Siempre
comienza del mismo modo.
Primero,
aparece la sensación.
¿Ha
sentido alguna vez las pisadas de unos pequeños pies andando a través de la
parte superior del cráneo? ¿Pisadas sobre su cráneo, de aquí para allá, de allá
para acá?
Empieza
así.
No se
puede ver quién da las pisadas. Después de todo el que lo hace se encuentra
sobre su cabeza. Si es usted astuto, espera una oportunidad y, de repente, se
pasa la mano por el pelo. Pero de ese modo no puede agarrar al andarín. Él sabe
lo que se hace. Aún cuando usted se sujete la cabeza con ambas manos, él se las
arregla para deslizarse de algun modo por entre ellas. O quizás da un salto.
Es terriblemente
rápido. Y no se le puede ignorar. Si usted no presta ninguna atención a los
pasos, él intentará dar el siguiente paso. Serpentea por su nuca, bajando y
murmura algo en su oído.
Puede
usted sentir su cuerpo, tan diminuto y frío, fuertemente apretado contra la
base de su cerebro. Hay algo de insensibilizador en sus garras porque no hacen
daño, aunque más tarde descubrirá pequeños rasguños en su nuca que sangran y
sangran. Pero, por el momento, todo lo que usted sabe es que algo diminuto y
frío está ejerciendo presión allí. Está presionando y murmurando.
Es
entonces cuando trata usted de luchar contra él. Trata de no escuchar lo que
dice. Porque, si escucha, está perdido. Entonces, tiene que obedecerle.
¡Oh,
es malvado y sabio!
Sabe cómo atemorizar y amenazar si
uno se atreve a resistírsele.
Pero
ahora. raramente lo intento. Para mí, es mucho mejor escuchar, y después
obedecer.
Mientras
me muestre dispuesto a escuchar, las cosas no parecen ir tan mal. Porque él
también puede ser tranquilizador y persuasivo. Tentador. ¡Cuántas cosas no me
habrá prometido en ese pequeño murmullo sedoso!
Por
otra parte, también cumple sus promesas.
La
gente se piensa que soy pobre porque nunca he tenido dinero y porque vivo en
esa vieja chabola, al borde de la ciénaga. Pero él me ha hecho rico.
Tras
hacer lo que él desea, me lleva lejos -fuera de mí mismo-, durante días. Hay
otros lugares, más allá de este mundo; eso lo sabemos todos. Lugares donde yo
soy el rey.
La
gente se ríe de mí y dice que no tengo amigos; las chicas de la ciudad solían
llamarme «espantapájaros». Pero a veces -cuando he cumplido sus órdenes-, él
trae a los ricos del mundo ante mí.
¿Que
sólo son sueños? No lo creo. Es la otra vida la que es un sueño, la vida en la
chabola, junto a la ciénaga. Eso ya no parece seguir siendo real.
Ni
siquiera el matar...
Sí, yo
mato a gente.
Eso es
lo que Enoch quiere que haga, ya lo sabe. Esas son las cosas que él me murmura
al oído. Me pide que mate a gente, para él.
No me
gusta hacerlo. Al principio, luchaba... Ya le he dicho que antes, ¿verdad? Pero
ahora ya no puedo.
Él
quiere que mate a gente, para él. Enoch. La cosa que vive en la parte superior
de mi cabeza.
No le
puedo ver. No le puedo coger. Sólo puedo sentirle, y escucharle, y obedecerle.
A
veces, me deja solo unos días. Después, de repente, lo vuelvo a sentir allí,
arañando la parte superior de mi cerebro. Después, le escucho murmurarme algo
en voz baja, y él me dirá que alguien está atravesando la ciénaga.
No
tengo la menor idea de cómo llega a saber esas cosas. No puede haberlas visto
y, sin embargo, las describe perfectamente.
-Hay
un vagabundo que baja por el camino de Aylesworthy. Un hombre bajo y rechoncho,
con la cabeza pelada. Eso lo hace más fácil.
Después,
se echa a reír un minuto, y continúa:
-Se
llama Mike. Lleva un jersey marrón y una bata azul. Va a llegar a la ciénaga
dentro de diez minutos, cuando se ponga el sol. Se detendrá bajo el árbol que
está junto al vertedero.
Vuelve
a reír y prosigue:
-Es
mejor que le golpees detrás de ese árbol. Espera a que empiece a buscar leña
para encender fuego. Después, ya sabes lo que hacer. Y ahora, coge el hacha. Y
date prisa.
