Spalding
recordaba la felicidad, así se lo pareció entonces, que experimentó al acabar
sus estudios en la politécnica, cuando guardó en un cajón el diploma de
licenciatura.
Era
ingeniero mecánico, y ante él se abría el mundo entero. Para él brillaba el
sol, para él sonreían las chicas, para él las tiendas ostentaban suntuosas
vitrinas, para él sonaba una música alegre en los salones elegantes, para él
rodaban sobre el asfalto los brillantes automóviles.
Todo
aquello no se hallaba aún a su alcance. Pero tal vez el día de mañana tomaría
del brazo a una muchachita de ojos cerúleos y boca de púrpura, la haría sentar
junto a él en un lujoso automóvil y la llevaría al mejor restaurante de la
ciudad. Ese mañana, por supuesto, no debía ser interpretado al pie de la letra.
Antes tenía que encontrar un empleo, trabajar como ingeniero para algún
industrial, ahorrar dinero y luego montar un negocio propio. Entonces todo iría
sobre ruedas.
Encontrar
un empleo... No, no era cosa fácil. Spalding lo sabía muy bien. Pero crisis y
desempleo no eran palabras que le diesen miedo. ¿Acaso la politécnica se había
honrado con otros estudiantes de estatura alta como la de Spalding, de
musculatura comparable a la suya? ¿Acaso no era él quien vencía en cada
competición deportiva? ¡Y qué cerebro! Había terminado los estudios entre los
primeros, incluso hubiera sido el primero absoluto, de no tener tanta afición a
los deportes.
Y lo que
era más importante, nadie tenía una voluntad tan férrea, una mayor codicia y un
mayor deseo de dominar, una sed tan ávida de riquezas, un más homérico apetito
de todos los placeres de la vida y una tenacidad tan fanática para perseguir
sus propios fines.
Spalding se
había lanzado de cabeza a la refriega, como un joven lobo famélico, poniendo en
actividad la voluntad, la sed, los dientes y las uñas. Pero muy pronto comprobó
que todo eso no bastaba. Las uñas únicamente le sirvieron un día para arrancar,
en un acceso de ira, el aviso colgado en la puerta de una fábrica: «No se
acepta mano de obra». Con los dientes mordisqueaba, rabioso, una caña de bambú,
mientras escuchaba la enésima negativa. En la mayoría de los casos no conseguía
hacerse recibir por el secretario, aun menos por el director. Sólo le quedaba
el recurso de telefonear desde la antesala. Una vez había intentado arrancar
violentamente el cordón del teléfono, pero había sido ignominiosamente
expulsado de la oficina del secretario particular de un magnate dé la industria
mecánica.
Vivía de
expedientes, con frecuencia no comía lo necesario y se irritaba cada vez más.
Pensaba con maligna alegría que no tendría piedad de los desgraciados, cuando,
a pesar de los obstáculos, hubiese alcanzado la cima del bienestar. Y se decía
a sí mismo que, dado que las vías normales eran tan difíciles, era necesario
encontrar otras nuevas, inusitadas, más rápidas.
¡Vías
nuevas! Pero, ¿dónde encontrarlas? Spalding era todo oídos cuando escuchaba la
descripción de algún sistema rápido y desconocido para acumular riquezas. Una
vez, en un vagón del metro, oyó hablar del éxito de un escritor humorístico,
que había conseguido un patrimonio colosal con un solo libro; también Spalding
lo había leído y se rió con toda su alma. Pero no poseía dotes de escritor.
Algunos días más tarde, leyendo, supo de uno que había ganado millones con una
patente de crecepelo; el método secreto incrementaba realmente —increíble pero
verdad— el crecimiento del cabello. Pero un invento de esa clase no era un
negocio rápido, mucho menos fácil. Otro periódico hablaba de las ganancias
fabulosas del famoso actor cómico Presto. Desgraciadamente, Spalding no tenía
ningún talento artístico.
Cansado,
irritado, con su pesada mochila de aburrimientos y humillaciones acumulados a
lo largo de la jornada, Spalding había regresado tarde a casa. Medía con sus
pasos la estrecha habitación, que daba al patio, y escuchaba, al otro lado de
la pared, cómo alguien tocaba tristes melodías con un extraño instrumento. Los
sonidos recordaban unas veces la flauta, otras el violín, otras una voz de
contralto y le enervaban. No conseguía reconocer el timbre, fijar la melodía
siempre cambiante, a veces dulce y fascinante, a veces áspera y absurda. No
sabía habituarse —tampoco lo había logrado la tarde anterior— a los pasajes
repentinos con sonidos musicales parecidos a ráfagas de ametralladora que, por
otra parte, cesaron muy pronto. Además no podía imaginar quién sería el
interprete: un principiante no habría sabido tocar de una forma tan notable
piezas de una técnica tan compleja, ni un artista maduro habría podido
abandonarse a aquellas fantasías musicales, de forma y contenido tan extraños.
Desde
algunos días antes aquella música intrigaba y preocupaba a Spalding. Pensó en
hablar con la patrona de la casa, que ocupaba la habitación contigua a la suya.
Aquella tarde inmediatamente después del melódico canto de un violín, se
escuchó al otro lado de la pared una infernal estridencia metálica, silbidos,
chirridos, Spalding golpeó la pared con furia. El ruido cesó.
Alguien
llamó a la puerta.
—¡Adelante!
En el
umbral de la puerta semiabierta apareció la dueña de la pensión, alta,
rubicunda, cuarentona. Sin entrar, dijo:
—Perdone, mister Spalding. ¿Le molesta su vecina con esa música
horrible? Le diré que no toque después de las ocho de la noche.
—Muchas
gracias, mistress Adams —contestó él—. Esa música, en efecto, me estorba
bastante, pero no quisiera perjudicar a mi vecina en el caso de que esos
sonidos fuesen para ella una fuente de ingresos y no un pasatiempo. Puedo
volver a casa más tarde...
—¡Oh, no!
Hablaré en seguida con miss Bulwear. Es imperdonablemente joven..., quiero
decir, que es una excéntrica imperdonable, pues es tan joven... ¡Una inventora!
—continuó mistress Adams, no sin cierto aire de desprecio.
Spalding se
sintió repentinamente interesado.
—¿Una
excéntrica? ¿Una inventora? ¿Y qué inventa? Pero, entre usted, mistress
Adams...
Pero la
educación de mistress Adams le prohibía entrar en la habitación de un soltero solitario
y permaneció en el umbral.
