Ella
vendrá de nuevo
Yoss (José
Miguel Sánchez Gómez)
No todo
es lo que parece ser a lo lejos.
Buda
Ahora que la lluvia ácida
borró los rastros ustedes me miran y me dicen que estoy loco. ¡Pero no les diré
dónde están sus restos! Ella vendrá de nuevo, lo sé y la estaré esperando.
Por eso les contaré todo,
aunque esta absurda camisa de fuerza me esté cortando la piel. Ustedes tienen
que creerme, tienen que dejarme libre para cuando ella regrese... y de todas
formas no tengo nada que esconder; siempre he creído que sacar al viento los
recuerdos alivia el alma.
Era una mañana negra, de
esas en que la lluvia amenaza a cada instante con caer y el cielo parece la
sombra de una amena aurora, apenas. Un día de los más tristes del año, aunque
el parte meteorológico no incluya ese aspecto, nunca he sabido por qué. Pero yo
tenía que trabajar.
Mis botas hollaron los más
antiguos estratos de basura, los del siglo pasado seguramente y los moradores
de los detritus saltaban para no ser aplastados; entonces los capturaba. Mi
labor consiste precisamente en eso, analizar los muladares buscando mutantes
que aún no sabemos producir en el laboratorio. Casi siempre encontramos alguna
variedad útil. Pero supongo que todo eso esté en mi historia clínica, por eso
el sello de «Alto Peligro Laboral». Sí, es mejor que cuente ya cómo la vi. Como
si lo estuviese viendo ahora...
me orienté con la brújula, porque el helicóptero me recogería en un punto
determinado, y si no estaba allí a la hora acordada, tendría que vagar semanas
entre los montes de desechos. Más de uno ha perecido al agotársele su provisión
de aire y tener que respirar las miasmas sulfúricas de los detritus. Entonces
vi saltar delante de mí a un mutante bastante grande, una forma espiralada de
molusco gasterópodo, que se alejó usando su cuerpo como un muelle. Y cuando
traté de capturarlo, la vi a ella.
Era algo tan incongruente,
encontrarse una muchacha desnuda en medio de todo aquel veneno, que lo primero
que pensé fue que estaba intoxicado por algún gas, o que uno de los avispones
alucinógenos había perforado mi escafandra. Pero no era una visión; estaba
allí, con ese aire de desamparo en su piel tan blanca que las venas se veían
latir, acuclillada y mirándome con ojos enormes por debajo de la maraña de sus
cabellos. Las escafandras que usamos no tienen filtro de voz... se considera un
gasto innecesario, si nadie más que los mutantes pueden vivir en los basureros.
Por eso cuando la llamé mis palabras debieron asustarla, porque se deslizó
furtiva entre los viejos contenedores de mercurio con una agilidad que nunca
habría sospechado mirando sus delgados miembros. Ni siquiera tardó un segundo
en desaparecer de mi vista y no tuve tiempo de buscarla, porque el helicóptero
ya zumbaba sobre mi cabeza. Ahora pienso que tal vez fuese el ruido de su motor
y no mi voz lo que la asustó, pero aquella vez tuve que subir; los robots no
entienden de muchachas desnudas que hay que encontrar cueste lo que cueste.
Claro, al otro día regresé, por mis medios, porque era mi día libre.
Mi vehículo estuvo a punto
de atascarse mil veces en el lodo potásico de la periferia, pero al fin llegué
al lugar. Les juro que no sabía por qué lo estaba haciendo: no soy precisamente
tímido con las mujeres y sexualmente no tengo de qué quejarme. Tal vez fuese un
poco la curiosidad del investigador y otro poco la del hombre.
Casi a la hora de iniciar
la búsqueda en círculos la encontré. Estaba disputando una carroña a uno de los
ácaros gigantes y se las arreglaba bastante bien. Admito que en ese momento mis
intenciones eran atraparla y hacer una biopsia de sus increíbles pulmones que
le permitían respirar aquel aire corrosivo. La Corporación pagaría bien un
descubrimiento capaz de substituir a las costosas y pesadas escafandras que aún
usamos. No es egoísmo, demasiado bien saben que todos pensamos más o menos
igual. Pero cuando me miró tuve que bajar el fusil neuroeléctrico.
