En Antología de la ciencia ficción española
1982-2002, compilación y prólogo de Julián Díez, Minotauro, 2003.
León Arsenal (1960) es otro escritor de
vocación relativamente tardía, tras una vida agitada como marino mercante,
entre otras incontables actividades a las que ha ido sumando la de osteópata,
locutor de radio, echador de cartas o director de revistas. Le atrae antes la
acción y la aventura más que la ciencia ficción en sí, por lo que ha encontrado
en el space opera un
inmejorable camino para su prosa dinámica y para esos nombres de personajes tan
característicamente excéntricos que convierten en reconocibles sus relatos.
Esta historia fue publicada en 1994 en un interesante fanzine hoy no muy
recordado, el vallisoletano Kenbeo
Kenmaro, y cuenta con los elementos clave de su trabajo: un estilo preciso y
cortante, una trama absorbente.
Tumbado
en la penumbra azul del camarote, el cigarrillo entre los dedos, Culse Garatán
dejaba pasar el tiempo, soñando con los párpados enlomados. El humo subía
despacio en la obscuridad y, entre las espirales blancas, danzaban los
espejismos. Recuerdos de otros planetas, otras lunas; de mundos, de ciudades
exóticas, de espacio-puertos bajo cielos extraños. La memoria de un puñado de astronaves
con nombre propio, aguardando cargas en pistas lejanas, describiendo órbitas
interminables, despegando envueltas en nubes de luego.
Dejó caer el brazo para rozar la cubierta,
buscando ese trepidar sordo y constante que es el latido de las naves; el lento
ronroneo de equipos y maquinarias en funcionamiento. Había una débil vibración
haciendo temblar el metal, apenas nada.
Incorporándose
con pereza, echó una ojeada a la falsa portilla. Poco a poco fue volviéndose
hacia la pantalla circular, inevitablemente atraído por las imágenes del
Centro Muerto. Por la visión del abismo estelar, de grandes soles ardiendo en
el vacío, de astronaves muertas rotando inmóviles en la obscuridad. Absorto,
se arrimó a la portilla, sin poder apartar los ojos del cementerio estelar,
deslumbrado por el extraño espectáculo de los pecios atrapados en el pantano
gravitacional, suspendidos de la nada.
Soltó
una lenta bocanada, atento a la pantalla. A esa negrura que parecía contener
toda la inmensidad, la ausencia, la desolación del espacio, y que provocaba
vértigo al observador. Los astros sin nombre llameando en la noche
espacial. Los cientos, los miles de naves quietas que relucían entre tinieblas
como minúsculas lunas artificiales.
Y
allí fuera, en alguna parte del Centro Muerto, uno entre esa constelación de
vehículos perdidos, dormitaba desde hacía siglos el viejo casco de la Milg
Meráin, la astronave del capitán Aroga.
El
recuerdo de aquel curioso personaje –muerto casi cuatrocientos años atrás y,
sin embargo, aún vivo– lo hizo apartarse por fin de la pantalla. Sus dedos
revolotearon sobre el sistema de comunicaciones para sintonizar la frecuencia
de la Milg Meráin, y casi en el acto el monitor cobró vida. El capitán
Aroga estaba en escucha las veinticuatro horas.
Un
hombre alto, moreno, chupado, se asomaba a la pantalla. Desaliñado, envuelto en
humo, repantigado tras su escritorio de factura exótica. Un interlocutor locuaz
y contradictorio, de ademanes desenvueltos y ojos obscuros y ardientes. El
capitán de la Milg Meráin o, mejor dicho, su fantasma.
En
otro tiempo, Garatán había sostenido discusiones, y oído historias, sobre
espectros y astronaves. A veces, incluso, había creído entrever siluetas a la
luz difusa de los corredores; atisbos de reojo que se esfumaban al volver la
vista. Pero nunca imaginó que llegaría a conversar con un fantasma
electrónico; la emulación, vía cerebro de la nave, de un hombre ya muerto.
Garalán
solía especular sobre los últimos días del verdadero Entaunce Aroga. Lo
imaginaba atascado en el pantano gravitacional, en una nave llena de cadáveres,
enfrentado a la certeza del fin. La desesperación, la voluntad, el sufrimiento
de las cesiones neuronales y los volcados masivos de datos –marejadas de
recuerdos, emociones, sentimientos– al cerebro de la nave; tratando de evitar
la muerte y el olvido; el destino común a los náufragos del Centro Muerto.
–Buenas
noches, sobrecargo –sonreía–. La llamada de primera hora, ¿no?
–Así
es, capitán –suspiró–. Siempre, siempre es igual; día tras día...