—Gracias,
pero tengo prisa —contestó—. No quiero decir nada malo de miss Bulwear, pero
todos los inventores están un poco sonados... —y la Adams hizo girar el dedo
regordete y anillado, apuntándolo sobre la frente—. Dice que está inventando
una melodía que hará llorar al mundo entero: al niño de pecho, al viejo
centenario, a la esposa feliz, al joven despreocupado, y hasta a los perros y
los gatos. Dice que entonces será «la reina de las lágrimas»... son palabras
suyas, yo no añado nada...
Alguien
llamó a mistress Adams. Tras excusarse y obsequiar con una sonrisa de adiós a
Spalding, se marchó.
En el
segundo piso había una ancha galería de cristales, que daba sobre un jardincito
de árboles tristes y dos senderos. Hacía las veces de club para los
pensionistas de mistress Adams. Había algunas mesitas, muebles de mimbre,
palmeras artificiales en los rincones, jarros con flores en el alféizar y una
jaula con un loro verde, adorado por la patrona de la casa. Por la noche allí
se jugaba al ajedrez o al dominó, se bailaba al son del gramófono, se leían los
periódicos y a veces se tomaba el té o se hacía algo de calcete.
Hasta
entonces, Spalding nunca había frecuentado aquel club, donde sólo habría
encontrado empleadillos, artesanos, comerciantes al por menor, viajantes
ocasionales, agentes de ventas de medicamentos patentados, escritores noveles,
estudiantes; la casa era grande y los huéspedes variaban a menudo. Pero
Spalding empezó a frecuentarlo y allí conoció a miss Bulwear. Antes de
acercarse a ella, la estudió durante algunos días. Le pareció que la
descripción hecha por mistress Adams no se ajustaba a la realidad: la muchacha
no parecía una excéntrica, ni siquiera una inventora chiflada. Era sencilla,
serena. Los rasgos de su cara eran regulares y agradables.
—¿Se ha
proclamado ya reina de las lágrimas? —le preguntó una noche Spalding.
La muchacha
sonrió.
—Desearía
serlo. Y no sólo reina de las lágrimas, sino reina de la alegría, reina del
estado de ánimo, si usted quiere.
—Inducir a
la gente a llorar o a reír... ¿Es posible?
—¿Acaso no
es lo que sucede normalmente? —le contestó con una pregunta a su pregunta—.
¿Nunca ha encontrado personas sencillas y sensibles que apenas consiguen
contener una lágrima al escuchar una marcha fúnebre ejecutada por una orquesta?
¿Y las piernas de ciertas personas acaso no se ponen automáticamente en
movimiento con el sonido de un bailable? Cuando hayamos descubierto el secreto
de la alegría y de la tristeza, haremos reír y llorar y no sólo a las personas
mas sensibles e impresionables. Obligaremos al dolor mismo a bailar con
nosotros, y a la alegría a verter ríos de lágrimas...
Spalding
sonrió.
—Sí, sería
un espectáculo digno de los dioses —admitió—. ¿Y cree que con eso se podría
ganar dinero?
—Mi jefe,
mister Gould, cree que sí. De otro modo no subvencionaría mis experimentos, ni
siquiera en la modesta medida en que lo hace.
—¿Mister
Gould? ¿En qué se ocupa?
—De la
producción mecánica de tristeza y de alegría: discos fonográficos.
Lucía
Bulwear había terminado el Conservatorio, especializándose en composición. En
los últimos cursos empezó a dedicarse a la teoría, y se sentía fascinada por
ella. Quería captar el misterio de la belleza de la música, descubrir las
causas de que una cierta secuencia de sonidos nos deje indiferente, otra nos
encante y otra nos irrite. Pero ni la teoría de la armonía, o del contrapunto,
ni los tratados de estética o de sicología la habían iluminado sobre este tema.
Entonces la muchacha se consagró a los estudios teóricos de acústica y de
fisiología.
—¿Y qué
finalidad práctica persigue? —preguntó Spalding.
—Cuando
inicié las investigaciones no pensaba todavía en una finalidad práctica.
Atendía descubrir el misterio de la belleza. Estudiando ejemplos de anotaciones
musicales y acústicas, intenté obtener sus leyes. Luego me dediqué yo misma a
componer fórmulas y a traducirlas en sonidos. Figúrese, empecé a obtener
melodías muy originales y bastante inesperadas. Una vez le llevé a mister Gould
una canción compuesta por mí con este método. Por casualidad se cayeron al
suelo, junto con las partituras, algunas de las fórmulas. Mister Gould se
interesó por ellas, y me preguntó qué clase de signos cabalísticos eran. Cuando
se lo expliqué, me dijo:
—¡Qué
interesante! Tal vez le proporcione algún provecho. Ya sabe que compro a los
compositores canciones nuevas con derechos en exclusiva... Es importante estar
en buenas relaciones con los compositores. En cuanto alguno de estos músicos
consigue hacer un par de cancioncillas que tengan éxito, empieza a presumir y
pretende compensaciones absurdas. Así se arruina uno en seguida... Si usted
consiguiera inventar un aparato que fabricara mecánicamente las melodías, al
igual que se obtiene una suma en una máquina calculadora, sería algo magnífico.
Ya no necesitaría a los compositores, me liberaría de sus caprichos y de sus
exageradas pretensiones. ¡Qué maravilla! Pondría un operario en el aparato o
una mecanógrafo y a fabricar una canción tras otra. Inundaría el mercado...
¿Podría hacerlo, señorita?
»Le
contesté que no había pensado en sustituir la creación artística por una
máquina, y que no me parecía posible.
»—Ciertos
cálculos matemáticos no son más simples que sus composiciones y, sin embargo,
las calculadoras mecánicas suplen estupendamente el trabajo del cerebro —me
dijo—. Inténtelo. Yo podría financiar sus experimentos. En caso de éxito, su
futuro está asegurado.
»Acepté la
proposición.
—¿Y qué
resultados ha obtenido? —preguntó Spalding.
—Ya he
resuelto algunas fórmulas estéticas para la construcción mecánica de las
melodías. Si el trabajo prosigue tan favorablemente...
La señora
Adams pasó por delante de ellos. Era tarde, en la galería no había quedado casi
nadie. La muchacha le deseó unas buenas noches y se marchó.
En cuanto
Spalding hubo conocido la ocupación de la señorita Bulwear, perdió todo interés
por ella, era como por una esfinge sin secreto.
