ALEJANDRO
AMENÁBAR (Santiago de Chile, 1972) es director de cine, guionista y compositor.
Su debut en la pantalla grande fue la exitosa Tesis, a la que siguieron Abre
los ojos y Los otros, su estreno en Hollywood.
Para Isabel de
Torres
Fue por matar el
tiempo. Alguien los había sentado en la misma mesa, el silencio se hacía
incómodo y tarde o temprano tendrían que hablar.
—¿Y usted a qué
se dedica?
El tono de frase
hecha casi resultó grosero, pero a Marco no se le ocurría otro modo de empezar
una conversación con alguien del que sólo sabía que rascaba compulsivamente el
mantel con un tenedor.
—Pues... no
sabría qué decirle —contestó el otro con una tímida sonrisa.
Bien, pensó
Marco. Era un comienzo ambiguo, ideal para divagar durante la hora escasa que
duraría la cena.
—¿Por?
—Digamos que soy
coordinador de márketing.
—Ah.
Marco no sabía
nada sobre coordinadores de márketing, en realidad no le interesaban lo más
mínimo, y aquella conversación habría discurrido por los cauces habituales de
correcta monotonía a no ser por un detalle que atrajo su atención.
—Pero lo que de
verdad me gusta es la pintura.
Se llamaba
Ernesto Calvo, aunque Marco ya no recordaba su nombre. Y en ese momento se
arrepintió por no haber puesto más atención cuando fueron presentados.
—¿Es pintor?
—Bueno, sí. Me
gusta, pero no vivo de ello.
—Yo sí.
—¿Cómo dice?
Marco era pintor.
Una curiosa
coincidencia. La mejor manera de pasar el rato y, por qué no, la velada. Cuando
la cena concluyó y Marco volvió a reunirse con Ana, su compañera, le presentó a
este hombre pálido y delgado, cercano a los cuarenta, que miraba hacia todos
los lados para no fijar la vista en nadie. Lo invitaron a tomar una copa en su
casa.
—Así Marco podrá
mostrarle algo de su trabajo —dijo Ana, incapaz de disimular cierto tono de
orgullo.
—Oh, será un
orgullo.
—No es gran cosa
—mintió Marco—, pero, como ya le he dicho, vivo de ello.
Ernesto Calvo
resultó ser un hombre agradable, buen conversador, a pesar de su aparente
timidez y, a juicio de Marco, un gran conocedor de pintura. Por si fuera poco,
no escatimó elogios sobre sus obras. La mayoría de ellas estaban basadas en el
estudio de la fauna animal. Marco utilizaba técnicas y estilos muy diversos
para retratar todo tipo de especies, deteniéndose sobre todo en la expresión de
los rostros. Era, según sus palabras, una "búsqueda de lo humano".
Potenciaba las miradas y los gestos faciales, intentando crear personajes y
arquetipos sociales. El resultado era algo enfermizo, incluso antinatural, pero
confería a la obra todo su carácter.
En el centro del
taller, cubierto por una sábana, se alzaba el lienzo más voluminoso de todos.
—Es bastante
grande. ¿Qué animal representa? ¿Puedo verlo? Ante la curiosidad manifestada
por Ernesto, Ana tuvo que aclarar:
—A Marco no le
gusta mostrar sus obras hasta que están terminadas.
—Oh, entiendo.
Sí, a mí también me pasa.
—De todas formas,
ni yo mismo sé bien lo que es. Llevo meses haciéndolo y deshaciéndolo.
Sencillamente, no quiere salir.
—Lo mejor en esos
casos es parar durante un tiempo y retomarlo más adelante. No es sano
obsesionarse.
—Para usted es
fácil decirlo. No tiene que entregarlo en una fecha determinada. Yo, como ya le
dije, me gano la vida con esto.
—Es un encargo
—explicó Ana.
—Claro, claro, yo
no tengo fechas de entrega, tiene usted razón
—Ernesto bajó la mirada, como si se disculpara, y Marco creyó detectar cierto tono de orgullo herido en sus palabras—. No obstante, le dedico bastante tiempo, más que cualquier otro aficionado. Me relaja, ¿sabe?
—Ernesto bajó la mirada, como si se disculpara, y Marco creyó detectar cierto tono de orgullo herido en sus palabras—. No obstante, le dedico bastante tiempo, más que cualquier otro aficionado. Me relaja, ¿sabe?
—La pintura puede
ser una buena forma de terapia —afirmó Marco, y en una ingenua asociación de
términos añadió:
—Supongo que el
márketing debe de generar mucho interés, ¿no?
Ernesto negó con
la cabeza y tomó aire, como si se dispusiera a exponer una vieja y meditada
teoría.
—Son las manías.
—¿Cómo dice?
—Desde la infancia
arrastro una fuerte propensión a las manías. A veces me indigno conmigo mismo,
porque soy incapaz de controlarlas. Manías estúpidas, sin sentido, que me hacen
perder el tiempo y la energía. Sólo la pintura me ocupa lo suficiente como para
olvidarlas.
