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Robert Bloch - Enoch



Siempre comienza del mismo modo.
Primero, aparece la sensación.
¿Ha sentido alguna vez las pisadas de unos pequeños pies andando a través de la parte superior del cráneo? ¿Pisadas sobre su cráneo, de aquí para allá, de allá para acá?
Empieza así.
No se puede ver quién da las pisadas. Después de todo el que lo hace se encuentra sobre su cabeza. Si es usted astuto, espera una oportunidad y, de repente, se pasa la mano por el pelo. Pero de ese modo no puede agarrar al andarín. Él sabe lo que se hace. Aún cuando usted se sujete la cabeza con ambas manos, él se las arregla para deslizarse de algun modo por entre ellas. O quizás da un salto.
Es terriblemente rápido. Y no se le puede ignorar. Si usted no presta ninguna atención a los pasos, él intentará dar el siguiente paso. Serpentea por su nuca, bajando y murmura algo en su oído.
Puede usted sentir su cuerpo, tan diminuto y frío, fuertemente apretado contra la base de su cerebro. Hay algo de insensibilizador en sus garras porque no hacen daño, aunque más tarde descubrirá pequeños rasguños en su nuca que sangran y sangran. Pero, por el momento, todo lo que usted sabe es que algo diminuto y frío está ejerciendo presión allí. Está presionando y murmurando.
Es entonces cuando trata usted de luchar contra él. Trata de no escuchar lo que dice. Porque, si escucha, está perdido. Entonces, tiene que obedecerle.
¡Oh, es malvado y sabio!
Sabe cómo atemorizar y amenazar si uno se atreve a resistírsele.
Pero ahora. raramente lo intento. Para mí, es mucho mejor escuchar, y después obedecer.
Mientras me muestre dispuesto a escuchar, las cosas no parecen ir tan mal. Porque él también puede ser tranquilizador y persuasivo. Tentador. ¡Cuántas cosas no me habrá prometido en ese pequeño murmullo sedoso!
Por otra parte, también cumple sus promesas.
La gente se piensa que soy pobre porque nunca he tenido dinero y porque vivo en esa vieja chabola, al borde de la ciénaga. Pero él me ha hecho rico.
Tras hacer lo que él desea, me lleva lejos -fuera de mí mismo-, durante días. Hay otros lugares, más allá de este mundo; eso lo sabemos todos. Lugares donde yo soy el rey.
La gente se ríe de mí y dice que no tengo amigos; las chicas de la ciudad solían llamarme «espantapájaros». Pero a veces -cuando he cumplido sus órdenes-, él trae a los ricos del mundo ante mí.
¿Que sólo son sueños? No lo creo. Es la otra vida la que es un sueño, la vida en la chabola, junto a la ciénaga. Eso ya no parece seguir siendo real.
Ni siquiera el matar...
Sí, yo mato a gente.
Eso es lo que Enoch quiere que haga, ya lo sabe. Esas son las cosas que él me murmura al oído. Me pide que mate a gente, para él.
No me gusta hacerlo. Al principio, luchaba... Ya le he dicho que antes, ¿verdad? Pero ahora ya no puedo.
Él quiere que mate a gente, para él. Enoch. La cosa que vive en la parte superior de mi cabeza.
No le puedo ver. No le puedo coger. Sólo puedo sentirle, y escucharle, y obedecerle.
A veces, me deja solo unos días. Después, de repente, lo vuelvo a sentir allí, arañando la parte superior de mi cerebro. Después, le escucho murmurarme algo en voz baja, y él me dirá que alguien está atravesando la ciénaga.
No tengo la menor idea de cómo llega a saber esas cosas. No puede haberlas visto y, sin embargo, las describe perfectamente.
-Hay un vagabundo que baja por el camino de Aylesworthy. Un hombre bajo y rechoncho, con la cabeza pelada. Eso lo hace más fácil.
Después, se echa a reír un minuto, y continúa:
-Se llama Mike. Lleva un jersey marrón y una bata azul. Va a llegar a la ciénaga dentro de diez minutos, cuando se ponga el sol. Se detendrá bajo el árbol que está junto al vertedero.
Vuelve a reír y prosigue:
-Es mejor que le golpees detrás de ese árbol. Espera a que empiece a buscar leña para encender fuego. Después, ya sabes lo que hacer. Y ahora, coge el hacha. Y date prisa.
