Impulse (or A matter of instinct, or
The man from the morgue), © 1938 (en Astounding Science Fiction,
Septiembre 1938). Traducido por Enrique de Juan en Invasores
de la Tierra, presentada por Groff Conklin, Colección Galaxia, Ediciones
Vértice, 1965.
El
noventa y nueve por ciento de todos los relatos de ciencia ficción cuyo tema es
la invasión de la Tierra se hallan localizados en un estrecho segmento de
tiempo que va desde hace pocos años hasta el presente, y luego desde el presente
a algunos años en el futuro.
En
este relato sabréis algo referente a una miríada de seres nauseabundos
procedentes de un meteorito... unos seres que pueden haber estado sobre
nosotros sin habernos dado cuenta, como veréis a medida que se vaya desarrollando
el relato. Es éste un relato de invasión que se aproxima a los clásicos por su
perfección. No puede darse nada más vampiresco. Los aficionados al horror
recordarán, al leer este cuento a: The colour out of space de Lovecraft; Macklin's
little friend
de Wandrei, y Death from the stars de Hilliard. Es difícil que
encuentren a este relato menos memorable que los mencionados.
Era
la tarde libre de su criado y el doctor Blain tuvo que contestar personalmente
al zumbador de su sala de espera. Maldiciendo mentalmente la prolongada
ausencia de Tod Mercer, su factótum, el doctor tapó la probeta, tomó de debajo
el tubo de ensayo con el líquido neutralizante y lo colocó en un estante.
Rápidamente,
se metió una espátula de remover en un bolsillo del chaleco. se frotó las manos
una con otra y dirigió una breve mirada a todo el pequeño laboratorio. Luego
trasladó su alto y delgado cuerpo a la sala de espera.
El
visitante se hallaba desplomado sobre un gran sillón. El doctor le observó,
dándose cuenta de que se trataba de un individuo de aspecto cadavérico con ojos
de pez, piel manchada y pálidas e hinchadas manos. Las ropas que llevaba no le
sentaban mucho mejor que le hubiera sentado un saco.
Blain
le catálogo a simple vista como un caso de úlcera perniciosa, o bien como un
agente de seguros que se proponía hacerle un seguro que él no tenía intención
de hacer. «De todos modos –decidió–, la expresión del hombre tiene un
fantástico retorcimiento.» En una palabra, que le atacaba los nervios.
–Es
usted el doctor Blain, ¿verdad? –preguntó el hombre del sillón.
Su
voz surgió gangosa y misteriosa, y el doctor Blain sintió un estremecimiento en
su espina dorsal.
Sin
esperar respuesta y con su muerta mirada fija en Blain, que se alzaba en pie
ante él, el visitante continuó:
–Nosotros
somos un cadáver individual con ojos de pez, piel manchada, y peludas e
hinchadas manos.
El
doctor tomó asiento de pronto, agarrándose a los brazos de su sillón hasta que
sus nudillos parecieron como ampollas.
El
visitante se aclaró la garganta lenta e imperturbablemente.
...Las
ropas que llevamos no nos sientan mucho mejor que nos habría sentado un saco.
Somos sin duda un caso de úlcera perniciosa o bien un agente de seguros al que
usted no tiene intención de complacer. Nuestra expresión tiene un extraño
torcimiento y ello le ataca a usted los nervios.
El
visitante movió un ojo putrefacto que se clavó, con horrible falta de brillo,
en el doctor, que parecía herido por un rayo. Luego añadió:
–Nuestra
voz es gangosa y su sonido le ha producido a usted un estremecimiento en la
espina dorsal. Tenemos ojos que parecen putrefactos y que se clavan en usted
con horrible falta de brillo...
Haciendo
un poderoso esfuerzo, Blain, con el rostro rojo y tembloroso, se inclinó hacia
adelante. Sus cabellos color acero se le habían erizado en la parte posterior
de su cuello. Abrió la boca, pero su visitante se apresuró a decir palabras que
él iba a pronunciar:
–¡Dios
de los cielos! ¡Lee usted mis pensamientos!
