Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Eugenio A. Garay - Beatriz Rodríguez Alcalá

                               (Pag. 19)…viene al mundo Eugenio Alejandrino Garay, el 16 de noviembre de 1874, hijo de don Vicente Garay y doña Constancia Argaña…huérfano de madre a muy temprana edad -tenía 5 años- el padre entregó sus hijos a la abuela de éstos, quien se muda a Pirayú invitada por su hijo Ladislao, a la sazón jefe de la Estación de Ferrocarril de dicha ciudad…

                               Pag. 139…, en la segunda quincena de mayo de 1933, Eugenio A. Garay es trasladado a la 7ª División de Infantería, de reciente creación. Llevaba éste una escueta orden del Comandante del 1er. Cuerpo de Ejercito, Cnel. Gaudioso Núñez, que decía: “Destínase al Tte. Cnel, Eugenio A. Garay a prestar servicios en la D.7”.
                               Evocando el hecho afirmará más tarde en su libro “Fusil al hombro”, el Gral. Amancio Pampliega, a la sazón Jefe de Estado Mayor de la citada gran Unidad: “Me pareció muy singular la forma en que venía a nuestra división un hombre de su jerarquía y edad. Estábamos en esa época en el fortín Arce, a orilla del río Verde, donde había algunas viviendas construidas por los bolivianos y por nosotros. Le ofrecí mi modesto rancho. Garay agradeció pero eligió una choza pequeña, a unos cincuenta metros de la mía. Puse a su disposición un ordenanza. Le mostré nuestro casino, un largo galpón de paja, cerca de la cocina. Me apersoné ante el Comandante de nuestra División, Tte. Cnel. José A. Ortiz quien, apretando los labios al leer la orden que exhibí, me dijo: “Qué hacemos con este señor!”. Le sugerí que lo designara Jefe de Estado Mayor de la división, cargo que me pareció más compatible con su personalidad. Alegó que la edad de Garay no se avenía con las actividades de un Jefe de Estado Mayor en tiempos de guerra. Le propuse entonces entregarle el mando de uno de los tres regimientos que componía la División. Tampoco le pareció conveniente, Finalmente, como solución, decidió nombrarle Ayudante de la División. Y agregó: “Lo usaré con prudencia y consideración debido a su edad”. Los hechos pusieron en evidencia sus brillantes condiciones de soldado y una salud y energía que muchos jóvenes envidiarían.
                               “Garay fue designado ayudante del Comando de la división. No hizo ningún comentario. Salía temprano del rancho, solo, sobre una mula que le proporcioné, para realizar visitas a los regimientos. A veces iba a pie y retornaba al oscurecer a darnos cuenta de su voluntaria excursión por las líneas. Sin practicar el cargo de ayudante, ejerció de hecho la función de un asesor en todos los escalones del Ejército”.
                               Garay jamás abuso de sus años ni de su experiencia y siempre trató con gran respeto a sus jóvenes superiores a los que aconsejaba sabiamente. Su vasta ilustración deleitaba a sus jefes y a los oficiales en largas sobremesas de las cenas en el casino y cuando, a pedido de sus compañeros, se explayaba sobre nuestra historia, su conversación docta y amena, adquiría calidad de clase magistral, tan grande era el conocimiento que poseía sobre el devenir de nuestro país.
                               La figura de D. Manuel Gondra, de quien había sido gran amigo, le inspiraba, por su probidad y erudición fuera de serie, una profunda admiración. Recordaba con afecto a los generales Caballero y Escobar, y amigo cordial del Presidente Eusebio Ayala, en sus afectos no incidían para nada las ideologías políticas.
                               En esos meses nuestro Ejército se hallaba a la defensiva en una línea general que abarcaba a Toledo en el norte y a Nanawa en el sur, contra la que los bolivianos realizaban inútilmente furiosas ofensivas. Incluso se vieron forzados a atacar por las noches, porque la tropa se negaba a enfrentar de día a los paraguayos, pero los resultados fueron los mismos.
                               A Estigarribia le impacienta mantenerse a la defensiva, si es válida la expresión para un hombre que jamás perdió la calma, pero el Presidente Ayala se mantiene reticente a ordenar ataques, alegando que nuestro país, carente de los elementos necesarios y sin fondos para adquirirlos, debía actuar con cautela. No obstante, Estigarribia sigue sosteniendo su tesis de la pre-guerra de que sólo la ofensiva conduce a la victoria.
