Fui
profesor de una pequeña escuela rural próxima a Brownville, que como sabe todo
el que haya tenido la suerte de vivir allí es la capital de una considerable extensión
de terreno con los más bellos paisa jes
de California. Durante el verano, la ciudad es frecuentada por un tipo de
personas a las que el periódico local suele llamar «buscadores de placer», pero
que en una clasificación más justa serían conocidos como «los enfermos y los
atacados por la adversidad». La propia ciudad de Brownville podría describirse
justamente como el último recurso en cuanto a lugares de veraneo. Está bastante
bien dotada de pensiones, en la menos perniciosa de las cuales realizaba yo dos
veces al día (pues almorzaba en la escuela) el humilde rito de cimentar la
alianza entre el alma y el cuerpo. Desde esta «hostelería» (tal como prefería
llamarla el periódico local, cuando no la describía como «caravasai») hasta la
escuela, la distancia que tenía que recorrer en un carro por la carretera era
de unos tres kilómetros; pero había un sendero, muy poco utilizado, que cruzando
un grupo de colinas bajas y muy arboladas reducía considerablemente la
distancia. Por ese sendero regresaba una día más tarde de lo habitual. Era el
último día del trimestre y me había quedado en la escuela casi hasta el
anochecer, preparando las cuentas de mi administración para los fideicomisa rios, dos de los cuales, reflexioné
orgullosamente, serían capaces de leerlas, mientras que el tercero (un ejemplo
del dominio de la mente sobre la materia) quedaría anulado en su habitual
lucha con el maestro de escuela que imaginaba ser.
Llevaba
recorrida una cuarta parte del camino cuando, interesándome por las travesuras
de una familia de lagartos que vivía por allí y que parecía llena de alegría
reptiliana por su inmunidad frente a los incidentes malignos de la vida en
Brownville House, me senté sobre un tronco caído
para observarlos. Cuando, fatigado, me apoyé en una rama del tronco nudoso y
viejo, el crepúsculo se hizo más intenso en el sombrío bosque y la débil luna
nueva empezó a formar sombras visibles, adornando las hojas de los árboles con
una luz tierna pero fantasmal.
Oí
voces: la voz impetuosa y colérica de una mujer que se levantaba por encima de
unos tonos masculinos, más ricos y musicales. Concentré la mirada, escudriñando
por entre las oscuras sombras del bosque, con la esperanza de poder ver a los
que habían turbado mi soledad, pero no pude ver a nadie. Tenía varios metros de
visión ininterrumpida del sendero en cada dirección, y como sabía que no había
ningún otro camino a menos de un kilómetro de distancia, pensé que las personas
a las que oía debían estar acercándose por el bosque. No había ningún sonido
salvo el de las voces, que ahora eran tan claras que podía entender las
palabras. Las del hombre me producían una impresión de cólera que confirmó el
asunto del que estaban hablando.
-No
son amenazas; sabes bien que estás indefensa. Dejemos las cosas como están o...
¡por Dios que ambas sufriréis por ello!
-¿Qué
quieres decir? -preguntó la voz de la mujer, que era una voz cultivada, la de
una dama-. No irás a... asesinarnos.
