En los manuales de
literatura hispanoamericana, e incluso en algunos de literatura universal, a
Juan Carlos Onetti se le nombra como un autor muy importante, imprescindible,
irrenunciable. Su obra es ya la de esos escritores que tienen el favor de la
crítica y los profesores universitarios, que han generado una ingente variedad
de estudios y reseñas. Es un autor muy estudiado, tanto, que sufre casi un
secuestro por parte de la crítica crítica. Sin embargo, el lector curioso que
se acerque a una biblioteca con intención de adentrarse en sus territorios
podrá comprobar, echando un ojo al registro en la tapa de cualquiera de sus
novelas, que hace tiempo que no se le visita demasiado. Tampoco las librerías
andan muy sobradas, no abundan los ejemplares de sus libros, quizás la edición
de sus cuentos completos hecha por Alfaguara y prologada por Muñoz Molina,
quizás algún ejemplar de El Astillero. Poco más.
Por eso es necesaria una
reivindicación de su lectura. Ahora parece que una importante editorial se ha
decidido a sacar la Biblioteca Juan Carlos Onetti. ¡Enhorabuena! ¡Por fin! Al
menos resultará fácil encontrar sus libros. Sólo quedará, entonces, coger uno
de ellos, adoptar cualquiera de las actitudes ociosas a nuestro alcance y
disponerse a descubrir, por sí mismo, el inquietante mundo que le espera.
Lo primero que debe hacer el
lector de Onetti es olvidarse de Onetti, de la leyenda del hombre solitario y
cansado que se pasó los últimos años de su vida metido en la cama, de tantas
historias como se cuentan sobre este uruguayo tan temido y, sobre todo, de lo
que otros lectores han podido decir sobre su obra. Conviene acercarse con
humildad, virgen, sin miedo, sin los torpes prejuicios que dictan que su obra
es compleja o difícil, porque además no es cierto.
Lo diré sólo una vez, pero
gritando: ¡NO ES DIFÍCIL LEER A ONETTI! Su lectura requiere sólo paciencia y
atención, complicidad con lo que se está leyendo y una buena dosis de lealtad
para entender lo que sus personajes nos quieren decir. Sus historias exigen
sólo una lectura apasionada, un acercamiento desprejuiciado y la colaboración
de un lector intrépido que indague en su propia experiencia, que se mantenga
despierto y se pregunte a cada instante por lo que están viviendo los
personajes de la historia, tal y como lo haría ante una anécdota contada por un
conocido sobre lo que le ha pasado a un tercero, tan real. Si eres un lector
perezoso que sólo busca ir pasando las páginas hasta encontrar el fin de la
intriga; si eres de los que nunca se detienen para releer un párrafo y pensar;
si te urge coger otro libro para conocer otra historia bien distinta, de
acuerdo, simplemente no leas a Onetti, pero tampoco pongas tus sucias manos
sobre él, no lo manches con tu pereza.
Pero el lector que arriesgue
un poco y se atreva a seguir leyendo y releyendo la obra de este autor
ensimismado en una ficción inacabable, se encontrará con una de las
experiencias literarias más intensas y sobrecogedoras del siglo pasado, donde
palpita, profusamente estudiado, todo el repertorio de los grandes sentimientos
humanos, desde el amor imposible y la piedad vengativa hasta el inevitable
fracaso, la desesperación suicida o la ambición de triunfo o soledad. Todos los
estados de ánimo posibles están recogidos en la obra de Onetti, interpretados
uno a uno por ese elenco de personajes pacíficos y perezosos, fracasados o
vencidos, inútiles o miserables que recorren sus páginas y aparecen y
desaparecen en diferentes títulos para dar cuenta de toda una vida.
El lector que se atreva a
meterse de verdad con Onetti, podrá aprender, leyendo las desventuras de
Larsen, por ejemplo, que la realidad actualísima no nos aporta ningún arma para
luchar contra el tiempo o la irremediable pérdida de ilusiones a que nos somete
la vida. Descubrirá, de la mano de Jorge Malabia, que los sueños dictados por
la nostalgia, el deseo o el capricho, pueden ser una buena fuente de esperanza
para el hombre de hoy. Los eternos aspirantes a suicidas y los amantes de la
desesperación pacífica, comprobarán con el viejo y derrengado Lanza que no hay
más felicidad en la vida que la discutible de seguir viviendo. Los
inconformistas y los negadores del todo, tal vez podrán estar de acuerdo con
Medina y saborear en silencio su total desavenencia con varones y hembras. Los
escépticos tentados por la nada encontrarán en Díaz Grey un cofrade y
aprenderán de él, por ejemplo, que el miedo es el único motor que mueve a los
hombres a la acción.
Ahora que están tan de moda
los libros de autoayuda y las guías que enseñan a ser feliz en quince días sin
tener que hacerle una visita a los de la bata blanca, no está de más recordar
que en los libros de Juan Carlos Onetti se puede encontrar, a modo de historias
de vencidos y soñadores, oculto tras la maraña de lucidez y astucia de un autor
que lo controla todo, todo un manual para el arte de vivir.
Sólo como botón de muestra.
Ahora que se venden tan bien las ideas antiglobalizadoras y que tantos
intelectuales reivindican la autenticidad del individuo, sorprende que Onetti
no sea un bestseller. Improviso y sostengo. Se me ocurre que tan inútil y
entrañable como la lucha contra las grandes multinacionales, es el esfuerzo,
esperanza o locura del viejo Petrus por salvar de la ruina el viejo astillero
construido a la orilla del río en la novela El Astillero. Tan quimérica e
imposible como la vida que pretenden construirse los jóvenes defensores del
movimiento de okupación es la entrañable obstinación del Larsen que quiere
inaugurar a toda costa un prostíbulo perfecto en Juntacadáveres. Los anhelos de
juventud de tantos cuarentones que se resignan a formar parte del pútrido mundo
de los adultos, están fielmente estudiados en Bienvenido Bob. La nostalgia y la
locura de tantas celebridades que aprovechan la coartada de un libro de
memorias para llenar sus recuerdos de mentiras, es perfectamente comprensible y
razonable tras una lectura atenta de un relato como La novia robada. Las
visiones sesgadas y dañinas de la prensa rosa actual, con sus falsos rumores y
sus inútiles propósitos, no difieren demasiado de la actitud miserable del
narrador de Los adioses. Y por último, pero se podría continuar sin descanso,
esa sensación de buscavidas que nunca llegará a nada, y que ahora tenemos
tantos jóvenes que fuimos a la universidad hace unos años, es la misma
sensación de angustia, pérdida y declive que atenaza a Medina a pesar de los
trabajos que para él se inventa Frieda en Dejemos hablar al viento.
Y recapitulo y termino. Quien se aventure por los
territorios frecuentados por Onetti encontrará en el camino todo eso que he
mencionado y mucho más. Si arriesga y continúa y relee, descubrirá que también
él conoce toda esa abundancia de estados de ánimo, que también ha vivido la
zozobra de un amor y se ha echado un pulso alguna vez con su propio declive.
Tal vez sienta la necesidad de seguir leyendo para entender mejor lo que ha
vivido o incluso, y esto es fundamental, vuelva una y otra vez a esas mismas
historias para conocer mejor el mundo que está fuera de ellas.