Eternamente.
Es una
agradable forma de vivir, si uno es capaz de afrontarla.
Y
Seward Skinner era capaz.
-Mil
millones de unidades integrales -dijo el doctor Togol-. Quizá mas.
Seward
Skinner ni siquiera parpadeó cuando oyó la estimación. Parpadear, como
cualquier otro movimiento corporal, trae emparejado consigo un doloroso
esfuerzo cuando uno se halla en un estadio terminal. Pero Skinner consiguió la
fuerza para hablar, aunque su voz no fue más que un ronco susurro.
-Adelante
con el plan. Pero aprisa.
El
plan lle;aba diez años preparándose, y Skinner llevaba dos muriéndose, así que
el doctor Togol se apresuró. El apresurarse significaba gastar más, y al final
probablemente el proceso le costó a Skinner unos cinco mil millones de UGIS más
que el precio señalado. Nadie pudo decirlo seguro. Todo lo que se sabía era que
Seward Skinner era el único hombre en toda la galaxia -la galaxia conocida, por
supuesto- que podía afrontar tal gasto.
Eso
era todo lo que se sabía.
Seward
Skinner había sido el más rico hombre vivo durante mucho, mucho tiempo. Había
aún algunos viejos que podían recordar los días en que era una figura pública y
un objeto de bromas privadas... el Playboy de los Planetas, lo llamaban, según
los rumores, tenía una mujer en cada mundo, o al menos una hembra.
Otras
personas, no tan mayores, recordaban a un Seward Skinner más maduro... el Genio
Galáctico, el fabuloso inventor, el impulsor de Industrias Interespaciales, la
mayor corporación jamás conocida. Durante esos días sus operaciones comerciales
eran noticia... y rumores.
Pero
para la mayoría del público interplanetario, los más jóvenes sin recuerdos
personales de esos lejanos tiempos, Seward Skinner era simplemente un nombre.
En los años más recientes se había retirado completamente de cualquier contacto
con el mundo exterior. E Industrias Interespaciales había retrocedido cuidadosa
y concienzudamente en el tiempo y había adquirido cada registro, cada cinta de
su pasado. Algunos decían que luego hablan sido destruidos, otros decían que
los datos hablan sido ocultados, pero a fin de cuentas el resultado era el
mismo. La intimidad de Seward Skinner estaba protegida, era completa. Y todo el
mundo dejó de verle. Sus negocios, su propia vida, parecían gobernados por
control remoto.
En
realidad, por supuesto, estaban gobernados por el doctor Togol.
Si
Skinner era el hombre más rico, el doctor Togol era seguramente el científico
más brillante. De forma inevitable, los dos hombres estaban abocados a un amor
común... la riqueza.
Nadie
sabía lo que representaba la riqueza para Skinner. Lo que representaba para el
doctor Togol era clarísimo; era el instrumento para la investigación. Unos
fondos ilimitados eran la clave de una experimentación ilimitada. Y así nació
una colaboración.
Durante
la última década el doctor Togol desarrolló su plan, y Seward Skinner
desarrolló un cáncer incurable.
Ahora
el plan estaba a punto para funcionar, precisamente cuando Skinner estaba
dejando de funcionar.
Así
que Skinner murió.
Y
vivió de nuevo.
Es
magnífico estar vivo, principalmente después de que uno ha estado muerto. De
algún modo el sol parece más cálido, el mundo parece más brillante, los pájaros
cantan más dulcemente. Incluso pese a que allí en Edén el sol era artificial,
la luz era proporcionada por instrumentos radiantes, y el canto de los pájaros
surgía de gargantas mecánicas.
Pero
Skinner estaba vivo.
Se
sentó en la terraza de su enorme casa en la colina y miró hacia abajo, hacia
Edén, y se sintió complacido de lo que había forjado. El desolado pequeño
satélite de un mundo desértico y olvidado que comprara varios años antes había
sido transformado en una Tierra en miniatura, un recuerdo de su mundo original.
Bajo él había una ciudad muy parecida a la propia ciudad donde había nacido;
allí en la cima de la colina había una casa que duplicaba la morada que siempre
había tenido. Más allá estaba el complejo de los laboratorios del doctor Togol,
y a mucha profundidad, en los sótanos, estaba...
Skinner
apartó el pensamiento de sí.
-Sírveme
una copa -dijo.
Skinner,
el camarero, asintió y se dirigió a la casa para decirle a Skinner, el
mayordomo, que preparara la bebida.
Ya
nadie bebía alcohol, y ya nadie tenía camareros o mayordomos, pero así era como
Skinner quería las cosas; recordaba como había vivido en los viejos tiempos, y
pretendía vivir del mismo modo. Ahora y siempre.
Así
que después de que Skinner le hubo servido su copa, le pidió a Skinner, el
chófer, que lo condujera a la ciudad. Miró por la ventanilla del minimóvil,
gozando del espectáculo. Skinner siempre había sido un observador de la gente,
y las actividades de aquellas personas tenían ahora un interés especial y muy particular
para él.
Tras
los volantes de otros minimóviles, los Skinners saludaron con la cabeza y le
sonrieron al pasar. En el cruce, Skinner, el oficial de seguridad, le saludó
con la mano. En las aceras junto a las plantas de fabricación y procesado de alimentos,
otros Skinners se dedicaban a sus labores. Skinner el ingeniero hidropónico,
Skinner el reciclador de residuos, Skinner el controlador de oxigenación,
Skinner el transportista, Skinner el locutor de la televisión. Cada uno de
ellos tenía su lugar y su función en aquel mundo en miniatura, y lo llevaba a
cabo rápida y eficazmente, según el plan y el programa.