La
fría mirada del individuo permaneció fija en .la sorprendida faz de Blain
mientras éste se ponía en pie. Entonces, breve y sencillamente, dijo:
–Siéntese.
Blain
continuó en pie. Pequeñas gotas de sudor le corrían por la frente y descendían
por su cansado y arrugado rostro.
Con
más ímpetu, en tono de advertencia, el otro repitió:
–¡Siéntese!
Blain,
que sentía una extraña debilidad en las rodillas acabó por obedecer. No dejaba
de mirar la sorprendente palidez de las facciones de su visitante, y al cabo
tartamudeó:
–¿Quién...
quién diablos es usted?
–¡Eso!
–contestó el otro entregándole un recorte de periódico.
Blain
lanzó al recorte una mirada indiferente, seguida de otra más atenta. Luego
protestó:
–Pero
esto es una noticia periodística en la que se habla del robo de un cadáver en
un depósito.
–Exacto
–asintió el visitante.
–Pero
no comprendo –dijo Blain, cuya expresión reflejaba el mayor asombro.
–Esto
–dijo el visitante señalando con un dedo sin color su fofa vestimenta–, esto es
el cadáver.
–¿Qué?
Por
segunda vez, el doctor se puso en pie. El recorte se desprendió de sus dedos
sin fuerza, cayendo sobre la alfombra. Y el doctor permaneció mirando hacia
aquella cosa que había en la silla, expeliendo su aliento con un largo silbido
mientras buscaba inútilmente algunas palabras que decir.
–Este
es el cuerpo –repitió el visitante.
Su
voz sonaba como si pasara burbujeante a través de un espeso aceite. Luego
señaló el recorte.
–No
se ha fijado usted en la fotografía –continuó–. Mírela. Compare ese rostro con
el que llevamos.
–¿Llevamos?
–inquirió Blain, que sentía un torbellino en su mente.
–¡Llevamos!
Somos muchos. Mandamos en este cuerpo. Siéntese.
–Pero...
–¡Siéntese!
La
criatura sentada en el sillón metió una fría y flácída mano en las
interioridades de su amplia chaqueta, sacó una gran pistola automática y apuntó
con ella torpemente. A Blain le pareció que el cañón del arma abría una boca
enorme.
Se
sentó, recogió el recorte y miro la fotografía.
El
pie de ella decía: «El difunto James Winstanley Clegg, cuyo cuerpo desapareció
misteriosamente anoche del depósito de cadáveres de Simmstown».
Blain
miró a su visitante, luego a la fotografía y después de nuevo a su visitante.
Los dos eran el mismo, indudablemente el mismo. La sangre empezó a martillear
en las arterias del doctor.
La
automática cayó, titubeó, se alzó un poco una vez más.
–Sus
preguntas se han anticipado –murmuró el difunto James Winstanley Clegg–. No,
éste no es una caso de despertar espontáneo de un sueño cataléptico. Su idea es
ingeniosa, pero no explica lo verdaderamente ocurrido.
–Entonces...
¿qué caso es éste? –preguntó Blain con súbito valor,
–Se
trata de una confiscación.
Los
ojos del cadáver se movieron de un modo muy poco natural.
–Nos
hemos apropiado de algo –continuó el visitante–. Ante usted se halla un hombre
que ha sido poseído –se permitió una sonrisa de vampiro:–. Parece que, en vida,
este
cerebro
estuvo dotado del sentido del humor.
–Sin
embargo, yo no puedo...
–¡Silencio!
–el arma se movió para dar énfasis a la orden–. Nosotros hablaremos y usted
escuchará. Nosotros comprenderemos todos sus pensamientos.
–Perfectamente.
El
doctor Blain tomó de nuevo asiento en su silla sin dejar de mirar con disimulo
a la puerta. Estaba convencido de que se las había la con un loco. Sí, con un
maniático... a pesar de lo de la lectura de los pensamientos, a pesar de la
fotografía del recorte.
–Hace
días –gargageó Clegg, o lo que había sido Clegg–, una cosa llamada meteoro
aterrizó en las proximidades de esta ciudad.
–Ya
lo leí –admitió Blain–. Lo buscaron, pero no lo encontraron.
