Planting
time, ©
1975. Traducido por José M. Pomares en Imperios galácticos 2,
recopilación de Brian Aldiss, Libro Ameno 24, Editorial Bruguera S. A., 1978.
Pete Adams y Charles Nightingale, que no son
todavía dos de los nombre más famosos en la ciencia ficción, se enfrentan con
los problemas sexuales de los viajeros galácticos, burlándose durante todo el
tiempo del más cercano campo de musgo.
«Tú eres
mi miel, mi flor dadora de miel, y yo soy la abeja...» La forma en que estas
flores podían hacerse libar era suficiente para hacerle zumbar a uno.
Randy
Richmond se sentía aburrido, excesiva, intolerablemente, y, lo que parecía ser,
eternamente aburrido. De hecho, se sentía tan aburrido que ya ni siquiera se
preguntaba qué clase de programa habría bombeado el hipnocondicionador para
hacerle regresar al sector X113 antes de volver a ser lanzado de nuevo al
espacio. Fuera lo que fuese, no le causaría ninguna impresión en absoluto.
Se
suponía que el hipnocondicionador alteraba el sentido del tiempo para relajar
el intelecto y conseguir una plácida exploración de los más atrayentes caminos
secundarios de las matemáticas espaciales, o de cualquier otro problema
concebible con el que se encontraran los equipos planetarios de investigación.
Como consecuencia de ello, se esperaba que uno terminara su viaje a través de
las estrellas no sólo tan fresco como si el viaje acabara de comenzar aquella
misma mañana, sino también en un estado inspirado que se aproximaba al nivel
del genio. De este tratamiento se había predicho que era capaz de producir
gigantescos saltos mentales para la humanidad, pero Randy aún tenía que conocer
a cualquier viajero plus-luz que surgiera de la experiencia con cualquier otra
cosa que no fueran ideas de la naturaleza más fundamental, por muy inventivas
que algunas de ellas pudieran ser consideradas.
Suponía
que alguien, en alguna parte, tendría que haberse dado cuenta de que el viaje
plus-luz parecía actuar más como un estímulo físico que mental, porque los
compañeros espaciales más recientes habían empezado a desarrollar accesorios
notablemente sofisticados. Las computadoras siempre habían sido instrumentos
esenciales en el espacio, desde luego, pero las nuevas computadoras CMP
DIRAC-deriv. Mk IV Astg. multimedia podían proporcionar toda forma imaginable
de entretenimiento, así como unas cuantas inimaginables, cuando el piloto se
salía de sí. Ni siquiera se necesitaba estimularlas con un destornillador
clandestino como los modelos antiguos. Proporcionaban una gran cantidad de
diversión.
Pero
hasta ellas tenían sus limitaciones, y después de nueve meses viajando en
plus-luz con su compañera corriente, con su voluptuoso marco abrazando la
pequeña cabina como un alocado edredón de plástico, Randy se encontró
suspirando por alcanzar una realidad que la computadora no le podría
proporcionar nunca. Dirigido hacia una estrella particularmente obscura, de
clase K, situada en uno de los extremos de la espiral de la galaxia, aún tenía
que enfrentarse a otros nueve meses de confinamiento. Los libros, las
películas, las cintas y las obras de arte habían quedado exhaustas ya de toda
su potencia, y Randy se veía ahora reducido a observar la revisión animada
producida por la compañera de las ilustraciones de Beardsley «Bajo la colina»,
una de las videocintas Favoritas Clásicas. A juzgar por las crecientes
desviaciones del original, parecía evidente que la computadora compartía la
sospecha del piloto de que sus pasiones no volverían a surgir otra vez.
Fue
en este momento crítico, tan perfectamente calculado como para invitar casi a
extraer ciertas conclusiones sobre las motivaciones de la computadora, cuando
la compañera anunció que sería deseable encontrar un planeta para repostar los
suministros químicos de la nave. A sólo unas pocas horas de distancia se
encontraba una estrella que poseía un planeta del tipo E, en el que había los
materiales apropiados, a partir de los cuales la nave podría sintetizar lo que
necesitaba. De acuerdo con los informes, el planeta estaba habitado por una
raza del tipo humano que se encontraba en una fase de desarrollo bastante
primitiva; perfectamente consciente de las estrictas directrices de la
Federación en cuestiones de contacto intercultural, Randy proyectó aterrizar en
una de las muchas islas deshabitadas desparramadas por el hemisferio oceánico
norte.
Finalmente,
la computadora seleccionó una isla exuberante, en forma cónica, que, según los
detectores infrarrojos, no contenía una vida animal capaz de plantear grandes
problemas, y la nave terminó por posarse en tierra con una cierta agitación.
