En Axxón 147, Febrero de 2005.
Novelista, ganador del premio Minotauro con
su novela Máscaras de matar, León Arsenal fue marino
mercante antes de anclar en el Universo de la literatura. Ha publicado novelas
históricas (El hombre de la Plata y Las lanzas
rotas), cuentos de ciencia ficción como El centro
muerto, incluido en la Antología de la Ciencia
Ficción Española (Minotauro 2003), el libro de relatos Besos de
alacrán (2000) y la novela corta La noche roja (2003). Actualmente dirige la revista Galaxia, que ha recibido el premio a la mejor revista de ciencia ficción
europea.
Como cada mañana, el capitán Moctaur había
subido a la torre de control. Siguiendo la costumbre de años, lo hizo por la
escalera exterior, ascendiendo hasta lo más alto para terminar acodándose en la
barandilla del piso superior, a contemplar ociosamente el bosque claro, las
arboledas dispersas y los herbazales acariciados por la brisa, más allá de la
descuidada pista del astropuerto.
En un extremo de las instalaciones, perdida
entre las hierbas verdes y amarillas, yacía una vieja lanzadera abandonada, con
el casco enrojecido por la herrumbre. Gigantescos insectos alados de
caparazones brillantes danzaban entre la vegetación. Una bandada de aves, de
plumajes multicolores, sobrevoló el astropuerto antes de alejarse hacia el sur.
Con indolencia, el capitán se colocó un cigarrillo entre los labios, siguiendo
con la vista el vuelo de la formación, que aleteaba perezosamente en el cielo
azul sin nubes de Balifata II.
El capitán Moctaur hizo visera sobre los
ojos. Allí, punteando el cielo a unos pocos grados más al sur que la bandada,
algo volaba a baja altura, acercándose al astropuerto. Enfocó sus prismáticos
sobre aquella mota. Un transporte, una gran nave aérea se desplazaba muy
lentamente en el aire claro de la mañana, planeando a unos pocos metros por
encima de las ondulantes copas de los árboles. Pensativamente, el capitán
encendió el cigarrillo y lanzó una bocanada de humo que la brisa dispersó casi
de inmediato. Luego, con una última mirada al lento transporte, entró en la
penumbra de la sala de control.
Casi al descuido, comprobó que las defensas
autómatas del astropuerto estuvieran activas. El capitán no creía seriamente en
la posibilidad de un ataque de piratas. Diez años de servicio en Balifata II le
había acostumbrado a las naves que llegaban furtivamente, volando a muy baja
altura para esquivar los sensores de otros aparatos.
–A ver, esa nave sin identificar que se
aproxima volando desde el sur –avisó por el sistema de comunicaciones–. A ver
si me recibe, cambio.
Silencio.
–Nave desconocida acercándose al astropuerto
de Balifata II desde el sur. Nave desconocida acercándose al astropuerto de
Balifata II desde el sur –advirtió más formalmente–. Aquí Control.
Identifíquese inmediatamente o cambie de rumbo. De lo contrario, será derribada
por las defensas del astropuerto.
Casi al momento el monitor parpadeó,
mostrando un rostro fatigado.
–Control, Capitán Moctaur... –titubeó–.
Escuche, tengo serios problemas, yo...
–¿Problemas técnicos?
–No, negativo –volvió a vacilar–. Me
persiguen, soy yo quien está en peligro, necesito que me ayude...
Moctaur se recostó en su asiento. En su
calidad de capitán del astropuerto de Balifata II –el único operador del único
astropuerto en todo el planeta–, era además el administrador de los asuntos
humanos, así como el representante oficial ante la especie indígena.
–De acuerdo, de acuerdo –volvió a reparar en
el aspecto agotado del piloto del transporte–. Vamos a ver: tome tierra en la
pista auxiliar tres, pista auxiliar tres. Cuando haya aterrizado, hablaremos.
Mientras bajaba por la escalera exterior, el
capitán Moctaur contempló algo inquieto cómo la nave descendía con lentitud,
dando bandazos y dispersando a su paso las nubes de insectos multicolores. El
piloto maniobraba con tanta torpeza que, durante unos instantes, el capitán
temió que el transporte acabara estrellándose contra la pista circular pintada
de rojo.