–Ese
fenómeno era en realidad una nave del espacio –la automática temblaba en la
débil mano; el visitante apoyó el arma sobre su regazo–. Era una nave del
espacio que nos trajo desde nuestro mundo, Glantok. La nave era
extraordinariamente pequeña para los tamaños de ustedes, pero es que nosotros
también somos pequeños. Muy pequeños. Somos submicroscópicos, y nos
"Contamos por miríadas. No, no somos gérmenes inteligentes –el nauseabundo
ser robó el pensamiento de la mente del que escuchaba–. Somos aún menos que eso
–hizo una pausa para buscar palabras más explícitas–. En masa, parecemos un
liquido. Puede usted catalogarnos como virus inteligentes.
–¡Oh!
–exclamó Blain.
Luchaba
para calcular el número de saltos que precisaba dar para alcanzar la puerta,
calculándolos sin revelar sus pensamientos.
–Nosotros
los glantokianos somos parásitos en el sentido de que habitamos y controlamos
los cuerpos de criaturas de más bajo nivel. Vinimos aquí al mundo de ustedes,
ocupando el cuerpo de un pequeño mamífero glantokiano.
Tosió,
produciendo un viscoso ruido en su gaznate. Luego continuó:
–Cuando
aterrizamos y salimos al exterior, un perro excitado persiguió a nuestro animal
y lo atrapó. Nosotros, a nuestra vez atrapamos al perro. El animal glantokiano
murió y nosotros salimos de él. El perro no nos servía para nuestro propósito,
pero sí sirvió para transportarnos al interior de la ciudad y para encontrar
este cuerpo, Cuando abandonamos al perro, éste se dejó caer palas arriba y
murió.
La
puerta de la verja produjo un súbito chirrido que puso en tensión los nervios
de Blain. Unos pasos ligeros resonaron en el sendero de asfalto que conducía a
la puerta principal. Blain esperó casi sin respirar, con los oídos tensos y los
ojos muy abiertos.
–Tomamos
este cuerpo, licuamos la congelada sangre, aflojamos las rígidas
articulaciones, suavizamos los muertos músculos, e hicimos andar el cadáver.
Parece ser que su cerebro fue en vida bastante inteligente y que sus recuerdos
permanecían perfectamente ordenados. Utilizamos la inteligencia del cerebro
muerto para pensar en términos humanos y para conversar con usted.
Los
pasos que se aproximaban sonaron ya muy cerca. Blain colocó sus pies en
posición firme sobre la alfombra, apretó sus manos contra los brazos del sillón
y luchó para mantener bajo dominio sus pensamientos. El otro no pareció notar
nada; mantenía su cadavérico rostro vuelto hacia Blain y continuaba
pronunciando sus gangosas palabras:
–Bajo
nuestro control, el cuerpo robó estas ropas y esta arma. Su propio cerebro
muerto recordó para lo que servía el arma y nos explicó el modo de usarla.
También nos habló de usted.
–¿De
mí?
El
doctor Blain, inclinado hacia adelante, movió sus brazos mientras calculaba si
su proyectado salto le pondría lejos del alcance de la automática. Los pasos
que sonaban en el exterior habían llegado a los escalones.
–No
es prudente lo que hace –le advirtió el individuo que decía ser un cadáver–.
Sus pensamientos son no sólo observados sino que anticipamos sus conclusiones.
Blain
aflojó la tensión. Los pasos estaban subiendo la escalera.
–Pero
un cuerpo muerto es meramente un substituto –continuó el otro–. Necesitamos uno
vivo, que posea toda su capacidad orgánica. Cuando nos multipliquemos,
necesitaremos más cuerpos. Desgraciadamente, la susceptibilidad del sistema
nervioso se halla en proporción directa con la inteligencia del sujeto.
Se
aclaró el gaznate y luego tosió, produciendo el mismo liquido carraspeo de
antes.
–No
podemos garantizar, al ocupar los cuerpos de los inteligentes, que no les
volvamos locos. y un cerebro desordenado nos resulta tan poco conveniente como
uno recién muerto. Nos resulta tan inútil como una máquina estropeada le
resulta a usted.
