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Autor desconocido - Ave mutante

“Iam eighthin, and I don’t know wath l want” : Canción de Alice Cooper, preferida de la época en  el pueblo del águila. 1970 y Beaver Dan;  a un pueblo ubicado al norte de Wisconsin fue el lugar en donde aterrizó por primera vez el zoncho de barro rojo con un cuerpo que se llamaba Nago.
El viaje tardó siete horas para llegar a Chicago. Después de salir, y en medio de aquel escamocho de aviones entrando y saliendo, Nago se adentró en el aeropuerto como una diminuta hormiga en medio de altos señores, mujeres rubias, y esporádicos negros con mirada maliciosa.
Súbitamente, se aparecieron los rostros de los tíos maternos; los salvadores llegaban al rescate del indio Nago Valverde.  Con un escueto inglés; apenas podía entender algunas palabras que se le habían enseñado en el colegio.
–Y estos tíos ¿cómo habrán hecho para hablar el inglés? – se cuestionó –, si ni siquiera han aprendido a hablar en español, a sumo, tal vez habrán pasado el primer grado de la escuela y ya juegan de gringos norteños.
– ¿Que tal del viaje Nago? – le preguntó uno de los tíos.
– Un poco enredado, no sabía cómo comerme la mermelada; supe que era eso porque olía como tal, pero me dio trabajo poder quitarle el papelito dorado.
– Ya aprenderás todas esas cosas, sobrino, ten paciencia y acá aprenderás de todo; adiós a las vacas, las cazadoras, la vida estrecha, aquí se trabaja muy duro, pero así se gana y se vive; yo tengo dos autos de lujo, una casa que ni el presidente de Costa Rica tiene, y soy un sencillo soldador que trabaja...eso sí, ¡casi quince horas diarias!
En la casa de los tíos, ya una señora mantecosa, como de doscientos kilos esperaba a la puerta; el pelo rubio y bastante chamusqueado le daban la importancia suficiente como para asustar a la primera vez.
– Te presento a Donna, sobrino – le dijo el tío.
_ ¡Qué personaje! – pensó mirando  Nago asombrado, de la cantidad de espacio que podía ocupar un solo ser humano.
-No pongas cara de susto Nago, este personaje es el más importante de la familia, ésta será tu segunda madre – agregó el tío.
– ¡Vaya preámbulo hacía el sueño americano! – se dijo Nago –.
Gorda de unas 300 libras, y metro setenta de altura, imponente y mandona; pertenecía al town de Beaver Dam-Wisconsin. Un pueblo experto en la producción de quesos y gente muy blanca; los personajes eran como sacados de una pintura pintada sólo con un color, el blanco.
Europeos, se diría que bastante irlandeses, altos gruesos, y los regordetes señores de más de cuarenta años mostraban sus inflados cachetes, casi rosados como a reventar, naricillas de chanchillos bien alimentados, y uno que otro barrigudo con vago caminar se dejaba ver por las calles de la aldea.
La sorprendente limpieza que regía en el pueblo, ofrecía una incesante tranquilidad; con calles como rondas de queso, piedras blancas y las solitarias autopistas de cemento, en las que no se miraba  una sola basura.
Asombrado de aquella controlada salubridad, sintió un gran pesar por los suyos; que permanecían envueltos en aquella mazmorra de barro, y no entendía por qué tanta diferencia en tan poco espacio de tiempo.
– Siete horas y he vuelto a nacer – curioseando el entorno, meditaba. Con razón estos tíos han quedado sucumbidos por este país; si después de haber sido peones, sumergidos casi que en la miseria, al llegar acá, han de haber creído que el cielo se había caído a sus pies.
Ligeramente confundido por el antagonismo de la vida, no dejaba de comparar la escena que le presentaba cada lugar en el que se encontraba.
– Me confunde el despertar, la rapidez con que fluyen los acontecimientos – pensaba. Se cierran los ojos para pensar y luego... abrirlos para sentirse uno parte de algo que no estaba en la lista de mi libreta. Recuerdo que mi sorpresa era precisamente aquella lista de víveres que mi madre me apuntaba para comprar de a  fiado en la pulpería.
También la gente y su forma de ser, eran comparativamente diferentes, educados, más limpios; casi inmaculados, angelicales. Los recién nacidos que se miraban en los automercados o lugares de consumo, se parecían a aquellos muñecos que le traía el niñito Dios a la hermanita Layla.
Su tristeza era orgánica y no podía entender tanta pregunta en su, ya casi, entropía mental. ¿A qué podía obedecer tanta diferencia en la tierra?; hasta los caballos se portaban de una forma más educada y de un estirpe más casto, y los perros obedecían,  no comían cualquier cosa; como si lo hacían aquellos zaguates del carnicero del pueblo : el macho Solano.
–Tío – refiriéndose al hermano de su madre; quien lo había llevado a vivir con él para hacer de Nago una persona más civilizada y llena de oportunidades, – he visto que hasta los zaguates de mis barrios, a los cuales se les patea en cualquier esquina, estarían de acuerdo con una revuelta en Costa Rica, si se dieran cuenta cómo se les trata acá.
– Vas a aprender mucho más querido sobrino, más tarde te llevaré a ver fábricas. Todo lo que tienes allá en la patria, se produce en esta nación. Acá se nos trata con confort... confort, para todos, sin excepción de género o animal.
Aquel primer interior de hueco que Nago vio al nacer, de seguro había sido un castigo para cierta clase humana; en donde las moscas se peleaban con el defecante por entrar al mismo tiempo en el hoyo del hueco, y que provocaba en el trasero un cosquilleo ruidoso de moscas hambrientas, embarradas de caca.
– De seguro esto es bastante diferente – pensó Nago. Jamás podré olvidar a mis perros, ni el último adiós de la niña descalza,  allá en Los Santos de Tarrazú.
– ¿Iré a aguantar todo esto? – pensó –.
– Y si no encuentro amigos; le prometí a mi madre que sacaría el high school, ¿cómo voy a lograrlo, si con costos sé dos o tres palabras?. Cerraré los ojos y me echaré a volar, tal vez así llegue a otro lugar o vuelva a amanecer en mi sitio.
– ¿Donde estás colibrí? – se preguntó –. Acá me siento como un verdadero zoncho corroñero. ¿Por qué me has traído hasta acá?, zoncho intelectual, en realidad sólo busco estar libre, sin condiciones, sin reglas, ni destinos. ¿De parte de quién está la vida?. Quisiera volverme hoy mismo a mis potreros y perros hambrientos, están más cerca de uno; a estos de acá se les tiene que hacer reverencia, tienen su propio dominio. Colibrí, ¿de parte de quién está Dios?. Amigo zoncho, del barro y las cantinas, los pueblos en coma, es que, ¿acaso pensar es pecar, y esto es una lección de amor al prójimo?  ¿Es éste prójimo el mismo ser humano de mi patria, o acaso los sometidos llevan la misma suerte y Dios, como dice la Biblia les dará el cielo cuando mueran? “ De los pobres será el reino de los cielos” – escuché una vez decir al cura –. Yo no sé si la gente quiera perderse de todo esto, y cuando los gringos se mueran vayan a ir al infierno, porque de seguro no son pobres como mi gente.