                               En julio, Kundt ordena nuevos ataques a Nanawa, mientras presiona fuertemente en Gondra. El 4, quince mil bolivianos atacan desesperadamente Nanawa con tanques y lanzallamas y, pese a ser violentamente rechazados, reinciden en los siguientes días, hasta el 6, en que ya no pueden resistir el contraataque paraguayo y se retiran dejando el campo de batalla colmado de cadáveres.
                               Desmoralizados los bolivianos tras el negativo resultado de sus ataques, disminuyen considerablemente su ímpetu ofensivo. Entre tanto, Estigarribia prepara su plan para reconquistar Pozo Favorito y Pampa Grande, que culminará los días 12 y 15 de septiembre con dos importantes victorias, en las que los paraguayos capturan gran cantidad de prisioneros y armamento.
                               Coincidentemente, días antes de estos dos grandes triunfos, Garay, Garay había sido confirmado en su rango de Tte. Cnel., por Decreto Nº 48971.
                               Es estas trascendentes batallas, “primer jalón plantado en firme”, que señalaba el camino para entrar en Campo Vía, Garay cumplirá una importante parte del plan operativo, luchando denodadamente al Comando de un Batallón del Regimiento 9 de Infantería. Cuando ya el enemigo estaba prácticamente derrotado, se introducirá solo en su reducto fortificado, donde aún sonaban los disparos de la tenaz resistencia boliviana. Algunos minutos más tarde despachará un estafeta boliviano con una nota autógrafa, dirigida a su colaborador inmediato, Tte. Octavio de la Sobera, en l que decía: “Estamos redactando un Acta. 15/IX/33. Garay”.
                               Asombrado, el jefe boliviano, Tte. Cnel. Caprile, de la osadía del anciano jefe paraguayo, le dirá al verlo solo dentro de su comando: “Cómo se atreve Ud…. No teme, acaso, que lo liquidemos?”, a lo que Garay responderá serenamente: “No hay dudas de personalmente estoy a merced de Uds., pero mis hombres están muy cerca y sabrán en todo caso, vengar el asesinato de su jefe…”
                               Tras este cambio de palabras, Garay exhortará cortésmente a Caprile a deponer las armas, dado que otros varios regimientos bolivianos del Sector “Charcas” ya habían capitulado.
                               Caprile, en extremo estado de conmoción emocional, se resistirá alegando: “Como militar estoy dispuesto a morir peleando”, pero Garay le hará entrar en razón: “Si, Ud. Podrá morir, no lo dudo, pero no tiene el derecho de sacrificar estérilmente a sus hombres que han luchado tan valientemente…”
                               Ante estas sabias y humanitarias razones expresadas con tanta gentileza, y perdidas ya las esperanzas de recibir refuerzos, el jefe boliviano accede a convenir los términos de la rendición y se dispone a redactar el Acta, ante el profundo abatimiento de los jefes y oficiales que lo acompañan. Garay, de inmediato reacciona y, sin perder la compostura, expresa firmemente: “Perdone Ud., Comandante, pero el que debe dictar los términos de la rendición soy yo, en nombre de mi Comandante. Uds., los bolivianos, son muy ilustrados y hablan muy bien, pero escriben muy mal. Por lo demás, yo suelo tener mis veleidades periodísticas por lo que ejerceré mi derecho a redactar el Acta”.
                               En sus Memorias dirá al respecto el jefe boliviano: “En el borrador del Acta de capitulación existen dos líneas de puño y letra del Cnel. Garay, quien me arrebató el lápiz al negarme yo a consignar una frase de elogio por nuestro comportamiento, pues en la excitación del momento, creía que al no haber muerto hasta el último de los defensores del “Campo Grande”, como en tiempos legendarios los sitiados de Sagunto, no habíamos cumplido con nuestro deber”.
                               Posteriormente dirá: “Debo hacer constar que el Tte. Cnel. Garay, antiguo Ministro del Paraguay en Bolivia, procedió con absoluta cultura y caballerosidad en su trato conmigo, dio muestras de gran valor personal y confianza en la caballerosidad del jefe enemigo, al aceptar la invitación a mi  puesto de mando, siempre solo, para ultimar detalles y proceder a la redacción del Acta de referencia”.