–Noche
tras noche –lo reconvino amablemente su interlocutor–. En el espacio no hay
días; sólo noche. Antes cuidábamos más del vocabulario profesional.
–Bueno
–Garatán encendió un nuevo cigarrillo–. Supongo que no tiene nada para
nosotros.
–Nada,
lo siento –meneó la cabeza–. No quiero desanimarlo; pero las llegadas al Centro
Muerto son algo raro. Sólo un salto entre millones termina mal, termina aquí.
Y, cuando ocurre, llegan tan mal como ustedes, o peor.
–Claro
–aceptó, hizo una pausa–. Pero hay que mantener una rutina, una esperanza.
–Por
supuesto: no hay que desanimarse; eso mata fácilmente aquí, en el Centro
Muerto.
–En
fin, capitán, ahora tengo trabajo. Después, con más tiempo, volveremos a
contactar.
–Muy
bien –Aroga dio una honda calada a su eterno cigarrillo–. Quizá luego podamos
echar un par de partidas, algún juego de tablero.
El
sobrecargo cerró, cabeceando. El capitán de la Milg Meráin debía de
haber sido un gran fumador, aparte de jugador empedernido; uno de esos devotos
de los lances que requieren suerte y habilidad a partes iguales.
Aplastando
la colilla, salió para acceder a los túneles de servicio; el sistema de
pasadizos que serpenteaba por toda la longitud de la nave, a gravedad cero,
entrecruzándose bajo el casco como una red venosa artificial. Allí fue vagando
sin rumbo, sin prisas, verificando datos en los sensores mientras se impulsaba
lánguidamente entre los clarobscuros blancos y violeta de las lámparas.
Delante,
el maquinista flotaba a media altura, embutido en su pesado equipo, con el
visor ante los ojos, trabajando en alguna de las múltiples averías causadas por
el salto al Centro Muerto. Lentamente, fue derivando a su encuentro.
–¿Cómo
va la cosa?
–¿Cómo
va a ir? Podemos quedarnos sin aire en cualquier momento. Los circuitos auxiliares
no son de fiar; están diseñados para emergencias, para tiempos cortos.
Garatán
asintió en silencio y el maquinista no añadió más. Entonces, un golpetazo
inesperado hizo retemblar las paredes del túnel; un pesado estruendo que se
alejó rebotando por las curvaturas de metal.
–¡Coooño!
¿Pero qué ha sido eso? –el maquinista se revolvió, volteando en el aire.
El
sobrecargo se llevó un dedo a los labios, y ascendió para agarrarse al mamparo
y pegar una oreja al metal. Ambos estuvieron largo rato así –uno girando
despacio en la atmósfera azul del pasadizo, el otro adherido como un parásito
a la pared arqueada–, esperando un sonido que no llegó a repetirse.
Tras
unos momentos de espera, Garatán se apartó flotando hacia el centro de la
galería.
–Nada.
Seguramente, un fragmento ha rozado el casco.
–Seguramente.
Garatán
estudió con recelo los mamparos. El último salto había provocado daños
estructurales a la nave, y él pasaba horas en vela recorriendo las galerías,
temiendo que en cualquier momento cediera alguna sección del casco.
–Me
voy al puente –anunció por fin–; supongo que el viejo ya habrá llegado.
–Supongo.
Yo voy a seguir con esto; a ver si sacamos algo en claro.
–Mira;
si se repite ese ruido, avísame.
–Descuida.
Vislumbró
al capitán entre las sombras del puente, jugueteando con una taza humeante,
ensimismado en las pantallas. Esperó, tratando de acomodarse a la falta de luz.
El capitán prosiguió inmóvil. La ventilación susurraba quedamente, y por
doquier pulsaban imágenes de negrura, de infiernos incandescentes, de naves
varadas en el vacío.
Al
fin el capitán advirtió su presencia. Con gesto azarado le señaló una de las
pantallas murales, y el sobrecargo comprendió que se había dejado atrapar por
la visión de aquella astronave gigantesca que colgaba arriba y a babor de la Sulce.
Un
pecio colosal, tan grande como una luna pequeña. Niveles y niveles
superpuestos, rematados por cúpulas enormes. Plataformas, arbotantes, torres.
Una red compleja de estructuras, entre las que saltaban puentes arqueados. Un
mundo artificial de matices oro viejo y cobrizos, reluciendo en la noche del
espacio como una legendaria ciudad volante.
Contemplar
esa inmensa astronave muerta desataba la inquietud, cierta desazón ligada a
las formas, los volúmenes, las dimensiones. O a una incómoda sensación de
antigüedad; una impresión acentuada por las imágenes que mostraban los
telescopios: una erosión milenaria por la lenta lluvia de fragmentos y
micrometeoritos. Sí, concedió Garatán, recostándose en la penumbra para admirar
esa alhaja pendiente de la obscuridad: resultaba hermosa, inhumana,
aterradora.