– Pobres de los que nacemos viendo a los cuatro vientos lo hermoso de la vida, y la esencia del ser humano con sus conquistas , quita el elixir de lo vivido para convertirlos en ciegos de palo – terminó repitiéndose en su cuestionada oración, que aún rezaba por las noches antes de acostarse.
– Ciudadano norteamericano – dijo Donna –.  En eso te convertirás y dejarás de comer esa cosa; comida para chanchos, tamales; ¡qué azco!, pobre mi niño – refiriéndose a Nago.
Nago bajó la cabeza mostrando su desacuerdo.
– United States of Amérrica – repetía Donna casi todos los días, here is your future – y el indio Nago bajaba su cabeza.
Una mañana despertó y creyó estar en casa, se sintió fuerte habitado por un enorme pájaro hambriento, casi que sentía querer comerse a sí mismo, se extrañó de tal sentimiento, y rápidamente se puso de pie, para poder interpretar esa extraña sensación.
– Brazos, condenados, ¿por qué tan livianos?, otra vez estos sueños de vuelo. ¡Ah!...¿que es esto?, ¿habrá sido un sueño?.  Estoy acá en San Marcos, es fresco, me siento transparente, real, con gente pintoresca, lenta pero sincera, real, campesina, folclórica, ¡ah!, ¡que bello!
– Nago- is time to get up.
Una cochambroza voz de vieja regordeta, con tono de fumadora empedernida estalló en sus oídos como tempestad.
– No más, tico; aquí, Norteamérica, se trabaja duro y después “good money” y un carro; los adolescentes se van de casa y no estorban tanto como en Costa Rica. Hijos no deben vivir tanto con los padres.
 Caminó al baño y lloró ante el espejo.
– La vida empezó – se dijo –. Escapé de aquella trifulca familiar, los mareos y el miedo, y aquí...
Se tocó el cabello y por primera vez deseó tenerlo bien largo, tal vez como Jesucristo, y recordó las palabras de Roberto:  “Los hippies estamos en una lucha, que ni nuestros padres la entenderían; por eso murió Jannis Japlin, Jimmy Hendrix y James Morrison.
Porque la respuesta está en uno, en la parte más transparente, y eso no te lo da la gente, la química si, la yerba, la naturaleza es sabia, canabis-panamá red, ha sido mi mejor trip.
– ¡Ah ! - yo no creo en ese montón de satanismos – pensaba. Pelo largo, tal vez como Cristo sí; pero, ¿habrá fumado marihuana nuestro señor Jesucristo?, por favor, perdóname Dios mío por pensar así de mi guía espiritual. Y si Dios no me escucha – pensó, qué tal si soy como los perros de mi pueblo y todo esto es un juego, ¿por qué no me das todas las respuestas, zoncho infernal?.
Al levantar la cobija para acostarse, se topó con que la gaveta de la mesita de noche, estaba semi abierta, terminó de abrirla y se descubrieron unas revistas de play boy, que el tío había dejado, de seguro que para masturbarse , y lo recibió con  agravio.
Ya casi entrando al baño, la sangre bombeaba fuerte, más allá de la pelvis, se abrazó con su mejor amigo, abrió la ducha, puso el pene en el chorro que pegaba bien fuerte, y con la presión del agua sobre el glande, apretó más y más la corteza hasta que en un quejido abortado pronunció el nombre de Alicia; desde entonces continuó con esta costumbre por largo tiempo. La pila de revistas que había encontrado en la gaveta de la cama, lo ponían bastante nervioso, y aunque fuera a escondidas, todas las noches gestaba una nueva amante y la llenaba de semen con los ojos bien apretados, después se pasaba hasta dormirse pidiéndole a Dios que lo perdonara por haberse masturbado, y así continuó hasta que la repetición se desvaneció con la plegaria del ocio y la costumbre de tener que arrecostarse a algun santo para seguir la vida de los temores impuestos.
El pelo le creció y fue entonces cuando surgieron los primeros conflictos con la gorda de la casa.
– ¿Has estado mirando las revistas, verdad Nago? – preguntó la regordeta Danna.
– No me digas que no, porque están acomodadas de otra manera, quiero decirte que esos vicios son de tu tío, pero yo no los comparto... eso no está bien, el hombre debe ser más efectivo, para eso estamos las mujeres de verdad.
Nago se quedó perplejo, no podía creer lo que la gorda le estaba a punto de proponer.
– Pero, es la esposa de mi tío, la inflada, horrorosa, que lava las mantillas de los bebés en la tina revuelta con los platos de la cocina.
– Cerda ésta – pensó;  empiezo a entender la apariencia de toda esta gente; son una moneda de dos caras, quisiera saber si todas las sonrisas que me han dado son de verdad. Está bien que me masturbo, no lo puedo negar, pero yo decido si lo hago con mi mano o no.
Desde el día que Nago decidió rechazar aquella impudicia, las relaciones fueron de mal en peor.
–También puedo entender a la gorda – se dijo –, y es que en tres meses que llevo acá el tipo de mi tío no le toca ni un dedo. Pobre mujer,  debe de haber comprado las revistas para poder lograr su sueño dorado: “La Fantasía de la Erección Latina”.
– La quiero – decía el tío; pero, ¿puedes verla?, se hizo grandiosa, cuando la conocí era como una barbie; pero estas mujeres de pueblo acá, comen a toda hora, y ya no es lo mismo.
– Sobrino, también la vida tiene otras cosas importantes, el placer debe alimentarse de sueños, y esto, ya es una realidad irreversible; cuando mis hijos estén grandes yo la dejaré con su gente y me iré a buscar una tica bonita y joven... cuando me pensione, y viviré como un latino acomodado, con la mujer que me enterrará.
 – Estamos a punto de tener un hippie acá, darling – señaló Donna en son de intimidación, refiriéndose a Nago. Hemos traído un mono latinoamericano –. Con gran furia vomitaba su enojo , y para joder más de la cuenta, la emprendió con el pelo del, de por sí, aindiado Nago.
– Se nos está haciendo hippie,darling – continuó cacaraqueando hasta llamar la atención del tío, que no prestaba atención y observaba sus venosas manos traídas de Costa Rica , hechas en los campos de pueblo. Todavía olían a cebolla y tierra labrada por campesinos de montaña.
El tema del pelo largo era cotidiano y sólo lo llevaban los hippies y vagabundos, según el criterio de la sociedad y los padres en los sesenta y setenta.
– También resulta increíble cómo los pueblos pequeños se comportan igual en todas partes –  meditaba el ahora casi  hippie Nago –. Están ligados unos con otros, tal pareciera que existe una comunicación congénita de seres humanos que nacen en sociedades similares y producen: café, plátano, queso y viven de cultivar la tierra, o es mera coincidencia.
