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Eric Frank Russell - El ritmo de las ratas


Rhythm of the rats, © 1950 (Weird Tales, Julio de 1950). Traducción de Carlos M. Sánchez Rodrigo en Horror 2., Libro Amigo 393, Editorial Bruguera S. A., primera edición en 1976.


El pueblo desesperado yacía en un repliegue entre colinas pobladas de árboles. No diré su nombre, ni a qué país pertenecía. Hay entre nosotros quienes no pueden reprimir su curiosidad; otros, que se sienten atraídos por todo lo terrible como las limaduras de hierro por el imán. Las cosas deben decirse de manera que los tontos no se sientan indebida y peligrosamente tentados, o no decirlas en absoluto. Baste decir, pues, que el pueblecito quedaba muy a trasmano de toda ruta frecuentada, y que sus habitantes no hablaban inglés.
Había sesenta casas; la tercera parte de ellas a uno y otro lado del camino de ganado que hacía las veces de calle mayor; el resto se ocultaba en la ladera, entre pinos, abetos, y fresnos. Todas esas viviendas eran de madera, elaboradamente ornamentadas, y se las habría considerado tremendamente pintorescas de no destacar en ellas, sobre todo, un indescriptible halo de tristeza.
Allí vivían gentes quietas, de movimientos parsimoniosos, que se cruzaban en silencio en el ejercicio de sus quehaceres cotidianos; la estampa viva de aquellos que han superado o dejado ya muy atrás toda clase de pasiones. Eran como espíritus agotados desde hacía mucho tiempo. Sombras vivientes, desprovistas casi de substancia.
Di con este sitio por causa de un accidente. Mi avión fue a estrellarse en un pinar, a espaldas de las ruinas del castillo del gigante Ghormandel. Despedido cabeza por delante contra un flexible pino joven, caí finalmente sobre unos helechos. Fui el único superviviente.
El aparato quedó llameando un poco más abajo. Las crepitaciones y el estallido de algunos árboles para dar salida a la hirviente savia que pugnaba por salirse y no podían ya contener creaban una imagen verdaderamente dantesca. Los helechos se marchitaron, se volvieron marrones y se incendiaron como papel. Saltaron los conejos en todas direcciones, con los hurones a su zaga. Las aves vocearon, desgañitándose en su terror. Cuerpos ennegrecidos se retorcían sin vida en el fuselaje. El piloto, en su cabina aún, humeaba espantosamente con la cabeza gacha. Era horrible.
A decir verdad, aquel cuadro me impresionó más que el hecho de mi milagrosa supervivencia. Aquella inesperada cremación en medio del bosque, con los semiderruidos lienzos del castillo, que parecían contemplar la escena mostrando sus dientes en una mueca sarcástica; y el verde obscuro del arbolado, impasible... Es uno de esos recuerdos que se graban de por vida. Era la muerte, violenta, sobrecogedora, en plena acción.
No había nada que yo pudiera hacer por los demás. Ya no necesitaban ayuda alguna. Magullado y conmocionado de la enorme impresión recibida, pero dueño aún de mis movimientos, eché cautelosamente ladera abajo hasta dar con un minúsculo riachuelo cuyo sinuoso curso seguí a través de la densa floresta, cada vez menos pendiente. La atmósfera parecía hacerse más pesada a medida que iba descendiendo. Cuando descubrí el pueblecito, el aire se me antojaba una losa fría, presionando sobre mi cabeza. Tenía esa desagradable sensación de jaqueca inminente que, no obstante, no acaba de presentarse.
Me llegó el olor de madera quemada, aunque no me pareció que ninguna de las chimeneas estuviera humeando. No era el olor perfumado que se percibe a veces junto al fuego abierto en los bosques, sino algo más bien propio de la combustión de leños podridos, preñados de moho.
Cuatro personas me vieron aparecer por detrás de las dos últimas casas. Dos hombres y dos mujeres. Todos de mediana edad. Su indumentaria parecía cuidada, a juzgar por los numerosos parches y remiendos esmeradamente añadidos, pero los colores habían perdido su alegría para convertirse en marrones y grises anodinos. Era, sin duda, el complemento de la monotonía de sus almas, grises y opacas. Los dos hombres  portaban cayado de pastor; las mujeres, cubos de madera cinchados de cobre. Los cuatro me miraron con la atenuada sorpresa de quienes no han experimentado la menor emoción durante un sinnúmero de años.
Al aproximarme a ellos, el más viejo se dirigió a sus compañeros, en una lengua que pude comprender:
–Algo ha ido mal. Dejadme hacer a mí –y así diciendo, se separó de ellos, dando unos pasos en dirección a mí, al tiempo que enarcaba las cejas de manera inquisitiva.