Las compañeras siempre disfrutaban con una oportunidad de dar un espectáculo y
se habían conocido aterrizajes en los que las computadoras experimentaban una
explosión de banderas, fuegos artificiales y el himno nacional del planeta de
procedencia, echando a perder todas las esperanzas de establecer un contacto
pacífico con las formas de vida locales. Pero, en esta ocasión, la puerta de la
nave se limitó a abrirse con un susurro, y Randy salió al exterior con un
enorme alivio.
Se
encontraban en una planicie abierta y llena de hierba, cerca del reluciente mar
zafiro, con una playa de arena blanca en contacto con sus bordes Aquí y allá
surgían de la hierba intrigantes plantas en forma de vaina, con magníficas y
aterciopeladas hojas verdes. Algunos árboles tenían frutos que la computadora
comprobó eran aceptables para la constitución humana, y Randy les prestó una
atención entusiasta; se hundieron suculentamente en sus manos, revelando jugos
y carne que tenían un sabor embriagador. Cuando al final ya no pudo comer más
echó a correr hacia las aguas claras y asombrosamente poco profundas del océano
y eliminó de su mente nueve meses de plus-luz. Se revolcó bajo el sol, rió y
gritó, saltó sobre su propia sombra e hizo las cosas más tontas que se pueden
imaginar y, a su debido tiempo, volvió a recuperar la calma, enfrentándose con
el problema que las fragancias y brisas de la isla no hacían nada por
solucionar.
Una
parte del problema consistía en que la nave no le necesitaba. Su brillante
serpiente terrestre, dirigida por la computadora, investigaba la superficie del
planeta en busca de vetas minerales adecuadas, mientras que la sección de
laboratorio de la compañera zumbaba, llena de una autosatisfactoria actividad.
Se fueron probando muestras, se fundieron minerales, se mezclaron reactivos y
se llevaron a cabo procesos de centrifugación; el tacleteo de la música
puntuaba la murmurante letanía de las ecuaciones, una señal a la que el piloto
ya se había resignado como indicación de que la computadora estaba
profundamente enfrascada en pensar. Se encogió de hombros, tratando de librarse
de la sensación de impotencia que amenazaba con hacerle regresar demasiado
pronto, y se puso a explorar la isla. Sería muy bueno para él poder entregarse
a un reparador sueño natural aunque sólo fuera por una vez, en lugar de tener
que aceptar las nauseabundas drogas adormecedoras de la computadora, que, al
margen de la forma y del color, y su amplitud parecía infinita, siempre le
producían pesadillas de una decadencia demoledora.
La
línea de la costa era una verdadera delicia y estaba compuesta por colores
claros en ondas y curvas repentinas. Un sol de oro silencioso colgaba en el
cielo, como si la tarde pudiera durar siempre, y el aire olía a perfume, una
clase de perfume que parecía traer inesperados recuerdos de realización propia.
Siguiendo ensoñadoramente el instinto de su nariz, Randy fue andando por entre
un bosquecillo de árboles que le hizo apartarse de la vista de la nave y se
detuvo de pronto en sus sombras, mientras desaparecían de su mente todas las
consideraciones sobre los castigos que se imponían a causa de la interferencia
cultural. En la llanura verde que había al otro lado, la realidad relucía, como
si las propias ondas de luz se estuvieran fundiendo con el calor. Después, su
visión se aclaró y allí apareció ante él, sentada en una especie de asiento
hecho de hojas aterciopeladas, una criatura de tan espectacular belleza, que se
encontró prometiéndose febrilmente a sí mismo no volver a perder jamás su
tiempo con las figuras 3-D de la revista Stagman.
Ella
parecía no haberle visto cuando dirigió unos ojos de mirada misteriosa hacia el
mar, con su cuerpo lánguido y relajado sobre el amplio asiento. No llevaba
nada, excepto una corta camisa azul de algún material complicadamente
elaborado, y la luz del sol acariciaba su piel para formar un tapiz de
brillantes curvas y exquisitas sombras. Actuando con suavidad, Randy se fue
acercando a ella por un lado y, extrañamente, ella se volvió para darle la
bienvenida, haciendo un movimiento a modo de prueba que él tomó como una
invitación. Se sentó, guardó silencio por un momento, a punto de entablar la
conversación, pero en lugar de hacerlo extendió la mano para acariciar el pelo
moreno que ondulaba como un largo velo, bajándole por la espalda. Las palabras
no eran necesarias porque los mensajes que se establecieron entre los dos, en
el aire electrizado, así como la propia mujer, no mostraban signos de desear
ninguna lección de lenguaje.