Las
pisadas cesaron. La puerta del departamento se abrió y alguien penetró en el
pasillo. La puerta se cerró luego. Unos pies anduvieron por encima de la
alfombra camino de la sala de espera.
–Por
lo tanto –continuó el humano que no era humano–, debemos posesionarnos de los
inteligentes cuando éstos se hallen tan profundamente inconscientes que no se
den cuenta de nuestra invasión, y nuestra posesión debe estar completada cuando
se despierten. Necesitamos, pues, la ayuda de alguien capaz de tratar a los
inteligentes de la manera que nosotros deseamos, y que lo haga sin despertar
sospechas de .nadie. En una palabra, requerimos la cooperación de un médico.
Los
espantosos ojos se hincharon ligeramente. Su poseedor añadió:
–Como
no tenemos poder para seguir animando mucho tiempo este cuerpo ineficaz,
debemos disponer de uno fresco, vivo, saludable, tan pronto como nos sea
posible.
Los
pies que sonaban en el pasillo titubearon, se detuvieron. La puerta se abrió.
En aquel momento, el difunto Clegg apuntó con un pálido dedo a Blain y barbotó:
–Usted
nos va a ayudar –y eI dedo, se dirigió entonces hacIa la puerta–. O ese cuerpo
será el primero.
La
muchacha que estaba en el umbral era joven, rubia, agradablemente llenita.
Permaneció inmóvil, cubriéndose con una mano su pequeña boca roja y medio
abierta. Sus azules ojos, muy abiertos, contemplaban con temerosa fascinación
la blanqueada máscara que había tras el dedo que apuntaba hacia ella.
Reinó
un momento de profundo silencio mientras el individuo cadavérico mantenía su
ademán. Las facciones del mismo sufrieron un progresivo acromatismo. tornándose
aún más incoloras, más cenicientas. Su pupilas –muertas bolas en unas heladas
órbitas– brillantes súbitamente con repentina luz, una luz verde, infernal. El
individuo se puso torpemente en pie, no sin balancearse sobre los talones
primero hacia adelante y después hacia atrás.
La
muchacha carraspeó. Bajó la vista y vio la automática en aquella mano escapada
de la tumba. Entonces lanzó un grito agudo. Fue un grito que sugería que
arrastraban su alma hacia lo desconocido. Luego, cuando el muerto vivo avanzó
hacia ella, cerró los ojos y se desplomó.
Blain
llegó junto a la muchacha en el preciso instante en que tocaba el suelo. Había
cubierto la distancia en tres .frenéticos saltos. Sostuvo el suave y moldeado
cuerpo, salvándolo de recibir un golpe. Apoyó su cabeza sobre la alfombra y
palmoteó sobre sus mejillas vigorosamente.
–Se
ha desmayado –gruñó enfadado–. Puede ser una enferma, o quizás viniera a
buscarme para que fuese a ver a un paciente. Quizás se trate de un caso de
urgencia.
–¡Basta!
La
voz fue imperiosa, a pesar de su fantástico borboteo. El arma apuntó ahora
directamente a la frente de Blain.
–Vemos,
a través de los pensamientos de usted que este desmayo es una cosa temporal.
Sin embargo, resulta oportuno.
Aprovéchese
usted de la situación, anestesie el cuerpo, y nosotros lo ocuparemos.
Arrodillado
como estaba junto a la joven, Blain miró hacia arriba, y lenta y firmemente
dijo:
–¡Les
mandaré a ustedes al infierno!
–¡No
necesitaba usted decirlo! –replicó el individuo.
Hizo,
una horrible mueca y dio dos pasos de autómata hacia adelante.
–Usted
hará lo que le digo, o bien lo haremos nosotros con la ayuda del propio
conocimiento de usted y del propio cuerpo de usted. Le metemos una bala en el
corazón, tomamos posesión de usted, reparamos la herida, y usted es nuestro.
«¡Maldito sea usted!» –añadió robando las palabras de los propios labios de
Blain. Y continuó–:Podemos hacer uso de usted en cualquier caso, pero
preferimos un cuerpo vivo a uno muerto.
