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Yoss - Los meandros de la historia

Los meandros de la historia
Yoss
© 1993 by Yoss. En Axxón 51, Diciembre de 1993.

Este cuento del joven autor cubano que se esconde tras el seudónimo Yoss nos hizo reír bastante al leerlo la primera vez, de nuevo al leerlo ante los participantes del taller informal de los viernes, y por tercera vez mientras lo preparábamos para editarlo. Como cualquiera puede darse cuenta, esto, de por sí, ya es toda una carta de presentación.

A Eduardo del Llano Rodríguez, mi ejemplo en el absurdo. Sus cuentos, claro.

Subió las escaleras con aire de misterio, y al detenerse en el segundo piso se subió el cuello del gabán y se caló el sombrero hasta las cejas para consultar una tarjeta. La mujer de la limpieza, que como todas las mujeres de limpieza del mundo sólo parecía absorta en su trabajo, le dijo en un castellano con fuerte acento yanqui:
–El cuartel secreto de la KGB queda en el tercer piso –y le señaló desmañadamente con el secador, tan desmañadamente que se le desprendió la parte superior mostrando que se trataba de una bazooka camuflada como instrumento de limpieza.
–Gracias –respondió él, acercándose a una puerta y empujándola–, pero la oficina que busco es ésta –y dejó a la mujer de limpieza afanándose con su arma y la peluca que acababa de caérsele.
La puerta rechinó al cerrarse, y el rótulo que rezaba "Empresa de Modificaciones Arqueológicas S. A." quiso caerse, pero luego lo pensó mejor, y se cayó.
–Ya les hemos dicho mil veces que no hacemos ese tipo de trabajos –la voz de un tipo minúsculo, casi invisible tras un escritorio mayúsculo, recibió al hombre del sombrero y el gabán en cuanto entró–. La policía quiere que hagamos pasar por falsa una pieza arqueológica auténtica, y los ladrones y fulleros todo lo contrario –continuó despotricando el hombrecito al observar que el enigmático recién llegado no sólo no se marchaba, sino que hasta se atrevía a sentarse en una silla frente al escritorio–. ¿Qué quiere ahora? –le espetó con agresividad–. ¡Hacemos modificaciones, no falsificaciones! Y cuidado con esa silla, es una auténtica pieza de artesanía atlante... le tengo mucho apego, fue mi primer trabajo en la empresa.
–Yo... este –balbuceó el recién llegado–. Un amigo mío me los recomendó, dice que ustedes hicieron un buen trabajo convenciendo a su esposa de que descendía en línea directa de Judas Iscariote.
–Ah, eso lo cambia todo, es usted un cliente –la sonrisa del hombrecito iluminó la oficina–. Disculpe, es que con ese aspecto lo había confundido –se inclinó sobre el escritorio para susurrarle–: ¿Sabe? La policía y los servicios secretos nos tienen echado el ojo. Deben estar azuzados por algunos arqueólogos que envidian nuestros éxitos –volvió a reclinarse en su sillón–. Recuerdo, claro está, el caso de su amigo; aunque no lo atendí directamente, yo soy quien recibe todos los encargos... Dígame, por pura curiosidad, ¿bastó con esa pequeña modificación?
–Seguro –dijo el cliente–. La mujer de mi amigo ya no volverá a aguarle la existencia por no tener un linaje tan respetable. Saber que procedía de Judas la hizo callar para siempre, y según creemos mi amigo y yo, el precio fue adecuado –suspiró–. Lo cual me trae a lo mío –volvió a suspirar–. No sé si podrán ayudarme...
–No se amilane, hombre, hemos resuelto casos realmente peliagudos –lo animó el del escritorio, y luego, señalando a un cuadro a su espalda, añadió–: ¿Ve usted a ese orgulloso mandarín? Es Tan Fu Yong, que llegó en 1234 a la baja California siguiendo órdenes de un Khan mongol. Ahora tres docenas de etnólogos se ocupan del caso –sonrió satisfecho–. Confío en que su encargo no sea tan difícil. ¿De qué se trata? Imagino que no lo trae algo tan simple como lo de su amigo.
–Verá... yo –el cliente tragó en seco–, yo tengo ascendencia cubana y hace unos días discutí con un amigo camboyano, que me echó en cara que mientras sus antepasados khmers construían las maravillas de Angkor, mis antepasados taínos andaban desnudos, y no tuve nada que contestarle –suspiró–. El orgullo nacional, ¿comprende?, y por eso quisiera... –dejó colgando la reticencia.