– Es hora de escribirle a Quincho – resumió.
 “Querido Quincho: Sé que también has decidido venirte para los Estados Unidos, no voy a ser egoista, es un pueblo con cosas increíbles y gran confort, hasta la fecha lo único que he hecho es trabajar jalando quesos; algunas cosas no podré contártelas por carta, pero en sí, lo que más me ha sorprendido, es que algunas personas se parecen mucho a las de allá en su forma de ser, lo que las distancia es la topografía del planeta; pero hasta ríen igual, visten diferente, físicamente son diferentes; pero en sus adentros comen gente de la misma manera; hablo de los caníbales sociales. En realidad me empiezo a sentir atrapado, tal vez los vuelos son intermitentes, sin autonomía, y eso es lo que me hace sentir atrapado.
 ¿Qué sigue?, aún no lo sé. En fin, espero que tengas un buen viaje a California, en donde dicen es mejor que acá, por lo menos la tía Roberta sí te va a dejar tener pelo largo”.
Una hora después del comentario de Donna, Nago se quedaba sin pelo; le habían recortado éste como si fuese para la guerra, y tres días después le habían negado la fórmula I-20 para estudiar en el High School de Beaver Dam; se supone que por haber sido un poco más moreno de lo estimado por aquella comunidad.
– No queremos problemas raciales en nuestro colegio, Mr. Jara – dijo el Principal, argumentándole al tío –, usted nos comprende... ¿verdad?, este colegio es sano y no queremos malos entendidos entre nuestros padres de familia.  No es criterio de la institución, es que la gran mayoría de nuestros ciudadanos son de estirpe europea, tenemos mucho descendiente irlandés y anglicanos.  Nago es un muchacho simpático, pero los únicos latinos que tenemos en el pueblo, y que se parecen a Nago son mexicanos y chicanos, que se mantienen recluidos por robos y asaltos a ciudadanos. No son peligrosos; pero ya han hecho de las suyas.
– Te vas para Chicago, querido sobrino – le dijo el tío Antonio –. No te aceptan, por ser tan indio, bueno no es lo que nosotros pensamos; pero saliste más parecido a la familia de tu padre que a la nuestra, eso no es pecado tuyo; pero acá, en este pueblo es prematuro arriesgarse a que te den una paliza en el high school.
 – En algo debe llevar la razón Quincho, y es que me parezco a mi padre, y la piel que amarro encima es la de mi abuela; una india hija de salvadoreños, ¿qué puedo esperar?; soy un zoncho corroñero latinoamericano, así me ha bautizado esta gente. Pero; ¿y qué se estarán creyendo?, hacemos más el amor que ellos y algún día seremos mayoría en esta tierra secuestrada, robada a mis antepasados, ahora entiendo a los  mexicanos – concluyó –.
El tío, que vagamente estaba observando como Nago,  se mantenía disperso, le dijo:
– Tu tía, que será como tu madre,  me ha dicho que te espera en Chicago, te va a gustar, es más ciudad que acá y también ella tiene más plata que yo, y siempre está en la casa.
Bueno, ciertamente aquella tía era la mejor; siempre había vivido enamorada del padre de Nago y ver el rostro de aquel sobrino era como tener un hijo del hombre a quien más había amado en su vida. Roxana, como se llamaba, esperaba ansiosa la llegada de aquel niño que vio nacer cuando era nativa centroamericana.
Un extraño presentimiento albergó en la cabeza de Nago, era algo así como una gran náusea, como si algo lo estuviera obligando a tener que ir a aquel sitio. De viaje a Chicago, era más abundante ver negros en el tren, en sus paradas, esto hacía que Nago se sintiera camino a Limón: una provincia de Costa Rica en donde habitan gran cantidad de negros provenientes de Jamaica, y que en los años de esclavitud en muchas partes del mundo en donde se sometía tal injusticia, emigraron a una gran cantidad de islas, que se encuentran cerca de Centro América.
– Presiento que esta vida nórtica es como cuando uno juega solo en una plaza de fútbol y siete se le tiran encima para meterte un gol. Tengo que aliarme a alguien, para no ser goleado, estos negros me dan confianza, aunque deberán  ser igual en su interior que las masas humanas; no creo poder encontrar dioses entre nosotros, tal vez ni yo sea lo que yo mismo pienso de mí mismo; la verdad es que muchas veces me he engañado, me he traicionado para sentirme mejor que mis amigos. ¿Será por eso que deseo volar tan alto como las águilas, y he aprendido a hablar con el zoncho?. Soy mi propia institución, la farsa de los sueños me hace mitómano – concluyó.
 – ¡Ven, hijo!, ¡cuánto tiempo sin verte!, es que... es la misma cara del papá – le dijo la tía Roxana al verlo llegar.  Chicago es más civilización, Nago, es más cosmopolita. Tenemos teatros, museos, lugares de diversión, más gente latina. Ahí en esa casa de en frente viven los Manetti, pareja de argentinos, y también la familia Campos y los Rivera, yo no me asocio mucho con ellos; pero de vez en cuando para sentirse uno un poco cerca del terruño y hablar en español, podríamos hacerles una visita.
– Tía. ¿Cree que sea posible poder tener el pelo un poco más largo?
– Si eso no te va a hacer  cambiar, sólo un poquitico.
Nago empezaba a creer  que su felicidad estaría en tener el pelo como los otros jóvenes, o que su autoestima se estaba falceando. Solo pareciéndose a Alice Cooper podría competir con los demás para ganar la aceptación de la chicas del colegio, o lograr ser escuchado como algo innovador
– Padre – pensaba –. He entendido que tus discursos se asemejan a mi pelo:  te lo envidian, te lo quitan, por querer ser diferente, por presentarte como algo extravagante, exótico, tal y como lo hacen las heliconias o las aves del paraíso, los animales en celo, y eso marca el enojo de la mara, la canalla; a quienes Cristo llamó pueblo.
En los días de clases y en el bus del High School, se hacía escuchar una melódica canción de Steve Wonder en F.M. estéreo; después Cat Stevens; ya para entonces con un escueto inglés Nago lograba entender algunas frases de las canciones; el indio fue sumergiéndose en los vuelos de la pregunta y la filosofía de los setenta. “Father and Son”, una canción que invitaba a cuestionarse muchas cosas de la vida adolescente, y después “Grand Funk” como una banda maquiavélica, atrevida.
Los mensajeros de la química prohibida no tardaron en hacer su presencia después de que, con un inglés más fluido, Nago pudo darse cuenta de cómo era que se introducía la droga en el colegio y quiénes la vendían – ¿Amas la libertad?– preguntó una rubia de ojos verdes y bastante rojos en su esfera blanca, le dijo: – take one, just one, y me amarás para siempre. Miró el joint, apretó la envoltura amarilla, el puro de marihuana se destapó a la vista.