Mientras
lanzaba una desesperada mirada a su alrededor, el doctor Blain pronunció una
plegaria mental en busca de ayuda... una plegaria que interrumpió al ver la
sonrisa de su antagonista, que la había entendido. Se puso en pie, alzó la
inerte figura de la muchacha y la condujo, atravesando la puerta y el pasillo,
a su departamento de cirugía. Lo que había sido el cuerpo de Clegg avanzó
grotescamente tras él.
Tras
de haber depositado suavemente a la muchacha en un sillón, Blain le froto las
manos y las muñecas y le dio de nuevo golpecitos en las mejillas. Un ligero
color afluyó al rostro de la desmayada, que movió los párpados.. Blain llegó
hasta un armario, abrió sus puertas de cristal y sacó de él una botella de sal
volátil. En aquel momento sintió algo duro en mitad de la espalda. Era el cañón
de la automática.
–Olvida
usted que el proceso que sigue su mente es para nosotros un libro abierto; Está
usted intentando reavivar el cuerpo y así ganar tiempo.
La
asquerosa forma que había detrás del arma forzó a sus músculos faciales a que
hicieran una retorcida mueca.
–Deje
el cuerpo en esa mesa y anestésielo –continuó.
A
regañadientes, el doctor Blain apartó su mano del armario. Luego cogió a la
muchacha y la depositó sobre la mesa de operaciones, encendiendo a continuación
la poderosa lámpara que colgaba directamente sobre ella.
–¡Más
comedia! –comentó el otro–. ¡Apague esa lámpara! Con la otra hay luz más que
suficiente.
Blain
apagó la lámpara. Su rostro reflejaba la mayor agitación, pero mantenía la
cabeza erecta, los puños crispados.
Miró
cara a cara la amenazadora arma y dijo:
–Escúcheme.
Voy a hacerle una proposición.
–¡Tonterías!
–exclamó el difunto Clegg, paseándose alrededor de la mesa cortos y arrastrados
pasos. Como le hemos dicho antes, está usted intentando ganar tiempo. Su propio
cerebro nos advierte de ello...
Se
interrumpió bruscamente cuando la desmayada muchacha comenzó a murmurar vagas
palabras e intentó erguirse.
–¡De
prisa! ¡La anestesia!
Antes
de que se pudieran mover, la muchacha se sentó.
Una
vez sentada contempló fijamente aquel horroroso rostro que maullaba y hacia
muecas a un pie de su propio rostro.
Se
estremeció y dijo lastimosamente:
–¡Déjenme
salir de aquí! ¡Déjenme salir, por favor!
Una
fofa mano avanzó con objeto de empujarla. Pero la joven se dejó caer hacia
atrás para evitar el contacto de aquella asquerosa carne.
Tomando
ventaja de la ligera distracción del otro, Blain deslizó una de sus manos hacia
su propia espalda en busca de un atizador de adorno que colgaba de la pared.
Pero el arma de fuego se alzó en el mismo instante en que sus dedos encontraban
la improvisada arma y se curvaban sobre su frío metal.
–¡Qué
olvidadizo! –exclamó el extraño ser mientras pequeños puntos brillaban en sus
vacías órbitas–. La comprensión mental no tiene limitada su dirección. Le vemos
a usted aun cuando estos ojos miren a otra parte. –La pistola se movió
señalando a la muchacha–. Ate ese cuerpo.
Obediente,
el doctor Blain se proveyó de vendas y ato concienzudamente la muchacha a la
mesa. El cabello gris del médico estaba desordenado y su rostro cubierto de
sudor mientras apretaba los nudos. Miró a la joven con valor apenas justificado
y murmuró:
–Paciencia...
No tenga miedo.
Echó
una significativa mirada al reloj colgado de la pared. Las manecillas indicaban
que faltaban dos minutos para las ocho.
–Así
que usted espera ayuda –dijo la voz de una miríada de seres–. Ayuda de Tod
Mercer, su criado, que debía ya estar aquí. Usted cree que podría ayudarle en
algo, aunque tiene poca fe en su ingenio. En opinión de usted, posee el cerebro
de un buey... Es demasiado estúpido para saber en dónde tiene su mano derecha.
–¡Es
usted el diablo! –exclamó el doctor Blain al oír aquel recital de sus propios
pensamientos.
