La fraccioncilla de Taravilla
(Artículo de
doble vista)
[El Solfeo, n.º
48, 18 de octubre de 1875]
- I -
Acababa
de leer El Siglo Futuro.
En el mismo momento se extinguió la mortecina luz del
quinqué.
No bien quedé en las tinieblas sentí pasar junto a mi
rostro un viento frío, como aire de Guadarrama, ráfaga de pulmonía o espíritu
de moderado. Mis cabellos se erizaron, latióme el corazón en la garganta. Con
terror me vi frente a frente de lo sobrenatural; temblé en lo más profundo de
mi alma; porque sumido en la prosa ordinaria de la vida, comprendí que me
encontraba débil para las emociones que me preparaba no sé qué taumaturgo
oculto en mi gabinete.
Aulló en la plaza un perro... pero sus aullidos tenían un
carácter también extraordinario; parecíanse a interjecciones humanas, y una
vez, y otra y otra le oí pronunciar distintamente Candauuu... Candauuu... con
voz tan lastimera que corrieron de mis ojos involuntarias lágrimas.
Luego sonó dulcísima una música. Tocaba algo muy conocido
por mis oídos. Una tras otra fueron sucediéndose en el aire aquellas notas con
que imita Meyerbeer el acompasado andar de una cabra que lleva al cuello
colgada una campanilla... ¡y apareció la cabra! -Yo la vi, porque una luz
rojiza, como la que rodea a los aparecidos en las comedias de magia, fue
saliendo de no sé qué foco e iluminando con fantástica claridad mi gabinete...
que no era ya mi gabinete. Era... ¡el salón de sesiones de nuestro Congreso!
Ofrecía un extraño espectáculo. La presidencial poltrona no pude distinguir
quién la ocupaba. -¡La campanilla que sonaba era la que movía la mano fina y
aristocrática del presidente!
También me había equivocado en lo tocante al perro. No era
tal perro.
- II -
Era un diputado que, desde los bancos de la derecha,
apostrofaba... con los puños a una especie de estatua del Comendador sentada en
el centro. El que parecía estatua, pero sin serlo, era Candau... el que
apostrofaba, imprecaba, gesticulaba... Taravilla.
Taravilla, que era un jefe de pelea; Taravilla, genio
oculto por mucho tiempo, pero que al fin salía de la oscuridad, y que, sin más
que unos cuatrocientos discursos, había logrado en pocas semanas llamar la
atención de todo el mundo político, y era por entonces el faro luminoso que en
«las borrascas del Parlamento buscaban, como estrella de salvación, los atrevidos nautas, que a navegar en las
alborotadas aguas se atrevían, sin temor a las súbitas turgencias de los
fervientes senos y cosenos», según muy elocuentemente había dicho pocos días
antes el señor Morcillo, también profundo político y experimentado polemista.
Taravilla, en fin, jefe de una fracción colocada en el
centro del centro derecho del centro de la derecha, y que era llamada la
fracción de la sin-hueso, aludiendo a
su cabecilla, pues digo, que Taravilla (y todo esto pasaba, es decir, pasará si
no mienten los espíritus, hacia el Carnaval del año que viene) encontrábase en
un momento de verdadera inspiración, irritado por una de esas frases de Candau
que conmueven una civilización o sublevan a un diputado.
¡Taravilla y Candau! Es decir, Aquiles y Héctor , titán contra titán, Ruiz Gómez y el rayo;
trueno contra trueno, choque de planetas.
Afuera, el ruido confuso de un pueblo feliz que se divierte
con esos honestos placeres que sólo pueden saborearse cuando un Gobierno
paternal vela por los intereses más sagrados, cuando un Parlamento de eminentes
medianías discute las más acerbas personalidades en el seno de la representación nacional; afuera, Carnestolendas.
Y dentro Taravilla fulminante... y un poco más lejos Candau,
impasible.
Candau está solo. ¡Le bastan sus pensamientos y sus frases!
Taravilla rodeado por una corte de dioses mayores y menores: Morcillo, J uan García, Telesforo González, Orovio (Minerva), He via (J o ve)... y otros miles.
Esto es lo que representa el teatro...
Oigamos ahora a Taravilla...
El discurso en el número próximo.
CLARÍN.