I - Una
misteriosa quinta de verano
Durante mis
paseos por las afueras de Simeiz, en Crimea, la solitaria quinta de verano que
se erguía en la falda de una montaña llamó mi atención. Ningún camino conducía
hasta ella y estaba muy bien vallada por todos los lados, con su única verja
siempre cerrada. Por encima de la valla no asomaba ningún arbusto ni la copa de
un solo árbol, y en torno a ella todo eran rocas amarillentas, con algún
ocasional enebro de aspecto enfermizo o un retorcido pino aquí y allá.
¿A quién podía
habérsele ocurrido vivir en aquel desierto? Suponiendo que viviera alguien
allí... Solía preguntármelo mientras merodeaba alrededor de la misteriosa
quinta de verano.
Nunca vi salir
a nadie del lugar. Mi curiosidad fue en aumento, y debo confesar que traté de
echar una mirada al interior de la valla trepando a las rocas más altas del
contorno. Pero la quinta estaba situada de modo que, cualquiera que fuese mi
observatorio, sólo podía divisar un rincón del patio.
Sin embargo,
al cabo de unos cuantos días de observación, conseguí ver a una anciana vestida
de negro que cruzaba el patio.
Aquello fue un
nuevo estímulo para mi curiosidad.
Las personas
que vivían allí debían tener alguna conexión con el mundo exterior. ¿Dónde
efectuaban sus compras?
Realicé
indagaciones entre la gente que conocía, y finalmente capté el rumor de que la
quinta estaba habitada por el profesor Wagner.
¡El profesor
Wagner!
Aquel nombre
acrecentó todavía más la atención que dedicaba a la quinta de verano. Hubiese
dado cualquier cosa por conocer al hombre cuyos inventos habían causado tanta
sensación. A partir de entonces asedié el lugar. En mi fuero íntimo sabía que
estaba haciendo algo que no debía, pero continué espiando el lugar durante
horas enteras, de día y de noche, desde mi puesto de observación detrás de unas
matas de enebros.
Dicen que
quien la sigue la consigue.
Bien, una
mañana, poco después del amanecer, oí chirriar la verja. Todo mi cuerpo se puso
en tensión y, con el corazón palpitante, aguardé el desarrollo de los
acontecimientos.
La verja se
abrió. Un hombre alto, de mejillas sonrosadas, con una barba rubia y un bigote
caído, cruzó la verja y dirigió una cautelosa mirada a su alrededor. ¡No cabía
duda: era el profesor Wagner!
Tras
asegurarse de que no había nadie a la vista, el profesor trepó lentamente por
la colina hasta un espacio llano donde empezó a realizar lo que me pareció un
ejercicio muy raro. En el suelo había varios pedruscos de diversos tamaños.
Wagner trató de levantarlos uno por uno, pero eran tan grandes y pesados que ni
siquiera un campeón de levantamiento de pesos hubiera podido moverlos.
«¡Qué extraño
pasatiempo!», pensé. Pero inmediatamente quedé tan asombrado que no pude
contener una exclamación de sorpresa. Era algo completamente irreal: el
profesor Wagner se acercó a una enorme roca, más alta que un hombre, la agarró
por un borde saliente y la levantó con el mismo esfuerzo aparente que habría
empleado si la roca hubiese sido de cartón. Luego, extendiendo el brazo, empezó
a balancear la roca de un lado a otro.
Yo estaba
desconcertado, sin saber qué pensar. Una de dos, o el profesor Wagner poseía
una fuerza sobrehumana —en cuyo caso, ¿por qué no había podido levantar otras
rocas de menor tamaño?—, o...
No había
completado mi pensamiento cuando un nuevo truco del profesor me privó incluso
de la facultad de pensar: hasta tal punto me impresionó.
