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Autor desconocido - El águila y el canario


UNA mañana de día de trabajo, me encontraba en una espaciosa iglesia o capilla en la cual pasé una hora muy agradable, mezclado entre una multitud de gentes bien vestidas, escuchando la elocuencia que desde el púlpi­to derramaba sobre nosotros un gran hombre. Predicaba sobre el genio. El tema no era sugerido por el texto ni tenía relación muy íntima con las otras partes de su sermón: era sencillamente una divagación, muy deliciosa, a mi juicio. Empezó refiriéndose a las limitaciones a que todos nos vemos más o menos sometidos, a las aspiraciones  condenadas a no ser materializadas jamás y que se ven burladas por la brevedad de la vida. Y fué al llegar a ese punto que -pensando probablemente en su propio caso- desvió su peroración para hablar sobre el genio y se dedicó a revelar que el hombre que posee esa cua­lidad divina descubre que la existencia es una cosa mucho más triste para él que para un hombre común, porque sus aspiraciones son mucho más elevadas que las del otro y, en consecuencia, también tiene que ser mayor en su caso, en idéntica proporción, la diferencia entre su ideal y la realidad. Aquello era evidente, casi una perogru­llada, pero la ilustración por medio de la cual lo hizo comprender a sus oyentes nació indiscutiblemente de su imaginación poética. Comparó a la vida de la persona común con la del canario en su jaula. Y al hacerlo, de­jando a un lado su tono didáctico y, si se me permite que utilice la frase, bajando su voz hasta entonces profunda y sonora a un suave y alado trino, en imitación del aflau­tado de un pájaro, con vívida elocuencia y rápida palabra, nos describió al amarillo pájaro doméstico en su dorada prisión. ¡Oh –exclamó- qué brillante y activa es su vida, con tantas cosas como ocupan su tiempo!; ¡qué ágil­mente salta de palo en palo, de éstos al piso de la jaula y nuevamente a aquellos! ¡Con qué frecuencia se deja caer hasta el comedero, para saborear el grano, o se re­bulle, espulgándose, en la pequeña bañadera! ¡Con que' curiosidad vuelve sus ojillos a un lado y a otro, atento a todos los ruidos y objetos o seres que le rodean! Tiene que cantar, saltar, comer, desperezarse, bañarse y volver a can­tar, todo en un minuto, y su tiempo está tan lleno de ocu­paciones que casi llega a olvidar los reducidos límites del encierro que lo aprisiona, los alambres que le separan del gran mundo de árboles poblados de seres alados, de los inmensos campos azules del espacio y de la vida libre y gozosa para la cual todos sus instintos y facultades le capacitan, pero que ¡ay!, nunca será suya".
Todo aquello era muy bonito y sonaba muy bien, tan bien corno si fuese verdad. Los rostros de todos oyentes estaban iluminados por amplias sonrisas.
Pero, de pronto, cesaron los rápidos gestos del orador y enmudeció su voz. Su rostro de toscas facciones, pero ma­jestuoso, se ensombreció. Se irguió en el púlpito, su cuerpo osciló levemente de un lado a otro y alzó los brazos, como alza a veces sus plumadas alas un gran pájaro, y los dejó caer dos o tres veces. Y añadió, con su tono grave de antes que parecía sugerir ira y desesperación:
-Pero... ¿habéis visto alguna vez al águila en su jaula?
El efecto del contraste fué enorme. El orador volvió a sacudirse, alzó y bajó los brazos nuevamente y hasta me pareció que adoptaba la inclinación del cuerpo típica de las águilas. ¡Y allí, ante nosotros, se alzó el gran pá­jaro de Job, corno solemos verlo en los jardines zoológicos: atravesándonos con sus fijos ojos, encrespando su obscuro plumaje, alzando sus pesadas alas como si des-preciase la tierra, para bajarías nuevamente y emitir uno de esos tristes . y prolonga dos chillidos que. parecen pro­testar tan elocuentemente de un destino bárbaro e inicuo. Y a continuación, el orador empezó a relatarnos la vida del gran pájaro majestuoso, en su cautiverio sin espe­ranzas. Su voz de bajo profundo y su severo rostro enér­gico parecían añadir una formidable fuerza a las palabras con que iba tejiendo su relato y nos proporcionó un cua­dro magnífico, que jamás podremos olvidar, por lo menos aquellos que, como yo, amamos a los pájaros.