Por fin, la rampa se abrió con un sordo
zumbido y el piloto, mugriento y demacrado, tal como le habían mostrado los
monitores, descendió entornado los ojos y lagrimeando bajo el súbito estallido
de luz. Reculó al vislumbrar al hosco capitán del astropuerto, que se acercaba
con el torso desnudo, un visor obscuro sobre los ojos y un pesado fusil de dos
cañones en ristre.
–No se preocupe –Moctaur palmeó su arma,
advirtiendo la aprensión de su visitante–. Lo llevo por costumbre.
–Capitán Moctaur... mi nombre es Ónlifan
Déglet...
–Le recuerdo perfectamente, Déglet –el
capitán cabeceó; Balifata II sostenía una reducida colonia humana, apenas dos
centenares de individuos, técnicos y operadores en su gran mayoría, dispersos
por todo el planeta, y el capitán Moctaur era de los que se vanagloriaban de
conocer a cada uno de ellos–. ¿Dónde aprendió usted a pilotar?
–No tengo licencia de ninguna clase, he
venido volando en semiautomático...
–Ya –examinó la gran mole del transporte,
los números de identificación, los logotipos comerciales pintados sobre el
casco metálico–. Esta es una nave de transporte industrial. ¿Cómo la ha
conseguido?
–La robé –aceptó llanamente su interlocutor.
El capitán Moctaur guardó silencio un par de
segundos.
–De acuerdo, Déglet, ya arreglaremos eso
–terciando descuidadamente su fusil sobre el hombro, hizo un gesto amable hacia
su visitante–. Pero ahora, vamos dentro. Me parece que está muy cansado.
Primero, repose un poco; ya hablaremos después.
Acomodándose en su asiento, el capitán
Moctaur ofreció un cigarrillo a su visitante. Éste, visiblemente relajado tras
una ducha y un par de sedantes, lo rechazó con un gesto. En silencio, el
capitán escanció un par de vasos de licor amarillento y ofreció uno de ellos a
su huésped.
–Bueno –Ónlifan Déglet agitó la cabeza,
llevándose la bebida a los labios–. Vine a este planeta con un contrato de
técnico, hará ya casi tres años. Me reclutaron para el trabajo en Ante
Dibayim... es mi mundo natal.
–Supongo –el capitán encendió su cigarrillo–
que antes de firmar le informaron cuidadosamente de lo que iba a encontrar en
el planeta.
–No puedo negarlo. En realidad –esbozó una
sonrisa desanimada–, yo ya había oído hablar sobre Balifata II y las caravenig.
–Ya –el capitán lanzó una bocanada de humo,
asintiendo pensativamente–. Prosiga.
–Bueno. Desde mi llegada he estado
trabajando en una de las factorías alimenticias del hemisferio sur, en Escaín
Malum. Allí, la colonia de humanos es muy pequeña; cinco personas en total. Los
primeros meses fueron realmente aburridos, la verdad, mucho más duros de lo que
yo había pensado. Los otros técnicos de la colonia eran gente poco sociable,
por lo menos con los otros humanos: rara vez se les veía fuera del trabajo. Uno
de ellos es un verdadero ermitaño, una especie de misántropo; los otros tres
preferían la compañía de las caravenig.
“Al principio, me volqué exclusivamente en
mi trabajo, manejando la maquinaria extraplanetaria. En aquella época, mi trato
con las caravenig era cortés pero frío, puramente profesional. Recuerdo
lo mucho que me sorprendió que ellas mantuvieran la misma actitud hacia mí,
como obligándose a mantener las distancias... después de todo, las habladurías
las presentan como una especie de sirenas...
El capitán esbozó una sonrisa despectiva,
sin hacer comentarios.
–Esa época fue espantosa; según fueron
pasando los meses, aquel régimen de vida tan solitario se me hizo insoportable.
Al final, supongo que era inevitable, comencé a tratarme con las caravenig:
un comentario aquí, una pequeña charla allá. No me resultó nada difícil: pese a
todo lo que digan de ellas, no son monstruos.
–Claro que no, hombre –rezongó el capitán–.
¿Pero quién ha dicho esa tontería? Las caravenig son civilizadas, cultas,
amables... a mi juicio, como especie, su media es muy superior a la de los
humanos.
–Si, bien, Poco a poco, fui congeniando con
ellas, introduciéndome en su sociedad, aunque tardé en olvidar mis
prevenciones; y algunas caravenig siempre guardaron las distancias
conmigo, nunca comprendí por qué.
