Amo de la obscuridad
Yoss
En Timshel,
1989.
Antes de cada cambio en un hombre o en un
mundo, siempre llega la duda y alguien se pregunta. ¿Será mi mejor esfuerzo
esto que hago’?
- Sidharta
Gautama Buda
Aliento emponzoñado
del fatal viento oeste.
En la luz invisible
y en la sombra también.
Espada envilecida
en sangre de los hombres.
Conoce mil palabras
menos una: piedad.
Es un soplo, un silencio
orgulloso de un nombre.
Epidemia de peste.
Amo de la obscuridad
A Funagoshi Cishin, a Jigoro Kano, a los
verdaderos samurais. A todos los que de una u
otra manera han luchado y luchan contra la comercialización del espíritu de las
artes marciales.
29 de diciembre de 2000 –Antepenúltimo día
del Imperio–Duda– Yo
Mis suelas hollan el metal de la calzada
móvil. Son falsas y tratan de ser tan lentas como otros miles de suelas
verdaderas que usan esta vía a diario. Y nadie de este anónimo rebaño lo
advierte, aunque cada crujido parece gritar a gritos que soy un darkmaster,
que debajo de esas comunes superficies para arrastrarse como gusanos se
esconden los pies veloces de un Amo de la Obscuridad. No, no lo
advierten, porque son ciegos y sordos para cualquier cosa que no sean sus
insignificantes problemas caseros. Y para ellos soy uno más.
Ya estoy cerca del objetivo y no noto nada
raro, nadie camina con agilidad contenida ni mira con ojos extraños. No hay
otros, la misión es definitivamente mía.
Esa es la torre, silenciosa como no debía
ser. Se protege en soledad, porque las ejecuciones deben ser públicas. Músico
inteligente, pero no lo suficiente para este juego. Él calla su cuerpo para
estar solo, pero tendremos música y público de todas formas, por una última
vez.
Una ojeada final y bajo de la infinita
culebra de metal que ciñe la ciudad. No hay más que miradas bovinas de manada
sin voluntad y las pupilas de un darkmaster no se engañan jamás. Pero
nunca sobran precauciones, aún no están secos los sesos del chico que
derritieron con el láser por no saber que su encargo había sido revocado...
porque no vio al ejecutor.
Soy el más antiguo, el único fundador que
aún no ha fallado nunca. Excepto el ejecutor. Estoy frente a los
ascensores de la torre, rotos según informa el portero robot... Dicen que es
exactamente igual a un ciudadano común, que no se diferencia ni siquiera en los
ínfimos detalles que nosotros y vuelvo a mirar con más ojos que nunca, pero la
calzada está desierta de lo que quiero ver, hormigueante de gentes todas
idénticas. Y nada puede ya impedir que caigan los disfraces de persona y quede
sólo la invisible y perfecta máquina de cumplir órdenes. Las emociones quedan
fuera y es sólo nervio y músculo los que van.
La computadora que vigila está arreglada:
los ascensores funcionan y él esta en su estudio, que ahora calla de insultos
musicales contra el Senado. Mi traje funciona reflejando el frente lo que ve la
espalda y al revés. Veo y no soy visto, ni interceptado por el pestillo
fotoeléctrico cuando entro y cambio el programa del portero, porque soy un
silencio que no se escucha y una sombra de luz en cómplice reflejo artificial
de obscuridad.
Cambia el programa y ahora los altavoces
anuncian el último concierto, al réquiem y los ascensores funcionan sin
problemas. Pero no los uso. No debe sospechar, si es que tiene controlados los
ascensores. Hago subir uno y escucho acto seguido la explosión. Hombre
precavido, pero ya está libre el camino para los que vendrán y no se ha librado
de este su verdugo.
Es lisa la torre, pero es metal, Trepo veloz
como invisible salamandra de magnéticos dedos. Nivel 48: Unos 250 metros sobre
el nivel de la calle hasta el cristal polarizado del estudio y un resbalón es
fatal. Pero son apenas cinco minutos y los Amos de la Obscuridad nunca
fallan.