Y
sin embargo, tras el desastre, con múltiples averías y sistemas esenciales
fuera de servicio, aquel pecio había supuesto una esperanza de repuestos, de
provisiones, de salvación. Entonces, buscar allí había parecido una buena idea.
–Treinta
años de servicio, diez de capitán, y jamás había perdido un hombre –murmuró el
capitán, como si sus pensamientos hubieran seguido rumbos paralelos–. Tampoco
una nave, claro.
–No
le des más vueltas; no tiene sentido.
Su
interlocutor se arrellanó acunando su taza aún humeante, y contempló sombrío la
pantalla. Tras el desastre, el navegante y el técnico habían tratado de abordar
la astronave con la lancha, mientras el resto de la tripulación aguardaba en
la obscuridad del puente –el capitán en su sillón, sorbiendo café; el
sobrecargo y el maquinista dando vueltas, empalmando un cigarrillo con otro–,
atentos a los cautelosos revoloteos de la lancha alrededor del gigante.
Recordaba
perfectamente las dudas, los tanteos, las demoras. El instante del descenso,
cuando la lancha cruzaba lentamente, brillando como una luciérnaga, ante una
inmensa ojiva de reflejos dorados, buscando una plataforma de aterrizaje. Una
corta espera, el aviso de que la nave auxiliar se había posado con éxito, un
cruce de comentarios mientras acoplaban esclusas. Luego, ya no hubo
más comunicaciones.
–Ojalá
hubiéramos establecido contacto con el capitán Aroga; él hubiera podido
avisarnos a tiempo.
–No
teníamos comunicaciones –dijo hastiado el sobrecargo–. La verdad, no teníamos
ni aire. Mira, no lo pienses más.
–La
maniobra fue correcta, desde luego... –calló, porque uno de los monitores se
había activado, mostrando el fatigado rostro del maquinista.
–Debe
de ser para mí –se interpuso el sobrecargo–. ¿Qué hay?
–Ese
ruido, se ha... Mira, aquí está otra vez.
Hubo
un sonido largo y lento, un retumbar hueco que se repitió casi antes de
apagarse los ecos del primero, como un repicar gigantesco. El maquinista
permanecía suspendido en la claridad azulada del túnel, meciéndose suavemente
en el aire mientras examinaba perplejo las paredes curvadas. El estruendo se
reprodujo. Garatán se acariciaba desconcertado la barbilla. El capitán lo hizo
a un lado para encararse con la pantalla.
–Sal
a escape de ahí. Ya.
–Enterado.
Recojo el equipo y...
–Ni
equipo ni nada. Fuera –volvió la cabeza entre las sombras azules–. Vamos a
tomar una medida de los campos.
Asintiendo,
el sobrecargo se dirigió a los sensores.
–¿Qué
puede ser? –comentó intrigado, atento al monitor–. ¿Fisuras en el casco?
¿Algún fragmento exterior?
–No
sonaba a nada de eso. Pero en seguida vamos a verlo. En pantalla, sobre fondo
negro, una imagen esquemática de la Sulce giraba despacio sobre su eje,
envuelta en un halo amarillento, ancho y estable; la representación del campo
de la nave. El capitán golpeó con el índice.
–Aquí,
aquí... desde luego, hay algo.
La
imagen se amplió en saltos sucesivos, ciñéndose al área de la perturbación. Con
un respingo, el sobrecargo se echó atrás en su asiento, buscando un cigarrillo.
El maquinista llegó y, tras una ojeada, se quedó quieto sin decir palabra.
Parecía
haber una gran turbulencia multicolor asentada sobre el casco de la Sulce;
una alteración que bullía y se agitaba, como enroscándose perezosamente sobre
sí misma.
–Esto
son medidas de campo, no imágenes de formas físicas –recordó por fin el
capitán–. No vayamos a perder los nervios.
Nadie
respondió y, en silencio, estuvieron observando la perturbación. Se desplazaba
muy despacio sobre el casco, variando constantemente de forma y volumen, y
parecía llena de nodos hirvientes que se anudaban y desenrollaban sin cesar.
Garatán fumaba sentado en la penumbra; el capitán se inclinaba sobre el
monitor, con el rostro iluminado por la pantalla. El maquinista se removía
inquieto entre las penumbras del puente, haciendo resonar los amuletos
metálicos de Vilgaum III, su planeta natal.
–Míralo
–dijo por fin–. Eso es algo vivo, y es muy grande.