                               Entre tanto, en el Comando paraguayo cundía el nerviosismo ante la demora en la redacción del Acta, porque el Cnel. Caprile insistía en que se consignara en ella que a los jefes bolivianos se les permitiría conservar sus armas, dado que habían batido con honor y heroísmo hasta el final, cosa que a Garay no le convencía del todo.
                               Al respecto nos dirá el Tte. 1° de Reserva, Edmundo Tombeur, ayudante personal y secretario confidencial del mariscal del Chaco; “Cuando Estigarribia se enteró del impasse, exclamó: “Dígale a Eugenio que firme de una vez y les entregue todas las armas personales que quieran, antes de que llueva, pero que se rindan ya. Porque se venía una feroz lluvia, lo que quizás salvaría a los bolivianos de rendirse, ya que uno de los motivos de su derrota fue la falta de agua. Posteriormente, a la hora de la cena, los jefes prisioneros, por propia iniciativa, nos entregaron sus pistolas”.
                               Con esta nueva derrota, el prestigio del Gral. Kundt se verá seriamente menoscabado, mientras el resto de su Ejército quedará en condiciones harto difíciles, sin apoyo lateral, tanto en Pampa Grande como en Pozo Favorito, lo que forzará a los bolivianos a suspender la ofensiva, mientras organizan su segundo ejército, de aproximadamente veinte mil hombre.
                               Por su parte, Estigarribia, tras las dos importantes victorias, planeará una operación en la que pondrá de manifiesto su genio militar en la zona Centeno-Gondra (Campo Vía). Para ello reúne sus efectivos principales en los sectores de Arce y Gondra, y luego, certeramente, elige el lugar donde dará el golpe magistral. Es el momento que con perfecta calma y absoluto control de las circunstancias, dirá su antológica frase, al miembro de la Liga de las Naciones, Gral. Freydenberg, que lo visita en su Comando: “La destrucción del Ejército boliviano es una operación matemática”.
                               Tras tres meses de intensas maniobras, el 10 de diciembre Estigarribia lanza un parte radiofónico en el que afirma tener encerradas en triple cerco a las divisiones bolivianas Cuarta y Novena. Kundt, desorientado, desde el día 5 no da directivas a sus comandos comprometidos, librándolos a la propia iniciativa, pero al escuchar el parte de Estigarribia reacciona y les hace un llamado desesperado. Demasiado tarde. El 11 se rinde, acosadas por los paraguayos y la sed, las dos poderosas unidades enemigas: 2 coroneles, 7 tenientes coroneles, 12 mayores, 19 capitanes, 21 tenientes, 13 subtenientes, 15 cadetes y más de 8000 hombres de tropa, con inmenso material de guerra.
                               En esta gran batalla en que se enfrentó el máximo poderío bélico de ambos pueblos, Garay constituirá un motivo de asombro para sus jóvenes camaradas y subalternos, por su increíble dinamismo y su total desprecio al peligro.
                               Tras el gran triunfo, el Presidente Ayala, en visita al frente, ascenderá a Estigarribia a General de división, a solo tres meses de haberlo promovido a General de Brigada a raíz de las victorias de Pozo Favorito y Pampa Grande. Para Kundt, despojado del mando después del desastre, será el triste epílogo de su fallido aventura militar en América.
                               Es el momento en que el 90% de nuestro ejército se halla concentrado en la zona, pero la escasez de medios de transporte, constante, angustioso déficit de nuestra logística, impide a Estigarribia emprender la persecución enérgica y lejana del enemigo, como correspondía. No obstante ordena a sus tropas apoderarse, lo antes posible de Muñoz, “la capital boliviana del Chaco”, para arrebatar así al enemigo de esa importante base, y dominar desde ahí el camino estratégico que se dirige al norte. En cuanto a la persecución desde Campo Vía a Campo Jurado, por bosques enmarañados y caldeados cañadones, tendrá en Eugenio A. Garay, recientemente designado Comandante de la 7ª División, su más tenaz protagonista.