Atónito, mudo, pudo darse cuenta de que la nena estaba elevada, stone, y no tuvo el valor para devolvérselo, cerró la mano y lo introdujo en un cuaderno que llevaba.
– Gracias – le dijo a la chica.
– Is panama red, fúmalo con cuidado, te ves primerizo.
– ¡Oh no! – contestó –, en mi país lo sembramos a la par del café.
– ¿De verdad?, dime, ¿y también es cierto que ustedes viven en los árboles?, te lo pregunto porque debe ser muy high.
– Eso sí es una ocurrencia, alguien anda pegando mentiritas por todo tu pueblo – contestó Nago un poco molesto.
– A mí me gusta cuando lo fumo y hago el amor – agregó ella, abriendo los fogosos labios de niña experta, dejando a Nago extasiado,  en medio de sus masturbaciones e imaginación de revista play boy.
–Te pareces a una de ellas – se dijo uniendo el aliento de esta con su vista de latino secuestrado
Las póstumas masturbaciones fueron más reales; era cuestión de pensar en la rubia y no mirar aquellas obscenas revistas de mujeres falsas y con la carne abierta.
– ¿En dónde voy a esconder este puro de marihuana?, no vaya a ser que mi tía lo descubra, ¿por qué mejor no me desago de él? – pensó –; pero y si le cuento a Quincho de que poseo un pito de esos, tal vez no lo vaya a creer, se imaginará que no soy capaz de arriesgarme tanto...lo esconderé dentro de uno de los bafles del equipo de sonido, ¿quién lo buscaría ahí?.
“ Querido hermano, a que no se imagina lo que me sucedió el otro día...” Contando a Quincho el apoteósico evento del primer encuentro con la marihuana, quiso demostrarle a éste qué tan adelante iba con respecto a él, ya que vivía en los Estados Unidos y ahí se crecía más rápido que en Costa Rica.
 “ No sé que hacer con él pero aún recuerdo haberle dicho al primo Roberto que nunca haría uso de drogas, y la verdad es que no sé que hacer, suficiente tengo con masturbarme; no creo que Dios me vaya a perdonar por usar marihuana, pero la verdad es que siento gran curiosidad”.
“ Querido Naguito, siempre los hermanitos menores andan detrás del palo, le voy a ser muy sincero, ya que los dos nos encontramos acá en la patria de los sueños; la verdad es que yo la quemo desde que estábamos en Costa Rica. Fue Roberto quien me introdujo en el oficio de la yerba, por eso empecé a bajar de nivel en las notas del colegio, ¿te acordás?, empecé a bajar en los deportes y cambié de amistades; me gustó esa nota, me ponía más tranquilo, y empecé hacer viajes a la playa con el primo y unas amigas; la verdad es que era muy divertido, y aún lo sigue siendo. Acá vamos a conciertos a San Francisco, o a Los Angeles; más seguido acá en donde estoy viviendo, Sacramento; y no sabe usted lo que es estar escuchando a Santana, con un puro en la cabeza, todo suena diferente; los instrumentos se confiesan contigo y la gente comparte la droga en los conciertos, hay cosas más fuertes como el speed, que lo pone a uno activo todo el día, y eso es lo que hace que pueda trabajar hasta las dos de la mañana en el restaurante “Gringos Bandidos”; en donde recibo dos dólares por hora.


Así es, mi herma, usted sabe qué hacer, ya le dije la verdad, no quiero embarcarlo; pero se siente bien, a mí me gusta, usted tiene la decisión, y que no me culpen por lo que usted vaya a hacer, cuídese. California es la capital del mundo. Y por cierto, necesito que me preste unos cuatrocientos dólares para comprarme una chooper, seré el primero en llegar a Costa Rica montado en una chooper Harley Davison, seré un Easy Driver” – concluyó.
La influencia de Quincho sobre Nago no se hizo esperar y ese mismo día que recibió la carta, llamó a la rubia y juntos se fumaron el puro.
 – No siento nada Melinda – advirtió Nago, olfateándose las manos que ya se habían puesto amarillas en sus dedos: índice y pulgar, la tocola había sido arrebatada por el viento y el cabello del indio lacio se impregnaba de aquel olor peculiar.
– Espera a que el cuerpo se decida;  a mí también me llevó su tiempo; se tomará unas tres veces y  cataplún, bienvenido al clan.
El hecho de que Quincho le diera su adhesión a la marihuana, hizo que este se sintiera envuelto en un torbellino de confusiones e influencias inconscientes que traía ya desde niño.
Despertó al hippie que llevaba adentro, el mensajero de Wodstok,  su primo Roberto, había marcado ese destino,  además de la transmutación cultural que se había generado años atrás sobre latinoamérica.
La simbiosis de las modas y el arte del consumo tenían su mente atrapada en lo que él jamás podría entender, y era la marea del norte que caía como abalancha sobre los pueblos del tercer mundo, muy influenciados por los hermanos emigrantes que realizaban el sueño americano en la gran patria de la libertad.
Al cabo de tres veces logró descubrir los efectos del canabis, tal y como Melinda se lo había pronosticado.
– ¿Aló?, Nago, te habla Raymond. Te llamo para recordarte que mañana hay baile en el High School, Melinda quiere verte y lleva dos dólares para comprar dope.
– Nos vemos allá, Ray; también puedo llevar un poco de ginebra, para Melinda y tu amiga, dicen que detrás de la escuela todo se pone mejor después de las nueve de la noche, y hasta se puede joder a las chicas sin problemas.
William Fremd High School, ubicado en la ciudad de Palatime, era la escuela en la que estudiaba Nago. A pesar de ser una escuela pública la casta norteamericana era bien marcada y los estudiantes hijos de ricos se apartaban de los pobres. Los más atrevidos, rebeldes, enfermos psicóticos  y acomplejados, eran los de escasos recursos, que se la pasaban pidiendo prestado o arrodillándose por un cigarrillo de lo que fuera en el smoking room; era en donde se conocían todas las debilidades de los marcados por el cigarrillo y la droga;  era el laboratorio de las recomendaciones y las novedades químicas que embrutecían al sistema social del país de los sueños dorados.
 De paso para el concierto, Ray sacó un puro de canabis colombiana, se tomaron cuatro tragos stray up, de ginebra y empezaron a jalar el cigarrillo de boca a boca;  uno le soplaba al otro para que le llegara más rápido y no se desperdiciara la costosa yerba.
– ¡Hey!, man, esto no me llega – dijo Nago.
– No te preocupes, amor – contestó Melinda –, que yo haré que te llegue más rápido, y se acercó dándole un beso para soplarle dentro de su boca el humo de la yerba; ahora tómate un buen sopo de ginebra y me dirás en quince minutos lo que deseas.