Le conté lo del avión, señalando hacia el castillo de Ghormandel y a la fina columna de humo que culebreaba aún a sus espaldas. Mis palabras brotaron atropelladamente, un tanto incoherentes y con absoluto desprecio de las reglas gramaticales de un idioma que no era el mío. Con todo, el mensaje llegó. Se ve que los acontecimientos me habían castigado más de lo que yo había creído, pues tan pronto como me di cuenta de que el hombre sabía a qué atenerse con respecto a mi presencia allí, noté un gran vacío en la boca del estómago y tuve que sentarme apresuradamente para no dar de bruces en el suelo. Todo empezó a darme vueltas cuando mi interlocutor se inclinó sobre mí, solícito pero imponente.
Más tarde, aunque no podía serlo mucho, me encontré acostado en un lecho extraño, mirando a una serie de cazos de cobre alineados encima de una repisa, que a su vez hacía de dosel a un grabado religioso de la pared. La estampa estaba ajada, mohosa. Las cortinas de la ventana habían sido remendadas, pero no teñidas; se agitaban de vez en cuando por causa de una ligera corriente, viejas e incoloras. Hasta el papel había sido encolado de nuevo donde tendía a enrollarse, pero la verdad es que debía haber sido cambiado ya mucho antes. La impresión general no era de extrema pobreza, sino de orden llevado al grado de máxima economía compatible con la necesidad; era un sentido de la limpieza que brotaba evidentemente de lo más hondo, pero desprovisto de ilusión y alegría.
El hombre con quien había hablado hizo su entrada en la habitación. Llamémosle Hansi, aunque éste no era su nombre. Se acercó al lecho, pálido el rostro como si fuera una imagen tallada en madera, y me habló con voz en la que brillaba por su ausencia hasta la más mínima vibración. Era algo así como oír la voz mecánica de un autómata.
–¿Te encuentras mejor?
Afirmé inclinando la cabeza.
–Sí, gracias.
–Eso es bueno –vaciló unos instantes antes de añadir–: ¿Tenías algún amigo o algún pariente en esa máquina?
–Ninguno.
Si le sorprendió mi respuesta, nada en su compostura le delató. Apartó su mirada de mí unos momentos y quedó pensativo.
–Hemos enviado un grupo para que se haga cargo de los cadáveres. Las autoridades serán puestas sobre aviso tan pronto como nos sea posible.
–Podrían telefonear –sugerí.
–No hay teléfono, no hay coche, no hay nada aquí –repuso con voz monótona.
–Entonces, ¿cómo...?
–A pie. ¿Acaso no nos dio piernas el buen Dios para caminar? De manera que marchamos a lo largo de dieciocho millas de senderos y atajos y cruzamos dos puentes de cuerdas para llegar hasta el primer teléfono. Ningún vehículo puede llegar hasta aquí. Tendremos que cargar con los cuerpos –sus ojos volvieron a fijarse en mí–. Igual que tendremos que cargar contigo si no puedes caminar.
–Puedo –dije.
–¿Dieciocho millas?
Mi interlocutor enarcó las cejas.
–Bueno..., bueno –farfullé vacilante.
–Es una pena que se haya hecho tan tarde –siguió diciendo mientras contemplaba la ventana, como si ésta enmarcara algo que tuviera que ver específicamente con su observación–., La noche nos llega aquí muy temprano. Si hubiéramos dado contigo antes, acaso habríamos podido sacarte antes de que se hiciera obscuro. Pero ahora... –negó repetidas veces con la cabeza– ...¡es imposible! Debes permanecer aquí... una noche. –Repitió sus ultimas palabras poniendo en ellas especial acento–: Una noche.
–No me importa –me apresuré a decir.
–¡A nosotros sí!
Me incorporé de golpe, afirmando mis pies con fuerza en el suelo, cuya dureza pareció reconfortarme.
–¿Por qué?
–Hay razones... –empezó a decir evasivamente. Se dirigió a la ventana y miró al exterior. Seguidamente cerró sus jambas con gran cuidado, asegurándose de que la falleba había encajado perfectamente en su trabilla. Luego la sujetó aún más con ayuda de un tranca, y aun acabó por aplicarle un grueso candado. Era ciertamente imposible abrir aquel marco; y las subdivisiones encristaladas, incluso desprovistas de vidrio, eran demasiado pequeñas para permitir la huida. Dándose unos golpecitos sobre el bolsillo donde había guardado la llave, exclamó–: Bueno, ¡ya está!
A la vista de lo ocurrido no pude evitar la sensación de encierro, de aprisionamiento. Sin duda se reflejó en mi rostro; el hombre, sin embargo, permaneció impasible.
Encarándose de pronto conmigo, me espetó:
–¿Te gusta la música?
–A veces – respondí.
Sus labios formaron una línea prieta y tensa antes de hablar. Cuando lo hizo, al fin, me sorprendió la furia desatada que vibró en sus palabras.
–¡Odio la música! ¡Todos aquí odiamos la música! –exclamó.