                               Presionado por la Liga de las Naciones, nuestro Gobierno propone a Bolivia un armisticio de diez días prorrogables, hasta hallar una solución de paz. Bolivia, que tras su espectacular fracaso se encuentra ante la disyuntiva de rehacer enteramente su Ejército o entregarse sin condiciones a su adversario, simula, arteramente, aceptar futuras negociaciones, con el único fin de reorganizar su diezmado ejército.
                               La Liga de las Naciones se inclina a todas luces hacia Bolivia y, aunque afirma querer pacificar, solo contribuye a prolongar la guerra. No en vano dirá en sus memorias el Mariscal: “Sin su intervención, acaso hubiese podido concertar la paz, después de Campo Vía”.
                               Tras el fracaso de las negociaciones, convencido nuestro Gobierno de que Bolivia no quería la paz y sólo busca ganar tiempo, se reinician las hostilidades el 7 de enero de 1934.
                               A principios de ese año, por algún motivo que no trascendió y que Garay tuvo la prudencia de callar, éste pide su baja del Ejército, que le será concedida en abril.
                               Pero no habría de tener Garay muchos días de descanso, y a poco de llegar a la Capital se cumplirían los vaticinios negativos que sobre la situación de las fuerzas de nuestro Primer Cuerpo de Ejército había hecho a unos pocos íntimos.
                               El 24 de mayo, tras minuciosa preparación, el enemigo, que tras reorganizarse había logrado formar un nuevo ejército de cerca de 40 mil hombres, atacará violentamente a lo largo del camino Lóbrego, consiguiendo infiltrarse entre nuestras II, VII y VIII Divisiones, logrando encerrar en poderoso cerco de fuego a lagunas unidades de la II División.
                               Tras cuatro días de cruenta lucha, se verán obligados a deponer armas, por falta de agua y proyectiles, el Regimiento de Caballería Nº 9 y un Batallón del R.I.10, un total de 1.200 hombres. Pero, merced a la heroica defensa del Capitán Joel Estigarribia y sus 132 efectivos que mantuvieron en jaque a más de 3.000 atacantes, lograron escabullirse las demás unidades, con todos sus servicios y camiones.
                               Esta batalla, llamada Strongest, fue el revés más importante sufrido por nuestro ejército durante la guerra, pero hubiera podido ser evitado si los comandos subordinados hubieran cumplido estrictamente las órdenes de Estigarribia.
                               Al conocerse la noticia, la retaguardia, habituada a nuestras constantes victorias, se convulsiona. En la Capital se vive un clima de inquietud e incertidumbre.
                               En rueda de amigos en el Unión Club, Eugenio Garay se muestra preocupado y silencioso, sin prestar atención a las especulaciones de los demás. De pronto, un funcionario del Palacio de Gobierno le comunica que el Presidente Ayala necesita verlo urgentemente. A pocos minutos, Garay se halla ante el Primer Magistrado, que le informa detalladamente de los últimos sucesos y al terminar su exposición, lo invita a reincorporarse al Ejército. Sin titubear ni dudar un minuto, responderá Garay que está listo para cumplir órdenes: “¿Cuándo podría Ud. Viajar al frente?”, “En este mismo momento, Sr. Presidente; no tengo preparativos que hacer y quisiera unirme hoy mismo a mis camaradas”.
                               Admirado el Dr. Ayala de la vocación de servicio del anciano jefe y quizá para tranquilizar su propia conciencia por exigir tanto a un hombre tan mayor, le ofrecerá, veladamente, el Comando de una Gran Unidad. Garay le saldrá al paso cortés pero firmemente: “Mucho le agradezco su buena voluntad, Sr. Presidente, pero para servir a mi patria no necesito ascensos; mis amigos saben que siempre he estado dispuesto a combatir, incluso, en calidad de soldado. Marcharé de inmediato, Excelencia, y muy pronto Ud. Recibirá buenas noticias”, le dice premonitoriamente, como si intuyera sus próximas victorias.
                               Dos horas más tarde, llevando como único equipaje, un uniforme, algo de ropa interior y un par de botas, Garay abrazará a sus tres adolescentes hijas –sus dos hijos varones, Juan Federico y César se hallaban combatiendo en el Chaco- y a su esposa, sin intuir que era la última vez que veía a su amada compañera; que su baja momentánea del frente sólo había sido una condescendencia del destino que, piadosamente, le permitía darle su postrer adiós.