Un mes
después de aquella conversación, al volver a casa en el ferrocarril
subterráneo, leyó en el periódico:
«La empresa
Bekford amenazada de bancarrota». Spalding se interesaba vivamente por todo lo
que se refería a la ascensión o a la caída de los hombres desde la suerte de
Napoleón hasta la historia de los millones de Rotschild o de Rockefeller. Así
que leyó el artículo con atención. Bekford era un gagman, un bufón
profesional, algo semejante a los chansoniers franceses. Esto era ya
conocido de Spalding. Pero lo que seguía fue una novedad para él. Se enteró de
que el «mercado de la risa» estaba en América organizado en amplia escala.
Inventar agudezas era un negocio comparable a la fabricación de sombreros o a
la de gemelos de camisa. La empresa más importante en aquel campo era la del
señor Bekford, «el primer gagman de América», que inventaba y vendía
chistes, componía escenas, números humorísticos para comedias musicales, para
actores cómicos, para payasos de circo. Tras haberse forjado así un pequeño
patrimonio, empezó a comprar y a vender ocurrencias de otros, a recoger y a
reordenar sistemáticamente un corpus mundial de la comicidad: libros
humorísticos, anécdotas históricas, discos fonográficos con historias
divertidas. Su catálogo contenía más de cuarenta mil ocurrencias, bromas y
chistes. El material estaba dividido en temas, numerado y catalogado. Cualquier
chiste podía ser localizado en el plazo de veinte segundos. Cada año el
catálogo se enriquecía con unos tres mil números. Para recoger los primeros
cuarenta mil, Bekford tuvo que examinar más de tres millones de historias
humorísticas.
Les
empresarios exigían que durante los programas organizados por Bekford el
espectador se riese no menos de ochenta veces por hora. Bekford había superado
aquella cifra: los espectadores reían de noventa a cien veces, y en los mejores
programas había alcanzado el récord de ciento veinte carcajadas cada media
hora. Según la teoría de Bekford, los espectadores no piden novedades, por otra
parte difíciles de encontrar. El cómico profesional no debía hacer más que
presentar con habilidad viejos chistes. La teoría parecía justificada por la
práctica, y efectivamente los asuntos de la empresa prosperaban. Bekford abrió
sucursales, compró cinematógrafos, music-halls y hasta un Banco. Pero de
improviso todo aquel edificio de apariencia tan sólida había empezado a mostrar
grietas, una tras otra. Por alguna razón incomprensible, los espectadores reían
cada ves menos: setenta, sesenta, cuarenta veces por hora, en lugar de las
ochenta, noventa o cien convenidas. Los ingresos disminuían.
¿Por qué?
Spalding quedó sumido en sus meditaciones. Tal vez Bekford no hubiera tenido en
cuenta que cambiaban las circunstancias. La crisis. Una inquietud general en el
país y en todo el viejo mundo. Una sensación de inseguridad, de
provisionalidad. Bekford no era más que un grosero practicón, no había
intentado enfocar el problema desde el aspecto teórico, investigar, desvelar la
naturaleza de la comicidad, indagar la sicología del espectador, del oyente,
del lector moderno. El concepto de lo cómico es móvil y variado. A pesar de
todo, deben existir algunos principios generales de la risa: quizá se podrían
reducir a cinco o seis fórmulas fundamentales... Si se pudiesen encontrar y se
aplicaban hábilmente, teniendo en cuenta un determinado público y las
circunstancias, la gente empezaría a reír sin interrupción. ¿Y por qué no? La
Bulwear intentaba encontrar los principios de la belleza... ¡Si lo lograba,
sería una mina de oro! Bekford se había quedado en la simple artesanía. No
había comprendido que la risa puede representar no ya una fuente de ingresos,
sino también una fuente de poder. ¡Qué perspectiva tan alentadora la posesión
del secreto de la risa, de desternillarse a la gente aun contra su voluntad!
Spalding
sintió frío en las manos. ¿Que debía hacer? Descubrir a cualquier precio el
secreto de la comicidad. Estudiar el problema en sus aspectos teórico y
práctico. Finalmente, actuar. Pero le faltaba un capital inicial. Para empezar,
ofrecería sus servicios a aquel gagman banquero, Bekford, y luego...
Spalding
cerró encantado el periódico y gritó:
—¡Eureka!
Su vecina
se separó de él asustada, cuando, tras haber lanzado una ojeada por la
ventanilla, lanzó otra exclamación, esta vez de rabia. Absorto en sus
reflexiones, se había pasado cinco estaciones de su parada. Acompañado por las
carcajadas de los pasajeros, se precipitó hacia la salida.
Aquel mismo
día se puso a trabajar.
Spalding
hizo unas anotaciones al margen de un gran cuaderno y paseó por la habitación.
Tras tomar de una estantería un tomo de Mark Twain, lo abrió por la página
indicada y leyó las líneas subrayadas con lápiz:
«—¿Tiene usted
un hermano?
—Sí, se llamaba
Bill. ¡Pobre Bill!
—Pero, ¿ha
muerto?
—¡Quién
sabe! Nunca hemos logrado saberlo con exactitud. Un espeso misterio envuelve el
asunto. Éramos gemelos, él y yo. Cuando teníamos dos semanas, nos lavaron en la
misma bañera. Uno se ahogó, pero nunca fue posible averiguar cuál de los dos
había sido. Unos creen que fue Bill, otros que el ahogado fui yo...»
Spalding se
rió, pero en seguida frunció las cejas y reflexionó. Había dejado el librito de
Mark Twain sobre la mesa y medía la habitación con sus pasos.
¿En qué
consistía la comicidad en aquel caso?
Abrió el
libro de Enri Bergson, Le rise.
«Resulta
cómica la obtusidad de la máquina en contraste con la movilidad, la atención,
la ductilidad del hombre. El hombre que actúa como un autómata inanimado,
constituye uno de los secretos de lo cómico. Un hombre corre por la calle,
tropieza, se cae; los peatones se ríen. Otro se ocupa de sus quehaceres
cotidianos con una regularidad mecánica, cuando, de pronto, un bromista le
revuelve todos los objetos que le rodean; el hombre moja la pluma en el tintero
y no saca más que porquería, cree que va a sentarse en una silla resistente y,
sin embargo, se cae al suelo...»
—¡Exacto! —se
maravilló Spalding—. ¡Es la misma técnica que emplean todas las películas
americanas! Tendré que comprobar su eficacia con individuos aislados. A
propósito, aquí hay una silla con una pata rota...