–Que
llegue ese Mercer. Servirá de mucho, ¡pero a nosotros! Tenemos bastante con dos
cuerpos... y un tonto vivo siempre es mejor que un inteligente muerto.
Sus
anémicos labios se fruncieron en una mueca que puso al descubierto unos secos
dientes.
–Mientras
tanto, trabaje usted con este cuerpo.
–No
creo que tenga ningún otro –protestó Blain.
–Tiene
usted que hacer algo. Su corteza cerebral lo grita. Dese prisa, pues de lo
contrario vamos a perder la paciencia y nos posesionaremos de usted aún a costa
de su salud mental.
Tragando
saliva, Blain abrió un cajón y extrajo de él una mascarilla nasal. Arregló su
apósito de gasa y colocó el artefacto sobre la nariz de la asustada muchacha.
Pensó que no había peligro en hacer a la joven un guiño tranquilizador. Un
guiño no es un pensamiento.
Abriendo
el armario una vez más, el doctor forzó a su mente, valiéndose de todas sus
facultades, a recitar: «Eter, éter, éter». Al mismo tiempo acercó su mano a una
botella de ácido sulfúrico concentrado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para
lograr su doble propósito. Sus dedos se acercaban cada vez más a la botella.
Por fin la cogió.
Forzando
a cada fibra de su cuerpo a hacer una cosa mientras mentalmente pensaba en
otra, el doctor se volvió al tiempo que quitaba el tapón de cristal a la
botella. Entonces quedó inmóvil, con la abierta botella en su mano derecha.
El
muerto se colocó inmediatamente frente a él, arma en ristre.
–¡Éter!
–cloquearon en tono de mofa las cuerdas vocales de Clegg–. La mente consciente
de usted grita: «¡Eter!», al tiempo que su subconsciente murmura: «¡Ácido!». ¿
Cree usted que su inferior inteligencia puede enfrentarse con la nuestra? ¿Cree
usted que puede destruir lo que ya está muerto? ¡Es usted un tonto!
La
pistola automática se aproximó aún más al doctor.
–Venga
la anestesia... sin más dilaciones.
Sin
contestar, el doctor Blain volvió a cerrar la botella y la dejó en su sitio.
Luego, lentamente, moviéndose lo más despacio que pudo, cruzó la habitación
hasta llegar a un armario más pequeño, abrió éste y extrajo de él una pequeña
botella de éter. Colocó la botella sobre el radiador y empezó a cerrar el
armario.
–¡Quítela
de ahí! –cacareó la extraña voz en un tono agudo que delataba la mayor
impaciencia.
El
arma emitió un tintineo de advertencia al tiempo que Blain se apoderaba de
nuevo de la botella.
–De
modo que esperaba usted que el radiador hiciera que el líquido se evaporase con
la suficiente rapidez para que la botella estallase, ¿eh?
El
doctor Blain no contestó. Tardando todo lo que le era posible, trasladó el
líquido a la mesa. La muchacha, con los ojos muy abiertos por el efecto del
miedo, le vio acercarse y lanzó un pequeño gemido. Blain dirigió una mirada al
reloj, pero aunque fue una mirada muy rápida, su atormentador captó el
pensamiento que había tras ella y sonrió.
–El
está aquí ahora ––dijo.
–¿Quién
está aquí? –preguntó Blain.
–Su
criado, Mercer. Está ahí fuera, a punto de entrar. Percibimos el tonto
vagabundeo de su débil mente. Tenía usted razón al pensar sobre la pequeñez de
su inteligencia.
La
puerta se abrió, confirmando lo que el visitante había dicho. La muchacha
intentó levantar la cabeza. En. sus ojos brilló una luz de esperanza.
–Mantenga
la boca de la joven abierta con algo –articuló la voz que obraba bajo el
extraño control–. Utilizaremos la boca para entrar.
El
visitante hizo una pausa mientras unos pesados pies se posaban sobre el felpudo
de la puerta.
–Llame
a ese tonto para que venga aquí. Lo utilizaremos también.
El
doctor Blain, a quien se le iban hinchando las venas de la frente, llamó:
–¡Tod!