A veces, le pregunto a Enoch qué me dará a cambio. Pero normalmente, confío en él. De todos modos, sé que voy a tener que hacerlo. Así pues, lo mejor es ir directamente al grano. Enoch nunca se equivoca en estas cosas y, además, me evita problemas.
Eso es lo que siempre hizo... hasta la última ocasión.
Una noche, estaba sentado en la chabola, tomando la cena, cuando me habló de aquella muchacha.
-Va a venir a visitarte -murmuró-. Una chica bonita, toda ella vestida de negro. Posee una maravillosa cualidad en la cabeza... Unos huesos magníficos. Excelentes.
Al principio, pensé que me estaba hablando de una de mis recompensas. Pero Enoch estaba hablándome de una persona real.
-Llegará hasta la puerta, y te pedirá que la ayudes. A arreglar su coche. Ha seguido la carretera secundaria, con la intención de llegar a la ciudad por una ruta más corta. Ahora, el coche se ha metido en una zanja, y necesita cambiar una de las ruedas.
Resultaba divertido escuchar a Enoch hablando de cosas como neumáticos de automóvil. Pero él también los conoce. Enoch lo sabe todo.
-Saldrás a ayudarla cuando ella te lo pida. No te lleves nada. Ella tiene una llave inglesa en el coche. Utilízala.
En esta ocasión, traté de luchar contra él y gemí una y otra vez:
-No lo haré, no lo haré.
Él, se echó a reír Y entonces me dijo lo que haría si me negaba. Me lo dijo una y otra vez.
-Es mejor que se lo haga a ella que no a ti -me recordó Enoch-. ¿O prefieres que yo...?
-¡No! -grité-. No. Lo haré.
-Después de todo -me murmuró Enoch-, no lo puedo evitar. Debo ser servido con toda la frecuencia necesaria. Para mantenerme vivo. Para mantenerme fuerte. Así, podré servirte. Así, podré darte cosas. Ésa es la razón por la que tienes que obedecerme. Si no, me quedaré aquí, y...
-¡No! -repetí-. Lo haré.
Y lo hice.
Ella llamó a mi puerta al cabo de pocos minutos, y resultó ser tal y como Enoch me había indicado. Era una joven bonita, con el pelo rubio. A mí me gusta el pelo rubio. Me sentí contento cuando me dirigí hacia la ciénaga con ella; contento porque no tendría que dañar su pelo. Le pegué en la nuca, con la llave inglesa.
Enoch me dijo lo que tenía que hacer, paso a paso.
Después de haber utilizado el hacha, coloqué el cuerpo en las arenas movedizas. Enoch estaba conmigo y me advirtió sobre las huellas dejadas por mis pasos. Las borré.
Estaba preocupado por el coche, pero él me enseñó a utilizar el extremo de un tronco caído y lo lancé a las arenas movedizas. No estaba muy seguro de que se hundiera, pero lo hizo. Y con mucha mayor rapidez de lo que hubiera creído.
Fue un alivio el ver cómo desaparecía el coche. Después, arrojé también el tronco. Entonces, Enoch me dijo que regresara a casa, y así lo hice, e inmediatamente sentí cómo se apoderaba de mí aquella ensoñadora sensación.
Enoch me había prometido algo especial por aquello, y yo me quedé dormido inmediatamente. Apenas si podía sentir la presión que abandonaba mi cabeza cuando Enoch me dejó, dirigiéndose precipitadamente hacia la ciénaga para cobrar su recompensa...
No sé cuánto tiempo dormí. Tuvo que haber sido mucho. Todo lo que recuerdo es que finalmente empecé a despertarme, sabiendo de algún modo que Enoch volvía a estar conmigo, y teniendo la sensación de que algo andaba mal.
Entonces, me desperté del todo, porque escuché el golpe sobre mi puerta.
Esperé un momento. Esperé a que Enoch me murmurara algo, a que me dijera lo que debía hacer.
Pero ahora, Enoch estaba dormido. Él siempre se dormía después. y entonces, nada le despertaba durante días. Y durante todo ese tiempo, yo soy libre. Normalmente, disfruto de esa libertad. Pero ahora no. Ahora necesitaba su ayuda.
El golpear sobre mi puerta se hizo más fuerte, y ya no pude esperar más tiempo.
Me levanté y abrí la puerta.
El viejo sheriff Shelby cruzó el umbral.
