La alienación es un
tema común en todas las manifestaciones de la literatura, incluyendo la
ciencia ficción. El tratamiento de este tema puede tomar muchas formas, aunque
por lo general termina por ser más bien deprimente. Aquí Alfred Bester nos
presenta a un hombre alienado con un problema muy serio, lo cual no impide que
la narración sea bastante humorística vista de lejos.
Esta es una advertencia a cómplices como usted, yo y Addyer.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una taza de café, honorable señor? Soy un organismo indigente
que está hambriento.
De día, Addyer era un estadístico. Se ocupaba de asuntos
tales como las tablas estadísticas, promedios y dispersiones, grupos que no son
homogéneos y muestreo al azar. De noche, Addyer se sumergía en una complicada
fantasía de evasión dividida en dos partes. O bien se imaginaba a sí mismo
trasladado en el tiempo hacía cien años con una doble brazada de tomos de la Encyclopaedia Britannica, best-sellers, obras
teatrales de éxito y discos millonarios; o bien se imaginaba transportado al
futuro, dentro de mil años, en la Era Dorada de la perfección.
Había otras fantasías a las que Addyer se entregaba los
jueves impares, tal como en convertirse por chiripa en el único hombre que
quedaba en la Tierra en un mundo de bellezas apasionadas por fecundar; o la de
adquirir el poder de la invisibilidad que le permitiría robar bancos y
corregir injusticias en la impunidad; o bien poseer el misterioso poder de
hacer milagros.
Hasta ese punto usted y yo y Addyer somos idénticos. En
donde nos diferenciamos es en que Addyer era un estadístico.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una taza de café, honorable señorita? Por el amor de Dios.
Estoy necesitado.
El lunes, Addyer entró corriendo en la oficina, agitando un
montón de papeles.
—Mire, señor Grande —farfulló Addyer—. He encontrado algo
muy raro. Pero que muy raro... En el sentido estadístico, claro.
—¡Demonios! —respondió Grande—. Se supone que usted no ha de
encontrar nada. Nosotros estaremos metidos en estadísticas hasta que la guerra
termine.
—Estaba hojeando los informes del Departamento del Interior.
¿Sabe usted cuál ha sido el aumento de nuestra población?
—No desde que la bomba atómica ya no existe —repuso Grande—,
Hemos perdido el doble que lo que nuestra tasa de natalidad permite reemplazar
—y señaló fuera de la ventana hacia el fragmento de siete metros y medio que
quedaba del monumento a Washington—. Ahí está nuestra documentación.
—Pero nuestra población ha aumentado un 3,0915 por ciento
—Addyer le mostró sus cifras—. ¿Qué me dice de esto, señor Grande?
—Debe de haber un error en alguna parte —musitó Grande tras
un breve examen—. Será mejor que compruebe.
—Sí, señor —respondió Addyer escabullándose de la oficina—.
Sabía que a usted le interesaría. Usted es el estadístico ideal, señor —y se
marchó.
—¡Pup! —musitó Grande, y de nuevo empezó a computar la
cantidad de fastidiosas respiraciones que le quedaban. Era su anestesia
personalizada.
El martes, Addyer descubrió que no había correlación en la
razón entre mortalidad y natalidad y reduciendo los nacimientos, y sin embargo
la población estaba aumentando ligeramente. Addyer mostró su descubrimiento a
Grande, recibió una palmadita en la espalda y se fue a su casa a dedicarse a
una nueva fantasía, en la cual él se despertaba dentro de un millón de años, en
el futuro, se enteraba de la respuesta al enigma y decidía permanecer entre las
montañas cubiertas de nieve y las simas cubiertas de nieve, a salvo, bajo la égida
de una cultura más sensata que la Aureomicina.
El miércoles, Addyer pidió el contómetro y el fichero e hizo
una comprobación sobre Washington, D.C. Para su gran consternación descubrió
que la población de la ex capital había disminuido un 0,0029 por ciento. Esto
era inquietante y Addyer se fue a su casa para evadirse con un sueño sobre la
Edad de Oro de la reina Victoria, en la que él asombró y confundió al mundo con
su brillante producción de novelas, obras teatrales y poesía, todas plagiadas
de Shaw, Galsworthy y Wilde.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una taza de café, honorable señor? Me veo en un apuro y
necesito caridad.
El jueves, Addyer hizo otra comprobación, esta vez sobre la
ciudad de Filadelfia. Descubrió que la población de esta ciudad había aumentado
un 0,0959 por ciento. Algo muy animador. Hizo un repaso con Little Rock.
