EL CASO DEL SARGENTO ENMASCARADO
es decir EL POETA RESUCITADO
GUILLAUME APOLLINAIRE
(1880-1918)
Apollinaire publicaba en 1910, bajo el título El heresiarco y Cía, una
serie de relatos animados por una inspiración brillante. Allí, lo fantástico
ocupa un lugar importante. En El transeúnte de Praga, el cuentista
encuentra al judío errante; en El amphion, falso mesías, el barón de
Ormessan descubrió el secreto de la ubicuidad. A los admiradores de
Apollinaire, les gusta ese libro poderoso donde encuentran, en la diversidad,
el genio del autor, a la vez poético y trivial, fantasioso y realista, soñador
y truculento.
Reproducimos el cuento con el cual termina la selección de El poeta
asesinado. Un texto como éste, muestra cómo la imaginación fantástica,
liberada hasta el extremo más paradójico, limita con el más puro lirismo e
ilumina la realidad profunda de quien se ha abandonado en ella. El poeta
resucitado, escrito en plena guerra, contiene un testimonio de un intenso
valor patético; el mismo Apollinaire es ese poeta que se despierta de la tumba
en la que han hundido a los hombres, para contemplar la realidad deslumbradora
y trágica de la guerra, también es ese sargento enmascarado a quien el
estallido de un obús de grueso calibre le golpea la cabeza en el momento en que
sonríe al futuro; y el final del cuento recuerda el poema-testamento de Caligramas:
Una bella Minerva es el hijo
de mi cabeza
Una estrella de sangre me
corona para siempre...
El nuevo Lázaro se sacudió como un perro y dejó el cementerio. Eran
las tres de la tarde y por todos lados estaban pegando carteles relativos a la
movilización.
E S T E
E S E L
A T A
Ú D
E N E L
Q U E Y A
C Í A P U
T R E
F A
C T O
Y P A
L I
D O
Reclamó un duplicado de su libreta militar en la gendarmería y como
estaba en el servicio auxiliar, se hizo pasar al armado.
Desde hacía alrededor de tres meses, vivía en el depósito del N°
Regimiento de Artillería de campaña en N.m.s.
Una tarde, hacia las seis, leía melancólicamente este curioso anuncio
que decora un lienzo de pared en una callecita cercana al circo romano:
L A
C A S A P L A T Ó N
N O T I E N E S U C U R S A L
cuando ante él se irguió un singular sargento que formaba parte de su
regimiento y cuyo rostro estaba cubierto por una máscara ciega.
— Sígame —le dice la máscara extraña—. Y cuidado con él.
— Lo sigo, sargento, —dijo el nuevo Lázaro— pero, dígame, ¿está
herido?
— Tengo una máscara, artillero —dijo el sargento misterioso y esta
máscara oculta todo lo que usted quisiera saber, todo lo que usted quisiera
ver, oculta la respuesta a todas sus preguntas desde que usted ha vuelto a la
vida, hace que todas las profecías se callen y, gracias a ella, ya no es
posible que usted conozca la verdad.
Y el artillero resucitado siguió al sargento enmascarado; llegaron a
la iglesia del Carmelo y tomaron el camino de Uzes que llevaba a los cuarteles.
Entraron, atravesaron el patio de honor, fueron por detrás de los
edificios hasta el parque, donde apoyándose contra la rueda izquierda de un 75,
de pronto el sargento se sacó la máscara y el poeta resucitado vio ante él todo
lo que quería saber, todo lo que quería ver.
En los grandes paisajes de nieve y de sangre, vio la vida dura de los
frentes; el resplandor de las granadas que explotan; la mirada alerta de los
vigías agotados por la fatiga, al enfermero dando de beber al herido; al
suboficial de artillería agente de enlace de un coronel de infantería esperando
con impaciencia la carta de su amiga; al jefe de sección tomando la guardia en
la noche cubierta de nieve; al Rey-Luna[1]
que flotaba por encima de las trincheras y gritaba, no en alemán, sino en
idioma francés:
«Me toca a mí quitarle la corona que le di a su abuelo».