                               El 29 de mayo, en las horas trágicas de Strongest, Garay será designado Comandante de la 8ª División de Infantería, creada un año atrás.
                               A poco de asumir el mando se entregará de lleno a su reorganización, desarrollando una admirable actividad. Todo lo revisa, todo lo investiga personalmente. No da mucho crédito a las informaciones telefónicas, por lo que siempre constata personalmente los hechos. NO tranza con las negligencias e indecisiones; su meta es forma una Unidad invencible, capaz de lograr todos los objetivos que se le impongan. Si es necesario, apelará a los términos violentos, “ametrallando”, como decían sus subordinados. De ahí su apelativo de “Avión Pytá”, en alusión a un rojo avión boliviano, temible por su audaz constancia. Pero no pasará de su “artillería” verbal para sacudir voluntades algo lerdas. Sus colaboradores no recordarán presos ni procesados. Bastaba su verbo exacto y severo y éste era el mayor castigo que inflingía al que lo mereciera.
                               Un crudo día de invierno chaqueño, el 25 de junio, al mes de regresar de Asunción, le dan por teléfono la noticia fatal: “Comanchazo le comunica que su esposa ha muerto y el Gral. Estigarribia pone a su disposición un avión para que Ud. Viaje de inmediato a Asunción”.
                               Queda Garay como fulminado por un rayo y, pese al esfuerzo tremendo que realiza, no puede evitar que las lágrimas broten a raudales de sus ojos. Logra sobreponerse y responde: “Agradezco infinitamente el ofrecimiento, pero ya nada puedo hacer por ella y mi presencia es más necesaria aquí, en vísperas de las grandes acciones que se preparan. Me permito rogar el permiso correspondiente para mi hijo Juan Federico, para que pueda bajar a la Capital y dar cristiana sepultura a su madre”, Ni una palabra más al respecto; se recogerá en su carpa de campaña y, sentado en su silla plegadiza, permanecerá solo durante largas horas, con el rostro entre las manos.
                               Al día siguiente será el mismo hombre de siempre, ágil y dinámico, pero un velo de tristeza opacará su chispeante mirada azul….
                               (Pág. 151) En esos meses nuestro ejército intentaba tomar Ballivián, pero éste se resistía firmemente al operativo paraguayo por capricho del Presidente Salamanca, que concentraba fuerzas en la zona lo que será motivo de grandes desavenencias entre el Presidente de Bolivia y sus comandos, que insistían en la necesidad de fortificar preferentemente el ala norte del dispositivo general del ejército boliviano.
                               Los bolivianos, que para entonces habían logrado reunir cerca de 50.000 combatientes, mientras Paraguay sólo tenía 21.000, planeaban un golpe que envolviese nuestra ala derecha, lo que en el mejor de los casos, nos hubiese forzado a una penosa retirada.
                               (Pág. 152) Para contrarrestar tan peligroso plan boliviano, Estigarribia proyecta accionar sin tardanza en Picuiba, para así interceptar a los efectivos bolivianos que constituyen una seria amenaza.
                               Por su parte los neutrales continúan en sus tratativas de paz, pero el Presidente Salamanca, ilusionado con la situación de su ejército, no acepta propuestas y exige como condición para la cesación de la guerra, el acceso de Bolivia al Río Paraguay. Agravando la situación, en su actitud parcialista, la Liga de las Naciones declaraba al Paraguay país agresor.
                               En septiembre, un periodista argentino de “El Mundo”, de Buenos Aires, pedirá entrevistarse con Garay, cuya fama para ese entonces, ya había trascendido las fronteras. Profundamente impresionado por la personalidad del jefe, escribirá: “Sale a nuestro encuentro un jefe de recia estampa. Alto y erguido, como un granadero, en quien, pese al uniforme, se adivina de inmediato al hombre de mundo”.