Aumento de población 1,1329 por ciento. Luego probó con San Luis. Aumento de
población 2,0924 por ciento... y eso a pesar de la completa extinción del
condado de Jefferson debida a uno de esos errores militares de naturaleza
excesiva.
—¡Dios mío! —exclamó Addyer, temblando de emoción—. Cuanto
más me aproximo al centro del país, mayor es el aumento. Pero fue precisamente
el centro del país el que sufrió el peor ataque con cohetes. ¿Cuál puede ser la
explicación?
Aquella noche fue de acá para allá entre el futuro y el
pasado, y a la mañana siguiente ya estaba en la oficina a las siete de la
mañana, y reclamó durante veinticuatro horas toda la documentación pertinente
y los archivos. Siguiendo con su corazonada llegó a un descubrimiento
fantástico que representó en un gráfico en la forma convencional. Sobre el mapa
de lo que quedaba de los Estados Unidos trazó círculos concéntricos ilustrando
las zonas de aumento de población. Los círculos rojo, naranja, amarillo, verde
y azul formaban una diana perfecta alrededor del condado de Finney, en Kansas.
—Señor Grande —gritó Addyer con gran pasión estadística—. El
condado de Finney puede explicar esto.
—Pues vaya allí y entérese de cuál es la explicación —le
replicó Grande, y Addyer se marchó.
—¡Pup! —musitó Grande, y empezó a integrar el ritmo de su
pulso con el parpadeo de sus ojos.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una taza de café, querida señora? Mi hambriento organismo requiere
nutrición.
Viajar en aquellos tiempos era una cosa muy azarosa. Addyer
tomó un barco hasta Charleston (no quedaban conexiones ferroviarias en los
estados del Atlántico Norte), y su barco fue hundido frente al cabo Halteras
por una mina a la deriva. Fue arrastrado por las aguas heladas durante
diecisiete horas, mientras murmuraba entre dientes:
—¡Oh, Dios mío! ¡Ojalá yo hubiera nacido hace cien años!
Por lo visto este tipo de oración dio resultado. Fue
recogido por un rastreador de la Marina y llevado a Charleston, donde llegó
justo a tiempo para sufrir las quemaduras de una radiación subcrítica del
enemigo que afortunadamente dejó intacto el ferrocarril. Tuvo que ser tratado
de sus quemaduras de Charleston a Macón (cambio), de Birmingham a Memphis (epidemia
de peste bubónica), a Little Rock (agua contaminada), a Tulsa (declarada en
cuarentena), a Kansas City (la compañía de autobuses O.K. no acepta ninguna
responsabilidad por la pérdida de vidas humanas debidas a actos de guerra), a
Lyonesse, condado de Finney, Kansas.
Y por fin llegó al condado de Finney, con sus grandes hoyos
y cicatrices de magma y sus vetas de radiación, cuyas granjas estaban
ennegrecidas y asoladas, y cuyas carreteras estaban tan destrozadas, que
parecían líneas de puntitos. Toda su población estaba clasificada 4-F. Nubes de
hollín y de neutralizantes caídos permanecían suspendidas sobre el condado de
Finney de día, dirigiéndose hacia Pittsburgh en una tarde tranquila. De noche
relucían las aureolas de la radiación destacadas por las centelleantes señales
luminosas rojas de advertencia, que convertían el país en una de esas
fotografías nocturnas con mucha exposición, borrosas y cruzadas y
entrecruzadas por mortíferas cuchilladas de luz.
Después de pasar una mala noche en el Lyonesse Hotel, Addyer
se dirigió a la sede administrativa del condado para hacer una comprobación en
su registro de natalidad. Iba provisto de las credenciales necesarias, pero la
sede del condado no estaba provista con las estadísticas. De nuevo otro error militar
excesivo. Había acabado con la sede.
Un poco fastidiado, Addyer se dirigió a la oficina de la
Asociación Médica del Condado. Había pensado hacer una encuesta sobre natalidad
entre los médicos locales. Había una oficina atendida por una empleada que
había sido enfermera. Ésta le informó que el condado de Finney había perdido a
su último médico, que se había incorporado al ejército ocho meses antes. Las
comadronas podían dar la respuesta al enigma de los nacimientos; pero no había
registro de comadronas. Addyer tendría que ir de puerta en puerta preguntando
si había alguna señora que se dedicara a tan antigua profesión.
Enojado, Addyer regresó al Lyonnesse Hotel y escribió sobre
una tira de papel de seda: dificultades obtener datos. informaré tan pronto
pueda. Metió el mensaje en una cápsula de aluminio, lo ató a la única paloma
mensajera que le quedaba y la envió a Washington con una oración. Luego se
sentó junto a la ventana y meditó.
