La prisión
Vladimir Hernández Pacín & Yoss (José Miguel
Sánchez Gómez)
En Alfa
Eridiani 9.
¿Se sentirán las mujeres que se casan así, en
una prisión? Un antiguo amigo y compañero de profesión me decía, y no tengo motivos
para desdecirle, que hay personas que se casan para tener esclavas sexuales. No
soy de ese tipo pues estoy soltero, pero su afirmación resulta realmente aterradora.
Como el cuento que les presentamos ahora.
1
Brumas mentales disipándose...
Un sordo dolor substituyéndolas.
El repiqueteo de mil diminutos martillos en el
yunque de las sienes.
La boca pastosa, los miembros a la vez laxos
y engarrotados.
La mujer empezó a moverse estando aún semiinconsciente.
Estaba de bruces, y reptó torpemente hacia adelante cosa de medio metro –yacía sobre
una superficie finamente pulimentada, se percató del detalle como en sueños– antes
de apoyar las manos, alzar la parte superior del torso y sacudir la cabeza como
para volver en sí del todo. Sus cabellos color de miel, muy cortos, apenas si se
movieron con el enérgico gesto.
Dolor, más dolor.
Bienvenido, dolor.
El dolor es el mensajero de la vida.
Se sentó, masajeándose aturdida las sienes, aliviada
al no encontrar ninguna lesión.
¿Quién soy?
La respuesta de autochequeo, abriéndose paso
desde su implante de memoria y a través del muro impreciso de su confusión, desfiló
en escuetos caracteres de impresión retinal:
Silvia García. Astronauta de segunda clase, número
de serie 113-A-2-ATL. Asignada en misión preliminar de exploración al sistema Prometeo.
Primero las imágenes generales, luego los detalles
de lo sucedido inyectándose en su mente; un definido haz de impulsos eléctricos
que le devolvía sus recuerdos como un informe semiótico a alta velocidad.
Un sistema de rutina, sol clase G, un par de
superjovianos y un cinturón de planetoides. Se había acercado con su nave personal
al menor de los dos planetas gigantes –bautizado temporalmente como P-2– para aprovechar
el efecto látigo de su tremenda masa y lanzar con el mínimo gasto de combustible
una cibersonda hacia uno de los asteroides, que en el espectrógrafo parecía bastante
rico en tungsteno... el pequeño artefacto robótico acababa de comunicarle que su
curso era el correcto y ella había retransmitido el dato a la nave madre, el Atlantus...
ya aceleraba para regresar cuando su unidad de impulsión iónica primero «estornudó»
un par de veces y luego se estropeó...
¡Qué estupidez! Nunca debió acercarse tanto a
un superjoviano con una nave clase Mantis; muy maniobrable, pero sus motores
no estaban diseñados para sobrecargas gravitatorias. Las directivas lo especificaban
bien claro. Pero, en honor a la verdad ningún veterano del Atlantus obedecía
férreamente todas las directivas.
Se estremeció con el recuerdo; una vorágine de
eventos en fuga.
La aceleración, insuficiente para devolverla
al Atlantus, pero más que suficiente para sacar su Mantis de la órbita
sincrónica con P-2... y entonces, el tirón gravitatorio, la larga caída hacia su
brumosa atmósfera... sus histéricos gritos en el equipo de ultralínea, sus camaradas
del Atlantus comunicándole desesperados la imposibilidad de que alguna nave
de rescate llegara a tiempo para salvarla...
Se veía de nuevo cayendo hacia aquel descomunal
pozo de gravedad, la muerte inminente, el bloque de absorción de sobrecargas recalentándose...
la tremenda gravedad de P-2 creciendo cada vez más, aplastándole las manos contra
los mandos del tablero... creciendo, creciendo... la dificultad al respirar, más
a cada segundo... como si la inercia fuese un monstruo infinitamente pesado, con
miles de garras, y colocara a cada segundo una más sobre sus hombros... los ojos
nublándose en rojo y en negro... el esfuerzo inútil por reactivar el impulsor iónico
muerto... cayendo a través de las densísimas capas de nubes, de una belleza aterradora
y letal, y debajo... debajo... ¿debajo?
Se abrazó, sintiéndose súbitamente helada, como
si un frío feroz le naciera de los huesos.