                               “Es el Teniente Coronel Eugenio A. Garay, tío del Coronel Manuel Garay, jefe del Estado Mayor del General Estigarribia. Ya antes, en distintas oportunidades, me han hablado de este bizarro jefe, que pese a sus años soporta la inclemencia del clima y la hostilidad de la naturaleza con la misma naturalidad de los oficiales y soldados casi adolescentes. Muchos encomios había escuchado respecto al arrojo temerario que lo lleva a mezclarse con su tropa en los momentos más críticos de las batallas, no sólo para animarla con su ejemplo heroico, sino para mejor dirigirla, según las alternativas de la lucha. Mucho había oído respecto a la serenidad con que actúa en todo momento, analizando extensa y profundamente la situación del enemigo, para herir precisamente allí donde ofrece un punto vulnerable, y no poco se me dijo respecto a sus brillantes condiciones de periodista, donde demostró ser además de un sesudo orientador público, un temible polemista, más por la certeza de sus juicios que por el vigor de la palabra. En la diplomacia paraguaya, donde actuó largo tiempo, se conquistó una reputación envidiable y envidiada”.
                               “Por este cúmulo de circunstancias, la palabra del Teniente Coronel Garay tiene un valor singular, y en mérito a ello, creo interesante reproducir algunos de los juicios que dejó deslizar durante esa visita que se prolongó varias horas”.
                               “-Usted ha visto la guerra de cerca, amigo periodista. Seguramente, ha recogido un precioso botín de informaciones e impresiones que le serán utilísimos para cumplir con su misión, pero hay en esta guerra una cantidad de aspectos que no se pueden ver, porque pertenecen todavía al futuro. Como Ud. Ve, la guerra la sostenemos sin congojas, sin agobios, y con un entusiasmo que va creciendo día a día, porque los éxitos se multiplican a medida que pasa el tiempo, y la experiencia guerrera es cada día mayor de modo que podemos desenvolvernos cada vez con más eficacia, máxime cuando nuestra organización militar se va acentuando paulatinamente, y ya poco nos falta para que este ejército improvisado, inerme, sin instrucción militar y sin planes de operaciones, en los días de Boquerón, alcance la estructuración de un ejército perfecto”.
                               “Nuestro servicios de transporte –continua- cuentan con elementos tan numerosos como lo imponen las necesidades. El aprovisionamiento es ahora regular, nuestras tropas ya no pasan días sin comer, porque falten camiones para llevarles víveres, ni tienen que soportar las marchas tremendas del principio de la campaña, porque contamos con convoyes suficientes para moverlas de un sitio a otro, según las necesidades. Hemos solucionado satisfactoriamente el problema del agua, en toda la zona que está bajo el control de nuestras armas, y lo vamos solucionando paulatinamente, en aquellas que poco a poco vamos recuperando. No carecemos de armas. Las comunicaciones son perfectas. La sanidad ha combatido con éxito las epidemias de la región y todos nos hemos aclimatado al Chaco. En tales condiciones, la guerra ha perdido para nosotros los graves caracteres que tuvo en un principio, y en la situación actual, puede prolongarse sin límite y sin ningún peligro para nosotros. Esto es lo que se puede ver; pero no sé si usted alcanza a ver el futuro inmediato o mediato”.
                               “-Esta guerra no la hemos querido los paraguayos, ni la hemos desencadenado. Es más, ni siquiera creímos jamás que la guerra llegara a producirse. Esta guerra tampoco la quiso el pueblo de Bolivia. La guerra es el fruto de una serie de maniobras condenables”.
                               “Por lo que a nosotros respecta –concluye mi interlocutor- el futuro es tranquilizador. La guerra ha unido a la familia paraguay en torno de la bandera de la patria. Nuestras ásperas luchas políticas han terminado para siempre. La guerra nos ha demostrado que todos hemos sido iguales en el sacrificio y en el heroísmo. Nos ha hecho comprender la inmensas posibilidades de nuestro país, que no es un país pobre sino un país empobrecido y por eso tendremos una posguerra tranquila, que nos permitirá dedicarnos a por entero a la gran obra de la reconstrucción nacional”.
                               JUAN B. BRES.
                               En su accionar, los bolivianos obligan a efectuar repliegues a nuestro II Cuerpo de Ejército, constantemente hostigado por el cuerpo de Caballería, al mando del Cnel. Toro.
                               Para conjurar el peligro, Estigarribia ordena a la 8ª División rodear el lugar y buscar enlace con nuestra II División, a la que encarga similar objetivo, por el ala derecha boliviana.
                               El 9 de noviembre, a la madrugada, saldrá Garay recientemente ascendido a Coronel, al mando de su División, para realizar la incierta, difícil maniobra.