Una cosa curiosa llamó su atención. En la calle de más abajo
el autobús de la O.K. Bus Co., acababa de llegar de Kansas City. El viejo
vehículo resolló ruidosamente y se detuvo, la puerta se abrió con cierta
dificultad y permitió salir a un granjero que tenía una sola pierna. Su cara
quemada estaba recién vendada. Evidentemente se trataba de un burgués acomodado
que se podía permitir el lujo de viajar para recibir tratamiento médico. El
autobús hizo una maniobra de retroceso para el viaje de retorno a Kansas City
y su bocina sonó como señal de advertencia. Entonces fue cuando empezó la cosa
curiosa de ver.
Viniendo de ninguna parte... absolutamente de ninguna
parte... apareció una horda de gente. Salieron de las callejuelas laterales, de
detrás de los montones de escombros; emergían de los almacenes, llenaban la
calle. Todos eran joviales, sanos, fuertes y felices. Reían y charlaban
mientras subían al autobús. Parecían autostopistas
y excursionistas, pues llevaban mochilas, sacos de viaje, cestas de
merienda e incluso bebés. En dos minutos el autobús se llenó. Balanceándose
bruscamente descendió por la carretera, y cuando desapareció, Addyer oyó
felices canciones y el eco de las paredes ruinosas.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Hacia más de dos años que no había oído a la gente cantar
espontáneamente. Ni siquiera había visto una sonrisa despreocupada en más de
tres años. Se sintió como un hombre ciego para los colores que viera todo el
espectro por primera vez. Era algo misterioso, y también un poco blasfemo.
—¿Es que esa gente no sabe que estamos en guerra? —se
preguntó a sí mismo.
Y un momento después:
—Parecían muy sanos. ¿Por que no visten de uniforme?
Y finalmente:
—Pero, bueno, ¿quiénes son?
Aquella noche la fantasía de Addyer se sintió confusa.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una taza de café, amable señor? Me siento extraño y débil por
el hambre.
A la mañana siguiente Addyer se levantó temprano, alquiló un
coche por una tarifa exorbitante, se encontró con que no podía comprar gasolina
a ningún precio, y finalmente tuvo que conformarse con un caballo cojo. Él era
alérgico al mal genio de los caballos y se sintió torturado por el asma cuando
empezó su pesquisa casa por casa. Cuando regresó al Lyonesse Hotel aquella
tarde se sentía desanimado. Llegó justo a tiempo para presenciar la marcha del
autobús de la O.K. Bus Co.
De nuevo una horda de gentes felices apareció y subió al
autobús. Una vez más el vehículo traqueteó por aquella estropeada carretera. Y
una vez más se oyeron los alegres cánticos.
—¡Maldita sea! —exclamó Addyer con un resuello.
Se dejó caer por la oficina del topógrafo del condado en
busca de un mapa a gran escala del condado de Finney. Hubo pocas dificultades
con el topógrafo, que era sordo, ciego de un ojo y no tenía gafas en el otro.
Fue incapaz de leer las credenciales de Addyer con ninguna facultad o facilidad.
Y cuando Addyer finalmente logró marcharse con el mapa, se dijo para sí mismo:
—Creo que ese viejo idiota pensó que yo era un espía.
Y más tarde murmuró:
—¿Espías?
Y luego poco antes de acostarse:
—¡Santo Dios! ¡Puede que esa sea la explicación!
Aquella noche fue de nuevo el agente secreto de Lincoln,
anticipándose a todos los movimientos de Lee, siendo más listo que Jackson,
Johnston y Beauregard, superando a John Wilkes Booth, y siendo elegido
presidente de los Estados Unidos en 1968.
Al día siguiente el autobús de la O.K. Bus Co. se llenó de
nuevo de gente feliz.
Y al otro.
Y al otro.
—Cuatrocientos excursionistas en cinco días —contó Addyer—.
El país está lleno de espías.
Empezó a haraganear por las calles tratando de investigar a
aquellos alegres viajeros. Era difícil. Eran esquivos antes de que llegara el
autobús. Tenían un modo amistoso de negarse a pasar el tiempo. Los del Lyonesse
no sabían nada de ellos ni estaban interesados. Nadie estaba interesado casi
en otra cosa más que en la supervivencia durante aquellos días. Eso es lo que
hacía que los cánticos parecieran obscenos.
Después de siete días de actuar como en los tiempos de capa
y espada y otros siete días de contar, Addyer de repente hizo su gran
descubrimiento:
—Todo esto suma —dijo— ochenta personas diarias que salen de
Lyonesse. Quinientas por semana. Veinticinco mil al año. Puede que sea la
respuesta al aumento de población.