La señora
Adams se había acercado a la puerta y observaba con curiosidad a Spalding a
través del ojo de la cerradura, mientras éste hacía horribles muecas frente al
espejo. Dejó de atender al espejo cuando oyó llamar a la puerta. ¿Quién podría
ser? Naturalmente, la señora Adams que vendría a preguntarle si necesitaba
alguna cosa. Haría un experimento con ella...
—¡Adelante!
La señora
Adams abrió la puerta. Spalding dio unos pasos hacia ella, pero a mitad de
camino sus piernas se cruzaron y cayó al suelo cuán largo era. Pero la señora
Adams no se rió. Lanzando un grito histérico, se precipitó hacía el caído.
—¿Se ha
hecho daño? ¿Qué tiene? ¡Dios mío, qué susto me he llevado!
—Nada,
nada, una caída tonta. Siéntese en la butaca, se lo ruego. Yo también me
sentaré... La cabeza aún me da vueltas.
Spalding se
sentó sobre la silla rata y, bizcando los ojos como un loco, cayó otra vez con
gran estrépito. La señora Adams, ahora muy asustada, se agitó:
—¡Está
enfermo, mister Spalding! Es evidente. Hasta su cara ha cambiado, está
terriblemente descompuesto, inmóvil; ¡Sólo las personas muy enfermas tienen un
aspecto semejante!
Ay, la
mueca que había creído cómica, provocaba el miedo, no las risas. Al marcharse
la dueña de la casa, Spalding se volcó sobre los libros. ¿Cuál era la causa del
fracaso? Creyó comprender la razón: para poder reír, es necesario permanecer
insensibles hacía el objeto del ridículo. Pero la señora Adams no era
insensible hacia Spalding... ¿Es posible hacer reír a una mujer enamorada de
uno? Sí, debería serlo, pero habría que encontrar el secreto...
Paso a
paso, Spalding resolvía el misterio. Muy pronto se convirtió en el centro de
todas las reuniones en la galería, donde había vuelto a dejarse ver. Las
carcajadas no faltaban nunca a su alrededor.
—No
sabíamos que fuese tan alegre —decían los pensionistas.
La gente
alegre es apreciada, y Spalding sentía aumentar las simpatías a su alrededor.
Poco a poco se planteó problemas más difíciles: hacer reír a personas
melancólicas, enfermas, descompuestas y afligidas. Sufría algún fracaso, pero
lograba corregirse con creciente habilidad e incluso tuvo algún éxito decisivo.
En la pensión Adams había aparecido un nuevo cliente, el oficial retirado
Ballantyne, hombre de carácter muy cerrado y de vida particular desafortunada.
Se decía que aquel ultimo año había perdido la mitad de sus haberes y la pierna
izquierda; la mujer, no soportando más su sempiterno mal genio, decidió
abandonarle. Además sufría del hígado y se caracterizaba por una irritabilidad
fuera de lo común. Nadie le había visto sonreír jamás. Spalding se impuso la
obligación de reír a aquel hombre. Todos estaban al corriente de su propósito,
excepto el propio Ballantyne. Se apostaban incluso fuertes sumas. Ahora,
Spalding estaba a punto ya de darse a conocer como bufón profesional.
Fingiendo
que no advertía la presencia del viejo gruñón, empezó a exhibir su mejor
repertorio. Ballantyne se sentaba en un sofá, teniendo abrazada la rodilla de
su única pierna, y miraba a Spalding con sus ojos negros y furibundos. A su
alrededor todos se desternillaban, pero ni siquiera un músculo se movía en el
rostro del militar. Los que habían apostado por Spalding empezaban a murmurar
entre sí; tal vez Ballantyne fuera sordo, como el tío que no se reía nunca en
el cuento de Mark Twain...
Pero, de
improviso, Ballantyne estalló. La explosión de su carcajada fue como la salva
de un cañón; a causa del retroceso experimentado por todo su cuerpo, fue a dar
con la nuca contra la pared con tanta violencia que perdió el conocimiento
durante algunos instantes. Le aplicaron trocitos de hielo y le dieron a oler
sales.
El triunfo
de Spalding era completo.
La galería
de la pensión Adams se había quedado ahora demasiado pequeña para sus
experimentos. Decidió exhibirse como gagman en un music-hall. Tenía
ya una sólida preparación teórica, como pocos artistas podían presumir,
habiendo recogido una abundante documentación de chistes y de anécdotas de
todos los tiempos y de todos los países. No es de extrañar que obtuviera de
inmediato un éxito fulminante, ni que al éxito siguieran los beneficios.
Spalding pudo saldar generosamente su cuenta con la señora Adams y, con gran
pesar por parte de ella, se trasladó a un nuevo apartamento en el centro de la
ciudad.
Seguro en
sus nociones teóricas y prácticas, decidió ofrecerse a Bekford. Gozaba de una cierta
notoriedad y le fue fácil hacerse recibir, hablar con él y ser contratado en
calidad de «asesor científico».
Se puso a
trabajar intensamente. Tomó contacto con el catálogo de los chistes del mundo,
de los discos, de la cinemateca. La empresa de Bekford presuponía una venta en
masa, por lo que Spalding empezó a estudiar al americano medio, sus gustos, su
idiosincrasia. Había que averiguar por qué los programas de Bekford, que antes
batían todos los récords, no provocaban ya las mismas carcajadas, así como la
manera de mejorarlos. Del estudio de la masa de los «americanos medios»,
Spalding pasó al de los individuos aislados, de los representantes típicos de
las distintas clases, de los varios grupos de la población. Hacer reír al
parado, al operario, al funcionario, sobre el que pesaba el terror hacia el
desempleo, al propietario de viviendas huérfanas de inquilinos, al tendero sin
clientes, al empresario de un teatro vacío... Hacer reír al lisiado hambriento,
al recluso, al hipocondríaco... Hacer reír al hombre oprimido por las
preocupaciones, presa de la inquietud y de la angustia. Hacerles alegres
significaba hacer reír al americano medio, sano por naturaleza, propenso al
optimismo y al humour.
Con un
obstinado trabajo, Spalding logró resolver el problema.
Era el
momento de ampliar el campo del negocio. También en esta faceta Spalding
demostró una rara habilidad. Aumentó el número de los clientes, renovó el
surtido de la mercancía, inventó estilos nuevos y nuevas líneas de producción.
Folletos de propaganda con «muestras» incluidas se distribuyeron entre actores
cinematográficos y teatrales, dramaturgos, escritores, periodistas, abogados,
conferenciantes, payasos de circos ecuestres, médicos, alguaciles, pedagogos,
profesores, peluqueros, incluso párrocos de iglesias de distintas confesiones.