Pulida superficie de negro cristal,
invisible para ojos comunes y tras ella un hombre acorralado que osó rebelarse.
Ahora espera el mortal castigo y lo imagino atento a cada sonido, a cada
resplandor de cada vehículo volador que cruza frente al edificio. Y sé que su
cerebro le dice que siempre hay posibilidades, que está solo y los darkmaster
matan en público. Pero su instinto es una voz que habla de condena irrevocable
a mis manos, las manos de un Amo de la Obscuridad. Y lo sé armado con el
rifle que compró ayer, como sé que dispara proyectiles cohete de carga hueca,
50 disparos.
Y todo eso porque lo sigo desde hace una
semana, desde su sentencia. La implacable rueda dentada funcionará hoy, cuando
se cumple el plazo de su ejecución, los siete días. Nadie ha escapado y algunos
hasta han escogido su propia muerte sucumbiendo a la carga de saberse condenado
por los que no se ven en su roja faena, los que no fallan.
Y ahora el visor infrarrojo atraviesa la
muralla del cristal polaroide y lo veo. Tranquilo; de nada ha servido que su
muerte se decretara para el último segundo, para matar sus nervios. Es fuerte.
Espera con el arma en sus rodillas con el traje de Jumpmusic, impasible
y seguro. Todavía no hay música y está solo. Invisible shoken brota de
mi invisible muñeca. Arco corto y estalla en facetada explosión el cristal y
soy silbido en el viento de sus balas que buscan afanosas mi silueta.
Estoy dentro y el silencio de mis huellas
abre trillo hacia la pirámide de música. Busco sus ojos tras el visor de su
casco y hay en ellos las primeras chispas de temor e impotencia que ascienden
desde el abismo de su instinto. Los proyectiles recorren todo el estudio, pero
mis dedos son más ágiles conectando el inmenso instrumento musical.
Son las luces piloto de los escalones. Tres
niveles para saltar en loca esquizofrenia rítmica, bajo los entrenados
movimientos del sacerdote arriba y abajo sobre las grandes teclas. Comienzo el
réquiem.
La melodía que lo obsesiona, la de rápidos
acordes que su cuerpo pesado nunca pudo ejecutar: «León Llameante» y hay
ahora pánico en sus pupilas cuando asimila la realidad de su castigo, cuando
entiende lo fatal de su destino, el morir ante el público de su distrito que
acudirá como las ratas al flautista, atraído por los acordes de maravilla que
este Jumpmusic jamás les ofreció.
Cuando entiende que no hay escape porque yo
su verdugo soy más ágil de lo que jamás soñó. Y seré para él muerte y
humillación a dúo.
Sigue mi cuerpo moviéndose, saltando de pies
y manos sobre los tres escalones de la pirámide de teclas en salvaje ritmo
electroacústico, Jumpmusic, música del salto. Soy definición y concepto
saltando sobre el instrumento de 10 x 5 x 3 metros para marcar las notas con
mis pies y mis manos. Extraño espectáculo y está paralizado viendo a las teclas
hundirse solas, porque soy... nada a sus ojos. Estoy ya en fin de preludio y
sale de su aturdimiento en intento desesperado por vivir.
Sabía que era listo. No puede alcanzarme,
pero puede frustrar la ejecución impidiendo que acudan. Podría asomarse por el
cristal roto y gritar «¡No vengan!» Pero quiere vencer y no lo hace; se da
cuenta de que podría hacerle caer sobre la multitud que va por las calzadas.
Menos dramático, pero igual de mortal. Y dispara su fusil contra su propio
instrumento, para callar su misa de difuntos.