Se gastó cincuenta y cinco dólares en un telegrama a Grande
que esperó pudiera ser entregado. El telegrama decía: «eureka, lo encontré!»
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una sola taza de café, honorable señora? Yo no soy un
vagabundo, sino una forma de vida indigente.
La oportunidad de Addyer llegó al día siguiente. El autobús
de la O.K. Bus llegó como de costumbre. Otra muchedumbre se reunió para subir
al autobús; pero esta vez eran demasiados. A tres personas se les negó pasaje.
No se sintieron molestos en lo más mínimo. Retrocedieron, saludaron
vigorosamente cuando el autobús partió, les gritaron instrucciones para
reuniones futuras y se volvieron tranquilamente y tomaron calle abajo.
Addyer salió de la habitación de su hotel con la rapidez de
un cohete. Siguió al trío por la Calle Mayor, giró a la izquierda tras ellos
hasta la Cuarta Avenida, pasó junto a la escuela en ruinas, dejó atrás la
demolida central telefónica, y ante la reventada biblioteca, la estación de
ferrocarril, la iglesia protestante, la iglesia católica... y finalmente llegó
a las afueras de Lyonesse y luego a campo abierto.
Aquí tuvo que ser más precavido. Era difícil acechar a los
espías cuando buena parte de la oscura carretera estaba iluminada por luces de
advertencia. Él no era lo bastante suicida como para pensar en ocultarse en los
agujeros de radiación. Sufrió una agonía de indecisión y al final se sintió
aliviado al ver que salían de la destrozada carretera y entraban en la vieja
granja Baker.
—¡Aja! —exclamó Addyer.
Se sentó al borde de la carretera sobre los restos de un
misil y se preguntó a sí mismo:
—¿Aja, qué?
No pudo contestar, aunque sabía que había encontrado la
respuesta. Esperó hasta que el crepúsculo se hizo más oscuro y luego
lentamente se deslizó hacia la granja.
Mientras serpenteaba entre los mortíferos resplandores
radiactivos y sólo ocasionalmente topando con su cabeza contra las señales de
tumbas, se dio cuenta de que había dos figuras en la noche. Estaban en el
corral de la granja Baker y se portaban del modo más peculiar. Uno era alto y
delgado. Un hombre. Estaba completamente inmóvil, como una farola. En una
ocasión dio un paso lento y majestuoso con infinita precaución y agitó un brazo
en un movimiento lento hacia la otra figura, que también era un hombre. Éste
era rechoncho y caminaba a paso vivo con repentinos arranques hacia adelante y
hacia atrás.
Al acercarse Addyer, oyó decir al hombre alto:
—Ruu buu fuu muu huaa luu fuu.
A lo que el otro parloteó:
—Wd-nk-kd-ik-md-pd-ld-nk.
Luego los dos se echaron a reír, el hombre alto como una
locomotora; el rechoncho como una ardilla. Se volvieron. El rechoncho entró
como una tromba en la casa. El hombre alto como arrastrado por la corriente.
Eso era bastante sorprendente.
—¡Aja! —exclamó Addyer.
En ese momento un par de manos se apoderaron de él y lo
levantaron del suelo. A Addyer se le encogió el corazón. Tuvo tiempo para un
espasmo convulsivo antes de que algo vago fuera apretado contra su rostro.
Cuando perdió el conocimiento su último e idiota pensamiento fue el de los
telescopios.
¿Podría usted pasarse
sin el precio de una sola taza de café para un infortunado sin pan, honorable
señor? La caridad será bendecida.
Cuando Addyer se despertó estaba echado sobre un sofá en una
pequeña habitación blanqueada. Un caballero de cabello gris, con rasgos muy
pronunciados, estaba sentado ante un escritorio situado a lo largo del sofá,
muy ocupado haciendo cálculos con números en pedacitos de papel. Sobre el
escritorio había una confusión de lo que parecían ser intrincados horarios.
Había una radio en un lado.
—Es... Escuche... —empezó a decir Addyer débilmente.
—Sólo un minuto, señor Addyer —dijo el caballero muy
amablemente. Enchufó la radio. Un resplandor surgió en medio de la habitación
sobre una bandeja circular de cobre y se carbonizó convirtiéndose en una
chica. Esta se hallaba completamente desnuda y era muy atractiva. Echó a correr
hacia la mesa escritorio, acarició la cabeza del caballero con la velocidad de
un martillo neumático, se echó a reír y parloteó:
—Wd-nk-tk-ik-lt-nk.
El hombre del cabello gris sonrió e indicó hacia la puerta.
—Sal afuera y date un paseo —le dijo. Ella se volvió y pasó
como un rayo a través de la puerta.
