Acostumbraba trabajar en el ascensor del Hotel Empire, esa gran
construcción en líneas de ladrillos rojos y blancos como panceta rayada,
que se levanta en la esquila de la calle ***. Hice mi servicio militar y
fui descargado con galones de buena conducta; y esta es la forma en que
obtuve el empleo. El hotel era una gran compañía con un comité de
administradores compuesto por oficiales retirados y personas por el
estilo; caballeros con dinero invertido en el consorcio y nada que hacer
más que ponerse nerviosos sobre ello, y mi finado coronel fue uno de
ellos. Fue un hombre de buen carácter que nunca dio un paso cuando su
genio estuviera cruzado, y cuando le pregunté por un empleo, me dijo
"Mole, eres el hombre justo para trabajar en nuestro gran hotel. Los
soldados son civiles y prácticos, y el público los quiere más que a los
marinos. Se nos fue un hombre y tu ocuparás su lugar."
Me gustaba mi trabajo tanto como la paga, y cuidé el puesto por un año, y
aún estaría allí de no mediar una circunstancia. Pero no me anticiparé. La
nuestra era un ascensor hidráulico. Nada de esas desvencijadas cosas que
se mecían como un loro enjaulado en una escalinata, a la que no podría
confiar tranquilo mi cuello. La nuestra andaba tan suave como aceite, que
un niño podía estar ahí y estar tan seguro como en el suelo. En vez de
tenerla repleta de anuncios como un omnibus, teníamos espejos y las damas
se podía ver el reflejo, dar palmaditas en sus peinados, y arreglar el
maquillaje. Era como una pequeña salita de estar, con almohadones de
tercipelo rojo donde sentarse, de esos que uno no quería hacer más nada
que apoyarse encima para sentirse flotando como un ave.
Todos los visitantes acostumbraban a utilizar el ascensor una vez u otra,
para subir o bajar. Algunos de ellos eran franceses, y le llamaban
"assenser", que era bastante bueno para ellos en su lenguaje, sin duda.
Pero no me podía figurar porque los americanos, que podían hablar inglés
cuando querían, y estaban buscando siempre la manera de hacer cosas más
rápido que los demás, perdían su tiempo llamándole elevador.
Yo estaba a cargo desde el mediodía hasta la medianoche. En ese tiempo
regresaba la gente que iba al teatro y a los restaurantes, y cada uno que
volvía tarde tenía que subir las escaleras, ya que mi día de trabajo había
llegado a su fin. Uno de los porteros manejaba el ascensor durante la
mañana, hasta que yo llegaba a mi puesto. Entre las doce y las dos de la
tarde no había mucho que hacer. Luego había una hora pico con visitantes
subiendo y bajando constantemente y el timbre eléctrico llamándome de un
piso a otro como en una casa en llamas. Luego venía una temporada de
quietud durante la cena, en la que podía sentarme confortable en mi
asiento y leer el periódico (únicamente no podía fumar). Algunas veces
tenía que pedir a algunos caballeros que no fumaran, ya que iba contra las
reglas.
Siempre veía muchas caras y las reconocía, ya que tenía buena vista y
buena memoria, y ninguno de los visitantes necesitaba decirme dos veces a
donde tenía que llevarlo. Los conocía y sabía sus pisos tan bien como
ellos mismos.
Fue en noviembre que el coronel Saxby vino al Hotel Empire. Lo advertí
particularmente, a causa que lo había conocido antes cuando era soldado.
Era un hombre alto, delgado, de cerca de cincuenta años, con una nariz
aguileña, ojos penetrantes, y un mostacho gris, que caminaba con rigidez a
causa de una herida en la rodilla. Pero lo que me llamó más la atención
fue la cicatriz de un sable sobre el costado derecho del rostro. Cuando
entró en el ascensor para ir a su habitación en el cuarto piso, pensé que
diferencia entre oficiales. El coronel Saxby me recordó un poste del
telégrafo, por su altura y delgadez; mi viejo coronel era como un barril
en uniforme, un bravo soldado y al mismo tiempo un caballero. El cuarto
del Coronel Saxby era el 210, justo el opuesto a la puerta de vidrio que
daba al ascensor, así que cada vez que paraba en el piso cuarto, su número
210 me daba a la cara. El Coronel solía subir por el ascensor todos los
días, regularmente, a pesar que nunca bajaba en él hasta... Algunas veces
cuando él estaba solo en el ascensor, me hablaba. Preguntaba en que
regimiento serví y me decía que él conocía a los oficiales del mismo. Pero
yo no podía decir que él estuviera confortable hablando de ello. Había
algo extraño acerca de él, siempre parecía estar profundamente
ensimismado. Nunca se sentaba en el ascensor. Tanto estuviera vacío o
repleto de gente, él siempre permanecía parado recto bajo la lámpara,
donde la luz caía derecha sobre su pálido rostro y mejilla cicatrizada.
Un día en febrero no llevé al Coronel arriba con el ascensor, y dado que
él era muy regular, como un reloj, me di cuenta de ello, pero supuse que
estaría fuera algunos días, y ya no pensé más en el asunto. Cada vez que
paraba en el cuarto piso, la puerta del 210 estaba cerrada, y dado que él
acostumbraba a dejarla abierta, tuve seguridad que el Coronel se había
marchado. Al final de la semana escuché a una mucama decir que el Coronel
Saxby estaba enfermo; así que esa era la razón de su ausencia.