–No,
Náuim, no –murmuró el capitán–. Estamos pensando todos en lo mismo; pero los
monstruos del espacio no existen.
–No,
claro –dijo aquél con un suspiro–. Si no son más que fábulas... igual que el
Centro Muerto.
Su
interlocutor se enjugó el sudor. Antes, era de los que negaban la
existencia del Centro Muerto. Algunas naves se esfumaban en pleno salto, eso
lo aceptaba; pero no admitía que terminaran reapareciendo en una zona muerta,
un área repleta de viejas naves perdidas.
–De
acuerdo –admitió–. Sabemos más de los efectos del salto que de sus causas; en
esas condiciones, no hay nada raro en que alguno entre millones salga mal.
Pero siempre pensé que, en ese caso, las naves resultaban totalmente
destruidas, volatilizadas. Toda esta historia del Centro Muerto me parecía un
disparate más de los que cuentan las ratas de astronave; una versión
moderna de mitos terrestres más antiguos... Sin embargo, aquí estamos.
–Verdad
–Garatán señaló con la brasa de su cigarrillo la turbulencia en pantalla–. ¿Y
esto?
–No voy a cometer el mismo error –volvió a
secarse la frente–. Admito que puede ser cualquier cosa... hasta un ser vivo.
Hubo un nuevo silencio.
–Estamos
listos –rezongó por fin Garatán –. De ésta sí que no salimos.
–No
quiero oír esa clase de comentarios –cortó con voz suave el capitán–. Cada cual
puede pensar lo que quiera, pero que se lo guarde para sí –se volvió al
maquinista–. ¿Podemos conseguir información adicional?
–Imposible.
Con el cerebro de la nave destruido, estos sistemas no son más que sensores:
registran datos, pero no pueden procesarlos ni extraer conclusiones –encendió
un cigarrillo, pensando–. ¿Por qué no consultamos con el capitán Aroga? Seguro
que tiene algo que contarnos. Después de todo, lleva cuatrocientos años aquí y
suele estar al tanto de todo.
–Sí,
eso es –corroboró Aroga–. Un monstruo del espacio.
Suspirando,
el capitán de la Sulce paseó la vista por las pantallas, entre su
interlocutor y aquella turbulencia que parecía hervir sobre el casco de su
astronave. Se deslizó los dedos entreabiertos por el cabello.
–¿No
hubiera sido mejor advertirnos antes?
–¿Advertirles?
–sostuvo su mirada con ojos sombríos–. No. Ese monstruo no aparece siempre, y
ustedes ya tenían suficientes problemas. Al menos, ése es mi criterio.
–Bueno,
pues ya está aquí... ¿Qué puede suceder?
–Depende
–se retrepó para soltar lentos anillos de humo–. Se quedará ahí fuera,
tanteando el casco de su nave, buscando una manera de introducirse.
–¿Y
lo conseguirá?
El
capitán Aroga se ladeó, demorando la respuesta.
–Depende
–titubeó ante las expresiones de sus oyentes–. Dos de cada tres veces lo logra.
–Pero
¿qué es eso realmente? –el capitán de la Sulce manoseaba su taza,
intentando controlar el tono de voz–. Necesitamos toda la información que pueda
darnos, cualquier cosa.
–Claro
–entrelazó los dedos–. Pero no tengo mucho. Hasta donde yo sé, nadie ha podido
verlo; lo más que se ha conseguido es lo que tienen ustedes –esbozó un gesto–,
una medida de campos. Y tampoco está muy claro cómo consigue entrar en las naves.
Personalmente, supongo que se infiltra: el salto al Centro Muerto suele causar
daños estructurales, ya les avisé de ello, y no es raro que haya microgrietas
en los cascos... pero no hay nada seguro.
–¿Qué
cree que pueda ser? –Garatán miró aprensivamente la pantalla.
–No
sé qué decirle. Las medidas señalan que, en parte, es orgánico. Pero eso: sólo
en parte. Carezco de datos suficientes para aventurar ninguna opinión.
En
la media luz fría del puente, el capitán de la Sulce lo observó
sorprendido, agitando la cabeza; diciéndose que, en los momentos más inesperados,
el cerebro inhumano de la Mílg Merain acababa asomando tras la fachada
de Entaunce Aroga.
–Capitán,
¿existe alguna forma de detenerlo?
–Nadie
lo ha conseguido, lo cual no quiere decir que sea imposible. Pero será mejor
que estén listos para evacuar su astronave, para el caso de que logre acceder
al interior. Es el único consejo que puedo darles.