Wagner lanzó
la roca hacia arriba como si fuera un guijarro, proyectándola a una altura de
casi veinte metros. Muy nervioso, cerré los ojos esperando oír el estrépito que
habría de producirse cuando la roca se estrellara contra el suelo. Pero,
transcurridos unos segundos sin oír nada, volví a abrir los ojos. La roca
descendía lentamente. Y, antes de que llegara al suelo, Wagner extendió su mano
y la recogió, sin que su brazo acusara en lo más mínimo los efectos del
impacto.
—¡Ja, ja! —rió
Wagner con una voz profunda, al tiempo que volvía a lanzar la roca, esta vez
paralelamente al suelo.
La roca
recorrió medio centenar de metros y de pronto pareció perder impulso y cayó,
haciéndose añicos.
—¡Ja, ja! —rió
de nuevo, y dio un salto extraordinario.
Habiendo
alcanzado una altura de unos cuatro metros, empezó a volar paralelamente al
suelo en dirección a donde yo estaba; luego, posiblemente debido a un error de
cálculo, inició una rápida caída. Se estrelló contra el suelo cerca de mí, al
otro lado del enebro, gruñó, profirió una maldición y se frotó la rodilla.
Luego trató de levantarse y volvió a gruñir.
Tras alguna
vacilación decidí revelar mi presencia y prestar los primeros auxilios al
profesor.
—¿Está usted
herido? ¿Puedo ayudarle? —inquirí, saliendo de detrás del arbusto.
Mi aparición
no pareció sorprender lo más mínimo al profesor. En cualquier caso, si le
sorprendió no lo dio a entender.
—No, gracias
—dijo con voz tranquila—. Puedo valerme por mí mismo.
Efectuó otra
tentativa para levantarse, pero tuvo que renunciar, con el rostro contraído por
el dolor. Su rodilla se estaba hinchando a ojos vista. Era evidente que no
podría arreglárselas sin ayuda.
La situación
requería una acción inmediata.
—Permítame que
le ayude a salir de aquí antes de que el dolor le deje sin fuerzas —dije, y le
ayudé a levantarse.
No formuló
ninguna objeción, a pesar de que cada movimiento tenía que representar una
tortura para él. Echamos a andar lentamente hacia la casa. Yo cargaba casi con
todo su peso, y al final el que se estaba quedando sin fuerzas era yo. Pero me
sentía feliz, ya que no sólo había visto al profesor Wagner, sino que incluso
había trabado conocimiento con él. ¿Me permitiría entrar en su casa? ¿O me
despediría al llegar a la verja, después de darme las gracias? Esto era lo que
me preocupaba mientras nos acercábamos a la quinta. Sin embargo, el profesor no
dijo nada y cruzamos la línea mágica. De hecho, no creo que el profesor pudiera
decir nada. Sus sufrimientos parecían ser muy intensos. Yo también estaba
mortalmente cansado, pero antes de entrar en la quinta conseguí echar una
inquisitiva mirada en torno al patio.
Era muy
espacioso, y en el centro había una especie de máquina parecida a un aparato de
Maurain. En uno de los rincones había un agujero circular en el suelo, cubierto
con un grueso cristal. Alrededor del agujero, unos arcos metálicos se extendían
a intervalos hacia la casa y en otras varias direcciones.
No tuve tiempo
de ver nada más, ya que la mujer vestida de negro —el ama de llaves del
profesor, según supe más tarde—, salió alarmada de la casa y corrió a nuestro
encuentro.
II - El
círculo mágico
Wagner se
encontraba en muy mal estado. Su respiración era dificultosa y deliraba.
Deseé con
todas mis fuerzas que el cerebro del profesor Wagner, aquel maravilloso
mecanismo, no resultara lastimado a consecuencia del golpe.
En su delirio,
recitaba fórmulas matemáticas y gemía de cuando en cuando. El ama de llaves
estaba completamente aturdida y no sabía qué hacer. Repetía sin cesar:
—¿Qué va a
pasar? ¡Dios mío! ¿Qué va a pasar?