A
veces, le pregunto a Enoch qué me dará a cambio. Pero normalmente, confío en
él. De todos modos, sé que voy a tener que hacerlo. Así pues, lo mejor es ir
directamente al grano. Enoch nunca se equivoca en estas cosas y, además, me
evita problemas.
Eso es
lo que siempre hizo... hasta la última ocasión.
Una
noche, estaba sentado en la chabola, tomando la cena, cuando me habló de
aquella muchacha.
-Va a
venir a visitarte -murmuró-. Una chica bonita, toda ella vestida de negro.
Posee una maravillosa cualidad en la cabeza... Unos huesos magníficos.
Excelentes.
Al
principio, pensé que me estaba hablando de una de mis recompensas. Pero
Enoch estaba hablándome de una persona real.
-Llegará
hasta la puerta, y te pedirá que la ayudes. A arreglar su coche. Ha seguido la
carretera secundaria, con la intención de llegar a la ciudad por una ruta más
corta. Ahora, el coche se ha metido en una zanja, y necesita cambiar una de las
ruedas.
Resultaba
divertido escuchar a Enoch hablando de cosas como neumáticos de automóvil. Pero
él también los conoce. Enoch lo sabe todo.
-Saldrás
a ayudarla cuando ella te lo pida. No te lleves nada. Ella tiene una llave
inglesa en el coche. Utilízala.
En
esta ocasión, traté de luchar contra él y gemí una y otra vez:
-No lo
haré, no lo haré.
Él, se
echó a reír Y entonces me dijo lo que haría si me negaba. Me lo dijo una y otra
vez.
-Es
mejor que se lo haga a ella que no a ti -me recordó Enoch-. ¿O prefieres que
yo...?
-¡No!
-grité-. No. Lo haré.
-Después
de todo -me murmuró Enoch-, no lo puedo evitar. Debo ser servido con toda la
frecuencia necesaria. Para mantenerme vivo. Para mantenerme fuerte. Así, podré
servirte. Así, podré darte cosas. Ésa es la razón por la que tienes que
obedecerme. Si no, me quedaré aquí, y...
-¡No!
-repetí-. Lo haré.
Y lo
hice.
Ella
llamó a mi puerta al cabo de pocos minutos, y resultó ser tal y como Enoch me
había indicado. Era una joven bonita, con el pelo rubio. A mí me gusta el pelo
rubio. Me sentí contento cuando me dirigí hacia la ciénaga con ella; contento
porque no tendría que dañar su pelo. Le pegué en la nuca, con la llave inglesa.
Enoch
me dijo lo que tenía que hacer, paso a paso.
Después
de haber utilizado el hacha, coloqué el cuerpo en las arenas movedizas. Enoch
estaba conmigo y me advirtió sobre las huellas dejadas por mis pasos. Las
borré.
Estaba
preocupado por el coche, pero él me enseñó a utilizar el extremo de un tronco
caído y lo lancé a las arenas movedizas. No estaba muy seguro de que se
hundiera, pero lo hizo. Y con mucha mayor rapidez de lo que hubiera creído.
Fue un
alivio el ver cómo desaparecía el coche. Después, arrojé también el tronco.
Entonces, Enoch me dijo que regresara a casa, y así lo hice, e inmediatamente
sentí cómo se apoderaba de mí aquella ensoñadora sensación.
Enoch
me había prometido algo especial por aquello, y yo me quedé dormido
inmediatamente. Apenas si podía sentir la presión que abandonaba mi cabeza
cuando Enoch me dejó, dirigiéndose precipitadamente hacia la ciénaga para
cobrar su recompensa...
No sé
cuánto tiempo dormí. Tuvo que haber sido mucho. Todo lo que recuerdo es que
finalmente empecé a despertarme, sabiendo de algún modo que Enoch volvía a
estar conmigo, y teniendo la sensación de que algo andaba mal.
Entonces,
me desperté del todo, porque escuché el golpe sobre mi puerta.
Esperé
un momento. Esperé a que Enoch me murmurara algo, a que me dijera lo que debía
hacer.
Pero
ahora, Enoch estaba dormido. Él siempre se dormía después. y entonces, nada le
despertaba durante días. Y durante todo ese tiempo, yo soy libre. Normalmente,
disfruto de esa libertad. Pero ahora no. Ahora necesitaba su ayuda.
El
golpear sobre mi puerta se hizo más fuerte, y ya no pude esperar más tiempo.
Me
levanté y abrí la puerta.
El
viejo sheriff Shelby cruzó el umbral.
