Sobre el Blog
Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
Búsqueda interna
Ambrose Bierce - El caso del desfiladero de Coulter
-¿Cree usted, coronel, que a su valiente Coulter le agradaría
emplazar uno de sus cañones aquí? -preguntó el general.
No parecía que pudiera hablar en serio: aquél, verdaderamente,
no parecía un lugar donde a ningún artillero, por valiente que
fuera, le gustase colocar un cañón. El coronel pensó que
posiblemente su jefe de división quería darle a entender, en tono
de broma, que en una reciente conversación entre ellos se había
exaltado demasiado el valor del capitán Coulter.
-Mi general -replicó, con entusiasmo-, a Coulter le gustaría
emplazar un cañón en cualquier parte desde la que alcanzara a
esa gente -con un gesto de la mano señaló en dirección al
enemigo.
-Es el único lugar posible -afirmó el general.
Hablaba en serio, entonces.
El lugar era una depresión, una «mella» en la cumbre escarpada
de una colina. Era un paso por el que ascendía una ruta de peaje,
que alcanzaba el punto más alto de su trayecto serpenteando a
través de un bosque ralo y luego hacía un descenso similar,
aunque menos abrupto, en dirección al enemigo. En una
extensión de kilómetro y medio a la derecha y kilómetro y medio a
la izquierda, la cadena de montañas, aunque ocupada por la
infantería federal, asentada justo detrás de la escarpada cumbre
como mantenida por la sola presión atmosférica, era inaccesible a
la artillería. El único lugar utilizable era el fondo del desfiladero,
apenas lo bastante ancho para establecer el camino. Del lado de
los confederados, ese punto estaba dominado por dos baterías
apostadas sobre una elevación un poco más baja, al otro lado de
un arroyo, a medio kilómetro de distancia. Lo árboles de una
granja disimulaban todos los cañones excepto uno que, como con
descaro, estaba emplazado en un claro, justo enfrente de una
construcción bastante destacada: la casa de un plantador. El
cañón, sin embargo, estaba bastante protegido en su exposición
porque la infantería federal había recibido la orden de no tirar. El
desfiladero de Coulter, como se le llamó después, no era un lugar,
en aquella agradable tarde de verano, donde a nadie le «agradara
emplazar un cañón».
Tres o cuatro caballos muertos yacían en el camino, tres o cuatro
hombres muertos estaban ordenadamente colocados en hilera a
uno de los lados, un poco hacia atrás, en la pendiente de la
colina. Todos menos uno eran soldados de caballería de la
vanguardia federal. Uno era Furriel. El general que comandaba la
división y el coronel en jefe de la brigada, seguidos de su estado
mayor y de su escolta, habían cabalgado hasta el fondo del
desfiladero para examinar la batería enemiga, que se había
disimulado inmediatamente tras unas altas nubes de humo.
Resultaba inútil curiosear sobre unos cañones que se
enmascaraban como las sepias, y el examen había sido breve.
Cuando terminó, a poca distancia del sitio donde había
comenzado, se produjo la conversación que hemos relatado
parcialmente. «Es el único lugar -repitió el general con aire
pensativo- desde donde llegar a ellos.»
El coronel le miró con gravedad.
-Sólo hay espacio para un cañón, mi general. Uno contra doce.
-Es verdad... para uno solo cada vez -dijo el comandante de la
división esbozando algo parecido a una sonrisa-. Pero, entonces,
su bravo Coulter... tiene una batería en él mismo.
Su tono irónico no dejaba lugar a dudas. Al coronel le irritó, pero
no supo qué decir. El espíritu de subordinación militar no
promueve la réplica, ni siquiera la tácita desaprobación.
En aquel momento, un joven oficial de artillería ascendía
lentamente a caballo por el camino, escoltado por su clarín. Era el
capitán Coulter. No debía de tener más de veintitrés años. De
mediana estatura, muy esbelto y flexible, montaba su caballo con
algo del aire de un civil. En su rostro había algo singularmente
distinto a los de los hombres que le rodeaban; era delgado, tenía
la nariz grande y los ojos grises, un ligero bigote rubio y un largo,
bastante desordenado cabello, también rubio. Su uniforme
mostraba señales de descuido: la visera del gastado kepis estaba
ligeramente ladeada; la chaqueta, sólo abotonada a la altura del
cinturón, dejaba ver en buena medida una camisa blanca,
bastante limpia para aquella etapa de la campaña. Pero aquella
indolencia sólo afectaba a su atuendo y a su porte: la expresión
de sus ojos grises demostraba un profundo interés hacia cuanto le
rodeaba: escrutaban como faros el paisaje a derecha e izquierda;
después se detenían mucho rato en el cielo que se veía sobre el
desfiladero: hasta llegar al punto más alto del camino, no había
nada más que ver en aquella dirección. Al pasar frente a sus jefes
de división y de brigada por el lado del camino los saludó
mecánicamente y se dispuso a proseguir. El coronel le indicó por
señas que se detuviera.