-Vamos, Seth -me dijo-. Te voy a llevar a la cárcel.
Yo no dije nada. Sus pequeños y brillantes ojos estaban escudriñando todo el interior de mi chabola. Cuando me miró, me sentí tan sobresaltado, que hubiera querido ocultarme.
Él, desde luego, no podía ver a Enoch. Nadie puede. Pero Enoch estaba allí. Le sentía, descansando muy ligeramente sobre la parte superior de mi cráneo, escondido bajo una manta de pelo, agarrado a mis rizos y dormido tan pacíficamente como un niño.
-La gente dice que Emily Robbins trataba de acortar camino cruzando la ciénaga -me dijo el sheriff-. Seguimos las huellas de los neumáticos hasta las viejas arenas movedizas.
Enoch había olvidado las huellas de los neumáticos. Así pues, ¿qué podía decir yo? Además:
-Cualquier cosa que digas puede ser utilizada contra ti -me dijo el sheriff Shelby-. Vamos, Seth.
Me fui con él. No podía hacer otra cosa. Me fui con él a la ciudad, y todos los vagos estaban allí, tratando de asaltar el coche. También había mujeres entre la multitud. Les gritaban a los hombres que me «cogieran».
Pero el sheriff Shelby los mantuvo a raya y por fin fui conducido sano y salvo a la parte posterior de la cárcel. Me encerró en la celda central. Las otras dos celdas que estaban a ambos lados se encontraban vacías, así es que yo estaba solo. Solo, a no ser por Enoch, que seguía durmiendo a pesar de todo.
Aún era una hora muy temprana, por la mañana, y el sheriff Shelby volvió a salir, junto con otros hombres. Supuse que iría a tratar de extraer el cuerpo de las arenas movedizas, si es que podía. No trató de hacerme ninguna pregunta y aquello me extrañó.
Ahora, Charley Potter fue diferente. Deseaba saberlo todo. El sheriff Shelby le había dejado a cargo de la cárcel mientras él se encontrara fuera. Al cabo de un rato, me trajo el desayuno, y empezó a hacerme preguntas.
Yo me mantuve en silencio. Hay cosas mejores que hablar con un tonto como Charley Potter. Se creía que yo estaba loco. Como la multitud de afuera. La mayor parte de la gente de la ciudad creía que yo estaba loco.. supongo que a causa de mi madre, y por la forma en que vivía, solo, junto a la ciénaga.
¿Qué podía decirle a Charley Potter? De todos modos, si le hablaba de la existencia de Enoch, nunca me creería. Así es que no dije nada.
Le escuché.
Entonces, Charley Potter me dijo que estaban buscando a Emily Robbins, y cómo el sheriff Shelby estaba haciéndose preguntas, desde hacía algún tiempo, sobre algunas otras desapariciones. Me dijo que habría un gran juicio, y que el fiscal del distrito no tardaría en llegar desde el tribunal del condado. Y también había oído decir que iban a enviar a un médico para que me examinara.
En el mismo momento en que terminé el desayuno, llegó el doctor. Charley Potter le vio llegar y le permitió entrar. Tenía que actuar rápido, para impedir que algunos de aquellos zoquetes entraran con él. Supongo que querían lincharme. Pero el médico pudo entrar bien. Era un hombre pequeño, con una de esas graciosas barbas en el mentón. Hizo que Charley Potter se marchara al despacho mientras él se sentaba fuera de la celda y hablaba conmigo.
Se llamaba doctor Silversmith.
Hasta aquel momento no había estado sintiendo nada. Había sucedido todo con tal rapidez, que ni siquiera tuve oportunidad para pensar.
Era todo como parte de un sueño: el sheriff, y la multitud, y todo lo que se decía sobre un juicio y un linchamiento y sobre el cuerpo de la ciénaga.
Pero, de algún modo, la presencia de aquel doctor Silversmith cambió las cosas.
Era real, claro está. Se podía saber que era un médico por la forma tranquila en que hablaba; su voz sonaba como la del médico que quiso enviarme a la institución después de que encontraran a mi madre.
Aquella fue una de las primeras cosas que me preguntó el doctor Silversmith: ¿Qué le había sucedido a mi madre?
Parecía saber mucho sobre mí y eso hizo que me resultara más fácil hablar con él.
