No hay ninguna verdad nueva, sólo la que es antigua; no hay nada por descubrir que no hayas sabido todo el tiempo.
Temerosos del lobo hambriento os agrupáis en busca de protección, diciendo: «Seguro que no nos atacará. Somos muchos». Sientes calor y protección sabiendo que hay otros entre tú y los terribles dientes del lobo y, mecido por los aullidos de la manada, te duermes. No oyes las firmes pisadas del lobo hambriento ni ves al alarmado grupo dispersarse para dejarte solo e indefenso...; un sacrificio. Miras alrededor sin ver a nadie que pueda salvarte. Entonces ya es demasiado tarde...
-No -jadea, y se despierta.
Puede oír a su esposa dormida profundamente a su lado en la oscuridad.
Su mente corre.
Con cuidado de no despertarla, se levanta y siguiendo la débil luz de la linterna sobre la alfombra baja al salón repleto de libros y se sienta en la silla familiar.
Desconecta la enorme linterna para ahorrar pilas y se echa hacia atrás, cansado, frotándose los ojos irritados.
Qué infierno tan confuso es la vida.
Los dioses juegan duro.
Abre la ventana de par en par, oyendo los distantes ruidos de la autopista y los chillidos más cercanos de los gatos apareándose. Por el dolor y la furia de los chillidos los imagina arañándose y mordiéndose mutuamente.
Intenta concentrarse, sacarle sentido a todo, hacer planes, pero es demasiado terrible pensar al respecto. Ya lo ha considerado todo.
Mientras mira ausente la oscuridad a través de la ventana del patio, una extraña imagen se alza ante su mente, una imagen televisiva: innumerables hombres negros vestidos de blanco, los brazos enlazados en largas colas, agrupados tras verjas, alzándose y cayendo juntos. Se le aparece como una fotografía. Una protesta política en Sudáfrica. La había visto en la pantalla antes de que el Departamento de Agua y Energía cortara la electricidad antes de que empeñara la tele.
Los africanos se aferraban unos a otros, hombro con hombro, apoyándose mutuamente, saltando arriba y abajo lentamente. El no sabía qué estaban cantando. ¿Gemían? ¿Aullaban? El rugido quedó ahogado por la voz del presentador describiendo la protesta, la violencia racial, los látigos, las porras, la hostilidad y el terror. La imagen se había graba-do en su mente. Al mirar aquellas caras negras, esforzadas y agónicas supo que tenían mentalidad de salvajes.
¿Cómo decía el poema?
¿Es éste el sueño que soñó quien dio forma a los soles y marcó su camino en las antiguas profundidades?
Sí. Edwin Markham. EL HOMBRE DE LA AZADA.
Por todas las cavernas del Infierno hasta su último golfo. No hay forma más terrible que ésta.
Más lenguas censoras de la ciega avaricia del mundo. Más llena con los signos y portentos del Alma más cargada de peligro para el Universo.
Sí, separados por la ley sudafricana, aquellos brutos incultos se habían convertido en EL HOMBRE DE LA AZADA.
Intenta imaginar lo que sucederá cuando esos negros vengativos se abran paso por esas verjas, el baño de sangre.
Intenta comprender en qué piensan esos africanos y no puede. Son un misterio surgido de las profundidades de una jungla primitiva. Markham lo había dicho.
¡Qué abismos entre él y el serafín!
¿Qué son para él, esclavo de la rueda del trabajo, Platón y el movimiento de las Pléyades?
¿Las largas distancias de la cumbre de una canción, el ritmo del amanecer, el rojo color de la rosa?
Pero si no estaban pensando. entonces, ¿qué están sintiendo los africanos? Incluso los animales más torpes tienen sentimientos.
Es un misterio.
Suspira silenciosamente en la oscuridad.
¿Es ésta la criatura que Dios hizo y a la que dio dominio sobre el mar y la tierra?
¿Para que siguiera las estrellas y buscara energía en los cielos y sintiera la pasión de la Eternidad?
Había leído en alguna parte que al poeta se le ocurrió aquella idea ante una famosa pintura de un campesino francés que trabajaba en un campo oscuro. Al comentar la pintura en su poesía, Markham había colaborado arbitrariamente con Millet, el gran pintor impresionista.