El contraste con su anterior laconismo ponía especial acento en su expresión. Era un incontrolado estallido de pasión, de una fuente que yo antes había creído totalmente agotada. Fue algo, pues, absolutamente inesperado, y me sobrecogió tanto como si de pronto hubiera abierto la boca una estatua de mármol para dirigirse a mí.
Transcurridos unos diez o quince minutos decidí que el aburrimiento contribuye a abrir el apetito. El desastre reciente había dejado una huella profunda en mi ánimo, y aquella atmósfera extraña y pesada me oprimía. Necesitaba comer algo, tanto como de compañía que viniera a reemplazar la que me prestaban mis propios pensamientos. Me calcé, y abriendo la única puerta de la estancia salí a un corredor, de cuyo extremo descendía una escalera.
Era de madera trabajada, pero sin pulir. La traspuse y me vi en un pequeño vestíbulo. El mortecino fuego que brillaba al fondo era el causante del olor acre que percibiera antes. Cerca de él vi una mesa basta, vestida de un grueso paño gris. Las paredes habían sido cubiertas de madera, pero ésta no había sido siquiera desbastada. Una librería con unos pocos tomos polvorientos quedaba más a un lado.
Justo hube reparado en ello cuando apareció una mujer por una puerta del fondo. Tendría unos cuarenta años, era delgada y alta, y triste de aspecto como ella sola. Aunque sus rasgos no lo traslucieron, una expresión muy peculiar se dibujó un instante en sus pupilas al mirarme. Era algo así como un infinito anhelo, un deseo a duras penas contenido por el horror.
Pero todo lo que dijo fue:
–¿Buscas comida?
Y sus ojos me llamaban y rechazaban paradójicamente al mismo tiempo.
–Sí, señora –admití, observándola preguntándome qué ocultaría su extraña mirada. Su deseo no me pareció embarazoso; la verdad es que era limpio, decente. Pero lleno de miseria también, por verse reprimido.
Sin decir más se dio la vuelta, penetró en la cocina a la que daba acceso aquella puerta y regresó en seguida con pan negro, algo de miel y leche fresca. Me senté a la mesa y disfruté de mi comida lo mejor que pude, a pesar de que ella, sentada junto al fuego, no me quitaba los ojos de encima y parecía devorarme con su mirada. No volvió a hablar hasta que hube dado fin a las provisiones.
–Si sales, has de estar de vuelta antes de que obscurezca, ¡mucho antes!
–Muy bien, señora.
Haría cualquier cosa por complacerla, aunque en mi interior no se me ocurría nada que pudiera ser menos atractivo que el darse una vuelta por aquellos andurriales sombríos y silenciosos. ¡Bastante deprimentes resultaban ya a plena luz del día!
Salí, no obstante, y no sé cuánto tiempo permanecí fuera, porque carecía de reloj. Exploré los cercados, las casas y examiné a sus gentes. Y cuanto más lo hice, menor fue mi ánimo. Las viviendas aparecían faltas de alegría; sus habitantes, incomunicativos, aunque no insociables. Nadie me dirigió la palabra, pero algunas mujeres me contemplaron con aquella misma mirada, mezcla de anhelo y horror, que había sorprendido en la mujer de la casa de Hansi. Era como si desearan algo prohibido y tres veces maldito; algo de lo que yo era un testigo viviente y, por tanto, ansiado y temido al mismo tiempo.
Mi propia sensación de inseguridad fue haciéndose mayor con el crepúsculo. Era el efecto acumulativo de toda aquella falta de naturalidad más la gradual concienciación de que aquel poblado era deficitario en determinados aspectos. Había más lagunas que las puramente espirituales. Faltaban algunos rasgos característicos de la vida en los pueblos; podía sentir su ausencia, pero no alcanzaba a definirlos.
No fue hasta que la obscuridad empezó a extenderse y cuando ya me encontraba de nuevo a punto de trasponer el umbral de la casa de Hansi cuando me di cuenta de que, en realidad, todavía no había visto ningún animal doméstico. El lugar carecía de ellos. Había una pequeña punta de ganado, y algunas cabras, pero no un gato, por ejemplo, ni un solo perro.
Un instante después atravesó mi mente con inusitada violencia el pensamiento de que tampoco había visto ningún niño. ¡Eso era lo que estaba mal! ¡No había niños!
Una vez en el interior de la vivienda, aquella mujer delgada me sirvió la cena. Temprano, habría dicho yo. Como hiciera antes, se quedó cerca de mí con una vorágine de sentimientos encontrados. En una ocasión me dio una palmada en el hombro, como si quisiera decir:
«Vamos, vamos, ¡has de terminar el plato!» e inmediatamente retiró su mano con gran presteza. Bullió en mí la idea de que ofrecerle consuelo sería como condenarla a muerte. Me asusté.
Cerrada ya la noche llegó Hansi, me miró y preguntó a la mujer:
–¿Están aseguradas las ventanas? ¿Todas?
–Sí. Yo misma lo he comprobado.