No soy asesino y había en
aquellos ojos tanta inocencia, que me olvidé de las horribles historias sobre
los antiguos moradores de los basureros y avancé sin temor. Al verme, el ácaro
gruñó sordamente y se alejó con su paso bamboleante y desmañado, pero ella,
como si estuviese avergonzada, no tocó la carroña por la que lo estaba
desafiando. Sólo me miraba, como queriendo... no sé.
Había tenido la precaución
de llevar un filtro de voz, que aunque no era standard, funcionaba bastante
satisfactoriamente.
–Hola –fue lo único que se
me ocurrió decir, mientras colocaba el fusil en el suelo–, ¿qué hace aquí? –le
pregunté acto seguido.
Sus ojos eran inquietos,
miraban a todas partes como buscando escapar, pero el resto de su cuerpo no
reflejaba esa intención. Sus labios pequeños temblaron un instante y dijo con
dificultad:
–Kai...ra –y calló
confusa.
–¿Tu nombre? –pregunté–.
¿Pero qué haces aquí?
–Busco comida –había una gran diferencia entre
su primera palabra y esta frase; como del habla de un niño de dos años al habla
de uno de siete–. Yo tengo hambre.
–Ah, claro –no se me
ocurrió nada mejor.
Estaba tan asombrado que
sólo entonces me percaté de que había dejado de acurrucarse y que erguida
parecía más alta de lo que imaginé. Sus senos eran pequeños y sus caderas
extrañamente anchas. No, no era el ideal de hembra exuberante que ahora está en
boga, pero era curiosamente atractiva.
–¿Linda? –preguntó con voz
cantarina cubriéndose de pronto su sexo, que pude ver casi desnudo de vello–.
¿Me llevas afuera contigo? –como un niño proponiéndole a otro una travesura y
casi acto seguido se acercó a mi todoterreno y palpó impaciente la puerta
blindada–. ¿Vamos? –invitándome, pero sin malicia en su voz; parecía en ese
momento más niña que mujer.
Así entró en mi vida,
corno una travesura. Sólo fue una broma ocultarla de los controles en la
linde., del basurero y de los del aeropuerto. Como especialista en mutantes, mi
trabajo considerado peligroso dentro de la Corporación me daba derecho a un
cubículo un poco mayor que lo normal. Cierto que estaba apartado de todos los
demás para evitar cualquier posible contagio, pero a mi nunca me importó. Hasta
que la conocí fui un hombre solitario y de cualquier forma, en aquel momento
era mejor no tener vecinos que quisieran inmiscuirse. ¿Qué podría decirles? Que
había encontrado a Kaira en donde un ser humano no resistiría ni un minuto sin
escafandra y que la había traído conmigo burlando todos los controles
biosanitarios?
Claro que guardé silencio,
por más que sabía lo enorme de la multa si me descubrían. Pero Kaira... es
imposible explicarlo. Antes de ella, todos los días eran iguales para mí: una
copia del anterior. No vivía: vegetaba. Pero desde el día que la traje, las
horas interminables ante el microscopio fueron más interminables que nunca y
los antes interesantes recorridos semanales de colecta se me volvieron la otra
cara del tedio. Sólo ansiaba regresar a casa para verla. Sólo verla, aún no
sabía que era lo que sentía por ella, pero me gustaba ayudarla.
Cada vez que le preguntaba
su origen respondía con evasivas. Llegué a sospechar que fuese una
extraterrestre amnésica pero luego deseché la idea por demasiado fantástica...
¡si hubiera sabido cuánto lo era la verdad!
Era como una criaturita
encantadoramente salvaje, apenas sabía hablar y siempre lo hacía con, pocas
palabras pero la expresividad de todo su rostro suplía con creces las veces que
su lengua callaba. Siempre la entendía, a veces sin necesidad de que hablara y
ella también. Hubiéramos tal vez llegado a la económica comunicación mímica del
perro con su amo, pero yo estaba empeñado en que hablara bien y me pasaba las
horas casi torturándola, pero sorprendiéndome de lo rápido de sus progresos.
Fue apenas a las dos
semanas de su estancia conmigo cuando advertí que su mente estaba como en
blanco. No con ese olvido de la amnesia, sino con el desconocimiento total. Tal
vez no entiendan, pero hasta un recién nacido se hace pronto de un conjunto de
gestos, ademanes y expresiones que le son muy propias y que permiten a un ojo
experto distinguirlo de los demás. Pero Kaira no los tenía; lo advertí cuando
vi que copiaba los míos con una facilidad que no he visto jamás ni en los fonomímicos
más famosos. Era como si fuese de blanda plastilina, o mejor una arcilla virgen
que guardaba cada impresión de mis dedos.