No tardé en encontrarme contándole toda clase de cosas. Cómo habíamos vivido mi madre y yo en aquella chabola. Cómo hacía ella los filtros y los vendía. También hablé del gran foso y de la forma en que reuníamos hierbas durante la noche. Y de las noches en que ella se marchaba sola, y yo podía escuchar aquellos extraños ruidos, que llegaban hasta mí desde muy lejos.
No quería decir muchas cosas más, pero, de todos modos, él las sabía. Sabía que la gente la llamaba bruja. Y hasta sabía la forma en que murió, cuando Santo Dinorelli llegó aquella tarde hasta nuestra puerta y la apuñaló porque ella había hecho aquella poción para su hija, que se fugó con el trampero. También sabía que, después de aquello, yo había seguido viviendo solo en la chabola.
Pero no sabía nada sobre Enoch.
Enoch, que seguía estando en la parte superior de mi cabeza, durmiendo, sin saber y sin que le preocupara todo lo que me estaba sucediendo.
De algún modo, me encontré hablándole al doctor Silversmith sobre la existencia de Enoch. Quería explicarle que, en realidad, no era yo quien había matado a aquella joven. Así es que tuve que hablarle de Enoch y de cómo mi madre había establecido el trato entre los bosques. No me permitió ir con ella -yo sólo tenía doce años-, pero se llevó un poco de mi sangre, pinchándome con una aguja y vertiendo la sangre en una pequeña botella.
No sé exactamente lo que hizo, pero cuando regresó, a la mañana siguiente, Enoch vino con ella. Yo no le podía ver, desde luego, pero ella me dijo algo sobre él... y pude sentirle cuando se subió a mi cabeza.
Mi madre me dijo que él estaría siempre conmigo, que se preocuparía por mí y que me ayudaría de todas las formas.
Conté todo esto con mucho cuidado y expliqué por qué tenía que obedecer a Enoch para siempre, desde que mi madre había sido asesinada. Enoch me protegió, tal y como planeara mi madre, porque ella sabía que yo no podía salir adelante solo. Admití todo esto ante el doctor Silversmith porque creía que era un hombre sabio y que lo comprendería.
Pero me equivoqué.
Lo supe inmediatamente. Porque mientras el doctor Silversmith se inclinaba hacia adelante y se acariciaba la pequeña barba y me decía «Sí, sí» una y otra vez, podía sentir sus ojos, que me observaban muy estrechamente.
Tenía la misma clase de ojos que el sheriff Shelby. Ojos brillantes. Ojos mezquinos. Ojos que no confían en uno cuando ellos se fijan en uno. Ojos entrometidos, escudriñadores.
Después, empezó a hacerme toda clase de curiosas preguntas. Se podría pensar que me preguntó sobre Enoch, pues él era la explicación de todo. Pues no. En lugar de eso, el doctor Silversmitb me preguntó si había escuchado alguna vez otras voces. Si había visto alguna vez cosas que yo sabía no estaban allí.
Me preguntó cómo me sentí cuando maté a Emily Robbins y si yo... ¡pero no repetiré aquí esa pregunta! Habló conmigo como si yo fuera una especie de... ¡loco!
Me eché a reír ante él y me encerré en mí mismo con más fuerza que una almeja.
Al cabo de un rato, él abandonó sus intentos y se marchó, sacudiendo la cabeza. Mientras se marchaba, me reí de él porque sabía que no había descubierto lo que deseaba descubrir. Quería saber todos los secretos de mi madre, y mis propios secretos, y también los de Enoch.
Pero no lo consiguió y yo me eché a reír. Después, me fui a dormir y estuve durmiendo casi durante toda la tarde.
Al despertarme, me encontré con un hombre nuevo, que se encontraba de pie, frente a mi celda. Tenía un rostro grande, grueso y sonriente y unos ojos bonitos.
-Hola, Seth -me dijo, muy amigablemente-. ¿Echando una pequeña siesta?
Me llevé la mano a la parte superior de la cabeza. No pude sentir a Enoch, pero sabía que estaba allí, dormido aún. Él se mueve con rapidez, incluso cuando está durmiendo.
-No te alarmes -me dijo el hombre-. No te haré daño.
-¿Le ha enviado ese médico? -pregunté.
-Claro que no -me contestó el hombre, echándose a reír-. Me llamo Cassidy. Edwin Cassidy. Soy el fiscal del distrito y estoy a cargo de esto. ¿Crees que puedo entrar y sentarme un rato contigo?