-Vamos,
Seth -me dijo-. Te voy a llevar a la cárcel.
Yo no
dije nada. Sus pequeños y brillantes ojos estaban escudriñando todo el interior
de mi chabola. Cuando me miró, me sentí tan sobresaltado, que hubiera querido
ocultarme.
Él,
desde luego, no podía ver a Enoch. Nadie puede. Pero Enoch estaba allí. Le
sentía, descansando muy ligeramente sobre la parte superior de mi cráneo,
escondido bajo una manta de pelo, agarrado a mis rizos y dormido tan
pacíficamente como un niño.
-La
gente dice que Emily Robbins trataba de acortar camino cruzando la ciénaga -me
dijo el sheriff-. Seguimos las huellas de los neumáticos hasta las viejas
arenas movedizas.
Enoch
había olvidado las huellas de los neumáticos. Así pues, ¿qué podía decir yo?
Además:
-Cualquier
cosa que digas puede ser utilizada contra ti -me dijo el sheriff Shelby-.
Vamos, Seth.
Me fui
con él. No podía hacer otra cosa. Me fui con él a la ciudad, y todos los vagos
estaban allí, tratando de asaltar el coche. También había mujeres entre la
multitud. Les gritaban a los hombres que me «cogieran».
Pero
el sheriff Shelby los mantuvo a raya y por fin fui conducido sano y salvo a la
parte posterior de la cárcel. Me encerró en la celda central. Las otras dos
celdas que estaban a ambos lados se encontraban vacías, así es que yo estaba
solo. Solo, a no ser por Enoch, que seguía durmiendo a pesar de todo.
Aún
era una hora muy temprana, por la mañana, y el sheriff Shelby volvió a salir,
junto con otros hombres. Supuse que iría a tratar de extraer el cuerpo de las
arenas movedizas, si es que podía. No trató de hacerme ninguna pregunta y
aquello me extrañó.
Ahora,
Charley Potter fue diferente. Deseaba saberlo todo. El sheriff Shelby le
había dejado a cargo de la cárcel mientras él se encontrara fuera. Al cabo de
un rato, me trajo el desayuno, y empezó a hacerme preguntas.
Yo me
mantuve en silencio. Hay cosas mejores que hablar con un tonto como Charley Potter.
Se creía que yo estaba loco. Como la multitud de afuera. La mayor parte de la
gente de la ciudad creía que yo estaba loco.. supongo que a causa de mi madre,
y por la forma en que vivía, solo, junto a la ciénaga.
¿Qué
podía decirle a Charley Potter? De todos modos, si le hablaba de la existencia
de Enoch, nunca me creería. Así es que no dije nada.
Le
escuché.
Entonces,
Charley Potter me dijo que estaban buscando a Emily Robbins, y cómo el sheriff
Shelby estaba haciéndose preguntas, desde hacía algún tiempo, sobre algunas
otras desapariciones. Me dijo que habría un gran juicio, y que el fiscal del
distrito no tardaría en llegar desde el tribunal del condado. Y también había
oído decir que iban a enviar a un médico para que me examinara.
En el
mismo momento en que terminé el desayuno, llegó el doctor. Charley Potter le
vio llegar y le permitió entrar. Tenía que actuar rápido, para impedir que
algunos de aquellos zoquetes entraran con él. Supongo que querían lincharme.
Pero el médico pudo entrar bien. Era un hombre pequeño, con una de esas
graciosas barbas en el mentón. Hizo que Charley Potter se marchara al despacho
mientras él se sentaba fuera de la celda y hablaba conmigo.
Se
llamaba doctor Silversmith.
Hasta
aquel momento no había estado sintiendo nada. Había sucedido todo con
tal rapidez, que ni siquiera tuve oportunidad para pensar.
Era
todo como parte de un sueño: el sheriff, y la multitud, y todo lo que se decía
sobre un juicio y un linchamiento y sobre el cuerpo de la ciénaga.
Pero,
de algún modo, la presencia de aquel doctor Silversmith cambió las cosas.
Era
real, claro está. Se podía saber que era un médico por la forma tranquila en
que hablaba; su voz sonaba como la del médico que quiso enviarme a la
institución después de que encontraran a mi madre.
Aquella
fue una de las primeras cosas que me preguntó el doctor Silversmith: ¿Qué le
había sucedido a mi madre?
Parecía
saber mucho sobre mí y eso hizo que me resultara más fácil hablar con él.
No
tardé en encontrarme contándole toda clase de cosas. Cómo habíamos vivido mi
madre y yo en aquella chabola. Cómo hacía ella los filtros y los vendía.