-Una
cosa es definitiva -le había dicho Skinner al doctor Togol-. No habrá
computerización. No deseo a mi gente controlada por una máquina. No son
robots... cada uno de ellos es un ser humano, y tienen que vivir como seres
humanos. Completa responsabilidad y completa seguridad, ese es el secreto de
una vida completa. Después de todo, ellos son tan importantes para el esquema
de las cosas como yo mismo, y deseo que sean felices. Eso quizá no le importe a
usted, pero tiene que recordar que son mi familia.
-Más
que su familia -dijo el doctor Togol-. Son usted.
Y era
cierto. Eran él... o parte de él. Cada uno de ellos era realmente Skinner, el
producto de una única célula, reproducido y evolucionado gracias a la
perfección del proceso del doctor Togol.
El
proceso era llamado clonación, y era tremendamente complicado. Incluso la
propia teoría de los clones era complicada, y Skinner nunca la había comprendido
por entero. Pero tampoco necesitaba comprenderla, eso era tarea del doctor
Togol, comprender la teoría e imaginar formas de llevarla a la práctica.
Skinner proporcionó la financiación, el laboratorio, el equipo, los medios. El
doctor Togol proporcionó los caminos. Y al final -cuando vino el final-, su
cuerpo proporcionó el tejido de células vivas de las que fueron extraídos,
aislados y desarrollados los clones. Los clones, desarrollándose a través de un
complicado crecimiento hasta convertirse en duplicados físicos del propio
Skinner. No reproducciones, no imitaciones, no copias, sino realmente él
mismo.
Mirando
al retrovisor del minimóvil, Skinner contempló al chófer, una imagen en el
espejo de su propio rostro y cuerpo. Mirando por la ventanilla se vio de nuevo
a sí mismo reflejado en cada forma que pasaba. Todos los Skinner eran hombres
altos, ya maduros, pero con el vigor juvenil nacido de un cuidadoso y elaborado
régimen de terapia vitamínica de vanguardia y regeneración orgánica; el
resultado de una profunda atención médica, que eliminaba parcialmente los
estragos de la metástasis. Y, puesto que el cáncer no era hereditario, no había
sido traspasado a los clones. Como él mismo, todos los Skinners gozaban de
buena salud. Y, como él mismo, llevaban en su interior las semillas -las
células- de la inmortalidad.
Eternamente.
Vivirían
eternamente, como él.
Y eran
él. Físicamente intercambiables, excepto por las ropas que llevaban... los
uniformes designando sus varias ocupaciones servían para diferenciarlos e
identificarlos.
Un
mundo de Skinners en el mundo de Skinner.
Habían
surgido problemas, por supuesto.
Hacía
tiempo, antes de que el doctor Togol iniciara su trabajo, habían discutido el
asunto.
-Un
auténtico clon -dijo el doctor Togol-. Eso es lo único que hemos de ir a
buscar. Un saludable facsímil de usted mismo es todo lo que necesitamos.
Skinner
negó con la cabeza.
-Demasiado
arriesgado. Supongo que se produce un accidente. Aquello sería el fin para mí.
-Muy
bien. Dispondremos de una cantidad de tejido celular vivo extra, que
conservaremos como reserva. Cuidadosamente almacenado y custodiado, por
supuesto.
-¿Custodiado?
-Naturalmente
-asintió el doctor Togol-. Ese Edén, ese satélite suyo, necesitará protección.
Y puesto que usted parece determinado a no regirlo por computador, entonces
necesitará personal. Otra gente que haga el trabajo, que mantenga las cosas en
funcionamiento, le proporcione compañía. Seguro que usted no deseará vivir
eternamente si tiene que pasar la eternidad solo.
Skinner
frunció el ceño.
-No
confío en la gente. No como guardias, no como empleados, y por supuesto no como
amigos.
-¿En
nadie?
-Confío
en mí mismo -dijo Skinner-. Así que deseo más clones. Los suficientes como para
mantener funcionando Edén independientemente de extraños.
-¿Todo
el satélite poblado enteramente de Skinners?
-Exacto.
-Pero
parece que no comprende. Si el proceso tiene éxito y produzco más de un
Skinner, todos ellos lo compartirán todo. No el cuerpo, sino también la
mente... cada personalidad será idéntica a las demás. Compartirán los mismos
recuerdos, exactamente hasta el momento en que las células fueron separadas del
cuerpo de usted.
-Entiendo
eso.
-¿Realmente?
-El doctor Togol agitó dubitativamente la cabeza-. Déjeme decirle que no tengo
ningún problema en seguir sus instrucciones. Hablando técnicamente, es
posible... Si un clonaje individualizado tiene éxito, entonces los demás
tendrán éxito también. Todo lo que se necesitará será un aporte suplementario
de fondos.
-Entonces
no existe ningún problema, ¿no cree?
-Ya le
he dicho cuál es el problema. Un millar de Skinners, exactamente iguales.
Iguales en apariencia, en pensamientos, en sentimientos. Y usted, el actual
usted reproducido por clonaje, no será más que otro entre muchos. ¿Ha decidido
ya qué labor deseará realizar en su nuevo mundo, una vez sea inmortal? ¿Deseará
cuidar de las unidades de energía, o de los suministros alimenticios, o tal vez
preferirá trabajar en las cocinas de la gran casa para siempre?
-¡Por
supuesto que no! -restalló Skinner-. Deseo ser simplemente lo que soy ahora.
-El
jefe. El que manda. El Señor Grande. -El doctor Togol sonrió, luego suspiró-.