Ella
suspiró como el murmullo de las hojas a mediados de verano y se extendió ante
él, elevando suavemente la punta de su blusa para revelar zonas obscuras y
apetitosas. Despedía un aroma que olía a canela, a almizcle y a violetas puras,
sofocando así cualquier pensamiento racional. Randy se volcó como un borracho
sobre ella y en ella, y se vio rodeado por la carne que se retorcía
delicadamente contra su propia carne, mientras ella le acariciaba con unos
dedos suavemente empolvados, mientras él se hundía, boqueaba y se estremecía.
La tarde explotó entonces en fragmentos dorados.
Después,
Randy se deslizó hacia un lado y permaneció echado sobre la arena blanca,
convencido, como la compañera nunca había sido capaz de convencerle, de que
ahora tenía una excelente oportunidad para comprender su lugar en el universo.
Era como si, de repente, seres procedentes de alguna otra galaxia se hubieran
dado cuenta de su presencia; pero mientras ellos empezaban a moverse para
saludarle, él comenzó a temer el eco hueco de sus pensamientos, la música
disonante de su conocimiento, y volvió a regresar a un estado de desvelo. Una
neblina de verde retorcido y de sombras de color púrpura permaneció brevemente
sobre sus ojos, y unas voces de advertencia susurraron mensajes
instantáneamente olvidados. Pero la mujer seguía permaneciendo plácidamente
sentada en su asiento y, ante su vista, la confusión de Randy desapareció por
completo. El propósito y la anticipación le hicieron ponerse bruscamente en
pie.
Ante
su sorpresa, el gesto de bienvenida de ella no fue repetido. La mujer le
sonrió, con una expresión ausente, y después volvió su mirada hacia el océano.
Cuando intentó acariciarlo como antes, su carne pareció arrastrarse llena de
disgusto, y no hizo ningún movimiento para tenderse hacia atrás, mientras su
blusa permanecía recatadamente extendida hasta sus rodillas. Randy estaba ya
medio inclinado para forzar la situación, pero las directrices de la Federación
comenzaron a pulular de nuevo en el fondo de su mente y, finalmente, abandonó
el intento. Prometiendo regresar pronto con regalos sin precio, oferta a la que
ella no prestó la menor atención, Randy reanudó su exploración de la isla.
La
línea costera volvió a producir una inclinación, y la mujer no tardó en
desaparecer tras él. La abundante hierba se desgarraba al calor y el aire se
estremecía con un olor picante que hizo acelerar la velocidad de su sangre;
junto a él, el océano despedía millones de reflejos procedentes del cielo.
Protegiéndose los ojos con las manos, observó, sin dar crédito a lo que veía, a
una nueva mujer que estaba echada sobre su cama de terciopelo, ondulando su
cuerpo con indudable delicia ante su aproximación. Podría haber sido la hermana
de la magnífica criatura que acababa de dejar: el mismo pelo obscuro cayéndole
en ondulaciones perfectas sobre la espalda, el mismo caleidoscopio de delicadas
luces y sombras recogido por la luz del sol y extendido a lo largo de los suaves
y flexibles miembros, el mismo aroma dulce extendiéndose y atrayéndole sobre la
hierba. Hasta llevaba una blusa similar, aunque ésta era roja. Su textura era
muy complicada, con diminutos diseños que cambiaban y fluían a medida que él
trataba de seguirlos con la mirada; atractivos dibujos que le sugerían un
simbolismo elusivo cuya comprensión se le escapaba.
No
sintiéndose inclinado a poner en duda los regalos que el destino ponía tan
raramente en su camino, Randy se apresuró a acudir reverentemente hacia el
asombroso y hermoso fenómeno que le esperaba. Una vez más, podía desechar las
palabras, por ser totalmente innecesarias. Los ojos de la mujer, profundos
estanques violeta llenos de promesas, le recibieron agradablemente con una
inequívoca invitación, reforzados por el cuerpo complaciente y receptivo. Llegó
a perder el sentido de sí mismo, y se dejó llevar hacia un frenesí de
sensaciones que se mezclaron las unas con las otras, hasta que una estrella
nova pareció brillar ante él, y terminó por hundirse en un estado somnoliento
en el que cada movimiento y cada gesto de la mujer parecía formar una parte de
una comunicación obscura pero vital entre un extremo del universo y el otro. El
se quedó mirando fijamente sus ojos, fascinado, mientras un hálito de gloriosos
colores formaba una espiral sobre el lecho, y después tuvo que haberse quedado
dormido, pues hubo un momento en que las hierbas y las enredaderas que
alfombraban la isla parecieron explorarle con sus tentáculos, y en el que el
musgo creció inconteniblemente bajo su espalda. El sol parecía tener un dorado
más profundo y había descendido bastante en el cielo cuando Randy se remojó la
cabeza en el océano y regresó, ya refrescado, hacia donde se encontraba su
deliciosa compañera.