También hablé del gran foso y de la forma en que reuníamos hierbas durante la
noche. Y de las noches en que ella se marchaba sola, y yo podía escuchar
aquellos extraños ruidos, que llegaban hasta mí desde muy lejos.
No
quería decir muchas cosas más, pero, de todos modos, él las sabía. Sabía que la
gente la llamaba bruja. Y hasta sabía la forma en que murió, cuando Santo
Dinorelli llegó aquella tarde hasta nuestra puerta y la apuñaló porque ella
había hecho aquella poción para su hija, que se fugó con el trampero. También
sabía que, después de aquello, yo había seguido viviendo solo en la chabola.
Pero
no sabía nada sobre Enoch.
Enoch,
que seguía estando en la parte superior de mi cabeza, durmiendo, sin saber y
sin que le preocupara todo lo que me estaba sucediendo.
De
algún modo, me encontré hablándole al doctor Silversmith sobre la existencia de
Enoch. Quería explicarle que, en realidad, no era yo quien había matado a
aquella joven. Así es que tuve que hablarle de Enoch y de cómo mi madre había
establecido el trato entre los bosques. No me permitió ir con ella -yo sólo
tenía doce años-, pero se llevó un poco de mi sangre, pinchándome con una aguja
y vertiendo la sangre en una pequeña botella.
No sé
exactamente lo que hizo, pero cuando regresó, a la mañana siguiente, Enoch vino
con ella. Yo no le podía ver, desde luego, pero ella me dijo algo sobre él... y
pude sentirle cuando se subió a mi cabeza.
Mi
madre me dijo que él estaría siempre conmigo, que se preocuparía por mí y que
me ayudaría de todas las formas.
Conté
todo esto con mucho cuidado y expliqué por qué tenía que obedecer a Enoch para
siempre, desde que mi madre había sido asesinada. Enoch me protegió, tal y como
planeara mi madre, porque ella sabía que yo no podía salir adelante solo.
Admití todo esto ante el doctor Silversmith porque creía que era un hombre
sabio y que lo comprendería.
Pero
me equivoqué.
Lo
supe inmediatamente. Porque mientras el doctor Silversmith se inclinaba hacia
adelante y se acariciaba la pequeña barba y me decía «Sí, sí» una y otra vez,
podía sentir sus ojos, que me observaban muy estrechamente.
Tenía
la misma clase de ojos que el sheriff Shelby. Ojos brillantes. Ojos mezquinos.
Ojos que no confían en uno cuando ellos se fijan en uno. Ojos entrometidos,
escudriñadores.
Después,
empezó a hacerme toda clase de curiosas preguntas. Se podría pensar que me
preguntó sobre Enoch, pues él era la explicación de todo. Pues no. En
lugar de eso, el doctor Silversmitb me preguntó si había escuchado alguna vez otras
voces. Si había visto alguna vez cosas que yo sabía no estaban allí.
Me
preguntó cómo me sentí cuando maté a Emily Robbins y si yo... ¡pero no repetiré
aquí esa pregunta! Habló conmigo como si yo fuera una especie de... ¡loco!
Me
eché a reír ante él y me encerré en mí mismo con más fuerza que una almeja.
Al
cabo de un rato, él abandonó sus intentos y se marchó, sacudiendo la cabeza.
Mientras se marchaba, me reí de él porque sabía que no había descubierto lo que
deseaba descubrir. Quería saber todos los secretos de mi madre, y mis propios
secretos, y también los de Enoch.
Pero
no lo consiguió y yo me eché a reír. Después, me fui a dormir y estuve
durmiendo casi durante toda la tarde.
Al
despertarme, me encontré con un hombre nuevo, que se encontraba de pie, frente
a mi celda. Tenía un rostro grande, grueso y sonriente y unos ojos bonitos.
-Hola,
Seth -me dijo, muy amigablemente-. ¿Echando una pequeña siesta?
Me
llevé la mano a la parte superior de la cabeza. No pude sentir a Enoch, pero
sabía que estaba allí, dormido aún. Él se mueve con rapidez, incluso cuando
está durmiendo.
-No te
alarmes -me dijo el hombre-. No te haré daño.
-¿Le
ha enviado ese médico? -pregunté.
-Claro
que no -me contestó el hombre, echándose a reír-. Me llamo Cassidy. Edwin
Cassidy. Soy el fiscal del distrito y estoy a cargo de esto. ¿Crees que puedo
entrar y sentarme un rato contigo?