-Estoy encerrado -le dije.
-El sheriff me ha dado las llaves -dijo Mr. Cassidy.
Las sacó de un bolsillo y abrió la celda. Entró en ella y se sentó sobre el banco, cerca de mí.
-¿No tiene usted miedo? -le pregunté-. Ya sabe, se supone que soy un asesino.
-¡Cómo, Seth! -exclamó Mr. Cassidy, echándose a reír-. Claro que no te tengo miedo. Sé que no tenías la intención de matar a nadie.
Puso la mano en mi hombro y yo no me aparté. Era una mano bonita, gruesa y suave. Llevaba un anillo con un gran diamante en uno de los dedos. Y el diamante relucía a la luz del sol.
-¿Cómo es Enoch? -me preguntó.
Yo di un salto.
-¡Oh, está bien! Ese tonto de médico me lo dijo cuando me lo encontré en la calle. Él no comprende a Enoch, ¿verdad, Seth? Pero tú y yo sí que le comprendemos.
-El médico cree que estoy loco -murmuré.
-Bueno, y esto que quede entre nosotros, Seth, parecía un poco difícil de creer al principio. Pero acabo de venir de la ciénaga. El sheriff Shelby y algunos de sus hombres aún están trabajando allí. Ya sabes, excavando.
»Encontraron el cuerpo de Emily Robbins hace un rato. Y también otros cuerpos. El de un hombre grueso, y el de un niño pequeño, y algunos indios. Ya sabes, las arenas movedizas los conservan.
Observé sus ojos y aún estaban sonriendo. Así es que me di cuenta de que podía confiar en aquel hombre.
-Encontrarán otros cuerpos si continúan excavando, ¿verdad, Seth?
Hice un gesto de asentimiento con la cabeza.
-Pero no me quedé allí, esperando. Vi lo suficiente como para comprender que estabas diciendo la verdad. Enoch tuvo que haberte obligado a hacer aquellas cosas, ¿verdad?
Volví a asentir con la cabeza.
-Bien -dijo Mr. Cassidy, apretándome el hombro-. ¿Ves qué bien nos entendemos ahora tú y yo? Así es que no te culparé de nada de lo que me digas.
-¿Qué quiere usted saber? -le pregunté.
-¡Oh! Muchas cosas. Como ves, estoy muy interesado por Enoch. Veamos, ¿cuántas personas te dijo que mataras? Quiero decir, en total.
-Nueve -contesté.
-¿Y están todas enterradas en las arenas movedizas?
-Sí.
-¿Conoces sus nombres?
-Sólo de unas pocas.
Le dije los nombres de los que conocía, y añadí:
-A veces, Enoch sólo me las describe y yo salgo para encontrarme con ellas -expliqué.
Mr. Cassidy soltó una pequeña risa y sacó un puro. Yo fruncí el ceño.
-No quieres que fume, ¿verdad?
-Por favor... No me gusta. Mi madre no creía que fuera bueno fumar. Nunca me lo permitió.
Mr. Cassidy se rió ahora en voz alta, pero volvió a guardarse el puro y se inclinó hacia adelante.
-Puedes serme de mucha ayuda, Seth -murmuró-. Supongo que sabes lo que tiene que hacer un fiscal de distrito.
-Es una especie de abogado, ¿no?... En los juicios y esas cosas, ¿verdad?
-Exactamente. Yo voy a estar en tu juicio, Seth. Ahora bien, supongo que no querrás levantarte en frente de toda esa gente y decirles lo que... ha ocurrido, ¿verdad?
-No, no quiero hacerlo, Mr. Cassidy. No ante esas gentes mezquinas de la ciudad. Me odian.
-Entonces, mira lo que tienes que hacer. Me lo cuentas todo a mí, y yo hablaré por ti. Eso es algo amistoso por mí parte, ¿no te parece?
Hubiera querido tener allí a Enoch para que me ayudara, pero él seguía durmiendo. Miré a Mr. Cassidy y tomé una decisión.
-Sí -afirmé-. Se lo puedo contar todo.
Así pues, le conté todo lo que sabía.
Al cabo de un rato, él dejó de reírse ligeramente, pues empezaba a sentirse tan interesado que no le quedaba tiempo para echarse a reír o hacer otra cosa que no fuera escucharme.