No tenía eso que se llama
«encanto femeninos» esa mezcla de zalamería y volubilidad que uno espere hallar
en una mujer. Era inocente como un niño, o tal vez más. Una vez oí decir que
nada conoce mejor la mujer del que la desea que lo que éste le trata de
ocultar. Tal vez con otras fuese cierto; no con Kaira. Me asombraba ver cómo me
lo contaba todo, cómo el vecino de la casa más próxima; a unos cien metros, la
vigilaba cuando subía a mi azotea a calentarse al Sol. No entendía que alguien
perdiese el tiempo en mirarla y eso que su cuerpo se había redondeado
tentadoramente desde que comía todos los días. Pero seguía rechazando la ropa:
no entendía por qué esa segunda piel, si la suya era tan blanca y hermosa.
¿Indicios? Si, hubo
muchos. Pequeñas desviaciones apenas dignas de tenerse en cuenta por separado,
pero que juntas formaban un cuadro poco común. ¿Por qué no fui capaz de darme cuenta?
Somos ciegos cuando nuestra felicidad está en juego. El pelo no le crecía, ni
las uñas, su piel no tenía ese viso que en la nuestra forman las capas de
células epiteliales que mueren cada día. Y aquel día en que creí partir su
brazo con la puerta, ver en la pantalla de mi equipo médico casero su brazo
torcido, pero sin rastro del hueso a los rayos X. ¡Qué tonto fui! Simplemente
pensé que el equipo estaba averiado, cursé una orden de reparación y lo olvidé.
Le entablillé el brazo como mejor pude y me prometí trabajar más duro para
poder pagar un médico de carne y hueso.
Al otro día no la encontré
al regresar y ni una nota, ni nada. De nuevo mi casa estaba vacía Y entonces
sentí lo triste que había sido mi vida sin ella en aquella soledad y salí a
buscarla. No sabía si la amaba, ni si ella me amaba a mí, pero lo hice. A veces
actuamos sin lógica: por eso somos humanos y no máquinas.
¿Han intentado alguna vez
hallar a una muchachita inocente en la selva inclemente de una ciudad de
treinta millones de habitantes? Quiera Dios... Si es que aún existe, si alguna
vez existió, que nunca tengan que pasar por eso. Hay miles de lugares, las
morgues, los hospitales, los sex-shops, los mismos basureros de los suburbios...
y miles de cuchitriles donde un cadáver estaría a merced de los necrófagos,
centenares de cuartuchos inmundos donde un cuerpo drogado jamás vería de nuevo
la luz del Sol. Y el tormento de ver a cada instante su rostro en cada mujer,
su silueta en cada figura que doblaba una esquina lejana. Lo peor no fue no
encontrarla, sino las tantas decepciones.
Cuando volví a casa me
estaba esperando, acurrucada en la puerta como un animalito asustado. No dije
nada, sólo la abracé tan fuerte que tal vez le hiciera daño, pero ella no
protestó y sus tímidas caricias fueron una respuesta afirmativa a mi violenta
ternura.
Sólo después de la
impresión inicial advertí que ahora era distinta y al mismo tiempo la misma.
No, no era esa ínfima indiferencia que uno advierte en un niño o un adolescente
en pleno desarrollo cuando deja de verlo un par de meses. No había crecido,
pero su piel era como más clara, sus ojos más brillantes, más suave su cabello
y radiante su sonrisa. Como un anciano que ha rejuvenecido mil años en un día y
así se lo dije, en broma, por supuesto.
Sólo después de lo que
pasó ayer he comprendido por qué se puso tan nerviosa al oír aquella
comparación. Lloraba diciendo que ella no era un hada ni una bruja (palabras
que hacía poco había aprendido de mis discos de cuentos) para vivir mil años y
cuando yo le preguntaba por qué había desaparecido, se estremecía y lloraba aún
más. Me costó mucho trabajo calmarla y esa noche durmió en mi cama, hecha un
ovillo tibio a mi lado...