«La risa,
como método de curación», y se aducían ejemplos y autorizadas opiniones de
especialistas. «El peluquero alegre atrae la clientela», y se contaba la
historia del señor Hopkins, barbero enriquecido por haber utilizado los
servicios de la empresa Bekford. «Un cliente del señor Bekford, el señor G.,
fascina con sus bromas alegres a la señorita H., rica y espléndida muchacha, y
se casa con ella.» «El teatro donde resuenan incesantes las carcajadas, nunca
tiene butacas vacías. Ejemplos persuasivos.»
La
propaganda era eficaz, la demanda aumentaba. Ante la sorpresa del propio
Spalding, reclutó como clientes a predicadores religiosos, que conseguían
—quién sabe cómo— combinar la pecaminosa risa terrenal con la prosopopeya
celestial.
Se
vendieron nuevos discos de la sociedad Bekford donde se registraban las
irresistibles exhibiciones de Spalding, discoscartas con anécdotas y canciones
cómicas, cajas, cigarros, cigarrillos, caramelos, gafas estereoscópicas,
juguetes, espejos con sorpresas, enanos y animales que realizaban inesperados y
bufos gestos o emitían sonidos ridículos. En las hábiles manos de Spalding, la
comicidad, como el mítico Proteo, asumía variados aspectos: de palabra, de
color, de forma, de todo ello a la vez. Tuvo un éxito inesperado —y por lo
tanto, grandes beneficios—. La última invención de Spalding, «quioscos de la
carcajada» en las calles, donde los peatones, con una modesta suma, podían reír
hasta hartarse durante cinco minutos. Salían de ellos con los ojos llenos de
lágrimas y con exclamaciones alegres. Era la propaganda más eficaz y la gente
se apretaba siempre en torno a aquellas instalaciones.
La
situación de la firma mejoró y sus beneficios aumentaron vertiginosamente.
Bekford estaba contentísimo con Spalding, pero éste no se sentía satisfecho de
su superior. En su tiempo habían firmado el siguiente acuerdo: Bekford debería
entregar a Spalding una cantidad mensual fija; en cuanto los beneficios de
Bekford hubiesen empezado a aumentar, Spalding percibiría además el dos por
ciento —¡sólo el dos por ciento!— de las nuevas rentas suplementarias. Pero
cuanto más aumentaban éstas, menos dispuesto se mostraba Bekford a respetar
aquel convenio. Se negaba a pagar el dos por ciento.
Entre ambos
habían surgido las primeras disputas. Es más, había sido el propio Bekford
quien las había provocado, con el objeto de liberarse de Spalding, que, en su
opinión, ahora no le era ya necesario.
—¡No me
eche la culpa a mí, señor Bekford! —exclamó una vez Spalding, durante la
enésima discusión—. Le he salvado de la ruina. Ha acumulado usted un capital
con mis carcajadas y ahora, a pesar de sus promesas, se niega a darme la parte
que me corresponde. Muy bien, sepa que conseguiré, siempre a base de
carcajadas, obligarle a que me entregue mi dinero...
—Me parece
la broma menos lograda de todo mi catálogo... —contestó Bekford, con una
sonrisa despreciativa.
—¡Ya
veremos si es o no lograda! —replicó Spalding, amenazador.
Spalding se
retiró durante una temporada, muy ocupado en nuevos experimentos...
El cuerpo
obeso de Bekford, sacudido por el hipo, estaba recostado sobre el brazo de la
butaca. El rostro aparecía contraído por una hilaridad histérica. El cuello
estaba empapado de gruesas gotas de sudor. La gruesa mano, con una maciza joya
en el anular, pendía abandonada y rozaba la alfombra persa. Bekford intentaba
enderezarse, pero los accesos de risa tormentosa le hacían caer otra vez a un
lado.
Con un
esfuerzo supremo de voluntad, mister Bekford consiguió por fin apoyarse en el respaldo.
Las explosiones de risa se iban atenuando, como un temporal que se aleja.
Empezaba a reponerse, pero aún no conseguía comprender claramente lo sucedido.
¡Parecía
una alucinación!
Bekford
echó una ojeada instintiva al escritorio cubierto por un grueso cristal. Sobre
él había un grueso talonario de cheques. Bekford escribió diez millones de
dólares sobre un talón, lo firmó, arrancó la hojita de la matriz y se la tendió
a Spalding. Su cara, de una palidez azulada, se puso lívida, mientras las mejillas
adquirían un tono violáceo. Un nuevo estallido de ladridos se transformó en el
rebuzno de un asno encolerizado. De la habitación vecina, como un eco, se oyó
sollozar, gemir, bufar, toser, chillar, gritar y desvariar a varias voces, pero
nadie venía en ayuda del director; tal vez los demás precisaban también de
socorro... Este fue el pensamiento que hizo volver en sí a Bekford. Después de
todo, era el poderoso jefe de una empresa, el propietario de un rascacielos, el
señor absoluto de toda aquella gente subordinada y desheredada.
Bekford
intentó reconstruir mentalmente todo cuanto había sucedido aquella mañana. No
era fácil hacerlo cuando un tifón de locura tenía el centésimo primer piso de
su building.
Era la bien
conocida «hora muerta» —de ocho a nueve de la mañana— en que Bekford, en
completa soledad, solía preparar el plan de la cotidiana campaña: a quién echar
a pique, con quién concluir una alianza temporal, a quién asestar el golpe
decisivo. Aunque se hundieran a la vez las Bolsas de Nueva York, de París y de
Londres, junto con todos los Bancos del Estado, aunque la Luna se hubiese caído
por el suelo, nadie en absoluto podía, ni osaba, irrumpir en su despacho ni
turbar la hora sacrosanta.
Sin
embargo, hoy..., Bekford estaba orientándose sobre la dislocación de las
fuerzas financieras internacionales, y había empezado a esbozar concisas y
claras órdenes a sus directores consejeros, agentes de bolsa, a varios
empleados subordinados del Ministerio de Finanzas, a redactores de periódicos,
cuando de pronto..., ¡no podía creer a sus propios oídos!... desde el despacho
del secretario particular llegó un ruido indecente, que hubiese podido turbar
el curso armonioso de las reflexiones del magnate y, por lo mismo, causarle
pérdidas ingentes. Al rumor siguió un carcajeo, esta vez francamente obsceno.
Equivalía a un motín, una rebelión abierta.