Cerca
de ella, sintió cómo se reavivaba su deseo con tanta fuerza como si nunca
hubiera quedado satisfecho, pero cuando trató de acercarse más la encontró tan
inflexible como un bloque de madera, mientras su mirada permanecía fría y fija
sobre el mar. Por mucho que lo intentó, fue incapaz de despertar su interés por
los saludables propósitos atléticos que albergaba en su mente. Ella le ignoró
tan completamente que él ni siquiera pudo estar seguro de que ella entendiera
lo que deseaba. Finalmente, Randy decidió que tendría que dejarla allí, con la
esperanza de que al día siguiente se encontraría en un estado de ánimo más
tratable. Besó la boca inmóvil y emprendió el camino de regreso hacia la nave.
Fue
chapoteando en las aguas bajas, a lo largo de la costa, mientras la arena se
deshacía bajo sus pies y la brisa se agitaba por entre la hierba y hacía mover
las ramas de los árboles. La mujer que llevaba puesta la blusa azul todavía
estaba tomando baños de sol en el mismo lugar en que él la dejara, y Randy se
detuvo al borde del agua, sin saber muy bien si debía saludarla con la mano y
marcharse a toda prisa, o debía detenerse un momento para hablar con ella de su
experiencia.
Su
perfume solucionó la cuestión. A medida que se fue aproximando, dejándose
dirigir de nuevo por su olfato, ella se movió y se extendió y su sonrisa
pareció penetrarle el cuerpo, sonando en su interior como una verdadera
orquesta. Ella le atrajo hacia sí con una urgencia irresistible y, una vez más,
él volvió a sentirse suspendido en el interior de ella, con un incomprensible
torrente de alegría y placer. Apartándole por completo la blusa, se abandonó
totalmente a una extraordinaria sinfonía de ritmos y caricias eróticas. Era
como si el propio planeta se hubiera abierto para tragarle, con la hierba y las
gigantescas hojas verdes cerrándose sobre su cabeza.
El
clímax pareció desparramarle por todo el paisaje, como fragmentos de una vaina
que acabara de estallar. Durante un largo tiempo, permaneció allí, incapaz de
moverse, con fantásticas visiones de seres extraños y con una música
extraordinaria bailándole a través de su mente. Los colores de la tarde que se
iba yendo se fueron reuniendo lentamente hasta formar una magnífica puesta de
sol, y cuando finalmente se puso de pie, ya estaba obscureciendo. La mujer
estaba echada en su lecho, encogida sobre sí misma, y él no pudo hacer nada por
despertarla. Renunciando de mala gana a llevarla a la nave, arriesgándose a
despertar las sospechas de la compañera sobre sus actividades ilegales,
extendió sobre ella la blusa y colocó algunas de las grandes hojas
aterciopeladas sobre su cuerpo, como una forma de protección contra la noche, y
reanudó su camino a través de la hierba.
La
computadora estaba bastante pesada por haber sido abandonada durante tanto
tiempo, pero, después de alguna discusión, consintió en apagar las luces. Randy
se quedó dormido casi inmediatamente en su litera y las cápsulas para dormir
terminaron por deslizársele del pecho, donde las había dejado, para caer al
suelo.
Cuando
se despertó a la mañana siguiente, la compañera permaneció en extraño silencio,
aunque las luces se encendían y apagaban aquí y allá, en su consola. Los
cuadrantes de información indicaban que la tarea de la recarga química ya
estaba completa, pero no aparecía ninguna indicación respecto a que ya se
habían hecho los cálculos necesarios para reanudar el viaje. Preguntándose si
debía echar un vistazo a la caja de fusibles, Randy se dio cuenta de repente de
que la puerta de la nave estaba completamente abierta, poniendo al descubierto
el mar, la arena y la luz del sol. El aire picante de la isla le atrajo y él
respondió con placer.
Allá
fuera todo aparecía poblado. Los lechos verdes estaban extendidos alrededor, al
sol, cerca de la nave, pero también desperdigados por la hierba en todas
direcciones, cubriendo la isla, por lo que podía apreciar Randy. Y sobre ellos
permanecían reclinadas mujeres de todas las descripciones, tamaños y colores.