No le bastó. Una tras otra las verificó de nuevo, arriba y abajo. La mujer, curiosamente, parecía aprobar más que resentir ese celo que, en definitiva, podría haber sido interpretado como desconfianza en su habilidad. Finalizada la exploración, Hansi partió sin decir palabra.
Tomé un par de libros del estante y me dirigí a mi habitación. Cerré la puerta y examiné personalmente la ventana. El postigo había sido hecho de manera que encajara firmemente en una ranura, encima de la cual había sido dispuesto un candado absolutamente imposible de vencer con la fuerza de las manos. Por lo que pude ver, todas las ventanas restantes parecían aseguradas de igual forma.
El lugar era una verdadera prisión. O quizá un manicomio. ¿Es que, secretamente, me creían loco? ¿Podría ser que no hubieran ido siquiera a comprobar mi relato sobre el accidente, creyéndolo pura fantasía? ¿O acaso serían ellos los locos? ¿Me habría llevado el destino a una especie de reserva para gentes desequilibradas? De ser así, ¿cuándo y cómo lograría escapar?
Más allá de mi ventana discurría una senda bordeada de pinos y fresnos que se dirigía colina arriba. El bosque era denso; la vereda, estrecha y umbría, pero la Luna ascendente vino pronto a iluminarlo todo. Y fue allí, justo delante de mi ventana, donde vi lo que formará ya parte siempre de mis peores sueños.
Los libros me habían entretenido durante tres horas con una mezcla de historias fantásticas y cuentos populares, expresados en estilo tal que, evidentemente, estaban destinados a los jóvenes. Ya cansado, bajé la mecha de la lámpara de petróleo para meterme en cama, y fui antes a echar una última ojeada por la ventana.
Los dos hombres caminaban por la vereda, uno con una enorme tranca al hombro; el otro, con la escopeta presta. A la altura de mi ventana se detuvieron un momento, volviendo su mirada hacia el interior del bosque. Su actitud era expectante, alerta y retadora. Pero no ocurrió nada.
Continuando con su patrullar anduvieron unos cinco o seis pasos antes de detenerse de nuevo. Uno de ellos se tentó el bolsillo, se inclinó y me pareció que buscaba algo en o cerca de sus botas. Yo tenía la mejilla pegada al frío vidrio, en un intento de percibir con mayor claridad lo que ocurría allá fuera. Un instante después descubrí que estaba alimentando a una pequeña rata, sentada tranquilamente sobre sus cuartos traseros, que tomaba lo que le ofrecía el hombre con unas patas como manos diminutas.
Siguieron caminando, y la rata fue tras ellos, retozando alegremente a la luz de la Luna, que arrancaba destellos rojizos de sus ojillos como cuentas de collar. Justo cuando ambos hombres hubieron superado el campo de visión, varios roedores surgieron de la espesura para echar rápidamente en la dirección tomada por aquéllos.
Abandoné sigilosamente mi habitación, crucé un pasillo y fui a dar en la estancia delantera, amueblada, pero sin ocupar. Desde sus ventanas dominaba la senda del ganado, que viene a ser como la vía principal del pueblo. Al poco aparecieron nuevamente los dos hombres, tranca y escopeta inclusive. Tenían todo el aspecto que cabe esperar de una patrulla de vigilancia en el cumplimiento de un deber regular y esencial. Ocho ratas, minúsculas y de ojos carmesí les iban a la zaga.
Cuando llegaron a la altura de mi puesto de observación salió una mujer de la casa de enfrente y empezó a echarles pedacitos de comida que llevaba ya preparados al efecto en su delantal. Los roedores se aglomeraron a su alrededor; formas grises y huidizas procedentes de las sombras y de los rincones más obscuros.
No podía oír sus excitados chillidos; el marco de la ventana ajustaba demasiado bien para ello. La mujer avanzó su mano para acariciar a una o dos de las más próximas, que correspondieron a su gesto con unos saltos o cabriolas. Si la luz hubiera sido algo más intensa, estoy seguro que el pálido rostro de la mujer se me habría mostrado ahora con un fulgor peculiar: el que ponía en él todo el amor que sentía... amor por las ratas.
Taciturnidad diurna, temores ocultos, una mezcla de deseo y de revulsión para con el extraño afecto nocturno por las ratas..., ¿qué significaba todo aquello? Era demasiado para mí. Yo no tenía nada en común con gentes como aquéllas, aisladas en una remota montaña. Mañana, fuera como fuere, debía abandonar el lugar.
Al cabo de mis cavilaciones, los hombres de patrulla habían desaparecido de mi campo de visión, ocupado ahora únicamente por la mujer y sus roedores. De regreso a mi habitación volví a echar un vistazo a la senda, donde sorprendí a una rata sola, presurosa al parecer por reunirse con sus compañeras en el pueblo. La Luna había ascendido un poco más y su luz se había hecho más brillante. Obscuras coníferas guardaban perfecto orden en su alineación, como ejército silencioso aguardando la orden de cargar ladera abajo.