De eso precisamente se trata. Lo mismo desearán los otros. Cada una de sus
otras partes tendrá el mismo deseo, la misma ambición, el mismo impulso a
dominar, a controlar. Porque tendrán exactamente su mismo cerebro y sistema
nervioso.
-¿Desde
el mismo momento en que renazcan, quiere decir?
-Exacto.
-Entonces,
a partir de ese momento, usted elaborará un nuevo programa. Un programa de
condicionamiento -asintió rápidamente Skinner-. Hay técnicas para ello, lo sé.
Hipnoterapia, máquinas hipnóticas de educación de la personalidad... ese tipo
de cosas que utilizan los psicólogos para alterar el comportamiento criminal.
Implantará usted selectivamente bloques de memoria.
-Pero
necesitaría todo un centro psicomédico, completamente equipado y con personal
y...
-Lo
tendrá. Deseo que todo el proceso se realice aquí en la Tierra, antes de que
nadie sea transportado a Edén.
-No
estoy seguro. Usted está pidiendo la creación de una nueva raza, dotando a cada
miembro de una nueva personalidad. Un Skinner que recuerde su vida pasada pero
ahora se contente con ser simplemente un jardinero hidropónico, un Skinner que
esté satisfecho con vivir eternamente como un contable, un Skinner dispuesto a
dedicar toda su interminable existencia como técnico en reparaciones.
Skinner
se alzó de hombros.
-Un
trabajo difícil y complicado, lo sé. Pero trabajará con una personalidad ya de
por si difícil y complicada... la mía. -Carraspeó dolorosamente antes de
continuar-. No quiero decir con ello que yo sea único. Todos somos mucho más
complicados de lo que aparentamos superficialmente, usted lo sabe. Cada ser
humano es un conjunto de impulsos conflictivos, algunos expresados, otros
reprimidos. Se que hay una parte de mí que siempre ha estado muy cerca de la
naturaleza, del suelo, de los cultivos y del crecimiento de la vida. Enterré
esta faceta de mi personalidad desde la infancia, pero los recuerdos están ahí.
Encuéntrelos, y tendrá usted a sus jardineros, a sus granjeros... ¡sí, y
también a sus ayudantes médicos!
»Otra
parte de mí está fascinada incluso conscientemente hoy en día por los hechos y
los números, las menudencias de las matemáticas. Aisle este aspecto, condiciónelo
a su completa expresión, y obtendrá usted a sus contables, y toda la ayuda que
necesite para mantener a Edén funcionando suave y sistemáticamente.
»No
necesito decirle que una gran parte de mi carrera original estuvo dedicada a la
investigación científica y a la invención. No tendrá usted ningún problema en
desarrollar a unos cuantos Skinners de mente atraída por la mecánica para
obtener su personal para las unidades de energía o incluso para conducir los
vehículos de transporte.
»Los
alcances de la mente son infinitos, doctor. Explótelos adecuadamente, y tendrá
todo un mundo funcional... con todos los puestos subalternos de autoridad
cubiertos por Skinners que sentirán la necesidad de actuar como policías o
capataces o supervisores... y con todas las tareas serviles realizadas por
Skinners a quienes les guste servir. Resucite esos rasgos y tendencias
específicos, intensifíquelos, elimine todos los recuerdos que puedan entrar en
conflicto con ellos, y el resto será sencillo.
-¿Sencillo?
-el doctor Togol frunció el ceño-. ¿Hacer un lavado de cerebro con todos ellos?
-Con
todos menos con uno -la voz de Skinner se crispó ligeramente-. Uno de ellos
permanecerá intocado, reproducido exacta y enteramente tal como es. Y ese seré
yo.
El
pequeño y gordinflón médico de cabello gris permaneció un largo momento mirando
a Skinner.
-¿No
admite usted la posibilidad de ningún cambio en usted mismo? ¿ No siente deseos
de modificar algo de su propio esquema de personalidad?
-No
pienso que sea perfecto, si eso es lo que quiere decir. Pero estoy satisfecho
conmigo mismo tal como soy. Y así es como quiero seguir, una vez usted haya
llevado adelante el plan.
El
doctor Togol siguió mirándole.
-Dice
que ha aprendido usted a no creer en nadie. Si eso es cierto, y me siento inclinado
a creerlo, entonces ¿cómo sabe que puede confiar en mí?
-¿Qué
quiere decir?
-Usted
va a morir. Ambos lo sabemos. Es sólo cuestión de tiempo. El poder de
regenerarlo a través del clonaje está enteramente en mis manos. ¿Y si yo no
cumplo con lo pactado?
Skinner
sostuvo la nurada del doctor Togol.
-Cumplira
usted con lo pactado antes de que yo muera. Y mucho antes de que me sienta
incapacitado de seguir dando órdenes, usted habrá procesado todos los clones
tal como le he dicho. Le aseguro que no tengo la menor intención de morirme
hasta que todos los clones estén listos para ser transportados a Edén.
-Pero
entonces usted morirá -insistió Togol-. Y sólo entonces crearemos el
clon que usted ha elegido para representarle a usted mismo... el único que dice
debe permanecer sin ningún cambio. ¿Quién le asegura que yo obedeceré estas
instrucciones después de que usted está realmeute muerto? Entonces podré usar
técnicas psicológicas para modificar la personalidad de su clon de la manera
que quiera. ¿Qué me impedirá convertir a su clon en un esclavo de mi
voluntad... de tal modo que yo me convierta en el dueño real de ese nuevo mundo
que usted ha creado?