No
hubo respuesta o al menos yo no pude oírla. Durante esa fase de silencio, miré
hacia el bosque con la esperanza de vislumbrar a los que hablaban, pues estaba
convencido de que se trataba de un asunto grave en el que no deben tenerse en
cuenta los escrúpulos ordinarios. Me pareció que la mujer estaba en peligro; en
cualquier caso, el hombre no había negado la voluntad de asesinar. Cuando un
hombre representa el papel de asesino potencial no tiene derecho a elegir su
audiencia. Al cabo de un tiempo les vi, confusamente, entre los árboles
iluminados por la luna. El hombre, alto y delgado, parecía ir vestido de negro;
me pareció que la mujer llevaba un traje de color gris. Era evidente que no se
habían dado cuenta de mi presencia en la sombra, aunque por alguna razón cuando
reanudaron la conversación hablaron en un tono más bajo y ya no pude
entenderles. Mientras miraba a la mujer, ésta pareció agacharse en el suelo y
elevar las manos en actitud de súplica, como se suele hacer con frecuencia en
el escenario, pero nunca, por lo que yo sé, en ningún otro lugar, aunque ahora
no esté totalmente seguro de que lo hiciera así en este caso. El hombre clavó
los ojos en ella; parecían brillar tristemente bajo la luz de la luna con una
expresión que me hizo pensar que fuera a volverlos hacia mí. No sé qué impulso
me hizo moverme, pero de un salto salí de la sombra. En el mismo instante, esas
figuras se desvanecieron. En vano miré entre los espacios que dejaban libres
los árboles y los matorrales. El viento de la noche hizo crujir las hojas y los
lagartos, reptiles de costumbres ejemplares, se habían retirado pronto. La
pequeña luna se deslizaba ya tras una oscura colina situada al oeste.
Regresé
a casa con la mente algo inquieta, casi dudando de haber oído o visto a ningún
ser vivo, salvo los lagartos. Todo aquello me parecía algo extraño y misterioso.
Era como si entre los diversos fenómenos, objetivos y subjetivos, que
conformaban la suma total del incidente, hubiera habido un elemento incierto
que derramara sobre todos los demás
su carácter equívoco: como si hubiera introducido en la masa entera la
levadura de la irrealidad. Aquello no me gustaba.
A
la mañana siguiente en la mesa del desayuno había un nuevo rostro; tenía frente
a mí a una mujer joven ala que apenas miré al sentarme. Hablando con ese tono
femenino alto y potente de quien parecía condescender a esperarnos, la joven
llamó inmediatamente mi atención por el sonido de su voz, parecido, aunque no
totalmente idéntico, al que seguía murmurando en mi recuerdo de la aventura de
la noche anterior. Un momento más tarde entró en el comedor otra joven, unos
años mayor que la primera, y se sentó a la izquierda de ésta, deseándole los
buenos días en un tono amable. Su voz sí que me sobresaltó: era sin la
menor duda la que me había recordado la primera joven. Allí estaba, sentada
audazmente delante de mí, la dama del incidente del bosque, «vestida como si
estuviera viva».
Evidentemente,
eran hermanas. Con una especie de nebulosa aprensión de que podría haber sido
reconocido como el mudo y vergonzoso héroe de una aventura que tenía en mi
conciencia, sabiendo que había escuchado algo indebidamente, tan sólo me
concedí una rápida taza del café tibio que solícitamente me proporcionaba
nuestra sabia camarera para casos de emergencia, y abandoné la mesa. Al salir
de la casa escuché una rica y potente voz masculina que cantaba un aria de
«Rigoletto». Puedo decir que la cantaba exquisitamente, pero había algo en ella
que me desagradaba, aunque no sabía decir qué era, ni por qué, por lo que me
marché caminando a toda prisa .
Aquel
día, cuando regresé a una hora tardía, vi a la mayor de las dos jóvenes de pie
en el porche, y junto a ella a un hombre alto vestido de negro: precisa mente el hombre al que esperaba ver. Durante todo
el día había deseado ardientemente saber algo de esas personas, por lo -que
decidí ahora enterarme de todo lo que pudiera de alguna forma que no fuera ni
baja ni poco honorable.
El
hombre estaba hablando afablemente con su compañera, pero al oír el sonido de
mis pasos sobre el sendero de gravilla guardó silencio y, dándose la vuelta,
me miró directamente. Parecía de mediana edad, de tez oscura y muy guapo. No
había en su atuendo el menor fallo, el porte era sencillo y gracioso, la mirada
que volvió hacia mí libre y desprovista de cualquier sugerencia de tosquedad.
Sin embargo, me afectó con una emoción evidente que cuando la analicé más tarde
en el recuerdo me pareció una combinación de odio y temor; no deseo llamarla
miedo. Un segundo después, el hombre y la mujer habían desaparecido. Me dio la
impresión de que se hubieran desvanecido mediante un truco. Sin embargo, al
entrar en la casa les vi en el umbral del salón; simplemente habían entrado por
una puerta que daba al jardín.