El hombre
de empresa tendía la mano hacia el timbre de alarma, cuando se abrió la puerta
de golpe y oleadas de frenética hilaridad invadieron el inmenso despacho. En la
puerta estaba aquel sin vergüenza de Spalding, con un traje gris claro y un
sombrero de paja sobre la cabeza. Bekford levantó su redonda cabeza y miró al
intruso con aquella mirada gélida y penetrante que dejaba atónitos y
balbuceantes a los mas experimentados diplomáticos.
Pero
Spalding sostuvo aquella mirada. De improviso, hizo una ligera mueca
increíblemente bufa, un gesto apenas insinuado que comunicó una irresistible
comicidad a toda su cara, y pronunció una sola frase. Bekford no conseguía
ahora ni recordarla, era algo completamente inesperado, absolutamente
incongruente con el lugar y el momento, pero, quizá precisamente por ello,
divertida hasta tal punto que Bekford había estallado en una carcajada franca y
contagiosa, como no había hecho desde su lejana juventud. Spalding, sin
quitarse el sombrero, atravesó rápidamente la parte de alfombra que separaba la
puerta del escritorio, apoyó la mano sobre la superficie del cristal y,
aprovechando una pausa en la hilaridad de Bekford, preguntó:
—¿Qué le
parece, jefe, si saldásemos cuentas? Tenga la bondad de firmar un cheque de
diez mil dólares y entréguemelo.
Bekford
cesó de reír por un instante y miró a Spalding con miedo. ¿Se habría vuelto
loco? Intentar hacer reír al «primer gagman de América» era tan insensato
como ofrecer un caramelo a un fabricante de golosinas. Spalding sonrió:
—Espero que
será lo bastante razonable para hacerlo, ¿no?
Siguió con
un nuevo juego mímico y una nueva frase, que obligaron a Bekford a
desternillarse otra vez.
—El cheque
al portador —indicó.
Bekford se
reía, debatiéndose en convulsiones, como un pájaro preso en una red. Extendió
la mano hacia el timbre, pero un acceso de risa espasmódica paralizaba cada
movimiento suyo. Todos sus músculos estaban relajados, el cuerpo entero parecía
aplastado. Echó una ojeada angustiosa en dirección de la puerta, pero era
inútil esperar socorro por aquel lado: mecanógrafas y secretarios se retorcían
en paroxismos de hilaridad, semejantes a los espasmos preagónicos de alguna
terrible enfermedad epidémica... Mientras Spalding, aquel maldito genio de la
carcajada, seguía torturando el cuerpo y los nervios de su víctima, que siendo
de índole asmática, había empezado a sofocarse y suspiraba:
—¡Un
millón!
—¡Diez y
uno! —contestó Spaldíng.
—¡Dos!
—¡Diez y
dos! —insistió el otro.
Bekford se
estaba transformando en un trozo de gelatina. Se descomponía tanto que mostraba
los ojos revueltos, los labios azulados, sentía calambres en las costillas y se
le cortaba la respiración.
La
obstinación podía costarle la vida. Entonces pidió gracia. Estaba dispuesto a
firmar un talón de diez millones, pero no podía, sus manos temblaban. Cuando
Spalding dejó de hacerle reír, recobró la respiración y firmó el cheque. A fin
de cuentas, pensó, no era tan terrible: tendría tiempo de avisar al Banco de
que no pagasen aquel talón. Spalding, con gesto despreocupado, se lo metió en
el bolsillo y saludó con el sombrero. A modo de adiós, lanzó una ocurrencia que
puso a Bekford fuera de combate durante todo el tiempo que necesitaba Spalding
para irse tranquilamente.
...Con un
suspiro profundo, como quien se despierta tras un sueño lleno de pesadillas,
Bekford miró las agujas del gran reloj que había en un ángulo de la habitación.
Vio con asombro que la visita de Spalding había durado exactamente ocho
minutos, y que éste había salido apenas un minuto antes. Por lo tanto, debería
encontrarse aun en el ascensor. Bekford aferró el receptor telefónico y llamó
al Banco, situado a una veintena de pisos mas abajo, ordenando que se arrestase
inmediatamente al portador del talón de diez millones de dólares.
—¡No
entreguen el dinero! ¡El talón es falso! ¡Ja, ja, já! Caramba, no haga caso si
me río. Son los nervios... ¡Ja, ja!
Luego, ante
la eventualidad de que Spalding no acudiera personalmente a retirar el dinero,
Besford telefoneó al jefe del servicio de seguridad en la planta baja.
—¡Disponga
una guardia armada en todas las salidas! ¡Ja, ja! ¡Ja, ja! —estalló en risas de
nuevo, al pensar otra vez en Spalding—. ¡Ja, ja, ja!... ¡Mil diablos! Así
tendrá tiempo de escapar!
Por fin
consiguió dar una nueva orden:
—¡Arresten
al joven vestido de gris con un sombrero de paja! ¡Spalding! ¿Le conocen? ¡Ah,
ahora me puedo reír! ¡Jo, jo, jo, jo! Bueno
basta ya. ¡Jo, jo, jo, jo!...
Bekford
telefoneó a su secretario particular. Entró en la habitación un hombre delgado
y alto, doblado en dos como un compás medio abierto. Su risa era semireprimida
e irrefrenable, y todo su cuerpo se sacudía como si una mano robusta lo menease
como una marioneta. A mitad de camino el secretario palideció y se sentó,
deshecho, sobre la alfombra. Bekford lo miraba, cada vez más ceñudo, hasta que
de golpe se desternilló de nuevo.
El
secretario se levantó. Vacilando como un borracho, se acercó a la mesita donde
había una botella de agua. Intentó servirse un vaso, pero las manos le
temblaban.
Sonó el
teléfono. La primera cosa que oyó Bekford al levantar el receptor fueron
sacudidas de risas frenéticas, incontrolables, estridentes. Palideció. Por lo
visto, aquel diablo de Spalding había tenido tiempo de propagar la epidemia en
la planta baja.
La
carcajada en voz de bajo fue sustituida por otra de tenor, con un sonido como
de mujer o de niño. Estaba claro que diversas personas intentaban hablar, pero
no lo conseguían. Bekford, con una vulgar blasfemia, tiró lejos el receptor.