Todas ellas llevaban blusas del diseño que ya le era familiar, con colores que
comprendían todos los del arco iris, aunque, sin duda alguna, el azul y el rojo
eran los favoritos. Por lo demás, las mujeres se parecían en el hecho de que
todas ellas eran cegadoramente hermosas y en que sus profundos ojos claros
estaban fijos en Randy, como si sus vidas hubieran sido especialmente
construidas para este momento de éxtasis. Cuando él apareció, una oleada de
placer se extendió sobre la audiencia, y él creyó haber escuchado a la propia
isla suspirar en el estremecido silencio de la mañana. Sus fans le estaban
esperando y había mucho que hacer allí. Su perfume le atrajo hacia adelante.
Randy
estuvo extremadamente ocupado durante varias horas. Brazos, cuerpos y piernas
le agarraron como en una trampa de espesa y voluptuosa carne, y el apetito y el
placer se persiguieron el uno al otro con frenética urgencia. El se fue
abriendo paso a través de la increíble plantación de piel bañada por el sol,
encontrándose con las blusas ya levantadas y con voluptuosas bienvenidas, hasta
que su respuesta se hizo demasiado dolorosa como para que valiera la pena
seguir haciendo el esfuerzo, mientras que las pausas entre los encuentros se
vieron ensombrecidas por incómodos sueños en los que todo su ser se fragmentaba
y parecía desmenuzarse hasta convertirse en arena, con una inescrutable
finalidad. Se felicitó confusamente a sí mismo por su realización, y al final
hasta llegó a confiar en la idea de que podría pasarse el resto de sus días sin
necesidad de dirigir sus ojos hacia otra forma femenina.
Librándose
de las ansiosas filas de sus admiradoras, se bañó y flotó en el cálido océano
hasta que una modesta confianza regresó a sus piernas, permitiéndole pensar que
éstas podrían sostenerle de nuevo. Afortunadamente, las chicas no hicieron
ningún intento por seguirle, sino que permanecieron adorándole desde la orilla,
ondulándose tristemente en sus lechos de hojas. Randy comió alguna fruta y
estuvo andando por el borde del agua, manteniéndose fuera de su alcance,
conservando siempre una sonrisa amable y observando a las mujeres con mirada
desapasionada, mientras se dedicaba a pensar.
De
repente, descubrió entre las que tomaban baños de sol a la chica de la blusa
azul que él había dejado envuelta en hojas la noche anterior. Evidentemente, la
noche pasada no debió haber sido muy beneficiosa para ella. Permanecía alejada
de las demás, inmóvil sobre el lecho petrificado y desgastado, y su blusa le
caía sobre las piernas como si se tratara de un sudario corrompido. La piel
relumbrante que había brillado ante él el día anterior, aparecía ahora pálida y
apagada, aflojándose en algunos lugares para crear huecos de demacración; su
mata de pelo moreno se había coagulado, formando una masa fláccida y repelente.
Horrorizado ante la aparente consecuencia de sus atenciones, Randy se dirigió
hacia ella; la compañera le había asegurado que, bajo circunstancias normales,
no podía haber ninguna incompatibilidad entre las bacterias locales y la propia
colección de Randy de virus extragalácticos; pero las circunstancias se habían
dispersado, yendo mucho más allá de lo normal. Si aquella mujer tenía
problemas, lo más probable era que Randy también los tuviera.
En un
primer movimiento automático de diagnóstico, Randy le cogió la mano. Esta se
partió inmediatamente, separándose de la aflojada masa de su cuerpo y
permaneciendo fláccidamente en su propia mano, en forma de una materia verdosa
que goteaba por la muñeca separada. Los dedos se rompieron y rezumaron en la
palma de su mano, y el dedo gordo cayó al suelo, produciendo un suave chapoteo.
Apartando con una convulsión revulsiva el tejido corrompido, volvió el rostro
de la mujer hacia él. Se deshizo ante el contacto de su mano y sus dedos se
hundieron en la gelatina negra donde habían estado sus ojos.
Randy
echó a correr a toda prisa, saltando inconteniblemente a través de un paisaje
lleno de encantadoras sonrisas. La isla parecía agitarse bajo sus pies y el sol
pegaba como un martillo sobre su cráneo. Cuando llegó a la nave, iba
arrastrándose y tuvo la impresión de que estaba haciendo mucho ruido. Cayó a través
del umbral de la puerta y bajó el cierre de la escotilla.