                               Antes de partir, lanzará una proclama, con el fin de exaltar los ánimos, para que sus efectivos rindan al máximo:
                               “Para todos los hombres de la D.8:
                               “Me dirijo a todos los Señores Oficiales, Sub-oficiales, Sargentos, Cabos y soldados de la división 8ª para decirles que debemos poner todas nuestras fuerzas, físicas, espirituales y morales en máxima actividad para cumplir nuestra misión. Elevemos nuestro pensamiento a Dios y a la Patria y, conscientes de la justicia de nuestra causa santa, afrontaremos con el valor proverbial del paraguayo, todas las penurias, fatigas y peligros que acaso sobrevengan. En ningún momento disminuya nuestra decisión y sea nuestra voluntad algo verdaderamente inquebrantable. Armados de esa voluntad, nada nos pondrá resistencia insalvable. Nada ni nadie.
                               “Tengamos presente que una omisión, una debilidad de un solo hombre puede ocasionarnos un desastre y la pérdida de todos los compañeros, y tengamos presente que un acto acertado, un hecho de resolución valerosa de cualquier hombre, puede muchas veces salvar la situación. Cada hombre, sea Oficial, Sub-Oficial o Soldado, debe dar ejemplo de bravura, de serenidad, de comprensión. Debe darse todo entero a la tarea que le corresponde.
                               “Procediendo así, la victoria será nuestra, y cuando regresemos a nuestros hogares, la consideración pública y la gratitud nacional será nuestro premio.
                               “Yo cumpliré con mi deber, con ayuda de Dios, y bien sé que todos los Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados de la división harán lo mismo, sean combatientes o de los servicios auxiliares”.
                               “Fdo. E. A. GARAY
                               “Coronel comandante de la D.8ª”.
                               Garay no será defraudado por los suyos. Con extraordinaria eficacia, la 8ª División irá abriendo silenciosamente piques por la noche, para evitar la observación aérea del enemigo y el agobio del calor. Por fin, el día 16, la tenaza de fuego se cierra sin que los bolivianos tengan tiempo de retirar un solo hombre. Y ocurrió lo que en Pampa Grande y Campo Vía, donde también fueron encerrados los refuerzos que llegaron en apoyo de los sitiados.
                               Ese mismo día, el pueblo paraguayo exultante, se enterará del grande, trascendente triunfo de nuestras armas: 7.000 hombres con su material de guerra completo. Paralelamente, como consecuencia del triunfo de El Carmen, caerá Ballivián en poder de nuestro ejército.
                               Tras la victoria, lanzará Garay una orden de felicitación a sus hombres que tan valientemente habían cumplido.
                               “La 8ª División ha cumplido fielmente a la Orden del Comando Superior, colaborando a una gran victoria. A todos los hombres de la Gran Unidad –Jefes, Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados- debo decir que han servido bien a la Patria. Han desarrollado un esfuerzo magnífico. Estoy orgulloso de comandarlos. La Nación no ha de olvidar la jornada de ayer…”
                               En su diario de guerra escribirá Estigarribia: “Las operaciones de El Carmen y Picuiba, de una extrema audacia, las he ordenado para salvar, jugando el todo por el todo, una de las situaciones más graves de la campaña”.
                               A raíz del desastre, la desmoralización en Bolivia es tan grande, que el Presidente Salamanca es apresado y depuesto días más tarde, durante su visita a Villamontes.
                               Tras la espectacular hazaña, el nombre de Garay adquiere dimensiones míticas, tanto en el frente como en la retaguardia. Las anécdotas sobre su actuar corren de boca en boca, y nadie puede comprender cómo, a su edad, pueda rendir tanto.
                               Poco después, en plena línea de fuego, será condecorado con la Cruz del Chaco, que le será impuesta personalmente por Estigarribia.