Tuve que
prestarle al profesor los primeros auxilios y me quedé a cuidarle.
A la mañana
siguiente Wagner recobró el conocimiento. Abrió los ojos y me miró.
—Gracias
—murmuró débilmente.
Le di unos
sorbos de agua y él hizo un gesto de reconocimiento y me pidió que le dejara
solo. Fatigado por la ansiedad del día anterior y por una noche de insomnio,
decidí dejar solo al paciente unos instantes y salir a tomar un poco el aire.
El aparato instalado en el centro del patio volvió a atraer mi atención. Me
acerqué a él y alargué la mano.
—¡No se
acerque más! ¡Cuidado! —gritó la voz asustada del ama de llaves detrás de mí.
Y mientras oía
aquella voz, noté que mi mano se hacía de pronto extraordinariamente pesada,
como si soportara una enorme carga, hasta el punto de que tiró de mí hacia
abajo con tal violencia que caí al suelo. Mi mano quedó pegada al suelo por
aquel invisible peso. Con un supremo esfuerzo conseguí liberarla. Estaba amoratada
y me dolía mucho.
El ama de
llaves permanecía a mi lado, sacudiendo la cabeza con desaliento.
—¡Oh, querido,
querido! Ha sido una torpeza por su parte. Será mejor que se mantenga alejado
del patio, si no quiere que le suceda una desgracia, Dios me perdone.
Sin comprender
nada, entré en la casa y me apliqué una compresa de agua fría a la mano.
Al despertar
por segunda vez, el profesor parecía estar completamente despejado. Por lo
visto, su organismo era excepcionalmente vigoroso.
—¿Qué es eso?
—inquirió, señalando mi mano.
Se lo
expliqué.
—Se ha librado
usted por muy poco —dijo.
Ardía en
deseos de obtener una explicación de Wagner, pero me abstuve de formularle
preguntas para no fatigarle.
Aquella noche,
después de que su lecho fue adosado a la ventana, de acuerdo con sus
instrucciones, el propio Wagner sacó a relucir el tema que tanto me interesaba.
—La ciencia
estudia las fuerzas elementales —empezó— y establece toda clase de leyes, pero
en realidad sabe muy poco acerca de la naturaleza de esas fuerzas. Tomemos la
electricidad o la gravedad. Estudiamos sus propiedades y las utilizamos. Pero
no nos revelan el íntimo misterio de su naturaleza. Por lo tanto, no podemos
utilizarlas plenamente. La electricidad resulta más asequible, desde luego. La
hemos domesticado, por así decirlo. La almacenamos, la transmitimos de un lugar
a otro, la utilizamos cuando y cómo la necesitamos. Pero la gravedad es más
intratable. Tenemos que transigir con ella, adaptarnos a sus caprichos, en vez
de adaptarla a nuestras necesidades. Si pudiéramos regular su poder a nuestra
voluntad, acumularlo como la electricidad, dispondríamos de una fuerza
maravillosa. Siempre he soñado en domesticar a la gravedad.
—¡Y lo ha
conseguido usted! —exclamé, con repentina comprensión.
—Sí, lo he
conseguido. He descubierto una técnica por medio de la cual podemos regular la
fuerza de gravedad. Ha sido usted testigo de mis primeros éxitos. Y de lo que
me han costado —añadió Wagner, frotándose la rodilla lastimada—. Como
experimento, he reducido la fuerza de gravedad en una pequeña zona alrededor de
esta quinta. Ya vio usted con qué facilidad levanté aquella roca. Lo conseguí a
cambio de un aumento de la fuerza de gravedad en una zona de dimensiones
equivalentes en el interior de mi patio. Su curiosidad ha estado a punto de
costarle la vida cuando se acercó a mi «círculo mágico».
»—Mire
—continuó, señalando a través de la ventana—. ¿Ve aquellos pájaros que vuelan
por allí? Tal vez uno de ellos penetrará en la zona de gravedad incrementada...
