Leía cualquier
cosa. Primero la emprendió con la librería del oficioso esposo, que era médico;
pero pronto se cansó del espanto, de los horrores que consiente el padecer
humano, y mucho más de los escándalos técnicos, muchos de ellos pintados a lo
vivo en grandes láminas de que la biblioteca de Osorio era rico museo.
Tomó por otro
lado, y leyó literatura, moral, filosofía, y vino a comprender, como en
resumen, que del mucho leer se sacaba una vaga tristeza entre voluptuosa y
resignada; pero algo que era menos horroroso que la contemplación de los
dolores humanos, materiales, de los libros de médicos.
Llegó a
encontrar repetidas muestra de literatura cristiana, edificante; y allí se
detuvo con ahínco y empezó a tomar en serio la lectura, porque comenzó a ver en
ella algo útil y que servía para su estado; para su estado de mujer que fue
hermosa, alegre, obsequiada, amada, feliz, y que empieza a ver en lontananza la
vejez desgraciada, las arrugas, las canas y la melancólica muerte del sexo en
su eficacia. Lejos todavía estaba ese horror, pero mal síntoma era ir pensando
tanto en aquello. Pues sus lecturas morales, religiosas, la ayudaban no poco a
conformarse. Pero le sucedió lo que siempre sucede en tales casos: que fue más
dichosa mientras fue neófita y conservó la vanidad pueril de creerse buena,
nada más que porque tenía buenos pensamientos, excelentes propósitos, y porque
prefería aquellas lecturas y meditaciones honradas; y fue menos dichosa cuando
empezó a vislumbrar en qué consistía la perfección sin engaños, sin vanidades,
sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al ver tan lejos (¡oh, mucho
más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos la virtud verdadera, el
mérito real sin ilusión, se sintió el alma llena de amargura, en una soledad de
hielo,
como decía Lope, sin mí, es decir, sin ella
misma, porque no se apreciaba, se desconocía, desconfiaba de su vanidad, de su
egoísmo; sin vos, es decir, sin su marido, porque ¡ay! El amor, el
amor de amores, había volado tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo
donde está la virtud, y la virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se
necesitaba para seguir sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de
tanto esfuerzo de humildad, de perdón de las injurias, de amor a la cruz del
matrimonio, que llevaba ella sola, se encontraba que todo era presunción,
romanticismo disfrazado de piedad, histerismo, sugestión de sus soledades,
paliativos para conllevar la usencia del esposo, distraído allá en el mundo...
El mérito real, la virtud cierta, estaba lejos, mucho más lejos.
Y estas
amarguras de tener que despreciarse a sí misma, si no por mala, por poco buena,
era el único solaz que podía permitirse. Al que apelaba -132- sin falta, cuando, cumplidos todos sus
deberes ordinarios, vulgares, fáciles, como pensaba ahora, aunque sintiéndolos
difíciles, se quedaba sola, velando junto al quinqué, esperando al buen Osorio,
que, allá, muy tarde, volvía con los ojos encendidos y vagamente soñadores, con
las mejillas coloradas, amable, jovial, pródigo de besos en la nuca y en la
frente de su eterna compañera, besos que, según las aprensiones, los instintos
de ella, daban los labios allí y el alma en otra parte, muy lejos.
Y una noche
leía Mari quita La Perfecta
Casada, del sublime Fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de
vergüenza, mientras el corazón se lo quedaba frío: «...Así, por la misma
razón, no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no
quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si
va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que
puede no serlo, o que en serlo hace algo que le debe ser agradecido».
Y como si Fray
Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo instante, y no
escribiendo, sino hablándola al oído, Mari quita
se sintió tan avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la
nuca, no un beso in partibus de su esposo, sino el aliento del agustino que,
con palabras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro a través del cráneo.
Quiso tener
valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llegó donde poco después dice:
«Y cierto, como el que se pone en el camino de Santiago, aunque a Santiago
no llegue, ya le llaman romero, así, sin duda, es principiada ramera la que se
toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino».
-¡Yo ramera
principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como dolor de la conciencia
que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por mérito de mi martirio, por
cáliz amargo!
Por el
recuerdo de Mari quita pasó, en una
serie de cuadros tristes, de ceniciento gris, su historia, la más cercana, la
de esposa respetada, querida sin ilusión, sola en suma, y apartada del mundo
casi siempre.
Casi siempre,
porque de tarde en tarde volvía a él, por días, por horas. Primero había sido
completo alejamiento; la batalla maternal: el embarazo, el parto, la lactancia,
los cuidados, los temores y las vigilias junto a la cuna; y vuelta a empezar:
el embarazo, cada vez más temido, con menos fuerzas y más presentimientos de
terror; el parto, la lucha con la nodriza que vence, porque la debilidad rinde
a la madre; más vigilias, más cuidados, más temores... y el marido que empieza
a desertar, en quien se disipa algo que parece nada, y era nada menos que el
amor, el amor de amores, la ilusión de toda la vida de la esposa, su único
idilio, la sola voluptuosidad lícita, siempre moderada.
Como un rayo
de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene el resucitar de la
mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de coquetería... así
como panteística, tan sutiles y universales, que son alegría, placer, sin
parecer pecado. Lo que se desea es ir a mirarse en los ojos del mundo como en
un espejo.