-Estoy
encerrado -le dije.
-El
sheriff me ha dado las llaves -dijo Mr. Cassidy.
Las
sacó de un bolsillo y abrió la celda. Entró en ella y se sentó sobre el banco,
cerca de mí.
-¿No
tiene usted miedo? -le pregunté-. Ya sabe, se supone que soy un asesino.
-¡Cómo,
Seth! -exclamó Mr. Cassidy, echándose a reír-. Claro que no te tengo miedo. Sé
que no tenías la intención de matar a nadie.
Puso
la mano en mi hombro y yo no me aparté. Era una mano bonita, gruesa y suave.
Llevaba un anillo con un gran diamante en uno de los dedos. Y el diamante
relucía a la luz del sol.
-¿Cómo
es Enoch? -me preguntó.
Yo di
un salto.
-¡Oh,
está bien! Ese tonto de médico me lo dijo cuando me lo encontré en la calle. Él
no comprende a Enoch, ¿verdad, Seth? Pero tú y yo sí que le comprendemos.
-El
médico cree que estoy loco -murmuré.
-Bueno,
y esto que quede entre nosotros, Seth, parecía un poco difícil de creer al
principio. Pero acabo de venir de la ciénaga. El sheriff Shelby y algunos de
sus hombres aún están trabajando allí. Ya sabes, excavando.
»Encontraron
el cuerpo de Emily Robbins hace un rato. Y también otros cuerpos. El de un
hombre grueso, y el de un niño pequeño, y algunos indios. Ya sabes, las arenas
movedizas los conservan.
Observé
sus ojos y aún estaban sonriendo. Así es que me di cuenta de que podía confiar
en aquel hombre.
-Encontrarán
otros cuerpos si continúan excavando, ¿verdad, Seth?
Hice
un gesto de asentimiento con la cabeza.
-Pero
no me quedé allí, esperando. Vi lo suficiente como para comprender que estabas
diciendo la verdad. Enoch tuvo que haberte obligado a hacer aquellas cosas,
¿verdad?
Volví
a asentir con la cabeza.
-Bien
-dijo Mr. Cassidy, apretándome el hombro-. ¿Ves qué bien nos entendemos ahora
tú y yo? Así es que no te culparé de nada de lo que me digas.
-¿Qué
quiere usted saber? -le pregunté.
-¡Oh!
Muchas cosas. Como ves, estoy muy interesado por Enoch. Veamos, ¿cuántas
personas te dijo que mataras? Quiero decir, en total.
-Nueve
-contesté.
-¿Y
están todas enterradas en las arenas movedizas?
-Sí.
-¿Conoces
sus nombres?
-Sólo
de unas pocas.
Le
dije los nombres de los que conocía, y añadí:
-A
veces, Enoch sólo me las describe y yo salgo para encontrarme con ellas
-expliqué.
Mr. Cassidy soltó una pequeña
risa y sacó un puro. Yo fruncí el ceño.
-No
quieres que fume, ¿verdad?
-Por
favor... No me gusta. Mi madre no creía que fuera bueno fumar. Nunca me lo
permitió.
Mr.
Cassidy se rió ahora en voz alta, pero volvió a guardarse el puro y se inclinó
hacia adelante.
-Puedes
serme de mucha ayuda, Seth -murmuró-. Supongo que sabes lo que tiene que hacer
un fiscal de distrito.
-Es
una especie de abogado, ¿no?... En los juicios y esas cosas, ¿verdad?
-Exactamente.
Yo voy a estar en tu juicio, Seth. Ahora bien, supongo que no querrás
levantarte en frente de toda esa gente y decirles lo que... ha ocurrido,
¿verdad?
-No,
no quiero hacerlo, Mr. Cassidy. No ante esas gentes mezquinas de la ciudad. Me
odian.
-Entonces,
mira lo que tienes que hacer. Me lo cuentas todo a mí, y yo hablaré por ti. Eso
es algo amistoso por mí parte, ¿no te parece?
Hubiera
querido tener allí a Enoch para que me ayudara, pero él seguía durmiendo. Miré
a Mr. Cassidy y tomé una decisión.
-Sí
-afirmé-. Se lo puedo contar todo.
Así
pues, le conté todo lo que sabía.
Al
cabo de un rato, él dejó de reírse ligeramente, pues empezaba a sentirse tan
interesado que no le quedaba tiempo para echarse a reír o hacer otra cosa que
no fuera escucharme.