Se quedó
silencioso contemplando con aire excitado los pájaros que se acercaban a la
quinta. Ahora estaban encima del patio...
De repente,
uno de ellos cayó como una piedra. No se limitó a estrellarse contra el suelo,
de un modo normal, sino que quedó aplastado y reducido al grosor de un papel de
fumar, como si lo hubiese chafado una apisonadora.
—¿Ha visto?
Me estremecí
al pensar que podía haberme ocurrido lo mismo a mí.
—Sí —Wagner
adivinó mi pensamiento—, hubiera usted quedado reducido a papilla por el peso
de su propia cabeza —Y con una sonrisa continuó—: Fima, mi ama de llaves, dice
que mi invento es una maravilla para mantener a los gatos alejados de la
despensa. Pero hay otras bestias mucho más peligrosas, que no están armadas con
garras y colmillos, sino con cañones y bombas.
»—¡Imagine lo
que podría hacer un arma defensiva que controlara la gravedad! Una barrera a lo
largo de las fronteras del país impediría que el enemigo pudiera cruzarlas. Los
aviones caerían como ha caído ese pájaro. Ni siquiera los proyectiles de
artillería pasarían más allá. O podría aplicarse en sentido contrario: reducir
la fuerza de gravedad en la zona enemiga, de modo que los soldados flotaran
indefensos en el aire... Pero todo eso es un juego de niños comparado con lo
que he conseguido. He descubierto un sistema para reducir la atracción de la
gravedad en toda la superficie de la Tierra, a excepción de los polos.
—¿Cómo es
posible eso?
—Haciendo que
el globo gire con más rapidez, sencillamente.
—¿Cómo? ¿Hacer
que el globo gire más aprisa?
—Sí. A medida
que aumente su velocidad, la fuerza centrífuga será mayor y todos los objetos
situados sobre la superficie de la Tierra se harán más ligeros. Si no le
importa quedarse conmigo unos cuantos días...
—¡Me
encantará!
—Entonces,
iniciaré el experimento en cuanto pueda levantarme. Creo que le interesará.
III - «Está
rodando»
Al cabo de
unos días el profesor Wagner abandonó el lecho, aunque cojeaba ligeramente. Se
pasaba muchas horas en su laboratorio subterráneo, situado en un rincón del
patio. Me abrió las puertas de su biblioteca pero nunca me invitó a bajar al
laboratorio.
Un día, me
encontraba sentado en la biblioteca cuando se presentó Wagner, muy excitado,
gritando desde el umbral:
—¡Está
rodando! He puesto el aparato en movimiento. Ahora veremos qué pasa.
Yo esperaba
algo extraordinario. Pero transcurrieron las horas sin que sucediera nada.
—Paciencia
—dijo el profesor, sonriendo—. La fuerza centrífuga es directamente
proporcional al cuadro de la velocidad angular, ¿sabe? Y la Tierra tiene un
tamaño descomunal: no resulta fácil acelerarla.
A la mañana
siguiente, al levantarme, experimenté la sensación de que era más ligero que de
costumbre. Hice una prueba, levantando una silla: me pareció también mucho más
ligera. De modo que la fuerza centrífuga estaba funcionando... Salí a la
veranda y me senté a leer a la sombra. Pero no tardé en darme cuenta de que la
sombra se movía con desusada rapidez. ¿Acaso se movía el sol más aprisa que
antes?
—Se ha dado
cuenta, ¿eh? —oí que decía Wagner, desde el lugar donde había estado
observándome—. La Tierra gira más aprisa, y el día y la noche se están
acortando.
—Pero, ¿a
dónde nos llevará todo esto? —inquirí.
—Vivir para
ver —se limitó a decir el profesor.
Aquel día, el
sol se ocultó dos horas antes que de costumbre.
