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Alfred Bester - Hasta el último aliento


—Antiguamente —dijo el Viejo—, existían los Estados Unidos y Rusia e Inglaterra y Rusia y España e Inglaterra y los Estados Unidos. Países. Estados soberanos: Pueblos del mundo.
—Aún hoy hay pueblos del mundo, Viejo.
—¿Quién eres tú? —preguntó el Viejo repentinamente.
—Soy Tom.
—¿Tom?
—No, Viejo. Tom.
—Dije Tom.
—No lo pronunciaste correctamente, Viejo. Pronunciaste el nombre de otro Tom.
—Todos ustedes son Tom —dijo el Viejo de mal humor—. Todo el mundo es Tom, Dick o Harry.
Se sentó, tembloroso a la luz del sol, y odiando al simpático joven que estaba junto a él. Estaban en la amplia galería exterior de la habitación del hospital. La calle frente a ellos estaba abarrotada de atractivos hombres y mujeres, todos ellos esperando, expectantes. En algún lugar de la blanca ciudad había un regocijo opresivo, un escalofriante tumulto que se iba acercando lentamente.
—Míralos. —El viejo sacudió su bastón en dirección a la calle—. Todos Tom, y Dick y Harry. Todas Daisy, y Anne y Mary.
—No, Viejo —sonrió Tom—. Solemos usar también otros nombres.
—He tenido a un centenar de Toms sentados donde tú estás ahora —gruñó el Viejo.
—A menudo usamos el mismo nombre. Viejo, pero lo pronunciamos diferente. Yo no soy Tom o Tom o Tom. Yo soy Tom. ¿Puedes notar la diferencia?
—¿Qué es ese ruido? —preguntó el Viejo.
—Es el Emisario Galáctico —explicó Tom de nuevo—. El Emisario de Rigel, la estrella de Orión. Está recorriendo la ciudad. Es la primera vez que un ser de otro mundo visita la Tierra. Hay una gran excitación.
—Antiguamente —dijo el Viejo—, teníamos verdaderos embajadores. Hombres de París y Roma y Berlín y Londres y París y... Llegaban con pompa y circunstancia. Hacían la guerra. Hacían la paz. Uniformes y fusiles y ceremonias. ¡Eran tiempos de coraje! ¡Tiempos de agitación!
—También nosotros estamos viviendo tiempos de coraje y agitación. Viejo.
—Para nada —gruñó el Viejo. Golpeó el bastón débilmente—. No hay pasión, ni amor, ni temor, ni muerte. Tampoco hay sangre caliente circulando por las venas. Ustedes son absolutamente lógicos, absolutamente calmos, absolutamente Tom, Dick y Harry.
—No, Viejo. Amamos. Tenemos pasiones. Tememos muchas cosas. Lo que extrañas es el demonio que hemos destruido en nosotros mismos.
—¡Ustedes han destruido todo! ¡Han destruido al Hombre! —gritó el Viejo. Señaló a Tom con el dedo tembloroso—. ¡Tú! ¿Cuánta sangre tienes en las venas?
—Ninguna en absoluto. Viejo. Tengo Solución Tamar en mis venas. La sangre no soporta la radiación y yo hago mis investigaciones en las Pilas de Fisión.
—Sin sangre —cloqueó el Viejo—. Y tampoco huesos.
—No todos han sido reemplazados. Viejo.
—Y tampoco tejido nervioso, ¿eh?
—No todo ha sido reemplazado. Viejo.
—Sin sangre, sin huesos, sin tripas, sin corazón. Y sin partes íntimas. ¿Qué hacen con una mujer? ¿Cuánto de ti es mecánico?
—No más del sesenta por ciento. Viejo —rió Tom—. Tengo hijos.
—¿Y los otros Toms y Dicks y Harrys?
—En todos los casos entre el treinta y el setenta por ciento. También tienen hijos. Lo que los hombres de tu tiempo hicieron con los dientes, nosotros lo hacemos con todo el cuerpo. No hay daño posible.
—¡Ustedes no son hombres! ¡Ustedes son máquinas! —gritó el Viejo— ¡Robots! ¡Monstruos! ¡Ustedes han destruido al Hombre!
Tom sonrió.
—En verdad. Viejo, suele haber una gran mezcla de hombre y máquina y de máquina y hombre. La distinción es ardua y muy difícil de realizar. Nosotros hemos dejado de hacerla. Nos contentamos con vivir felices y trabajar felices. Nos hemos adaptado.
—Antiguamente —dijo el Viejo—, todos nosotros teníamos cuerpos auténticos. Sangre y huesos y nervios y tripas. Como yo. Trabajábamos y transpirábamos y amábamos y peleábamos y matábamos y vivíamos. Ustedes no viven... son superhombres adaptados... hombres-máquina... bastardos criados a partir de ácido y esperma. No he visto por ninguna parte un buen intercambio de golpes, un beso robado, el fragor de un conflicto, vida. Cómo anhelo volver a ver la vida real... no vuestra mecánica imitación.
—Son las dolencias de la vejez. Viejo —dijo Tom seriamente—. ¿Por qué no nos permites que te reconstruyamos y te ayudemos a recuperar la salud? Si nos dejaras que reemplacemos tus glándulas endocrinas, que reacondicionemos tus reflejos, y...