Cuando
«abordé» cautamente el tema de los nuevos huéspedes, mi patrona no se mostró
descortés. Los hechos, espero que restablecidos con mayor reverencia hacia la
gramática, eran éstos: las dos jóvenes, procedentes de San Francisco, se
llamaban Pauline y Eva Maynard; la mayor de ellas
era Pauline. El hombre, Richard Benning, era su tutor y había sido el amigo
más íntimo de su padre, ahora fallecido. El señor Benning las había llevado a
Brownville con la esperanza de que el clima de la montaña pudiera ser beneficioso
para Eva, pues se temía que corriera peligro de contraer tisis.
A
partir de estos datos breves y simples, la patrona tejió un bordado de elogios
que daban abundantes pruebas de su fe en la voluntad y la capacidad del señor
Benning de pagar por los mejores servicios que pudiera prestarle su casa. Que
tenía buen corazón era evidente por su devoción a aquellas dos hermosas damas y
por su solicitud, realmente conmovedora, por la comodidad de éstas. Aquella
prueba no me pareció suficiente y silenciosamente pronuncié el veredicto
escocés: «No demostrado».
Era
cierto que el señor Benning se mostraba de lo más atento con sus pupilas. En
mis paseos por el campo los encontré con frecuencia -a veces en compañía de
otros huéspedes del hotel- explorando los barrancos, pescando, cazando con
rifles y evitando de diversos modos la monotonía de la vida en el campo; y
aunque les observaba tan de cerca como me lo permitían las buenas costumbres,
no vi nada que explicara en modo alguno las extrañas palabras que había
escuchado en el bosque. Llegué a tener un conocimiento tolerablemente aceptable
de las jóvenes damas y pude llegar a intercambiar miradas e incluso saludos con
su tutor sin sentir realmente repugnancia.
Al
cabo de un mes casi había dejado de interesarme por sus asuntos cuando, una
noche, toda nuestra pequeña comunidad se vio sobrecogida de excitación por un
acontecimiento que me recordó mucho la experiencia que había tenido en el
bosque.
Se trató de la
muerte de la mayor de las hermanas, Pauline.
Las
hermanas habían ocupado el mismo dormitorio en el tercer piso de la casa. Al
despertar con el amanecer, Eva encontró a Pauline muerta a su lado. Más tarde, cuando la pobre
joven lloraba junto al cadáver, en medio de una multitud de personas llenas de
simpatía hacia ella, aunque no excesivamente consideradas, el señor Benning
entró en la habitación y dio la impresión de que iba a cogerle la mano. Pero
ella se apartó del cadáver y se dirigió lentamente hacia la puerta.
-Tú -dijo-. Tú has
hecho esto. ¡Tú... tú... tú!
-Está
delirando -dijo él en voz baja. La siguió paso a paso cuando se retiraba,
mirándola fijamente a los ojos sin nada de ternura ni compasión.
Ella
se detuvo; la mano que había levantado acusadoramente cayó a su costado, sus
ojos dilatados se contrajeron visiblemente, los párpados se cerraron
lentamente, ocultando su belleza salvaje y extraña, y se quedó inmóvil y casi
tan blanca como la hermana muerta que yacía allí al lado. El hombre la cogió de
la mano y le pasó el brazo amablemente por encima de los hombros, como dándole
apoyo. De pronto ella se puso a llorar apasionadamente y se aferró a él como lo
haría un niño a su madre. Él mostró una sonrisa
que a mí me afectó desagradablemente -quizás cualquier sonrisa me habría producido ese sentimiento- y la sacó
silenciosamente de la habitación.