¿Debajo?
¿Dentro de un superjoviano?
Imposible... las altísimas presiones, la gravedad,
la temperatura infernal. Debería estar mil veces hervida, aplastada, disuelta. Debería
estar muerta. Silvia se quedó inmóvil, boqueando, durante un par de segundos. Hasta
que fue capaz de convencerse de que estaba realmente viva y –salvo el repiqueteo
en sus sienes que ya iba desapareciendo– aparentemente ilesa.
O sea, que algo andaba mal...
O andaba demasiado bien, que era a veces peor
aún. Viva e ilesa, sí. Pero ¿cómo? ¿dónde? y sobre todo ¿por qué? Calma. Analiza
tu situación. Punto por punto y sin perder tu sangre fría.
Se puso en pie de un salto, casi como impulsada
por un resorte, y observó el sitio en el que había despertado.
La visual se extendía unas pocas decenas de metros
en todas direcciones. Más allá, unas brumas azuladas que impedían la visión. ¿Paredes
de niebla? ¿Hologramas? ¿O tal vez sería simplemente vapor de agua disuelto en el...
aire? Debía serlo, porque podía respirarlo... inhaló profundamente. Si había algún
gas peligroso que pudiera podrirle los pulmones, era completamente inodoro.
Los únicos aromas que llegaban a su pitituaria
eran los efluvios corporales de su cuerpo... ¿desnudo? Casi instintivamente se encogió
a medias sobre sí mismas, cubriéndose el bajo vientre y los senos con las manos,
como para protegerse de un soplo repentino de viento helado. Al cabo de otro segundo
sonrió y abandonando su ridícula actitud, se irguió. Su desnudez era tan absurda
como la situación, pero era sólo eso: desnudez. No significaba nada para los astronautas,
obligados a compartir cierto grado de intimidad en los estrechos espacios de las
naves interestelares.
En realidad, no había frío, ni soplaba el viento.
Sólo que después de tantos meses de usar la escafandra casi como una segunda piel
se sentía demasiado desprotegida. Alguien la habría despojado de su escafandra y
de todos los trajes accesorios que llevaba debajo cuando estaba a bordo de su Mantis
y, de algún modo que aún no comprendía, la había salvado de una muerte segura para
llevarla a aquel extraño sitio. Bien, podía haber sido peor. Al menos estaba viva.
Dio un par de pasos tentativos sobre el material
pulimentado del suelo. Liso, pero no resbaladizo. Sin junturas. No parecía metálico,
sino plástico o de algún tipo de cerámica. Ni frío ni caliente, lo mismo que el
aire; o sea, entre 34 y 36 grados Celsius. Casi seguro que su misterioso benefactor
había elegido prudentemente colocarla en condiciones térmicas no muy alejadas de
su propia temperatura corporal.
Se sintió más tranquila. Alguien que no solo
la salvaba, sino que se preocupaba de su bienestar, no debía tener malas intenciones.
Por supuesto, por más que en los foros de La
Tierra tantos locos paranoicos advirtieran constantemente contra las posibles razas
agresivas que la exploración espacial humana encontraría, y el peligro que suponían
para nuestra especie, el primer contacto no podía ser más que pacífico. Un soberbio
encuentro de intelectos.
Y la casualidad la había puesto a ella en el
sitial de embajadora de su raza. Carraspeó nerviosa y vocalizó tratando de parecer
solemne y segura de sí misma:
–Hola, soy Silvia García. Pertenezco a la especie
humana. Quienquiera que seas, te doy las gracias por salvarme. Muéstrate, para que
pueda conocerte.
Y esperó ansiosa la respuesta. Por unos instantes
no ocurrió nada. Pero cuando ya iba a repetir su demanda, llegó el sonido. Era a
la vez ruido y vibración. Un ulular de frecuencias imposibles para el oído humano,
que la atravesó de lado a lado y la hizo estremecerse, hasta que sintió como si
su misma médula espinal se retorciera y se contorsionara tratando de fluir fuera
de su encierro óseo.
Sin poder contenerse, aulló por el dolor y la
sorpresa.
Pero era sólo el principio.
