Juan
Eduardo Zúñiga
Los deseos, la noche
De
Capital de la gloria, 2003
—¿Vas a salir ahora? Ya es de noche, te puede ocurrir una
desgracia —había oído la voz del padre, reducida su fuerza por llegar del fondo
de la casa donde coincidía el ronroneo de la radio encendida y el tictac del
reloj de pared.
Ella no le contestó, distraída en otros pensamientos, atenta a
escuchar algo extraño, imprecisamente percibido, y dio un paso y se acercó a la
ventana y oyó una voz distante, era una voz de mujer que cantaba en el patio,
voz casi imposible en el atardecer frío y amenazado, una canción cuyas palabras
se perdían, pero el tono apasionado atravesaba los cristales y, aunque en
algunos momentos se esfumaba, volvía como una llamada pertinaz.
Atendió a aquella voz y salió de su casa cuando ya terminaba
la hora de la luz y el horizonte en el alto cielo, sobre las casas, perdía su
color grana y aparecían el violeta y el azul cobalto y así cada rincón de la
calle por la que iba se velaba en sombras que pronto serían negrura.
Pensó que la canción era para ella, para una enamorada, que
una persona desconocida se la hacía llegar, segura de que la escucharía y le
infundiría un decidido ánimo.
Sin temor, Adela atravesaba los comienzos de la noche yendo en
dirección al Palace, convertido en hospital de sangre, donde antes se
celebraban thé-dansants y las parejas
en la pista, rodeadas de las mesas con los servicios del té, se movían en una
música lenta, y los cuerpos de los que bailaban se rozaban, y los hombres
notaban las sinuosidades de la carne que llevaban abrazada, y las muchachas,
las que no habían conocido aún mayores contactos, se ruborizaban al percibir el
vientre activado del que las rodeaba con su brazo. Se propuso, la última vez
que estuvo allí, no negarse a la solicitud que alguno le hiciera, e irse donde
la llevara, dispuesta a experimentar lo que hacía tiempo deseaba.
Avanza la noche que siempre presintió acogedora del amor,
convirtiendo en secreto cada acto posible en el arrebato de ser todo ciego y
entregado. Cruza calles de inseguro pavimento, con ruidos solitarios de pasos
que se alejan, y Adela repite las palabras del poeta, que murmura invocando tal
realidad: «Es de noche, ahora despiertan las canciones de los enamorados, y
también mi alma es la canción de un enamorado».
Por dos veces ha tropezado en un desnivel del suelo y se ha
medio caído, pero a pesar del golpe en las rodillas sigue ilusionada y piensa
que tal como va vestida no la habrían dejado atravesar el hall resplandeciente
ni entrar al salón de baile, pero ahora sí podrá hacerlo.
Al salir del paseo del Prado se fija en unas luces de lámparas
de petróleo y siluetas de hombres que colocan tablas para rodear los cráteres
de dos bombas que cayeron cerca de la fuente de Neptuno, y les ve moverse como
sombras en su tarea y no hace caso de algo que le gritan cuando pasa cerca, y
mira el enorme edificio del hotel con el perfil de su tejado sobre un cielo
levemente claro. Siente necesidad de llevarse la mano al lugar donde el corazón
da su temblor alborozado, próximo el encuentro emocionante e intenso. Se dice
para sí: «Ahora hablan alto las fuentes rumorosas y también mi alma es una
fuente rumorosa».
Pero en la fachada no hay ni una luz ni una ventana encendida
ni las farolas que siempre iluminaron la gran entrada: todo era oscuridad ante
ella y tocó la áspera superficie de arpillera que le hizo entender que eran
sacos terreros, puestos como protección, como los que encontraba por todos
sitios, ante tiendas y portales, y bocas de metro y fuentes en los paseos.
Unas manchas de luz señalaban la entrada entre los sacos y
penetró por un pasadizo en ángulo que desembocaba en el hall, tan conocido,
pero en éste no había más que dos bombillas apenas iluminando sus amplias
dimensiones y algunas personas que lo cruzaban: hombres con uniformes oscuros
que hablaban entre sí y desaparecían en el fondo del vestíbulo.