¡Venga aquí!
Encontró
una mordaza dental con la almohadilla puesta. La excitación mantenía tensos los
nervios del doctor de los pies a la cabeza. Ningún arma podía disparar en dos
direcciones a la vez. Si él lograba hacer que el idiota de Mercer se colocase
en la posición adecuada... Si le pudiera advertir... Si él se encontraba en un
lado y Tod en el otro...
–No
lo intente –le advirtió el resucitado Clegg–. Ni siquiera piense en ello. Si lo
hace, acabaremos por posesionarnos de ambos.
Tod
Mercer penetró en la habitación. Sus pesadas suelas pisaron la alfombra. Era un
hombre corpulento, y su grueso rostro de luna llena, con barba de dos días, surgía
muy cerca de sus anchos hombros. Se detuvo cuando vio que en la mesa de
operaciones había una muchacha. Sus grandes y estúpidos ojos pasaron de la
muchacha al doctor.
–¡Hola,
doctor! –dijo con voz insegura–. Tuve un pinchazo y fue necesario cambiar un
neumático en la carretera.
–No
se preocupe –dijo un gorgoteo irónico detrás de él–. Ha llegado usted muy a
tiempo.
Tod
se volvió lentamente, moviendo sus botas como si cada una de ellas le pesara
una tonelada. Miró a aquello que había sido Clegg y dijo:
–Perdóneme,
señor. No sabía que estaba usted aquí.
Sus
ojos, parecidos a los de las vacas, recorrieron, sin demostrar el menor
interés, al muerto vivo y la pistola automática. Luego se volvieron hacia el
anhelante Blain. Tod abrió la boca como para decir algo. Luego la cerró. Una
expresión como de ligera sorpresa apareció en su grueso rostro. Sus ojos se
volvieron de nuevo para mirar hacia su costado, encontrándose otra vez con la
automática.
Esta
vez, la mirada no duró ni una décima de segundo. Los ojos de Tod se dieron
cuenta de lo que veían. y con asombrosa rapidez, descargó sobre las terribles
facciones de lo que había sido Clegg un puño como un jamón, El golpe resultó
dinamita, pura dinamita. El cadáver se desplomó con un golpe que hizo retemblar
toda la habitación.
–¡Rápido!
–gritó el doctor–. Coja el arma.
A
continuación, el doctor volcó la mesa de operaciones, con muchacha y todo,
haciendo que el mueble diera un fuerte golpe al arma que aún sujetaba una débil
mano.
Tod
Mercer no salía de su asombro y sus ojos iban de un lado a otro. De la pistola
surgió un disparo estruendoso.
La
bala rozó el metálico y tubular borde de la mesa y, silbando, fue a incrustarse
en la pared, arrancando un trozo de yeso de un pie de ancho.
Blain
lanzó un frenético puntapié contra una débil muñeca, pero falló, pues el
propietario de la misma la apartó en aquel instante. La pistola se disparó de
nuevo. Se oyó un ruido de cristales en el armario más lejano. La muchacha,
atada a la mesa, lanzó un agudo chillido.
Aquel
grito penetró en el espeso cerebro de Mercer, impulsándole a la acción. Dejando
caer una gran bota, aprisionó una muñeca, que pareció de goma bajo su tacón,
logrando que los fríos dedos soltaran la pistola. Luego cogió el arma e hizo
puntería con ella.
–No,
si no puede usted matar eso, así –gritó Blain.
Dio
un empujón a Tod Mercer para poner más énfasis a sus palabras.
–Saque
a la muchacha de aquí. ¡Apresúrese, hombre por el amor de Dios!
La
prisa que había en la voz de Blain no admitía espera. Mercer dejó la automática,
llegó hasta la mesa y rompió las ligaduras que aprisionaban a la quejumbrosa
joven. Sus enormes brazos la levantaron al fin, sacándola de la habitación.
Tendido
en el suelo, aquel cuerpo robado se retorcía y luchaba por ponerse en píe. Sus
extrañas pupilas habían desaparecido. Las órbitas de sus ojos estaban ahora
llenas de movedizos charcos de luminosidad de color de esmeralda. Su boca se
abrió como si estuviera vomitando una fosforescencia de color verde brillante.