—Eso tiene algo que ver con las razones temporales —explicó
el caballero a Addyer—. No lo comprendo. Cuando ellos se presentan tienen un
ímpetu acumulado —volvió a hacer cálculos de nuevo—. ¿Por qué demonios ha
venido usted a curiosear, señor Addyer?
—Ustedes son espías —le contestó Addyer—. Ella estaba
hablando en chino.
—Difícilmente. Yo diría que era francés. Francés primitivo,
de mediados del siglo quince.
—¡Mediados del siglo quince! —exclamó Addyer.
—Yo diría que sí. Empieza usted a tener oído para esos
ritmos acelerados. Un momento, por favor.
Enchufó de nuevo la radio. Apareció otro resplandor y se
solidificó en un hombre desnudo. Era corpulento, peludo y lúgubre. Con
exasperante lentitud dijo:
—Muu fuu bluu uauu puu.
El hombre del cabello gris indicó hacia la puerta. El hombre
recio se marchó lentamente.
—Tal como yo lo veo —prosiguió el hombre del pelo gris en
tono de conversación—, cuando vuelven están nadando contra la corriente del
tiempo. Eso les hace más lentos. Cuando se presentan nadan con la corriente. Y
eso les acelera. Claro que ningún caso dura más de unos minutos. Eso les
desgasta.
—¿Qué? —preguntó Addyer—. ¿Viaje en el tiempo?
—Sí, claro.
—Pero eso... —Addyer señaló a la radio— ¿es una máquina del
tiempo?
—Más o menos de eso se trata.
—Pero es demasiado pequeña.
El hombre del pelo gris se echó a reír.
—¿Y este sitio qué es, en fin de cuentas? ¿Qué se propone
usted?
—Es algo divertido —dijo el hombre del pelo gris—. Antes
todo el mundo especulaba sobre el viaje en el tiempo. Cómo sería utilizado
para la exploración, arqueología, investigaciones históricas y sociales,
etcétera. Nadie supuso nunca cuál sería su verdadero uso... Terapia.
—¿Terapia? ¿Quiere decir terapia médica?
—Así es. Terapia psicológica para las personas
desequilibradas, que no responden a otra cura. Les dejamos emigrar, que
escapen. Hemos establecido estaciones en cada cuarto de siglo. Estaciones como
ésta.
—No entiendo.
—Esta es una oficina de inmigración.
—¡Oh, Dios mío! —Addyer se levantó de un salto del sofá—.
Entonces, ¿usted es la respuesta al aumento de población? ¿Sí? Así es cómo me
di cuenta de ello. La mortalidad es tan alta y la natalidad tan baja en estos
tiempos que su adición de tiempo se vuelve significativa, ¿verdad?
—Sí, señor Addyer.
—Miles de ustedes vienen aquí. ¿De dónde?
—Del futuro, claro. El viaje en el tiempo no se desarrolló
hasta el C/H 127. Eso es... bueno, el año 2505 después de Cristo de su
cronología. Nosotros no establecimos nuestra cadena de estaciones hasta el C/H
189.
—Pero esos que se movieron tan rápido. Usted dijo que venían
del pasado.
—¡Oh, sí! Pero todos ellos vinieron del futuro
originalmente. Es que llegaron a la conclusión de que habían ¡do demasiado
atrás.
—¿Demasiado atrás?
El hombre del cabello gris asintió con la cabeza y
reflexionó.
—Es divertido, los errores que la gente comete. Dejan de ser
realistas cuando dejan de hacer historia. Pierden el contacto con los hechos.
Conocí a un tipo... al que no le satisfacía nada que no fuera la época
isabelina. «Shakespeare —decía—, la buena reina Bess. La Armada Invencible.
Drake y Hawkings y Raleigh. El más viril período de k historia. La Edad de Oro.
Eso es para mí.» Yo no podía hacerle entrar en razón, así que lo devolvimos. No
servía.
—¿Y bien? —preguntó Addyer.
—¡Oh! Murió al cabo de tres semanas. Bebió un vaso de agua.
Tifus.
—¿Es que ustedes no lo inocularon? Bueno, cuando el ejército
manda a sus hombres, a ultramar, siempre...
—Claro que lo hicimos. Lo inmunizamos contra todo lo que
pudimos. Pero las enfermedades también evolucionan y cambian. Se desarrollan
nuevas clases, y desaparecen otras viejas. Eso es lo que causa pandemias.
Evidentemente nuestras vacunas no servían contra el tifus isabelino. Perdóneme...
De nuevo se vio el resplandor. Apareció otro hombre desnudo,
el cual charló brevemente y luego salió como lanzado a través de la puerta.