A
partir de entonces, Garatán tuvo ocasión de escuchar cómo el monstruo probaba
la resistencia del casco exterior. Deambulando por las galerías de servicio, más
de una vez se vio sorprendido por un golpetazo atronador sobre su cabeza, un
eco sostenido que retemblaba en los túneles, reverberando entre curvas. Y
siempre sonaba cerca, como si algún sentido alienígena avisara al ser de su
presencia, azuzándolo contra el metal que los separaba.
En
tales ocasiones, mientras los mamparos arqueados retumbaban a su alrededor, se
remontaba en la penumbra azulada, buscando los monitores. Encaramado a las
curvaturas del túnel como un insecto gigante, espiaba cada detalle de ese campo
deforme adosado a la astronave; el volumen cambiante, recorrido por espasmos
multicolores, que crecía y menguaba sin cesar, enroscándose continuamente
sobre sí mismo.
Y
así permanecía durante largo rato, olvidando el posible peligro, atado al
monitor por un sentimiento que era mezcla de curiosidad y repulsión. Una
atracción malsana que el capitán Aroga parecía compartir.
–Sí
–reconoció éste, huraño–. Fue ese ser lo que acabó conmigo. Al menos, ésa es la
conclusión lógica; aunque no tengo datos al respecto en el cerebro de la Milg
Meráir. Pero, dado que rondaba desde hacía tiempo por el exterior de mi
nave, no resulta difícil suponer que, al final, logró introducirse.
–Y no tiene ni idea de qué pudo suceder,
claro.
–No.
Aroga había tomado sus medidas, pero debieron de servirle de bien poco. Una
vez que dejó de conectarse al cerebro de la nave, éste, según sus
instrucciones, supuso que estaba muerto y puso en marcha mi programa. Es cuanto
sé –hizo una pausa, entrecerrando pensativamente los párpados–. ¿Sabe?, me
gustaría echarle un vistazo, descubrir su aspecto. Nadie ha logrado imágenes
suyas; ha escapado a toda clase de trampas, entrado en espacios teóricamente
inaccesibles... Debe de ser bastante listo.
–¿Inteligente?
–Garatán se removió.
–¿Inteligente?
Ese concepto es bastante artificioso, arbitrario –recalcó su desdén manoteando
el aire–. No. Estamos hablando de un ser con habilidad, astucia, capacidad de
aprendizaje y de supervivencia... Ésas fueron las características que el anotó
en el cerebro de la Milg Meráin.
–Anotó,
¿quien?
–Yo,
¿quién si no? En sus últimos días, e! capitán Aroga parecía estar fascinado por
el monstruo y reunió cuantos datos le fueron posibles sobre él.
–En
ocasiones, capitán, me cuesta seguirlo –rezongó Garatán exasperado.
–¿Por
qué?
–Al
hablar de sí mismo, tiende a confundir la primera y la tercera persona.
Resulta chocante.
–Es
lógico –hizo bascular su sillón–. Mis recuerdos, actitudes, mi forma de ser, no
son sino un reflejo de las de Entaunce Aroga; él lo diseñó así. Pero
no son exactamente iguales, no pueden serlo. Es decir: yo soy él, pero los dos
no somos el mismo.
–Creo
entender –lanzó un vistazo a los monitores, antes de girarse hacia su
interlocutor y escrutarlo durante unos segundos–. La verdad, me pregunto por
qué lo hizo –aventuró cautelosamente.
El
capitán lo examinó a su vez, ladeando la cabeza.
–Para
escapar de la muerte, claro –admitió.
–Y
lo logró.
–No,
tan sólo conseguí un aplazamiento. No se trata de que Aroga tuviera
demasiado apego a la vida; la extinción física es un hecho que más nos vale
aceptar, porque acaba llegando de todas formas. No, lo que me quitaba el sueño
era que con la muerte llegaría la perdida total, la destrucción de cuanto he
vivido, querido, sentido... de todo cuanto soy. Nunca he podido soportar la
idea de desaparecer, esfumarme sin dejar ni rastro.
–Por
lo que dice, en su mundo natal no creían en una vida tras la muerte.
–No;
soy yo quien nunca ha creído demasiado en esas cosas.
–En
fin; lo comprendo –suspiró–. Yo también suelo pensar en todo eso. Y aún más
tras nuestra arribada al Centro Muerto –añadió con una sonrisa desganada.
Encendió
un cigarrillo y lanzó grandes bocanadas antes de proseguir.
–Aquí
es fácil pensar en ciertos temas, plantearse algunas preguntas. Sé muy bien
que no hay escapatoria. Al principio pude tener alguna esperanza; pero hace
tiempo que he comprendido que estamos condenados. Ni más ni menos que todos
cuantos llegaron antes que nosotros... y, ahora, supongo que se nos está
acabando el plazo.