—Imagino la
conmoción que el acontecimiento habrá producido en todo el mundo —le dije al
profesor—. Pero, me gustaría saber...
—Vaya a mi
estudio y lo sabrá —dijo Wagner—. Allí hay un aparato de radio.
Me dirigí
apresuradamente al estudio y me enteré de que la población mundial se
encontraba efectivamente bajo los efectos de una gran conmoción.
Pero aquello
era sólo el comienzo. La Tierra continuó acelerando su movimiento, y los días
se hacían cada vez más cortos.
—Todos los
objetos que están sobre el ecuador han perdido ahora una cuadragésima parte de
su peso —me dijo Wagner cuando el día y la noche duraban solamente cuatro
horas.
—¿Por qué
sobre el ecuador?
—Porque la
atracción de la Tierra es más débil allí, en tanto que el radio de rotación es
más largo: en consecuencia, la fuerza centrífuga es mayor.
Los
científicos se habían dado cuenta ya del peligro que esto implicaba. Se había
iniciado un éxodo desde las regiones ecuatoriales a latitudes más altas, donde
la fuerza centrífuga era menor. La reducción estaba resultando beneficiosa: las
locomotoras podían arrastrar enormes trenes, el motor de una motocicleta
proporcionaba suficiente energía para un avión... y a una mayor velocidad. La
gente era cada vez más ligera y más fuerte. Por mi parte, cada día que pasaba
me encontraba más liviano. ¡Una sensación sumamente agradable!
Sin embargo,
la radio no tardó en informar de los primeros desastres. Los descarrilamientos
eran cada vez más frecuentes, aunque con escasas víctimas, ya que los vagones
quedaban intactos aunque cayeran desde alturas considerables. Los vientos
adquirían la fuerza de huracanes, levantando nubes de polvo que ya no volvían a
posarse nunca más en el suelo.
Cuando la
velocidad angular hubo aumentado setenta veces, los objetos y las personas del
ecuador perdieron todo su peso.
Aquella noche,
la radio difundió la terrible noticia: en el África ecuatorial y en América
aumentaban los casos de personas que andaban cabeza abajo debido a la atracción
de la fuerza centrífuga, siempre en aumento. Y no tardó en llegar otra noticia
más aterradora del ecuador: la amenaza de asfixia.
—La fuerza
centrífuga está desgarrando la envoltura de aire del globo terráqueo —explicó
el profesor tranquilamente—. La atracción de la Tierra no puede seguir
manteniéndola en su lugar.
—Pero...
¿significa eso que también nosotros nos asfixiaremos? —pregunté, en tono
preocupado.
Wagner se
encogió de hombros.
—Nosotros
estamos preparados contra cualquier eventualidad —dijo.
—¿Por qué
empezó todo esto? —inquirí—. Representará una verdadera catástrofe mundial, la
destrucción de la civilización...
Wagner se
quedó impasible.
—Más tarde
sabrá por qué lo he empezado.
—No habrá sido
por el simple placer de experimentar...
—No comprendo
su excitación —dijo Wagner—. ¿Y qué, si se tratara de un simple experimento? No
razonemos en un círculo vicioso. Cuando un huracán o un volcán en erupción mata
a las personas por millares, a nadie se le ocurre formular reproches al huracán
o al volcán. Considere esto como otro desastre natural.
No quedé
satisfecho por la respuesta. Además, una sensación de mala voluntad hacia el
hombre despertó en mi ánimo por primera vez.
Había que ser
un monstruo, desprovisto de todo sentimiento, para sacrificar las vidas de
millones de personas por un experimento científico, pensé.
Mi mala
voluntad hacia Wagner se hizo más intensa a medida que yo mismo me sentía peor,
y no era de extrañar: aquellos terribles informes acerca de la destrucción
paulatina del mundo, la rápida sucesión de los días y las noches, bastaban para
enloquecer a cualquiera. Apenas dormía, y era un manojo de nervios. Para
moverme, tenía que adoptar infinitas precauciones. La más leve contracción
muscular me haría salir despedido contra el techo. Las cosas perdían
rápidamente peso y no había modo de manejarlas. Los muebles más pesados se
desplazaban al menor contacto.