Traicionado, saqueado, profanado y desheredado...
Apoyado en el marco de la ventana, recordando fragmentos del poema, piensa que ve moverse una sombra en la pared del jardín que ha construido para mantener a los intrusos a raya.
Un gato: el gran animal gris al que llama Matón por su porte pendenciero y sus modales asesinos.
¿Nunca aprenderá ese gato?
En alguna parte había leído que el Hombre era el producto de casi un centenar de generaciones de conocimiento acumulado, mientras que cada gato era el Gato original de la selva primitiva, inalterado por el paso del tiempo.
En silencio, abre el cajón del escritorio y rebusca entre su contenido, encontrando el tirachinas y la bolsa de canicas de cristal. Tras colocar una canica en la bolsita de cuero, apunta con cuidado a través de la ventana abierta.
El maldito gato entiende bastante bien la noción de territorio y le está desafiando.
En alguna parte, muy lejos, los truenos restallan y las energías se liberan, pero él no los oye, aunque tiene que sentir el poder. ¿No le estaban observando desde el mundo escondido? ¿No les importaba su destino?
Es la actitud del gato: su arrogancia. Son ellos los dueños del patio, no él, pues cuando les grita enfadado se vuelven a mirarle lánguidamente antes de marcar la zona con orín y marcharse insolentemente.
Si los persigue, se suben a un muro y se marchan a donde nadie pueda seguirles. Es enloquecedor.
Sigue apuntando mientras prueba la tensión en el tubo de plástico quirúrgico, estirando y soltando ligeramente, sintiendo la pesada bola de cristal en el interior de la bolsa.
Con el tirón mnemónico de sus músculos recuerda retazos de su infancia, cuando apuntaba y disparaba piedras a las latas, las lámparas de cristal o los postes de teléfono y, cuando aquello se volvió menos desafiante, a las ardillas de la pradera de Cheyenne, a las ranas del arroyo Crow, a las liebres que esperaban escondidas hasta el último momento antes de salir corriendo, los pájaros posados sobre cables y verjas y a los que volaban, derribándolos del cielo. Recuerda cómo él y su primo Chuck mataron a un petirrojo en Frontier Park con armas hechas de
goma de tubo, piezas retorcidas de perchas, las lenguas de un par de zapatos, cuerdas de cometa, y cómo habían colocado al pájaro caído en una estaca, con plumas y todo, sobre una pequeña hoguera bajo los matojos, y cómo se habían comido jubilosos el pájaro chamuscado e irreconocible como si fueran indios salvajes de las praderas... ¡Hombres, por Dios!
En la oscuridad, apuntando el tirachinas, siente la rabia arder en su interior ante la atrevida insolencia de los gatos.
Si el vecindario no fuera una simple carretera desconectada de todas partes por las cosas ruines y traicioneras...
Si aquella maldita mujer de la puerta de al lado no los alimentara tan alegremente, dejando comida cerca de la fuente de agua para cada gato perdido. Y no sólo acudían los mininos callejeros, sino incluso los gatos bien alimentados de las calles cercanas que buscaban mejor comida, los grandes machos que amenazaban a los otros para que se apartaran de los platos, o esperaban pacientemente, agrupados según su maligna ferocidad.
Si los gatos del vecindario no hubieran elegido su patio para aparear-se, gruñir, maullar, arañar y escupir...
De repente, comprendió.
Los perros.
¿Dónde están los perros que normalmente tienen a los gatos bajo control? Son enemigos naturales.
Pues los perros están obligados por las leyes a llevar correa, pero los gatos están clasificados como animales salvajes libres de regulaciones. No pueden ser atados, ¿verdad?
Hubo una vez, piensa rápidamente, en que el mundo fue diferente. Parecía que todo el mundo trabajaba para la fábrica de aviones o la oficina de correos o la refinería de acero y salían a trabajar al mismo tiempo y volvían a la misma hora, y fue entonces cuando pensaron en dar de comer a los animales, y con el cebo de la comida los habían vuelto de-pendientes. Pero ahora, con la fábrica cerrada, la pauta se había roto. Ahora simplemente ignoran a los animales o les sacan un plato de sobras y se olvidan hasta que está vacío. No tienen ni la más remota idea de dónde pasan la noche sus queridos animalitos.