De improviso su cuerpo, sin que mediara ninguna
orden de su cerebro, se tensó bajo un influjo externo. Trató de luchar contra el
horror de aquella sorpresiva invasión, pero el poder atravesó fácilmente el sistema
de control de sus implantes y la aferró poderosamente. Luchó contra el terror con
todas sus fuerzas.
Está tratando de comunicarse conmigo, pensó,
y la idea le dio fuerzas para resistir aquel asalto neural a su cuerpo. Pero no
era en modo alguno agradable, y la sensación no mejoró cuando sus piernas, con la
torpeza de un niño que aprende a andar, la arrastraron en algunos pasos imprecisos
y rígidos. Luego su desplazamiento se fue haciendo más suave y natural, pero siempre
sin intervención de su voluntad.
Aprende rápido, pensó. Menos mal, porque esta
sensación de impotencia, de no ser dueña de mi propio cuerpo, es... torturante.
Pero debo colaborar... Los movimientos de su cuerpo se hicieron más seguros y rápidos.
Pasos exactos, giros decididamente danzarios, agacharse, alzar los brazos, y luego
volteretas hacia atrás y hacia adelante, saltos mortales de una precisión y energía
que Silvia no había alcanzado ni en sus mejores momentos.
Y de repente sus movimientos se convirtieron
en una coreografía veloz y trepidante, siguiendo el ritmo de alguna música exótica
que Silvia, por supuesto, no alcanzaba a escuchar.
Era el baile de una maestra y a la vez de una
acróbata con obsesiones anatómicas, como decidida a explorar hasta el límite las
posibilidades de elasticidad del cuerpo humano. Una pierna se le alzaba a Silvia
al frente hasta que su rodilla tocaba el hombro, luego la otra iba hacia atrás y
arriba hasta que la planta del pie rozaba su cabeza. Saltaba separándolas más de
180 grados en el aire, rodaba por el suelo como si su espina dorsal fuese un arco.
Se doblaba por la cintura como si quisiera plegarse, se encogía en una maraña mínima
de miembros apretados estrechamente. Enseguida, sus brazos se elevaban como plantas
que buscaran el cielo, se anudaban a su espalda, su columna vertebral cimbreaba
sacudida por ondas peristálticas como las de un imposible gusano. Pareció transcurrir
un siglo de violentísimo ballet; el sudor tibio brotaba sin descanso a través de
su bronceada epidermis. Se sentía totalmente dolorida: sus articulaciones no entrenadas
crujían torturadas por el misterioso manipulador, sus músculos desacostumbrados
al ejercicio temblaban de agotamiento.
Sabía que si en aquel mismo instante su ¿salvador
o verdugo? dejara de tirar de los hilos invisibles con los que la manejaba a su
antojo, se desplomaría de pura fatiga.
Esto ya está yendo demasiado lejos. ¡Me va a
matar! Debería decirle «basta».
Pero no era una opción que viniera asociada a
su enigmática resurrección: sus cuerdas vocales y sus labios, lo mismo que el resto
del cuerpo, ya no le pertenecían. Por más que se esforzaba, no conseguía que la
queja escapara por su garganta. Lágrimas de impotencia y dolor, emergieron como
única concesión y reptaron por sus mejillas, trazando sendas ardientes y salinas.
Un concepto de la comunicación bastante doloroso. Al fin, tan de súbito como había
comenzado, la extenuante danza terminó.
Y tal como temía, Silvia se derrumbó cuan larga
era sobre el suelo. Se sentía tremendamente agotada. Ni siquiera alcanzaba a interfasear
con sus implantes de asistencia fisiológica. El contacto alienígena parecía haber
cortocircuitado el acceso para tomar posesión total sobre ella. Tenía que concentrar
todas sus fuerzas en el sólo hecho de respirar. Pero, ¿por qué no entraba en su
mente de una vez? ¿Por qué «aquello» insistía en manifestarse a través de su cuerpo?
¿Acaso era un ser incorpóreo extradimensional, para quien su mente estaría definitivamente
fuera de alcance? Los teóricos hablaban de probables especies que habían trascendido,
evolucionado a planos de existencia más complejos. No creía que pudiera llegar muy
lejos como embajadora de la raza humana ante una Especie Trascendente. El ritmo
energético de aquel «contacto» acabaría colapsándola.
