Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Horacio Quiroga - Fantasia nerviosa


J
uan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rí­gida en el cerebro que había desprendido la concepción.
Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.
Tenía las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abo­feteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.
Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la prime­ra que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.
Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.
En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.
Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las ri­sas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.
Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una más­cara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de ro­sas pálidas que llevaba prendido al seno.
Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una llu­via de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con de­seos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.
La carne le enardecía, como un manto punzó tendido ante un toro. Deseaba herir, desgarrar, clavar su puño en una herida abierta para agran­darla más. Una vaporización sanguinolenta flotaba ante sus ojos, hostigán­dole como un horizonte insalvable. Sus fosas nasales se abrían en una aspi­ración húmeda y caliente, y sus oídos vibraban en una audición de sangre brotando en oleadas.
Poco a poco, la bruma sangrienta fue desvaneciéndose y la excitación pasó, Juan pudo conciliar el sueño y se durmió.
Hacía mucho tiempo que había cerrado los ojos, cuando se despertó con una angustia indecible. Había sentido que le llamaban con una voz le­jana que iba acercándose hasta llegar a la puerta.
El conocía esa voz: era la voz de una muerta que había dejado tendi­da en el diván, a la que había asesinado. La muerta resucitaba y se acerca­ba lentamente a su cama, lentamente...
Sus cabellos se erizaban, y su garganta no daba paso a un sonido. Se recogía cuanto le era posible en la cama, y su expresión contraída deliran­temente por el terror, daba de bruces sobre la almohada.
La puerta chirrió como si se abriera, y sintió un ruido de pasos veda­dos, cada vez más perceptibles. Se detuvieron al lado de la cama y un soplo glacial cayó sobre su cara, en tanto que una mano helada se posaba sobre la suya y la elevaba irremediablemente hasta un agujero, viscoso como sangre coagulada.
Juan dio un grito de horror y abrió espantosamente los ojos.
La visión escarlata había desaparecido. Todo era negro, sombríamen­te opaco, en cuyas ondas se sacudía -como el revoloteo de una ave agore­ra- su digna estrangulada de arterioesclerótico.
Y en seguida sintió un cuerpo frío que se deslizaba al lado suyo, y sin­tió a la muerta que le comunicaba su hedor y rigidez, y su brazo que no po­día apartarse de aquella herida abierta y húmeda.
La muerta se apoderaba de su carne, sin que todo el horror desespera­do pudiera separarle de ella. Y sintió una cara inerte que se dejaba caer so­bre la suya, y aunque quiso apartarla no lo pudo conseguir.
Juan pasó toda la noche acostado con una muerta que apoyaba la ca­beza en su pecho y sin poder separar la mano de la herida que él había abierto con el puñal.
¡Así pasaron una hora, dos, tres, loco de terror, delirando constante­mente, y siempre la muerta a su lado!
Al otro día hallaron a Juan, muerto en la cama, con una puñalada en
el pecho. Su rostro tenía una expresión de locura horrorizada; y en el cuar­to, que revisaron por todos lados, sólo hallaron un ramo de flores pálidas manchadas de sangre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.