Primer balazo inevitable, como siempre. Al
segundo actúan las armas y la habilidad. La melodía sigue, sin que la
interrumpan los continuos silbidos del láser de mi espada cuando derrite con
sus rojos impulsos los proyectiles. Se termina el cargador, lo cambia y no
dispara más: El instrumento sigue tocando, con su único impacto inicial. Tiene
un arma y no puede usarla, las lágrimas resbalan presurosas por abandonar su
rostro condenado.
No dispara. Sigue su paso el «León
Llameante». La gente llega. El habla, pero sus palabras...
–Voy a morir (los primeros espectadores ven
moverse el teclado) pero no creas que soy el único; cada vez hay más. No pediré
piedad ni compasión (se dan cuenta de lo que pasa) sería inútil, porque ustedes
no tienen alma. Pero dile a tus amos, a esos del Senado (se apartan haciendo un
círculo a su alrededor) que por muchos que maten, siempre saldrán otros...
Diles que ya les queda poco, que la gente (sigue oyendo la música. Sólo yo le
escucho, o ¿será que fingen?) común está lista al fin. (fin, se acerca el
acorde final; lo sabe y apresura su lengua). Dícelo, para que teman y temas
tú... porque no podrán evitarlo. Y no lo olvides... tú fuiste uno de nosotros y
puedes volver a serlo... si quieres (discurso vulgar, pero...). Pasado mañana
acabará el siglo y algo más... puede que acabe...
No lo dejo terminar. Son doble silbido mis
espadas cortando invisibles al aire para cebarse en la carne de su cuello y yo
tras cada empuñadura en veloz decapitación. Vibra la nota final cuando la
cabeza cae sobre la tecla y el cuerpo está aún de pie. Réquiem y escarmiento.
Todos sobre su sangre de células muertas; yo
contra el agujero de la ventana astillada por el shoken. Ya no
misteriosa estrella de ninja nipón, sino fatal proyectil aún más
misterioso del darkmaster. Y salto, girando en el aire para golpear la
lisa superficie de la torre con mis suelas, amortiguar y volver a saltar, para
descender en un último salto junto a mi ropa abandonada.
Desenergizo las celdas birreflectoras del
traje y ahora es negro brillante hasta que visto de nuevo el mono azul de
ciudadano de tercer nivel. El Amo de la Obscuridad se agazapa de nuevo
en el anonimato y subo a la plateada culebra metálica. Ha terminado otro
encargo más, el número 200 en cinco años. Vuelvo a mi guarida a esperar otra
orden. Pero es raro, no puedo disolver en el ácido del auto-control las
palabras del Jumpmusic...
TÚ FUISTE UNO DE NOSOTROS Y PUEDES VOLVER A
SERLO... SI QUIERES.
La duda es el principio del traidor y la
muerte. Debo apartar este sentimiento de culpa traicionera.
30 de diciembre del 2000 –penúltimo día del Imperio–Reflexión–
¿NOSOTROS?
Los contactos a las sienes, vuelta al
interruptor y la antena comienza a recibir la transmisión. Actúa la señal sobre
las neuronas sin necesidad de pantalla, directa sobre el nervio óptico.
Disturbios en todos los distritos de la Ciudad, en todas las ciudades del
Imperio. El Rombo Negro del Senado es quemado en efigie y arrancado de
la bandera de franjas y estrellas. Todos las llevan en procesión como a ídolos
salvajes, ondeando al viento orgullosas de su infracción. Ahora vendrá el
castigo. De ningún lugar se encienden destellos de láser y van segando como
inmensas guadañas rojas hasta que empieza la danza de las espadas sobre la
hemoglobina de la multitud. Es a muerte, como siempre con nosotros...
¿nosotros?
Cambio de canal; nada. Las mismas escenas en
cada frecuencia, escarmiento para los demás. Brazos cortados por invisibles
espadas, flores de sangre fecundadas por el estallido de las shoken.
Nubes de vapor sanguinolento de sangre, tejido por hilos fatales de láser.