-Una
cosa más -me dijo después-. Hemos encontrado algunos cuerpos en la ciénaga. El
cuerpo de Emily Robbins lo podemos identificar, así como algunos de los otros.
Pero sería todo mucho más fácil si supiéramos algo más. Eso me lo puedes decir
tú, Seth. ¿Dónde están las cabezas?
-Eso
no se lo diré -contesté, levantándome y volviéndome de espaldas-, porque no lo
sé.
-¿No
lo sabes?
-Se
las entregaba a Enoch -le expliqué-. ¿Es que no comprende? Esa es la razón por
la que tengo que matar gente para él. Porque él quiere sus cabezas.
Mr.
Cassidy parecía muy extrañado.
-Siempre
me obliga a cortar las cabezas y dejarlas allí -seguí diciéndole-. Yo coloco
los cuerpos en las arenas movedizas y después me marcho a casa. Entonces, él me
hace dormir y me recompensa. Después, se marcha... y regresa al lugar donde
están las cabezas. Eso es lo que él quiere.
-¿Y
por qué las quiere, Seth?
Se lo
dije.
-Como
ve, si pudiera encontrarlas, no le serviría de nada. De todos modos, lo más
probable es que no las pudiera reconocer.
Mr.
Cassidy se levantó y suspiró.
-Pero,
¿por qué permites que Enoch haga esas cosas?
-Tengo
que hacerlo así. En caso contrario, me lo haría a mí. Es así como me amenaza
siempre. Él tiene la necesidad de tenerlas. Así es que le obedezco.
Mr.
Cassidy me obsrvó mientras yo andaba por la celda, pero no dijo una sola
palabra. Parecía sentirse muy nervioso de repente, y cuando me acerqué a él se
apartó a un lado.
-Explicará
todo eso en el juicio, ¿verdad? -pregunté-. Sobre Enoch y todo lo demás.
Sacudió
la cabeza, negativamente.
-No
voy a decir nada sobre Enoch en el juicio, y tampoco lo vas a decir tú -dijo
Mr. Cassidy-. Nadie va a saber que Enoch existe.
-¿Por
qué?
-Estoy
tratando de ayudarte, Seth. ¿Sabes lo que dirá la gente si les mencionas la
existencia de Enoch? ¡Dirá que estás loco! Y tú no quieres que ocurra eso,
¿verdad?
-No.
¿Pero qué puede hacer usted? ¿Cómo me puede ayudar?
Mr. Cassidy me sonrió.
-Tienes
miedo de Enoch, ¿verdad? Bien, sólo estaba pensando en voz alta. Suponte que me
entregas Enoch a mí.
Tragué
saliva.
-Sí.
Suponte que me lo entregas ahora mismo. Déjame que yo me ocupe de él mientras
se celebra el juicio. Entonces, no será tuyo y tú no tendrás que decir nada
sobre su existencia. De todos modos, lo mas probable es que no desee que la
gente se entere de lo que hace.
-Eso
es cierto -admití-. Enoch se enfadaría mucho. Su existencia es un secreto, ya
sabe. Pero no me gusta entregárselo sin habérselo preguntado antes... y ahora
está durmiendo.
-¿Durmiendo?
-Sí.
Sobre la parte superior de mi cabeza. Lo que pasa es que usted no le puede ver,
claro.
Mr.
Cassidy miró mi cabeza y después se sonrió.
-¡Oh!
Se lo podré explicar todo cuando se despierte -me dijo-. Cuando sepa que todo
es para bien, estoy seguro de que se sentirá feliz.
-Bueno...
entonces, supongo que no habrá inconveniente -dije, suspirando-. Pero tiene que
prometerme que lo cuidará muy bien.
-Claro
-dijo Mr. Cassidy.
-¿Y le
dará todo lo que pida? ¿Todo lo que necesite?
-Desde
luego.
-¿Y no
se lo dirá a nadie?
-A
nadie.
-Desde
luego, ya sabe lo que le sucederá si se niega a darle a Enoch lo que desea
-advertí a Mr. Cassidy-. Él lo cogerá de... usted mismo... a la fuerza.
-No te
preocupes, Seth.
Permanecí
en silencio durante un minuto. Porque, en aquellos momentos, pude sentir algo
que se movía. ¡Enoch se estaba despertando!
-Se ha
despertado -murmuré-. Ahora, se lo puedo decir.
Sí,
Enoch estaba despierto. Podía sentirle arrastrándose sobre mi cabeza,
moviéndose hacia mi oreja.
-Enoch
-murmuré-. ¿Me puedes oír?
Me
escuchaba.