—Todos tenemos manías —apuntó Ana, ligeramente incómoda ante la extraña confesión del visitante.
—Todos tenemos manías —apuntó Ana, ligeramente incómoda ante la extraña confesión del visitante.
—Sí, claro,
supongo.
Marco pareció de
pronto muy interesado. Recordó que él siempre terminaba de subir todas las
escaleras con el pie derecho. No importaban los extraños juegos de pasos que
tuviera que hacer con tal de que su pierna izquierda fuera la segunda en
alcanzar el descansillo. Por supuesto, nadie había percibido aquella peculiar
costumbre, fundamentalmente porque con los años había adquirido la facultad
para calcular desde la base de la escalera con qué pie pisar para acabar
correctamente. Le preguntó a qué tipo de manías se refería.
—Oh, pues... lo
cierto es que me daría apuro citar muchas de ellas.
—Entonces no lo
haga —se apresuró a contestar Ana—, las manías sólo tienen razón de ser para el
que las padece.
—No, no, ponga un
ejemplo —insistió Marco.
—Bueno. Hay una
que practico continuamente, casi siempre de un modo inconsciente... Prométanme
que no se van a reír. Es que... ¡es tan estúpida! Resulta que siempre tengo que
terminar de subir las escaleras con el pie derecho. Absurdo, ¿verdad?
Se hizo un breve
silencio. Ana se llevó la mano a la boca, recordando que había prometido no
reírse. Marco hizo lo mismo, pero con una expresión muy distinta.
—Pues soy capaz
—continuó Ernesto— de intuir durante el ascenso con qué pie voy a terminar, y
si no es el derecho, rectifico dando una zancada de dos peldaños.
—Tiene usted
razón. Es bastante absurdo —confirmó Ana mientras buscaba la mejor manera de dar
por terminada aquella velada.
Pero la velada no
había hecho más que empezar. Al principio, Marco se quedó sin palabras. ¿Era
posible que dos personas completamente desconocidas compartieran una práctica
tan arbitraria como necesaria en sus vidas?
—¿Por qué hace
eso? —dijo.
—Francamente, no
lo sé.
Marco tampoco.
Pero antes de confesar a su invitado que él hacía lo mismo, decidió probar
suerte con uno de sus más profundos, extravagantes y absurdos hábitos.
—Veamos. Usted,
cuando se va a acostar, ¿cómo coloca el calzado?
—¿Qué quiere
decir?
—¿Hace algo
especial? Me refiero a...
—Sí, sí. Ahora
que lo dice, siempre dejo el zapato derecho un poco más adelantado que el
izquierdo.
—¡¿Apuntado
ligeramente hacia la puerta más próxima?!
Ernesto le miró
con extrañeza.
—¿Cómo lo sabe?
—¡Yo hago
exactamente lo mismo desde hace años! ¡Y también lo de la escalera!
—¿De verdad haces
eso? —Ana dio un paso atrás, como si estuviera ante dos chiflados—. Nunca me lo
habías dicho.
—Confesarlo es
casi tan absurdo como hacerlo, cariño.
—Qué extraño
—murmuró Ernesto.
—Sí, es muy
extraño. ¡Más aún, es fascinante! El súbito entusiasmo de Marco contrastaba con
el gesto escéptico del otro. Quizá eran dos coincidencias demasiado peculiares
como para ser tomadas en serio. Quizá Marco Soto, aquel pintor de ojos
vidriosos permanentemente aferrado a un Martini, no era en ese momento un
interlocutor muy fiable. Quizá sólo le estaba tomando el pelo.
—¿No me estará
tomando el pelo?
—¡Pero qué dice!
¿Cómo iba a saber si no lo de la puerta?
—Sí, claro.
—Coincidencias
—sentenció Ana, reprimiendo un bostezo.
—Es mucho más que
eso —Marco empezó a dar vueltas por el estudio, agitando suavemente su bebida—.
Es un acontecimiento, un punto de encuentro, un cruce de personalidades... Esto
tiene que significar algo. Quizá... ¡Sí, ya lo tengo! Algo relacionado con la
política: derecha, izquierda... —hizo un gesto de balanza con las manos,
invitando a Ernesto a decantarse. Éste negó con la cabeza.
—No me interesa
la política.
—Seguro que
votamos al mismo partido el año pasado. Ernesto ni siquiera había votado. Pero
Marco insistía en que aquellas dos manías compartidas implicaban forzosamente
un vínculo más profundo.
—¿Qué edad tiene?
—Cuarenta y tres.
Marco, treinta y
siete.
—¿En qué mes
nació?
—Octubre.
Marco, en junio.
—No, no, tiene
que haber algo. Algo en común. ¿Dónde estudió usted? ¿Tiene hermanos? ¿Está
casado...?