Nada había allí que recordara el lujo: cajones y sacos
apilados, las alfombras habían desaparecido y los olores del bienestar
cambiaron a desinfectante en el frío ambiente.
Al centinela que estaba a la derecha y que parecía medio
dormido, apoyado en una columna, le preguntó por Anselmo Saavedra. La respuesta
fue que no podía pasar, pero ella insistió alegando algo confuso de que era su
prima, algo sobre un herido, y al fin, él le dijo que le encontraría en el
depósito del primer piso.
Subió por la escalera del segundo vestíbulo y se encontró en
un ancho pasillo alumbrado débilmente, con puertas alineadas a ambos lados.
Eran las habitaciones que ella sabía las más lujosas y cómodas de los hoteles
de Madrid, con amplias camas, almohadas de pluma, discretas lámparas sobre los
tocadores con espejos y frascos de perfumes. Una de las puertas estaba
entreabierta y se atrevió a poner la mano en el pestillo y fue empujando despacio,
con tensa curiosidad. En la cama vio la cabeza de un hombre que estaba cubierto
hasta la barbilla por una manta azul; los ojos cerrados, respiraba anhelante,
el pelo adherido a la frente, rubio como la barba; la luz venía de una
lamparita sobre la mesilla de noche en la que había un vaso.
Quedó quieta, fija en él; luego se acercó y le pasó los dedos
por la mejilla y el hombre no se movió, tenía un vendaje en el cuello. Adela
bajó unos centímetros la manta hasta ver que los hombros y la parte alta del pecho
estaban cubiertos por vendas. Fue bajando la manta y descubrió el cuerpo
desnudo; contempló su palidez, el vello rubio en el vientre, y se fijó con
atención en el sexo que yacía entre las dos piernas.
Estremecida, volvió a subir la manta y retrocedió, pero la
atraía volver y tocar el cuerpo inmóvil, poner la mano en los brazos, en las
piernas que había visto huesudas; se contuvo y salió. En el pasillo, buscó el
depósito y al final, un letrero pintado en la pared lo anunciaba, y por la
puerta abierta vio a su novio inclinado sobre unas cajas, haciendo algo.
Le apretó las manos con las suyas y le susurraba:
—Amor mío —y no escuchaba lo que él decía, sólo atenta a la
sensación de que la besaba en los labios y en el cuello, donde quedaba libre de
la bufanda—. Vengo para amarte.
Ella le hablaba muy cerca y a la vez le rozaba con los labios
las mejillas ásperas de una barba crecida. El hombre se negaba. No podía dejar
el trabajo ni descansar, ni distraerse: faltaba el cloroformo, apenas quedaban
vendas, no había bisturís bastantes, entraban continuamente heridos del frente
de la Casa de Campo.
—Pero yo he venido para estar contigo, para que me beses.
—Ahora no puedo atenderte. Mañana procuraré que nos veamos.
Márchate. Tengo que ir al quirófano.
El año anterior estuvo en el baile de máscaras del Círculo de
Bellas Artes, y había bebido mucho, como también sus amigas, y los brazos de
varios hombres la ciñeron y le tocaron la espalda, y uno de ellos había
inclinado la cabeza y la había besado en la oreja; con un estremecimiento, notó
que la mordía con los labios y la humedecía con la lengua, pero, a pesar de la
sacudida nerviosa que tuvo, no se desasió, no protestó.
Lo recuerda mientras baja la escalera y ya en el vestíbulo se
sube el cuello del abrigo y con ambas manos se toca las orejas al ajustarse el
pañuelo de cabeza. En la calle, encuentra el aire frío y mira a un lado y a
otro, pero no ve a nadie en la proximidad del hotel; delante, hay una
ambulancia que parece abandonada.
Emprende el camino hacia la plaza de Santa Ana. El cielo es un
techo casi negro, las casas no dejan pasar ninguna luz y las calles son largas
paredes con filas de balcones apenas perceptibles. De vez en cuando se cruza
con un coche muy veloz o con el ruido de alguien que marcha apresurado. Y muy
lejos, empieza a oír la sirena de la alarma antiaérea, y cuando Adela pasa
junto a San Sebastián, la moto que lleva la sirena avanza por Atocha y la
ensordece.