Me metí en cama, pero permanecí despierto, lleno de pensamientos confusos y aprensivos... Sí, dejadme confesarlo: nervioso, inquieto. A medida que discurrían las horas y se fortalecían los rayos de la Luna, el aire pareció hacerse más ligero, más fresco, menos opresivo y más estimulante.
Esta particularidad de la atmósfera adquirió tal intensidad que creó en mí una especial tensión, un sentimiento inexplicable de espera ansiosa, como si fuese a producirse algo grave e inminente. Me encontré de pronto incorporado a medias; sentado en el lecho, luego, con los oídos esforzándose por percibir no sabía qué, y la mirada fija en la ventana brillante, que en cualquier momento podía ser marco de una cara como ninguna otra de las que pudieren aparecer en este mundo o en otro.
Que esta vigilia sin sentido y preocupante era absurda, lo sabía perfectamente, pero me era imposible controlarla, y no diré dominarla. Intenté distraer mi mente tratando de hallar una respuesta a la pregunta de si aquella mujer seguiría volcando todo su amor en las ratas, y probando de detectar el ruido de los pasos de la patrulla nocturna.
Entonces, mientras mis ojos seguían enfocados en aquel marco iluminado, algo penetró por él con la misma facilidad que lo hacían los rayos de la Luna. Antes era el silencio infinito de un mundo expectante; de pronto, había atravesado la ventana y se encontraba en la habitación conmigo.

No era nada que yo pudiera ver. Sólo podía ser oído, y no con el sentido normalmente a cargo de esta función. Penetraba insidiosamente por el marco de madera de la ventana, impregnaba los mismos muros de la vivienda, atravesaba limpiamente los huesos de mi cráneo y dejaba su impronta profunda en mi mente. ¡Una flauta! El sonido leve y quedo de una flauta dulce y armoniosa.
Resultaba tan suave y subrepticio, que al principio creí que se trataba de una mala pasada que me jugaba la imaginación; sin embargo, de pie ya y atento a lo que me rodeaba, la música persistía y se hacía cada vez más sonora, como si su origen fuera aproximándose a pasos agigantados.
Llegó a ser un verdadero estruendo, pero en mi mente, quiero decir, pues seguía sin percibirla a través de mis oídos. Crecía y decrecía en intensidad, gozosa y plañidera por turnos, descendiendo quejosamente la escala y ascendiéndola desenfadadamente luego, con su poco de pena y su mucho de hilaridad. Un motivo persistente se dejaba oír en todo momento, por encima de trinos y arpegios, igual que un hilo que ensarta una ristra de perlas. Un enigmático ritmo marcaba el tiempo de tonos y semitonos; era una cadencia insistente, fascinante, seductora, atrayente; sobre todo, continuamente atrayente.
No sé cómo, pero yo sabía que llegaba sólo a mi mente, que otros, en el poblado, no podían oír lo que yo estaba oyendo. Seguía y seguía, llamándome siempre; y sus brotes de alegría me hacían olvidar mis primeros temores, de modo que yo sentía deseos de reír con ella, descuidada y libérrimamente. Era tan poderosa la atracción que ejercía sobre mí, que salté del lecho y me dirigí a la ventana, donde me quedé absorto contemplando la Luna. No había nada de voluntario en mi acción. Mi excitada mente obedecía al impulso sin llegar a razonarlo, ni a pensar siquiera en él; mis piernas respondían a mis pensamientos y me conducían pasivo hasta la ventana. Llegué a ella sin que recuerde cómo. Sencillamente, me encontré allí.
Pinos y fresnos seguían montando guardia ordenada. La vereda estaba totalmente iluminada y desierta. No se veía un alma, pero la fantástica música continuaba insistiendo, sin prisas ni pausas, y el mundo entero parecía estar aguardando; aguardando una culminación imprevisible.
Apreté mi rostro con fuerza contra el cristal, tratando casi de trasponerlo y acercarme, más y más, aunque sólo fuera un centímetro, a aquel glorioso raudal de notas. La tonada se había adueñado de mi mente toda, y a medida que la impregnaba, la música progresaba en atractivo. Era un caso de familiaridad que determina deseo y que, de haber conocido entonces la verdad que ocultaba, sólo habría sido causa de horror y de miedo indescriptibles.
Había momentos en que la secuencia tonal sugería la cadencia de las palabras, aunque ninguna llegaba en verdad a mis oídos. Pero, llegaron; sí, llegaron a mi mente, no sé de dónde, insinuadas con una solapada maestría que mi capacidad no alcanzaba a comprender. Era algo así como si ciertos acordes extáticos conjuraran frases paralelas, creadoras de una terrible poesía de ensoñación a través de la noche.

Pisa esas hojas blandas,
baila entre perfumados setos
o juega hasta donde alcanzan
colinas y vericuetos.
Rompe tus trabas ahora
y vive conmigo lo eterno.
Que a la madre que llora,
una rata pequeña...

