Publicado en "La Révolution Surréaliste", Nº 2 (1925)
El mundo fisíco todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.
Pero algo sucedió de
golpe.
Nació una aborrecencia
quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto,
pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que
derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas
colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del
cerebro.
Pero el aire era como un
vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en
las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía
su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus
montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las
columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por
chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el
aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea
preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas
pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en
ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta,
el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los
ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha
congelado.
Pero bajo el hielo un
ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre
desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran,
lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las
columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo
de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.
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