-La
curiosidad -murmuró Skinner-. Actuará usted exactamente como yo digo porque
usted es un absoluto fanático curioso por los resultados. Ningún otro hombre
vivo puede proporcionarle los medios y la oportunidad de llevar adelante este
proyecto de clonaje. Si el experimento tiene éxito habrá conseguido usted el
mayor logro científico de todos los tiempos... así que no se traicionará a sí
mismo. Una vez llegado hasta tan lejos, no será capaz de resistir la tentación
de ir hasta el final. Particularmente cuando empiece a darse cuenta de que esto
es sólo el principio.
-No le
comprendo.
-Durante
toda mi vida he avanzado desde una posición de fuerza, de confianza en mí
mismo. Y usted sabe lo que he conseguido. Creo que actualmente soy el individuo
más rico y poderoso de la galaxia.
»Ahora
soy un hombre enfermo, pero gracias a usted volveré a estar bien de nuevo. No sólo
bien, sino inmortal. Considere el tipo de confianza en mí mismo que poseeré
entonces, cuando me vea libre de la enfermdad, libre para siempre del miedo a
la muerte. Con esa confianza mía podremos ir tan lejos como queramos, conseguir
los mayores logros... resolver todos los misterios, derribar todas las
barreras, ¡hacer temblar las estrellas!
»Usted
no se atreverá a manipular mi mente porque usted deseará formar parte de todo
eso... verlo y compartirlo. ¿No es así, doctor?
La
mirada de Togol vaciló. No respondió, porque sabía que todo aquello era cierto.
Y así
había sido.
El
clonaje se produjo tal como Seward Skinner lo había planeado. Y el proyecto de
condicionamiento psicológico que le siguió fue realizado sin problemas también,
aunque al final demostró ser mucho más complicado de lo que nadie habla
imaginado.
El
paso final requería reclutar a un equipo de varios cientos de técnicos,
altamente cualificados y especialmente entrenados, para luego dividirlos en
grupos psicomédicos asignados a los clones individuales a medida que estos
alcanzaban el límite de su crecimiento y empezaba a funcionar como especímenes
adultos. Bajo la supervisión del doctor Togol, esos especialistas crearon los
programas de bloqueo de memoria, para modelar las personalidades de cada
Skinner individual y hacer que se adaptara a su papel en la vida una vez
llegara a Edén.
Tras
lo cual empezó el traslado.
Transportes
espaciales, conducidos exclusivamente por Skinners entrenados para la tarea,
llevaron a otros Skinners a la pedregosa superficie del satélite secreto.
Transportes adicionales, pilotados por Skinners, condujeron y condujeron las
aparentemente interminables cantidades de materiales nenecesarios para
transformar la vacía cáscara de Edén en el mundo que Seward Skinner soñaba.
La
ciudad en miniatura brotó en la llanura, la casa fue edificada en la colina, el
complejo del laboratorio creció con la gran bóveda abajo. Y todo aquello, cada
paso de la operación, fue ejecutado bajo un tal secreto que ningún extraño
llegó a sospechar nunca de su existencia.
Llegó
un momento en que las diferentes fases de la operación se convirtieron en una
carrera... una carrera contra la muerte.
Skinner
se estaba muriendo. Sólo un acto de increíble voluntad lo mantuvo con vida el
tiempo suficiente como para supervisar la completa destrucción del lugar en la
Tierra donde se había realizado todo el trabajo.
Luego
él también se trasladó a Edén con el doctor Togol, pero no hasta haber hecho
los arreglos necesarios para enviar todo el equipo psicomédico, intacto, al
nuevo complejo del laboratorio edificado allí.
Para
ello fue dispuesto un transporte final.
Skinner
recordó vívidamente la tarde en que permaneció tendido en su lecho de muerte,
en la casa de la colina, con el doctor Togol a su lado, aguardando la llegada
del transporte.
Parpadeando
en la casi oscura habitación, el transmisor iluminó su pantalla con el
impresionante mensaje. Fallo de presión e implosión más allá del planeta
Plutón... transporte totalmente destruido... ningún superviviente.
-¡Dios
mío! -dijo Togol.
Entonces,
a la débil luz, vio la sonrisa en el rostro del agonizante hombre. Y oyó su
pesado y laborioso jadeo.
-¿Creía
usted realmente que iba a permitir que cualquier extraño viniera aquí a
curiosear e interferir, a aprender los secretos, a llevar las noticias a los
demás mundos?
Togol
se lo quedó mirando.
-¡Sabotear
un transporte, asesinar a todos esos hombres! ¡No es posible que haya hecho
usted eso!
-Fait accompli -sonrió Skinner-. Nadie a bordo sabía el
auténtico destino... pensaba que era Rigel. Y lo ocurrido será registrado como
un accidente.
-A
menos que yo decida denunciarlo.
El
rostro del agonizante hombre reflejó la caricatura de una sonrisa.
-No
puede. Porque hay un informe detallado de toda la operación oculto en algún
lugar en mis archivos. Lo implica a usted como cómplice, así que si habla
firmará su propia sentencia de muerte.
-Olvida
usted que yo puedo firmar la suya -dijo el doctor Togol-. Simplemente dejando
que la naturaleza siga su curso.
-Si
usted me deja morir ahora, todo lo que hay en mis archivos saldrá a la luz. No
tiene usted elección. Tiene que seguir adelante con esto... proceder al clonaje
final que me reproducirá tal como he ordenado.
Togol
inspiró profundamente.
-Así
que por eso estaba usted tan seguro de que nunca iba a traicionarle. No se
amparaba en mi curiosidad científica... lo planeó todo desde el principio, para
tenerme atado permanentemente.
-Ya le
dije que soy un hombre complejo. -Skinner dominó su dolor-. Ahora es el momento
de convertirme en una persona completa y sana. Puede empezar ya... esta noche.