Perdí el hilo de las palabras justo en aquel momento porque un fugaz reflejo de color apareció entre los árboles mientras la música aumentaba enormemente en volumen y atracción. Toda mi atención quedó fijada en la floresta, hasta que, al poco, apareció un ser en mitad mismo del camino, arrogante a plena luz lunar.
Era alto y terriblemente delgado, y vestía un juboncillo ajustado de estridente color amarillo con trazos rojos. Completaba su atuendo un tocado puntiagudo y ornado de plumas. Una finísima flauta daba asiento a sus dedos; un extremo en sus labios delgados, curvos y expresivos; el otro, directamente dirigido a mi ventana. Aquellos dedos, largos y enjutos se movían con extraordinaria destreza, sometiéndome a una cascada de notas portadoras de una irresistible invitación.
¡Y su rostro! Le miré, y le miré de nuevo, y no dejé de hacerlo mientras frenéticamente me esforzaba por hacer pedazos candado, tranca y demás cierres que me impedían la salida de la estancia. Quería liberarme, salir, ¡estaba enloquecido!, correr sin trabas a la luz de la Luna, bailar y brincar, inventar locuras y crear nuevas muecas y gestos, atropellar el musgo, trasponer setos, retozar en la hierba y ascender a las colinas silenciando con mis cantos el llanto de las madres.
Sin que reparara en ello, mi propia voz gemía mi mortificación y exclamaba mi incontenible rabia al verme preso e impotente pese a los tirones, golpes y empellones que no cesaba de asestar a la ventana. Mis oídos, cerrados a todos los sonidos ajenos al caso, no me permitían oír siquiera los propios. Toda mi atención estaba concentrada en aquella melodía hipnotizadora y en la faz de quien la producía. Uno de los cristales estalló en mil pedazos y la sangre corrió por mis manos; pero yo no veía otra cosa que aquel rostro ni oía más que su canción.
Era la cara de un idiota, de enormes ojos reidores. Era un semblante bobalicón, mal encajado, en el que brillaba el más desenfadado alborozo. En él se reflejaba mi amigo, mi hermano, mi madre, mi jovial compañero, mi camarada de noche, mi único aliado festivo en aquel mundo tétrico y hostil. La faz de aquel sin cuya compañía yo me sentiría infinitamente desvalido, en horrible soledad para siempre, hasta el final de mis días. Le necesitaba. ¡Cielos! y ¡cómo! Golpeando la ventana grité desaforadamente mi implacable necesidad de él.
Sonaron pasos en el piso inferior y zancadas presurosas escaleras arriba, en respuesta a una inesperada situación de imperativa urgencia. Si mis oídos lo percibieron, mi mente no recibió el mensaje, y heme a mí allá, bañado por la fría luz de la Luna, aporreando inútilmente las rejas de mi prisión e impregnándome de la imagen de aquel semblante imbécil, que seguía emitiendo sin cesar su constante llamada a la libertad y al juego.
En el mismo instante en que alguien abría de un empujón la puerta de mi cuarto, el flautista saltó grácilmente atrás para ocultarse entre los árboles. Al mismo tiempo se oyó una estruendosa descarga junto a la casa, a la izquierda de mi ventana, como si hubiera estallado de pronto uno de aquellos antiguos morteros, a veces mal cebados y con exceso de carga. Hojas, ramitas y corteza saltaron por los aires cayendo como una lluvia sobre la figura amarilla y roja.
La música cesó al momento. Y para mí fue como perder el Sol y quedar abandonado en un mundo esclavo de las sombras. Se había extinguido, en efecto, una fuente de alegría, y ya no había a mi alrededor más que las almas pardas y grises de los inconmensurablemente tristes.
Arañé el marco en un intento fútil por recuperar aquellas notas mágicas, pero cuando aún flotaban en el aire las hojas desgajadas por el disparo, el flautista retrocedió aún más hacia el interior del bosque y desapareció. Una, dos, quizá tres veces pude descubrir todavía un destello rojo y amarillo en medio de los claros que salpicaban la ladera. Luego, nada. Había ido a retirarse a un lugar desconocido. ¡Adiós, flauta y melodía eterna, semblante simple y ojos risueños!
Hansi llegó hasta mí y me arrancó de la ventana. Luego me echó sobre el lecho. Su enorme tórax aparecía visiblemente agitado, pero su rostro parecía tallado en piedra. Mi péndulo emocional, después de haber alcanzado su amplitud máxima, retornaba ahora con gran fuerza llenándome de revulsión. No ofrecí la menor resistencia, no protesté; me limité a yacer inmóvil, mientras en mi mente iba fraguándose un sentimiento de pánico por lo cerca que había estado del fin.
Habiendo llevado una pesada silla junto a la ventana, Hansi tomó asiento en ella revelándome a las claras que abrigaba la intención de permanecer allí durante el resto de la noche. Pero no dijo una sola palabra. Su tremenda energía parecía nacer del conocimiento de que los únicos poderes, la única arma que podía oponer al maleficio de la noche, no era otra que su insobornable terquedad.