Entra corriendo por el jardincillo de la iglesia hasta la
puerta que da acceso al sótano y otras personas se unen a ella y se empujan
hacia el fondo donde una bombilla azul ilumina el letrero «Refugio», y todos
bajan hablando a gritos, nerviosos, llamándose, comentando el posible peligro,
y en seguida llegan más personas que preguntan algo de un niño extraviado.
Junto a ella nota la presión de otro cuerpo y es un hombre que
mira hacia la escalera; luego empieza a hablar, comentando el bombardeo del día
anterior en Argüelles, y como Adela comprende que es a ella a quien se dirige,
le contesta con gestos afirmativos. En aquel momento vuelve a pasar una sirena
estridente que excita aún más a los allí reunidos que rompen en nuevos gritos,
que se mueven y cambian de sitio. El hombre viene a quedar al otro lado de
Adela, pegado a ella, y ahora le pregunta si está sola, si vive en el barrio,
porque es peligroso andar en la oscuridad para ir a su casa; Adela contesta con
monosílabos y con una rápida ojeada ve que es un hombre joven, con un gorro
encajado hasta las orejas, que le sonríe. Sin pensar lo que responde, le dice:
—No voy a casa.
En voz muy baja, aproximándose más a ella, le pregunta si
tiene novio, y a ella, igual que antes, se le ocurre responder que no. Percibe
que el cuerpo del hombre se estrecha contra el suyo y le pone la boca muy cerca
de su cara:
—Oye, ¿por qué no te vienes conmigo? A mi casa; no pasarás
frío, hay una estufa que da mucho calor, y tengo una lata de carne sin abrir y
vino, y podemos cenar.
Otras personas bajan al refugio y se pelean con los que están
allí, que no les quieren dejar sitio, y como todos se empujan, Adela nota las
manos de aquel hombre en la cintura pero no se zafa ni protesta, a la espera de
saber adónde irá con sus pretensiones. Oye algo entre las voces que les rodean
y escucha con atención.
—Te besaré en los hombros y bajaré despacio los labios y te
lameré los botones del pecho. Yo te haré gozar.
Está a punto de marcharse pero de pronto se vuelve hacia él,
le sonríe y murmura:
—Bueno.
Empuja a los que tiene delante y se esfuerza en pasar entre
ellos, y como le es imposible, da codazos y en la semioscuridad ve las caras
sorprendidas y enfadadas que se vuelven hacia ella, protestando. Le dicen que
no puede salir, que se esté quieta, que se espere a que acabe la alarma, pero
Adela, a pesar de todo, llega a la escalera y sube por ella. Cruza el
jardincito y al salir a la calle choca, en la oscuridad, con un grupo de
personas presurosas que dan voces de «Al refugio, al refugio», y es empujada
fuera de la acera, casi a punto de hacerla caer. Pasa al otro lado de la calle
y sigue andando pegada al muro de la iglesia y entonces se da cuenta de que el
hombre no ha ido tras ella y que ha debido de quedarse en el refugio.
La intriga lo que le ha dicho y ella hubiera aceptado todo lo
que le propusiera, haber llegado a conocer la pasión plena y el límite del
placer. Recuerda el cuerpo extendido en la cama que ha visto en el hotel y su
paso se hace más inseguro, yendo por varias calles que conoce bien.
Llegó ante una puerta que parecía cerrada pero la empujó y al
abrir notó el fuerte olor a humedad que había en el portal, a través del cual,
tanteando con la mano en la pared, alcanzó la escalera y fue subiendo despacio,
calculando cada escalón, que daba los crujidos de la madera antigua, hasta el
último piso en el cual una fina raya luminosa señalaba allí la única puerta.
Llamó con los nudillos, dando unos golpecitos, y abrió un
hombre de cierta edad, con pelo largo y que vestía un guardapolvo y un pañuelo
anudado al cuello. Tras él, brillaba un calefactor eléctrico que hacía cálido
el ambiente de la habitación abuhardillada.