Casi tropezó con la chica desnuda que asomó su cabeza, sonrió y dijo con un
curioso acento:
—Ie vous prie de me
pardonner. Quy estoit cette gentilhomme?
—Tenía razón —dijo el hombre del cabello gris—. Eso es
francés medieval. Los franceses no han vuelto a hablar así desde el tiempo de
Rabelais. —Y a la chica le dijo—: Inglés medieval, por favor. Dialecto
americano.
—¡Oh, lo siento!, señor Jelling. Me hago tal lío con la
lingüística. ¿Lío? ¿Se dice lío? O dicen...
—¡Eh! —exclamó Addyer angustiado.
—Lo dicen; pero sólo en privado. Y nunca ante extranjeros.
—¡Ah, sí! ¡Lo recuerdo! ¿Quién era el caballero que acaba de
marcharse?
—Peters.
—¿El de Atenas?
Así es.
—No le ha gustado, ¿verdad?
—No mucho. Al parecer los peripatéticos no tenían
instalaciones sanitarias.
—Si, una empieza a desear un cuarto de baño moderno al poco
tiempo. ¿Dónde podemos conseguir algo de ropa, o no llevan ropa en este siglo?
—No, eso es cien años más adelante. Vaya a ver a mi esposa.
Está en la sala de equipo en el granero. Aquel edificio rojo grande.
El hombre alto como una farola que Addyer había visto por
primera vez en el corral de la granja apareció por detrás de la chica. Ahora
estaba vestido y se movía a velocidad normal. Miró fijamente a la chica y ella
le miró fijamente a él.
—¡Espíen! —gritaron a la vez. Se abrazaron y se besaron en
los hombros.
—Aprieta mis costillas hasta que sintamos un solo corazón
—dijo el hombre.
—Tú también —contestó la chica riéndose.
—¿Eh? Aprieta así.
Se abrazaron de nuevo y se separaron.
—¿Qué ha sido eso? ¿Habla futurista? —preguntó Addyer—.
¿Taquigrafía?
—¿Taquigrafía? —exclamó Jelling con tono sorprendido—. ¿No
conoce la retórica cuando la oye? Eso fue retórica del siglo trece, hombre. No
hemos tenido nada igual desde entonces. Prótesis, diástóle, epergesis,
metabasis, hendiadis... Y todos hemos nacido explorando.
—No tiene por qué mostrarse tan engreído —murmuró Addyer con
envidia—. También podría haberlo averiguado yo de habérmelo propuesto.
—Lo encontrará endemoniadamente inconveniente intentarlo en
su período de vida.
—¿Qué diferencia habría?
—Pues una gran diferencia —contestó Jelling—. Porque
encontrará que vivir es la suma de las conveniencias. Puede que piense que los
servicios sanitarios no tengan importancia comparados con los antiguos
filósofos griegos. Mucha gente lo piensa. Pero el hecho es que nosotros ya
conocemos esa filosofía. Al cabo de cierto tiempo uno se cansa de ver a los
grandes hombres y de escuchar cómo exponen las teorías que uno ya conoce. Y
empieza a echar de menos los adelantos y los modos de vida familiares a los que
uno estaba acostumbrado.
—Pero eso —respondió Addyer—, es una actitud superficial.
—¿Usted cree? Pruebe a vivir en el pasado a la luz de las
velas, sin calefacción central, sin refrigeración, alimentos enlatados,
medicinas elementales... O imagine el futuro, trate de vivir con los
Berganlicks, los Veintidós Mandamientos, los calendarios y la moneda
duodecimal, o trate de hablar en metros, de planear y estudiar cada frase antes
de hablar... y será despreciado como analfabeto si olvida eso y habla
espontáneamente en su propio idioma.
—Usted exagera —dijo Addyer—. Apuesto a que hay veces en que
uno puede ser muy feliz. He pensado en ello durante años y...
—¡Bah! —bufó Jelling—. La gran ilusión. Nombre una.
—La Revolución americana.
—¡Uf! No había sanidad, ni medicina. Cólera en Filadelfia.
Malaria en Nueva York. No había anestesia. La pena de muerte por centenares de
pequeños delitos e infracciones insignificantes. Nada de los libros o la música
que a usted le gustan más. Ni los oficios o profesiones para los cuales usted
ha sido enseñado. Pruebe otra vez. —La época victoriana.
—¿Cómo están sus dientes y ojos? ¿Bien? Mejor será. No
podemos prescribirle dentaduras postizas ni gafas. ¿Cómo está de ética? ¿Mal?