Calió.
Ambos fumaban con lentas caladas, contemplándose mutuamente entre el humo. El
capitán Aroga –o quizás el cerebro de la Milg Meráin– titubeaba. Una
postura que resultaba familiar al sobrecargo de la Sulce; un largo
mutismo acompañado de inmovilidad, tal vez mientras los programas rectores de
aquel espectro tomaban una decisión.
–Sí
–acabó reconociendo a regañadientes–. Opino lo mismo. Mire, yo tampoco creo que
les quede mucho tiempo.
De
nuevo se había parado ante una falsa portilla, y fumaba en la semiobscuridad
azulada, cautivado por las perspectivas del Centro Muerto. Ensimismado en las
naves paradas que brillaban en la negrura, y en los orbes que ardían en el
vacío como infiernos rojos, anaranjados, azules. Entonces,
repentinamente, las alarmas comenzaron
a aullar, y el corazón le dio un vuelco.
Acudió
a las pantallas, aturdido por el rugido de los avisadores. El capitán estaba en
imagen.
–El
monstruo ha logrado entrar –anunció ton voz rápida y tranquila–. Reúnete
conmigo en mi cámara.
–Estoy
en el Control Auxiliar...
–Sí
–se inclinó sobre algún sensor fuera de imagen–. El Corredor Principal es
seguro, por ahora; pero no hay tiempo que perder.
Abandonó
el camarote con un paso vivo que en seguida desembocó en una carrera de
cubierta en cubierta; recorrió a toda velocidad la nave sin poder apartar la
idea de que delante, a la vuelta de alguna esquina, algo enorme y horrible
esperaba el momento de abalanzarse sobre él.
Cruzó
un sinfín de corredores solitarios, pasó escaleras, cubiertas y accesos,
huyendo de lo que sabía detrás, angustiado por lo que temía delante. Luego, al
fin, alcanzó jadeando la cámara del capitán.
Lo
encontró sentado, encarando la puerta, con los pies sobre el escritorio;
entrelazaba las manos sobre el pecho, y tenía un brillo desafiante en los ojos,
y el sobrecargo comprendió que había estado bebiendo. Con un ademán descuidado
lo hizo pasar.
–Vamos
adentro –con otro gesto, le señaló una gran pantalla.
Garatán,
aún sin aliento, se giró hacia la imagen y estudió los complejos diagramas de
colores. Aquellos eran los planos de la astronave, los reconoció en el acto, y
había una mota brillante, un punto rojo que centelleaba desplazándose a lo
largo de los esquemas.
–Ahí
está... el Kraken.
–¿El
qué?
–El
monstruo, hombre –lo contempló tras los párpados entrecerrados–. Es una
leyenda terrestre; una bestia marina, un ser gigantesco y lleno de tentáculos
que atacaba a las naves. Se lo conocía por el Kraken... Son esos campos
que genera, como tentáculos moviéndose; eso es lo que me lo ha recordado.
El
sobrecargo volvió a examinar los planos.
–Viene
hacia aquí –afirmó; el capitán le dio la razón con un cabeceo–. Y Náuim,
¿dónde está?
–¿Quién
sabe? No ha establecido contacto. Y eso que las alarmas están sonando por toda
la nave –se pasó los dedos por el cabello–. Creo que lo ha cogido.
–Y
nos cogerá a nosotros también –Garatán miró aprensivamente los diagramas–.
Estará aquí en seguida. Hay que salir a escape.
–Éste
es el sitio más seguro. La Sulce es una astronave bastante vieja, tiene
toda una historia a cuestas. No siempre estuvo en la línea entre Vilgaum III y
Gui Cuane; antes de eso saltaba de aquí para allá buscando
fletes –con dos dedos, abarcó los mamparos circundantes–. Eran viajes más
azarosos, había sus riesgos, y toda la estructura está acorazada como seguridad
adicional –sonrió–. No pongas esa cara, no podías saberlo; es uno de los
pequeños secretos de los capitanes. No consta en ningún plano ni documento.
El
sobrecargo valoró escéptico los mamparos, lanzando vistazos al monitor.
–Viene
por nosotros, no hay duda.
El
capitán asintió displicente, sin cambiar de postura, con los ojos fijos en el
corredor. Irritado, Garatán plantó un pie sobre un resalte, y encendió con
lentitud un cigarrillo, dispuesto a no amilanarse ante la desidia del capitán.
El
tiempo fue pasando muy despacio. El pasadizo parecía alargarse ante sus ojos,
vacío y silencioso, totalmente quieto bajo los resplandores azulados de las
lámparas. El capitán se retrepaba en su sillón, el sobrecargo dejaba escapar
lentas bocanadas de humo.
