PELAGIA
MIJAIL ZOSHCHENKO / RUSIA
pelagia era una analfabeta. No sabía ni escribir su propio nombre. Sin embargo, su
marido era un funcionario soviético de cierta categoría, si bien en otra época
había sido un simple campesino. Cinco años de vida en la ciudad le habían
enseñado mucho. No sólo a escribir su nombre, sino muchísimas otras cosas.
Y se sentía avergonzado de tener una mujer
analfabeta.
—Deberías
aprender cuando menos a escribir tu nombre, Pelageyushka—solía decirle—. Mi
apellido es muy fácil, tan sólo dos sílabas: Kuch-kin, y aun así, no sabes
escribirlo. ¡Es terrible!
Pelagia soslayaba el asunto:
—No veo la necesidad de empezar a aprender ahora,
Iván Nikolaievich —contestaba ella—. Estoy envejeciendo y mis dedos se
entorpecen. ¿Por qué voy a intentar aprender ahora a escribir todas esas
letras? Deja que aprendan los jóvenes. Yo me haré vieja tal y como he vivido
siempre.
El marido de Pelagia era un hombre muy atareado y no
podía perder el tiempo con su mujer. Movía la cabeza como diciendo: Pelagia,
Pelagia... Pero sus labios permanecían cerrados.
—Aquí tienes, Polya, una cartilla para aprender
sola, basada en los métodos pedagógicos más recientes. Yo mismo te enseñaré
cómo se hace.
Pelagia sonrió tranquilamente, cogió el libro, lo
hojeó y lo metió en el aparador como diciendo:
Dejémosle ahí por el momento.
Quizá nuestros nietos hagan uso de él.
Pero cierto día, Pelagia se sentó a trabajar. Tenía
que zurcir una chaqueta de Iván Nikolaievich cuyas mangas estaban desgastadas
por los codos.
Se sentó, pues, a la mesa, cogió la aguja, y al
meter la mano bajo la chaqueta, oyó algo que crujía.
Quizá tenga dinero en algún bolsillo, pensó Pelagia.
Empezó a buscar y encontró una carta. Una carta
preciosa, en un sobre primoroso, con una letra pequeña y clara, que olía a
perfume o a colonia. El corazón de Pelagia le dio un vuelco.
¿Será posible que Iván Nikolaievich me engañe?,
pensó. ¿Que esté manteniendo correspondencia amorosa con damas bien educadas y
mofándose de su pobre y analfabeta mujer?
Pelagia miró el sobre, sacó la carta y la desdobló,
pero como era analfabeta no pudo entender ni una sola palabra.
Por primera vez en su vida, Pelagia lamentó no saber
leer. Y se decía: Aunque la carta no sea para mí, tengo que saber qué dice. Tal
vez cambie mi vida por completo y sería mejor que yo volviese al campo a
trabajar de campesina.
Pelagia se echó a llorar pensando que Iván
Nikolaievich parecía haber cambiado últimamente; cuidaba más su bigote y se
lavaba las manos varías veces al día. Pelagia permanecía sentada mirando la
carta y berreando como un cerdo al que fueran a matar. Pero no podía leer la
carta, y si se la enseñaba a alguien, podría resultar embarazoso.
Pelagia
escondió la carta en el aparador, terminó de coser la chaqueta y esperó que
Iván Nikolaievich regresase. Cuando llegó, ella se comportó como si nada
hubiera pasado. Al contrario, con naturalidad y muy tranquilamente conversó con
su marido, y hasta le insinuó que no le disgustaría estudiar un poco, ya que
estaba harta de ser una ignorante campesina analfabeta.
Iván Nikolaievich se sintió lleno de alegría al
oírla.
—¡Estupendo! —comentó—. Yo mismo te enseñaré.
—De acuerdo.
Empecemos —contestó Pelagia.
Y se quedó con la mirada fija en
el bigotillo esmeradamente recortado de Iván Nikolaievich.
Durante dos meses enteros, Pelagia no dejó de
estudiar un solo día. Con paciencia infinita fue juntando las sílabas hasta
formar palabras, aprendió a escribir y a memorizar frases. Y todas las tardes
sacaba del aparador la valiosa carta e intentaba descifrar su secreto
significado. Pero no era tarea fácil.
Pasaron tres meses antes de que Pelagia dominase la
lectura.
Cierta mañana, al marcharse Iván Nikolaievich a su
trabajo, Pelagia sacó la carta del aparador y comenzó a leerla.
Le resultaba difícil descifrar la menuda caligrafía,
pero el perfume apenas perceptible que emanaba del papel le sirvió de acicate
para proseguir. La carta estaba dirigida a Iván Nikolaievich, y Pelagia leyó:
Querido camarada Kuchkin:
Te
envío la cartilla prometida. Espero que tu mujer pueda dominar tan vasta
erudición en dos o tres meses. Prométeme, buen amigo, que harás lo posible para
que así sea. Explícale, hazle sentir lo fastidioso que es ser una campesina
analfabeta.
Para celebrar el aniversario de la
Revolución, estamos tratando de acabar con el analfabetismo en toda la
República por todos los medios a nuestro alcance. Pero por alguna razón oculta,
a veces nos olvidamos de los más allegados.
No descuides este asunto, Iván Nikolaievich.
Con saludos comunistas
María Blokhina
Pelagia leyó la carta dos veces. Después, apretando
los labios con desconsuelo y sintiéndose en cierto modo secretamente ultrajada,
rompió a llorar amargamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.