—¡No! ¡No! ¡No! —gritó el Viejo con apasionamiento—. No me convertiré en otro Tom. —Se incorporó de la silla con un movimiento brusco y golpeó al simpático joven con el bastón. El golpe lastimó la piel de la cara del joven y fue hasta tal punto inesperado que éste lanzó un grito de asombro. Otro joven simpático se lanzó hacia la galería, contuvo al Viejo y lo volvió a sentar en la silla. Entonces giró hacia Tom que se estaba frotando el líquido frío que manaba por la cortadura que el tremendo golpe había producido en la cara.
—¿Todo bien, Tom?
—No me hizo mucho daño. —Tom miró al Viejo con temor reverente—. Sabes, creo que aún desea lastimarme.
—Por supuesto que lo desea. Esta es la primera vez que estás con él, ¿no es cierto? Tendrías que haberlo visto maldiciendo e insultando. Es un viejo no-reconstituido muy rebelde. Estamos bastante orgullosos del viejo. Es único. Un museo de patologías. —El segundo joven se sentó al lado del Viejo—. Me ocuparé del él por un rato. Ve a ver al Emisario.
El Viejo estaba tembloroso y sollozante.
—Antiguamente —se lamentaba—, había coraje y valentía y espíritu y fortaleza y sangre roja y coraje y valentía y...
—De acuerdo, de acuerdo. Viejo —lo interrumpió su nuevo compañero enérgicamente—, también nosotros tenemos todo eso. Cuando reconstruimos a un hombre no descartamos nada de él, excepto todo lo corrupto que hay en su mente y en su cuerpo.
—¿Quién eres tú? —preguntó el Viejo.
—Soy Tom.
—¿Tom?
—No. Tom. No Tom. Tom.
—Has cambiado.
—No soy el mismo Tom que estaba aquí antes.
—Ustedes son todos Toms —gimió el Viejo acongojado—. Todos ustedes son el mismo Tom que Dios desamparó.
—No, Viejo. Todos nosotros somos diferentes. Lo que pasa es que tú no puedes verlo.
El tumulto y la alegría se acercaban. Afuera, en la calle frente al hospital, la multitud comenzó a gritar con excitada anticipación. La vereda se despejó. Calle abajo había un resplandor de bronce y las primeras vibraciones de la música que se aproximaba. Tom aferró al Viejo por la axila y lo levantó de la silla.
—Acércate a la verja. Viejo —dijo agitadamente—. Ven a ver al Emisario. Este es un gran día para la Madre Tierra. Por fin hemos hecho contacto con las estrellas. Es el comienzo de una nueva era.
—Demasiado tarde —rezongó el Viejo—. Demasiado tarde.
—¿Qué quieres decir, Viejo?
—Debimos haberlos encontrado nosotros a ellos, no ellos a nosotros. Debimos haber sido los primeros. Antiguamente habríamos sido los primeros. Antiguamente había coraje y arrojo. Peleábamos y resistíamos...
—Ahí está —gritó Tom señalando calle abajo—. Se ha detenido frente al Instituto... Ahora está saliendo... Se aproxima... No. ¡Espera! Se ha detenido otra vez... En el Centro. Qué gesto magnífico. No se limita a un recorrido superficial. Está inspeccionando todo.
—Antiguamente —murmuró el Viejo— hubiéramos llegado con fuego y tormenta. Hubiéramos avanzado por las extrañas calles de ese otro mundo con las armas en la cadera y una expresión de desprecio en nuestros ojos. O si ellos hubieran llegado primero habríamos ido a su encuentro con fuerza y desprecio. Pero ustedes no... máquinas semiengendradas... superhombres de laboratorio... adaptados... reconstruidos... despreciables...
—Está saliendo del Centro —exclamó Tom—. Se está acercando. Mira bien. Viejo. Nunca olvides este momento. El... —Tom se detuvo y respiró temblorosamente—. Viejo —dijo—: ¡Se va detener en el hospital!
El auto resplandeciente se detuvo delante del hospital. La banda marcaba el compás, aún tocando gozosa, festivamente. La multitud rugía. En el auto los oficiales estaban sonriendo, señalando, explicando. El Emisario Galáctico se incorporó poniendo de manifiesto su tremenda, fantástica estatura. Descendió del auto y con grandes zancadas se dirigió a los escalones que conducían a la galería. Sus escoltas lo siguieron.
—¡Aquí viene! —chilló Tom, y comenzó a gritar con un rugido que se confundía con el de la multitud.
Repentinamente el Viejo se apartó de la verja. Empujó para pasar junto a Tom y a todos los otros Toms y Dicks y Harrys y Daisys, Annes y Marys que se amontonaban en la galería. Se abrió paso entre ellos a pesar de su debilidad usando su despiadado bastón como arma. Se enfrentó cara a cara con el Emisario Galáctico al pie de la escalinata. Miró a la criatura semejante a una mantis con insolencia y también, por un instante, con horror y repulsión. Entonces gritó:
—Te doy la bienvenida. Soy el único que puede hacerlo.
Levantó el bastón y lo descargó sobre la cara del Emisario con todas sus fuerzas.
—Soy el último hombre sobre la Tierra —bramó.


FIN


Título original: The die-hard ©1980 Pan Books Ltd.
Traducción: Graciela Parini.
Aparecido en: Revista Parsec nº 2. Ediciones Filofalsía, Buenos Aires, Junio de 1984.

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