–Un momento –el hombrecito tras el escritorio sacó de una gaveta un gruesísimo tomo y se caló unas gafas para consultarlo–. Taínos... claro... cruzar el Atlántico... caravanas por el Sahara... la Ruta de la Seda... los mongoles –alzó la mirada–. Sí, podemos ayudarlo. Pero le costará caro.
–Había pensado en quinientos mil –dijo el cliente–. ¿Bastará?
–Digamos el doble –objetó el hombrecito sin dejar de consultar el libraco–. Comprenda, no es tan fácil: claro que nadie conoce a los verdaderos constructores de Angkor, pero no podemos decir así, de sopetón, que fueron todos taínos. No trabajamos así.
–¿Cómo trabajan? –inquirió el cliente–. Por un millón creo tener derecho a ciertos datos. Me parece caro.
–Es lo justo –señaló el otro–. Fíjese, tenemos que hacer varias modificaciones: que hallen en Cuba una cueva virgen con pinturas rupestres taínas mostrando que tenían canoas capaces de cruzar el Atlántico –consultó el libro–. Imagínese los gastos de excavación de la caverna. Luego, que hallen en el litoral marroquí los restos de un navío taíno naufragado. Tenemos un agente en el grupo de Cousteau, pero eso cuesta. Más tarde –volvió a consultar el libro, y ahora sacó una minicalculadora– la ciudad beduina que hallarán en el medio de Sahara con restos taínos y referencias al Gran Viaje. ¡Piense en los gastos de construcción y movimiento de arenas! Y al precio que está el ladrillo antiguo, imagínese –resopló cerrando el libro–. Y, resumiendo, la inevitable aparición de nuevos rollos hebreos en el Mar Muerto hablando del pueblo de piel cobriza que cruzó en su viaje a la Tierra Prometida, las referencias en los anales chinos al viaje por la Ruta de la Seda de extranjeros que tenían perros mudos y jugaban un extraño deporte llamado batos... las leyendas mongolas al respecto, y por último, lo más caro, los descubrimientos de tallas cemíes en Angkor que demuestren que fueron taínos los arquitectos que planearon todo el complejo –resopló cerrando el libro–. Le aseguro que un millón es sólo el precio de costo. Apenas si tenemos ganancias –señaló en el mapa de la pared una ruta marítima trazada en rojo–. Claro, hay excepciones como esa... un jeque kuwaití agradecido porque demostramos que fue una barca con beduinos y no Magallanes quien primero circunnavegó el globo. Nos hizo un buen donativo.
–Déjeme pensarlo –repuso el cliente–. Claro, tengo buenas referencias de ustedes... no sólo mi amigo. Y me gustaría dejar en un palmo de narices a ese camboyano presuntuoso, pero...
–Confíe en nosotros –el hombrecito volvió a inclinarse sobre el escritorio–. ¿Sabe? Heyerdal trabajó con nosotros, hasta que decidió establecerse por su cuenta. Pero, ya ve, fue el fin de su negocio, demasiada publicidad. En cambio, le garantizamos discreción absoluta. Fíjese sino en el caso de la tumba vikinga hallada en Wisconsin –entornó los ojos–. Ah, esos sí eran días buenos... Ahora puedo decírselo: fue el propio rey noruego Haakon quien nos pagó aquel trabajo –sus ojos se iluminaron de nuevo–. ¡Y lo del origen autóctono de las pirámides: un ejemplo de secreto; toda la población de Egipto pagó para que no se supiera que el orgullo nacional era una simple tumba hitita –se inclinó de nuevo sobre el escritorio–. Hijo, nosotros trabajamos con los meandros del gran río de la historia, brazos muertos a los que nadie presta atención por siglos hasta que de pronto ¡pum!, la sorpresa...
–Pero... la autenticidad –argumentó el cliente, medio abrumado por el aluvión de palabras del hombrecito–... el tiempo.
–¡Qué autenticidad ni ocho cuartos! –aulló el otro–. La gente cree lo que quiere creer, y la historia la escriben los vencedores. Lo importante es convencer a dos o tres arqueólogos... ya creerá luego la gente –resopló, indignado–. En cuanto al tiempo... lo lamento, nuestro plazo mínimo es un año. Menos, levantaría sospechas. Y en casos como el suyo, hasta cinco años es lo prudente... –lo interrumpió la llegada de otro hombrecito, parecido a él como dos gotas de agua, que venía sudoroso y con los ojos desorbitados–. ¿Qué pasa?
–¡Horrible! –contestó el recién llegado–. ¡La envidia! ¿Recuerdas los plomeros que reparaban el alcantarillado? ¡Pues hallaron algo que dicen los expertos es un vehículo espacial! ¡Ahora nos acusan de extraterrestres, dicen que somos demasiado raros, iguales! –suspiró–. ¡Es la competencia, la envidia...!

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