Mejor será porque si no se morirá de hambre en esa época sin piedad. ¿Y qué
opina usted acerca de las diferencias de clases? Eran muy grandes en aquellos
tiempos. ¿Cuál es su religión? Será mejor que no sea judío o católico o
cuáquero o moravo o de cualquier otra minoría. ¿Cuáles son sus ideas políticas?
Si usted es un reaccionario hoy, sus mismas opiniones le harían un peligroso
radical hace cien años. No creo que usted fuera feliz. —Pero estaría seguro.
—No, a menos que fuera usted rico, y nosotros no podemos
enviar dinero al pasado. Sólo la carne. No, Addyer, en aquellos tiempos los
pobres se morían a los cuarenta años como edad promedio... hartos de trabajar,
agotados. Sólo los privilegiados sobrevivían, y usted no sería un privilegiado.
—¿Ni siquiera con mis conocimientos superiores? Jelling negó
con la cabeza con gesto de cansancio. —Sabía que me haría esa pregunta más
pronto o más tarde. ¿Qué conocimientos superiores? ¿Sus borrosos recuerdos de
ciencia e inventos? No sea tonto, Addyer. Usted disfruta de la tecnología sin
tener la menor idea de cómo funciona.
—No tendrían que ser borrosos recuerdos. Yo me prepararía.
—¿Para qué, por ejemplo?
—¡Oh...! Digamos, la radio. Podría ganar una fortuna
inventando la radio. Jelling sonrió.
—Usted no podría inventar la radio hasta que inventara
primero los cien descubrimientos técnicos previos que llevaron a ella. Tendría que
crear todo un nuevo mundo industrial. Tendría qué inventar el rectificador al
vacío y crear una industria para manufacturarlo; el circuito autoheterodino, el
receptor de neutrodinos no irradiantes. Tendría que... Pero, ¿por qué
ridiculizar lo evidente? ¿Podría usted inventar la combustión interna antes del
desarrollo del fuelóil?
—¡Dios mío! —gimió Addyer.
—Y otra cosa —prosiguió Jelling con gesto sombrío—. He
estado hablando de herramientas técnicas; pero el lenguaje es una herramienta
técnica también, la herramienta de la comunicación. ¿Se da usted cuenta de que
todos los estudios que usted pudiera hacer nunca le podrían enseñar cómo era
un idioma realmente hace siglos? ¿Sabe usted cómo pronunciaban los romanos el
latín? ¿Conoce usted los dialectos griegos? ¿Podría usted aprender a hablar y
a pensar en gaélico, el flamenco del siglo diecisiete, y el antiguo bajo
alemán? Nunca. Usted sería sordomudo.
—Nunca pensé en ello de ese modo —contestó Addyer
lentamente.
—Los escapistas nunca lo hacen. Todo lo que buscan es una
vaga excusa para evadirse.
—¿Y qué me dice de los libros? Podría memorizar un buen
libro y...
—¿Y qué? ¿Retroceder lo suficiente en el pasado para
anticiparse al autor real? Tendría que anticipar al público también. Un libro
no se hace importante hasta que el
público está listo para comprenderlo. No es provechoso hasta que el público
está listo para comprarlo.
—¿Y qué me dice de ir hacia el futuro? —preguntó Addyer.
—Ya se lo he dicho. Es el mismo problema sólo que al revés.
¿Podría sobrevivir un hombre medieval en el siglo veinte? ¿Podría seguir vivo
entre el tráfico callejero? ¿Conducir coches? ¿Hablar el lenguaje? ¿Pensar en
el lenguaje? ¿Adaptarse al ritmo, ideas y coordinaciones que uno toma por
supuestos? Jamás. ¿Podrá alguien del siglo veinticinco adaptarse al siglo
treinta? Nunca.
—Bueno, entonces —dijo Addyer irritado—, si el pasado y el
futuro son tan incómodos, ¿por qué viaja esa gente?
—No viajan —repuso Jelling—. Huyen.
—¿De qué?
—De su propio tiempo.
—¿Por qué?
—No les gusta.
—¿Por qué no?
—¿Le gusta a usted el suyo? ¿Le gusta a algún neurótico?
—¿Y a dónde van?
—A cualquier sitio que no sea al que pertenecen. ¡Están
buscando la Edad de Oro! ¡Vagabundos! ¡Hartos de su época! Nunca satisfechos.
Siempre buscando, cambiando, holgazaneando a través de los siglos. ¡Uf! La
mitad de los pordioseros que usted encuentre son probablemente holgazanes que
se han quedado fijos en el siglo equivocado.
—Y esa gente que viene aquí... ¿Creen que esto es la Edad de
Oro?
—Pues sí.