Fima, el ama
de llaves, estaba tan exasperada como yo. El cocinar se había convertido en un
espectáculo circense: las ollas y las cacerolas volaban por el aire, y la
propia cocinera flotaba cómicamente tratando de alcanzarlas.
Wagner era el
único que conservaba el buen humor, e incluso se burlaba de nosotros.
No me
aventuraba a salir al exterior sin haber llenado previamente mis bolsillos de
piedras, para no «caer en el cielo». El nivel del mar era cada vez más bajo, ya
que el agua era arrastrada hacia el oeste, donde al parecer inundaba la
costa... Además, padecía frecuentes ataques de vértigo y de asfixia. El aire
era cada vez más enrarecido. El viento huracanado que había estado soplando del
este parecía amainar. Pero al mismo tiempo descendía la temperatura del aire.
Intuía que se
acercaba el final... Me sentía tan angustiado que empecé a pensar qué clase de
muerte escogería: caer en el cielo, o esperar a quedar asfixiado. La asfixia
era lo peor, pero me permitiría ver lo que ocurría en la Tierra hasta el último
momento.
No, era
preferible terminar de una vez, pensé, y empecé a descargar mis bolsillos.
—Un momento
—oí que decía la voz de Wagner, apenas audible en aquella atmósfera
enrarecida—. Vamos a bajar al laboratorio subterráneo.
Deslizó su
brazo debajo del mío, hizo una seña al ama de llaves, que estaba en la veranda,
jadeando, y los tres nos encaminamos a la gran «ventana» redonda practicada en
el suelo del patio. Yo andaba como en un trance, perdida toda voluntad. Wagner
abrió la pesada puerta que conducía al laboratorio subterráneo y me empujó a
través de ella. Perdí el sentido y caí sobre el suelo de piedra.
IV - Cabeza
abajo
No sé cuanto
tiempo permanecí inconsciente. Mi primera sensación fue la de que estaba
respirando aire fresco. Abrí los ojos y quedé sorprendido al ver una bombilla
enroscada al suelo, no lejos del lugar donde yo estaba tendido.
—No le extrañe
—oí que decía el profesor Wagner—. El suelo no tardará en convertirse en techo.
¿Cómo se encuentra?
—Mucho mejor,
gracias.
—Arriba,
entonces —dijo, cogiéndome de la mano.
Volé hasta la
claraboya y luego descendí, muy lentamente.
—Vamos, le
enseñaré mi cuartel general subterráneo —dijo Wagner.
Había tres
habitaciones juntas: dos de ellas con luz artificial, y una tercera, de mayor
tamaño, con un encristalado techo o suelo: no estoy seguro. Lo malo era que
estábamos sometidos al estado de ingravidez.
Esto convertía
nuestro recorrido en un paseo agotador. Girábamos y remolineábamos, agarrando y
desplazando los muebles, saltando por encima de las mesas o chocando contra
ellas, suspendidos a veces en el aire y extendiendo nuestras manos para
cogernos. Sólo nos separaban unos centímetros, pero éramos completamente
incapaces de franquearlos hasta que algún ingenioso truco rompía el equilibrio.
Los objetos que tocábamos flotaban alrededor de nosotros. Una silla estaba
colgada en el aire en el centro de la habitación. Unos vasos llenos de agua
aparecían volcados sin que se derramara el líquido...
Luego vi una
puerta que conducía a la cuarta habitación, de la cual surgía un sonido
chirriante. Pero Wagner no me permitió entrar en ella. Al parecer, albergaba el
mecanismo que aceleraba la rotación de la Tierra.