La música de una banda roquera retumbaba en los vidrios. Melenas moviéndose a lo largo del espacio de la cafetería, que de día servía para el lunch y en momentos como ése, se prestaba para hacer bailes estudiantiles; los profesores vigilaban el comportamiento de la euforia juvenil.
Los grupos de estudiantes se instalaron, según el interés que manejaba cada uno: los droguis* de un lado; los deportistas de otro,  y como duendes en vitrina, los resentidos sociales o acomplejados, ya fuera por falta de dinero o educación familiar. El mismo sistema educativo se encargaba de ponerles la condición para ser juzgados como buenos estudiantes, deseados o no, por los profesores.
El vasto,  y casi que cocodrilesco movimiento de los gringos, sobresalía en la multitud de rubios y uno que otro pelo negro; altos erguidos, y los droguis encorvados y de mal aspecto dérmico, sus melenas se achocolataban con el sudar de la noche.
– Creo que me está llegando, Melinda – dijo Nago un tanto nervioso.
– No siento las piernas, ¿será por la ginebra?.
– No, mi amor, eso se llama estar stone. Mira tus ojos, parecen piedritas; ven amor abrázame y baila conmigo, siente mi aliento, mis senos. ¿No quieres ir detrás del edificio?, existe un lugar para nosotros los enamorados. Ven vamos, aquí no se hace nada, sólo brincar como estúpidos.
– Tengo ganas de reír, pero no sé por qué Melinda, vamos.., vamos a divertirnos donde tu digas, todo esto me parece un show de engaños, ¡ja!,¡ja!, brincan como sapos.
 Mira a Ray, sentado en el suelo tocándose los zapatos, ése es un buen trip, dejémoslo ahí solito con su viaje.
“ Querido hermano; he seguido tu consejo y me he unido al clan de la química, ahora puedo disfrutar mejor la música. He estado escuchando a Led Zepeling después de un puro, y me he metido en la guitarra y los tambores de mi infancia; he andado por todo el grupo musical, la música suena tan profunda, es fabuloso. Pienso quedarme solo ahí, con la mota, no quiero cosas más fuertes, pues veo como uno se va transformando, espero no llegar a enredarme con los despreciados del High School, esto será solo una experiencia, lo prometo”.
Mientras Nixon se debatía entre el dejar el poder o ir a un impeachmen, el pueblo de los sueños subyacía como una cultura de consumo envuelta en drogas; como si se tratase de una moda social de ignorantes despedazando sus entrañas, todo mundo quería probar el canabis que se producía en Centro y Sur América.
“Querida madre, a veces cuando pienso en ustedes, siento como si el mundo hubiese sido un cuento sin sentido, lo que más me gusta de acá es esa música que me despierta todos los días, acá se sueña en ser como alguien ajeno a uno, tal vez un Bob Dylan o un Beatle o quizás un Elvis Presley, o Cat Stevens, este parece más casto. Sin embargo, empiezo a identificarme más con Carlos Santana, me siento parte suya, cuando oigo esa música latina. A pesar de que parece un androide afrolatino, su música es rítmica, bailable y su percusión me llena de sueños tropicales, es una marea de movimientos que se siente en toda la dermis latina.
Si Julio Jaramillo es el pajarillo cantor, Santana es el gorila de la guitarra y la percusión afrolatina. Sé que no te interesan estas cosas, pero quiero que te quede bien claro, además del inglés que he aprendido, también he empezado a entender que acá, para ser alguien, se requiere más que querer, pues como un gran pueblo que es esta patria de todos; algunos gringos te cortan con escalpelo. Vas a la escuela, y los ojos de los hijos de quienes gobiernan la gran sociedad gringa, te llevan medido a sus casas para pedir la opinión de sus padres, que se convierten en los peores enemigos de ellos, creándoles una gran xenofobia en contra de lo que parece no tener la estirpe que ellos manejan”.
 Decenas de veces estuvo después de aquella vez, en viajes con canabis. Una vez estando en el smoking room, se escuchó las voz escandalosa de una de las chamacas que acostumbraban a fumar ahí.
– ¡No vuelve en sí! – gritó  una chica –. ¡Mike!, háblame, que alguien lo ayude; Mike por Dios no te hagas.
De pronto llegó un profesor y mirándole a los ojos, dijo: – Este muchacho esta moribundo, llévenlo a la enfermería.
Era el melenudo Mike, a quien todos respetaban porque era el que más marihuana distribuía en la escuela; era querido, paciente, muy tranquilo; pero que por el amor a la química y lo que lo hiciera sentirse más high, llegó a probar drogas que jamás nunca se supo que se había inyectado ese día en la vena, se suponía que era heroína; sin embargo, nunca más se supo de Mike. Tal parece que tuvo una lesión cerebral, y fue internado en un hospital para drogadictos.
Mike pertenecía a una familia bastante adinerada, su padre era un respetable hombre de negocios que pasaba fuera de la casa casi todo el tiempo.
– Lo único que sé, es que le gustaba mucho la música de Alice Cooper, hasta llevaba tatuado en su brazo derecho la cara de Alice – comentó Nago a su tía cuando le contó lo sucedido ese día en la escuela.
Ese mismo día las casetas de guardar cosas de el high school fueron revisadas una por una, para ver quién más tenía de la temible droga.
William Fremd High Scholl, era considerada una de las mejores instituciones de estudio de la región. El Principal, en una reunión de rutina con todos los alumnos,  expresaba su frustración ante el consumo de droga en la institución.
– No vamos a permitir que la institución se llene de malos ejemplos, como sí sucede en el centro de Chicago – comentaron ese día –. Tendremos mano dura contra los traficantes y seremos más comunicativos con los padres de familia, no entendemos qué estamos haciendo con nuestra sociedad, qué están haciendo los padres si no saben que sus hijos se van transformando en zombis todas las mañanas al desayuno. Si no cambiamos de actitud para con nuestros hijos, Norteamérica será un nido de drogas y será nuestra culpa.
– Que gran discurso – dijo Ray, como si sólo fuera acá;  qué sabe este viejo de viajes astrales, se nota que nunca ha estado en Palm Grove.
– ¿Quieres ir, Nago?, te vas a sentir en el cielo, es hermoso; es un parque que queda a unos pocos kilómetros de acá, y tienen medicinas para todo el mundo, las traen de Chicago centro. El parque es genial, tranquilo, con lagos y veredas, nenas por doquier y muchas vannetes* con música de lo que tú quieras, o sea la música parlante.
Ciertamente, se podía oír a la distancia el ruido de los estéreos encendidos a todo volumen, que venía de las microbuses y los automóviles, como si fuera una competencia para ver cuál de todos reventaría su equipo de sonido primero.
El puro, los jales de pulmón, el ardor en la garganta, la nenas ensuavizadas y flojas de pantalón, se desvanecían por las noches haciendo el amor en los autos, borrachas, drogadas, no requerían de  un engaño para amar,  si de por medio había un puro u otra droga,  comulgaba con ellas.