Unas veces sí,
otras muchas no. Las respuestas de Ernesto iban dejando claro que ambos no eran
demasiado parecidos, ni siquiera demasiado diferentes. No obstante, estaba
claro que a los dos les gustaba charlar, especialmente sobre técnicas de
pintura. Aquello no era muy justo para Ana, experta en fisioterapia. Un par de
horas después, cansada de mirar el reloj y de servir copas, decidió irse a la
cama.
Tuvo un sueño muy
intenso, de esos cuya sensación se prolonga durante días. Soñó que a través de
la puerta entreabierta del dormitorio se perfilaba el pie derecho de su marido,
llegando al rellano de la escalera seguido del izquierdo. Y luego vio cómo se
descalzaba y dejaba los zapatos en aquella extraña posición.
Suavemente
extraña...
Cuando el rostro
de Marco se aproximó para besarla, Ana sintió un escalofrío al descubrir que
era Ernesto Calvo.
No supo si
despertó por la visión o por el barullo de voces procedente del taller. Marco y
Ernesto estaban discutiendo. No habría decidido intervenir de no ser por el
ruido de un vaso estrellándose contra el suelo.
Los encontró
frente a frente, a ambos lados del enorme lienzo, ahora al descubierto. Ernesto
estaba rojo de ira, sudaba y hacía aspavientos con las manos, llegando incluso
a tocar algunas partes del cuadro.
—Esto, y esto...¡
Y esto!
Marco, aún con la
sábana blanca entre las manos, negaba con la cabeza y casi parecía a punto de sonreír
de incredulidad.
—¿Pero no se da
cuenta de que eso es ridículo?
—¡No es ridículo!
¡Es un hecho! ¡Es una infamia!
Ernesto sostenía
que aquel cuadro era una imitación. El original, repetía una y otra vez, había
sido ya pintado por él hacía tan sólo un mes.
—¿Pero cómo,
cuándo, dónde iba yo a copiarte? ¿Para qué? ¡Si ni siquiera lo he terminado!
—Ya lo sé, ya lo
sé. Tan sólo dos pinceladas de rojo aquí y aquí y su copia estará consumada,
¿no es así?
Marco se apresuró
a cubrir de nuevo el lienzo, antes de que el visitante rayara la pintura con
las uñas.
—No voy a negar
que ambas obras puedan tener el mismo concepto, que empleen técnicas similares,
en definitiva, que se parezcan...
—¡No se parecen,
son idénticas! Usted pintaba animales y de pronto pinta esto. ¿Por qué ha
cambiado de tendencia?
—Ya le he dicho
que ni yo mismo sé lo que es. ¿De verdad cree que he decidido fríamente qué es
lo que voy a pintar?
—Usted decide
fríamente qué es lo que va a copiar. Todo esto es una farsa. Me ha traído aquí
con un propósito muy claro. Primero me hace creer que tenemos cosas en común...
—Manías.
—Y me muestra el
cuadro para que yo, el pobre aficionado, diga: "¡Oh, sí, es otra
coincidencia!".
—¡No es una
coincidencia! —Marco subió repentinamente el tono de voz. Aquel individuo
empezaba a irritarle—. No es una coincidencia porque dos obras de estas
características no pueden ser iguales. ¡Es una abstracción, por Dios!
—Vayamos a mi
estudio y se lo demostraré.
Ana se vio
obligada a intervenir.
—No creo que sea
una buena idea. Otro día quizá...
Pero la decisión
ya había sido tomada. Marco dejó su copa sobre una mesa y se frotó las manos.
-Por supuesto que
iré. Ahora mismo.
Ana agarró a su
marido por el brazo y lo condujo hasta un rincón del taller, mientras el visitante
descubría de nuevo el cuadro, como si quisiera recrearse en su indignación.
—En mala hora
decidí mostrárselo.
—Marco, no vayas.
—Cariño, sólo
quiero aclarar este asunto. Ese hombre ha bebido más de la cuenta...
—Tú también.
—Lo que dice es
tan absurdo.
—¿Y si es cierto?
¿Y si llegas allí y te encuentras con un cuadro idéntico al tuyo?
—¿Pero qué dices?
—Piensa por un
momento en que exista esa remota posibilidad.
—No existe.
—Sí, pero
piénsalo. Piensa que quizá sea tan simple y arbitrario como eso.
—¿Cómo qué?
—Como que
compartís dos manías... y un lienzo. Escucha, he soñado que...
—Es imposible
—Marco remató una a una las sílabas de su sentencia, como si dictara un
veredicto.
Luego la besó y
se fue.
Ana volvió a ver
a su marido una vez más, en el depósito de cadáveres. Él y Ernesto estaban
medio calcinados.
Tras considerar
varias hipótesis, la policía llegó a la conclusión de que la noche del
accidente, después de un violento forcejeo, una de las dos víctimas intentó
prender fuego a un enorme lienzo. Las llamas se propagaron por toda la casa del
señor Calvo, acabando con su vida y con la de su invitado.
Cuando Ana fue
citada para identificar los cuerpos, miró a uno y otro, contuvo un gemido y
susurró:
—No sé quién es
quién.
Relato publicado en El
Periódico de Catalunya
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