No era
una orden, simplemente el enunciado de un hecho.
Y el
doctor Togd procedió de acuerdo con el plan.
Seward
Skinner se sintió agradecido por ello, agradecido de que su nuevo yo donificado
evolucionara antes de que su viejo cuerpo muriera realmente. Porque si Togol
hubiera esperado hasta entonces, el clon hubiera heredado el recuerdo de la
muerte de Skinner. Y ese es un recuerdo que ningún hombre podría soportar.
El tejido
vivo que era ahora Skinner empezó su proceso de crecimiento a buen recaudo en
el complejo del laboratorio antes de que el dolorosamente torturado y casi
putrefacto tejido del cuerpo en la casa de la colina dejara de funcionar.
Skinner no fue consciente de cuándo murió exactamente; estaba demasiado ocupado
aprendiendo cómo vivir.
Trabajar
sin un equipo de técnicos era un gran inconveniente, pero el doctor Togol
superó ese impedimento rápida y eficientemente... con la ayuda de los otros
Skinners que sabía poseían rudimentarios talentos médicos. Con aquella
finalidad, por supuesto, había clonificado a todo un equipo de Skinners desde
el principio: el doctor Skinner, jefe psicoterapeuta; el doctor Skinner,
cirujano jefe; el doctor Skinner, especialista en diagnósticos; y una docena
más.
-¿Lo
ve?, después de todo, no necesitamos extraños -le dijo el nuevo Skinner a
Togol, una vez terminado todo-. Somos totalmente autosuficientes aquí. Y cuando
esos cuerpos empicceil a mostrar signos de deterioro y fallos de funcionamiento,
podrán ser reemplazados por nuevos clones. He aquí el sueño de todo el mundo de
la auténtica inmortalidad, por fin realizado.
-¿De
todo el mundo? -el doctor Togol negó con la cabeza-. No el mío.
-Entonces
es usted un estúpido -dijo Skinner-. Tiene usted la oportunidad de clonificarse
a sí mismo, de vivir eternamente, como pienso hacerlo yo. Le garanticé desde un
principio ese privilegio. ¿Qué más puede pedir?
-Libertad.
-Pero
es usted libre aquí. Tiene todos los recursos de la galaxia a su disposición...
puede ampliar la unidad del laboratorio indefinidamente, dedicarse a las
investigaciones que desee en otros campos, tal como le prometí. Esa cura para
el cáncer de la que se ha estado hablando durante los últimos cien años... ¿no
desea descubrirla? Ya ha realizado algunos maravillosos progresos en las
técnicas de bloqueo de la memoria, pero eso es sólo el principio de una
psicoterapia completamente nueva. Puede usted construir nuevas personalidades,
remodelar la condición humana a su albedrío...
-A su
albedrío. -La sonrisa de Togol era amarga-. Este es su mundo. Yo deseo el mío.
El viejo mundo, con gente ordinaria, hombres... y mujeres...
-Sabe
muy bien que decidí en contra de las mujeres aquí -dijo Skinner-. No son
necesarias para la reproducción. Afortunadamente, a mi edad, el impulso sexual
ya no es un imperativo. Así que las mujeres lo único que hubieran hecho hubiera
sido complicar nuestra existencia, sin servir para ninguna función específica.
-Ternura,
compasión, comprensión, compañerismo -murmuró Togol-. Cosas no funcionales,
según su definición.
-Estereotipo.
Estupideces absolutas. Sentimentalización de un rol biológico que usted y yo
hemos convertido en obsoleto.
-Usted
lo ha convertido todo en obsoleto -le dijo Togol-. Todo excepto la pseudoactividad
de su colonia de clones... las pervertidas y mutiladas personalidades parciales
creadas para servirle.
-Son
felices tal como son -dijo Skinner-. Y además no importa. Lo que importa es que
yo no he cambiado. Soy un hombre completo.
-¿Lo
es? -La sonrisa del doctor Togol era melancólica. Señaló con la cabeza hacia la
casa, hizo un gesto que incluía la terraza y la ciudad abajo-. Todo lo que ha
edificado usted aquí, todo lo que ha hecho, es producto del peor y más
incapacitante defecto de todos.. el miedo a la muerte.
-Pero
todos los hombres tienen miedo a morir.
-¿Tanto
miedo que pasan todas sus vidas intentando evitar la realización de su propia
mortalidad? -Togol agitó la cabeza-. Sabe que hay una bóveda debajo de mi
laboratorio. Sabe para qué fue construida. Sabe lo que contiene. Y sin embargo,
su miedo es tan grande que ni siquiera quiere admitir su existencia.
-Lléveme
allí -dijo Skinner.
-No se
atreverá.
-Vamos.
Le mostraré que no estoy asustado.
Pero
lo estaba.
Incluso
antes de que alcanzaran el ascensor Skinner empezó a temblar, y cuando
iniciaron su profundo descenso hasta el último nivel estaba estremeciéndose
incontrolablemente.
-Hace
frío aquí abajo -murmuró.
El
doctor Togol asintió.
-Control
de la temperatura -dijo.
Dejaron
el ascensor y caminaron a lo largo de un oscuro corredor hacia la cámara de
piedra acorazada con acero. El guardia de seguridad Skinner se mantenía
vigilando la puerta, y saludó con una sonrisa cuando se acercaron. A una orden
de Togol, sacó una llave y abrió la puerta de la bóveda.
Seward
Skinner no le miró, y tampoco deseaba mirar más allá del umbral.