Y se ha convertido en esto.
Se enjuga las lágrimas, sintiendo la humedad del aire de la noche que entra por la ventana abierta. Siente lástima por la ceguera de sus vecinos. No pueden ver los signos. No son conscientes de que todo el sistema mundial se está colapsando, abrumado por los números, la avaricia y la estupidez.
«Maldito seas -le dice a la forma gatuna de su mente-. Nunca me has gustado, ni tú ni ninguno de tu tribu. No me gustan vuestros moda-les falsos, vuestra crueldad, vuestra insolencia.»
Ahora, repentinamente, las sombras se aclaran y puede ver al gran gato gris orinando sobre el muro, inmóvil, escuchando, probando el vecindario con sus sentidos, evaluando la textura de la noche. Emite un gruñido bajo y penetrante que se repite a lo lejos, y una vez más desde un lugar aún más distante.
Tensa la bolsa de cuero, estirando el tubo de goma.
La sombra del gato se mueve sobre la pared del jardín.
«Y no me gusta la manera en que tratáis a vuestras hembras», dice entre dientes, y lanza el proyectil con un ¡whap! de aire conmovido.
Observa la canica desaparecer en la oscuridad y en su imaginación la ve arquearse mágicamente, como llevada por un cable hasta su blanco, guiada por su confianza.
Puede ver cómo alcanza al gato incluso mientras se vuelve y salta.
El gato no hace ruido y huye en la oscuridad después de dar un sorprendente salto en el aire y tomar aire bruscamente.
¡Allí, maldición! Siente una satisfacción momentánea, la tensión de un acto bien hecho, con precisión y exactitud; el frío, sólido control que es el combustible de su furia.
Imagina al gato herido dando vueltas al vecindario y escondiéndose para descansar bajo el matojo de jazmines y lamerse las heridas.
Imagina los ojos del gato brillando en la oscuridad, furtivos, llenos de malevolencia, cargados de odio.
Ove un largo aullido gatuno, sostenido, penetrante. Cerca, otro gato maúlla.
Ahora todos lo saben.
Imagina a los gatos despertándose en las habitaciones a oscuras para atender la llamada. Los imagina saliendo de sus casas para reunirse en la de él, convocados por Matón, que necesita su odio y busca venganza.
¡Que vengan! Está preparado para ellos. Pone otra canica en la bolsa de cuero y mira atentamente la oscuridad. Escucha con intensidad, imaginando la respuesta de los gatos del vecindario, imaginándolos en ca-mino desde lugares lejanos para formar un grupo bajo el matojo de jazmines, convocados por el gato herido que acuna un odio de años.
¡Otro sonido!
Su esposa.
Ha bajado al salón y ha abierto la puerta. No puede ver su cara pero sabe que está muy cansada.
Por reflejo, esconde el tirachinas en su regazo.
-¿Querido? -dice, insegura. Cuando él no responde, añade-: Estoy preocupada. No podía dormir.
El espera.
-¿No crees que deberías hablar de esto con tu primo Chuck? Si supiera lo mal que están las cosas tal vez ayudaría. Tiene dinero.
Otra vez el primo Chuck. Recuerda la última vez que fue a pedirle el dinero que le hacía falta para comprar alimentos. Primero Chuck quiso saber todos los detalles; luego, puso aquella cara y dijo: «¿Cómo puedes dejar que las cosas lleguen a ese extremo?». Entonces habló de que necesitaba dinero adicional para el préstamo de cien dólares, el hijo de puta. No quería la máquina de coser rota que costaba un pellizco o el juego de ajedrez tallado a mano. No, Chuck quería el rifle y las balas aunque la verdad era que no necesitaba disparar. «Un rifle es más negociable en malos tiempos», había dicho, planeando ya cómo vender-lo; pero eso era muy propio de Chuck. Piensa en el treinta y tres y las dos cajas de cartuchos que están pudriéndose en el cajón del trastero de Chuck. Si tuviera ese rifle aquellos gatos aprenderían una buena lección. Se imagina apuntando a Matón, o a Medianoche o a Relámpago; les ha puesto nombre a todos los mininos. Le ayuda a seguirles la pista...