Sólo
algunas horas más tarde consiguió saber los detalles de lo sucedido, detalles
que ya había intuido. Tanto en el Banco como en el vestíbulo se había intentado
detener a Spalding, pero en vano. En el Banco se le habían acercado tres
policías, pero un instante después, como alcanzados por una bala, se retorcían
por el suelo, sujetándose la tripa por las carcajadas. Spalding había obligado
al cajero, muerto de risa, a entregarle el dinero. Siempre entre carcajadas, se
había abierto paso entre numerosos guardias del servicio interior de seguridad
hasta el vestíbulo, y había salido tranquilamente del building,
llevándose en los bolsillos del abrigo gris diez millones de dólares.
—No, no es
un hombre, ¡es Satanás! —gemía Bekford. El titular de la sociedad estaba
afligido por la pérdida de aquella fuerte suma de dinero, humillado por el
papel ridículo que se vio obligado a representar. Sin embargo, no dejaba de
sentir una especie de respeto hacia Spalding, por el simple hecho de que
hubiese pedido no mil dólares, no un millón, sino diez, lo elevaba por encima
de la masa de los vulgares embaucadores.
Pero no
podía dejar que las cosas quedaran así. Regalar diez millones de esa manera;
no, mister Bekford no era un hombre de ese género.
Empezó por
llamar a la policía, a su abogado, a sus agentes.
Al cabo de
pocas horas, Spalding —mister Risus, como desde entonces le llamaban los
periodistas— se había convertido en una celebridad mundial. Mejor dicho, el
extraordinario acontecimiento en el rascacielos de Bekford había tenido una
resonancia mundial. Pero muy poco se sabía del propio mister Risus, de su
pasado, de su vida particular. Los corresponsales recordaban que con aquel
nombre se había exhibido en los escenarios de los music-hall más en boga
cierto cómico que había hecho una rapidísima carrera. Al aparecer él, toda la
platea estallaba en una carcajada estruendosa, y a mister Risas se le conocía
ya cómo el rey de la risa. Pero pasó como un deslumbrante meteoro y desapareció
de los escenarios con la misma rapidez con que había aparecido. Fue olvidado y
ya nadie se interesaba por su suerte.
Sobre las
huellas de Spalding fue lanzado un ejército de ágiles periodistas y de
esbirros. Ante el asombro de los propios seguidores, fue facilísimo
encontrarlo: se supo que había tomado en alquiler un bellísimo palacete en
pleno centro de la ciudad. La casa estaba en un jardín delimitado por una
magnífica verja de hierro. Al otro lado se podían admirar la casa y los
senderos de un jardín a la inglesa. Hacia allí corrieron las cuadrillas de
periodistas, de fotógrafos y de operadores cinematográficos.
Pero
encontraron la cancela de hierro y la puertecita lateral cerradas con llave.
Nadie contestó a los campanillazos.
Aún no
habían pasado cinco minutos cuando hombres decididos a todo, ágiles como monos,
habían saltado la verja y corrían hacia la casa. Pero entonces sucedió algo
extraordinario. Las paredes del edificio se transformaron en pleno día en una
vasta pantalla cinematográfica, y en ella apareció el rey de la risa. Al mismo
tiempo se oyeron los altavoces. Los «asaltantes», dejando caer plumas,
cuadernos y aparatos fotográficos, se revolcaron por el suelo, presos de risas
convulsas. Algunos, tapándose los oídos y los ojos, consiguieron llegar basta
las puertas de la casa, pero las encontraron atrancadas. Por otra parte, era
imposible entrevistar a nadie con los ojos y los oídos cerrados...
El ataque
había sido rechazado. El ejército de los periodistas se retiró con deshonor.
De forma
igualmente lamentable fracasó el asalto de la policía. Todos los agentes se
caían por el suelo, sacudidos de convulsiones de alegría. Un viejo miembro de
la policía que capitaneaba una sección enarboló un pañuelo a guisa de bandera
blanca. Con gran sorpresa por su parte, vio apagarse la pantalla mientras los
altavoces callaban de improviso. Se anunciaba una especie de tregua de armas.
El jefe de la sección se dirigió hacia la casa y las puertas se abrieron ante
él.
Salió de
allí, unos diez minutos después, desconcertado, meditabundo, con una sonrisa
enigmática en los labios. El bolsillo de la guerrera de su uniforme aparecía
muy lleno. Dio al ejército derrotado la orden de retirada. Aquel mismo día hizo
un informe a sus superiores, indicando a los periodistas que mister Risus era
invencible. El único instrumento bélico eficaz habría sido la aviación, pero
realmente no era posible dejar caer bombas de cien kilos en plena ciudad.
Toda la
población estaba sobresaltada. Sin embargo, el culpable, impertérrito, seguía
sentado en una butaca de cuero comodísima, fumándose un puro, mientras
recordaba el camino recorrido y establecía el balance.
Por fin era
rico. ¿Qué le faltaba? Tenía una casa estupenda, una villa en la montaña, un
balandro, un avión, varios automóviles... ¿Qué le faltaba? ¡Una mujer!
Necesitaba una esposa brillante. ¡Si pudiera conseguir a mistress Fight! Una
belleza de veinticuatro años, viuda, propietaria de fábricas, de
establecimientos, de millones de dólares. El mejor partido del mundo. Por lo
menos, eso decían los periódicos. ¿Por qué no conquistar, con su risa, su
corazón y su capital? Por supuesto, se podía considerar como un abuso, incluso
una violencia, un rapto, un chantaje... Pero, ¿qué importaba?
Spalding empezó a elaborar un nuevo
plan. Había sido muy fácil vencer a Bekford, al que conocía perfectamente. Sin
embargo, lo poco que sabía de mistress Fight lo sacaba de los periódicos. Era
necesario acumular datos suplementarios a través de investigadores privados.
Mistress Fight era una apuesta importante, era necesario hacerlo todo para no
perderla.
Algunos
días después, todo estaba preparado. Spalding había conseguido introducirse en
el ambiente de la joven señora, desarmar y vencer a su cuerpo de guardia, a
camareros y camareras. Entre un millar de habitaciones, había conseguido
averiguar dónde se hallaba mistress Fight. Al entrar el joven, ella estaba
fumando un cigarrillo egipcio en una boquilla de oro adornada con un zafiro.
Llevaba un vestido de tul de cristal y unas zapatillas de piel de mono con tiras
de brillantes.
—¿Quiere
casarse conmigo, mistress Fight? —preguntó Spalding a quemarropa, acompañando
esta proposición con un golpe de ingenio. La joven señora rió, satisfecha, y se
rehizo en seguida.