Recuerdo que me desperté a
media noche, en silencio y la miraba sin creer posible que un hombre como yo se
estuviese enamorando de una niña a la que apenas me atrevía a tocar por temor a
que se deshiciera entre mis dedos.
Al otro día nos visitó mi
madre y si Kaira estuvo al principio un poco molesta por tener que vestirse
para recibirla, bien pronto intimaron en forma sorprendente. Mi madre no
acostumbraba a tratar a mis mujeres más que con una mezcla de altanería
familiar y condescendencia, algo así como «te soporto porque no queda más
remedio» pero con Kaira fue distinto. ¿Cómo mantenerse distanciado de alguien
que se admira de todo y no como una tonta, sino con una despierta inteligencia
natural que a veces a mí mismo me sorprendía?
Mi madre se quedó hasta
muy tarde aquella noche, hasta después de que Kaira se durmiera. Recuerdo que
ya en el umbral se me quedó mirando un rato... ya le había contado de la
misteriosa desaparición de la víspera. Al fin suspiró y como haciendo un gran
esfuerzo me preguntó que por qué no me casaba con ella, al menos para librarme
de la tropita de vampiresas codiciosas de mis ganancias como técnico que
siempre he tenido que esquivar.
–No es razón suficiente –le
dije vacilante y luego traté de mentirme a mi mismo–. No estoy seguro de que me
guste esa chiquilla. Tendré que pensarlo.
No he olvidado lo que me
respondió, ya saliendo:
–Pues yo sí, así que ve
pensándolo rápido. Esta es especial.
Supongo que tendría razón.
Me acosté pensando en la cara del notario cuándo me apareciese con una muchacha
que no estaba, porque Kaira no podía estar en ningún registro... alguien que no
existía legalmente, porque no era un número más en los discos de la computadora
del Censo de Población. Eso me hizo desistir de la idea pero de todas maneras
decidí que siempre estaría a mi lado. Ya sé que conocen algo de la historia a
partir de este momento. Kaira aparece en los archivos de la Corporación como
«trabajador no calificado, sin antecedentes, subempleado». Fue lo único que
pude lograr, porque si bien no fue difícil convencer a los ejecutivos de que
necesitaba un asistente, si lo habría sido lograr que instituyesen una plaza al
efecto. Así que Kaira no recibía salario directamente, sino que en su lugar se
me pagaba a mí un suplemento equivalente a un tercio de la paga que le
correspondía. Muy ventajoso para la Corporación.
De nuevo volví a encontrar
interés en la cacería microscópica de bacterias que no existían más que en los
basureros, en la persecución implacable por los tubos de ensayo de los mutantes
estables. Pronto me di cuenta de que Kaira era muy hábil en todos los trabajos,
a veces más que yo, con mi larga práctica... pero raras veces se le ocurría una
idea nueva. Sin embargo, su imitación constante de mis actividades me
entretenía, por más que seguía molestándome que copiara mis ademanes personales
y tics.
Luego, cuando empezó a relacionarse
con las laboratoristas, algunas tan analfabetas y más lerdas que ella, cuando
las visitas mensuales de mi madre se convirtieron en semanales, a veces dos por
semana, gracias a su encanto, Kaira empezó a adquirir gestos más femeninos y su
voz también perdió aquel ligero matiz inseguro e infantil del primer día, para
hacerse femenina y alegre... y no fui yo el único en advertir el cambio.
Siempre he creído que no
hay mujeres feas, sino mujeres que no han descubierto su belleza. En cuestión
de semanas la tímida y delgada muchachita desarrolló un cuerpo exuberante y
unas maneras desenvueltas, para asombro y agrado de todos. No era el prototipo
de mujer fastuosamente bella, orgullosa de serlo y que juega con los hombres
segura de su poder, por más que su físico no llegó a tener mucho que envidiarle
al de las más codiciadas estrellas de la esterovisión. Pero había algo, una
modestia, una sencillez, una capacidad de adaptación que no veía ni a primera
ni a segunda vista. No arrojaba su hermosura a la cara de nadie, como un reto a
la masculinidad de cada uno. Sólo era... lo que todos quisieran que fuere una
mujer perfecta. Tal vez si nuestra época se dedicase como hacían los griegos a
abstraer un ideal de belleza femenina, fuese la copia de Kaira por aquel
entonces, mucho más que cualquier archifamoso rostro de las pantallas
tridimensionales.