El frío creciente hizo que me cubriera del todo con las ropas de la cama. Me estremecía y sudaba al mismo tiempo, y noté la pegajosidad de la sangre semicoagulada de mi mano. A través del cristal roto me llegaban sonidos confusos del exterior: el chasquido sordo de ramitas pisoteadas a la carrera, el martilleo de pesadas botas sobre el terreno y el rumor de voces humanas: cazadores que buscan infructuosamente la pieza que creían abatida.
Pronto me rindió el sueño. Estaba exhausto, y la relajación consistente a tanta tensión nerviosa no tardó en dejarse notar. Y llegaron las pesadillas: vagas unas, horriblemente vívidas otras. Me veía corriendo gozosamente en pos de un retozón imbécil, extasiado por su sempiterna canción, montañas arriba y valles abajo, atravesando cañadas, setos y corrientes llenos de Luna, y subiendo más y más, hasta que llegamos a los muros ruinosos de Ghormandel. Y allí él se dio cuenta, sin dejar de tocar la flauta, y me contempló: Yo era pequeño... y tenía una cola delgada e hirsuta.
Se me llevaron a toda prisa muy de mañana. Desayuné precipitadamente y emprendí la marcha con Hansi y otro hombre, de aspecto solemne y taciturno, llamado Klaus. Algunas mujeres salieron a sus portales para verme partir, y en su mirada observé el mismo brillo de encontradas emociones, de deseo infinito y de repulsa, que había conocido antes. Me di cuenta de que sentían mi partida, pero que les alegraba también inmensamente. Una hizo un ademán de despedida y yo respondí al saludo; las demás no se hicieron eco de él. La tristeza del pueblo fue haciéndose cada vez más profunda a medida que nos alejábamos, y dejó en mí una impresión demasiado honda para olvidar.
Una hora de marcha, quince minutos de descanso; una hora de marcha, quince minutos de descanso. A un paso regular de tres millas por hora, el viaje era llevadero. Después del cuarto período de descanso, el castillo de Ghormandel había quedado reducido a una minúscula excrecencia del terreno, apenas discernible en una lejana cumbre. Fui a sentarme sobre una roca, contemplé los árboles próximos y abrí mi mente a los sonidos.
–Hansi, ¿quién vino de noche?
–¡Olvídalo! –respondió con aspereza.
Pero yo insistí:
–¿Es alguien del castillo en ruinas?
–En cierto modo –el hombre se incorporó, presto a reanudar la marcha–: Olvídate de lo ocurrido. Es mucho mejor.
Seguimos caminando. Observé que ninguno de los dos hombres reparaba en los árboles como lo hacía yo, ni escuchaban tampoco a mi manera. Avanzaba en grave silencio, senda adelante, sin mirar ni a izquierda ni a derecha. Parecía sobreentenderse que de día estaban plenamente libres de lo que tanto era de temer por la noche.
Mediada la tarde, dolidos de pies, pero no muy cansados, llegamos a una pequeña localidad. Puede que fuera atrasada y anodina, pero con mis medidas recientes resultaba llena de vivacidad. Era imposible no comparar su ajetreado discurrir con el plúmbeo estatismo del anémico lugar del que acababa de salir.
Hansi habló largamente con un policía, que hizo varias llamadas telefónicas, me proporcionó un refrigerio e hizo firmar a Hansi varios documentos. Luego me fue entregado un billete de tren, y Hansi me acompañó hasta la estación. Allí aproveché la media hora larga de espera para arreciar en mi ataque.
–¿Quién era? ¡Dímelo!
Por fin claudicó a desgana, como alguien que se ve obligado a discutir un asunto que le resulta terriblemente desagradable.
–Es hijo de su padre y de su madre.
–¡No me digas! ¿y qué otra cosa podía ser? –repliqué yo en son de burla.
Haciendo caso omiso de mi salida, el hombre prosiguió con voz apagada:
–Hace mucho tiempo, su madre se sirvió de sus malas artes para dar muerte a su padre Ghormandel. A partir de entonces, ella rigió en estos pagos mediante encantamientos y magias... hasta que nuestros antepasados no pudieron soportarlo más –Hansi hizo una pausa y miró al cielo–. Entonces, le tendieron una trampa y la quemaron por bruja.
–¡Oh! –exclamé yo, sin poder contener el escalofrío que me sobrevino.
–Y luego dieron caza a su único hijo, semibrujo, semihechicero ya, que logró escaparse. Oculto en algún lugar remoto fue puliendo sus artimañas y haciendo tiempo hasta que llegara el momento de poder vengarse.
–¡Sigue! –le urgí, al ver que él parecía dispuesto a interrumpir aquí su relato.
–Cuando se sintió preparado, probó sus poderes en una localidad lejana. Y, en efecto, podía... de manera que regresó a nosotros y... se llevó a nuestros niños.