Hubo
una investigación con el veredicto habitual: la fallecida había encontrado la
muerte por una «enfermedad del corazón». Aquello sucedió antes de que se
hubiera inventado el término fallo cardíaco, aunque era indudable que el
corazón de la pobre Pauline había fallado. El cuerpo fue
embalsamado y trasladado a San Francisco por alguien contratado a ese fin, pues
ni Eva ni Benning lo acompañaron. Algunos clientes murmuradores del hotel se
aventuraron a pensar que aquello era muy extraño, pero fueron muy pocos los
espíritus osados que llegaron al punto de pensar que era realmente extraño. La
buena de la patrona entró en liza generosamente afirmando que la causa de
aquello era la precaria naturaleza de la salud de la joven. No existen datos de
que ninguna de las dos personas más afectadas, y en apariencia las menos concernidas,
dieran explicación alguna.
Una
noche, aproximadamente una semana después de la muerte, salí a la galería del
hotel para recoger un libro que me había dejado allí. Bajo unas parras que
ocultaban parcialmente la luz de la luna vi a Richard Benning,
aunque ya estaba predispuesto a verlo porque había escuchado previamente la
voz baja y dulce de Eva Maynard, a quien también pude ver ahora, de pie ante él
levantando una mano por encima de los hombros de él, y sus ojos, evidentemente,
por lo que pude juzgar, mirándole a él.
Él
le sujetó la mano e inclinó la cabeza hacia la joven con singular dignidad y
gracia. La actitud de ambos era la de unos amantes, y como les estaba
observando desde la oscuridad, me sentí más culpable que en aquella memorable
noche que les vi por primera vez en el bosque. Iba ya a retirarme cuando habló
la joven, y el contraste entre sus palabras y su actitud me
resultó tan sorprendente que me quedé, simplemente como si me hubiera olvidado
de marcharme.
-Me
quitarás la vida como hiciste con la de Pauline. Conozco
tu intención lo mismo que tu poder, y nada pido, sólo que termines tu trabajo
sin retrasos innecesarios y me dejes en paz.
Él
no le respondió: se limitó a soltar la mano que sujetaba, quitó la otra mano
que la joven tenía sobre su hombro y, dándose la vuelta, descendió los escalones
que conducían al jardín y desapareció entre la vegetación. Pero un momento más
tarde escuché, aparentemente desde muy lejos, su hermosa y clara voz, que
entonaba un canto bárbaro que en cuanto lo escuché trajo ante mi sentimiento
espiritual interior la conciencia de alguna tierra extraña y lejana poblada de
seres que tenían poderes prohibidos. La canción me retuvo como si estuviera
hechizado, pero cuando desapareció me recuperé y al instante percibí lo que me
pareció una oportunidad. Salí de las sombras hacia donde estaba la joven. Ésta
se dio la vuelta y me contempló con una mirada que me pareció como de una
liebre acosada. Posiblemente mi intromisión la había asustado.
-Señorita Maynard, le suplico que me diga
quién es ese hombre y la naturaleza del poder que tiene sobre usted. Quizás
esto sea descortés por mi parte, pero no es momento de dejarse llevar por una
ociosa buena educación. Cuando una mujer está en peligro, cualquier hombre
tiene derecho a actuar.
Me escuchó sin
ninguna emoción visible; pensé que casi sin interés, y cuando terminé de hablar
cerró sus grandes ojos azules como si estuviera indescriptiblemente cansada.
-No puede usted
hacer nada -contestó.
Le sujeté el brazo y
la sacudí suavemente, como a alguien que está cayendo en un sueño peligroso.
-Debe
rebelarse. Algo podrá hacerse, y debe darme permiso para que actúe. Ha dicho
que ese hombre mató a su hermana, y la creo; y que la matará a
usted, y también la creo.
Ella se limitó a levantar
sus ojos hacia mí.
-¿Va a contármelo
todo? -añadí.
-No
hay nada que pueda hacerse, ya se lo he dicho: nada. Y aunque pudiera hacer
algo, no lo haría. No importa lo más mínimo. Sólo estaremos aquí dos días;
¡después nos iremos muy lejos! Si ha visto usted algo, le ruego lo mantenga en
secreto.
-Pero esto es una
locura -hablando con fuerza, trataba de romper el inmovilismo mortal de su actitud-.