Una noche, cuando llegué
algo más tarde que ella, me estaba esperando desnuda como le gustaba... nunca
llegó a usar su ropa interior, solo lo mínimo para cubrirse. Hasta ese día no
la había tocado como soñaba a veces despertándome húmedo y excitado. La había
visto transformarse tan rápidamente que supongo que tendría algún complicado
complejo freudiano que me impedía proponerle lo que tanto ansiaba.
Tampoco ella había demostrado
desearlo, a pesar de los maliciosos comentarios y las groseras proposiciones de
algunos de mis colegas. Pero aquella noche valió por todas las que habíamos
perdido.
Se me acercó zalamera pero
ingenua aún y temblando como una hoja. No había en su rostro ninguna de esas
manidas expresiones de pasión, no se pasaba la lengua por los labios, ni
respiraba fuerte ni ponía los ojos en blanco, pero todo su cuerpo era una
pregunta que yo traté de responder primero con caricias torpes, luego con una
especie de frenesí que su ternura calmó pronto.
No, no hubo violencia, fue
como hundirse despacio en un lago y respirar calma bajo el agua, todo como
retardado, como sin deseos de terminarse.
Nunca he vuelto a sentir
como aquella primera vez... ni sentiré jamás con otra mujer, aunque no será
necesario, ella volverá, ella vendrá de nuevo.
Al otro día todos
contenían risitas maliciosas al vernos pasar. Supongo que la felicidad y la
satisfacción son como un estigma en un mundo de inconformes, porque las que se
decían amigas de Kaira la dejaron de tratar poco a poco, aunque su magia
personal impidió que le negasen el saludo y alguna que otra frase ocasional.
¿Qué importaba, si nos teníamos el uno al otro?
Trabajaba yo entonces
sobre un encargo del Ministerio de la Guerra, nada tan secreto ni tan
superavanzado como pueden imaginar. Se trataba sólo de una investigación sobre
el mimetismo en los mutantes de los muladares y su posible aplicación en el
camuflaje de las tropas. Escogí a los insectos como base de mi investigación,
por razones obvias: de entre los artrópodos que se han adaptado a morar entre
los detritus, son ellos los más abundantes y de más rápida evolución, además de
que aún en condiciones normales presentan gran cantidad de formas miméticas.
Cierto que no era fácil detectarlos, pero Kaira podía distinguir lo que ni
siquiera el radar.
Empezó a acompañarme en
las colectas, por más que se negó siempre a volver al basurero sahariano donde
la encontré, lo cual la limitaba bastante, porque esa es precisamente la zona
más rica en insectos mutantes miméticos. Ella quedaba analizando las muestras
con visible repugnancia, sobre todo si se trataba de ejemplares grandes.
Regresé aquella tarde
satisfecho, había atrapado un ejemplar interesante: un coleóptero que era capaz
de imitar a varios animales y objetos alternativamente, con bastante semejanza.
Recuerdo que le dije entusiasmado:
–¡Esto era lo único que le
faltaba al mimetismo! El defecto de los imitadores es que sólo son capaces de
copiar a una, a lo sumo dos formas y que ante cualquier otra circunstancia se
hallan indefensos. ¡Pero un mimetismo alternativo es la solución ideal!
Kaira tembló y habría
jurado que por un instante sus miembros se volvieron extrañamente rígidos. Dejó
caer el breaker que tenía en sus manos y huyó como un animal perseguido. Pensé
que cuando llegara a casa no la encontraría, porque hasta entonces sus
desapariciones inexplicables se habían repetido y cada vez regresaba un poco
cambiada. Solo en aquel momento advertí la regularidad: la primera noche de Luna
llena desaparecía para regresar al otro día, al amanecer, como si nada hubiese
pasado. Pensando en esto estaba cuando apareció Dorga. Entró en mi vida como
llevaba la suya: arrogante, segura de si misma, convencida de que todos harían
lo que ella les ordenase con un simple movimiento de su bella mano. Porque era
bella, esa belleza fría e implacable que hace tartamudear a los más avezados
conquistadores, que habría frustrado a Don Juan y a Casanova.