Nadie los ve ¿a ellos? pero la huella de sus armas se escribe con cuerpos
mutilados y la manifestación huyó al fin, como enorme anaconda de repente
convertida en loca desbandada de hormigas. Siempre acaban así, disueltas en el
ácido de los darkmaster concentrado en la destiladora del odio del
Senado.
Pero un detalle; no hay más imágenes de
disturbios, como cada vez. El selector bucea en estéril persecución, para
encontrar sólo los programas deportivos y musicales y cómicos y de horror y de
siempre. ¿Ya? ¿No más disturbios, no más muertos? Nunca se tranquiliza el mar
antes de los tres días, ni los ciudadanos antes de la semana.
DILES QUE YA LES QUEDA POCO, QUE LA GENTE
COMÚN ESTA LISTA AL FIN.
Trato de ahogar en confianza de autodominio
la voz que grita «¡mentira!» que habla de manipulación de información, de
ocultar que no es ya un ocasional riachuelo de verano, sino un torrente de
bilis contenida y vomitada ahora en banderas de franjas y estrellas, sin rombos
negruzcos. Que no lo dicen... ¿habrá otras donde no hayan vencido los Amos
de la Obscuridad? No, es muerte invencible, son verdugos ¡somos verdugos!
invisibles, infalibles. Traición.
FUISTE UNO DE NOSOTROS Y PUEDES VOLVER A
SERLO... SI QUIERES.
Se habrán...! ¿Unido a ellos? ¡Maldita sea
esta misión que me ha hecho pensar y que me ha dado un día libre para romper mi
psicomuralla. Maldito sea este día libre después de cada misión. Maldito sea
yo, seamos todos. La cabeza me estalla de traición, conciencia (¿conciencia?
los Amos de la Obscuridad no tienen remordimientos) de clase (¿qué
clase? ¿verdugo, asesino, espía de otros?). Puedo ser perdonado, volver a ser
uno de ellos. No es natural, no puede ser, no puedo dudar así. Los darkmaster
jamás dudamos de nada. Seré. ¿Soy todavía un Amo de la Obscuridad o
quizás...? El Senado tiene razón; hace daño pensar, volver atrás la mente. Hay
que ser frío robot asesino y nada más.
Hoy no me llamarán como otras veces que ha
habido revueltas. Serán otros los que enfrentarán las multitudes... yo debía
estar con ellos, ¿pero con quiénes? ¿Por qué pasan años y años sin que me
acosen las dudas, sin que piense, sin que...? Tal vez sea la acción de la Ley
de Conservación del equilibrio de los sucesos. Todo lo que no ha pasado por
mi mente en estos cinco años se arremolina ahora, como aguas turbulentas
liberadas por las palabras de ese músico. Pero esas palabras... ¡no puedo
olvidarlas! No son altisonantes sino de lo más comunes, hasta con cierto sabor
a discurso memorizado. Sin embargo, suenan tan sinceras. Es lo que dice, pero
también el cómo se dice.
Autocontrol, dominio, tengo que limpiar,
quemar este remordimiento. Todos los que han muerto a mis manos, tantos
rebeldes, tantos inconformes... Si el chequeo de ondas cerebrales revela esto,
estoy acabado. ¿El harakiri? En cualquier momento pueden chequearme. Más
todavía hoy que hay revueltas...
¿Qué revueltas? La Agencia de Información
transmite de continuo que ya no hay. Pero nunca acaban tan pronto... ¡No puedo
más? Falla el autodominio, el sudor resbala por mi frente.
¡Drogas! Tal vez sea la solución.
Pero mi mano se detiene y la pastilla
verdosa cae al suelo. He visto tantos refugiándose en estas píldoras, los he
despreciado tanto. ¿POR QUÉ YO? Entiendo ahora lo que aprendí en las clases por
sugestión, el escapismo hacia el mundo de los alucinógenos de tantos que se ven
desgarrados por sus contradicciones, por sus problemas, sus definiciones, su
miseria. No tomaré, los comprendo pero no es el sendero cierto.