– Te recuerdo, Alicia, cerrando tus ojos frente al espejo y sintiendo tu sexo desde la forma más instintiva, eso era realidad dérmica, aún llevo el olor de tu sudor en mis manos...¡ah!...te huelo, y no existe mejor droga que la sabia naturaleza, que lleva al éxtasis fálico, después de desear con tanta gana hundirse en el verdadero amor: la piel de tu piel en mi memoria, querida Alicia – recordaba Nago. Sentirse ave en estado natural es el placer más puro que cosa alguna haya podido parirse en el universo; cuando empecé a alterarme con la química del hombre, por rehuir a la cochambroza realidad que había creado el desgraciado ser humano del consumismo, se me fue escapando el vuelo del colibrí y ya nunca volví a platicar contigo zoncho carroñero; necesito de tus versos, tu poesía del vuelo, no me dejes ahora que me sumerjo en la lejanía de la familia del barro, y las menstruaciones maternas, extraño ese olor a herrumbre fetal.
– Es químico, colibrí –  escuchó decir –.
Aquella voz conocida con profundo eco y roncosa, volvió a aparecer en sus guindos mentales.
– Químico, como el orinal de aquel hediondo y olvidado sanitario del Empalme. Hedionda es la espuma con que te acorralas, y vales en ti mismo . Lo que un zoncho puede valer en ese país norteño, equivale a un latino despellejado; mírate las manos y penetra en tus profundidades ancestrales de barro y arrabales que huelen a espuma fresca. Sigue tu instinto de profeta, que los mejores hijos vienen del barro. No te he abandonado. Te dejaré llegar hasta donde marques tu propio destino; los humanos se preocupan por las paradas y no por el vuelo. Has sido llamado a ser perpetuo volador, hijo del aire, las paradas de los vientos no existen, son únicos desvíos de obstáculos que se te aparecen, siempre hay una continuidad.
– Hey you, taco, from the south – se dirigió a Nago uno de los rubios que se encontraban oyendo música en una de las microbuses del parque, señalándole con su índice.
– ¿Quién te ha invitado?, ¿qué hace aquí un perro chihuahua?...ándale, ándale, contesta.
– Estoy conociendo el lugar – respóndió Nago – pero si te molesta, bien así como llegué me puedo ir.
– ¿Juegas saquer?, ¿haces maromas?. Haz algo que nos haga reír sólo con tu existencia, perro sureño –, decía el gringo con gran desprecio,  pretendiendo provocar al indio latinoamericano.
– ¿Podrías enseñarnos a patear la pelota?  Dicen que ustedes los monos latinoamericanos bailan muy bien; mira , y empezó a tratar de imitar el baile latino con un movimiento bastante ridículo, e inmediatamente en un gesto, sui generis, se mordió la mano y dijo:   No sé por qué nuestro país tiene que mantenerlos a ustedes, ¡tacos desteñidos!
Nago ni siquiera intentó responder, pues estaba tan solo en aquel lugar, que sería un suicidio hacerlo o explicar algo, de lo que no tenía ninguna respuesta y se sentía bastante intimidado; sin embargo, Raymond, que lo acompañaba, le dijo apenado: – No les prestes bola y habla conmigo, no vayas a creer que aquí todos somos así.
– ¿Cómo me trataría a mí en tu país? – preguntó.
– Como a un Rey.
– ¿Como a un Rey?
– Los gringos son vistos como dioses en mi patria, van a la luna, nos mandan queso y leche en polvo, tienen los ojos azules y el dinero es poderoso. Tiene razón este compatriota  tuyo de sentirse más que yo, nosotros lo hemos aceptado así, y nuestros gobernantes se hincan ante todos ustedes – concluyó, explicándole a Raymon mientras trataba de desviar la atención de los xenofóbicos.
“Querida madre, he sido humillado varias veces en el high school, por gringos que, a simple vista se nota que no desean mi presencia. Algunos me dicen taco otras veces, espek; entre los latinos alguno me llaman potato, y también he visto como algunos mexicanos en el centro de Palatime le han dicho a otros morenos aindiados, pochos. Todo esto con la idea de herir su procedencia, me parece que les falta espacio para poder jugar a otras cosas.
Extraño el discurso que daba papá en la cueva del zoncho, creo que tenía más sentido, que mirarse la piel y tratar de despellejarla para poder vivir entre una sola raza; no sé: irlandeses, ingleses, alemanes, los inmigrantes de la libertad, todo lo que suene a descendencia europea; pero eso sí, he notado también a los gringos que se creen pobres, porque no tienen enormes casas y ganan menos de dos mil dólares, identificarse con todos los pobres inmigrantes de Río Bravo para abajo, de los wet baks para abajo; o sea el remolino del sanitario; según ellos.
No todo es xenofobia, algunas chicas me miran y hasta veo en ellas las ganas de tocarme; pero un día de estos conocí a una tal Marita Quaranta, que camina con los niños fuertes y bonitos del high school.
Yo la busqué para hacer amistad porque ella me miraba mucho y hasta se sonreía conmigo; pero en la noche del viernes se acercaron a mí, esos tipos y con el rostro bastante enrojecido de la ira, me sentenciaron a patearme el culo si siquiera volvía a verla una vez más. Nuevamente me sentí intimidado y mi respuesta fue estirar la mano y pedirles su amistad. Se pusieron la mano en el pecho y me insinuaron que una ofensa más y dejaría los dientes en el suelo del salón.
 Ya los chicanos me han ofrecido su protección; pero no he querido aceptarla para no ser identificado como un estudiante problema; pero la verdad es que ya no aguanto más, existe un mexicano llamado Tony, al que todos le temen, y es él quien ofrece protegerme”
. – Aquí no se puede estar solo – me dice.
He orado mucho por esos muchachos – contestó la madre –, de seguro que sus padres no se enteran de lo que están haciendo; pero si supieran quien es usted, hijo mío, de seguro lo invitarían a tomarse un cafecito.
Mi madre, de veras que estás viviendo en otra parte. Siga rezando – contestó Nago.
Y como si no fuera poco, en uno de esos bailes que se hacían cada dos meses en la escuela, ¡de pronto, un miche!*.
En las afueras del colegio, un pocho de origen mexicano, bastante indio, de pelo largo, alto, moreno y bien parecido, se daba de pescozones con un gringo, blanco, como bronceado en Siberia, de pelo rojo, y repleto de pecas en su cara; el blanco llevó la peor parte.
Nago se acercó para querer proteger al pocho y fue entonces cuando descubrió que se les decía pochos porque siendo hijos de latinos no hablaban español.
Se acercó, y muy suavemente el pocho le extendió la mano diciéndole: – Hermano, aquí no se anda solo, si quieres que te respeten, deben saber que tienes amigos, de cualquier especie, pero que se responde por ti.
– Yo seré tu hermano – dijo.
– Claro – respondió Nago.