–¿Qué?
–Los encantó –repuso Hansi, lleno de amargura–. Todos, salvo aquellos que apenas podían arrastrarse... ¡y aun éstos intentaron seguirle! Desde entonces ha permanecido al acecho, como bestia depredadora nocturna siempre a la espera, siempre a la espera. Nuestras mujeres temen concebir hijos. Y las que se atreven a ello han de enviarlos lejos de aquí, muy lejos, con parientes distantes, hasta que se conviertan en adultos, o si no, deben encerrarlos en la kinderhaus entre el ocaso y la alborada. –Me miró antes de proseguir–: Donde fui encerrado yo durante muchos años. Donde estuviste encerrado tú anoche.
–¿Sólo por la noche? –pregunté.
Hansi asintió con la cabeza:
–No hay peligro de día. Por qué, no lo sé. Pero con la obscuridad él siempre está presto a llevársenos un niño... ¡y a devolvernos una rata!
–¿Quieres decir... que los cambia en...?
–No podemos asegurarlo. Lo sospechamos. Lo tememos. –Su pesada mano se cerró en un puño poderoso, y una vena empezó a latirle en la frente–. Los niños se han ido, con los brazos extendidos y ojos para nadie, como ciegos que tientan su camino... y han vuelto ratas dóciles, juguetonas, pidiendo comida y cariño maternal. –La voz del hombre se hizo más ronca–. ¡Algún día haremos con él lo mismo que hicieron nuestros antepasados con la bruja que lo concibió! Si la gente de aquel lugar remoto le hubiera dado muerte cuando estuvo entre ellos...
–¿Qué lugar?
Su respuesta fue breve, pero devastadora:
–Hamelin.
El tren anunció en aquel instante su llegada.

Hoy me pregunto a menudo si las piedras del castillo del gigante Ghormandel siguen desmoronándose aún en aquella colina maldita, y si a lo lejos, monte abajo, se encuentra todavía aquel pueblecito condenado donde el nacer conlleva un riesgo tan grande. Me pregunto también si aquella figura enjuta y desgarbada, roja y amarilla, sigue vagando ligera de paso a la luz de la Luna, riendo, brincando y esparciendo por doquier su terrible invitación.
Hasta el presente no he sentido el menor deseo de regresar a comprobarlo por mí mismo. Los elementos que conforman el miedo son mucho más poderosos que los de la curiosidad, a pesar de que el paso de los años ha eliminado todo riesgo para mí. Otro era ciertamente el caso por aquel entonces. Pues ¡bien que necesitaba la vigilante protección de los tristes a mis nueve años de edad!


Edición digital de José M. Cárdenas
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)


Anexo - El flautista de Hamelin
Tradicional anónimo

Había una vez...
...Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.
Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas!
Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas,  y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.
¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!
...Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa,  fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.
¡Qué exaltados estaban todos!
No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
–¡Abajo el alcalde! –gritaban unos.
–¡Ese hombre es un pelele! –decían otros.
–¡Que  los del Ayuntamiento nos den una solución! –exigían los de más allá.
 Con las mujeres la cosa era peor.
–Pero, ¿qué se creen? –vociferaban–. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!
Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo.
¿Qué hacer?
Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.
Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
–¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.
–¡Dios nos ampare! –gritó el alcalde, lleno de pánico–. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?
Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
–¡Pase adelante el que llama! –vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror.
Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.
Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.
Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.
El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
–Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico.
En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.
El flautista continuó hablando así:
–Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien,  si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?
–¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares! –respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.
Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.
De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama.
Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.
Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso.
¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos.
Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo.
Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.
Una vez allí contó lo que había sucedido.
–Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!
Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.
¡Había que ver a las gentes de Hamelin!
Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios.
El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:
–¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!
Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin.
El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
–Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.
¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!
El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras daba órdenes.
¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?
–¿Mil florines... ? –dijo el alcalde–. ¿Por qué?
–Por haber ahogado las ratas –respondió el flautista.
–¿Que tú has ahogado las ratas? –exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales–. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta.
El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
–¡No diga más tonterías, alcalde! –exclamó–. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
–¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? –dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.
Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta.
El flautista advirtió muy serio:
–¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.
Tales palabras enfurecieron al alcalde.
–¿Cómo se entiende? –bramó–. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.
Así que siguió vociferando:
–¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
–¡Se arrepentirán!
–¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo? –aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor–. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!
El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.
Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.
Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.
Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.
El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.
Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.
No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista.
Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río.
¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas!
Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa.
Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.
–¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! –se dijeron las personas mayores–. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.
Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta.
Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba.
Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas.
A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido.
Y lo hallaron triste y cariacontecido.
Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
–¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.
–¿Y qué les prometía? – preguntó su padre, curioso.
– Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.
–Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
–No pude, por mi pierna enferma –se dolió el niño–. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.

¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!
El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños.
Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido!
Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio.
Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.

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