Al mismo tiempo, arrojaba pequeñas bombas llenas de angustia de locura
sobre sus regimientos bávaros; en el cuerpo de los garibaldinos, Giovanni
Moroni recibía una bala en el vientre y moría pensando en su madre Attilia; en
París, David Bakar tejía pasamontañas para los soldados y leía L'Echo de
París; Vierselin Tigoboth, conducía montado sobre el caballo de atrás, un
coche blindado belga hacia Ybres; la señora de Muscade cuidaba a los heridos en
un hospital de Cannes; el falso poeta Paponat era sargento furriel en un
depósito de infantería de Lisieux; Rene Dalize comandaba una compañía de
ametralladoras; el pájaro del Benin camuflaba piezas de artillería pesada; en Szepeny,
en Hungría, un viejito elegante se suicidaba ante el altar donde descansa el
relicario de Santa Adorata. En Viena, el conde Polanski, cuyo castillo está en
los alrededores de Cracovia, regateaba en la tienda de un baratillero una
máscara singular en forma de pico de águila; el feldwebel Hannes Irlbeck
ordenaba a sus reclutas matar a un viejo cura de las Ardenas y a cuatro
muchachas indefensas; el viejo ventrílocuo cómico Chrislam Barrow iba a dar
funciones a los hospitales de Londres para distraer a los heridos.
Luego, el poeta resucitado vio los mares profundos, las minas
flotantes, los submarinos, las temidas flotas. Vio los campos de batalla de
Prusia oriental, de Polonia, la calma de un pueblito siberiano, los combates de
África, Anzac y Sedulbar, Salónica, la elegancia escueta e infinitamente
terrible del mar de trincheras en la Champagne Pouilleuse, al sub-teniente
herido que se lleva a la ambulancia, a los jugadores de béisbol en el
Connecticut; y batallas, batallas; pero en el momento en que iba a ver el final
de todo esto, y sobre todo lo que tenía el deseo de conocer, el sargento se
puso de nuevo la máscara ciega y dijo antes de irse:
— Artillero, usted faltó al llamado. Será anotado como ausente.
En ese momento la trompeta tocó el tierno y melancólico toque de
retreta.
Levantando la cabeza antes de volver al dormitorio del cuartel, el
poeta resucitado vio que en el cielo las estrellas se habían agrupado, que sin
empañarse se deshojaban en pétalos odoríficos y formaban esta inscripción
resplandeciente, como puntos de impacto de millones de gritos lanzados por la
tierra y el cielo:
V I V A F R A N C I
A
D U E R M E E N
S U P E Q U E Ñ O
L E C H O D E S O L
D A D O M
I P O E T A R
E S U
C
I
T
A
D O
Luego, se fue como los otros con un destacamento...
Y el frente se iluminaba, los hexaedros rodaban, las flores de acero
se abrían, las alambradas enflaquecían ensangrentadas por el deseo, las
trincheras se abrían como las hembras delante de los machos.
Mientras el poeta escuchaba maullar a las granadas por encima de los
hipogeos que excavaban los soldados, una Dama maravillosa acariciaba su collar
de hombres atentos, ese collar sin igual, río panétnico que chorrea fuegos
innumerables.
Y los caballos de brisa babeaban bajo la lluvia.
Oh día verdoso hacia donde va el regimiento de situación.
Oh trincheras, hermanas profundas de las murallas.
El sargento de la máscara ciega llegó a caballo hasta las líneas con
un servicio de maderos para las trincheras, envuelto en vapores asfixiantes y
sonriendo al futuro con amor, cuando el estallido de un obús de grueso calibre
le golpeó la cabeza de donde salió como sangre pura, una Minerva triunfal.
¡Todo el mundo de pie para recibir cortésmente a la victoria!
[1] Este
personaje ha sido presentado en el curso de un relato que lleva su nombre. Casi
todos los que se mencionan en las líneas siguientes figuran igualmente, ya sea
en El poeta asesinado, ya sea en otros cuentos de la misma colección.
Rene Dalize, amigo de la infancia del escritor, también fue citado en El
poeta asesinado.
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