-Una cosa más -me dijo después-. Hemos encontrado algunos cuerpos en la ciénaga. El cuerpo de Emily Robbins lo podemos identificar, así como algunos de los otros. Pero sería todo mucho más fácil si supiéramos algo más. Eso me lo puedes decir tú, Seth. ¿Dónde están las cabezas?
-Eso no se lo diré -contesté, levantándome y volviéndome de espaldas-, porque no lo sé.
-¿No lo sabes?
-Se las entregaba a Enoch -le expliqué-. ¿Es que no comprende? Esa es la razón por la que tengo que matar gente para él. Porque él quiere sus cabezas.
Mr. Cassidy parecía muy extrañado.
-Siempre me obliga a cortar las cabezas y dejarlas allí -seguí diciéndole-. Yo coloco los cuerpos en las arenas movedizas y después me marcho a casa. Entonces, él me hace dormir y me recompensa. Después, se marcha... y regresa al lugar donde están las cabezas. Eso es lo que él quiere.
-¿Y por qué las quiere, Seth?
Se lo dije.
-Como ve, si pudiera encontrarlas, no le serviría de nada. De todos modos, lo más probable es que no las pudiera reconocer.
Mr. Cassidy se levantó y suspiró.
-Pero, ¿por qué permites que Enoch haga esas cosas?
-Tengo que hacerlo así. En caso contrario, me lo haría a mí. Es así como me amenaza siempre. Él tiene la necesidad de tenerlas. Así es que le obedezco.
Mr. Cassidy me obsrvó mientras yo andaba por la celda, pero no dijo una sola palabra. Parecía sentirse muy nervioso de repente, y cuando me acerqué a él se apartó a un lado.
-Explicará todo eso en el juicio, ¿verdad? -pregunté-. Sobre Enoch y todo lo demás.
Sacudió la cabeza, negativamente.
-No voy a decir nada sobre Enoch en el juicio, y tampoco lo vas a decir tú -dijo Mr. Cassidy-. Nadie va a saber que Enoch existe.
-¿Por qué?
-Estoy tratando de ayudarte, Seth. ¿Sabes lo que dirá la gente si les mencionas la existencia de Enoch? ¡Dirá que estás loco! Y tú no quieres que ocurra eso, ¿verdad?
-No. ¿Pero qué puede hacer usted? ¿Cómo me puede ayudar?
Mr. Cassidy me sonrió.
-Tienes miedo de Enoch, ¿verdad? Bien, sólo estaba pensando en voz alta. Suponte que me entregas Enoch a mí.
Tragué saliva.
-Sí. Suponte que me lo entregas ahora mismo. Déjame que yo me ocupe de él mientras se celebra el juicio. Entonces, no será tuyo y tú no tendrás que decir nada sobre su existencia. De todos modos, lo mas probable es que no desee que la gente se entere de lo que hace.
-Eso es cierto -admití-. Enoch se enfadaría mucho. Su existencia es un secreto, ya sabe. Pero no me gusta entregárselo sin habérselo preguntado antes... y ahora está durmiendo.
-¿Durmiendo?
-Sí. Sobre la parte superior de mi cabeza. Lo que pasa es que usted no le puede ver, claro.
Mr. Cassidy miró mi cabeza y después se sonrió.
-¡Oh! Se lo podré explicar todo cuando se despierte -me dijo-. Cuando sepa que todo es para bien, estoy seguro de que se sentirá feliz.
-Bueno... entonces, supongo que no habrá inconveniente -dije, suspirando-. Pero tiene que prometerme que lo cuidará muy bien.
-Claro -dijo Mr. Cassidy.
-¿Y le dará todo lo que pida? ¿Todo lo que necesite?
-Desde luego.
-¿Y no se lo dirá a nadie?
-A nadie.
-Desde luego, ya sabe lo que le sucederá si se niega a darle a Enoch lo que desea -advertí a Mr. Cassidy-. Él lo cogerá de... usted mismo... a la fuerza.
-No te preocupes, Seth.
Permanecí en silencio durante un minuto. Porque, en aquellos momentos, pude sentir algo que se movía. ¡Enoch se estaba despertando!
-Se ha despertado -murmuré-. Ahora, se lo puedo decir.
Sí, Enoch estaba despierto. Podía sentirle arrastrándose sobre mi cabeza, moviéndose hacia mi oreja.
-Enoch -murmuré-. ¿Me puedes oír?