Le ha acusado de asesinato. A menos que me ,
explique estas cosas, tendré que poner el asunto en manos de las autoridades.
Eso la despertó,
pero de una manera que no me gustó. Levantó orgullosamente la cabeza y afirmó:
-Señor, no se mezcle
en lo que no le concierne. Es asunto mío, señor Moran, no suyo.
-Concierne
a toda persona del país... del mundo -respondí con una frialdad igual a la
suya-. Aunque no amara usted a su
hermana, yo por lo menos me intereso por usted.
-Escúcheme
-me interrumpió inclinándose hacia mí-. ¡La amaba, Dios sabe cuánto! Pero más
todavía que eso... más allá de lo que puede expresarse, le amo a él. Ha oído un
secreto, pero no deberá utilizarlo para hacerle daño a él. Lo negaré todo. Será
su palabra contra la mía. ¿Cree que las «autoridades» van a creerle a usted?
Ahora
sonreía como un ángel, ¡y qué Dios me ayude porque estaba perdiendo la cabeza
enamorándome de ella! ¿Acaso con alguno de los múltiples métodos de adivinación
que conocen las mujeres estaba leyendo mis sentimientos? Había cambiado
totalmente de actitud.
-Vamos
-me dijo en un tono casi mimoso-: prométame que no volverá a ser descortés
-añadió tomándome del brazo de la manera más amigable-. Hablaré con usted. Él
no se enterará... estará fuera toda la noche.
Paseamos
por la galería, arriba y abajo, bajo la luz de la luna. Parecía haber olvidado
su reciente aflicción, pues empezó a realizar comentarios y murmuraciones de
jovencita sobre todo tipo de cosas sin importancia sucedidas en Brownville; yo
guardaba silencio porque me sentía incómodo, pues tenía cierta sensación de
haberme implicado en una intriga. Fue una revelación: aquella persona
encantadora, y aparentemente inocente, engañando fría y abiertamente al hombre
por el que un momento antes había reconocido ese amor supremo para el que
incluso la muerte es una prueba aceptable.
«Verdaderamente hay
aquí algo nuevo bajo la luna», pensé en mi inexperiencia. Y la luna debió
sonreír.
Antes
de que nos despidiéramos había conseguido que me prometiera que saldría a dar
un paseo conmigo la siguiente tarde, antes de irse para siempre, hasta el Viejo
Molino, una de las reverenciadas antigüedades de Brownville, construido en
1860.
-Si
él no está por aquí -contestó ella con gravedad cuando le solté la mano que me
había dado al despedirse, y que, que me perdonen los santos, me esforcé
vanamente por volver a tomar una vez que dijo aquello: tal como señalan los
sabios franceses, así de encantadora encontramos la infidelidad de una mujer
cuando nosotros somos el objeto y no la víctima. Aquella noche, dándome sus
bendiciones, el ángel del sueño se apoderó de mí.
En
Brownville House se cenaba pronto, y tras la cena
del siguiente día la señorita Maynard, que no se había sentado a la mesa, se
acercó a mí en la galería, vestida con el más recatado de los trajes de paseo,
sin decir una palabra. Evidentemente «él no estaba por allí». Subimos lentamente
por el camino que conducía al Viejo Molino. Ella no parecía tener demasiadas
fuerzas, por lo que a veces se cogía de mi brazo, abandonándolo y volviéndolo a
tomar de una manera que me pareció bastante caprichosa. Su estado de ánimo, o
más bien su sucesión de estados de ánimo, era tan mutable como la luz del cielo
en un mar ondulado. Bromeaba como si nunca hubiera oído hablar de la muerte y
reía por el incidente más ligero, para inmediatamente después cantar algunos
compases de una melodía grave con una expresión tan tierna que yo tenía que
apartar mi mirada para que no viera la prueba del éxito de su arte, si era
arte, y no ingenuidad, como a veces me sentía impulsado a pensar. Dijo las
cosas más extrañas de la manera menos convencional, bordeando a veces
insondables abismos del pensamiento en los que yo apenas me habría atrevido a
poner el pie. En suma, me estaba fascinando de mil maneras distintas, y a cada
paso yo ejecutaba una locura emocional más nueva y profunda, una indiscreción
espiritual más osada, aceptando responsabilidades nuevas para evitar, mediante
el policía de la conciencia, las infracciones a mi propia paz.