Entonces,
se lo expliqué todo. Cómo iba a entregarle a Mr. Cassidy.
Enoch
no dijo una sola palabra.
Mr.
Cassidy tampoco dijo nada. Estaba allí, quieto, con una mueca burlona en el
rostro. Supongo que debió parecerle un poco extraño el verme hablar con...
nada.
-Vete con Mr. Cassidy -murmuré-. Vete ahora con él.
Y
Enoch se marchó.
Sentí
como el peso abandonaba mi cabeza. Eso fue todo. Pero sabía que se había
marchado.
-¿Lo
puede sentir, Mr. Cassidy? -pregunté.
-¿Qué?...
¡Oh, claro! -contestó.
-Cuide
mucho a Enoch -le advertí.
-Lo
mejor que pueda.
-No se
ponga el sombrero -le aconsejé-. A Enoch no le gustan los sombreros.
-Lo
siento, me olvidaba. Bien, Seth, me despido ahora. Has sido de una gran ayuda
para mí... y a partir de ahora vamos a olvidarnos de Enoch en cuanto a
decírselo a otras personas.
»Volveré
otra vez para hablar contigo sobre el juicio. Ese doctor Silversmith le va a
decir a la gente que tú estás loco. Quizás sea mejor que lo niegues todo. Me
refiero a todo lo que le dijiste... ahora que soy yo el que tengo a Enoch.
Aquello
parecía una buena idea y, además, sabía que Mr. Cassidy era un hombre
inteligente.
-Como
usted diga, Mr. Cassidy. Pórtese bien con Enoch, y él se portará bien con
usted.
Mr.
Cassidy me estrechó la mano y después él y Enoch se marcharon. Volví a sentirme
cansado. Quizás fuera la tensión, o quizás sólo era que me sentía un poco
extraño, sabiendo que Enoch se había marchado. De todos modos, volví a dormirme
durante un largo rato.
Ya era
de noche cuando desperté. El viejo Charley Potter estaba dando golpes en la
puerta de la celda, trayéndome la cena.
Pegó
un salto cuando le saludé, y se apartó hacia atrás.
-¡Asesino!
-me gritó-. Han sacado nueve cuerpos de la ciénaga. ¡Eres un demonio loco!
-¡Cómo,
Charley! -dije-. Siempre creí que eras un buen amigo mío.
-¡Loco!
Me voy a marchar de aquí ahora mismo. Te voy a dejar encerrado durante toda la
noche. El sheriff se ocupará de que nadie entre aquí para lincharte... pero si
quieres saber mi opinión, está perdiendo el tiempo.
Después,
Charley apagó todas las luces y se marchó. Escuché cómo salía por la puerta
principal y ponía el candado, y me quedé completamente solo en la cárcel.
¡Completamente
solo! Resultaba muy extraño sentirse tan solo por primera vez en tantos años...
completamente solo, sin la presencia de Enoch.
Me
pasé los dedos por la parte superior de mi cabeza. Estaba desnuda y parecía
extraña.
La
luna brillaba a través de la ventana y me quedé allí, mirando hacia la calle
vacía. A Enoch siempre le gustaba la luna. Eso le hacía vivir más intensamente,
convirtiéndole en un ser incansable y ávido. Me pregunté cómo se sentiría
ahora, con Mr. Cassidy.
Debí
permanecer allí durante mucho rato. Sentía las piernas insensibles cuando me
volví y escuché cómo alguien manoseaba torpemente la puerta.
El
candado se abrió y entonces Mr. Cassidy penetró corriendo. Jadeaba y se llevaba
las manos a la cabeza, rascándose.
-¡Sácamelo!
-gritó-. ¡Apártalo de mí!
-¿Qué
ocurre? -le pregunté.
-Enoch...
esa cosa tuya... Creía que estabas loco... quizás sea yo el que está loco
ahora... ¡Pero quítamelo!
-¡Cómo,
Mr. Cassidy! Ya le dije cómo era Enoch.
-Ahora
se está arrastrando por mi cabeza. Lo puedo sentir. Lo puedo escuchar.
¡Y qué cosas dice!
-Pero
ya le expliqué todo eso, Mr. Cassidy. Enoch quiere algo, ¿verdad? Ya sabe usted
lo que es. Tendrá que dárselo. Usted me lo prometió.
-No
puedo. No mataré por él... No puede convertirme en un...
-Puede.
Y lo hará.
Mr.
Cassídy se agarró a los barrotes de la celda.