—¡Deben de estar locos! —protestó Addyer—. ¿No han visto las
ruinas? ¿La radiación? ¿La guerra? ¿La ansiedad? ¿La histeria?
—¡Claro! Eso es lo que les atrae. No me pregunte por qué.
Creo que ese es el modo como a usted le gusta el período colonial americano,
¿no es cierto?
—Entre otros.
—Bueno, si usted dijera al señor George Washington las
razones por las cuales amaba aquella época, probablemente estaría citando todo
lo que é1 odiaba.
—Pero esa no es una comparación justa. Esta es la peor edad
de toda la historia.
Jelling hizo un gesto con la mano.
—Así es como le parece a usted. Todo el mundo dice eso en
cada generación; pero le doy mi palabra de que no importa cuándo viva usted y
cómo viva usted, siempre hay alguien más en otra parte que cree que usted está
viviendo en la Edad de Oro.
—¡Maldita sea! —exclamó Addyer.
Jelling se le quedó mirando fijamente por un momento:
—Maldito será —le dijo con tono lúgubre—. Tengo malas
noticias para usted, Addyer. No podemos permitirle que se quede. Hablaría y
armaría jaleo y nuestro secreto debe mantenerse. Tenemos que enviarle fuera en
alguna dirección.
—Puedo hablar dondequiera que vaya.
—Pero nadie le prestará atención fuera de nuestra propia
época. Lo que usted diga no tendrá sentido. Será un excéntrico... un
lunático... un extranjero... seguro.
—¿Y si vuelvo?
—No podrá volver sin un visado y yo no voy a tatuarle a
usted ningún visado. Por si le sirve de consuelo le diré que usted no será el
primero al que hemos trasladado. Recuerdo que hubo un japonés...
—Entonces, ¿va a enviarme a alguna parte en el tiempo? ¿De
modo permanente?
—Exacto. De veras que lo siento mucho.
—¿Al futuro o al pasado?
—Puede elegir. Piénseselo mientras lo desvisten.
—No tiene por qué ponerse tan lúgubre. Esto es una gran
aventura. Una extraordinaria aventura. Algo con lo que siempre soñé.
—Cierto. Va a ser maravilloso.
—Podría negarme —dijo Addyer nervioso.
Jelling negó con la cabeza.
—Nos limitaremos a drogarle y a enviarle. Podría ser también
a su elección.
—Es una elección que haré encantado.
—Claro. Ese es el espíritu, Addyer.
—Todo el mundo dice que yo nací cien años antes de lo que
debía.
—Todo el mundo suele decir eso... a menos que digan que
usted nació cien años demasiado tarde.
—Algunas personas dicen eso también.
—Bueno, pues píenselo. Es un movimiento permanente. ¿Qué
preferiría usted... el futuro fonético o el pasado poético?
Muy lentamente Addyer empezó a desvestirse tal como se
desvestía cada noche cuando empezaba el preludio de su acostumbrada fantasía.
Pero ahora sus sueños se enfrentaban con el cumplimiento y el momento de la
decisión le aterrorizaba. La cara se le había puesto azulada y sentía sus
piernas inseguras cuando dando un paso entró en el disco de cobre que había en
el centro de la habitación. En respuesta a la pregunta de Jelling murmuró su
elección. Entonces se volvió argénteo en la aureola de un resplandor
incandescente y desapareció de su época para siempre.
¿Dónde fue? Usted lo sabe. Yo lo sé. Addyer lo sabe. Addyer
viajo a la tierra de nuestra fantasía favorita. Escapó hacia el refugio que es
nuestro refugio, hacia el tiempo de nuestros sueños; y prácticamente en nada
de tiempo se dio cuenta de que en verdad se había marchado del único tiempo
para él mismo.
A través de la perspectiva de los años todas las épocas excepto,
la nuestra parecen encantadoras y doradas. Añoramos los ayeres y los mañanas,
no dándonos nunca cuenta de que nos enfrentamos con la elección de Hobson...
que el hoy, dulce o amargo, ansioso o tranquilo, es el único hoy para nosotros.
El sueño del tiempo es el traidor, y todos somos cómplices de la traición de
nosotros mismos.
¿Podría usted pasarse sin el precio de una taza de café,
honorable señor? No, señor, no soy un organismo mendicante. Soy un transeúnte
japonés desamparado y hambriento en este año miserable. ¡Honorable señor! Se lo
ruego con lágrimas por la santa caridad. ¿Querrá dar a esta persona un billete
para la ciudad de Lyonese? Quiero suplicar de rodillas un visado. Quiero volver
de nuevo al año 1945. Quiero estar de nuevo en Hiroshima. Quiero irme a casa.
FIN
Edición digital: Carlos Palazón
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