarse mejor.)
Nadie le
detuvo y, mientras contenía el aliento, advirtió que comenzaba a cesar el
ruido, se interrumpían los murmullos, se iba deteniendo Multivac. Si ese suave
rumor no se había restablecido en unos instantes, ello significaría que había
dado en el punto clave adecuado, y ya no habría posibilidad de recuperación. Si
no se convertía rápidamente en el foco del avance de los robots...
Se
volvió hacia atrás en medio del silencio que aún continuaba. Los robots seguían
trabajando a lo lejos. Ninguno había hecho acto de acercarse.
Frente a
él continuaban alzándose las imágenes de los catorce hombres y mujeres del
Congreso, y todos y cada uno parecían estupefactos ante la súbita enormidad que
acababa de ocurrir.
—Multivac
está desconectado, quemado —anunció Bakst—. Es imposible repararlo. —Se sintió
casi embriagado ante el sonido de sus palabras—. Desde que os dejé que trabajo
para lograr este desenlace. Cuando Hines lanzó su ataque, temí que esas
tentativas se repitieran, que Multivac redoblara su guardia, que incluso yo...
tenía que apresurarme... no estaba seguro... —Le temblaba la voz, pero hizo un
esfuerzo y dijo solemnemente—: He conseguido nuestra libertad.
Y se
interrumpió, consciente al fin del peso del silencio, cada vez más intenso.
Catorce imágenes le miraban fijamente y de ninguna de ellas salía una palabra
de respuesta.
—Hablabais
de libertad —dijo Bakst con voz chillona—. ¡Ya la tenéis!
Y luego,
vacilante, añadió:
—¿No era
esto lo que queríais?
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.