Con tal extenuación no podía pensar claramente.
Necesitaba descansar un tiempo, nada más. Reposar en el suelo, abandonada, simplemente
reposar y relajarse, relajarse...
No despertó por su propia voluntad, sino por
el agradable cosquilleo que empezó a recorrer toda su piel.
Aún entre las brumas del sueño, sonrió y alcanzó
a pensar ¡Vaya!, un cambio de táctica; sigue siendo un contacto únicamente corpóreo
pero ahora es amable y suave. Supongo que estamos progresando...
Sentía como si cada centímetro de su epidermis,
cada terminal nerviosa, fuese suavemente estimulada. Yaciendo bocarriba, se concentró
en la deliciosa sensación, y una dulzura y abandono crecientes la fueron relajando
más aún. Un tanto asombrada, constató un fuerte deseo sexual invadiéndola, y sus
pezones desnudos respondían erectos como nunca antes. De reojo, bajando mucho la
vista, distinguió las sensibles aureolas enrojecer más a cada segundo. De su sexo,
súbitamente empapado y anhelante, escapó una humedad que le mojó los muslos. Vagina
y ano comenzaron a contraerse suave e insistentemente, sin control alguno de su
voluntad. Era agradable... y aterrador a la vez. ¿Y ahora qué? ¿Es el placer un
lenguaje primordial de esta entidad? Tuvo tiempo de preguntarse antes de que el
orgasmo, un torrente de fuego erógeno, la incendiara por dentro hasta hacerla retorcerse
en un espasmo de placer que, podría jurarlo, duró casi un minuto entero.
Jadeando aún, y casi tan agotada como antes de
dormirse, se puso en pie temblando. Al menos eso podía hacerlo ella misma, aunque
todavía le dolieran tantísimo los músculos agarrotados por la danza anterior.
La cabeza le daba vueltas.
¡Dios mío! Nunca antes había experimentado una
lascivia y un placer tan puro. Era un lenguaje feromonal, un lenguaje directo a
los centros de placer de la especie a contactar. Tal vez pudieran llegar a entenderse,
después de todo. Estaba jugando con ella otra vez.
El segundo clímax llegó veloz, y fue como lava
naciendo de su clítoris, derramándose en su interior. Abrasador y expansivo. La
indetenible violación-invasión alienígena abriéndose paso como marea gravitatoria.
Silvia cayó de hinojos, acariciándose los senos con una fruición incontrolable que,
no obstante, parecía incapaz de añadir más gozo del que ya sentía.
Un pequeño charco de fluido vaginal brillaba
en el suelo, bajo su entrepierna... y entonces volvió a tensarse involuntariamente.
¿Más? ¡Me va a matar! Al sentir que le inundaba
de nuevo la dulzura que ya empezaba a serle familiar, sus manos volaron a hundirse
en el matorral púbico, en un vano intento de abortar el vertiginoso clímax que emergía
una vez más; protegerse de aquella deliciosa y terrible erupción de placer que la
sacudía implacablemente.
Y fue la cascada de absoluto éxtasis y dolor,
sobredosis neuroquímicas en rápida sucesión, como ráfagas explosivas impactando
sin descanso el universo sensorial de la astronauta. Sus rodillas temblorosas se
negaron a sostenerla por más tiempo, y se derrumbó. Sin embargo, su convulso cuerpo
pugnaba aún por elevarse buscando instintivamente la entidad que la destruía haciéndola
gozar.
Detente... por piedad... no puedo más...
Pero no hubo piedad.
El retorno del placer-dolor interminable, esclavizando
todas sus células nerviosas; dilatando el éxtasis, reteniendo el colapso. Los labios
le sangraban de tanto mordérselos y su sexo estaba tan hinchado que el torrente
de secreciones que colmaba su vagina dilatada apenas goteaba sobre el suelo contra
el que frotaba el vientre y los muslos. Y de repente todo terminó, como mismo había
empezado; con una sensación de hormigueo por toda la piel, que al fin se esfumó
también.