–¿No lo entiende? –el capitán volvió a
sonreír sin ningún humor–; los humanos y las hembras caravenig sienten
una atracción mutua inevitable. Pero lo que unos –se golpeó el pecho desnudo
con el índice– llamamos uniones híbridas, otros lo llaman xenofilia. Dicen que
es una perversión de orden sexual. En ciertos sitios, uno puede ser perseguido
legalmente, aunque ellos lo llaman “ser puesto bajo tutela de las autoridades”.
Sin contar todos los planetas donde, aún siendo aceptado, uno se convierte en
un enfermo a ojos de la gente, un paria social. Y muchas caravenig
tampoco ven con buenos ojos la relación de sus congéneres con alienígenas...
aunque sus motivos sean menos palurdos que los de los humanos.
–Nunca lo había pensado. Lo cierto es que
tanto las caravenig como yo, como de común acuerdo, manteníamos una
especie de juego de etiquetas, era algo ambiguo... es cierto que hay una
atracción mutua muy fuerte. En fin, luego conocí a Eriticlana.
Se detuvo. El capitán sirvió más bebida sin
decir palabra, observando los ojos de su visitante, enturbiados por los
tranquilizantes.
–La existencia en Balifata II puede ser muy
agradable; es un mundo tan lleno de luz, de colores –Ónlifan Déglet agitó
distraídamente su vaso, haciendo oscilar la bebida amarillenta–. Eriticlana y
yo hemos estado juntos durante dos años, dos años que parecen haber pasado en
un soplo. Pero –suspiró–, al mismo tiempo parece que hubiera transcurrido toda
una vida. No hay nada que pueda compararse a la relación entre una caravenig
y un humano, nada. Es verdad todo eso que se cuenta por ahí, en los planetas.
“Y esos cuentos –se dijo para sí el capitán
Moctaur–, aunque tú no lo sepas, fueron el anzuelo que usaron para atraerte al
planeta... lo mismo que a mí.”
–Las caravenig son alienígenas y sin
embargo son tan parecidas a las mujeres humanas; tan parecidas y tan distintas
–el técnico hizo rodar su vaso entre los dedos, hablando con lentitud–. Es una
situación tan contradictoria... todo en ellas resulta tan familiar, y a la vez
tan extraño. Hace perder la cabeza, emborracha, esclaviza. Podía pasarme horas
mirando a Eriticlana, acariciando su pelo, su piel; esa piel de las caravenig
que tiene un tacto tan... –incapaz de encontrar las palabras, agitó vanamente
los dedos en el aire–. Tienen una forma de moverse, de mirar, de ser... no sé
como explicárselo.
–No necesita hacerlo –le interrumpió con voz
suave el capitán Moctaur–. Sé perfectamente como son las caravenig.
–Si, claro, que tontería –su interlocutor
gesticuló azarado–. Estoy algo confuso con estos medicamentos. En fin.
Llevábamos una vida tranquila, sencilla, feliz. Hasta que ella comenzó a
cambiar. No fue un cambio a mejor ni a peor, no, ni de un día para otro. Pero
empezó a comportarse de una forma distinta, cada vez más, como si se estuviera
convirtiendo en otra persona. Yo no encontraba ninguna causa justificada, no
sabía a qué atribuirlo, y poco a poco comencé a sentir miedo. Por supuesto,
habíamos tomado todas las precauciones posibles para evitar un embarazo:
conocíamos demasiado bien las consecuencias de la fecundación en las caravenig.
Realmente, no hubo ningún cambio en nuestra relación... pero yo no podía evitar
el sentir que aquella alteración de su carácter no presagiaba nada bueno, que
era el preludio del desastre.
El capitán cabeceó en silencio, invitándole
con un ademán a proseguir.
–Comencé a espiar sus movimientos; la
vigilaba continuamente, cada vez más atemorizado. Así, llegó el día en que la
sorprendí frente al espejo. Es como si aún lo estuviera viendo. Ella estaba
allí plantada, desnuda, sonriendo y haciéndose mohines a sí misma, atusándose
el pelo, contoneándose sin cesar mientras admiraba el rudimentario aguijón que
acababa de nacer en la base de su espalda; con un suspiro, se pasó los dedos
entreabiertos por el cabello–. Eso es lo más espantoso, lo que me hizo huir a
lo loco de nuestra casa. No la transformación en sí, sino el hecho de que ella
estuviera tan feliz, que disfrutara tanto con su metamorfosis...