Se presentó a sí misma
como investigadora militar y como un gran favor el que fuese a trabajar una
diosa como ella al lado de un simple biólogo como yo. Todo el tiempo sus
pupilas celestes buscando en mis ojos la admiración, la sumisión, el fanatismo
que no podía menos que despertar en todos los hombres su belleza. Pero yo tenía
a Kaira y sólo le lancé una breve ojeada. Debió haberse sentido ofendida por mi
indiferencia.
Trabajando, me di cuenta
inmediatamente que era una parásita, una especie de prostituta científica que
llegaría a vender su cuerpo por un diploma sudado por otro a quien encandilar
con su hermosura: una bella caja con un par de piedras dentro, mucho ruido y
nada. Debió enfurecería el que yo presentara mis explicaciones como una
obligación para la recién llegada y no como un homenaje.
Las mujeres como Dorga no
están acostumbradas a la indiferencia, no pueden resistirla, las hiere en su
amor propio de hembras feroces. Ya al finalizar el día todos habían advertido
que estaba empeñada en conquistarme, en rendir a sus pies a otro esclavo más. Ya
no por el beneficio que pudiera arrancarme, sino por el placer de doblegar a
alguien especialmente recalcitrante Todo el mundo se dio cuenta... menos yo,
que sólo pensaba en la huida de Kaira. Sólo al terminar la jornada, cuando nos
despedimos y depositó en mi mejilla un beso demasiado ardiente para un primer
día, intuí nebulosamente que algo pasaba. Pero acto seguido lo olvidé.
En la casa, Kaira me
esperaba y le pedí perdón mil veces sin saber por qué. Ella ya no lloraba, sólo
me dijo algo que no entendí hasta ayer:
«Dame tiempo y seré como
tú. Déjame adaptarme bien, déjame ser otra más».
Sólo sollozó un poco
cuando le dije en broma que si era una mujer loba no tenía nada en contra de
tener una buena camada de cachorros, siempre que los atáramos en Luna llena.
Entonces me dijo que no, pero que era mejor que esos días no fuese por la
casa... ella estaría ahí, pero no quería que la viese. Así, sin explicación y
ye prometí cumplirlo. ¡Si lo hubiese hecho...!
Kaira empezó a ser ella
misma y no ya una suma de todas las mujeres que había conocido. A veces tenía
ideas propias y empezó a desarrollar una pequeña investigación sobre la
conversión en seres anfibios de las ratas de las cloacas. Cada día me gustaba
más... y Dorga también.
Sería muy lindo poder
decir que resistí heroicamente su embrujo, parapetado tras el escudo de mi amor
por Kaira... pero no sería cierto. Caí al fin.
Una tarde en que mi Kaira
había salido a recoger muestras, yo reflexionaba internamente divertido sobre
lo que pensarían los técnicos de la Corporación sí supiesen que la escafandra
que llevaba sólo tenía la apariencia de sistemas de aseguramiento vital. Kaira
seguía conservando su capacidad de vivir en los ambientes más agresivos, el
traje era sólo para disimularlo. Dorga estaba a mi lado, extrañamente
tranquila, para mi alivio, porque ya empezaban los comentarios cáusticos y
machistas sobre mi inactividad frente a su acoso constante. Debí sospechar de
tanta calma, porque siempre presagian tempestad. Tuvo que ensayarlo para que
quedase tan espontáneo, estoy seguro.
Manipulábamos unos
ejemplares bastante peligrosos, imitadores de avispas que habían evolucionado
hasta desarrollar su propio aguijón verdadero. Claro que se los cortábamos,
como las alas, pero de todas formas las mandíbulas podían inflingir heridas
bastante peligrosas. De repente Dorga dio un chillido y saltó hacia atrás,
palpándose el pecho. Yo pensé que alguno de los insectos había entrado en su
bata y corrí hacia ella y abrí la tela de un tirón, sin que dejara de gritar y
de retorcerse.
Estaba totalmente desnuda
debajo de la bata y cuando la rasgué sus senos quedaron erectos apuntándome,
mientras yo buscaba algún rastro del insecto. Claro, no había tal, todo había
sido un truco. Aquellos pechos de forma perfecta, bronceados y de pezones
grandes y casi negros estaban tan cerca y se estremecían tan tentadoramente con
el jadeo que ella fingía expertamente, que no pude resistir. Hicimos el amor en
el suelo del laboratorio, sería mejor hicimos sexo, porque aquel asalto furioso
no era amor, sólo carne.