Luego,
comenzó a llegarles el estruendo de algo muy grande que se desplazaba por los
pasillos entrechocando con los mamparos, arrasando todo a su paso, haciendo
añicos los metales y el cristal. Garatán lanzó una última mirada al punto rojo.
–Se
nos echa encima –advirtió.
El
corredor se obscureció bruscamente. El capitán alzó la mano, chasqueó los
dedos, y la compuerta se cerró como por ensalmo, encajándose con un sonido
hueco y retumbante.
Transcurrieron
seis, siete segundos. Algo muy pesado chocó contra el mamparo frontal, haciendo
retemblar la estructura de la cámara. Luego, silencio. El sobrecargo y el
capitán se miraron.
–¿Has
visto eso? –musitó aquél–. Las luces se han apagado de repente.
–Es
uno de los efectos ligados al Kraken, al monstruo. Aroga ya me lo había
advertido... Yo contaba con echarle un vistazo, aunque fuera de pasada.
El
mamparo atronó bajo una nueva embestida. La cubierta pareció vibrar bajo sus
pies y, esta vez, el metal se combó ligeramente. Una abolladura grande como
una cabeza humana apareció cerca de la compuerta. El capitán se incorporó
maldiciendo.
–Es
fuerte, fuerte de verdad... Ahora sí que estamos listos.
Resonaron
nuevos golpes, aparecieron más abolladuras. Acto seguido, el martilleo fue haciéndose
casi continuo.
–¡Tenemos
que salir de aquí! –urgió Garatán, alzando la voz entre el estrépito.
–No
–el capitán esbozó otro gesto, que hizo aparecer una salida de emergencia–.
Lleva a las cápsulas; ya conoces el camino... vete tú. Yo me quedo.
–Vamos,
hombre –lo aferró por el codo–. No hay tiempo.
–No,
no –el capitán se zafó–. Yo no entro en una cápsula. No pienso encerrarme en
una ratonera de ésas, con aire para una semana. Acabas ahogándote, casi sin
poder moverte, chapoteando en tu propio sudor. No. Hace mucho que tomé la
decisión: de todas las muertes... Es algo que siempre me ha provocado
pesadillas. Me quedo –rebuscando en su escritorio, extrajo un arma de corta
longitud y grueso calibre; sonrió–. Otro recuerdo de los viejos tiempos... Prefiero
aguantar aquí –comenzó a cargar con cierta torpeza la pesada munición.
El
sobrecargo valoró el mamparo frontal. Bajo el ataque del monstruo, la cámara
temblaba, resonando como una campana, y el metal se abollaba y deformaba con
cada nuevo golpe.
–Yo
voy a intentarlo.
–Suerte.
Se
abalanzó por el escape hacia el túnel, y corrió la veintena de metros que lo
separaban de la cápsula salvavidas. Allí se detuvo un instante, el tiempo
necesario pura volverse y comprobar que el capitán no había cambiado de idea.
Nada. El túnel estaba vacío, no había movimientos entre las luces rojas de
emergencia y, más allá, los mamparos retumbaban como si algún dios loco batiera
enfurecido un gong gigante.
Una
vez dentro, se ajustó con dedos torpes el arnés. La catapulta expulsó la
cápsula.
Pero
entonces los diminutos propulsores de la cápsula entraron en acción, y
detuvieron el desplazamiento. Perplejo, Garatán comenzó a sintonizar
monitores, buscando algo que justifícase aquella decisión del cerebro de a
bordo. Resopló. Los sensores mostraban la cápsula salvavidas flotando casi
inmóvil, a mitad de camino entre la Sulce y una masa enorme, grande como
una pequeña luna. Suspirando, reconoció el inmenso pecio de babor. La
catapulta había lanzado la cápsula salvavidas contra aquella astronave, y el
cerebro se había visto obligado a anular todo impulso para impedir la colisión.
Comprobó lo ya intuido: que los propulsores carecían de potencia para efectuar
una segunda maniobra. Repasó los datos de los sensores y, con un creciente
temblor, buscó el brazalete médico, intentando en vano rehuir la idea de que
la cápsula se había detenido demasiado cerca de la Sulce, al alcance
del monstruo.
El
brazalete disparó una balería de calmantes en sangre. Garatán se recostó en el
asiento y entornó los párpados para escuchar el corazón golpeteando desbocado.
Sintió cómo el sudor frío serpenteaba piel abajo, muy lentamente.
Abriendo
los ojos, examinó el cubículo, los instrumentos, el par de asientos vacíos con
sus arneses meciéndose mansamente en gravedad cero. Acarició
las paredes acolchadas. Escuchó pensativo el silencio de la cápsula y recordó
el momento de la arribada al Centro Muerto, cuando, en pleno salto, supo que
algo iba mal.