Hubo un largo silencio.
–Comprendo –el capitán se levantó y, con las
manos en los bolsillos, se asomó a las cristaleras–. Déjeme explicarle algo. En
los caravenig, los dos géneros están mucho más descompensados que entre
los humanos. No se trata sólo de que las hembras sean inteligentes, sociales,
longevas; mientras que los machos son seres de corta vida y semi-inteligentes.
Las hembras caravenig son las portadoras de los juegos de cromosomas
masculinos y femeninos de la raza, al revés de lo que sucede entre los humanos.
A nivel de especie, los machos son poco más que vehículos orgánicos de material
genético. De hecho, ni siquiera son imprescindibles para la perpetuación de la
especie.
“Las hembras caravenig, eso lo sabe
usted muy bien, pueden ser, bajo ciertas condiciones, autofecundas. Puede
llegar a producirse la meiosis, la escisión del núcleo, sin el concurso del
macho, dando lugar a individuos haploides, seres con la mitad de los
cromosomas. Desgraciadamente, la excitación sostenida es uno de los factores
que se supone que pueden desencadenar el fenómeno. Por eso las uniones entre
terrestres y caravenig resultan fértiles, en un sentido figurado, claro.
Pueden tomarse precauciones, retrasarse, pero al final... y, entre los caravenig,
la hembra preñada siempre mata al macho.
–Lo sé, lo sé –balbuceo Déglet–. Pero ella,
ella disfrutaba con el cambio... y yo pensé, pensaba...
–Son alienígenas, joder, alienígenas –el
capitán gesticuló en el aire–. ¿Por qué le resulta eso tan difícil de entender
a la gente? No pueden evitar ser como son. Ese aguijón que vio en la espalda de
su mujer, eso no es nada comparado con la metamorfosis interior. Se transforman
en seres distintos una vez fecundadas. Es su naturaleza y considerarlas
monstruos es tan injusto como recriminar a un humano que envejezca... en fin,
¿qué sucedió después?
–Escapé a ciegas. Durante tres días estuve
dando vueltas sin ton ni son. Luego, recuperé un poco de sentido común, volví a
la factoría y robé ese transporte. Vine hacia aquí volando en semiautomático, a
velocidad económica para poder llegar. Usted es administrador de los asuntos
humanos en Balifata II, tiene que ayudarme.
El capitán movió lentamente la cabeza.
–Eso es imposible –suavizó la negativa con
un tono de voz amable–. ¿Cuantas veces habré oído lo mismo? No –tendió una mano
para evitar que su interlocutor le interrumpiera–. Escúcheme. Yo mismo tramité
su contrato matrimonial, lo recuerdo, tengo buena memoria. También recuerdo lo
cuidadosamente que le expliqué la cláusula de muerte incluida en él. Usted lo
aceptó: aceptó quedar a merced de su esposa y ni yo ni ninguna autoridad humana
podemos hacer nada por usted.
El técnico le miró anonadado.
–Pero, ¿es que piensa entregarme? –agitó
aturdido la cabeza–. Ella va a matarme, matarme.
–No, no pienso hacer tal cosa. Tranquilícese
–el capitán Moctaur encendió un nuevo cigarrillo–. Oficialmente, no puedo
ayudarle. Pero, bajo mano, le daré una nave, y armas, y una lista de los vuelos
interplanetarios programados. También le daré un consejo –hizo una pausa,
observando la expresión turbada de su interlocutor–. Escuche –continuó, dando
una pensativa calada–. Hay quien piensa que las uniones entre caravenig
y humanos son una aberración, especialmente perversa en este caso. Una parte de
las caravenig también las reprueban: consideran horrible el aparearse
con el ser humano, ya que eso les conduce, tarde o temprano, al asesinato de un
ser inteligente... entre ellas, la muerte del macho es un impulso atávico, una
compulsión a la que no pueden substraerse.