La ocasión de
volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la ofrece el mismo esposo,
que siente remordimientos, que no quiere extremar las cosas, y se
empeña -se empeña, vamos- en que su mujercita ¡qué, diablo! vuelva a crearse,
vuelva al mundo, se distraiga honestamente. Y volvía Mari quita
al mundo; pero... el mundo era otro. Por de pronto, ella no sabía vestirse; lo
que se llama vestirse. Sin saber por qué, como si fueran escandalosas, prescindía
de sus alhajas: no se atrevía a ceñirse la ropa, ni tampoco a despojarse de la
mucha interior que ahora gasta, para librarse de achaques que sus maternidades
trajeran con amenazas de males mayores. Además comprende que ha perdido la
brújula en materia de modas. Un secreto instinto le dice que debe procurar
parecer modesta, pasar como una de tantas, de esas -135- que llenan los teatros, los bailes, sin
que en rigor se las vea. Al llegar cierta hora, en la alta noche, sin pensar en
remediarlo, bosteza; y si la fiesta es cosa de música o drama sentimental, al
llegar a lo patético se acuerda de sus hijos, de aquellas cabezas rubias que
descansarán sobre la almohada, a la tibia luz de una lamparilla, solos, sin la
madre. ¡Mal pecado! ¡Qué remordimiento! ¿Y todo para qué? Para permitirles la
poca simpática curiosidad de olfatear amores ajenos, de espiar miradas, de
contemplar los triunfos de las hermosas que hoy brillan como ella brillaba en
otro tiempo... ¡Qué bostezos! ¿Qué remordimiento!
Con el
recuerdo nada halagüeño de las impresiones de noches tales, Mari quita se resolvió a no volver al mundo, y por
mucho tiempo cumplió su palabra. En vano, marrullero, quería su esposo
obligarla al sacrificio; no salía de casa.
Pero pasaban
años, los chicos crecían, el último parto ya estaba lejos, la edad traía
ciertas carnes, equilibrio fisiológico que era salud, sangre buena y abundante;
y la primavera de las entrañas retozaba, saliendo a la superficie en
reminiscencias de vaga coquetería, en saudades de antiguas ilusiones,
de inocentes devaneos y del amor serio, triunfador, pero también muerto de su
marido.
Llegaba tarde al espectáculo,
porque la prole la retenía, y porque el tocado se hacía interminable por la
falta de costumbre y por la ineficacia de los ensayos para encontrar en el
espejo, a fuerza de desmañados recursos cosméticos, la Mari quita
de otros días, la que había tenido muchos adoradores.
¡Sus
adoradores de antaño! Aquí entraba el remordimiento, que ahora lo era, y antes,
al pasar por ello, había sido desencanto glacial, amargura íntima,
vergonzante... Acá y allá, por butacas y palcos, estaban algunos de aquellos
adoradores pretéritos... menos envejecidos que ella, porque ellos no criaban
chicos, ni se encerraban en casa años y años. ¡Por aquellos ilustres y
elegantes gallos no pasaba el tiempo!... Ahora... adoraban también, por lo
visto; pero a otras, a las jóvenes nuevas; constantes sólo, los muy
pícaros, en admirar y amar la juventud. Celos póstumos, lucha por la existencia
de la ilusión, por la existencia del instinto sexual, la habían hecho
intentar... locuras; ensayar en aquellos amantes platónicos de otros días el
influjo poderoso que en ellos ejercieran sus miradas, su sonrisa... Miró como
antaño; no faltó quien echara de ver la provocación, quien participara de la
melancolía y dulce reminiscencia... Entonces Mari quita
(esto no podía verlo ella) se había reanimado, había rejuvenecido; sus ojos,
amortiguados por la vigilia al pie de la cuna, habían recobrado el
brillo de la pasión, de la vanidad satisfecha, de la coquetería inspirada...
¡Ráfagas pasajeras! Pronto aquellos adoradores pretéritos daban a entender, sin
quererlo, distraídos, que no cabía galvanizar el amor. Lo pasado, pasado.
Volvían a su adoración presente, a la contemplación de la juventud, siempre
nueva; y allá, Mari quita, la antigua
reina de aquellos corazones, recogía de tarde en tarde miradas de sobra, casi
compasivas, tal vez falsas, en su expresión. ¡Qué horror, qué vergüenza! ¡Por
tan miserable limosna de idealidad amorosa, aquellos desengaños bochornosos! Y,
aturdida, helada, había dejado de presumir, de sonsacar miradas, ¡es claro! por
orgullo, por dignidad. ¡Pero el dolor aquel, pensaba ahora, leyendo a Fray
Luis, el dolor de aquel desengaño... era todo un adulterio!
¡Cuánto
pecado, y sin ningún placer! El desencanto en forma de crimen. El amor propio
humillado y el remordimiento por costas. ¡Y ella, que había ofrecido a Dios, en
rescate de otras culpas ordinarias, veniales, aquellas derrotas de su vanidad,
de algo mejor que la vanidad, del sentimiento puro de gozar con el holocausto
del cariño!
Sí; había
andado, con mal oculta delicia, aquellos pocos pasos en el camino de
Santiago... luego romero... ramera ¡oh, no, ramera no! Eso era algo
fuerte, y que perdonara el seráfico poeta... Pero, si criminal del todo
no, lo que es buena, tampoco. Ni buena, ni tan mala, ¡y padeciendo tanto!
Sufría infinito, y no era perfecta. No podían amarla ni Dios, ni su marido. El
marido por cansado, Dios por ofendido.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! La verdadera virtud está tan
alta, el cielo tan arriba, que a veces me parecen soñados, ilusorios por lo
inasequibles.