Sin duda esta parte de su sermón resultó sumamente agradable a la mayoría de quienes lo escuchaban; a aque­llos que, mirando profundamente hacia los más escon­didos rincones de sus almas, podrían ver allí un fulgor, o posiblemente algo más que un fulgor, de aquella divina cualidad a la que él se había referido y que, por des-gracia para ellos, no era reconocida por el mundo en ge­neral. Fué así que el orador se dirigía, por el momento, a una congregación de águilas cautivas, todas ellas en airada protesta mental contra la injusticia de su suerte. 
La ilustración me agradó por una - razón distinta:
porque, siendo yo un apasionado observador y estudioso de las vidas de los pájaros, su comparación, hecha con tal contraste, de las dos especies tan distintas entre sí, al ser privadas de la libertad, se me antoló singularmente cxacta y, por cierto, expuesta en forma inimitable. Porque es in­discutiblemente una verdad que la desgracia que infli­gimos al utilizar tiránicamente el poder que poseemos so­bre las demás criaturas de Dios es más grande en pro-porción a la violencia de los cambios de condición a que sometemos a nuestros prisioneros, y si bien el canario y el águila son más o menos aéreos en su modo de vida y po­seen ilimitada energía, el divorcio con la naturaleza es in­conmensurablemente mayor en un caso que en el otro. El pájaro pequeño, en relación a su vida libre natural, está menos confinado en su jaula que el grande. Su pequeñez y sus nerviosas costumbres le capacitan para una continua -actividad y su vida fugaz y activa dentro de la jaula tiene parecido, salvo en lo que se refiere al importante hecho de volar, con su vida en el estado silvestre. Además, su carácter vivaz, curioso y extremadamente impresiona­ble es, en muchos sentidos, una decidida ventaja para Él en su cautiverio; todo sonido o visión y todo movimiento, por ligero que sea, en cualquier objeto o cuerpo que se encuentre cerca de él, le proporciona, por así decirlo, algo en qué pensar. Tiene, además, la ventaja de un va­riado y musical lenguaje y se sabe que la facultad de ejer­citar frecuentemente el canto, en los pájaros que poseen órganos vocales muy desarrollados, obra indudablemente sobre todo el sistema y contribuye no poco a que el pri­sionero se conserve sano y alegre.
Por el contrario, el águila, debido a su estructura y gran tamaño, es en verdad una prisionera y debe verse forzada a languidecer cuando 110 ejercita todas sus es­pléndidas facultades y todos sus impulsos. Podrá cebár­sela con carne hasta que su estómago grite: "¡Basta!", pero, ¿y los otros órganos alimentados por el estómago y sus facultades correlacionadas? Cada hueso, músculo y fibra, cada pluma y cada poro de la piel son un instinto, dotado de una energía que no es posible satisfacer y que podría llamarse un hambre eterna. Encadénesela por las patas o colóquesela en una jaula de veinte metros de circunferencia: su infelicidad será exactamente la misma. Los ilimitables campos de aire sutil y frío, donde ella solía dejarse llevar por los vientos o luchar contra ellos, para elevarse, en una magnífica explosión de gozo, a las nubes, son los únicos que pueden proporcionarle espacio libre para la exhibición de sus poderes y el alcance de sus ener­gías. Y no se trata solamente de esa facultad de volar, sino también de su visión conformada para abarcar am­plísimos horizontes y percibir objetos a distancias que parecen casi misteriosas al hombre con su corta vista.