¿CUAL ES ENTONCES? ¿La muerte, la cápsula
rojinegra con la calavera y las tibias? Pero no soy ni pobre, ni estoy
enfermo... ¡otros caminos! Quizá olvidarlo todo, seguir matando, espiando,
disolviendo manifestaciones. Beber el jugo del nepento, el dulce sueño del
olvido. Si pudiera...
Pero es imposible, sé que no hay solución.
El primer sondeo en mi mente detectará estas dudas y el riesgo no es la divisa
de los ancianos del Senado. El que duda una vez, puede dudar otra, traicionar.
La muerte es medida lógica y profiláctica en estos casos ¿POR QUÉ TUVE QUE
COMPRENDER ESAS PALABRAS?
El que a hierro mata, a hierro muere.
Siempre he sido implacable, inflexible: mi crueldad personal crece como bola de
nieve y se torna en boomerang que regresa contra mi vuelto crueldad del
sistema. Pude haber escogido otro camino... No me arrepiento, he vivido intensamente,
pero no espero el perdón. Y aunque me lamentara, de nada serviría. Ya es tarde.
Pude haber sido un ciudadano más. Pero decidí preservar mi individualidad
sacrificando mi vida en colectivo, acepté la proposición del anciano y acudí al
polígono en las Rocosas aquel invierno del 93. Puede que sea el recuerdo de mis
fidelidades idas lo que me limpie la conciencia...
Era un boina verde cualquiera, uno que no
estuvo en Viet Nam ni en Nicaragua. Sin familia, un solitario. No me fue
difícil asimilar mi posterior ¡este! aislamiento. Siete años siendo dos. El
Senado... Los Amos de la Obscuridad, su armado brazo invisible. El
descubrimiento de reflexión inversa hizo posible mi traje, mis armas, mi yo. El
interventor murió asesinado y el secreto quedó en manos de unos pocos ancianos.
Supieron ver en él el secreto del poder, su poder. Durmieron sus cuerpos en un
fuerte inexpugnable, en el Cañón del Colorado, pero sus mentes quedaron
dirigiéndolo todo como arañas en el centro de su red.
Y fuimos los hilos que envolvieron la
nación, transformándolo en la telaraña del Imperio, clavando el rombo negro
sobre las franjas y estrellas. Nosotros, inspirados en los antiguos ninjas
del Japón, espías y asesinos de los feudales señores, de los samurais,
del shogún. Y los Superamos, como Supera el avión al pájaro. Invisibles,
silenciosos, ubicuos, anónimos.
Cualquiera puede ser un darkmaster.
Dos espadas armadas con microcohetes y lásers, shoken explosivos y un
ingenio asesino y no más ejército, no más policía. Sólo nosotros. Muerte y
temor para sostener al Senado. Armas invencibles para conservar el negro
castillo romboidal donde duermen su sueño de poder los ancianos. Los últimos
señores de un mundo que decae, el último esfuerzo por salvar un Imperio con el
poder absoluto de surpermanes en serie. Nosotros.
Nunca me he atrevido a pensar así, será como
ya me sé perdido, como se sabían perdidos los que recibían mi visita. Pero
luchaban. Cierto que algunos se quitaban la vida, pero ahora que me parece como
si tuvieran mil ojos... es también luchar, frustrar el ataque del darkmaster,
cumplir, sí, en su sentencia. Pero escogiendo el momento de abandonar este
mundo.
Es extraño. ¿A mí? Toda la minuciosa
preparación psicológica puede irse al diablo en un solo día. Tal vez porque es
falsa. ¡Traición! Nunca han pasado por mí estas ideas ¿por qué ahora? ¿qué
tiene este fin de año en especial? Aquellas palabras, la actitud de ese músico,
su forma de enfrentar la muerte.