Su esposa siente su resistencia y abandono.
-¿Qué vamos a hacer si perdemos la casa? -pregunta, leyendo su mente, sabiendo que no tiene la respuesta.
¿No ha sido ella siempre la que ha encontrado solución a todo, mientras que él no ha sido más que el proveedor, el que traía el cheque a casa, como había aprendido de su padre, que había fracasado en ser el Hombre?
-Ya pensaré en algo -replica tensamente, sabiendo que no lo hará.
¿No ha sido su papel en la vida dejar que ella haga todos los planes y presupuestos, como había aprendido de su madre, que había fracasado en ser la Mujer?
-¿No te parece que hace frío? -dice ella, poniendo ideas en su cabeza-. Tal vez deberías irte a la cama. Sabes que pase lo que pase mañana necesitarás tus horas de sueño.
Siente su manipulación, repentinamente consciente de lo mucho que ha estado sujeta su vida a todo esto. En el sonido de su voz también sien-te una gran debilidad. Intenta recordar cuánto tiempo lleva mintiéndole sobre cosas pequeñas en vez de enfrentarse a ella, y cuánto tiempo hace que ella lo sabe y atesora el poder que esto le da sobre él y lo amenaza como a un hijo desobediente. Intenta recordar cuándo perdió el control. ¿Fue el día en que le contrató la compañía, aprendió a acatar órdenes, a depender ciegamente del juicio de los otros, a esconder sus auténticos sentimientos, a dejar de ser un perro salvaje y aceptó un collar y dejó de ser un outsider y se convirtió en un integrado?
¿Y para qué?
¿Les importaba que estuviera de su lado, ansioso por cerrar los ojos y endurecer su corazón?
Qué rápidos se fueron sus magros ahorros cuando la fábrica cerró. Qué rápido había demostrado el sindicato su impotencia.
Qué rápido se había agotado el subsidio de desempleo mientras aún estaba guardando cola y rellenando solicitudes.
Qué rápido las compañías de bienes habían dejado de ofrecer sus servicios cuando los cheques terminaron, olvidando años de pronto pago y promesas de buen crédito.
Qué rápido se había ido la casa tras la ejecución de la hipoteca, después de un desconcertante intercambio de cartas con la compañía de seguros que detentaba la segunda hipoteca.
Qué rápido él y su esposa habían sido reducidos por las circunstancias, sometidos, humillados, degradados, mientras el tiempo apretaba su tenaza alrededor.
-¡No hablas nunca! -grita ella-. ¿Cómo quieres que sepa en qué estás pensando?
¿No sabía ella que podía derrotarle charlando, que su poder sobre ella era su silencio? ¿No sabía que hablar siempre conducía a su derrota, que sólo estaba a salvo cuando guardaba silencio, que cuantas menos personas le conocieran, mejor? Cuanto menos le conociera ella, mejor.
Ella espera en vano.
-Conseguirás algo -dice por fin.
-Claro -responde él, sin creerlo-. Vuelve a la cama. Subiré dentro de un minuto.
Y sabe que nunca volverá a encontrar en la vida un trabajo que pague diecisiete pavos la hora.
La oye marcharse. Piensa que escucha un sollozo. Oye la puerta cerrarse al final del pasillo.
Se sienta en silencio, intentando no pensaren nada.
El aullido de los gatos se repite una y otra vez, haciendo eco, cada vez más cercano. La noche está repleta de maullidos cargados de amenaza.
Vendrán por ahí, piensa, por la esquina del patio donde las paredes son más altas y la hierba es más profunda, un lugar perfecto para asaltar la casa.
-Sí -dice en voz baja-. Vendrán por ahí.
Los imagina subiendo al muro en fila india para reunirse bajo la negra oscuridad de las ramas del árbol del vecino, con los ojos brillando maliciosamente, intercambiando sonrisas maliciosas antes de descender para arrastrarse por el patio oscuro, reptando, invisibles, en las enmarañadas sombras negras.
Mira la negrura, protegiéndose los ojos contra la dispersa luz de la ciudad, buscando movimiento.
El preocupado rostro de su esposa aparece ante su mente. Busca en ella signos de reproche. Quiere que ella le diga: «No has hecho nada malo». Quiere que ella le diga: «No es culpa tuya».