“Hace ya años, vino a Balifata II un
experto, un xenólogo que tenía sus propias ideas. Hablamos mucho. Él afirmaba
que las caravenig y los humanos son dos sexos complementarios de dos
especies física y mentalmente ajenas y sin embargo parecidas. Según él, en esa
polaridad –hizo girar dos dedos en el aire–, en el intercambio de señales,
reconocibles pero distorsionadas, es donde reside la tremenda atracción entre
ambos. Cada uno ve en el otro como algo familiar a la vez que diferente. Y en
el caso de las caravenig es aún más fuerte, porque se encuentran ante
una pareja inteligente, cosa que el macho caravenig no es. Es una
especie de magnetismo que ninguno puede evitar una vez desencadenado.
“Además, él sospechaba que los humanos
contratados para trabajar en este planeta son cuidadosamente seleccionados.
Parece ser que existe en algunos sujetos de nuestra especie un instinto, un
deseo de muerte que acude irremediablemente al reclamo de cosas como las
historias que se cuentan sobre las caravenig. Esos son los elegidos
preferentemente por las agencias que surten de trabajadores a Balifata II. De
hecho, aparte de gente así, pocos son los que aceptan un contrato para trabajar
aquí.
El técnico volvió a pasar sus dedos por
entre el cabello.
–¿Y usted? inquirió de repente.
–Probablemente, yo también fui elegido de
acuerdo con un patrón prefijado. Aunque en mi caso la selección fue hecha por
las autoridades humanas y, desde luego –sonrió sombríamente–, el perfil buscado
era otro bien distinto. Siempre suponiendo que aquel xenólogo estuviera en lo cierto.
Todos sus conocimientos no debieron bastar para salvarle, porque se internó en
el planeta y nunca más se supo de él.
“Con todo esto que le estoy contando, lo que
quiero es avisarle. Si él tenía razón, la gente como usted puede trabajar
contra sí misma, desear en el fondo que su esposa caravenig acabe
encontrándole. Téngalo muy en cuenta. Huya a alguna zona despoblada, escóndase;
tienda una emboscada a su mujer, si se atreve. No le plante cara; cuando están
en ese estado, las caravenig son máquinas de matar. Le daré una nave; no
anule el sistema automático, así podré recuperarla. Si lo hace, seré yo quien
salga a buscarle. Intente matar o despistar a su esposa, luego vuelva. Si lo
consigue, yo me encargaré de ocultarle en algún transporte interplanetario.
Sobre todo, sea prudente –añadió, recordando a cuantos habían sido atrapados al
pie mismo de la pista, y como habían sido arrastrados gritando hacia su muerte,
tras las arboledas.
–¿Es factible? –el técnico esbozó una
sonrisa desganada–. ¿Hay alguien que lo haya logrado?
–Por supuesto –mintió el capitán,
alegrándose de llevar los ojos ocultos tras el visor.
En mitad de la noche, una nave aérea
proveniente del sur sobrevoló el astropuerto, antes de descender lentamente,
con todas sus luces de posición pulsando. Perdido entre las sombras, el capitán
Moctaur observó como aterrizaba para posarse entre los herbazales al borde de
la pista. Durante largos minutos no hubo ningún movimiento, las luces del
aparato parpadeaban, la propulsión ronroneaba en la obscuridad. Por último, con
tranquilidad, el piloto descendió.
El visitante, una mujer, paseó su mirada por
las desiertas instalaciones: la pista descuidada, la torre de control a
obscuras, el pequeño almacén de piedra. Las copas de los árboles y las hierbas
susurraban mecidas por la brisa, los insectos nocturnos zumbaban alrededor de
las dispersas luces blancas del astropuerto. Volvió los ojos hacia la torre.
Desde allí, saliendo de las sombras, el capitán Moctaur se acercaba a ella,
cruzando la pista con su pesado fusil de dos cañones bajo el brazo.
Caminando sin prisas a su encuentro, el
capitán examinó a esa visitante nocturna. En la penumbra, aparecía como una caravenig
típica, con su espectacular melena listada de negro y dorado, ojos rasgados de
pupilas inhumanas, boca jugosa y expresiva. Vestía un funcional mono azulado,
lleno de bolsillos, e iba aparentemente desarmada. Mujer y alienígena a la vez,
se dijo el capitán, tan atractiva para un humano como todas las caravenig.
–¿Puedo servirla en algo? –fusil en ristre,
se detuvo a unos pasos.