Era martes a la noche, y yo estaba inusualmente ocupado. Había mucha gente
que subía y bajaba, y así estuvo toda la noche. Era cerca de la
medianoche, y yo estaba a punto de apagar la luz del ascensor, cerrar la
puerta y dejar la llave en la oficina para el hombre de la mañana, cuando
la campanilla del timbre sonó aguda; miré el dial y vi que era requerido
desde el piso cuarto. Cuando pasé del piso segundo al tercero, me pregunté
quien sería el pasajero, ya era muy tarde, y pensé que sería un extraño
que no conocía las reglas del hotel. Pero cuando paré en el piso cuarto y
abrí las puertas, era el Coronel Saxby que estaba parado, envuelto en su
capa militar. La puerta de su habitación estaba cerrada, así que pude leer
el número en ella. Pensé que el coronel estaba enfermo, en cama, y se veía
bastante enfermo, pero tenía su sombrero puesto, y ¿qué iba a hacer un
hombre que había estado diez días en cama, durante una noche invernal como
aquella? No se si me miró, pero cuando puse el ascensor en movimiento, yo
lo miré parado bajo la lámpara, con la sombre de su sombrero cayendo en
sus ojos, y la luz cayéndole en la parte inferior de su cara, que estaba
muy pálida, con la cicatriz en su mejilla haciéndola parecer aún más
pálida.
- Qué bueno volver a verle, señor - dije; pero él nada contestó, y no
quise volver a mirarlo. Permaneció parado como una estatua con su capa, y
me sentí muy feliz cuando abrí nuevamente la puerta del ascensor para que
él pudiera salir al exterior. Lo saludé cuando salía.
- El Coronel quiere salir - dije al portero que estaba parado, mirando, y
él abrió la puerta para que el Coronel Saxby pudiera salir caminando
afuera, a la nieve.
- ¡Qué persona rara! - dijo el portero.
- Lo dicho, - dije - no me gustó el aspecto del Coronel, no parecía el
mismo de antes. Estaba enfermo, tendría que estar en cama, y salió afuera
una noche como esta.
- Como sea, tiene una capa notable como para mantenerse caliente. Digo,
supongo que se habrá ido a una fiesta de disfraces, y bajo su capa
ocultaba su disfraz, - dijo el portero, riendo desasosegadamente, de tal
manera que ambos nos sentimos un poco raros.
- ¡No más pasajeros para mí! - dije; y ya estaba apagando la luz cuando
Joe abrió la puerta, y dos caballeros ingresaron, yo sabía que eran
doctores. Uno era alto y el otro petiso y ancho, y ambos se encaminaron al
ascensor.
- Lo siento caballeros, pero es contra las reglas ir por el ascensor luego
de la medianoche.
- ¡Tonterías! - dijo el caballero petiso - No ha pasado mucho tiempo de la
medianoche, y es cuestión de vida o muerte. Llévenos al cuarto piso - y
fueron hacia el ascensor como una flecha, así que fuimos arriba y cuando
abrí la puerta, y ellos caminaron derecho al número 210. Una enfermera los
atendió, y el doctor petiso preguntó: - ¿Alguna recaída, supongo?
Y pude escuchar su respuesta:
- El paciente murió hace cinco minutos, señor.
Pensé que no era momento de hablar, que era más de lo que podía aguantar.
Seguí a los doctores hasta la puerta y dije:
- Hay una equivocación aquí, caballeros, hace un rato llevé al Coronel
abajo en el ascensor, cuando el reloj diera las doce, y él salió afuera.
El doctor petiso dijo tajantemente:
- Un caso de confusión de identidades. Usted llevó a alguien más que no
era el Coronel.
- Le pido perdón, caballeros, pero era el Coronel en persona. El portero
del hotel le abrió la puerta y lo conoce tan bien como yo. Estaba bien
abrigado, con su capa militar.
- Pase y véalo por sí mismo - dijo la enfermera.
Seguí a los doctores a la habitación, y ahí estaba el Coronel Saxby, tal y
como yo lo había visto hacía unos minutos. Yacía muerto tal y como sus
ancestros, y la gran capa tendida sobre la cama, que lo habrá mantenido
caliente hasta que ya no pudo sentir más calor.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Me senté con Joe, esperando a cada
minuto escuchar al Coronel llamándome con el timbre. Al siguiente día,
cada vez que el timbre del ascensor sonaba, el sudor rompía en mi frente y
me sentía tan mal como cuando tuve mi primera acción. Junto con Joe le
contamos lo sucedido al gerente, y él dijo que pudo haber sido un sueño;
también dijo:
- Saben que no deben hablar al respecto, o el hotel se vaciará en una
semana.
El ataúd del Coronel llegó a la siguiente noche. El gerente, los empleados
de la funeraria y yo lo llevamos en el ascensor y lo introdujimos en la
habitación 210. Mientras esperaba para bajarlo nuevamente una extraña
sensación me asaltó. Entonces la puerta se abrió y los cuatro hombres
salieron con el ataúd, directo al ascensor, con los pies hacia adelante, y
el gerente mirando alrededor mío.
- No puedo hacerlo - dije -, no puede bajar al Coronel de nuevo. Lo bajé
ayer a la medianoche, y eso es suficiente para mí.
- Empújalo - dijo el gerente, hablando corto y afilado, y ellos condujeron
el féretro hacia el interior del ascensor sin el menor ruido. El gerente
entró último y luego cerró la puerta y dijo:
- Mole, tu trabajaste en este ascensor por última vez, me temo.
Y supe que no iba a seguir estando en el Hotel Empire luego de lo que
había pasado, por más que hubieran doblado mi sueldo; y me retiré junto
con el portero.
(Fin.)