Adela, según entraba, le besó y le dijo: «Hola, tío», y se
sentó en una banquetilla, tendiendo las manos hacia el calor de la estufa a la
vez que echaba una mirada en torno suyo: allí había dos mesas con pinceles
sobresaliendo de botes y óleos apoyados en la pared, algunos a medio pintar,
representando paisajes, y en un caballete, un lienzo sólo preparado con fondo
ocre.
El hombre quedó de pie frente a la estufa; sostenía un
cigarrillo en los labios y contemplaba cómo ella echaba atrás el pañuelo de la
cabeza y sacudía la melena rubia.
—¿Por qué vienes tan tarde? Son casi las ocho.
—Me aburría en casa. Estaba harta de pasar frío.
Él movió la cabeza con un gesto de duda. Preguntó:
—¿Os han dado suministro hoy?
—Sí, ha ido mi madre a recogerlo. Creo que dieron arroz.
Él llevó su mirada a un ángulo del estudio.
—Dile a tu padre que me han encargado otro cartel del
ayuntamiento y me dan el lema: «Madrid será la tumba del fascismo». No sé cómo
lo voy a hacer —dio unos pasos, fijo en el suelo, y casi de espaldas continuó—:
Yo soy un pintor, no soy un cartelista, pero tengo que trabajar en lo que
sea...
Adela se dio cuenta de que le había aumentado la curva de la
espalda.
—Piensa que estamos en una guerra y todo lo que pasa es raro y
nos hace sufrir. Nadie duda de que tú seas un gran pintor.
Vio cómo se acercaba a la mesa y se apoyaba en ella y tendía
la mano hacia algo que había allí pero fue para dar un golpe con el puño
cerrado.
—Años y años de trabajo, procurando mejorar y conocer la
técnica a fondo y acudir a premios y estar en exposiciones, y acabo haciendo
carteles estúpidos.
Hizo un ruido con la boca, maldiciendo. Adela le interrumpió:
—¿Ha venido a verte tu vecina? ¿Sigues tan enamorado de ella?
—¿Quién? ¿Carmela? Sí, vino hace unos días.
Cesó en sus paseos al acercarse a la ventanita cuya cortinilla
descorrió; miró afuera y Adela comprendió que ponía la mirada en algo deseado,
donde estaba la ilusión, acaso en las nubes invisibles de la noche cerrada.
—Cada día que viene por aquí más bella me parece.
—¿Nunca le has dicho nada?
—¿Qué voy a decirle? Sería ridículo a mi edad. Le he propuesto
pintarle un retrato, acaso acceda.
Sonrió imperceptiblemente sin quitar los ojos de la negra
noche que debía de haber fuera del estudio.
—Perdona que te lo diga, tío, pero ella debería saberlo. Las
mujeres necesitamos conocer si despertamos deseos.
—¿Qué le importa a ella lo que yo sienta? Si tiene alrededor
suyo hombres jóvenes y dispuestos a cualquier cosa por conseguirla.
Volvió a pasearse y de una repisa sacó un paquetito de pipas
de girasol y se lo puso delante a Adela, que comenzó a comerlas. Pero él se
acercó de nuevo a la mesa y alineó con mucho cuidado botes de aguarrás y tubos
de óleo.
—Verdaderamente, está preciosa, con el pelo recogido y una
raya negra en los ojos para hacerlos más grandes, y cuando ríe es como una luz
que le diera en la cara; sabe mover los pendientes para realzar las orejas y
las sienes y el cuello. Este verano tenía un vestido sin mangas, con un escote
grande; yo la miraba y quedaba hechizado.
Al callarse, nada rompió el silencio en el estudio y sólo
había el chasquido de las pipas que Adela con los dientes delanteros iba
rompiendo mientras seguía los movimientos de su tío en los que le parecía sorprender
un mayor desánimo. Él alzó la mano y la tendió hacia la estantería donde, entre
latas de pintura, había unos libros; cogió uno, lo abrió, buscó una página que
estaba señalada con una cartulina y leyó despacio, con la espalda aún más
vencida que cuando paseaba:
Al declinar los años
el amor es más tierno e inquietante.