Pero
el doctor Togol ya habla entrado, y no tenía más remedio que seguirle. Seguirle
a la débil luz de la fría cámara, a los apenas vislumbrados bancos de control
que zumbaban y vibraban en el centro de la habitación, a la entremezclada red
de tubos y conductos que serpenteaban desde todos lados hasta ir a morir a un
transparente cilindro de cristal.
Skinner
miró al cilindro a través de las sombras. Tenía la forma de un ataúd, porque
era un ataúd; un ataúd en el cual Seward Skinner vio...
A sí
mismo.
Su
propio cuerpo; el gastado y arrugado cuerpo del cual habían surgido los clones,
flotando en la límpida solución en medio de los serpentines y abrazaderas y
cables como telas de araña que perforaban el cristal para ir a entrar en
contacto con la helada carne.
-No
está muerto -murmuró el doctor Togol-. Congelado en una solución. El proceso
criogénico, preservándole a usted en animación suspendida... indefinidamente...
Skinner
se estremeció de nuevo y apartó la vista.
-¿Por
qué? -susurró-. ¿Por qué no me dejó morir?
-Usted
deseaba la inmortalidad.
-Pero
ya la tengo. Con este nuevo cuerpo, y todos los demás.
-La
carne es vulnerable. Cualquier accidente puede destruirla.
-Usted
almacené más tejido celular. Si algo me ocurriera tal como soy ahora, podría
repetir el clonaje.
-Sólo
si su cuerpo original permanece disponible para el proceso. Tiene que ser
preservado para esa emergencia... vivo.
Skinner
se obligó a mirar de nuevo a la criatura parecida a un cadáver congelada medio
del frío dentro de su confinamiento de cristal.
-No
está vivo... no puede estar...
Y sin
embargo sabía que lo estaba, sabía que el proceso criogénico había sido
desarrollado precisamente para esa finalidad. Para mantener un mínimo de vida
en hibernación forzada hasta el tiempo en que la ciencia médica pudiera detener
y eliminar el proceso de su enfermedad y desarrollar técnicas para descongelar
y restaurar completamente y con éxito la existencia.
Skinner
se dio cuenta de que aquello nunca había sido conseguido todavía, pero la
posibilidad existía. Algún día, quizá, la metodología se perfeccionarla lo
suficiente como para que aquella cosa pudiera ser resucitada... no como un
clon, sino como había sido. El Skinner original, vivo de nuevo y un rival a su
actual ser.
-Destrúyalo
-dijo.
El
doctor Togol se lo quedó mirando.
-No lo
dirá en serio. No puede...
-¡Destrúyalo!
Skinner
se dio la vuelta y salió de la bóveda.
El
doctor Togol se quedó atrás, y pasó un largo tiempo antes de que se reuniera
con Skinner en su casa en la superficie. Skinner no sabía lo que había hecho
allá abajo en la bóveda, y nunca se lo preguntó. El tema no volvió a ser
discutido.
Pero
desde aquella noche las relaciones de Skinner con Togol no volvieron a ser las
mismas. No hubo más discusiones acerca del futuro, de posible nuevos proyectos
y experimentos. Hubo tan sólo una creciente consciencia de la tensión, de estar
esperando algo, una indefinible atmósfera de alienación. El doctor Togol pasaba
más y más tiempo en el complejo del laboratorio, donde ocupaba una vivienda
separada. Y Skinner seguía su propio camino, solo.
Solo,
pero no solo. Porque aquel era su mundo, y estaba lleno con su propia gente,
creada a su propia imagen. No tenéis otro dios más que Skinner. Y Skinner es
Su Profeta.
Aquellos
eran los mandamientos y la ley. Y si el doctor Togol elegía no guiarse por
ella...
Seward
Skinner, paseando por las calles de su propia ciudad, llegó a las puertas del
museo.
Skinner,
el chófer, aguardó fuera, sonriendo obediente a la orden, y Skinner, el guardia
del museo, saludó alegremente con una inclinación de cabeza cuando Seward
Skinner entró.
Skinner,
el conservador, le dio la bienvenida, feliz ante la llegada de un visitante.
Nunca nadie había venido al museo excepto su dueño... y por supuesto, la propia
noción de museo era simplemente un concepto abstracto, un arcaísmo del distante
pasado en la Tierra.
Pero
Seward Skinner había sentido la necesidad de un lugar como aquél allí; un
almacén y una exposición del arte y de los artefactos que habla ido acumulando
en el pasado. Y aunque podía haber reunido todos los tesoros y trofeos que
había esparcidos por toda la galaxia, eligió exhibir tan solo objetos de la
Tierra. Objetos completamente obsoletos... recuerdos y cosas memorables que
representaban la historia antigua. Allí en las paredes colgaban las riquezas y
las reliquias de lugares lejanos en el espacio y en el tiempo. Cuadros de
palacios, esculturas y estatuas procedentes de santuarios, las joyas y el jade
y las aparatosas bisuterías que habían representado antiguamente los gustos
reales, rescatados de las tumbas.
Skinner
caminó por entre las vitrinas dirigiendo apenas breves miradas a todas aquellas
glorias. Normalmente hubiera pasado horas admirando el antiguo aparato de
televisión, la librería llena de libros impresos herméticamente sellada en
plexiglás, la máquina tragaperras, el automóvil de gasolina cuidadosamente
reconstruido y en perfecto estado de funcionamiento.
Hoy se
dirigió directamente a una remota sala e indicó uno de los objetos de una
vitrina.
-Dame
esto.
El
conservador sonrió educadamente para disimular su perplejidad, pero obedeció.
Entonces
Skinner dio media vuelta y regresé sobre sus pasos. En la puerta, el chófer
aguardaba para escoltarle de vuelta al minimóvil.