Es indudable que el águila, como el hombre, posee cierta capacidad de adaptación, pues de lo contrario pe­recería en su cautiverio forzoso, en su obligada inactivi­dad, comiendo sin hambre y asimilando sin placer la carne -fría y áspera que el hombre le da. Un hombre puede vivir, y hasta ser relativamente animoso, aunque sus miembros
hayan quedado paralizados y haya perdido el sentido -del oído. Ese, a mi juicio, sería un caso equivalente al del águila privada de su libertad y del poder de ejercitar su vuelo, su- visión y sus instintos voraces
Mientras voy desarrollando estos pensamientos, te­niendo sobre la mesa una jaula con cuatro canarios, no puedo huir al deseo de felicitar a estos pequeños prisio­neros por su suerte mediana mente feliz, que les ha hecho nacer canarios y- no águilas. Y sin embargo, aun cuando no soy yo el responsable- del encierro que padecen y tam­poco su dueño, pues ocupo la habitación de esta casa solamente como huésped, me acometen sentimientos harto dolorosos respecto a la condición en que viven, senti­mientos que son una mezcla de algo así como vergüenza o culpabilidad, algo así como si se hubiese cometido una injusticia y yo la consintiese sin protestar. No he sido yo, pero hemos sido los hombres. Y recuerdo las sentidas líneas de Matthew Arnold, a su canario muerto, que transcribio:
Sin embargo, pobre pájaro, tu diminuto cadáver me mueve, en cierto modo, a remordimiento; algo obsesiona mi conciencia y me trae tristes y compungidas culpas.
Otros favoritos, vivieron aquí con nosotros, muy cerca de nosotros; bien sabíamos cuándo estaban alegres y cuándo estaban tristes;
la simpatía era sentida y clara, tanto en sus tristezas como en sus dolores.

Otros pájaros, compañeros más desconocidos, viven a nuestro lado, pero solitarios, sin hallar, a pesar de sus esfuerzos, la senda que une sus almas a la del hombre. Les damos nuestra bondad, y elogiamos) loamos su plumaje, saludamos sus crías, pero bajo su pecho plumado
bulle una historia inexpresada, laten deseos y hondos sentimientos que son incomunicables. ¡No adivinamos lo que desean!


Esto, como poesía, es muy bueno, pero no se adapta con precisión a mi caso. Mis "compungidas culpas" son claramente distintas, por su origen y carácter, a las del  poeta. El  -Matthew Arnold- es un poeta y autor de ver­sos muy hermosos, que he apreciado siempre debidamente y elogiado sin reservas. Pero no era naturalista, porque todos los hombres no pueden serlo todo. Y yo, natura-lista, sostengo que los deseos que bullen en esos pequeños e inquietos pechos plumados no son tan incomunicables como sostiene el bardo que tanto se lamenta de la muerte de su pobre canario. Los días -y hasta los años~ que he pasado junto a mis alados amiguitos, observándolos, estu­diándolos, no han sido, de ello estoy seguro, años tan perdidos que no me sea posible empequeñecer mi alma, igual que el orador empequeñeció su voz, para ponerla a su alcance y establecer alguna suerte de senda que las una.
Y así, considerando que un poco más de conocimien­tos sobre los pájaros que los que posee la generalidad de
las gentes, un sentimiento de consideración hacia ellos     -pues no deseo ser riguroso al extremo de hablar de jus­ticia- y el tiempo y la atención dedicado a sus necesida­des, podrían eliminar ese reproche y silenciar esas vagas sugerencias de una conciencia demasiado rígida, me he, tomado el trabajo de agregar algo a la semilla con que se alimenta a esos pequeños prisioneros. Al niño que llora porque quiere la luna, le damos caramelos  obsequio que a menudo obra el milagro de conformarlo- y asunto terminado. Cualquiera de nosotros, aunque fuese un sincero filósofo, consideraría excesivo que se le limitase a comer exclusivamente pan duro, pero ese castigo no sería nada comparado con el que nosotros, en nuestra ignorancia o falta de consideración, infligimos a nuestros animalitos enjaulados, nuestros esclavos por imposición. Y eso no seria~ nada, porque una de las condiciones esenciales de la existencia del pájaro silvestre, sin la cual no podrá vivir jamás dueño de una perfecta felicidad, es la casi infinita variedad de sabores arrancados a todo el reino vegetal:
un centenar de ellos por cada uno de los que componen el régimen alimenticio que satisface a nuestra naturaleza de mamíferos más pesados. Y por lo tanto, para remediar este defecto, salí al jardín y al regresar decoré la jaula con hierbas y olorosos pimpollos y hojas de una docena de diferentes árboles y plantas, hasta que parecía más una glorieta que una jaula. Desde hace más de una hora los pequeños cautivos han estado ocupadísimos con su varia­do menú de verdura, probando cada uno de ellos por lo menos media docena de hojas distintas por minuto, sal­tando de aquí para allá y cambiando de lugar con sus compañeros de cárcel, observándolo todo con sus ojillos vivarachos, sin dejar de emitir pequeñas notas de alegría con su lengua parlera de canarios. Y esa lengua no es in­traducible por completo. Escucho a uno de ellos, un lindo pájaro, de un puro e intenso amarillo plumaje, pero algo tirano con sus compañeros, y le oigo decir o me parece que dice: "Esto es muy rico  . Me gusta, pero esa hoja vieja está muy dura. Serían mejor los brotes... Estas, en cambio, no son tan sabrosas. Las he probado por cortesía a la naturaleza, aun que apenas son comestibles..."