– No, lo hago por la piel que llevas encima – agregó el pocho. Mis mejores amigos vienen de todas partes y la piel no es algo que me interese; pero cuando se trata de estos, se les debe enseñar que tienes agallas, si no te patean y te desprestigian. Me llamo Deany, Deany Pérez – dijo en un perfecto inglés y mis ancestros vienen de Nuevo México.
Más tarde, se acercó Tony el chicano,y volvió a ofrecer su protección. Ya Nago se sentía más seguro, en familia. La fórmula era cuidarse las espaldas y proteger a todo aquel latino que se sintiera enajenado. Parecía más bien un ritual o un miadero de perros de raza y zaguates abandonados.
– Cuidémonos hermano – dijo Tony –, ya te lo he advertido, aquí eres un taco más, entre nosotros eres gente.
 Ya a las doce de la noche, Nago se sentía bastante ebrio y cruzado;  corrió a vomitar detrás del colegio en donde se guardaban los buses, más de quince se encontraban aparcados en un callejón, el colegio era bastante hermoso y de buena estructura .
Nago se tiró en el zacate, y en medio del vómito se apareció una chica a su lado con los pechos desnudos y empezó a besarlo en la boca.
– Te he seguido Nago, moreno divino.
– ¿Por qué así? – preguntó Nago bastante indigesto.
– No hagas preguntas y bésame, tócame.
– Me gustas, me gustas tanto –. Introdujo sus manos  duramente, y con violencia se acariciaron las entrepiernas. Ella se bajó los jeans y como quejándose de la vida se postró encima de él. Le bajó el zipper y empezó a acariciarle por encima de los pantalones hasta que sacó su miembro y lo adoró con todo su cuerpo.
– Mi prohibido latino – decía mientras se hacían el amor. Pasados los orgasmos, miró la hora, se subió el pantalón, y sin despedirse y con la blusa bastante sudada  saltó de pronto.
Al día siguiente, después de desayunarse una alka séltzer, se dijo Nago: – Estoy algo confundido–, mientras miraba las fotos que llevaba siempre consigo y mantenía en una pequeña billetera. – He aprendido a fumar canabis antes que cualquier otro cigarrillo de marca, tanto es así que ni siquiera me llama la atención sacar humo por la boca, como lo hacen los demás compañeros de escuela; pero  ¿qué más se puede hacer ante tanta influencia?
Raymond me los regala, Melani solo hace el amor cuando está drogada, y la música pareciera estar hecha bajo la influencia de por lo menos unos cuantos cigarrillos de yerba.
Nada más hay que escuchar a Led Zepeling y me meto en otro mundo difícil de crear normalmente, mejor diría casi todos los músicos de banda que escucho en FM estéreo, están bajo el coctel de la química. No sé qué tan malo será, pero como no encuentro a nadie que me pueda dar una respuesta, me quedaré por el momento sólo con la yerba.
– Dime Melani, ¿te pasa lo mismo que a mí, que después de un joint, el mundo cambia radicalmente? – le preguntó Nago.
– Mi amor, no sé qué te da a ti, pero yo paso casi todo el día así, de hecho las clases las paso bien volada, dicen que es mejor con LSD. Las clases se te van en un abrir y cerrar de ojos, y los profesores no te notan porque no te pone los ojos rojos.
Si deseas detener la ansiedad, ponte stone y escúchate un disco de Led Zepeling Nene, eso es magia, esos sí que entienden de espacio y tiempo; llega el momento en que te encumbras tanto, que te quedas en el aire suspendido, fuera de tu cuerpo con una alegría tal en tu corazón, que deseas besarte a ti mismo.
Ya metido en el mundo que profetizó el primo Roberto, y resignado a seguir con la naturaleza de ola química, de los “sueños del joven americano”. Nago se adaptaba al sistema de vida, que afreció desde un inicio al hijo del barro, que empezaba a sentirse un híbrido de arcilla latina, envuelta en el arte de crear estúpidos para la patria de los hijos de la libertad.
– Hermano, colibrí, la droga te embruja, pero además de eso siento gran pesar por mi estado natural, siento que la patria soñada de mis tíos te prepara para consumir muchas cosas que hacen daño al alma. Todavía no he dejado de creer en tí, espero que no te saquen de mí, porque estaría muriendo después. Mis amigos sólo hablan de marcas, televisión, pornografía y patriotismo americano al estilo Vietnam – meditaba –.
 – Quiero conocer tu patria – dijo Ray –, tal vez allá las cosas sean más pacíficas. No creas que estoy de acuerdo con todo esto, o que el mundo entero de este país lo apruebe; no sé si la guerra de Vietnam nos hizo tanto daño, pero pregúntale al pueblo norteamericano. Muchos aprendieron a fumarla allá. Otros hasta viven de la venta de eso porque nos les quedó nada, ni siquiera los sueños de infancia y ya sus padres ni siquiera los podían reconocer, regresaban distintos, engañados. Este es un pueblo que te prepara para que te conviertas en un asesino; cuida la patria;, ama tu pueblo ,  y vuélale la jupa a tu enemigo, que primero está la seguridad de los tuyos, y así muchos de nosotros no le encontramos sentido a todo esto, excepto por la buena música que producimos.
Después de una larga meditación y platicar con Raymond, Nago regresó como a las doce de la noche a su casa y escribió en un papel, que luego partió para enrollar doce cigarrillos de marihuana.
– Soy un zopilote; el zoncho de la cueva en la que pregonaba mi padre discursos de salvación existencial. Entre sistemas tan distintos y con vuelos de alas emplumadas, colibrí de mis entrañas ,  zoncho del sistema americano, me dí el lugar que merecía: un zopilote en el norte. Como el zoncho: con un gran pico, la cara roja y cochambrosa, me destapo de en frente de mí para salir a pregonarme por las calles de Palatime, en esta tierra seré un zopilote mientras no encuentre otra respuesta más que la de escapar de la vida y colonizar los pueblos de Norteamérica para que todos nos unamos en la cultura del barro, de los naciodos del barro; del cual las clases económicas dominantes no quiere saber nada, aquí, allá, entre familias, o en el abismo de la muerte, los dólares marcan la diferencia, ¡esa desgracia de humanos!...¿cuándo acabará?
De igual manera que los gamonales de mi patria doblan las espaldas de los jornaleros, y los médicos se pasean con sus hijos , mostrandoles   los plebeyos, para que no se comporten como tal; igual se mira acá con las grandes distancias entre la piel; ser negro es el delito más grande, y se puede ser latino mientras no te llames Pedro o Juan, o el color no llegue muy quemado, te confundirán con un taco mexicano, un chicano, y si te va mejor, un espek*”.

– Viva el Che Guevara – pronunció Nago en la clase de artes, y como si se tratase de una comedia de Bill Cosbi, todos echaron a reír en un gesto nervioso. Tal vez por ser estudiantes de arte conocían del monstruo Guevara.
El profesor de pintura lo echó de la clase.
– Más seriedad en mis clases, Nago – respondió el profesor.