Completamente exhausta, y con un dolor en sus
senos y sus entrañas que incrementaba el de los músculos cansados, Silvia intentó
erguirse por tres veces, sin éxito. Resollando, fue entonces consciente de un hambre
brutal, primigenia e inaplazable, que la colmaba por completo. Sabía por experiencia
que el cuerpo sólo reaccionaba así cuando ya entraba en pleno proceso de autofagia,
cuando el gasto catabólico era extremo y el metabolismo necesitaba urgentemente
reponer sus reservas.
Con esfuerzo infinito, alzó la vista, buscando
cualquier alimento que su invisible anfitrión hubiera dispuesto para ella. Esperaba
el alimento como una mínima retribución al desgaste fisiológico a que había sido
sometida durante el «contacto». Pero no había nada. Solo el piso pulido y la bruma
azulada. Llorando de frustración y de impotencia, Silvia se sumergió en un sueño
famélico.
Tanscurrió un tiempo impreciso –pero siempre
demasiado corto– y Silvia volvió a verse obligada a interpretar los movimientos
que otro ser imaginaba para ella, dócil muñeca de una mente ajena e inconcebible.
Mientras trazaba la involuntaria danza, llorando
y jadeando, con la vista nublándosele en cada giro, Silvia fue consciente de que
la fiebre la consumía, de lo protuberantes que lucían ya sus pómulos y costillas;
parecían amenazarla con romperle la piel. El «contacto» la estaba destruyendo irremisiblemente.
Por primera vez sintió que, más que miedo, más
que terror, una absoluta certeza se abría camino en su mente, transmitiéndole paz
total: Voy a morir...
2
lhkkk, estoy preocupada. Skloak pasa demasiado
tiempo con su nuevo juguete. Apenas le presta atención a ninguna otra cosa. Creo
que no fue una buena idea de Kohbe traerle esa mascota... pensamos que así mejoraría
su control mental, pero me disgusta mucho el verle atormentar constantemente al
pobre animalito, sin darle un descanso.
–¿Sí? Pues despreocúpese, Ankjahl: a ese paso
no le durará mucho. Y todos los pequeños son iguales con su primera mascota. Creen
que es otro artilugio mecánico, se olvidan de darle comida y luego lloran cuando
se les muere.
A mi Groonke le pasó igual... luego no paró hasta
que le conseguimos otra mascota, y entonces ya fue perdiendo el interés...
–Usted como siempre con su sabiduría, Ulhkkk.
No sabe la preocupación que me quita. Si es sólo cuestión de conseguirle otro, supongo
que pueda pedírselo a Kohbe, que es explorador. Porque, la verdad, no creo que a
este le quede mucho. La suerte es que son bastante comunes...
–¿Ah, sí? Pues yo nunca había visto uno...
–Pues dice el señor explorador Kohbe que pululan
por todo el espacio, y que se están extendiendo, porque hasta ahora no los habían
encontrado tan lejos de su mundo-nido. Deben ser algún tipo de parásitos. Uno de
estos días habrá que tomar medidas contra ellos, antes de que se conviertan en una
molestia de verdad. Pero entretanto, si sirven para entretener a los pequeños...
–Sí, Ankjhal, todo sirve para algo en este Universo...
mira como disfruta tu Skloak con su juguetito., mira...
–Sí... ¿no es precioso? Mire...
Y ambas cortaron su animada charla para mirar,
con expresiones de absorta felicidad, cómo el pequeño jugaba.
Aunque, estrictamente hablando, decir charla,
mirar, expresiones, pequeño y jugaba no fuese del todo correcto; una derivación
metafórica. Porque la raza alienígena a la que pertenecían los tres seres, en lugar
de palabras u otra clase de sonidos, para comunicarse empleaban complejísimas series
de feromonas que formaban un curioso lenguaje olfativo. Porque, viviendo como vivían
en un mundo a cuya superficie nunca llegaba la luz visible, no tenían ojos y mucho
menos caras o expresiones.
Porque Skloak, aún alcanzando apenas la mitad
del tamaño de Ankjhal y Ulhkkk, tenía ya unos buenos cincuenta metros de cuerpo
decápodo y blindado. Porque, sobre todo, si alguien le preguntase al pequeño ser
que se retorcía bajo el control mental de Skloak, dentro de la cápsula que sostenía
este entre sus pinzas, probablemente habría dicho cualquier cosa, menos que aquello
era un juego. Siempre y cuando aún tuviera energías para decirlo...
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