La
computadora recibió la confesión de Randy con el máximo desprecio. Si al menos
se hubiera molestado en estudiar toda la información disponible antes de salir
de la nave como un nudista yugoslavo (el indudable ardor apócrifo de esta raza
legendaria formaba la base de una de las sagas más memorables del espacio),
podría haber evitado, según la computadora, el convertirse a sí mismo en un
tonto espectacular. Debía de haber sabido, añadió la compañera, que nada era
desconocido o imprevisible para las computadoras CMP DIRAC-deriv. Mk IV Astg.
multimedia, y que explosiones como la protagonizada por Randy no sólo no
contaban con ninguna esperanza de permanecer en secreto, sino que eran incluso
tan predecibles que hasta se podían calcular con toda exactitud, de acuerdo con
una, ahora probada, constante en la que x era igual a quince raíces cuadradas
de plus-luz, divididas simultáneamente por cero coma siete. Durante las horas
en las que Randy había dejado de cumplir con sus obligaciones, confirmó la
compañera, había tenido la oportunidad de preparar una tesis sobre este mismo
tema, demostrando una amplitud de visión tan extraordinaria que la compañera
estaba perfectamente convencida de que se le concederían los más elevados
honores intergalácticos cuando terminara el viaje. Con una tosecilla modesta,
la compañera desembuchó un volumen de seiscientas páginas de impresiones
computarizadas, elegantemente encuadernadas en piel, con bordes dorados. La
compañera sugirió que a Randy le podría interesar echar un vistazo a esta obra
que marcaría una época, mientras preparaba su propio informe para la
Federación, aunque, de todos modos, no sería probable que trataran su caso con
mucha simpatía si lo presentaba de acuerdo con su estilo normalmente
inarticulado.
Introduciendo
débilmente el libro en el reciclador, Randy apretó el botón Bowman (el control
de emergencia, conocido únicamente por el piloto en las naves plus-luz), y dejó
que la computadora cantara canciones de cuna durante media hora, mientras él
consumía un tubo entero de pasta nerviosa suavizante. Relajándose en la litera
de control, volvió después a reajustar los bancos de información de la
computadora y evocó todos los hechos y referencias disponibles sobre el planeta
en el que se encontraban. La compañera había dejado de informarle, desde luego,
de que el lugar ya había sido visitado con anterioridad, de modo que, en lugar
de la lista, normalmente corta, de investigación aérea y de la información correspondiente,
se disponía de voluminosos informes técnicos y ecológicos, la mayor parte de
los cuales resultaban incomprensibles para el que no estaba especializado en el
tema. Todos los datos fueron pasando por la pantalla informativa, y Randy
frunció el ceño al observarlos, sin encontrar en ellos nada que le pudiera
ayudar. Las deducciones biológicas que se habían establecido no parecían estar
relacionadas en modo alguno con sus propias experiencias, y sólo uno de los
grupos de los equipos de exploración había estado cerca, en alguna parte de las
islas del hemisferio norte, pero sus propósitos y conclusiones estaban
relacionadas simplemente con la botánica.
Después
de presentar todos los textos principales, la computadora comenzó a presentar
las notas a pie de página y las addenda. Haciendo que toda esta información
pasara a una velocidad doble a la usual, Randy estaba a punto de abandonar toda
esperanza cuando una pequeña imagen surgió repentinamente, como un débil acorde
que volvió a desaparecer inmediatamente. Hizo retroceder la información, y
después se la quedó mirando durante un largo rato. La ilustración,
brillantemente iluminada, mostraba un corte transversal de una flor, y el
artículo que la acompañaba, situado bajo un serio título latino, era un informe
escrito por uno de los botánicos.
De
las tres especies de Bacchantius que crecen en el planeta Rosy Lee, la
más inusitada es quizá la Gigantiflora. La planta es herbácea y perenne,
subsistiendo por medio de gruesos tubos almidonados. Florece anualmente en las
condiciones adecuadas y es un miembro de la familia Phorusorchidacae, la
familia local de las orquídeas. (Véase referencia Axaia, página 74.418 para la
descripción de la evolución paralela de plantas floráceas de los mundos del
tipo E. Véase referencia Modoinisk, página 731.111 para parámetros detallados
de las condiciones del tipo E.) Normalmente, la Gigantiflora sólo
florece después de haber recibido los productos de desecho transportados por el
aire de las especies humanoides Gaggus gaggus, que habitan en el planeta
Rosy Lee. Los brotes tardan unos cinco meses en madurar, pero no requieren
ningún estímulo externo para iniciar la formación. Cuando se han desarrollado
por completo, permanecen adormilados bajo una gruesa capa de hojas verdes aterciopeladas,
una vez que la presencia de un humanoide ha despertado la respuesta tendente a
la floración, los brotes se elevan de la noche a la mañana por encima de las
hojas y se abren justo antes del amanecer. Las flores son enormes y poseen una
configuración sorprendente. Los especímenes examinados alcanzaban alturas que
oscilaban entre los 1,3716 y los 1,8315 metros.