"No: no se trata de una expresión mía, sino de Tho­reau, probablemente el único ser humano a quien los pá­jaros podemos citar con aprobación. Esto es decididamen­te muy amargo y, sin embargo, sí, efectivamente, deja un gusto grato en el paladar. Hazme sitio ahí -o te obli­garé a ello- y déjame que pruebe nuevamente. Sí, sí: me parece recordar haber comido algo muy parecido a esto en una encarnación anterior, hace años y más anos...
Y así sucesivamente, hasta que empiezo a imaginarme que todo ha sido solucionado a satisfacción y que aquella sensación de malestar no volverá a entristecerme más.
 Pero al paso que van devorando su banquete de verdura, en una hora más no quedará ni el más leve asomo de una hoja en la jaula. ¿Y entonces? Pues entonces tendrán, a su alrededor, los alambres pelados de su celda para prote­gerles contra el gato, y alpiste en el comedero para aplacar su hambre.
Y después de todo, ¡cuán poco es lo que he podido hacer! Pero me consuela el pensamiento de que, si fuesen míos, habría hecho mucho, muchísimo más. Nunca tengo pájaros enjaulados, pero si alguien me los regalase y no me fuera posible rechazarlos, haría mucho más por ellos.
-Mis conocimientos de sus costumbres y necesidades me ayudarían a hacer que su existencia enjaulada no fuese tan distinta como lo es ahora a la anterior vida de liber-tad. Para iniciar el proceso de mejoramiento les colocare en una jaula bastante mayor, que tuviese espacio suficien­te como para que pudiesen volar de un lado a otro, un metro o dos en cada sentido, e hicieran descansar así a esas pequeñas~ patitas de su continua postura en los palos. Eso les permitiría ejercitar sus músculos más importantes y su experiencia de vuelo una vez más, aunque en grado muy limitado. Sin embargo, sería suya nuevamente esa delicio­sa sensación de deslizarse a voluntad por el espacio. Los barrotes de su jaula serían alambres de cobre o de cual­quier otro metal brillante, y la parte de madera, así como los palos para posarse, barnizados de verde o de ese color con manchas castañas y grises. Del techo penderían pe­queños canelones de vidrio, que al moverse lanzarían diminutos relámpagos de luz violeta, roja y amarilla, para alegrar a esos seres tan amantes de los colores relucientes. Añadiría alegres flores y bayas, azafrán, diente de león, campanillas, y hojas de todos los tonos: todo el tesoro que encierran el. bosque, el cerco, el huerto y el jardín. Entonces llegaría la parte más pesada de mi tarea: la de satisfacer su continuo deseo de nuevos sabores en los ali­mentos, su deleite ante la infinita variedad. Me iría a las mejores semillerías de Londres y compraría paquetitos de todas las semillas cultivables de la tierra. Pero no se las serviría en comederos, como si fuesen animales domésti­cos, sino mezcladas y desparramadas en pequeñas canti­dades, para que las buscasen y experimentaran el enorme placer de encontrarlas en la arena, las piedrecitas y la hierba que formarían el suelo de la jaula. Arriba, los alam­bres de su encierro estarían llenos de una interminable variedad de hierbas de siembra y brotes de toda clase de plantas, buenas, malas e indiferentes. Porque si el pájaro vive de unos veinte alimentos distintos por día, prueba no menos de cien y le gusta tener otros muchos centenares en su inmensa mesa, para probarlos.
