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Louisa Baldwin - Cómo dejó el hotel

     Acostumbraba trabajar en el ascensor del Hotel Empire, esa gran 
     construcción en líneas de ladrillos rojos y blancos como panceta rayada, 
     que se levanta en la esquila de la calle ***. Hice mi servicio militar y 
     fui descargado con galones de buena conducta; y esta es la forma en que 
     obtuve el empleo. El hotel era una gran compañía con un comité de 
     administradores compuesto por oficiales retirados y personas por el 
     estilo; caballeros con dinero invertido en el consorcio y nada que hacer 
     más que ponerse nerviosos sobre ello, y mi finado coronel fue uno de 
     ellos. Fue un hombre de buen carácter que nunca dio un paso cuando su 
     genio estuviera cruzado, y cuando le pregunté por un empleo, me dijo 
     "Mole, eres el hombre justo para trabajar en nuestro gran hotel. Los 
     soldados son civiles y prácticos, y el público los quiere más que a los 
     marinos. Se nos fue un hombre y tu ocuparás su lugar." 
     Me gustaba mi trabajo tanto como la paga, y cuidé el puesto por un año, y 
     aún estaría allí de no mediar una circunstancia. Pero no me anticiparé. La 
     nuestra era un ascensor hidráulico. Nada de esas desvencijadas cosas que 
     se mecían como un loro enjaulado en una escalinata, a la que no podría 
     confiar tranquilo mi cuello. La nuestra andaba tan suave como aceite, que 
     un niño podía estar ahí y estar tan seguro como en el suelo. En vez de 
     tenerla repleta de anuncios como un omnibus, teníamos espejos y las damas 
     se podía ver el reflejo, dar palmaditas en sus peinados, y arreglar el 
     maquillaje. Era como una pequeña salita de estar, con almohadones de 
     tercipelo rojo donde sentarse, de esos que uno no quería hacer más nada 
     que apoyarse encima para sentirse flotando como un ave.
     Todos los visitantes acostumbraban a utilizar el ascensor una vez u otra, 
     para subir o bajar. Algunos de ellos eran franceses, y le llamaban 
     "assenser", que era bastante bueno para ellos en su lenguaje, sin duda. 
     Pero no me podía figurar porque los americanos, que podían hablar inglés 
     cuando querían, y estaban buscando siempre la manera de hacer cosas más 
     rápido que los demás, perdían su tiempo llamándole elevador.
     Yo estaba a cargo desde el mediodía hasta la medianoche. En ese tiempo 
     regresaba la gente que iba al teatro y a los restaurantes, y cada uno que 
     volvía tarde tenía que subir las escaleras, ya que mi día de trabajo había 
     llegado a su fin. Uno de los porteros manejaba el ascensor durante la 
     mañana, hasta que yo llegaba a mi puesto. Entre las doce y las dos de la 
     tarde no había mucho que hacer. Luego había una hora pico con visitantes 
     subiendo y bajando constantemente y el timbre eléctrico llamándome de un 
     piso a otro como en una casa en llamas. Luego venía una temporada de 
     quietud durante la cena, en la que podía sentarme confortable en mi 
     asiento y leer el periódico (únicamente no podía fumar). Algunas veces 
     tenía que pedir a algunos caballeros que no fumaran, ya que iba contra las 
     reglas. 
     Siempre veía muchas caras y las reconocía, ya que tenía buena vista y 
     buena memoria, y ninguno de los visitantes necesitaba decirme dos veces a 
     donde tenía que llevarlo. Los conocía y sabía sus pisos tan bien como 
     ellos mismos.
     Fue en noviembre que el coronel Saxby vino al Hotel Empire. Lo advertí 
     particularmente, a causa que lo había conocido antes cuando era soldado. 