La
fecundación se lleva a cabo por medio de la pseudocopulación, como sucede con
muchas especies de plantas, pero es excepcional en este caso en el que el
agente fecundador es un macho Gaggus. Las flores son réplicas exactas de
las mujeres nativas, y toda su estructura, compuesta por sépalos y pétalos
unidos, es completa casi en cada uno de los detalles externos. Una de las pocas
diferencias visibles es la fibra, similar a un hilo, aunque robusta, que emerge
de la parte más pequeña de la zona posterior de la planta.
El
pétalo, análogo al labio en otras orchidacae, es primariamente de un
brillante color rojo o azul, aunque a menudo se pueden encontrar otros matices
basados en estos colores. Ofreciendo el aspecto de una especie de blusa corta,
está unido al perigonio únicamente por una junta diminuta situada en la nuca y
puede ser apartada por completo sin producir ningún daño aparente, aunque se marchita
con rapidez.
Las
flores tienen un aroma muy intenso, y aunque la estructura química de éste aún
tiene que ser determinada, se sabe que posee pronunciadas propiedades
alucinatorias y afrodisíacas, por lo que se piensa que esto actuó originalmente
para impedir que el Gaggus descubriera la verdadera naturaleza de la
mujer con la que, aparentemente, se encontraba. Bajo la influencia del aroma,
por ejemplo, el macho nota que los ojos de la planta parecen vivos y móviles,
cuando, en realidad, son la parte menos lograda de toda la imitación.
Capaz
de producir una serie bastante sofisticada de movimientos mecánicos, así como
de reacciones, la Gigantiflora, al ser perturbada por un estímulo
apropiado, emprenderá movimientos que se parecerán a los efectuados por una
coqueta primitiva. El macho nativo Gaggus es a menudo completamente
adicto a los placeres ofrecidos por estas flores, hasta el punto de llegar a
repudiar a su propia esposa. El Gaggus hembra, por su parte, destruye
estas plantas cada vez que las encuentra. Parece ser sostenible la teoría de
que la población de Rosy Lee se ha mantenido a un bajo nivel debido al
desperdicio de esfuerzo masculino en el cultivo de la Gigantiflora.
El
polen se desarrolla ante el gineceo y forma un espeso polvo en la zona «púbica»
de la planta. Durante la seudocopulación, este polen se adhiere al macho, y la
próxima vez que éste se entretiene con una Gigantiflora es transferido a
la zona que rodea el «ombligo» de la nueva flor, que es, en realidad, el
estigma, completando así la fecundación o polinización. Inmediatamente después
de este proceso, la flor es capaz de evitar nuevos intentos por parte del mismo
macho, adoptando una postura rígida, de modo que se evite así la
autopolinización.
Las
semillas de la planta son como polvo y vuelan muchos kilómetros, atravesando
incluso los océanos. En algunas de las numerosas islas no habitadas del
planeta, se pueden encontrar colonias enteras de plantas; como el Gaggus no
muestra tendencia a viajar, faltándole cualquier gran incentivo o energía para
hacerlo así, se supone que estas colonias nunca alcanzan la fase de
florecimiento. Cuando los miembros de la presente expedición aterrizaron en una
de tales islas, las flores aparecieron al segundo día, en tan gran cantidad que
se aproximaban a proporciones de infección, proporcionando el mismo efecto que
un burdel abarrotado. Como quiera que el equipo estaba compuesto únicamente por
mujeres, no fue posible juzgar el efecto sobre un hombre, pero la vista, el
olor y los vapores alucinatorios fueron de tanta fuerza como para convencernos
de que los efectos serían insuperables, incluso para un hombre civilizado.
Tengo
que confesar (añadía el informe, adoptando de repente un tono personal) que,
como botánico, las flores me parecieron fascinantes, aunque como mujeres las
encontré profundamente perturbadoras, produciéndome casi una sensación de
disgusto. Incluso cuando estaba cortando fragmentos del pétalo del «rostro», lo
que representa un ejercicio bastante inquieto, la parte inferior de la planta
llevó a cabo varios intentos de seducirme, a pesar de que, como bien sabíamos,
únicamente los hombres pueden poner en marcha el mecanismo de la polinización.
El hecho de que, en las regiones deshabitadas, las flores puedan reaccionar a
las mujeres igual que a los hombres, nos llevaría a la interesante especulación
sobre medios alternativos de polinización. Y aunque cada uno de los miembros de
nuestro equipo demostraba un gran disgusto por estas flores, no cabe la menor
duda de que algunas plantas colocaron sus semillas durante nuestra estancia en
la isla, a pesar de la imposibilidad de la autopolinización.