La alimentación de los pájaros y la limpieza y adorno de su jaula ocuparían la mayor parte de mí tiempo, si no todo. Pero, ¿sería eso demasiado dar, si me proporcionaba la tranquilidad de conciencia? Porque debe observarse que todo esto lo he hecho ya, mentalmente o en el papel, por mi propia satisfacción más que por la de los mismos canarios. Los pájaros no valen mucho... para nosotros. ¿No se venden acaso cinco gorriones por un par de mone­das de cobre? Hasta he disparado mi escopeta contra mu­chos pájaros, y los he matado, sin sentir mucho remor­dimiento. Es cierto que esas victimas mías perecieron an­tes de tiempo, pero no llevaron una existencia triste de esclavos y al morir todo sufrimiento terminó para ellos. Mas no podemos despreocupamos, con idéntica facilidad, del cargo de conciencia cuando tenemos pájaros enjaulados. Y hasta empiezo a sospechar que esas reformas imaginarias que he detallado, de llevarlas a efecto, no llegarían a conformarme de todo. Las "compungidas culpas" con­tinuarían.
Me asomo a mi ventana y veo a un gorrión que trina fuertemente, posado en la rama de un árbol cercano. Y mientras escucho, tratando de hallar consuelo al pensar en los muchos peligros que le acechan por todas partes, su despreocupada música típica de los de su especie se convierte en articulado discurso, en el cual se mezclan de cuando en cuando pequeñas risas burlonas. Sabe, este fa­buloso gorrión, lo que yo he estado pensando y lo que escribí. "¿Te gustaría -le oigo decir- OH, sabio hombre que tanto sabes sobre las costumbres de los pájaros, estar encerrado en una gran jaula -en el Castillo de Windsor, pongamos por ejemplo-, con docenas de servidores a tus órdenes, para satisfacer hasta tus mas mínimos deseos? Es decir: debo explicarme: todos tus deseos compatibles con. . . tu condición de cautivo? ¿Serías feliz en tu cauti­verio, practicando con los aparatos de gimnasia, recorrien­do los salones montados en una bicicleta, mirando cuadros  y muebles antiquísimos y grandes vasijas de mala­quita, y sentándote a la mesa frente a un verdadero festín de innumerables manjares? ¿O empezarlas a desear, al verte de tal suerte, que se te permitiese vivir con unas miserables monedas diarias por todo caudal ¡y ganarlas!, envidiando hasta al desarrapado mendigo que se satisface con unas cuantas manzanas medio podridas y duerme so­bre un montón de paja, pero tiene la plena libertad de ir y venir, recorriendo el mundo a su antojo? Has estado jugando con la naturaleza, pero la naturaleza se burla de ti, pues tus cautivos no te agradecen lo que has hecho Preferirían ir a ella sin intermediario alguno, comer me­nos de tu mano, pero con el sabor que sólo la naturaleza sabe darle a los alimentos. Ensancha tu jaula, naturalista reemplaza esos pequeños canelones refulgentes de vidrio, por el sol, la luna y la vía láctea; planta bosques en el suelo y que haya montes y valles, ríos y grandes espacios abiertos; que el cielo sea la trama de alambres de tu jaula, con libre entrada al viento y la lluvia: y entonces tus pequeños cautivos serán felices, tan felices como lo soy yo, a pesar de todos los peligros que me acechan en forma de escopetas, gatos y trampas, con la perspectiva de la hume­dad, la niebla y las duras heladas".
Comprendiendo entonces mi error, abriría la jaula y dejaría huir a los cautivos. Les dejaría volar aunque fue­sen directamente a la muerte, pues antes que ella les sor­prendiese gustarían momentos de libertad, y la vida, sin ese dulce sabor, ya sea de pájaro del aire o de hombre de la tierra, no es digna de ser vivida.