Estos pensamientos llevan al harakiri,
el fin del camino de estrictísimo honor de los Amos de la Obscuridad,
más rígido que el de los samurais, que ningún otro. ¿Por qué niegan la
oportunidad de rectificar, de arrepentirse? Rectificar es de sabios, tendrían
en nosotros servidores más fieles si permitieran...
¿Qué? ¿Será esta duda solamente mía, o...?
Ese joven darkmaster que mató el ejecutor. ¿Se habría tan solo en
su encargo, o en algo más?
Todos esos muertos en estos años.
¿Traidores? ¿Tantos? Los darkmaster son invencibles para el hombre
común. Sólo el ejecutor puede... ¿Y el harakiri? El que duda para
traicionar debe entregar su vida. ¿Por qué no lo han hecho? Son, somos más que
hombres, nuestra vida no importa ante la misión. NO, no instinto de
conservación, no miedo a la muerte. En las ceremonias a donde acudimos todos los
trajes invisibles, todas las mortales espadas, se mataban de buena fe, habían
fallado en su empresa. No es miedo... ¡No!
Es negarme todo, negaron todo. ¡Rebeldía!
Como yo, dudas, luego más dudas y luego... ¿enfrentamiento? Contra el Rombo
Negro, contra el Senado, contra el ejecutor y la muerte superior que
él esgrime. Contra todos... ¡no! ¿A favor de ellos? Los vulgares, los anónimos,
la multitud sin rostro, los aplastados en la prensa mortal del Imperio. Los que
habían matado sus armas, los locos que gritaban su inconformidad ante sus
invisibles espadas respaldadas por una Patria cambiada y un estandarte con un
geométrico manchón negro en el centro como sucio símbolo del dominio de los que
velan dormidos tu fantasía de poder.
Con ellos y no contra ellos, junto y no
sobre y cayeron. Pero lucharon. Estallan mis pensamientos, son recias las
barreras de toda una vida. Pero por mucho que corra la mentira, la verdad la
alcanza siempre. Y no ha bastado un único día, unas pocas horas.
Presentimiento y alzo el auricular del
comunicador rojo. Y es mensaje de urgencia, cebo de honor para la espada, la
mía o la del verdugo ejecutor. Debo acudir voluntariamente a mi propia
ejecución a mi propio funeral. Me han sondeado. Morir si me presento y si no lo
hago... también. Pero... al otro lado del éter esperan mi respuesta.
Y arranco el transmisor, escogiendo luchar
hasta el final contra los ancianos, contra el ejecutor, por el perdón de
los que maté y de los que pude matar. Quizá muera él, o yo.
Pero calla mi conciencia saciada de decisión
final. Mis manos corren y el invisible traje ciñe mi cuerpo con ánimo de pelear
como siempre y como nunca. El campo de batalla es el Imperio, contra un solo
contrincante, el más peligroso. El ejecutor. Y salgo a la ciudad, la
reflexión se abre en la flor de la acción. Ya no hay vuelta atrás. Es mi
camino, el verdadero. Y lo sigo hasta el final.
31 de diciembre de 2000 –último día del
Imperio–La Señal– NOSOTROS
Nos sigue y lo sabemos. Se oye y se siente
el silbido a nuestra espalda, casi veo el empuje de toda la energía de su
cinturón. Veo-vemos. Yo-nosotros. Porque soy uno en muchos, muchos en un solo
cuerpo, que no morirá mientras haya otro que recoja nuestro grito y lo haga
suyo, de todos.
El ejecutor. Leyenda feroz que ahora
enfrentamos sin miedo.
Hay muerte en sus manos pero también en las
nuestras. Somos el más antiguo; será lucha pareja, desafío increíble de armas
como sombras asesinas. Invisibles los dos.
Tras nuestras huellas desde el principio
mismo, ahora precipita el encuentro, el combate, la pelea decisiva. Y no
sentimos en nuestra alma su ventaja de haber luchado y vencido a otras espadas
invisibles. ¿Cómo lo hace?
