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Josep Maria Espinas - El semáforo humano





JOSEP MARIA ESPINÀS (Barcelona, 1927) es periodista y escritor. Ha cultivado géneros como la novela, las memorias y la crónica de viajes. Tiene una columna diaria en 'El Periódico'.

La cena la había organizado Codina. Como siempre. Dos veces al año, una en Navidades, otra antes de las vacaciones de verano. A cada cena acudía menos gente. Recuerda cuando eran más de veinte, casi todos los que habían terminado el curso. "Deberíamos seguir viéndonos", dijo alguien. Y Codina se lo había tomado como una responsabilidad personal. Un chico activo, que parecía satisfecho de ser como era. Bien, ya no se trataba de un chico, el tiempo pasa para todo el mundo.

—Te acercaré a casa, no me cuesta nada.

Él había insistido en que no hacía falta. Después, en que no era necesario dejarlo exactamente frente a su casa, sino en el chaflán de Mallorca, así tendría que dar menos vuelta para volver a su casa.

Aparte de ser organizador, amable y tener un coche caro, no sabía de Codina muchas cosas más. Uno de los compañeros le había comentado, en una cena anterior, que Codina siempre improvisaba, que a menudo había cambiado de negocio y que siempre le salía bien.

—Gracias y felices fiestas —dice, y baja del coche.

Entonces se da cuenta de que la noche está oscura, la luz de las farolas, tan alta, no ha sido encendida. Ante sus ojos, el semáforo. Iba a cruzar la calle cuando el verde cambia a rojo. Se queda inmóvil. Pasado el rojo está su casa. Si tirara a la izquierda tendría el verde. Es un verde brillante, lo único que le parece vivo en la oscuridad de la noche. El verde le atrae, como el ojo de una serpiente. Y casi sin darse cuenta cruza la calle, sin detenerse, y más allá, otro verde le dice que siga. Ve el edificio de la universidad, una vez entró en ella para ver una exposición. Ahora piensa que le habría gustado estudiar, pero en esos tiempos... Ante sí el semáforo en rojo. Verde a la derecha.

Siempre ha vivido en este barrio, la casa donde nació no queda lejos, cuatro calles más allá. Fue un niño feliz, y ha leído que bastantes famosos cuentan que tuvieron una infancia desgraciada. Quizá sus hijos también lo dirán, quizá es una moda. Verde. Adelante. Tal vez ha olvidado esos tiempos, o se ha olvidado a él mismo, pero recuerda el balcón. Recuerda que su madre no quería que se asomara solo, cuando era pequeño, para que no se subiera a la barandilla. Y él no se asomaba. A veces se quedaba en el alféizar, "no salgas", le advertía su madre, "no salgo", decía él, "sólo miro", y miraba las casas de enfrente, pero no podía ver la calle, la gente, los coches, todo lo que sucedía, solamente oía el ruido y se conformaba con esto.

No llega a ver el balcón, está dos calles más abajo, y el rojo le dice que debe pararse. Ahora hacia la izquierda, obedece el verde. La casa de Martina. El portal de casa de Martina. ¿Cuántos años tenía él, entonces? ¿Exactamente? No sabría decirlo, o sí, los años de conocer a Martina, de acercarse a Martina, de no pasar del portal pero de acompañarla un día y otro, y una noche ir a una discoteca con Martina y tres amigos de ella, y bailar solo una vez con ella, y decir algo, ya no recuerda qué, que lo estropeó todo, o que quizá él creyó que lo estropeaba. Ahora se aproxima a ese portal, lo había mirado varias veces, en estos años, siempre de paso porque lo tiene todo tan cerca y tan lejos, piensa, su vida es como un barrio, quizá como todas, aunque no, la vida de Codina no debe de ser un barrio, sino un descampado de caminos borrosos.

Empieza a refrescar un poco. No sabe si le apetece o no llegar hasta el portal. El semáforo rojo. ¿Espera o no espera? Ahora se va hacia el verde de la derecha. Si girara a la izquierda se alejaría demasiado de casa. Pasa frente a una iglesia, las iglesias están cerradas a estas horas. En un cartelito aparece un número de teléfono en caso de necesitar auxilios espirituales con urgencia. Auxilios. Urgencias. Nunca ha necesitado auxilios, siempre se ha valido por él mismo, ha hecho lo que ha sido capaz de hacer. Sentirse seguro, y por lo tanto tranquilo, ésta ha sido su norma. O acaso no es una norma, una decisión, sino un instinto, en cualquier caso no ha entendido jamás que tanta gente se arriesgue tan alegremente, convencidos de que siempre va a haber quien resolverá sus problemas. No puede darse un paso sin saber dónde pisas, no es un problema de miedo, es simplemente una cuestión de inteligencia. Ha pensado inteligencia y no le parece mal. En el trabajo lo respetan porque no comete imprudencias ni errores, y así ha ido progresando, porque la inteligencia también es disciplina, no fallar nunca, que te digan "esto lo dejamos en tus manos". Él no necesita auxilios, y no hay nada urgente si todo se hace a tiempo.

Deja atrás la iglesia. En este instante no sabría de qué confesarse. Ni tan sólo de cruzar el semáforo en rojo. Ahora seguirá el verde hacia la derecha, para volver a casa. Andar esta media hora le habrá sentado bien. Tras cenar en un restaurante siempre le cuesta un poco dormir, pero no quiere tomarse pastillas. Le han dicho que las hay que son inofensivas, si no se abusa de ellas, pero prefiere andar.

Vas respirando, mirando, pensando. Se conoce el barrio, son tantos años. Pasado el chaflán está el sex-shop. A estas horas estará cerrado, igual que la iglesia. No ha entrado nunca, en el sex-shop. Alguna vez había ido de putas, cuando era joven, pero eran otros tiempos, y también era otra cosa. La vida te hace cambiar, piensas que todo se ha ido complicando mucho, también el sexo. Pero que cada cual haga lo que quiera, lo del sex-shop debe de ser como lo de las pastillas para dormir, que te acostumbras. Como los que dicen que se saltan las barreras del metro para no pagar, o las motos que pasan en rojo.

Las ambulancias también lo hacen, pero con la sirena puesta. Es molesto, por aquí pasan a menudo, porque el hospital queda cerca. Pero se trata de una infracción autorizada, es la norma, mejor dicho: es una excepción.

Ha llegado frente a su casa, la mira desde la acera opuesta. Se ve luz en la ventana de su piso, la mujer le espera. Mira el reloj: sólo son las doce y media. Estas cenas acaban puntualmente a las doce, así lo acordaron y siempre lo han cumplido.

Todavía no cruza la calle, el semáforo está en rojo. Total por un minuto. Al cambiar a verde, empieza a andar, mirando la ventana, no hacía falta que le esperaran, pero está bien. Un hombre sale del bar del chaflán, aún abierto.

La creciente estridencia de un frenazo, la rueda de una moto que lo proyecta hacia arriba como un muñeco descoyuntado, parece que tarde en caer, su cabeza se da contra el suelo. El vecino que salía del bar corre a ayudarle. Se agacha junto a él. El hombre se ha quedado con la mirada perdida, como si no entendiera nada. Antes de perder el conocimiento dice: "Yo tenía... el verde".

Relato publicado en El Periódico de Catalunya

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