Conduciendo
de vuelta por las calles, Skinner sonrió nuevamente a los transeúntes y les
observó marchar hacia sus tareas.
¿Cómo
podía Togol llamarles mutilados? Eran felices en su trabajo, sus vidas estaban
realizadas. Cada uno de ellos había sido condicionado para aceptar su destino
sin envidias, competiciones ni hostilidades. Gracias a su condicionamiento y al
bloqueo selectivo de sus esquemas de memoria parecían mucho más felices que el
Seward Skinner que los observaba mientras regresaba a su casa en la colina.
Pero
él también se sentiría satisfecho, pronto.
Aquella
noche mandó llamar al doctor Togol.
Sentado
en la terraza al anochecer, aspirando el aroma sintético de las flores
simuladas, Skinner sonrió dándole la bienvenida al científico.
-Siéntese
-dijo-. Ha llegado el momento de tener una charla.
Togol
asintió y se sentó en una silla con un audible suspiro producido por el
esfuerzo.
-¿Cansado?
Togol
asintió.
-He
estado bastante atareado últimamente.
-Lo
sé. -Skinner hizo girar su coñac en la copa-. Reunir todos los datos del
proyecto debe ser algo agotador.
-Es
importante poseer un informe completo.
-Lo
está grabando todo en una microcinta, ¿no? Una simple bobina, lo
suficientemente pequeña como para ser llevada en el bolsillo de una persona.
Muy conveniente.
El
doctor Togol se envaró y se sentó rígidamente.
La
sonrisa de Skinner era serena.
-¿Puedo
proponerle la forma de sacarla de aquí? ¿O prefiere que le envíe a usted
directamente en el próximo transporte a la Tierra?
-¿Quién
le ha dicho...?
Skinner
se alzó de hombros.
-Es
obvio. Ahora que ha terminado su trabajo, quiere la gloria. Un regreso
triunfante... su nombre y su fama resonando por toda la galaxia...
Togol
frunció el ceño.
-Es
natural que usted piense en términos de ego. Pero esa no es la razón. Usted lo
dijo antes de que empezáramos... esto puede ser el logro más importante de
todos los tiempos. El descubrimiento debe ser compartido, puesto en práctica
para beneficio de los demás.
-Yo
pagué la investigación. Yo fundé el proyecto. Es mi propiedad.
-Ningún
hombre tiene derecho a reservarse el conocimiento.
-Es mi
propiedad -repitió Skinner.
-Pero
yo no. -El doctor Togol se levantó.
La
sonrisa de Skinner se borró.
-¿Y si
me niego a dejarle marchar?
-No se
lo aconsejo.
-¿Es
una amenaza?
-La
constatación de un hecho. -Togol sostuvo la mirada de Skinner-. Déjeme irme en
paz. Tiene usted mi palabra de que su secreto estará a salvo. Compartiré mis
descubrimientos, pero preservaré su intimidad. Nadie sabrá nunca la
localización de Edén.
-No
tengo por costumbre hacer tratos.
-Me
doy cuenta de ello. -El doctor Togol asintió con la cabeza-. Así que he tomado
algunas precauciones.
-¿Qué
tipo de precauciones? -rió Skinner, gozando de aquel momento-. Olvida usted
algo... éste es mi mundo.
-Usted
no tiene ningún mundo. -Togol se enfrentó a él, con el ceño fruncido-. Todo
esto no es más que un laberinto de espejos. El final último de la megalomanía
conducido hasta su lógico extremo. En los viejos días los conquistadores y los
reyes se rodeaban con retratos y cuadros celebrando sus triunfos, encargaban
estatuas y erigían pirámides como monumentos a su vanidad. Sirvientes y
esclavos cantaban sus proezas, sicofantes erigían templos a su divinidad. Usted
ha hecho todo esto y más aún. Pero no perdurará. Ningún hombre es una isla. Los
templos más imponentes caen, los más aduladores sirvientes se convierten en
polvo.
-¿Pretende
negar que me ha proporcionado la inmortalidad?
-Le he
proporcionado lo que usted deseaba, lo que cualquier hombre en busca del poder
desea realmente... la ilusión de su propia omnipotencia. Y puede conservarla si
lo desea. Pero si pretende detenerme...
-Eso
es precisamente lo que pretendo. -La sonrisa de Seward Skinner vovió-. Ahora.
-¡Skinner!
Por el amor de Dios...
-Exacto.
Por mi amor.
Aún
sonriendo, Skinner metió una mano en su chaqueta y sacó el objeto que habla
tomado del museo.
Hubo
un breve llamear en el atardecer, un seco y restallante sonido que desgarró el
silencio, y el doctor Togol cayó con una bala alojada entre los ojos.
Skinner
llamó a Skinner, que limpió la pequeña mancha de sangre de la terraza. Otros
dos Skinners se encargaron del cuerpo.
Y la
vida continuó.
Ahora
podría continuar para siempre. Seguir eternamente, libre de interferencias del
exterior. Skinner estaba a salvo en el mundo de Skinner. A salvo para hacer
nuevos planes.
El
doctor Togol estaba en lo cierto, por supuesto. Era un megalomaníaco, tenía que
enfrentarse con el hecho. Skinner lo admitía. Fácilmente además, puesto que no
era un loco ni un idiota, simplemente un realista, y los realistas admiten la
verdad, que es que el ego de uno mismo es lo más importante. Un simple hecho
para un hombre complejo.
Y ni
siquiera Togol se había dado cuenta de lo complejo que era Skinner. Lo bastante
complejo como para trazar nuevos planes. Llevaba bastante tiempo pensando en
ellos.