Sin
duda alguna, en reste campo se puede llevar a cabo una investigación posterior,
pero aunque esto sería bastante divertido para los especialistas, no se puede
anticipar ningún valor particular de esta clase de tarea. En botánica estamos
familiarizados con los principios básicos de la pseudocopulación, estudiada con
detalle en la Tierra durante el pasado siglo. (Referencia: Flores salvajes
del mundo, por Everard & Morley, reimpresión bajo la etiqueta de Tesoros
de la antigüedad: «La forma del labio, similar a un insecto, y la fragancia
de la flor en la Ophrys atrae a los machos de ciertos insectos y les
estimula para llevar a cabo intentos malogrados de copulación. Durante esta
pseudocopulación, el insecto recoge diminutos granos de polen o bien transfiere
el polen a los estigmas. Algunas orquídeas tropicales han demostrado igualmente
poseer unos aromas particulares que excitan sexualmente a los insectos».) En
consecuencia con todo lo anterior se recomienda un índice de Prioridad de
Investigación a un nivel situado en un simple grado Z.
Seguían
algunos aspectos técnicos sobre la morfología y la citología de la planta, pero
Randy ya había leído suficiente. Su corazón le dolía de latir con tanta fuerza,
mientras un torrente de ideas y esquemas cruzaban su mente con rapidez, y se
dio cuenta de que el hipnocondicionamiento por el que había pasado a través del
sector X113 iba a tener al fin la posibilidad de rendir frutos, gracias a su
excepcional agotamiento. En rápidos fogonazos de inspiración, se dio cuenta de
que estaba destinado a convertirse en el mayor jardinero jamás conocido. Cogió
un destornillador y comenzó a trabajar.
El
resto, desde luego, es historia. Randy esperó en Rosy Lee el tiempo suficiente
para recoger diez vainas de semillas a las que él se refirió posteriormente en
su autobiografía como su descendencia, y al cabo de unos pocos meses apareció
en el planeta «seco» Bergia (donde la prostitución es ilegal), como el
propietario de «Los jardines del placer de Rosy Lee». El escándalo llegó a
producir un juicio que obligó a presentar un espécimen magnífico de Bacchantius
Gigantiflora ante el encantado juez, y todas las acusaciones fueron
rechazadas. Las noticias se extendieron por toda la galaxia y con ello Randy
logró hacer una verdadera fortuna. Fue capaz de lograr la compra, sin
precedentes, de una nave plus-luz, de la que él fue propietario. El trato lo
hizo con la misma Federación, y la nave estaba dotada de su correspondiente
compañera.
Siendo
el viaje plus-luz tan complicado como es, había muy pocas personas capaces de
seguirle las huellas hasta el planeta en el que Randy recogía sus suministros,
pero quienes lograron llegar a las islas de Rosy Lee dijeron que sólo
encontraron allí zonas desérticas, cubiertas de baja maleza y acantilados
pelados. El lugar, según dijeron, tenía una atmósfera de terror, y se sintieron
contentos de marcharse de allí; la población Gaggus, sin embargo,
pareció no sentirse perturbada en lo más mínimo, a pesar de la extraña
preferencia por parte de los machos por una especie de coliflor que emitía un
hedor insoportable, similar a pulpa corrompida.
Parece
ser que Randy y su destornillador, llevados hasta las máximas alturas de la
creatividad por el hipnocondicionamiento que atravesaba su cerebro, logró que
la compañera de la nave alcanzara nuevos niveles de realizaciones químicas.
Cuando la computadora terminó con Rosy Lee, la brisa afrodisíaca que se
extendía por el planeta había adquirido un matiz que pasó desapercibido para
los Gaggus, pero que llenaba los sentidos humanos de la más fuerte
revulsión. De este modo, Randy y su camada conservan un cómodo monopolio. La
compañera también demostró ser una maestra sin rival posible; las chicas de los
«Jardines del placer», que se han convertido ahora en una atracción universal,
son renovadas tanto en cuanto a su conversación seductora como en cuanto a sus
habilidades físicas. Naturalmente, todas ellas son expertas en música adormecedora.
Y las deformaciones híbridas desarrolladas con la ayuda de la computadora se
hacen más deliciosas de año en año, especialmente cuando se trata de aquellos
especímenes de elevado valor que tienen reputación de parecerse a famosas
bellezas del pasado. El convulsionador Cleopatra, el frenesí a lo Bardot, y el
paralizador Lazo de Amor, han pasado a la leyenda.
Esta
es, chicas, la historia del famoso horticultor Randy Richmond, conocido en toda
la galaxia como «mister Dedos Verdes» (aunque, según tengo entendido, los
pilotos plus-luz tienen una versión ligeramente diferente). ¡Vigor para su
abono y que su spray nunca se acabe! Y ahora, adentro. Otro grupo de visitantes
acaba de detenerse ante nuestra casa verde.