Sin embargo,
nuestro «vuelo espacial» no tardó en acabar, y descendimos al techo
encristalado, que a partir de entonces sería nuestro suelo. No tuvimos que
mover las cosas porque ya se habían movido por sí mismas, y la bombilla
eléctrica estaba ahora sobre nuestras cabezas, iluminando la habitación durante
las brevísimas noches.
Wagner lo
había previsto todo, desde luego. Disponíamos de una abundante provisión de
botellas de oxígeno, de alimentos en conserva y de agua. Esto explica que el
ama de llaves no salga a comprar, pensé.
Ahora que
estábamos en el techo, descubrí que el andar resultaba bastante fácil, a pesar
de que, en términos relativos, andábamos cabeza abajo. Pero el hombre se
acostumbra a todo. Yo me estaba adaptando rápidamente a la nueva situación.
Cuando incliné la mirada hacia mis pies y vi el cielo debajo de mí a través del
grueso cristal transparente, tuve la impresión de que estaba de pie sobre un
espejo redondo que reflejaba el cielo.
Pero a veces
reflejaba cosas anormales o espantosas.
El ama de
llaves dijo que tenia que ir a la casa a buscar la mantequilla, que había
olvidado allí.
—No podrá
llegar —le dije—. Se caerá usted hacia abajo... quiero decir hacia arriba.
—Me agarraré a
las anillas del suelo: el profesor me enseñó a hacerlo. Cuando todo era normal,
aprendí a andar sobre mis manos en una habitación en la que había anillas en el
techo.
Desde luego,
el profesor Wagner había pensado en todo.
Me sorprendió
que una mujer se mostrara tan valiente. ¡Arriesgar su vida, «andando sobre las
manos» encima del espacio infinito, para que no nos faltara la mantequilla!
—De todos
modos, es muy arriesgado —dije.
—Mucho menos
de lo que imagina —declaró el profesor Wagner—. Nuestro peso es insignificante
y se requiere muy poca fuerza muscular para esa maniobra. Además, voy a
acompañarla: me he dejado arriba mi cuaderno de notas.
—Pero, en el
exterior no hay aire...
—Tenemos
cascos con aire comprimido.
Y así,
vestidos como buzos, se alejaron. La doble puerta se cerró detrás de ellos.
Luego oí el golpazo de la puerta exterior.
Tendido en el
suelo, con el rostro pegado al grueso cristal, contemplé a la pareja con
inquietud: dos figuras con la cabeza embutida en un globo que andaban
rápidamente sobre sus manos, agarrándose a las anillas del suelo, con las
piernas agitándose en el aire. ¡Resultaba difícil imaginar un espectáculo más
fantástico!
Wagner y el
ama de llaves desaparecieron en el interior de la casa.
No tardaron en
salir de nuevo.
Se encontraban
ya a medio camino del laboratorio cuando ocurrió algo que me dejó helado de
espanto: el ama de llaves había dejado caer la jarra de la mantequilla y, en su
esfuerzo por alcanzarla, se soltó de la anilla y empezó a caer al abismo...
Wagner intentó
salvarla: desenrolló una cuerda que llevaba a la cintura, la ató a una de las
anillas y descendió por ella detrás del ama de llaves. La desdichada mujer caía
lentamente, y como Wagner había conseguido acelerar su caída por medio de un
vigoroso impulso, no tardó en llegar a su altura. Extendió su brazo hacia ella,
pero la fuerza centrífuga había hecho que la mujer se desviara un poco. Wagner
no consiguió alcanzarla. Y la cuerda estaba ahora completamente desenrollada...
Lentamente, el profesor trepó por la cuerda, iniciando el regreso a la tierra
desde los abismos del cielo...
Vi que la
desgraciada mujer agitaba sus brazos. Luego, la noche cayó como un telón sobre
aquella escena de muerte.
Me estremecí
al imaginar lo que ella sentía. ¿Qué sería de ella? Su cadáver, sin
descomponerse en la frialdad del espacio, caería eternamente a menos de que un
planeta lo atrajera al pasar junto a él.