—¡Deje ya
de hacerme reír, Spalding! ¿Quiere que nos casemos? ¿Y por qué no? ¿Qué mujer
renunciaría a convertirse en la esposa del rey de la risa? Acepto. Y no
acostumbro a volverme atrás en mis decisiones.
Spalding se
quedó tan asombrado ante aquella imprevista, inmediata aceptación, que olvidó
continuar su ataque. Se quedó inmóvil, con la boca abierta. Tal vez era la
primera vez que parecía cómico sin quererlo.
La enérgica
mujer, sin pérdida de tiempo, asumió la iniciativa. Hizo una llamada. Entró una
viejecita de cabellos grises con una compostura de dama de corte. Mistress
Fight le dijo en francés:
—Le ruego
que llame inmediatamente al pastor Hobbs, madame Angela. Dé las órdenes para
que se prepare un automóvil. Telefonee a Jones. Dentro de una hora volamos a
San Francisco. Tres pasajeros. El peso..., ¿su peso?
—Ochenta y
cinco —contestó Spalding, como un autómata.
—Yo,
setenta; el pastor, cien. Total, doscientos cuarenta y cinco. Haga llegar esta
cifra a Jones. Dígale que el aceite y la gasolina deben bastar para todo el
trayecto, sin escalas.
Después de
haber despedido a madame Angela, y volviéndose hacia Spalding, mistress Fight
añadió:
—El pastor
Hobbs nos casará en vuelo. Será muy original, ¿no es verdad? Toda América
hablará de ello. En San Francisco nos trasladaremos a nuestro yate y...
Apretó otro
timbre. Entró una camarera.
—Madeleine,
rápido, un sombrero y un abrigo. Para el coche.
Cuando
Spalding se recuperó un poco de su asombro, su mente trabajó febrilmente. ¿Por
qué la mujer había aceptado con tanta facilidad? ¿Sería un ardid? Pero, después
de todo, ¿por qué no podía ser sincera?... ¿Acaso no era el héroe del día? Como
bien sabía Spalding, ella era vanidosísima, su alegría más grande consistía en
verse en los periódicos. América entera tenía que saber como le sentaba su
nuevo vestido, qué le habían servido para comer, qué perfume había pedido a
París y qué encajes a Bruselas, cuánto le había costado el baño de mármol rosa.
La proposición de Spalding podía muy bien encajar en sus planes ambiciosos.
Después de haberla aceptado, le podría abandonar y contárselo todo luego a los
periodistas. ¡Toda América se reiría de él, el rey de la risa! ¡Con cuánta
habilidad le había engañado mistress Fight! También podía haber urdido otra
cosa: casarse con él y luego proclamarse víctima de un chantaje. ¡Otra noticia
sensacional! Y también en este caso Spalding se hallaría en una situación
ridícula... Mistress Fight deseaba casarse con el rey de la risa en el cielo.
Durante una semana, durante un mes, los periódicos devorarían esta noticia.
Luego, ella le abandonaría para solicitar el divorcio, con el pretexto, por
ejemplo, de que no quería vivir en un eterno peligro de morirse de risa...
Los
pensamientos de Spalding se confundieron. Estaba preparado para una lucha
feroz, había acumulado toda su capacidad para hacer reír, tenía a punto todas
las fibras de su ser. Se hallaba en pleno estado de guerra. Y de pronto, de
improviso, se encontró como desarbolado. Aquella capitulación tan repentina del
enemigo transformaba la victoria en derrota. ¡Qué afrenta! ¿Qué hacer, qué
hacer? No, al diablo, no quería saber nada más de todo aquello. ¡Tenía que
huir!
Intentó dar
un paso hacia la puerta, pero mistress Fight le estaba observando.
—¿A dónde
va?
Le sujetó
ágilmente por la manga y le atrajo a su lado sobre la butaca. Spalding quedó
sin protestar en aquella humillante posición. Decididamente, algo extraño le
sucedía. En todo aquello había algo... cómico, si, terriblemente cómico...
—Ja, ja,
ja, ja, ja! —estalló, de golpe, en una estruendosa carcajada como raramente
habían lanzado sus victimas.
—¿Qué le
sucede? —preguntó, perpleja, la mujer.
—¿Cómo
dice? —exclamó Spalding, interrumpiéndose constantemente por la risa—. ¿Cómo
decía el viejo Bergson? El chiste consiste en desarrollar el pensamiento del
interlocutor hasta que se convierte en el contrarío, y el interlocutor cae, por
así decirlo, en la trampa que se le ha tendido con sus propias palabras. Con
nosotros ha pasado esto, ¿verdad?
—No
entiendo absolutamente nada —confesó mistress Fight.
Spalding
soltó una carcajada aún más sonora que la anterior. Luego dejó de reír
repentinamente, como si algo se hubiese roto en su interior. Calló y se quedó
serio, casi tétrico.
—Ay de mí,
he comprendido demasiadas cosas de una sola vez, y he caído en la trampa que yo
mismo había tendido. He descubierto completamente el secreto de la comicidad y
ésta ha dejado de existir para mí. Para mí ya no existen los retruécanos, ni
las bromas, ni los chistes; sólo hay categorías, grupos, fórmulas de lo cómico.
He analizado, mecanizado la risa viva, y entonces la he matado. Porque ahora
río, pero he conseguido analizar esa risa, disecarla, anularla. Yo, que
fabricaba carcajadas, ya no podré reír nunca más lo que me queda de vida. ¿Y
qué es una vida sin bromas, sin risas? Sin ellas, ¿de qué me sirven las
riquezas, el poder, una familia? Me he robado a mi mismo...
—¿Qué anda
diciendo, Spalding? ¡Basta, vuelva en sí! ¿Acaso está borracho? —exclamó,
irritada, mistress Fight.
Pero
Spalding seguía inmóvil, con la cabeza gacha, como una estatua en profunda meditación.
Ya no contestó a las preguntas, no percibió a las personas que se acumulaban a
su alrededor.
Fue llevado
a una clínica. Los médicos certificaron un desequilibrio mental debido a un
extremo agotamiento del sistema nervioso.
—Los mas
grandes cómicos frecuentemente terminan por caer presa de la hipocondría mas
aguda —resumía el informe médico.
Pero un
joven doctor, un tipo original que amaba las paradojas, sostenía que Spalding
fue asesinado por la manía americana de la mecanización.
FIN
Publicado
en: Lo mejor de la ciencia ficción Rusa. Editor: Jacques Bergier.
Editorial
Bruguera. Diciembre de 1968.
Traducción
de la antología: Carlos Robles.
Edición
digital: Tecum.
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