Me escuchaba.
Entonces, se lo expliqué todo. Cómo iba a entregarle a Mr. Cassidy.
Enoch no dijo una sola palabra.
Mr. Cassidy tampoco dijo nada. Estaba allí, quieto, con una mueca burlona en el rostro. Supongo que debió parecerle un poco extraño el verme hablar con... nada.
-Vete con Mr. Cassidy -murmuré-. Vete ahora con él.
Y Enoch se marchó.
Sentí como el peso abandonaba mi cabeza. Eso fue todo. Pero sabía que se había marchado.
-¿Lo puede sentir, Mr. Cassidy? -pregunté.
-¿Qué?... ¡Oh, claro! -contestó.
-Cuide mucho a Enoch -le advertí.
-Lo mejor que pueda.
-No se ponga el sombrero -le aconsejé-. A Enoch no le gustan los sombreros.
-Lo siento, me olvidaba. Bien, Seth, me despido ahora. Has sido de una gran ayuda para mí... y a partir de ahora vamos a olvidarnos de Enoch en cuanto a decírselo a otras personas.
»Volveré otra vez para hablar contigo sobre el juicio. Ese doctor Silversmith le va a decir a la gente que tú estás loco. Quizás sea mejor que lo niegues todo. Me refiero a todo lo que le dijiste... ahora que soy yo el que tengo a Enoch.
Aquello parecía una buena idea y, además, sabía que Mr. Cassidy era un hombre inteligente.
-Como usted diga, Mr. Cassidy. Pórtese bien con Enoch, y él se portará bien con usted.
Mr. Cassidy me estrechó la mano y después él y Enoch se marcharon. Volví a sentirme cansado. Quizás fuera la tensión, o quizás sólo era que me sentía un poco extraño, sabiendo que Enoch se había marchado. De todos modos, volví a dormirme durante un largo rato.
Ya era de noche cuando desperté. El viejo Charley Potter estaba dando golpes en la puerta de la celda, trayéndome la cena.
Pegó un salto cuando le saludé, y se apartó hacia atrás.
-¡Asesino! -me gritó-. Han sacado nueve cuerpos de la ciénaga. ¡Eres un demonio loco!
-¡Cómo, Charley! -dije-. Siempre creí que eras un buen amigo mío.
-¡Loco! Me voy a marchar de aquí ahora mismo. Te voy a dejar encerrado durante toda la noche. El sheriff se ocupará de que nadie entre aquí para lincharte... pero si quieres saber mi opinión, está perdiendo el tiempo.
Después, Charley apagó todas las luces y se marchó. Escuché cómo salía por la puerta principal y ponía el candado, y me quedé completamente solo en la cárcel.
¡Completamente solo! Resultaba muy extraño sentirse tan solo por primera vez en tantos años... completamente solo, sin la presencia de Enoch.
Me pasé los dedos por la parte superior de mi cabeza. Estaba desnuda y parecía extraña.
La luna brillaba a través de la ventana y me quedé allí, mirando hacia la calle vacía. A Enoch siempre le gustaba la luna. Eso le hacía vivir más intensamente, convirtiéndole en un ser incansable y ávido. Me pregunté cómo se sentiría ahora, con Mr. Cassidy.
Debí permanecer allí durante mucho rato. Sentía las piernas insensibles cuando me volví y escuché cómo alguien manoseaba torpemente la puerta.
El candado se abrió y entonces Mr. Cassidy penetró corriendo. Jadeaba y se llevaba las manos a la cabeza, rascándose.
-¡Sácamelo! -gritó-. ¡Apártalo de mí!
-¿Qué ocurre? -le pregunté.
-Enoch... esa cosa tuya... Creía que estabas loco... quizás sea yo el que está loco ahora... ¡Pero quítamelo!
-¡Cómo, Mr. Cassidy! Ya le dije cómo era Enoch.
-Ahora se está arrastrando por mi cabeza. Lo puedo sentir. Lo puedo escuchar. ¡Y qué cosas dice!
-Pero ya le expliqué todo eso, Mr. Cassidy. Enoch quiere algo, ¿verdad? Ya sabe usted lo que es. Tendrá que dárselo. Usted me lo prometió.
-No puedo. No mataré por él... No puede convertirme en un...
-Puede. Y lo hará.
Mr. Cassídy se agarró a los barrotes de la celda.