Estaba tan
absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que Wagner había entrado y
estaba a mi lado.
—Una hermosa
muerte —dijo tranquilamente.
El odio me
cegó.
—¡Usted la ha
matado! —escupí—. ¡Es usted un asesino! ¡Y tendrá que responder de esa muerte,
y de la vida que ha destruido en la Tierra! Reduzca inmediatamente la velocidad
de la Tierra, o...
Pero el
profesor se limitó a sacudir la cabeza.
—¡Hable!
—grité, apretando los puños.
—No puedo
hacer nada. Probablemente, existe un error en mis cálculos.
—¡Entonces,
pagará usted por ese error!
Me lancé
contra él, enrosqué mis manos alrededor de su garganta y empecé a apretar... Y
en aquel preciso instante noté que el suelo cedía bajo mis pies. Luego se
rompió el cristal y me hundí en el abismo, con las manos cerradas sobre la
garganta de Wagner...
V - Un nuevo
auxiliar docente
Delante de mí,
el rostro sonriente del profesor Wagner. Aturdido, le miré. Luego miré a mi
alrededor.
El sol, bajo
aún en el dosel azulado del cielo. A lo lejos, el mar. Dos mariposas blancas
revoloteando cerca de la veranda. El ama de llaves, con un plato que contenía
un gran trozo de mantequilla en las manos...
—¿Dónde estoy?
¿Qué significa todo esto? —le pregunté al profesor.
Wagner sonrió
por debajo de sus largos bigotes.
—Debo
disculparme —dijo— por haberle utilizado para un experimento, sin su permiso y
sin haber tenido el placer de conocerle hasta ahora. Si sabe quién soy, estará
enterado de que por espacio de muchos años he estado trabajando en la solución
del problema que le plantea al hombre la necesidad de asimilar la inmensidad de
los conocimientos modernos. Personalmente, por ejemplo, he logrado que cada una
de las dos mitades de mi cerebro trabaje independientemente.
—Leí algo
acerca de eso —dije.
—Entonces, ya
sabe de qué va. Pero no todo el mundo puede hacer eso. De modo que decidí
utilizar la hipnosis como auxiliar docente. Después de todo, la enseñanza
convencional comporta también cierta cantidad de hipnosis. Esta mañana, cuando
salí a dar mi acostumbrado paseo, le vi a usted oculto detrás del enebro. No
era la primera vez que se apostaba usted allí, ¿verdad? —inquirió, con un
brillo humorístico en los ojos.
Quedé
confundido.
—Bueno, decidí
castigarle un poco por su curiosidad, sometiéndole a la hipnosis.
—¿Qué? ¿Todo
lo que he visto...?
—Pura
hipnosis. Sin embargo, para usted fue muy real, ¿no es cierto? Y seguramente no
olvidará la experiencia. Nada menos que una lección práctica sobre las leyes de
la gravedad y de la fuerza centrifuga. Se comportó usted como un estudiante
aprovechado, aunque al final de la sesión se excitó un poco...
—¿Cuanto
tiempo ha durado?
El profesor
Wagner consultó su reloj.
—Un par de
minutos, aproximadamente. Una técnica muy productiva, ¿no le parece?
—¡Un momento!
—exclamé—. ¿Y la ventana encristalada? ¿Y las anillas en el suelo? —Miré hacia
el patio que se extendía delante de nosotros, completamente vacío—. ¿Fueron
también producto de la hipnosis?
—Exactamente.
Pero, con sinceridad, ¿encontró usted aburrida mi lección de física? No,
¿verdad? Fima —llamó—. ¿Está preparado el café? Vamos a desayunar...
FIN
Traducción:
Antonio Molina García.
Publicado en:
Lo mejor de la CF soviética I, Hyspamérica ediciones, 1986.
Edición
digital: Sadrac.
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