Después de todo, no es ella la que tiene que enfrentarse a los repugnantes bastardos. No es ella la que tiene que ofrecerse miserablemente a su persistente negativa, sabiendo que las arenas del mundo han cambiado, ahora que los ordenadores dirigen las fábricas y los trabajadores ya no son necesarios. Mira el pozo donde se ha desvanecido su trabajo.
El patio trasero está silencioso, inmóvil.
¿Ha oído pisadas en el techo?
¿El raspar de las garras contra la superficie?
¿Arañazos en la puerta?
Será mejor que vuelva con su esposa. Ella tiene razón. A pesar de todo, tiene que dormir.
Vuelve a guardar el tirachinas en el cajón junto con la linterna y regresa palpando el aire hacia el dormitorio.
-¿Mamá? -dice-. ¿Estás dormida?
-Ven a la cama -contesta ella, adormilada-. No se puede hacer nada hasta mañana.
Tiene razón.
Entonces recuerda la ventana abierta y la linterna.
-Volveré dentro de un minuto -dice.
Siente a los dioses apoyándose en él, atendiendo todos sus movimientos, sopesando la profundidad de sus intenciones; siente su presencia mientras se detienen para recordar la perfidia de los gatos y los fallos de los hombres.
Palpando las paredes para protegerse, se abre paso hacia la ventana del estudio y la cierra con cuidado. La traba se coloca en su sitio y se cierra.
Tras recoger la enorme linterna, conecta el interruptor brevemente para verificar las pilas. El rayo descubre su tirachinas. Lo mira sin comprender.
Los tubos de plástico han sido desgarrados por dientes agudos, cortados en varios lugares, destrozados.
Se endereza por la sorpresa.
Oye el roce de las zarpas en el suelo de madera, muy cerca.
Cuando dio la espalda, uno de los gatos tuvo que entrar en la casa. Imagina al gato atrapado en la casa cerrada, desesperado, alarmado, mortal.
Lo imagina buscando un lugar de escape por los pasillos hasta la habitación delantera, donde todas las puertas y ventanas están aseguradas.
Bien. Ahora descubrirá quién tiene el control. Siente poder y furia. Guiado por la linterna, se pone a buscar un gato que es demasiado listo.
Oye suaves pisadas en la alfombra del salón. Oye la silenciosa respiración del gato en el sorprendente silencio.
Lo encuentra acurrucado en un rincón bajo el sofá, grande y gris, marcado con las cicatrices de batalla. Matón. Cuando lo enfoca con la linterna da un respingo y maúlla, mostrando sus dientes como agujas. Si busca una escoba puede perderlo.
Momentáneamente, se queda desconcertado.
El gato se acurruca en la esquina, con los ojos abiertos y chispean-do con la luz reflejada, los músculos flexionados y dispuestos, las zarpas arañando la alfombra. los dientes amenazadores, la garganta siseante.
¿De modo que va a ser así?
La adrenalina corre por sus venas.
Es irritante, imposible, el insulto definitivo. ¡Dentro de su propia casa!
La furia estalla en su interior.
Sujetando la linterna y sin considerar las consecuencias, mete el puño derecho desnudo bajo el sofá, tanteando, tanteando más allá. Un desafío.
El gato muerde salvajemente, hundiendo los colmillos en su mano. Él abre el puño, obligando al gato a abrir la boca de par en par, indefensas las mandíbulas contra su fuerza superior.
Sorprendentemente, no hay dolor. Sólo una sensación de triunfo.
Atrapados en su mano, los dientes del gato no pueden liberar su presa. Los dientes han llegado a los nudillos y aunque el animal se revuelve y colea, es inútil escapar. Siente la presión de las mandíbulas contra los ligamentos de su mano, pero aguanta.
¡Ahora veremos!
Empieza a arrastrar al gato hacia él, sacándolo pese a su resistencia de debajo del sofá. El animal se retuerce y se agita lleno de terror.
Alza la pesada linterna y la deja caer como un bastón sobre el animal, que ahora es verdaderamente peligroso.
Siente la reconfortante picazón en su palma.
Siente romperse la espina dorsal del gato.