Ya está a nuestros pies el Gran Cañón, el Rombo
Negro, la fortaleza invencible. El centro de la red donde espera y duerme
para dominar la araña de muchas cabezas envejecidas. Un golpe aquí y todo
acabará. Error del Senado permitir que los darkmaster conocieran su
guarida. Los más fieles, pero que pueden dudar y ver la luz de la verdad. Y no
será nuestro ataque al primero, pero se sienten seguros: está el ejecutor,
la infranqueable barrera final. Infranqueable hasta ahora.
Menos energía al cinturón antigravitatorio y
el suelo se acerca. Posarse y media vuelta, para sentir el silencio del
descenso de él, mi perseguidor. Ahora suenan los sables fuera de las vainas y
es difícil sin ver, pero su espada siempre está en el camino de la nuestra
hacia su vida. Sólo dos tajos y ya sabemos que nos ve claramente, porque la
sangre corre por nuestra frente.
Heridos otras veces, pero esta es fatal.
Pies que retroceden buscando el tiempo para recuperarse. cuando se rompe
nuestra invisibilidad; el control está en la frente que hirió su filo. Pero
ahora de negro no hay diferencia, porque nos sentía de todas formas...
Es su voz, que lee la condena y hay en ella
sílabas de traición y de juramentos rotos, pero no sabe que hay algo todavía
más importante que un monolítico código de honor guerrero, que hay una
conciencia y una solidaridad más allá de la furia y la individualidad cerrada.
Es invisible esqueleto con invisible guadaña que escribe en el aire fútiles
acusaciones, fútiles para los que hemos cruzado al otro lado de todo eso.
Traición, unión con tus enemigos, violación del reglamento de los Amos de la
Obscuridad. Letras que arrastra el soplo tórrido del aire sobre el Gran
Cañón, maravilla de la naturaleza. Ya me sé perdido, yo pero no nosotros. Estoy
herido y ciego ante ileso y vidente adversario, una fama de castigo inexorable.
Pero en este supremo instante sentimos toda la inmensa belleza salvaje de este
lugar, se nos abren caminos hasta ahora tapiados que no hablan de muerte,
ejecución y castigo, sino de amor, admiración, amistad. Sólo lamentamos
entender tan tarde, en el umbral de la muerte, pero mejor tarde que nunca y
puedo-podemos morir tranquilos.
Pero no; hay una misión y aunque soy sólo un
cadáver que se mueve únicamente por la lentitud de la muerte, será cumplida. Y
ahora soy de nuevo máquina de luchar y matar, pero no verdugo, sino vengador de
mis propias víctimas, sus víctimas, incluso las que pudieron ser y no lo fueron
sólo por casualidad. SOMOS más temibles que jamás, muchos en uno, porque se han
abierto las puertas de este mundo, del cual sólo conocí una parte, la más
podrida y solitaria en individual ferocidad. Más fuertes, porque somos lucha
justa, venganza no y si justicia. Porque hay miles detrás de cada una de mis
células, sus células nuestras células.
Y se simbolisimplifica el resto (¿poco?) de
esta mi vida en objetivo, medio y obstáculo. Y todo desaparece, menos un Rombo
Negro que hay que destruir, un ejecutor que se interpone altivo y
poderoso y un darkmaster, herido y ciego a la espada enemiga, pero con
una fuerza que desborda su corazón como flor que se abre una sola vez, la
última vez, para pedir perdón a la Tierra por todo lo que la hicieron sufrir
sus raíces. Y sé que el perdón, el suyo y el nuestro, está en la punta de mis
espadas, en las aristas de mis shoken, en la riada de fotones de mis
lásers. Nuestras armas, que ahora resplandecen con negro fulgor, rota su invisibilidad.
Negro, porque es el negro y no el blanco o el invisible transparente del
infeliz Amo de la Obscuridad, es el negro el color de la vida, la
impureza. Porque no hay limpieza absoluta sino en el blanco de la muerte; la
vida misma es búsqueda e imperfección.