-Capitán Coulter -dijo-, el enemigo ha situado doce piezas de
artillería en la colina contigua. Si comprendo bien al general, le
ordena a usted que emplace un cañón aquí e inicie el combate.
Hubo un inexpresivo silencio. El general miró, impasible, a un
regimiento distante que ascendía apretadamente y muy despacio
por la colina, a través de la densa maleza, en espiral, como una
deshilvanada nube de humo azul. Pareció que el capitán Coulter
no había observado al general. Después habló, lentamente y con
aparente esfuerzo:
-¿En la próxima colina, dice usted, mi coronel? ¿Están los
cañones cerca de la casa?
-¡Ah, ya ha recorrido usted este camino antes! Sí, justo ante la
casa.
-¿Y es... necesario... abrir fuego? ¿La orden es formal?
Hablaba con voz ronca y entrecortada. Había palidecido
visiblemente. El coronel estaba sorprendido y mortificado. Lanzó
una mirada de reojo al general. Ningún indicio en aquel rostro
inmóvil, tan duro como el bronce. Un momento después, el
general se alejaba cabalgando, seguido de los miembros de su
estado mayor y de su escolta. El coronel, humillado e indignado,
se disponía a ordenar que arrestaran al capitán Coulter cuando
éste pronunció en voz baja unas pocas palabras dirigidas a su
clarín, saludó y se dirigió cabalgando en línea recta hacia el
desfiladero. Cuando llegó a la cima del camino, con los gemelos
ante los ojos, se mostró recortado contra el cielo, y él y su caballo
dibujaron una nítida figura ecuestre. El clarín había bajado la
pendiente a toda carrera y desapareció detrás de un bosque.
Entonces, se oyó sonar su clarín entre los cedros y, en
increíblemente poco tiempo, un cañón seguido de un furgón de
municiones, cada cual tirado por seis caballos y manejado por su
equipo completo de artilleros, apareció traqueteando y arrasando
la cuesta en medio de un torbellino de polvo. Luego, fue empujado
a mano hasta la cumbre fatal, entre los caballos, que quedaron
muertos. El capitán hizo un ademán con el brazo, los hombres
que cargaban el cañón se movieron con asombrosa agilidad y,
casi antes de que las tropas que seguían el camino hubieran
dejado de escuchar el ruido de las ruedas, una enorme nube
blanca se abatió sobre la colina con un ensordecedor estruendo:
el combate del desfiladero de Coulter había empezado.
No se pretende aquí relatar con detalle los episodios y las
vicisitudes de este horrible combate, un combate sin incidentes y
con las únicas alternancias de diferentes grados de
desesperación. Casi en el momento en que el cañón del capitán
Coulter lanzaba su nube de humo como un desafío, doce nubes
se elevaron en respuesta por entre los árboles que rodeaban la
casa de la plantación, y el rugido profundo de una detonación
múltiple resonó como un eco roto. Desde ese momento hasta el
final, los cañones federales lucharon su batalla sin esperanza, en
una atmósfera de hierro candente cuyos pensamientos eran
relámpagos y cuyas hazañas eran la muerte.
Como no deseaba ver los esfuerzos que no podía apoyar, ni la
carnicería que no podía impedir, el coronel había escalado la
cumbre hasta un punto situado a cuatrocientos metros a la
izquierda, desde donde el desfiladero, invisible pero impulsando
sucesivas masas de humo, semejaba el cráter de un volcán en
tronante erupción. Observó los cañones enemigos con sus
prismáticos, constatando hasta donde podía los efectos del fuego
de Coulter -si Coulter vivía todavía para dirigirlo. Vio que los
artilleros federales, ignorando las piezas del enemigo cuya
posición sólo podían determinar por el humo, consagraban toda
su atención al que continuaba emplazado en el terreno abierto: el
césped de delante de la casa. Alrededor y por encima de este
duro cañón explotaron los obuses a intervalos de pocos
segundos. Algunos hicieron explosión en la casa, como se pudo
ver por unas delgadas columnas de humo que subían por las
brechas del techo. Se veían claramente formas de hombres y
caballos postrados en el suelo.
-Si nuestros hombres están haciendo tan buen trabajo con un solo
cañón -dijo el coronel a un ayudante de campo que estaba cercadeben estar sufriendo como el demonio el fuego de doce. Baje y
presente a quien dirija ese cañón mis felicitaciones por la eficacia
de su fuego.