Brilla, sí, brilla resplandor postrero
del último amor, aurora del atardecer.
La sangre desfallece en las venas,
pero no desfallece en el corazón
la ternura del último amor
que es bendición y desesperanza.
el amor es más tierno e inquietante.
Brilla, sí, brilla resplandor postrero
del último amor, aurora del atardecer.
La sangre desfallece en las venas,
pero no desfallece en el corazón
la ternura del último amor
que es bendición y desesperanza.
Había leído pronunciando con cuidado, deteniéndose en las palabras, dando a éstas todo el aliento de la pasión contenida. Cerró el libro, lo devolvió a su sitio en la estantería y se pasó la mano por la cara, por los párpados y por la barba sin afeitar entre los surcos de las arrugas y los labios oscurecidos por el tabaco; la mano tenía venas abultadas y los nudillos deformados, todo lo cual observó Adela.
—¿Es de Rubén Darío ese poema? Me ha parecido precioso.
El hombre contestó que era de otro poeta, y al toser, la mano
con que se tapó la boca temblaba unos instantes. Entonces oyeron que sonaba la
sirena de alarma y se miraron e hicieron un gesto de disgusto; Adela dejó de
comer pipas.
—¿Cuándo me vas a hacer un retrato? Me gustaría posar desnuda.
A lo cual su tío dio un gruñido y fue a correr la cortinilla
de la ventanuca.
—La otra noche soñé con ella —empezó a decir—, igual que si la
viese aquí. Yo fijaba la mirada en los labios, la barbilla, los pliegues a los
lados de la boca al reír, las mejillas. Tuve miedo de tanta belleza porque era
estar sometido a ella, ser su esclavo. En fin, dernier amour —luego chascó la lengua—. No sé por qué digo esto.
Y Adela vio que cerraba los ojos y quedaba de pie, rígido, con
los brazos caídos.
—Me marcho ya. Me voy a casa.
—Es muy tarde, sobrina, te acompañaré para que no vayas sola.
Tus padres estarán intranquilos.
En la calle les esperaba la dificultad de caminar sin luz
alguna, debían tantear cada paso cogidos del brazo, dándose un mutuo apoyo.
Pronto volvieron a oír el aullido de las sirenas móviles, lo que les forzó a
apresurarse y tropezar y tambalearse, y antes de llegar a Medinaceli tuvieron
encima el estruendo de los aviones y explosiones muy violentas que parecían
romper los oídos y las casas que les rodeaban.
Resguardados en un portal que encontraron entreabierto,
agrupados con otras personas, estuvieron sin hablar, atentos al peligro que
llegaría en cualquier momento, pero como las explosiones no se repitieron,
decidieron salir y titubeando echaron a andar. En la oscuridad, llegaron donde
había un grupo de gente y oyeron gritar: «Han bombardeado el museo. Está
ardiendo el tejado».
Avanzaron más y vieron, en medio del paseo, en el suelo, dos
bengalas que aún ardían, de las que habían tirado los aviones y, enfrente de
donde ellos estaban, a la altura del techo del museo, un gran resplandor.
A la derecha, el edificio de la esquina de la calle de Moratín
también había sido alcanzado por las bombas incendiarias y ardía; según dijo
alguien, en la calle de Alarcón comenzaba otro incendio.
Contemplaban atónitos aquellas llamas lejanas y el hombre
repetía: «Van a arder todos los cuadros, todos los cuadros», y Adela le
sujetaba por el brazo y percibía un estremecimiento de emoción. Sobre ellos, el
cielo estaba cruzado por rápidas rayas luminosas de los proyectores de la
defensa antiaérea y su luz daba en las nubes y descubría sus formas extrañas
que en seguida desaparecían para que otras nuevas emergiesen de la oscuridad,
sólo un instante, según el haz luminoso las recorría sin parar, alternando la
blancura de la nube y el sombrío abismo del firmamento.
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