Porque
normalmente éste era indetectable, demasiado fugaz para los sentidos; una
transición que dejaba en el viajero el regusto de una ilusión de caída. Pero
esa vez, demasiado asombrado para sentir pánico, el sobrecargo se encontró
precipitándose en un vacío Infinito. Más tarde, estudiando los registros de la Sulce,
descubriría que todo había durado apenas dos segundos. Pero incluso ese tiempo
podía ser eterno en caída libre, con una avalancha de recuerdos y pensamientos
agolpándose en la obscuridad.
Con
esa lucidez engañosa de las drogas, volvió al instante en que habían salido del
salto. Los fogonazos rojos de las alarmas, los avisadores aullando, las
grandes pantallas ciegas, llenas de estática. La nave entera se estremecía,
trepidando como si fuera a deshacerse en pedazos; los objetos repiqueteaban en
sus asideros, la cubierta temblaba bajo sus pies.
Con
movimientos que se le antojaron eternos, manipuló la comunicación, buscando
los canales de la Milg Merúin. El capitán Aroga apareció en la emulación
de su cámara; sentado tras su escritorio tallado, envuelto en humo de tabaco,
observándolo con ojos como taladros.
–Buenas
noches, sobrecargo.
–El
monstruo ha entrado en nuestra nave –le informó, articulando con cierto
esfuerzo–. El maquinista ha desaparecido y yo he podido escapar en una de las
cápsulas salvavidas... Es cuanto nos quedaba: perdimos la lancha.
–¿Y
el capitán?
–Se
quedó para hacer frente al Kraken.
–¿El
Kraken? –se detuvo un momento, y Garatán comprendió que estaba
recurriendo a los bancos de datos de la Milg Meráin; sonrió
pensativamente–. Ah, el Kraken; sí, es un buen nombre... ¿Cuál es su
situación, sobrecargo?
–Me
encuentro parado entre mi nave y ese pecio gigante que teníamos a babor, ya
sabe; y me resulta imposible moverme. Me temo que estoy al alcance del Kraken.
El
capitán Aroga volvió a hacer una pausa, muy larga esta vez.
–Sí,
el monstruo puede alcanzarlo en cualquier momento.
–¿Me
queda mucho tiempo?
–No,
apenas nada.
–Entonces
–balbució, encendiendo un cigarrillo–, qué más da el aire.
Como
de mutuo acuerdo, guardaron silencio, reanudando el viejo ritual de observarse
sin cruzar palabra, como si cada uno buscara una clave en la postura del otro.
La cápsula comenzó a inundarse de humo, los filtros zumbaban, una pequeña
alarma empezó a centellear.
Hubo
un roce en el exterior; un sonido hueco acompañado por un bamboleo de la
cápsula.
–Ya
está aquí –el cigarrillo resbaló entre sus dedos y flotó a la deriva; lo
recuperó con esfuerzo.
–Lo
he oído.
Hubo
un nuevo ruido algo más fuerte, como si aquel ser tantease la resistencia de
la cápsula salvavidas.
–Voy
a morir –comprendió angustiado, carcomido por un temor que ningún
tranquilizante podía anular–. Pero yo también tengo miedo de esfumarme en la
nada, de no ser nunca más.
Asintiendo,
el capitán Aroga, alzó una mano y, por primera vez, la imagen transmitida por
la Milg Meráin cambió. La cámara dio paso a una gran sala abarrotada de
gente, y el asombrado Garatán pudo ver que, en primera fila de esa multitud, se
encontraban el capitán y el maquinista de la Sulce. Y también su
interlocutor estaba allí.
–No
tiene por qué preocuparse –dijo éste con suavidad, mostrándole la estancia–.
Como puede ver, aquí estamos casi todos.
Garatán
contemplaba boquiabierto la escena, comprendiendo poco a poco que el cerebro de
la Milg Meráin capturaba los datos de todos sus interlocutores, y
establecía emulaciones de éstos. Sonaron más golpes en el exterior, y la
cápsula se balanceó cuando el monstruo la rodeó con su abrazo.
Aturdido,
volvió por última vez los ojos al monitor. La cápsula salvavidas crujía bajo una
presión creciente, humo y cenizas revoloteaban por el interior. El capitán
Aroga observaba desde el otro lado de la pantalla, esperando. Y luego, al
final, cuando el curvo metal comenzó a ceder rechinando, el capitán se adelantó
con la mano tendida, haciéndole seña de acercarse; el gesto del anfitrión,
invitando a su huésped a no demorarse más en el umbral.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.