– Dale gracias a Dios que estás entre este pueblo, que muchos en tu patria lo desearían, no te confundas, que así la gente se muere muy joven – dijo –.
Su ansiedad se hacía cada vez más desesperante, y su autoestima fue bajando, hasta llegar al espejo y sentirse como un indio bofeteado: el indio estúpido que perdió el burro en algún lugar de sus cavidades mentales.
– Estoy atrapado – se dijo –... ahí, convertido en un gran estorbo, limpiando el suelo de carroña, mi castigo ha llegado y el zopilote de mi adolescencia crece hasta volverse imperial.
Con el alma hecha añicos, caminó por todas las calles de aquella ciudad, buscando amigos y chicas para fornicar, sólo con el valor que le daba el etil y la marihuana.
Y llegó el día en que ya Nago no se conocía, transformado, cual enorme buitre, se tiró a las calles, sin sentido del vuelo empezó a caminar y a tropezar entre la materia y el espíritu de la química.
Transformado y sin el verbo en sus labios, no logró comunicación alguna con el entorno familiar que lo adoptaba. Así fue echado como un extraño por la basura que albergaba en sus ojos; fue desechado y enjuiciado para que abandonase el territorio prometido, el sueño americano.
– Busca vida, Nago – le sugirió la tía –, has cambiado demasiado. Tienes que saber que este lugar te ofrece de todo como en aquellas pequeñas pulperías de nuestra Costa Rica; pero si no tienes control, pasas a ser de los malos, los que la sociedad norteamericana guarda en cuatro paredes para que no estorben. Un sano consejo de esta tía que te quiere tanto, regresa con tu madre. La libertad, la democracia en la que se vive acá, no te prohíbe de muchas cosas, pero el límite se lo pone uno, en otras patrias no te dejan pensar. Mira la vecina, Juanita del Valle, lleva esperando siete años a su esposo que está en Cuba y el pobre tal vez nunca la vuelva a ver, porque el régimen de ese viejo barbudo, llamado Fidel Castro, los tiene a todos como en un calabozo; pero a ti, Dios te ha dado la oportunidad de conocer esta amable y querida patria, que te pone a los pies, todos los lujos que ningún pobre tendría en Costa Rica; estás cavando tu tumba, Nago; en Costa Rica, solo serás un deudor toda tu vida, al igual que tus padres.
 – Te vas para Sacramento – dijo James –, el esposo de la tía Roxana. Tu hermano ha pedido que te envíen para allá, y tiene el consentimiento de tu tía Roberta y tu primo Roberto.
– Bueno, es posible que entre hippies se entiendan, California está perdida y eso es lo que andabas buscando Nago – agrego la tía Roxana.
– Bingo – gritó Nago –, caput con mi soledad, regresaré a la salsa, el merengue y la tertulia inteligente.
– ¿De qué hablas Nago?, nos ofendes, mal agradecido.
– Déjalo, son chispazos de adolescencia – agregó James.
– Sí, te vas sobrino; pero ese mundo que has vivido acá por este tiempo no es un centímetro de la verdad, no seas injusto, todos los días muere gente en este sitio, como en cualquier otra parte, tu vida ha sido acá sencillamente un instante.
– Predicaré, entonces, el instante y hablaré de mi vida, giraré sobre mi propio eje, es lo único que justamente podría hacer, lo demás se llama fantasía y eso es lo que más he consumido acá, canabis, y quiero realidad, olores de verdad; no quiero engaños vaginales con esencia de perfumes finos; quiero sabor a hormona natural.
–¿Qué son esas pachucadas? .  Eso no lo aprendió acá . ¿Qué va a decir tu madre? ¿ Cómo voy a quedar  yo?
– ¡Dile que soy un pachuco, un indio importado, que habla el idioma con el que usted aprendió a decir mamá!
– Así se agradece mi hospitalidad?.
– Así agradezco, con los mismos ojos que la vieron a usted morirse de amor por mi padre y creer que los niños no tienen memoria,. Su pecado está perdonado.
– Esto va por ti madre, y aunque nunca te lo dije, tiré un ave al viento para liberarte de males pasados. Hoy me he sentido Dios, y he podido perdonar ante el vil pasado  de la tía Roxana.
– California es un lugar de muchas tentaciones: drogas, licor, enfermedades, demasiado libertinaje – terminó diciendo la tía –. Mira el ejemplo de tu primo Roberto, el pelo le llega hasta los hombros, parece un Cristo arrepentido, con esa estatura de metro sesenta y cinco y ese pelo tan largo.
– Usted,  apenas se deje crecerse el pelo, va a parecer un indio, mal agradecido.
– Ya yo te dije mis verdades tía, ¿así me castigas, catapultándome como a un indio?  Empiezo a entender tu filosofía, eso es lo que siempre he sido para ustedes ¿no?  ¿Crees haberte convertido en una gringa de ojos azules? ¿No es cierto, tía?.  ¿Después de venir del barro, descalza y casi miserable?. Ni siquiera puedes ocultar tus pies. Mírate las marcas de tu infancia, los dedos doblados y algunos golpes de piedra te han quedado marcados para siempre en tus pies; es la memoria de quien una vez anduvo descalza por los arrabales de su infancia. Pero ahora eres la señora de James, te ha dejado dos hijos dorados y con una piel celestial, alimentados en primera clase.
La que una vez fue campechana, ahora tenía  su James y el auto del año. La relación era ejemplar y todos los días antes de zarpar al trabajo, el James le daba un besito en la boca, y ella agradecida con la vida, por tener algo que era milagroso . Miraba al suelo; sus pies le hablaban y con gran rencor se retorcía para ocultar su pasado.
 Noble y diáfana, fue la segunda madre de Nago, una madre tierna que se escondía en ella, cada vez que miraba a Nago; realmente adoraba al sobrino. En medio de su sencillez llegaba a tal grado, que soñaba en el día que este mendigo de la sociedad latinoamericana pudiese cambiar y en él lograr un hombre perfecto para la sociedad gringa: preparado para poder trabajar como soldador, mecánico o empleado del sistema, para obedecer y nunca gobernar; pero si ser gobernado. 
– Querida tía, te dejo pero quiero que entiendas una cosa : que me llegue a parecer a tu James algún día, es imposible, pues los indios mueren con la piel puesta. No renuncies a tu pasado, deja que la arcilla de nuestros suelos te presenten como lo que eres, si no, éste, algún día te dejará sin tus recuerdos. Y dándole un beso en la mejilla, se despidió para ir a acostarse.
– Todo lo que he logrado contigo se va al canasto – agregó la tía Roxana el día en que partió Nago para Sacramento.
A las seis de la mañana abordó  un Grayhound, en el hacía fila para sentarse un pueblo nortemaericano bastante popular; acompañado de gringos de sencillo vestir, uno que otro intruso de clase media, una mejicana, pochos, dos negros y un italiano, que pasó atento a los movimientos que hacía la gente.