Ironía; nunca fui más Amo de la
Obscuridad que ahora que pueden verme, que podemos vernos. Y siento lástima
por él y él, yo antes y él ahora porque no supimos ver el camino. Y es mi
adversario oponente amigo, pero me da lástima. Está escrito en el alfabeto de
las zumbantes espadas que muera a sus manos, pero no somos miedo sino
conmiseración. Pero vamos a luchar.
Otra vez saltan las espadas y se corta
contra su filo mi cinturón volador; está cortada nuestra huida, aunque nunca
pasó por las neuronas la idea de la fuga sin cumplir el objetivo o caer
decorado en sangre. Otro descanso, se quiere regodear con nuestra muerte, lenta
y gozosa caída. Pero se ha perdido; ahora conocemos su secreto.
Ichi, el samurai ciego, vieja
leyenda. Un ciego puede pelear contra lo que no ve, mejor que los que
acostumbran a ver. Los ojos del ejecutor están muertos tras su invisible
capucha. Y hay más, porque sé que en la misma época en que se crearon los Amos
de la Obscuridad como fuerza del Senado, el mismo sabio que descubrió la
reflexión inversa propuso un sistema para dar una especie de vista a los
ciegos; ondas de radar, al cerebro, imágenes sólo de los relieves, mundo sin
color pero igual en la luz o en la sombra. Esa es su visión y por eso no
importa que sea invisible su víctima; es mejor porque se siente segura... hasta
que cae su arma sobre el cuello condenado del darkmaster que encontró el
verdadero camino.
Radar... Láser. Radiaciones
electromagnéticas que pueden interferir. Contactos en mis espadas, nuestras espadas
y somos ahora danzarina oriental encubriendo su silueta tras luminosos
abanicos, invisible tras los invisibles destellos de la luz concentrada por el
rubí. Negro figurín nos movemos silenciosos, todos nos ven pero no él y su
visión es ahora inútil defecto. Giramos siendo para su vista artificial
superficie pulida a intermitentes resplandores.
La entrada al Rombo, la tumba en vida de los
ancianos. Inexpugnable para cualquier arma... menos las suyas, ahora nuestras.
Soy flor de diente de león soplada por el viento de justicia, que desprende su
mortal pelusilla de explosivas shoken, agotando el depósito en común
estallido que borra la puerta. Última acción. La explosión nos ha descubierto y
son huellas de arena alzada por invisibles pies las que embisten contra la
mancha de interferencia láser. Al borde del abismo y dos hojas se unen en mi
corazón que ahora es latir de veras y no simple bomba impulsadora de
hemoglobina. El fin de un cuerpo. Pero se hunde una de nuestras espadas en su
alma. Caigo al infinito fondo pacientemente cavado por el río Colorado. Pero sé
que está también herido, que mi ¿mí? ¡nuestra! arma, sabemos que ha mordido
profundo en su vientre y lo vemos asomado al borde como cascada de sangre
intestinal. Durará la vela que se extingue lo suficiente para ver.
Para vernos como descendente cometa negruzco
con rojiza cola que se alarga a cada latido, cada uno anuncio de este de ahora,
el final. Para ver como gritamos con el corazón muerto y vacío de vida, pero
lleno de mensaje y esperanza.
Para entender en un último pensamiento que
la sagrada bóveda al fin está abierta, indefensos los arrugados cerebros que le
guiaban. Para comprender apagándose sus neuronas que es el alarido que brota de
nuestra garganta ya muerta hace segundos, algo más que furioso inútil grito de
agonía. Para ver muertos los dos, pero no nosotros, como es señal para todos
los que empiezan a trepar desde el fondo hasta la cima, para todos los sin
nombre porque son, porque somos uno solo. Para todos los que llegarán por sobre
su cadáver a su propia y definitiva liberación. Nuestra liberación.
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