                               Tras El Carmen, Estigarribia dispone el emplazamiento de la 8ª División en Campo Estrella, con el cañadón que podía conducir directamente a Yrendagué, a medio centenar de kilómetros al norte. Su intención es dar otro golpe de gracia al ejército boliviano, apoderándose de los pozos de agua del fortín que abastecían a las tropas enemigas del sector. Al respecto, había confiado sus planes, tiempo atrás, a su médico personal, Dr. Manuel Rodríguez: “Tengo una Unidad comandada por un Jefe de mi absoluta confianza y sé que va a cumplir, bajo cualquier sacrificio, la importante misión que le voy a encomendar, por eso dejaré que el Cuerpo de Ejército del Cnel. Toro se acerque al máximo a Camacho y se aleje de Yrendagué, única fuente de agua de la zona…” (Del libro “Eugenio A. Garay, conquistador de Yrendagué”, pag. 66 de Julio Paraguayo Saldívar).
                               Y llegó el momento de iniciar la maniobra que intentaría tomar los pozos de Yrendagué que abastecían al poderoso Cuerpo de Caballería del Cnel. Toro, que presionaba fuertemente a nuestro II Cuerpo, forzándolo a abandonar Picuiba, tras romper tres cercos consecutivos, en espantosa lucha cuerpo a cuerpo.
                               Garay no trepida ante la orden; sabe que se involucra en una operación suicida, que su Unidad deberá marchar más de sesenta kilómetros, por arenales calcinados o abriendo piques a golpe de machete, en la maraña hisurta de los bosques, con una temperatura de más de 40 grados y el enemigo siempre al acecho.
                               En la madrugada del 6 de diciembre, con todo el material a cuesta, la 8ª División inicia la marcha, a sólo dos semanas de la extenuante jornada de El Carmen, en la que combatió trece días sin treguas. La ración por hombre es sólo una caramagnola de agua y una lata de carne conservada, con el agravante de que ésta agudiza la sed.
                               A medida que la columna penetra en la zona controlada por el enemigo, la marcha se vuelve más y más penosa, mientras el músculo se afana en abrir silenciosamente brechas en la selva. Las gruesas espinas rasgan las carnes y destrozan las ropas. Nada importa; hay que estar con los sentidos agudizados para evitar que el enemigo, emplazado por delante, por detrás y en ambos flancos, detecte la infiltración.
                               Garay se muestra incansable, recorriendo la larga fila, animando a los deprimidos, insensible al calor, al polvo, a la sed, a la fatiga.
                               El agua se agota en las reducidas caramagnolas; comienza a cundir el desaliento entre los hombres, que con las horas se transforma en desesperación.
                               Ve Garay caer sus soldados uno a uno; unos para no levantarse más, víctimas de aguda deshidratación, otros, en la imposibilidad de seguir marchando, con las pupilas dilatadas y la lengua horriblemente hinchada por la sed. Les habla, los conforta, los anima y cuando ve que su propia fortaleza y sus palabras de consuelo nada logran, apela a la voluntad estoica de la raza y sólo les pide que prolonguen su agonía unas horas más, para poder cumplir la misión que les ha sido encomendada: “Un poco más de esfuerzo, hijos míos, y vamos pronto todos a morir en Yrendagué…”. Y esa frase inmortal obra prodigio de que esos adolescentes moribundos se incorporen, tomen sus armas y continúen la dantesca marcha.
                               El día de la Virgen Serrana, Patrona del Paraguay, Yrendagué caerá en poder de la División de Garay, en una hazaña inconcebible, que llenó de asombro al contendor, que jamás la hubiera imaginado: “Las tropas enemigas han demostrado que se puede vivir meses careciendo casi de todo elemento” dirá el Cnel. Toro, amargamente, en una orden de operaciones lanzada, tardíamente, al día siguiente.
                               La toma de Yrendagué, que inútilmente los bolivianos intentaron reconquistar, produjo la caída de Picuiba, envuelta en llamas, al atardecer y la destrucción del Cuerpo de Caballería enemigo, acosado por nuestro II Cuerpo y por el fatal estratega de las planicies chaqueñas: la sed. Trece mil bolivianos, alucinados, se irán rindiendo a nuestras tropas, clamando broncamente: “Agüita, agüita, por favor paraguayitos…!”.
                               Eugenio A. Garay, con sesenta años cumplidos, había resistido donde centenares de jóvenes cayeron vencidos por la sed y la fatiga, y con su sobrehumano sacrificio ascendía al pináculo de la gloria, en la acción más arriesgada de la guerra.
                               Murió el 17 de abril de 1937, cuando se detuvo su cansado corazón.