Cuando recuperé la
voluntad y advertí lo que había hecho, me vestí a toda prisa y huí. Dorga quedó
tendida en el piso, desnuda y riendo como una araña satisfecha. El brillo de
sus ojos parecía gritar que yo era ya suyo, para siempre.
No se lo conté a Kaira.
¿Para qué? El error habla sido mío.
Pero esa noche nos amamos
más remansadamente que nunca y comparando la calma de su cuerpo con el posesivo
desenfreno de Dorga, supe que nunca podría amar a nadie más.
Decírselo fue mi error. Al
otro día, cuando Dorga entró orgullosa como el primer día, esperando hallar a
un esclavo obediente siempre dispuesto a todo con tal de besar donde ella
pisara, sólo halló al mismo frío colega de siempre. Creí que iba a enloquecer
de rabia cuando mis frases le mostraron que ella, la que siempre vencía, había
sido usada... y por su propia voluntad. ¡La implacable Dorga, la calculadora,
se había entregado de balde!
Cambió de táctica;
tragándose su furia fingió comprender que no podía amarla y trató de pasar por
amiga mía. ¿Por qué tiene que ser la lengua la más mortal, la más venenosa de
las armas? ¿Por qué presté oídos a sus murmuraciones, por qué mis «amigos»
apoyaron su calumniosa y envolvente habla?
Ahora sé que nunca le tuve
confianza a Kaira, que para mí siempre fue un enigmático problema que no
valdría la pena resolver, porque podía perderla. ¡Pero tuve la oportunidad y la
dejé escapar! Kaira sólo pedía tiempo, que confiara en ella... y no pude.
La envidia es el veneno de
la felicidad, los celos son... lo peor. Dorga centró su ataque en las
misteriosas desapariciones de Kaira en Luna llena, siempre la primera del mes.
Ya yo había adquirido la costumbre de no ir por casa esos días, pero fue tanta
perversa fantasía la que vertió Dorga sobre mis hombros, tanta historia de
esclavas para toda la vida de señores del Oriente lejano, unidas a ellos por
juramentos terribles, que no pude soportar. Ayer fue la primera noche de Luna
llena, ayer rompí mi promesa y llegué en silencio, como un ladrón en mi propio
patio. Buscando al otro, al misterioso amo de mi Kaira en los días en que no
era mía.
Un crujido extraño,
amenazador, llamó mi atención. Pensé en bestias adiestradas para matar al
servicio de sus amos y me volví empuñando el fusil neuroeléctríco y vi al
monstruo.
Vagamente humanoide,
enorme, de contornos gelatinosos transparentes a la luz de la Luna, que
mostraban los miembros articulados, insectiles que crujían al moverse. Así
lucen los insectos cuando acaban de mudar su caparazón, mucílagos repugnantes y
deformes. Hizo un gesto hacia mí y disparé varias veces, apuntando a los sitios
bien conocidos de todo entomólogo donde radican los ganglios del sistema
nervioso.
Entonces ella gritó con la
voz que resonará en mis oídos hasta el último día, la voz incongruente en aquel
monstruo que moría con el cerebro sobrecargado, agitándose sobre el cemento.
Sólo dijo:
«¿Por qué?»
Luego encontré el
caparazón abandonado, con toda la apariencia de una piel humana vacía y lo
entendí todo y lloré. Cuando regresé junto a su cadáver, ya la piel nueva se
había secado, pero resquebrajándose. Aún así, aquella momia era mi Kaira.
Un insecto mimético, una
mutación capaz de imitar a cualquier forma de vida y que escogió al hombre.
Después quemé la piel
abandonada y llevé los restos al basurero sahariano. Nunca los encontrarán, por
más que busquen. ¡Y Dorga no habrá triunfado! Si hubiese invertido su tiempo en
la investigación en vez de seducirme a toda costa, sabría que algunos de los
mutantes miméticos pueden regenerarse a partir de fragmentos de su cuerpo, e
incluso resucitar después de cargas neuroeléctricas de millones de voltios...
si los colocamos bajo fuerte radiación. ¡Nunca sabrán en cuál de los cientos de
cráteres escondí a Kaira! Y ahora pueden seguir diciendo que estoy loco, que
destruí el cadáver después de hallarla con su amante. ¿Pero qué dirán cuando
ella regrese? Porque ella vendrá de nuevo... ella vendrá de nuevo.
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