     Era un hombre alto, delgado, de cerca de cincuenta años, con una nariz 
     aguileña, ojos penetrantes, y un mostacho gris, que caminaba con rigidez a 
     causa de una herida en la rodilla. Pero lo que me llamó más la atención 
     fue la cicatriz de un sable sobre el costado derecho del rostro. Cuando 
     entró en el ascensor para ir a su habitación en el cuarto piso, pensé que 
     diferencia entre oficiales. El coronel Saxby me recordó un poste del 
     telégrafo, por su altura y delgadez; mi viejo coronel era como un barril 
     en uniforme, un bravo soldado y al mismo tiempo un caballero. El cuarto 
     del Coronel Saxby era el 210, justo el opuesto a la puerta de vidrio que 
     daba al ascensor, así que cada vez que paraba en el piso cuarto, su número 
     210 me daba a la cara. El Coronel solía subir por el ascensor todos los 
     días, regularmente, a pesar que nunca bajaba en él hasta... Algunas veces 
     cuando él estaba solo en el ascensor, me hablaba. Preguntaba en que 
     regimiento serví y me decía que él conocía a los oficiales del mismo. Pero 
     yo no podía decir que él estuviera confortable hablando de ello. Había 
     algo extraño acerca de él, siempre parecía estar profundamente 
     ensimismado. Nunca se sentaba en el ascensor. Tanto estuviera vacío o 
     repleto de gente, él siempre permanecía parado recto bajo la lámpara, 
     donde la luz caía derecha sobre su pálido rostro y mejilla cicatrizada. 
     Un día en febrero no llevé al Coronel arriba con el ascensor, y dado que 
     él era muy regular, como un reloj, me di cuenta de ello, pero supuse que 
     estaría fuera algunos días, y ya no pensé más en el asunto. Cada vez que 
     paraba en el cuarto piso, la puerta del 210 estaba cerrada, y dado que él 
     acostumbraba a dejarla abierta, tuve seguridad que el Coronel se había 
     marchado. Al final de la semana escuché a una mucama decir que el Coronel 
     Saxby estaba enfermo; así que esa era la razón de su ausencia. 
     Era martes a la noche, y yo estaba inusualmente ocupado. Había mucha gente 
     que subía y bajaba, y así estuvo toda la noche. Era cerca de la 
     medianoche, y yo estaba a punto de apagar la luz del ascensor, cerrar la 
     puerta y dejar la llave en la oficina para el hombre de la mañana, cuando 
     la campanilla del timbre sonó aguda; miré el dial y vi que era requerido 
     desde el piso cuarto. Cuando pasé del piso segundo al tercero, me pregunté 
     quien sería el pasajero, ya era muy tarde, y pensé que sería un extraño 
     que no conocía las reglas del hotel. Pero cuando paré en el piso cuarto y 
     abrí las puertas, era el Coronel Saxby que estaba parado, envuelto en su 
     capa militar. La puerta de su habitación estaba cerrada, así que pude leer 
     el número en ella. Pensé que el coronel estaba enfermo, en cama, y se veía 
     bastante enfermo, pero tenía su sombrero puesto, y ¿qué iba a hacer un 
     hombre que había estado diez días en cama, durante una noche invernal como 
     aquella? No se si me miró, pero cuando puse el ascensor en movimiento, yo 
     lo miré parado bajo la lámpara, con la sombre de su sombrero cayendo en 
     sus ojos, y la luz cayéndole en la parte inferior de su cara, que estaba 
     muy pálida, con la cicatriz en su mejilla haciéndola parecer aún más 
     pálida.
     - Qué bueno volver a verle, señor - dije; pero él nada contestó, y no 
     quise volver a mirarlo. Permaneció parado como una estatua con su capa, y 
     me sentí muy feliz cuando abrí nuevamente la puerta del ascensor para que 
     él pudiera salir al exterior. Lo saludé cuando salía. 
     - El Coronel quiere salir - dije al portero que estaba parado, mirando, y 
     él abrió la puerta para que el Coronel Saxby pudiera salir caminando 
     afuera, a la nieve. 
     - ¡Qué persona rara! - dijo el portero.
     - Lo dicho, - dije - no me gustó el aspecto del Coronel, no parecía el 
     mismo de antes. Estaba enfermo, tendría que estar en cama, y salió afuera 
     una noche como esta.