-Seth,
tienes que ayudarme. Llama a Enoch. Apártalo de mí. Haz que regrese a ti. Date
prisa.
-Está
bien, Mr. Cassidy -dije.
Llamé
a Enoch. Pero no me contestó. Le volví a llamar. Silencio.
-Es
inútil -dije, suspirando-. No volverá a mí. Le gusta usted.
Mr.
Cassidy empezó a gritar. Aquello me impresionó y sentí una especie de lástima
por él. Después de todo, no había comprendido nada. Sé muy bien lo que Enoch
puede hacerle a uno cuando murmura algo de ese modo. Primero le halaga, después
ruega, y finalmente amenaza...
-Será
mejor que le obedezca -le dije a Mr. Cassidy-. ¿Le ha dicho ya a quién tiene
que matar?
Mr.
Cassidy no me prestó ninguna atención. Continuó gritando. Y entonces, cogió las
llaves de las celdas y abrió la que estaba al lado de la mía. Se metió dentro y
cerró la puerta con llave.
-No lo
haré -gimió-. ¡No lo haré! ¡No lo haré!
-No
hará, ¿qué? -le pregunté.
-No
mataré al doctor Silversmith, que está en el hotel, para entregarle su cabeza a
Enoch. Me quedaré aquí, en la celda, donde estoy seguro. ¡Oh, demonio!
¡Diablo!...
Se
desplomó de lado y le pude ver a través de los barrotes que separaban las dos
celdas, sentado y encogido en el suelo, arrancándose el pelo con las manos.
-Será
mejor que lo haga -le dije-. O Enoch hará algo. Por favor, Mr. Cassidy. ¡Oh,
por favor! Dése prisa...
Entonces,
Mr. Cassidy lanzó un pequeño gemido y supuse que perdió el conocimiento, porque
no dijo nada más y dejó de tirarse de los pelos. Le llamé, pero no me contestó.
¿Qué
podía hacer yo? Me quedé sentado en una esquina oscura de mi celda, observando
la luz de la luna. La luz de la luna siempre convierte a Enoch en un salvaje.
Entonces,
Mr. Cassidy comenzó a gritar. No eran unos gritos fuertes, sino profundos,
surgidos de algún lugar muy profundo de su garganta. No se movía; sólo gritaba.
Sabía
que era Enoch, que estaba tomando lo que deseaba... de él.
¿De
qué servía mirar? No se le puede detener y yo ya había advertido a Mr. Cassidy.
Me
quedé allí sentado, llevándome las manos a las orejas, hasta que todo hubo
pasado.
Cuando
volví a mirar, Mr. Cassidy seguía allí, encogido, junto a los barrotes de la
celda. No se escuchaba un solo sonido.
¡Oh,
sí! Sí que lo había. Era como un ronroneo. Un suave y lejano ronroneo. El
ronroneo típico de Enoch, después de haber comido. Luego, escuché unos
arañazos. Los arañazos producidos por las garras de Enoch cuando retoza porque
está bien alimentado.
El
ronroneo y los arañazos procedían del interior, de la cabeza de Mr. Cassidy.
Ese
sería Enoch, muy bien, y ahora se sentiría feliz.
Yo
también me sentí feliz.
Extendí
las manos, pasandolas por los barrotes de la celda y cogí las llaves del
bolsillo de Mr. Cassidy. Abrí la puerta de mi celda y me sentí libre de nuevo.
Ahora
que Mr. Cassidy se había marchado para siempre, no tenía ninguna necesidad de
permanecer allí. Y Enoch tampoco se quedaría. Le llamé.
-¡Aquí,
Enoch!
Aquella
fue la vez en que más me acerqué a ver realmente a Enoch... una especie de raya
blanca que surgió como un destello de un gran agujero rojo que había excavado y
comido en la parte posterior del cráneo de Mr. Cassidy.
Después,
sentí el peso suave, frío y flojo descender una vez más sobre mi propia cabeza,
y supe así que Enoch había vuelto a casa.
Eché a
andar por el pasillo y abrí la puerta exterior de la cárcel.
Los
diminutos pies de Enoch comenzaron a andar ligeramente sobre la parte superior
de mi cerebro.
Los
dos juntos, echamos a andar, desapareciendo en la noche. La luna brillaba; todo
estaba muy tranquilo y yo podía escuchar, muy suavemente, la feliz risilla
burlona de Enoch en mi oído.
Enoch.
Robert Bloch
Trad. José
Manuel Pomares
Antología del terror.
Biblioteca Universal Caralt 102
Luis de Caralt Editor, 1986
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