Siente ceder el borde de metal de la linterna, pero la luz aguanta. Alza la linterna y golpea de nuevo. La luz es un rayo amarillo oscuro. El gato está inmóvil.
¡Toma!
El aliento le silba entre los dientes mientras procede a soltar las fauces muertas. Sangra como un condenado por los nudillos y está empezando a dolerle la mano.
Necesitará una dosis de penicilina y un par de vendas.
Dirige la luz al cuerpo rígido del gato. Ahora todos sabrán de qué va el juego.
Imagina la noticia de la muerte de Matón corriendo de casa en casa, transmitida de un gato a otro como un telegrama silencioso.
Imagina su consternación al darse cuenta de que la guerra en la que se han enzarzado es a muerte. El hombre no acepta ningún compromiso.
Los imagina alzándose para eliminar la amenaza, para restaurar su statu quo.
Los imagina viniendo de vecindarios distantes, saltando, corriendo por encima de verjas y ramas, por tejados y porches, deteniéndose, invisibles, bajo los coches aparcados, acechándole ahora mientras crecen en número.
Oye los distantes gemidos de los gatos en el aire nocturno, sonando una y otra vez. ¿O son los neumáticos en la autopista?
El dolor de su mano herida le hace volver al dormitorio oscuro.
Se lleva a la boca los nudillos, que ahora le duelen, y empieza a chupárselos.
Ahora, de repente, con el sabor de la sangre caliente en la garganta, sabe. Bruscamente sabe en qué pensaban y qué sentían aquellos africanos de la tele cuando se alzaban y caían tras las alambradas, los brazos juntos como un ejército, las cabezas hacia atrás, desafiantes, amenaza-doras..., un polvorín de odio.
Oh, Amos, Señores y Gobernantes de todas las tierras, ¿cómo reconocerá el futuro a este hombre?
¿Cómo responderá sus brutas cuestiones en esa hora en que los remolinos de la rebelión sacudan todas las costas?
Una rendija de luz se abre en su cerebro. Ve el destello de una salida. No le debe nada a los otros. Está solo. Lo han dejado bastante claro. Ya puede oír a los gatos arañando las puertas, las ventanas. Puede oír su canturreo asesino.
Ahora que los chicos se han marchado, sólo están él y su esposa. Sí, no les debe nada.
Lo ve todo con ojos nuevos.
¡Los bastardos se han descubierto!
¿Qué pasará con reinos y reyes, con aquellos que le convirtieron en la cosa que es, cuando este tonto terror se eleve para juzgar el mundo, después del silencio de los siglos?
Piensa en el rifle oxidándose en casa del primo Chuck.
Con cautela, abre la puerta trasera. Al entrar en el patio oye un siseo a sus espaldas y se vuelve. Apostado en el borde del tejadillo, recortado contra la luna, dispuesto a saltar, hay un gato negro, la espalda arquea-da, el pelaje erizado. Oye sacudirse la oscuridad que le rodea, una amenaza. Siente que se le ponen los pelos de punta.
¡Que se atrevan!
Alza la linterna amenazadoramente y con el gesto y el peso de su palma piensa en su esposa dormida. Piensa: «Podrías aplastar el cráneo de un hombre con una porra así». Piensa: «Deja que vengan». Está preparado.
Y después, caminando hacia la casa del primo Chuck puede sentir los ojos de los gatos sobre él en la oscuridad, mientras se acaricia la herida contra el pecho y corta el aire con su linterna todavía útil, pensando que la linterna servirá si Chuck intenta detenerle. Con ese rifle cargado en sus manos se las verán en figurillas para sacarle de su propia casa.
¿Tienen hambre los dioses? ¿Ansían más sangre?
Sí, os unisteis contra el lobo creyendo que había fuerza en el número. Para vuestra sorpresa, descubristeis que había debilidad en el número y cuando aprendisteis que el grupo no os protegería, quedasteis libres para sobrevivir como pudierais, pero, oh, hijos míos, ¿qué hay del Honor?
¿Qué hay de la Gracia?
Sí. no hay ninguna verdad nueva, sólo la que es antigua. El pasado muerto está vivo en el presente, y nunca se conoce a la gente que se encuentra en los sueños.
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