     - Como sea, tiene una capa notable como para mantenerse caliente. Digo, 
     supongo que se habrá ido a una fiesta de disfraces, y bajo su capa 
     ocultaba su disfraz, - dijo el portero, riendo desasosegadamente, de tal 
     manera que ambos nos sentimos un poco raros. 
     - ¡No más pasajeros para mí! - dije; y ya estaba apagando la luz cuando 
     Joe abrió la puerta, y dos caballeros ingresaron, yo sabía que eran 
     doctores. Uno era alto y el otro petiso y ancho, y ambos se encaminaron al 
     ascensor.
     - Lo siento caballeros, pero es contra las reglas ir por el ascensor luego 
     de la medianoche.
     - ¡Tonterías! - dijo el caballero petiso - No ha pasado mucho tiempo de la 
     medianoche, y es cuestión de vida o muerte. Llévenos al cuarto piso - y 
     fueron hacia el ascensor como una flecha, así que fuimos arriba y cuando 
     abrí la puerta, y ellos caminaron derecho al número 210. Una enfermera los 
     atendió, y el doctor petiso preguntó: - ¿Alguna recaída, supongo?
     Y pude escuchar su respuesta:
     - El paciente murió hace cinco minutos, señor. 
     Pensé que no era momento de hablar, que era más de lo que podía aguantar. 
     Seguí a los doctores hasta la puerta y dije: 
     - Hay una equivocación aquí, caballeros, hace un rato llevé al Coronel 
     abajo en el ascensor, cuando el reloj diera las doce, y él salió afuera.
     El doctor petiso dijo tajantemente:
     - Un caso de confusión de identidades. Usted llevó a alguien más que no 
     era el Coronel.
     - Le pido perdón, caballeros, pero era el Coronel en persona. El portero 
     del hotel le abrió la puerta y lo conoce tan bien como yo. Estaba bien 
     abrigado, con su capa militar.
     - Pase y véalo por sí mismo - dijo la enfermera.
     Seguí a los doctores a la habitación, y ahí estaba el Coronel Saxby, tal y 
     como yo lo había visto hacía unos minutos. Yacía muerto tal y como sus 
     ancestros, y la gran capa tendida sobre la cama, que lo habrá mantenido 
     caliente hasta que ya no pudo sentir más calor.
     Esa noche no pude conciliar el sueño. Me senté con Joe, esperando a cada 
     minuto escuchar al Coronel llamándome con el timbre. Al siguiente día, 
     cada vez que el timbre del ascensor sonaba, el sudor rompía en mi frente y 
     me sentía tan mal como cuando tuve mi primera acción. Junto con Joe le 
     contamos lo sucedido al gerente, y él dijo que pudo haber sido un sueño; 
     también dijo:
     - Saben que no deben hablar al respecto, o el hotel se vaciará en una 
     semana.
     El ataúd del Coronel llegó a la siguiente noche. El gerente, los empleados 
     de la funeraria y yo lo llevamos en el ascensor y lo introdujimos en la 
     habitación 210. Mientras esperaba para bajarlo nuevamente una extraña 
     sensación me asaltó. Entonces la puerta se abrió y los cuatro hombres 
     salieron con el ataúd, directo al ascensor, con los pies hacia adelante, y 
     el gerente mirando alrededor mío.
     - No puedo hacerlo - dije -, no puede bajar al Coronel de nuevo. Lo bajé 
     ayer a la medianoche, y eso es suficiente para mí.
     - Empújalo - dijo el gerente, hablando corto y afilado, y ellos condujeron 
     el féretro hacia el interior del ascensor sin el menor ruido. El gerente 
     entró último y luego cerró la puerta y dijo:
     - Mole, tu trabajaste en este ascensor por última vez, me temo.
     Y supe que no iba a seguir estando en el Hotel Empire luego de lo que 
     había pasado, por más que hubieran doblado mi sueldo; y me retiré junto 
     con el portero.
     (Fin.)