Ser
inmortal e independiente aquí en un mundo propio era tan solo el principio. ¿Por
qué los infinitos recursos del complejo galáctico de Seward Skinner no podían
ser utilizados para el último e inexorable el final de cualquier otro mundo?
Iba a
tomar tiempo, pero disponía de toda la eternidad. Iba a representar un gran
esfuerzo, pero la inmortalidad nunca cansa. Se necesitaban un camino y un arma,
y finalmente había obtenido ambas cosas. Finalmente podría seguir adelante con
el plan, y cuando estuviera completo no quedaría nada en la galaxia excepto
Dios. Skinner y solo Skinner, eternamente y amén.
Skinner
se sentó en la terraza y miró a la oscuridad que se iba adueñando del suelo. Un
vago plan estaba tomando forma en su mente... la aguda, inmortalmente
consciente, eternamente despierta mente.
Había
un camino, un simple camino. Algunos Skinner científicos serían puestos en
servicio para los detalles, y con sus recursos nada era ni fantástico ni
imposible. De hecho, podía ser muy simple. Desarrollar un microorganismo
mutante, un virus aerobio impenetrable a la inmunización y luego transmitirlo a
través de naves a puntos clave en toda la galaxia. La vida humana, la vida
animal, la vida vegetal, perecerían en su estela. Eternamente y amen.
Ser el
hombre más rico del mundo no era nada. Ser el más listo, el más fuerte, el más
poderoso... tampoco era suficiente. Pero ser el único hombre... para
siempre...
Y
entonces, bruscamente, su risa se ahogó y se convirtió en un grito.
A lo
largo de todo su mundo, Skinner gritó. El sonido resonó a través de las
habitaciones del cuidador del museo, surgió a la calle donde los guardias de
seguridad vigilaban, brotó de los durmientes labios del chófer, aulló en coro
de cada uno de los Skinner que se descubrieron a sí mismos allá abajo.
El
Skinner en la terraza también se descubrió allá abajo. Allá abajo, donde -le
recordó un resto de cordura- el doctor Togol había tomado sus precauciones y su
venganza. Algo realmente muy sencillo.
Había
ido allá abajo, a la bóveda donde el Seward Skinner original flotaba en
la helada solución que lo preservaba en hibernación. Y todo lo que había hecho
había sido desconectar los controles de temperatura.
El
doctor Togol habla mentido respecto a destruir la cosa en la bóveda. La había
mantenido viva, y ahora que se estaba deshelando su consciencia regresaba... la
consciencia original del auténtico Seward Skinner, despertando en el oscuro y
burbujeante tanque y resollando y jadeando y ahogándose de nuevo en busca de la
vida.
Y
puesto que ahora estaba consciente, todos los clones se veían unidos a u vida y
a su consciencia, compartiendo el shock y la sensación a medida que los
bloqueos artificiales se desvanecían, y todos volvían a ser de nuevo uno solo.
Al
cabo de un momento, la cosa allá abajo estaba muerta. Pero no antes de que
todos los Skinner captaran su agonía final... que nunca sería final para ellos.
Como clones, eran inmortales.
El
grito de Seward Skinner se mezcló con los de todos los demás Skinners del mundo
de Skinner. Y siguió.
Eternamente.
* * *
Tras
escribir «Viaje al ego», la cuestión de la identidad siguió atormentándome.
Como lo hicieron las variadas técnicas y tecnologías que iban siendo
desarrolladas para preservar o prolongar la existencia individual.
Algunas
de ellas, como el proceso de clonaje, pertenecían aún al reino de la teoría.
Pero por aquel tiempo otro nuevo concepto, la criogenia, se hallaba mucho más
de actualidad.
De
hecho, un equipo médico acababa precisamente de someter a una víctima de cáncer
terminal a ese proceso, y yo resulté ser uno de los pocos profanos que obtuve
un relato de primera mano del hecho.
Durante
un cierto número de años fui miembro de un grupo de escritores y amigos que se
reunían una vez al mes para asistir a charlas de personas importantes en el
mundo de las artes y de las ciencias. El «Salón Pinckard», como era llamado,
había sido fundado y patrocinado por Tom y Terri Pinckard con esta finalidad,
Cuando ellos se mudaron fuera de la ciudad, otros miembros se hicieron cargo y
las reuniones continuaron. De qué modo conseguíamos la colaboración de tan
interesantes oradores no puedo decirlo. Lo único que puedo decir, como un
ejemplo, es que a las treinta y seis horas siguientes al primer experimento
criogénico registrado sobre un sujeto humano, los componentes que habíamos
inaugurado el salón nos dirigimos a una casa particular, donde nos fueron
explicadas la teoría y la práctica del proceso en sus más fascinantes detalles.
Naturalmente,
me sentí tremendamente interesado. Y cuando Roger Elwood me llamó para pedirme
una historia con un «tema religioso», decidí inmediatamente tocar la cuestión
de la vida eterna y su relación con las futuras metodologías de la donación y
la criogenización.
Así
surgió «Eternamente y amén», que apareció en la antología de 1972 de Elwood Y
anda suavemente a través del fuego, editada por Chilton.
El
héroe, o antihéroe, no es ciertamente una figura santa. Pero su destino final
-la condena eterna en el sentido más amplio de la palabra- puede medirse sobre
las bases del precedente bíblico por su presunción.
Así
que en este caso, tras evaluar la historia, puedo decir con toda seguridad: «Ve
con Dios».
Eternamente y amén. Robert Bloch
Forever and amen. Trad. Domingo Santos.
Escalofrrríos. Acervo Ciencia Ficción 42
Ediciones Acervo, 1981
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