Al llegar al molino
no pareció que fuera a detenerse, sino que se metió por un sendero que,
atravesando un campo de rastrojos, conducía a un torrente. Lo cruzamos por un
rústico puente y seguimos el sendero, que ascendía ahora hacia una colina que
era uno de los puntos más pintorescos del país. Le daban el nombre de Nido de
Águila: era la cumbre de un risco que se elevaba en el aire hasta una altura de
varios cientos de metros por encima del bosque que había en su base. Desde
aquella elevada posición teníamos una magnífica vista de otro valle y de las
colinas opuestas, enrojecidas por los últimos rayos de sol poniente. Cuando
observábamos cómo la luz se iba escapando a planos más y más elevados desde las
sombras que llenaban el valle, oímos unos pasos y al cabo de un momento se nos
unió Richard Benning.
-Les vi desde el
camino, así que subí -dijo descuidadamente.
Como
soy un estúpido, en lugar de cogerle por la garganta y lanzarlo al abismo,
murmuré una mentira cortés. El efecto que produjo su llegada sobre la joven fue
inmediato e inequívoco. Se había difundido por su rostro la gloria de la
transfiguración del amor: la luz rojiza del atardecer no resultaba más evidente
en su mirada que la luz del amor que la sustituyó.
-¡Me
alegro tanto de que hayas venido! -dijo ella dándole a él ambas manos. ¡Y que
Dios me ayude, evidentemente era cierto!
Sentándose
en el suelo, empezó él una animada disertación sobre las flores silvestres de
la zona, con muchas de las cuales había formado un ramo. En mitad de una frase
divertida, de pronto dejó de hablar y fijó la mirada en Eva, que apoyada en el
tocón de un árbol trenzaba hierbas con actitud ausente. Sorprendentemente,
ella elevó los ojos hacia él, como si hubiera sentido su mirada. Se
levantó entonces, arrojó las hierbas y se alejó lentamente de él. También él se
levantó, sin dejar de mirarla. Llevaba todavía en la mano el ramo de flores. La
joven se dio la vuelta, por expresarlo así, pero no dijo nada. Ahora recuerdo
con claridad algo que en aquel momento apenas observé conscientemente: el
terrible contraste entre la sonrisa
de los labios de ella y su expresión aterrorizada al responder a la mirada fija
e imperativa de él. No sé cómo sucedió, ni cómo no me di cuenta de ello antes;
tan sólo sé que con la sonrisa de un
ángel en sus labios y la mirada de terror en sus hermosos ojos, Eva Maynard
saltó de la roca y se estrelló contra las copas de los pinos del valle
inferior.
No
sé cuánto tardé en llegar a aquel lugar, pero Richard Benning
ya estaba allí, arrodillado ante el cadáver de la mujer.
-Está
muerta -dijo fríamente-. Iré a la ciudad a buscar ayuda. Por favor, hágame el
favor de quedarse aquí. -Se puso en pie y empezó a alejarse, pero al cabo de un
momento se detuvo y se dio la vuelta-: sin duda habrá observado, amigo mío, que
lo hizo totalmente por su propia voluntad. No pude levantarme a tiempo para
impedirlo, y usted, como no conocía su condición mental... desde luego que no
podía ni sospecharlo.
Su actitud me
enloquecía.
-En realidad es
usted su asesino; tanto como si sus condenadas manos le hubieran abierto la
garganta.
Se
encogió de hombros sin responder a mi frase, se dio la vuelta y se marchó. Un
momento más tarde escuché a través de las profundas sombras del bosque por el
que había desaparecido una voz rica y potente de barítono que cantaba La donna e mobile, de
«Rigoletto».
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