¡Las huevas procedentes de Glantok abandonaban a su anfitrión!
El
cuerpo logró incorporarse, quedando con la espalda apoyada en la pared. Sus
miembros se habían retorcido adoptando posturas de pesadilla. Era un terrible
disfraz de ser humano. La masa color verde, de una tonalidad brillante y
vívida, fluía de sus ojos, de su boca, formando serpenteantes riachuelos y
luego charcos en el suelo.
Blain
llegó hasta la puerta en un gigantesco salto, cogiendo al pasar la botella de
éter, que estaba, sobre la mesa. Al alcanzar el umbral de la puerta se detuvo
temblando. Luego arrojó la botella en medio de la verde masa. A continuación
encendió su encendedor, que arrojó tras la botella. Toda la habitación se llenó
al instante de llamas, formándose una hoguera infernal.
La
muchacha se agarró fuertemente al brazo de Blain mientras, desde la carretera,
observaban cómo ardía la casa. La joven dijo:
–Vine
a buscarle a usted para que fuera a ver a mi hermano menor. Creemos que tiene
el sarampión.
–Iré
pronto a verle –prometió Blain.
Un
«Sedan» subía por la carretera y se detuvo cerca de ellos, aunque manteniendo
el motor en marcha. Un policía sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
–¡Qué
desastre! Vimos el resplandor desde una milla de distancia. Ya hemos avisado a
los bomberos.
–Temo
que lleguen demasiado tarde –repuso Blain.
–¿Tenía
asegurado el edificio? –preguntó el policía con amabilidad.
–Sí.
–¿Todas
las personas están fuera de él?
Blain
afirmó con la cabeza. El policía, antes de marcharse, dijo:
–Hemos
venido por aquí en busca de un loco que se ha escapado.
El
«Sedán» rugió y se puso en marcha.
–¡Eh!
–gritó Blain.
El
coche se detuvo de nuevo.
–¿No
se llamaba ese loco James Winstanley Clegg? –preguntó el doctor.
–¿Clegg?
–dijo la voz del conductor desde el otro lado del «Sedán»–. Ese era el
individuo cuyo cadáver desapareció del depósito cuando el vigilante volvió la
espalda durante un minuto. Lo más curioso es que encontraron un perro muerto
precisamente en el sitio donde había estado el cuerpo de Clegg. Los periodistas
empezaron a decir que se trataba de un lobo, pero a mí me pareció un perro.
–De
todos modos, el loco no es Clegg –dijo el policía que había hablado primero–.
El loco se llama Wilson. Es bajito, pero de cuidado.
Alargó
un brazo desde el coche y entregó a Blain una fotografía. El doctor observó el
retrato a la luz de las crecientes llamas. El hombre que aparecía en él no
tenía el menor parecido con su visitante de aquella tarde.
–Recordaré
ese rostro –comentó el doctor devolviendo el retrato al policía.
–¿Sabe
usted algo sobre el misterio de Clegg? –preguntó el chofer.
–Sólo
sé que está muerto –contestó Blain sin faltar un ápice a la verdad.
Con
ademán pensativo, el doctor Blain observó cómo las llamas que surgían de lo que
había sido su hogar llegaban casi al cielo. Se volvió a Mercer, que estaba con
la boca abierta, y dijo:
–Lo
que me extraña es cómo se las arregló usted para pegar a ese individuo sin que
él se anticipara a adivinar su intención, disparándole un tiro a quemarropa.
–Vi
el arma y le pegué –explicó Mercer extendiendo las manos como disculpándose–.
Al ver que tenía un arma, le pegué maquinalmente sin pensar en nada.
–¡Sin
pensar en nada! –murmuró Blain.
Esto
los había salvado.
El
doctor Blain se mordió el labio inferior sin dejar de mirar la creciente
hoguera. El techo se hundió con un violento crujido y del hueco surgió un haz
de chispas.
Dentro
de su mente, pero no en sus oídos, sonaron unos ligeros y extraños gemidos que
se fueron haciendo cada vez más débiles hasta que al cabo cesaron.
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