–Soy Dor-Lipi Eriticlana –la alienígena le
dedicó una larga mirada; su voz era extraña, llena de matices insólitos y, sin
embargo, agradables–. Busco a mi esposo. Un humano llamado Ónlifan Déglet.
–No está aquí –el capitán cabeceó.
–Pero estuvo.
–Es cierto –aceptó–. Pero ya se ha marchado.
–Le encontraré –hubo una pausa en la que la caravenig
y el humano se contemplaron con mutuo interés–. Después, tras el desove,
volveré.
El capitán ladeó la cabeza, mirando en el
interior de los ojos rasgados de la alienígena.
–Chica –dijo con suavidad–. ¿Sabes quien soy
yo?
–Claro, eres el capitán Moctaur, todas en
Balifata II han oído hablar de ti –sonriendo, sacudió su espesa cabellera negra
y dorada–. Sin embargo, si quieres, me gustaría volver.
Moctaur acarició pensativo los cañones de su
arma.
–Aquí me encontrarás –dijo simplemente.
La caravenig le dedicó otra gran
sonrisa entre las sombras, antes de darle la espalda y volver a su nave. El
capitán encendió un cigarrillo y se quedó a contemplar el despegue del
rechoncho aparato constelado de luces. Apoyó los cañones de su fusil en el
hombro y fue deambulando lentamente por el margen de la pista, lanzando blancas
bocanadas de humo que se alejaban flotando en la obscuridad. A lo largo de su
paseo, volviendo de vez en cuando la cabeza, escudriñaba con atención las
arboledas en tinieblas, sin descubrir nunca nada.
Y sin embargo, cuando las lunas estaban
llenas, Moctaur solía vislumbrar al fantasma de su tercera esposa correteando
por entre los árboles. Muchas veces, el capitán se había internado en la
espesura, corriendo en vano en pos de aquella aparición que le esquivaba una y
otra vez, antes de terminar esfumándose en la noche, dejando tras de sí los
ecos de una risa maliciosa. Era por eso, por aquella risa que él tan bien
recordaba en labios de su tercera mujer, que el capitán acariciaba la esperanza
de que ella, a la que tanto había querido, no le guardara ningún rencor.
Volviendo a girar la cabeza, contempló
caviloso la obscuridad. En algún punto, en línea recta tras las primeras filas
de árboles, aguardaba el cementerio particular del capitán Moctaur. En aquel
lugar, cuidadosamente alineadas, estaban las tumbas de sus seis esposas caravenig.
El capitán las había ido degollando con su cuchillo, largo y afilado, con la
hoja parecida a la de una guadaña. También, a cierta distancia, había otra
veintena de sepulturas descuidadas y anárquicamente distribuidas. Esas
contenían a humanos: unos eran parientes y amigos de víctimas de caravenig,
otros asesinos a sueldo. Cada cierto tiempo, alguno de ellos llegaba en misión
de venganza al planeta. E, invariablemente, el capitán acababa con él a tiros,
apenas pisaba Balifata II, antes de arrastrar cansinamente el cadáver a través
de la pista y la arboleda, y abrir una nueva fosa.
Arriba, la nave caravenig era aún
visible, una pequeña mota luminosa que cruzaba el cielo nocturno. Sin duda,
ella terminaría por encontrar a su esposo humano, aquel pobre infeliz, y le
mataría. El capitán Moctaur arrojó la colilla, viendo como volaba la brasa, a
través de la obscuridad, hasta chocar contra el firme de la pista y deshacerse
en un surtidor de chispas rojas. Recordó los brillos que ardían en los ojos
rasgados de la caravenig. Los humanos y las caravenig eran sexos
altamente compatibles, demasiado. Aquellas uniones híbridas rebosaban de
sensaciones y sentimientos nuevos y exóticos, totalmente desconocidos en las
respectivas especies. El capitán Moctaur contempló las siluetas de los árboles
balanceándose en la obscuridad. Dor-Lipi Eriticlana volvería. Juntos,
compartirían de nuevo el veneno que una vez catado ya nunca podía evitarse.
Juntos, hasta que llegara lo inevitable. Entonces, uno de ellos acabaría con el
otro; sólo para echarle luego de menos y comenzar otra vez la búsqueda de
alguien en quien avivar ese fuego entre cuyas llamas suele lacerarse a sí mismo
el alacrán.
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