Se volvió a su ayudante mayor y agregó:
-¿Observó usted la maldita resistencia de Coulter a obedecer
órdenes?
-Sí, mi coronel.
-Bueno, no hable de esto con nadie, por favor. No creo que el
general se preocupe de formular acusaciones. Tendrá sin duda
bastante qué hacer para explicar su papel en este modo tan poco
usual de divertir a la retaguardia de un enemigo en retirada.
Un joven oficial se aproximó desde la parte de abajo, escalando
sin aliento la pendiente. Casi antes de saludar, exclamó,
jadeando:
-Mi coronel, me envía el coronel Harmon para informarle que los
cañones del enemigo se hallan al alcance de nuestros fusiles y
casi todos son visibles desde numerosos puntos de la colina.
El jefe de brigada le miró sin demostrar el menor interés.
-Lo sé -respondió, tranquilamente.
El joven ayudante estaba visiblemente azorado.
-El coronel Harmon quisiera autorización para silenciar esos
cañones.
-Yo también -replicó el coronel con en el tono de antes-. Salude
de mi parte al coronel Harmon y dígale que todavía rigen las
órdenes del general para que la infantería no abra fuego.
El ayudante saludó y se retiró. El coronel hundió los talones en
tierra y dio media vuelta para continuar mirando los cañones del
enemigo.
-Coronel -dijo el ayudante mayor-, no sé si debería decir nada,
pero hay algo extraño en todo esto. ¿Sabía usted que el capitán
Coulter es del Sur?
-No. ¿Lo era, de verdad?
-Oí que el verano pasado, la división que el general comandaba
entonces se encontraba en las cercanías de la plantación de
Coulter; acampó allí durante unas semanas y...
-¡Escuche! -le interrumpió el coronel levantando la mano-. ¿Oye
usted eso?
Eso era el silencio del cañón federal. El estado mayor, los
asistentes, las líneas de infantería situadas detrás de la cumbre,
todos habían «oído» y miraban con curiosidad en la dirección del
cráter, de donde no ascendía ya humo sino sólo algunas nubes
esporádicas procedentes de los obuses enemigos. Entonces llegó
el toque de un clarín y el ruido débil de unas ruedas. Un minuto
más tarde, las agudas detonaciones comenzaron con redoblada
actividad. El cañón destruido había sido reemplazado por otro,
intacto.
-Sí -dijo el ayudante mayor, continuando su historia-, el general
conoció a la familia Coulter. Hubo problemas, ignoro de qué
naturaleza... Algo que concernía a la esposa de Coulter. Es una
rabiosa secesionista, corno casi todos en la familia, excepto
Coulter, pero es una buena esposa y una dama muy educada. En
el cuartel general del ejército se recibió una queja. El general fue
transferido a esta división. Resulta extraño que después de eso la
batería de Coulter haya sido asignada a ella.
El coronel se había levantado de la roca donde estaba sentado.
Sus ojos llameaban de generosa indignación.
-Dígame, Morrison -dijo, mirando a su chismoso oficial del estado
mayor directamente a la cara-, ¿le contó esa historia un caballero
o un embustero?
-No quiero revelar cómo me llegó, mi coronel, a, menos que sea
preciso -enrojeció ligeramente-, pero apuesto mi vida a que es
verdad.
El coronel se giró hacia un corrillo de oficiales que estaba a cierta
distancia.
-¡Teniente Williams! -gritó.
Uno de los oficiales se apartó del grupo y, adelantándose, saludó
y dijo:
-Discúlpeme, mi coronel, creía que estaba usted informado.
Williams ha muerto abajo, al pie del cañón. ¿En qué puedo
servirle, señor?
El teniente Williams era el edecán que había tenido el placer de
transmitir al oficial que comandaba la batería las felicitaciones de
su jefe de brigada.
-Vaya -dijo el coronel- y ordene la retirada de esa pieza
inmediatamente. No... Iré yo mismo.
Bajó a todo correr la cuesta que conducía a la parte de atrás del
desfiladero, franqueando rocas y malezas, seguido de su pequeña
escolta, entre un tumultuoso desorden. Cuando llegaron al pie de
la cuesta, montaron Sus caballos, que los esperaban, enfilaron a
trote rápido por el camino; doblaron un recodo y desembocaron
en el desfiladero. ¡El espectáculo que encontraron allí era
espeluznante!
En aquel desfiladero, apenas suficientemente ancho para un solo
cañón, habían amontonado los restos de por lo menos cuatro