-Seth, tienes que ayudarme. Llama a Enoch. Apártalo de mí. Haz que regrese a ti. Date prisa.
-Está bien, Mr. Cassidy -dije.
Llamé a Enoch. Pero no me contestó. Le volví a llamar. Silencio.
-Es inútil -dije, suspirando-. No volverá a mí. Le gusta usted.
Mr. Cassidy empezó a gritar. Aquello me impresionó y sentí una especie de lástima por él. Después de todo, no había comprendido nada. Sé muy bien lo que Enoch puede hacerle a uno cuando murmura algo de ese modo. Primero le halaga, después ruega, y finalmente amenaza...
-Será mejor que le obedezca -le dije a Mr. Cassidy-. ¿Le ha dicho ya a quién tiene que matar?
Mr. Cassidy no me prestó ninguna atención. Continuó gritando. Y entonces, cogió las llaves de las celdas y abrió la que estaba al lado de la mía. Se metió dentro y cerró la puerta con llave.
-No lo haré -gimió-. ¡No lo haré! ¡No lo haré!
-No hará, ¿qué? -le pregunté.
-No mataré al doctor Silversmith, que está en el hotel, para entregarle su cabeza a Enoch. Me quedaré aquí, en la celda, donde estoy seguro. ¡Oh, demonio! ¡Diablo!...
Se desplomó de lado y le pude ver a través de los barrotes que separaban las dos celdas, sentado y encogido en el suelo, arrancándose el pelo con las manos.
-Será mejor que lo haga -le dije-. O Enoch hará algo. Por favor, Mr. Cassidy. ¡Oh, por favor! Dése prisa...
Entonces, Mr. Cassidy lanzó un pequeño gemido y supuse que perdió el conocimiento, porque no dijo nada más y dejó de tirarse de los pelos. Le llamé, pero no me contestó.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé sentado en una esquina oscura de mi celda, observando la luz de la luna. La luz de la luna siempre convierte a Enoch en un salvaje.
Entonces, Mr. Cassidy comenzó a gritar. No eran unos gritos fuertes, sino profundos, surgidos de algún lugar muy profundo de su garganta. No se movía; sólo gritaba.
Sabía que era Enoch, que estaba tomando lo que deseaba... de él.
¿De qué servía mirar? No se le puede detener y yo ya había advertido a Mr. Cassidy.
Me quedé allí sentado, llevándome las manos a las orejas, hasta que todo hubo pasado.
Cuando volví a mirar, Mr. Cassidy seguía allí, encogido, junto a los barrotes de la celda. No se escuchaba un solo sonido.
¡Oh, sí! Sí que lo había. Era como un ronroneo. Un suave y lejano ronroneo. El ronroneo típico de Enoch, después de haber comido. Luego, escuché unos arañazos. Los arañazos producidos por las garras de Enoch cuando retoza porque está bien alimentado.
El ronroneo y los arañazos procedían del interior, de la cabeza de Mr. Cassidy.
Ese sería Enoch, muy bien, y ahora se sentiría feliz.
Yo también me sentí feliz.
Extendí las manos, pasandolas por los barrotes de la celda y cogí las llaves del bolsillo de Mr. Cassidy. Abrí la puerta de mi celda y me sentí libre de nuevo.
Ahora que Mr. Cassidy se había marchado para siempre, no tenía ninguna necesidad de permanecer allí. Y Enoch tampoco se quedaría. Le llamé.
-¡Aquí, Enoch!
Aquella fue la vez en que más me acerqué a ver realmente a Enoch... una especie de raya blanca que surgió como un destello de un gran agujero rojo que había excavado y comido en la parte posterior del cráneo de Mr. Cassidy.
Después, sentí el peso suave, frío y flojo descender una vez más sobre mi propia cabeza, y supe así que Enoch había vuelto a casa.
Eché a andar por el pasillo y abrí la puerta exterior de la cárcel.
Los diminutos pies de Enoch comenzaron a andar ligeramente sobre la parte superior de mi cerebro.
Los dos juntos, echamos a andar, desapareciendo en la noche. La luna brillaba; todo estaba muy tranquilo y yo podía escuchar, muy suavemente, la feliz risilla burlona de Enoch en mi oído.

Enoch. Robert Bloch
Trad. José Manuel Pomares
Antología del terror. Biblioteca Universal Caralt 102
Luis de Caralt Editor, 1986


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